miércoles, 30 de diciembre de 2015

"La Región Vacía" de Mario Szichman, discurso estético de un hecho trascendente


La doctora  Alexis del C. Rojas Paredes, profesora de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, Núcleo Valera, Venezuela escribió el excelente trabajo sobre mi novela La región vacía que pueden leer a continuación:



     


“La vida brota y transcurre atravesada por dos
  fuerzas contradictorias: la de la preservación,
                               y la del abismo de la muerte”.

Víctor Bravo


En su deslumbrante uso del lenguaje como enlace  subjetivo de la narración,  en esa interconexión entre lenguaje y mundo, llamado  los  juegos del lenguaje   por   Wittgenstein, donde “sólo es posible imaginar combinaciones no existentes de elementos existentes(1968:60), Mario Szichman recrea, en su última novela,  La Región Vacía (2014, Madrid: Verbum), obra que tiene como referente existencial la tragedia que sacudió de manera nefasta a Nueva York, y al mundo, el 11 de septiembre de 2001. Hecho trascendente de carácter dramático, que el escritor, con excelente madurez narrativa, transfigura en un hecho discursivo sugestivo, fundado en la confluencia de historias, las cuales, desde la intimidad de los personajes, revelan  experiencias vividas y relaciones de significación. Szichman entreteje diversas individualidades que despuntan la intersubjetividad del discurso estético, connotando, entre sus posibilidades interpretativas, sentidos que se mueven entre la conmoción y la contemplación, erigidos desde la sensibilidad artística que reproduce espléndidamente en sus personajes.
Bajo esta mirada, el autor reconstruye y resignifica la historia discursiva en la cual el curso de los acontecimientos  y el entrecruzamiento de variados sucesos  y escenarios estructuran una isotopía narrativa, simbolizada, sin duda,  en los  collages de Marcia. Las realidades cotidianas de los protagonistas: Marcia y Jeremiah, a quienes distancia, pero a su vez acerca, la tragedia producto de la postura y los propósitos de los líderes adversarios: Osama bin Laden y George Bush.  Las alertas de seguridad  del ex funcionario del FBI cinceladas desde el encubrimiento, la incertidumbre y lo impredecible en tres marcas temporales, se pone de manifiesto en la representación de niveles perceptivos e imaginativos que deslumbran a partir del tono del lenguaje, el matiz reflexivo y la experiencia  placentera.
En esta confluencia de historias narrativas que arman el collage de la obra, el autor reconstruye de forma intercalada y con minuciosa descripción,  el encubrimiento del  plan terrorista de Osama bin Laden al este de Afganistán,  las estadías, intercambio de información  y  desplazamiento de los miembros de Al Qaida, “Viajaban en sus cuerpos, pero ya estaban escindidos de ellos. No tenían pensamientos trascendentes. La idea de inmolación había cedido paso a las tareas burocráticas que debían cumplir…” (Szichman, 54); fines que logran superando misteriosamente todos  los controles de seguridad en  los aeropuertos. Se trataba de sujetos  a quienes hacía actuar:

 “Una furia incubada  en siglos de frustración, apaciguada en cinco rezos diarios, propulsada por la injusticia, atenuada por escasos momentos de ternura y espoleada por la aflicción, por la eterna aflicción”, que “movería edificios enormes, y los disiparía hasta sus cimientos. Sus vidas se disolverían en un instante sin dolor, como si nunca hubieran existido”. (62).

Todo ello en medio de la normal cotidianeidad de la existencia neoyorquina, de la impensable destrucción del World Trade Center, y en un día de trabajo educativo del Presidente George  Bush. No obstante, es significativo destacar  cómo el narrador,  a través del personaje Patrick Cassidy,  exfuncionario del FBI  y luego Jefe de seguridad de buena parte de las torres gemelas, instaura  referencias que enmarcan la catástrofe como los “vaticinios” fundados  por el personaje sobre los planes de Al-Qaida, los cuales eran desestimados por los jefes; así como la “legendaria vulnerabilidad” y las “fallas estructurales” de construcción reiteradamente divulgadas: “Una arquitecta había dicho en el New York Times que podían convertirse en las lápidas más gigantescas del mundo” (130), actos evasivos  que llevan al lamentable infortunio.
Este hecho, de indudable conmoción, dado a los estados de afectación  individual y colectivo, visto desde el mismo instante de la tragedia y de los momentos sucesivos  del impacto del primer avión de American Airlines, y luego el segundo, provoca la perplejidad  e incertidumbre, tanto en las personas que están dentro de las torres gemelas, como en familiares y colectividad en general, llegando a representar momentos de vértigo signados, en primer lugar,  por la progresión de marcas temporales definitorias  –víspera, el amanecer del 11 de septiembre de 2001 a las  4:00 am; traslado hacia el aeropuerto, 8:00 am;  el primer ataque, 8:46 am; el  segundo a las 9:03 am- y en segundo lugar, por cada evento impredecible y las consecuencias  de los instantes posteriores; atravesados en un discurso narrativo  cargado de mucha expectación, sin llegar a  imprimir el sello dramático que desencadenó la crueldad de los acontecimientos o victimización del hecho histórico social como tal.
En este orden interpretativo, podemos apreciar  el comportamiento y los estados emotivos de Marcia, madre de dos ejecutivos que mueren  dentro de la Torre Norte,  personaje protagónico, quien a través de la comunicación  telefónica con sus hijos, a la par de las imágenes televisivas de CNN, revela la marcha de la tragedia,  en el curso de los acontecimientos,  las sensaciones vividas de angustia y confusión: “funcionaba como en sus collages. No había continuidad. Trataba de ir reajustándose a la novedad.” (147). Todo se torna en incertidumbre  y finalmente en desolación. Marcia:

