miércoles, 26 de abril de 2017

La peluca de Robespierre, en el momento de ser decapitado. “Eros y la doncella” o el romance de la guillotina



Mario Szichman



Muchas novelas que tienen como protagonista a un viajero del tiempo se colorean con la pátina de lo improbable. Por alguna razón, sus autores maquillan los recuerdos de una época, o brindan solemnidad y trascendentales discursos a los protagonistas.
Cuando se incursiona en otros pasados, suele olvidarse que todos ellos eran flamantes para quienes residían en ellos. Eso incluye la basura cotidiana, el deterioro, también flamante, de los edificios, las cuatro estaciones, y personajes siempre en ciernes, con frecuencia improbables.
Estamos tan acostumbrados a revisar épocas pretéritas a través de cuadros famosos, que todo un período corre el riesgo de trocarse en litúrgico. Puede influir en los diálogos, en las vestimentas, en los decorados. Y además, se enfatizan eventos considerados cruciales, aunque no lo fueran en su momento.
La toma de La Bastilla solo fue importante en los grabados y pinturas surgidos años después del suceso. Los parisinos que la presenciaron tuvieron recuerdos muy confusos del episodio. Proliferaron las versiones. Muchos, sencillamente lo pasaron por alto. Algo comprensible en un proceso de enorme turbulencia, que abarcó varias ciudades de Francia.  

Es probable que el pasado histórico haya sufrido un corte irreversible con la invención del daguerrotipo. Si Abraham Lincoln parece más contemporáneo que muchas figuras del siglo diecinueve, es gracias a las fotografías que lo eternizaron, especialmente durante sus visitas a campos de batalla. Al mismo tiempo, el presidente de la Unión resulta menos portentoso que otros personajes de los cuales no existen fotografías. Vemos a Lincoln delimitado por un cuerpo, vestido de acuerdo a los ropajes de su tiempo. Lo vemos envejecer,  primero de manera paulatina, luego, con gran velocidad, desde que asume la presidencia en 1861, hasta su asesinato, el 15 de abril de 1865.
Lincoln está vivo, respirando, confinado en esas fotografías, ignorante de su ulterior asesinato. Eso nunca ocurre, por ejemplo, en los casos de Marat —recordemos el indeleble retrato de David—, o de Napoleón, a quien solían rodear de ángeles en algunos cuadros destinados a exaltar su gloria. Es más fácil ser un prócer cuando un pintor resume toda una existencia en un cuadro con exceso de simbolismo, que en una fotografía encargada de reseñar el instante.
Cuando comencé a escribir Eros y la doncella, una novela sobre la Revolución Francesa, decidí desechar la mayoría de los libros de historia. Se trata de relatos siempre definitivos que nuevas exploraciones, o la adición de bibliografía, los transfiere al desván de los recuerdos.
No pude eludir, me resultó imposible, The Days of the French Revolution, de Christopher Hibbert. Además de estar muy bien escrito, está muy bien narrado. Hibbert es un sólido historiador, pero también cuenta con el olfato de un gran periodista. Cada episodio transcurre como posiblemente ocurrió, pero el autor no se adelanta a las consecuencias, y mantiene al lector en suspenso. El ensayo es una especie de novela policial que describe un episodio de enormes consecuencias históricas estrictamente durante su desarrollo.
La tarea del historiador es, a veces, la de jugar con cartas marcadas. Él sabe lo que ocurrió. Y en torno a lo sucedido, va urdiendo su trama. El cronista, en cambio, nos propone varios futuros posibles, y nos hace cómplice de su pesquisa.
Creo, sin embargo, que el libro insuperable a la hora de observar la Gran Revolución en su avance cotidiano es The Diary of a Citizen of Paris During ´The Terror,´ de Edmond Biré. En esos dos volúmenes el autor recopila aquello que está ocurriendo en París. Anque acata la cronología, ignora la trascendencia de muchos episodios. Varios de ellos no se incorporaron a la Gran Historia. Una evidencia más de que articulamos el pasado de acuerdo a nuestras conveniencias, nuestros prejuicios, y especialmente, nuestra ideología. No solemos acatar la realidad, solo aceptamos una construcción destinada a favorecer aquello que necesitamos privilegiar.
Todos los artífices de la Revolución están presentes en el diario de Biré. También aquellos que carecían de trascendencia. Algunos la alcanzaron más tarde. Otros se esfumaron sin dejar rastros.
Pero además, esos seres aparecen con sus tics, sus vanidades, su desprecio por el prójimo, y una enorme ambición de poder que no se correspondía con sus aparentes virtudes.
Y ahora, voy a retroceder un poco en el tiempo, pues la novela se organizó de extraña manera.

LA PELUCA DE ROBESPIERRE



Siempre necesitamos un anclaje para iniciar una historia. Algo que nos inquieta, y que resulta difícil de averiguar.
De todo ese período de trastornos históricos que fue la Gran Revolución, siempre me intrigó la imagen de Maximiliano Robespierre tras subir al cadalso en París.  (La segunda imagen, de gran guignol, tuvo como protagonista a Danton, otro de los caudillos de la revolución. Danton no estaba en París cuando falleció su amada esposa, por lo que decidió desenterrar el cadáver con sus manos, y contratar a un escultor para que encasillara su cuerpo en yeso al inicio de su disolución).
Estaba seguro de que algo había ocurrido con la peluca de Robespierre en el momento de ser degollado. Ignoraba exactamente qué. ¿Tenía acaso alguna trascendencia? Entre 16.000 y 40.000 personas fueron guillotinadas durante la Revolución. Al parecer era la guillotina, no los guillotinados, la encargada de robarse la escena. Fue una ocurrencia casual que decidió el título de la novela, y buena parte de la trama. Era cuestión de simplificar el relato. Con la ayuda inapreciable de la profesora Carmen Virginia Carrillo, editora de mis novelas, Eros y la doncella se convirtió en el romance de la guillotina. Robespierre y la doncella, como era conocida esa máquina de matar, pasaron a protagonizar la tragedia.

RECUPERANDO LA HISTORIA


Cualquier narración se convierte, de manera inevitable, en una obsesión. Necesitaba partir de la doncella, para explorar mejor la naturaleza del amante. Por lo tanto, decidí revisar los periódicos de la época a través de la magia de Google Books, y tropecé con otro libro que merece ser rescatado del polvoriento estante de alguna biblioteca: The History of the Guillotine, de John Wilson Croker, publicado en Londres en 1844. Según el autor, máquinas muy similares a la guillotina fueron usadas en Alemania, Inglaterra e Italia, antes del siglo XIV de nuestra era. El doctor Guillotín fue el más ostentoso de sus plagiarios. Al igual que la maldad, la guillotina parece ser casi tan antigua como el mundo.
En su época, se consideraba la guillotina como el método más humanitario para ejecutar a un prisionero. Si se observa que el rival de la guillotina era el suplicio de la rueda, un artefacto en el cual se destruían a martillazos todos los huesos de un procesado, es fácil advertir que la guillotina era muy humanitaria cuando se intentaba enviar personas al otro mundo. Hubo otros instrumentos menos humanitarios. Los revolucionarios franceses apelaron también a los “bautizos republicanos”, que consistían en ahogar a niños en los ríos, o a los “matrimonios republicanos”, en que cónyuges enemigos de la Revolución eran atados desnudos, en ocasiones espalda contra otra espalda, en otras, vientre contra vientre, y lanzados a aguas correntosas. Por cierto, tampoco escaseaban las barcazas con fondo falso donde eran ahogados decenas de condenados en una sola hornada.