 Tras la muerte de sus hijo afrontó el duelo…Se sentía incómoda en ese mundo de deudos y de víctimas donde nadie decía la verdad. (…) buscaba algún tipo de racionalidad. Odiaba las palabras imprecisas, los golpes en el pecho, la idea de que un cataclismo se había abatido sobre Nueva York,… La aterraba pensar que mataban  simplemente por el placer de matar (…) Marcia decidió finalmente abandonar la congoja colectiva. Al menos en su soledad estaba ausente la mentira”. (68-69)

El personaje enfrenta su aflicción y vacío terrenal/ espiritual en la búsqueda constante de un aliento de vida que le permita  recobrar la contradictoria preservación  de sus hijos.
En el transcurrir de este  paralelismo  muerte, vacío y aflicción, la trama narrativa entrecruza  los personajes protagónicos Marcia y  Jeremiah,  periodista responsable de reportar las infaustas consecuencias  del atentado de las torres gemelas, en escenas progresivas de encuentros y desencuentros, que nos muestran diversas singularidades de vida, de relaciones de significación,  sobre experiencias, conceptos, que evidencian , pero también despiertan deseos e intenciones “Venga vamos a protegernos –le dijo Jeremiah (…) He decidido que a partir de este momento, mi tarea es protegerla, hacerla feliz y llevarla a la cama” (80-81). Por lo que en medio de episodios de aflicción se introduce una serie de elementos isotópicos que  perfilan un estado de contemplación en  los protagonistas, tanto de las condiciones físicas como de  los objetos de realización profesional y de los diálogos intersubjetivos.
Es importante referir, aquí, que la noción de contemplación más allá de su concepción como conocimiento y unión con Dios  recogido por los postulados místicos,  se percibe en un sentido amplio  como una mirada que emana placer, como la aproximación que se genera  entre el sujeto-sujeto y el sujeto-objeto, producto de la observación atenta,  valorativa y reflexiva del encuentro o  de la realidad observada; es decir una contemplación por el otro y lo otro.
Entre las diversas definiciones de la contemplación, cabe mencionar la de Manuel Belda, Profesor de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), quien señala que el significado original del término «contemplar» encierra un triple contenido: a) se trata de mirar, pero de un mirar con atención, con interés, que involucra la dimensión afectiva de la persona; b) dicho interés procede del valor o calidad que posee la realidad contemplada; y c) este mirar comporta una presencia o inmediatez de dicha realidad. En este sentido, se puede decir que la capacidad de  contemplar demanda estimación de algo que va  más allá de lo observado,  lo que hay al otro lado del límite.
A la luz de esta noción de contemplación se desnuda la intimidad de la vida afectiva y condición humana de los protagonistas, en un acercamiento  de aparente contradicciones  que a lo largo de sus andanzas se reconvierten:

Ahora no tiene la mirada de un pescado – dijo Marcia observando a Jeremiah.
-Le queda muy bien el cabello mojado. Debe ser muy bella al salir de la ducha (…)
–No usted no es un pescado. Usted es un extraterrestre. ¿Por qué me mira así?” (80-81).

De igual modo,  la  atención e interés hacia los objetos como el deslumbrante bolígrafo de Jeremiah, por ejemplo,  la observación analítica e indecible sobre los collages de Marcia, los diálogos enjuiciadores sobre sus experiencias de vida: agonía y muerte de la esposa de Jeremiah, los amantes de Marcia y la vida de sus hijos; constituyen actos de sensibilidad humana, con mirada valorativa  y reflexiva,  vistos inclusive en un comportamiento  de fines contradictorios de Osama bin Laden:

 Cuando regresó del baño, observó a Amal al-Sada, su esposa más joven. Estaba amamantando a su hijo…Él se sentía en sus brazos como si fuera un niño, la amaba con ternura. (…)Sabía que nunca podía volver a vivir como un ser humano normal…Estaba destinado a morir en la Región Vacía. (86-87)

Estas escenas que marcan sentidos de contemplación, entre otras, se dimensionan  al final de la novela, cuando  los protagonistas parecieran  entender los conflictos de sus vidas, al reconocerse uno en el otro, al apostar a una nueva forma vida signada por el misticismo, la compasión y  la esperanza; representada en un primera instancia por el deseo inalcanzable de Marcia de  volver a ver a sus hijos por última vez, y en la búsqueda afanosa de Jeremiah por satisfacerla. Para ello, ambos intentan su fin, Marcia en la elaboración del collage con las fotografías de la infancia  de sus hijos y Jeremiah en una búsqueda milagrosa para responder a  lo prometido. Cito en extenso:

Observó el collage. Lo más difícil para Marcia había sido conseguir las fotos donde sus hijos se sonreían mutuamente mientras saltaban del muelle en Lake George (…) Estaban elegantes, como si antes de saltar se hubieran mirado al espejo y dado un toque a las corbatas…Como trasfondo no estaba la torre desde la cual habían saltado, sino las montañas Adirondacks. Era una de las transgresiones que Marcia había cometido en el collage. Tuvo que pintar gama verde en las orillas del lago para ocultar la nieve. Otra transgresión. Luego pegó el collage con la figura de sus hijos. Era una visión extraña. La pintura verde había encubierto la nieve, pero la nieve había hecho brillar el lago  con una luz que no pertenecía al verano. Volvió a observar el collage. Nunca había visto a sus hijos tan felices. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan desdichada. (211-212)

Marcia volvió a contemplar la fotografía…allí estaban sus hijos. Al menos la foto los había preservado intactos. (…) Ningún rostro era reconocible, pero Marcia observó las figuras, y descubrió a sus hijos por sus posturas… Sus hijos parecían desconcertados, afectados por la incertidumbre. (214)

Vemos en estos extractos, cómo la noción de contemplación revela la realidad observada en una aproximación del sujeto-objeto que trasgrede el límite de lo observado para generar “una forma posible de mirar las cosas”, la ocultación y la manifestación de la  preservación ante la negación de la muerte de sus hijos.
De igual modo, tenemos en una segunda instancia,  la historia final de los protagonistas, quienes de manera reflexiva llegan a conocerse y reconocerse desde las diferencias y la identificación, en las que cada uno ve en el otro la posibilidad de establecer  una relación distinta a las experiencias amatorias anteriores; pues marcados por sus perturbaciones, ahora apuestan al milagro y la esperanza como fuente de vida:

Jeremiah pensó que la vida junto a Marcia era un milagro.
´Pero Jeremiah no piensa en todas esas cosas tristes´, reflexionó Marcia. ´El cree en los milagros´. (…)
Marcia rezó a la esperanza. (…) Jeremiah era el comienzo de algo sin un final previsible. Aterrador pero magnífico.
Jeremiah recordó que la esperanza es eterna e inevitable.
Marcia caviló en un concepto que nunca había relacionado con los hombres en su vida: la devoción…
Jeremiah asumió que su misión cotidiana era conquistar a Marcia, aplacar sus miedos, hacerla avanzar en todo aquello que amaba. (215)

De manera  que el hecho trascendente de La Región Vacía,  más allá de un referente existencial, constituye, desde una connotación semiótica, un discurso estético revelador de subjetividades que se entrecruzan de manera significativa, que desde el acercamiento interpretativo mostrado, se mueven entre las denominadas  nociones  de conmoción y contemplación,  que  dibujan,   parafraseando a Bravo, las “fuerzas contradictorias de la vida”, referidas en el epígrafe.
 Szichman,  con un dominio de estructuras narrativas, hace de la trama todo un juego discursivo, haciendo confluir entre las escenas de conmoción y contemplación la presencia de personajes artísticos –elemento recurrente en las obras del escritor, particularmente en Eros y la Doncella-  con expresiones que le otorgan una alta dosis de recreación e imaginación al texto. Los collages de Marcia, quien “no despegaba de amateurs”, unidad estructurante  de la novela; los bocadillos para cine  de Jeremiah; las fotografías de Ralph, en “su eterno proyecto”  y la dramaturgia del Tío Augustus, “siempre era su misma obra”; representan los matices y  entreactos que irrumpen la tragedia,  desde  la controversia y posturas  críticas- reflexivas ante el oficio.
Sin duda, La Región Vacía constituye un discurso estético magistralmente enunciado en sus formas expresivas desde un manejo impecable del lenguaje; esto es, al decir de  Wittgenstein (1953) “un todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”,  signada en el recorrido narrativo por las dos condiciones  contradictorias de  la existencia humana: vida-muerte.  Creación literaria que por la manera en que el escritor se apropia de los acontecimientos y sus personajes, hace posible revelarnos una historia que funda al decir de Ricoeur, “el genuino poder referencial del texto”.

Referencias Bibliográficas:
Ricoeur, P.(1995) Teoría de la Interpretación. Discurso y excedente de sentido.  México: Siglo veintiuno
Szichman,  M. (2014) La  Región Vacía. Madrid: Verbum
Wittgenstein, L. (1968) Los cuadernos azul y marrón. (Traducción de la edición inglesa: Francisco García Guillén. Madrid: Taurus, 1993

Wittgenstein, L. (1953)  Investigaciones filosóficas. (Edición bilingüe. Trad. García Juárez y Moulines. México: Instituto de Investigaciones Filosóficas. 1988

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