QUIEN A HIERRO MATA …


Y así, sin proponérmelo, llevado de la mano del Incorruptible Robespierre, la guillotina pasó a dictar algunos episodios claves de Eros y la doncella. La dama era absolutamente irresistible. Y ecuánime.
Tengo brumosos recuerdos sobre la confección de la novela. Solo puedo atestiguar que algunos días trabajé hasta quince horas intentando dilucidar los episodios. Como dicen en estas tierras, fue un proceso llevado a cabo “in white heat.”  Fue un período muy difícil, pero de grandes recompensas. Todo parecía algo descentrado. Algunos de los momentos que consideraba más logrados, se configuraban como una obra de principiantes al pasar por la fría lógica de la profesora Carrillo. Otros, a los que intentaba desechar por considerarlos carentes de importancia, de repente reflotaban y crecían, gracias a la mirada crítica de la editora.
Todo el proceso de escritura demoró el tiempo de la gestación de un niño. Lo único que no podía descubrir era qué había sucedido con la peluca entalcada de Robespierre en su jornada final. Pensaba que allí residía la clave del texto.
Observar esa pareja perfecta de Robespierre y la guillotina me alegraba por su simbolismo. (Por lo general, detesto el simbolismo). Pero algo seguía merodeando en mis recuerdos. Todos los días recordaba las vísperas de la ejecución del Incorruptible. Le dí a la guillotina atributos humanos, expresé la frustración de la dama, “estilizada como una escuadra de carpintero, escueta como un atril, virtuosa como un altar”, aguardando a su desleal amante, quien no acudió a la cita en esa, “su última noche en la tierra”.
Algo más ocurrió en el proceso. La guillotina empezó a ganar todo mi respeto, gracias a su imparcialidad. Generalmente, los pelotones de fusilamiento, y otros batallones de exterminio, acaban exclusivamente con los perdedores. Eso no ocurrió con la doncella.
Dije que “Bajo el rasero de la doncella murieron los culpables y los inocentes. Murieron aquellos cuyo nombre había sido bien escrito, y aquellos cuyo nombre había sido mal pronunciado. Murieron los involucrados en conspiraciones, y aquellos que quedaron involucrados en conspiraciones por frecuentar casas de conspiradores, o casas aledañas a los conspiradores, o por sonreír a los conspiradores, o por mostrarse inmutables ante los conspiradores. Murieron en la misma hornada los familiares de conspiradores, los criados de conspiradores, y los vecinos de conspiradores. Fueron reducidos por la doncella aquellos cuya justificada detención los condenaba al cadalso, y aquellos cuya injustificada detención los hacía sospechosos y los condenaba al cadalso. La doncella nunca rehusó carne alguna.
(…) Una vez fueron ejecutados los presuntos traidores, los hipotéticos partidarios del primer ministro inglés William Pitt, los probables contrarrevolucionarios, los supuestos agiotistas, los propagadores de rumores, los causantes de hambrunas, los desleales y quienes escuchaban las calumnias con aire de aprobación, o hablaban el mismo lenguaje que los revolucionarios con propósitos burlones, y aquellos que lucían similar máscara de patriotismo; y tras guillotinarse aquellos hijos que cargaban con el mismo nombre que sus padres —luego alcanzados por sus padres para subsanar el error—; y una vez se guillotinó a personas que nada tenían que ver con nada, por simple portación de apellidos —un Maille ejecutado en lugar de un Maillet, un Morin, que usurpó el lugar de un Maurin— y después que un miembro del Comité de Seguridad pública envió a la guillotina al encargado de una taberna, ansioso por observar a un hombre subiendo al cadalso con un delantal ceñido a la cintura … y tras degollar a duquesas y a cocineras, a indecisos, a vacilantes, a perplejos y a indiferentes, a desorientados y a inciertos, a príncipes y a porteros, a condes y a carteros, a magistrados, sacerdotes, soldados, almaceneros, artesanos, jornaleros, y en ocasiones a delincuentes comunes, el Tribunal Revolucionario decidió sentar en el banquillo de los acusados a Robespierre, pues necesitaba exhibir ecuanimidad previo a la ejecución de los miembros del Tribunal Revolucionario, cuya exclusiva tarea había sido posponer su ascenso al cadalso con entre dieciséis mil y cuarenta mil especímenes de todas las estaciones de la vida, engendrados en todas las fechas posibles en los treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años anteriores, y cuyos obituarios los desbrozarían unos de otros por escasas semanas o meses”.
Era inevitable que la serpiente concluyese devorando su cola. Había que poner fin a su relación con Robespierre. Era ineludible satisfacer el último deseo de la doncella. Ella necesitaba vengarse de su infiel amante. (La dama ignoraba que Robespierre había sido apresado por sus enemigos, y que su mandíbula estaba rota, tras un fallido intento de suicidio).

La cabeza de Robespierre tras su ejecución


Y en ese momento de la narracion, pensé nuevamente en el germen de la historia. Siempre me había obsesionado esa empolvada peluca de Robespierre. Estaba convencido de que algo había ocurrido durante su ejecución, algo imprevisible, casi mágico. Y ese detalle era irresistible. Pues otro de los protagonistas de la historia era un mago, el señor Robertson, que “causó sensación en París haciendo navegar cabezas de muertos ilustres en su gabinete de maravillas” .
El mago Robertson lucía en sus presentaciones la llamada “peluca jacobita”, de risos cortos y negros. Algún día habría que escribir un tratado sobre la importancia de las pelucas masculinas en el tiempo de la Gran Revolución. Por cierto, los hombres se aderezaban aún más que las mujeres. Los llamados “lunares de amor”, eran más frecuentes en el sexo masculino, así como los pómulos teñidos de rubor gracias al maquillaje.
Pero la peluca empolvada de Robespierre era una anomalía. Solo la aristocracia lucía peluca blanca. Los hombres del pueblo llano se adornaban con pelucas negras.
Revisé unos cuantos libros hasta tropezar con un dato que me permitió averiguar el destino final de la peluca de Robespierre. La búsqueda tuvo sus recompensas.
En Eros y la doncella narré el encuentro final entre el verdugo Sanson y Robespierre:
“Sanson inclinó brevemente su cabeza. Uno de sus ayudantes ladeó la báscula para que reposase entre los dos montantes verticales de la guillotina. Casi de inmediato, el cepo de madera aseguró el cuello de Robespierre. Sanson bajó la palanca y el seco trallazo de la doncella separó la garganta del grito de Robespierre. Al rodar su cabeza, su empolvada peluca diseminó una nube de talco”. Una especie de sucedáneo de esos estallidos de pólvora que provocan los magos para hacer desaparecer objetos. El mago Robertson hacía uso frecuente de ellos. La empolvada peluca de Robespierre, que había cubierto la cabeza del Incorruptible, se desvaneció como por arte de magia, en medio de una nube de talco.
Muchas cosas se sintetizan en ese viaje final de Robespierre al cadalso. Así suele transitar la gloria en este mundo. Nunca contamos una historia, sino hacia atrás. Y cuando observamos el final de ciertos poderosos, descubrimos no solo la grandeza, sino también la frivolidad. El jefe de los republicanos franceses tuvo como acompañante final no a sus devotos seguidores, sino a uno de los símbolos más ridículos de la odiada nobleza.


domingo, 23 de abril de 2017

El criminal y policía más influyente en la historia de la literatura


Mario Szichman



Sin Eugène François Vidocq, no existiría Los Miserables, de Victor Hugo, o, al menos, buena parte de su trama. Sobresalientes novelas de Honorato de Balzac como Papá Goriot, o Ilusiones Perdidas serían muy distintas si se excluyese a Vidocq/ Vautrin convertido luego en el falso abate Carlos Herrera de Esplendores y miserias de las cortesanas, una de las narraciones más subversivas de Balzac. Herrera es un homosexual que intenta seducir al empobrecido noble Eugene de Rastignac. (En la Francia actual, Rastignac es sinónimo de arribista). 
Dos de los principales personajes de Los Miserables están inspirados en Vidocq: Jean Valjean, un delincuente reformado, y su constante perseguidor, el inspector de policía Javert.
Alejandro Dumas convirtió a Vidocq en Monsieur Jackal, y le ofreció el rol protagónico en Les Mohicans de Paris.
Uno de los folletines más famosos de la historia, Los Misterios de París, de Eugene Sue, cuenta con el policía Rodolphe de Gerolstein como encargado de imponer justicia. También se basa en Vidocq. El delincuente que fue luego primer jefe de la Seguridad Nacional en las postrimerías del gobierno de Napoleón, también sirvió de modelo para el detective Lecoq,  creado por Emile Gaboriau, otro folletinista que merece ser revisitado por sus novelas de misterio y crimen. A su vez, Monsieur Lecoq, fue la principal influencia en la invención de Sherlock Holmes, el inigualable personaje de Arthur Conan Doyle.
C. Auguste Dupin, el  primer detective de la ficción estadounidense, está inspirado en Vidocq. Apareció en el relato de Edgar Allan Poe The Murders in the Rue Morgue. Y luego, en El misterio de Marie Roget, y en La carta robada.
La ciudad de París, el setting elegido por Poe, es el más claro homenaje que ofreció a Vidocq el escritor norteamericano. Es imposible imaginar otra urbe para emplazar a Dupin. Aunque Poe vivió en Boston, Filadelfia, Nueva York, y trabajó varios años en Baltimore —ya en esa época importantes ciudades de Estados Unidos— necesitaba un contexto decadente que hiciera creíbles las aventuras del detective y, especialmente, su manera de razonar. Dupin es un lánguido detective, posiblemente opiómano, que vegeta en ambientes sombríos, por lo tanto, su residencia en París cumple con todos los requisitos.
Vidocq es también mencionado en dos novelas de Herman Melville: Moby Dick, y White Jacket,  y, aún más desconcertante, en Great Expectations, de Charles Dickens.



En The First Detective, The Life and Revolutionary Times of Vidocq[i], James Morton nos transporta, con el entusiasmo de un adolescente, por la vida primero criminal y luego justiciera de Vidocq, intentando, al mismo tiempo, desbrozar la realidad de la leyenda. Fundamenta el ensayo en las memorias del exconvicto narradas desde el altar de la respetabilidad.
Algunos críticos siempre sospecharon que los letrados amigos de Vidocq, especialmente Balzac, contribuyeron a editar el manuscrito. Y aunque Vidocq evitó revelar muchas de sus fechorías, pues inclusive cuando ya era jefe de policía las condenas por algunos de sus delitos seguían vigentes, su muestrario de perfidias, escapes, perversidades, más escapes, y más infamias, resulta suficiente para llenar varias bibliotecas.
En realidad, desde el punto de vista de un protagonista que siempre estuvo de ambos lados de la ley sirviendo a las autoridades a través de la delación de sus cómplices, y favoreciendo en ocasiones, en su disfraz de respetable funcionario, a sus excamaradas, Vidocq carece de rivales. Si a eso se añade el incomparable telón de fondo en que actuó, la pregunta es hasta qué punto su vida no fue escrita por la historia. William Faulkner, decía en su introducción a El sonido y la furia, que uno de sus personajes podría haber formado parte de esa “deslumbrante galaxia de exquisitos canallas que eran los mariscales de Napoleón”.  Los rufianes y malhechores que transitaron los bajos fondos de París y de la entera Francia durante esa época de continuos terremotos políticos, solían ser “bigger than life,” y Vidocq nunca menospreció sus atributos.
El creador de la Sureté vivió la maldición de transitar períodos muy interesantes. Empezó su carrera tras la toma de La Bastilla, y la continuó durante el Reino del Terror. En los años del imperio de Napoleón observó eventos desde ambos lados de la cerca, y se benefició inmensamente tras la reaparición de la monarquía, que culminó con la Revolución de 1830.
En realidad, resulta difícil creer que Vidocq fue enteramente inocente, o totalmente culpable. Para él, la ley debía ser una noción aún más abstracta que la Inmaculada Concepción.
Su ventaja fue que vivió en una época donde la fama desalojaba prevenciones. Era amigo de los poderosos de su tiempo, desde banqueros hasta nobles, pasando por célebres literatos. Uno de sus habituales comensales era Henri—Clement Sanson, el último de la dinastía de los verdugos Sanson. No fue tan famoso como su predecesor, Charles-Henri Sanson, (1739–1806) quien durante su prolífica carrera como carnicero mayor de Francia, ejecutó a 3.000 personas, entre ellas Robespierre, Danton, el rey Luis XVI, y su esposa, la reina María Antonieta. De todas manos, el heredero de la dinastía se las arregló para dejar su marca en la historia al demostrar públicamente su horror por el oficio. Henri—Clement sufría con cada ejecución. Por suerte, sólo tuvo que presenciar dieciocho entre 1840 y 1847. El biógrafo Morton dice que era costumbre del último de los Sanson ordenar a sus ayudantes encargarse del guillotinamiento. Él se limitaba a observar. “En ocasiones, se largaba a llorar. Su rostro adquiría un tono ceniciento, o se cubría de manchas rojas”.

GAJES DEL OFICIO

Vautrin examinando el cadáver de Esther Van Gobseck, en Esplendor y miseria de las cortesanas 
Tras abandonar la Sureté, o mejor dicho, tras ser expulsado a patadas escaleras arriba, Vidocq hizo mucho dinero divulgando la mayor atracción de su vida: el propio Vidocq. En Londres, exhibió las herramientas de su oficio, especialmente los disfraces y utensilios empleados para escapar de prisiones, o atrapar criminales. También narró sus episodios como soldado, contrabandista, ladrón, acróbata, curandero, espía, policía y detective privado.  Y en medio de todos sus incidentes, nunca olvidó el apetito sexual. Tuvo más amantes, que un almanaque tiene hojas. No era muy selectivo en sus affaires, y aunque desde costureras hasta nobles damas le ofrecieron sus favores, muchas veces terminó ocupando el sitio de los maridos apaleados, como en las farsas de Georges Feydeau.
En 1796, cuando tenía 21 años, a finales de la Revolución Francesa y el comienzo del Directorio que culminaría con Napoleón adquiriendo el título de Primer Cónsul de Francia, Vidocq fue arrestado y condenado a ocho años de trabajos forzados. Durante los trece años siguientes, su única ocupación fue huir de prisiones. “Escapé de todos los buques de prisioneros, de más de veinte calabozos de distintos países, y de cada uno de los departamentos del río Sena”, informó en sus memorias.
En 1809, comenzó a pasar información a la policía de París. Dos años después, había creado un equipo destinado a capturar ladrones. Era como pescar sardinas en un barril. Conocía al dedillo los bajos fondos de las principales ciudades francesas, y sus excompinches siempre maldijeron la ocasión en que había sido su compañero de celda.
Aunque no temía a nadie, pues su audacia y su fortaleza física eran alarmantes, se especializaba en atrapar estafadores, seres que no suelen apelar a la violencia, y adúlteros. Sus socios en la empresa de apresar a exsocios, eran personajes que parecían pertenecer a la picaresca española. Uno de ellos había sido contratado exclusivamente por su estatura. Podía espiar a presuntos delincuentes a través de las ventanas del primer piso de un edificio, sin ayuda de una escalera.
Los métodos escasamente convencionales de Vidocq, parecían anticiparse en años luz a los utilizados por las policías de otras ciudades de Europa, y también de París.
Inclusive en la Sureté abundaban los incompetentes, que Vidocq sacó de servicio.
En cierta ocasión, un grupo de agentes de policías se escondió en el armario de un apartamento para atrapar a un ladrón. Eso fue aprovechado por el ladrón, quien cerró el armario con llave. Los policías estuvieron a punto de morir asfixiados.
Entre los atributos de Vidocq figuraba su capacidad de achicarse entre diez y quince centímetros. Eso resultaba muy útil cuando debía usar el pasaporte de un hombre de inferior estatura. Con ese cuerpo reducido de tamaño, podía caminar sin dificultad alguna, y hasta saltar charcos.
Al mismo tiempo, su paciencia era increíble. En 1812, durante uno de los inviernos más feroces que padeció Francia, Vidocq pasó una noche entera hundido en basura que le llegaba hasta la cintura, para capturar a un ladrón.
En cuanto a los centenares de forajidos que capturó durante su vida, nunca tuvo una buena opinión de ellos. Decía que eran “diabólicamente estúpidos”.  En cierta ocasión, una ladrona, la señora Bailly, tras enterarse que podía obtener dinero adicional como soplona, ofreció a la policía información sobre varios atracos, incluidos algunos en los que había participado. Quedó muy desconcertada cuando la policía la capturó y un juez la envió a la cárcel.
Pese a los numerosos traspiés durante su época como criminal, Vidocq siempre supo sacar ventajas del ambiente en que moraba. En su época de juventud, a los delincuentes les entregaban grandes hogazas de pan, para que les duraran varios días. Vidocq vació de migajas una de esas hogazas, e introdujo en su interior “una camisa, un par de pantalones, y algunos pañuelos”, y la usó como maleta en uno de sus escapes.
Vidocq falleció en París, en mayo de 1857, a los 82 años de edad. Sus enemigos finales no fueron sus excompinches, sino dirigentes sindicales y políticos revolucionarios, contra los cuales actuó como un agente provocador, infiltrando sus filas, y llevándolos a la cárcel. Durante sus últimos años, tenía la costumbre de colocar una pistola cargada en su mesa de luz, y abollar hojas de periódico y distribuirlas por su dormitorio, antes de irse a dormir. De esa manera, si alguien intentaba entrar de manera furtiva para asesinarlo, el crujido del papel al ser pisado por el incursor, lo despertaría de inmediato y podría enfrentarlo.
La precaución fue innecesaria. Nadie intentó asesinarlo. En realidad,  solo once mujeres hubieran querido vengarse de su infidelidad. Pero su cuerpo ya se estaba enfriando en su lecho, y era tarde para un ajuste de cuentas.
Cada una de las once mujeres que se congregaron a la puerta de su apartamento, portaban consigo un testamento. Las acreditaba como única heredera de la fortuna del exdelincuente transmutado en defensor de la ley.







[i] The Overlook Press, Nueva York, 2001.

miércoles, 19 de abril de 2017

El sadismo de los directores de cine

Mario Szichman



Para Alfred Hitchcok, los actores y actrices eran simplemente cattle, ganado. En el caso de Otto Preminger, el formidable director de Laura (1944), Fallen Angel (1945), The Man with the Golden Arm, (1955), y Anatomy of a Murder (1959), las mujeres habían nacido para ser castigadas. Según contó Robert Mitchum, durante la filmación de Fallen Angel, debía abofetear a la bella actriz británica Jean Simmons. Mitchum, un galán y un caballero de la vieja estirpe, constante protector de damas, simuló dar una bofetada a Simmons. A Preminger no le convenció la escena, y ordenó a Mitchum que castigara a la actriz con más violencia. Hubo tres o cuatro intentos más, que no persuadieron al director. Finalmente, Mitchum se aproximó a Preminger, le dió una formidable trompada que lo noqueó, y le preguntó: “¿Es así, señor Preminger, como quiere que golpee a Jean?” Preminger pidió al productor que echara a Mitchum del rodaje, pero éste se negó por cuestiones monetarias.
Si alguien escribiera una historia de los romances de Hollywood, lograría verificar que muchos directores se aprovecharon de su potestad para llevarse a la cama a famosas actrices. Y cuando fracasaron en el intento, también hicieron valer su influencia para radiarlas de servicio. En 1943, durante la filmación de To Have and to Have Not, Hawks se enamoró de la joven actriz Betty Joan Perske, más conocida como Lauren Bacall. Pero en el medio se cruzó otro galán, Humphrey Bogart, quien se alzó con el trofeo mayor. En venganza, el director hizo varios intentos por disminuir el rol de la actriz en el film, y expandir el de Dolores Moran, otra integrante del elenco, que se convirtió en su amante. Finalmente Hawks, que era un profesional a tiempo completo, debió reconocer que Lauren Bacall se devoraba el escenario, y con ayuda de los guionistas William Faulkner y Jules Furthman, forjó diálogos indelebles que la catapultaron al estrellato.
De todas maneras, entre esos directores de la era dorada de Hollywood es difícil encontrar un psicópata más grande que el director alemán Fritz Lang, quien tras el ascenso de Hitler al poder se trasladó a Hollywood.
En su biografía FRITZ LANG. The nature of the beast¸ Patrick McGilligan acusa al director de piromanía, sadismo, hipocresía, e inclusive asesinato. En realidad, considera a Lang la encarnación del diablo, pues “mezclaba erotismo, y crímenes violentos, con elementos sobrenaturales”.
McGilligan estima, además, que Lang no transitaba solitario el sendero del demonio. Ya un ensayista alemán, Siegfried Kracauer, en su clásico From Caligari to Hitler, dijo que varios directores contribuyeron a demonizar Alemania con su exaltación de monstruos noctámbulos. Ahí están Robert Wiene y El gabinete del doctor Caligari, Friedrich Wilhelm Murnau, y Mefistófeles, y Lang con El doctor Mabuse,  historia de un científico loco convertido en terrorista.
Pero ni Wiene ni Murnau tenían una veta sádica como Lang, cuyos métodos recordaban la disciplina militar. En Metropolis, uno de sus filmes más famosos, ordenó a centenares de extras desnudarse y afeitarse, y marchar en un set al aire libre, en medio de un crudo invierno. Cuando en una de las escenas la ciudad subterránea se inundaba, y los extras corrían peligro de ahogarse, Lang simplemente se encogió de hombros y ordenó que continuaran filmando.
Durante la república de Weimar, en la segunda década del siglo pasado, hubo una brutal inflación que causó el despido de millones de empleados y obreros. Para el resto de los seres humanos, era una época temible, devastadora. Para Lang, representaba una magnífica oportunidad de conseguir mano de obra barata. En cierta ocasión, reclutó en los bajos fondos de Berlín a numerosos niños que se morían de hambre, y los intimidó para organizarlos en formaciones decorativas.
El filme más famoso que dirigió en Alemania fue M, el vampiro de Dusseldorf. Peter Lorre interpretaba a un pederasta y asesino de niños. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, exaltó la película y especialmente el final en que Lorre es ejecutado tras un juicio llevado a cabo por un grupo de delincuentes, diciendo: “¡Es fantástico! No hay muestra alguna de compasión humana”.
Una vez el nazismo se afirmó en el poder, Lang decidió buscar trabajo en Estados Unidos. Hay dos versiones sobre su abandono de Alemania, la del director, y la del biógrafo. Lang aseguró que en 1933 Goebbels le ofreció convertirse en “El Fuehrer de las películas alemanas”. El director dijo a Goebbels que no merecía semejante honor, le pidió permiso para irse a su vivienda a fin de analizar la oferta, llenó una maleta con ropa, y sin siquiera ir al banco para vaciar su cuenta de ahorros, tomó el tren nocturno a París.
Pero el biógrafo McGilligan tiene una versión diferente. En primer lugar, Lang se las arregló para contrabandear la mayor parte de su fortuna a través de la frontera. Y no abandonó de inmediato el Tercer Reich. Hizo varios viajes entre París y Berlín en los meses finales de 1933. Es evidente que nadie lo perseguía.

USANDO A SERES HUMANOS COMO MARIONETAS

Durante la filmación de Metropolis, el director obligó al actor Gustav Froehlich a golpear una puerta de madera hasta que sus puños quedaron ensangrentados. La actriz  Brigitte Helm fue colgada de una soga y luego empujada hacia las paredes de un estudio, rebotando con fuerza. La mujer sufrió numerosas contusiones y magulladuras. Para Lang, era una manera de explicitar sus padecimientos.  En cuanto a Peter Lorre, protagonista y villan de M, Lang lo obligó a rodar por una larga escalera una docena de veces.
Posteriormente, en Hollywood, durante una escena de Hangmen Also Die, Anna Lee debía atravesar con su mano un tragaluz de vidrio. El método en Hollywood era substituir el vidrio con gelatina. Lang no aceptó el procedimiento, y la actriz sufrió en el intento la ruptura de una vena.

Fritz Lang y su mono de madera

Pero el episodio más siniestro en la vida de Lang fue el posible asesinato de su primera esposa. Todavía no se ha podido averiguar qué  ocurrió. Según el biógrafo, la mujer sorprendió a Lang haciendo el amor con Thea von Harbou, quien sería más tarde su segunda esposa. Horas después, la mujer fue hallada muerta. Una bala del revólver de su marido fue encontrada en su cuerpo. La policía interrogó a Lang durante varias horas. Pero no encontró nada inusual ¿ni siquiera que la bala había salido del revólver de Lang? Y decidió que la mujer se había suicidado.
Cuando finalmente se mudó a Hollywood,  Lang persistió su rutina con los extras. En su primer filme, Fury, protagonizado por Spencer Tracy, los extras no podían salir a almorzar. Hasta que Spencer Tracy lideró una revuelta contra el director para devolver a sus compañeros el derecho a comer.
Lang nunca abandonó sus geométricas tendencias fascistas, aunque en ocasiones las usó de manera memorable. En Nibelungen, soldados sumergidos hasta el cuello en agua, sostienen escudos sobre sus cabezas, que el héroe, Kriemhild, usa como si fuera un puente.
McGilligan sostiene que Lang hubiera querido usar sus actores y actrices como marionetas. Y por cierto, la relación más tierna que tuvo en su vida fue Peter, un mono de madera con partes articuladas, que transportó de Alemania a Estados Unidos. En sus ratos de ocio, Lang ofrecía Martinis a la marioneta, solicitaba sus consejos en conferencias donde se discutían guiones,  y lo acostaba cada noche en una cuna.
Afortunadamente la amistad inhumana de Fritz Lang y de Peter se prolongó en el más allá. Cuando el director falleció, en 1976, el mono compartió un sitio en su ataúd.



lunes, 17 de abril de 2017

La historia transcurre hacia atrás: Descubriendo a un precursor de Hitler

Mario Szichman


     Para muchas personas, Mongolia no existe. Eso incluye a algunos vistas de aduana. Es un remedo de la isla de la fantasía, o de El Dorado. Un invento creado a partir de la épica personificada por Gengis Khan.
     En su libro The Bloody White Baron, James Palmer señala que cuando el expresidente de Mongolia Nambaryn Enkhbayar  era joven y viajó a Inglaterra para estudiar, un escéptico vista de aduanas se negó a creer en la existencia de Mongolia. “Usted me está tomando el pelo”, le dijo el funcionario. Enkhbayar debió mostrar un libro de geografía a fin de explicar que su país figuraba en los mapas.
     Ahora que se cumple el primer centenario del nacimiento de la Unión Soviética, Mongolia vuelve a figurar en varios libros de historia. Fue uno de los más cruentos escenarios de la guerra civil que envolvió a Rusia durante tres años, tras el derrocamiento del zar Nicolás Segundo, y que causó la muerte de más de siete millones de personas .
     La Unión Soviética colapsó el 25 de diciembre de 1991,  cuando  Mikhail Gorbachev renunció a la presidencia, y fue sucedido por Boris Yeltsin como jefe de estado de un estado ruso independiente. Las evaluaciones sobre sus logros y formidables fracasos han proliferado, aunque todavía no ocupa en la mitología histórica el lugar de la Revolución Francesa. Los soviéticos no legaron al mundo algo similar a la Declaración de los Derechos del Hombre.
     Un capítulo que ha llamado especial atención es el de los apocalípticos orígenes de la Revolución Bolchevique. La primera guerra mundial, partera de la Unión Soviética, no concluyó en el colapsado imperio ruso en 1918, como ocurrió en la mayoría de los países beligerantes tras la firma del Armisticio. Fue seguida por una guerra civil que se prolongó tres años más. Cuando concluyó, siete millones de soldados y civiles habían muerto en campos de batalla, en pogroms, desollados vivos, arrojados a las llamas. Fueron víctimas no solo de la crueldad del enemigo, sino de enfermedades y espantosas hambrunas, tanto en ciudades como en poblados.
Mongolia fue uno de los principales outposts de esa guerra, y adquirió una fama peculiar gracias a un aristócrata, el barón Robert Nicolaus Maximilian von Ungern-Sternberg.
     
   Barón Robert Nicolaus Maximilian von Ungern-Sternberg 

      El barón Ungern, o simplemente Ungern, no pasó muchos años en esta tierra. Nació en 1886 y fue fusilado por los bolcheviques en septiembre de 1921. Pero durante sus 35 años de vida,  especialmente en los tres últimos, se convirtió en un digno precursor de Adolf  Hitler.
     La ambición de Ungern, nacido en el seno de una familia de aristócratas germanos, era restablecer la monarquía rusa bajo el puño de hierro del gran duque Mijail Alexandrovich, además de revivir el imperio mongol cuyo último representante fue el Bogd Khan, líder espiritual del budismo tibetano de Mongolia exterior.
     En febrero de 1921, meses antes de su fusilamiento, Ungern logró expulsar a las tropas chinas de Mongolia, y restaurar al Bogd Khan.
     Sus regimientos estaban integrados por mongoles y cosacos. Entre 1906 y 1914, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, Ungern fue un oficial en la caballería cosaca del Frente Oriental. Lideraba un batallón bautizado “La Orden de Militares Budistas”. (No todos los budistas acataban las normas modernas de pacifismo. Muchos preferían recordar las hazañas de Gengis Khan).
     Ungern provenía de una familia de guerreros. Él mismo se congratuló de que descendía de nobles rusos, entre los cuales se incluían cruzados, piratas, Atila, y al menos 72 ancestros que sufrieron horrendas muertes al servicio del Zar de Todas las Rusias. Una de las anécdotas familiares le causaba especial regocijo: cuando uno de sus antepasados rehusó quitarse el sombrero ante Iván el Terrible, el zar ordenó que le clavaran su sombrero a la cabeza.
     Tras concluir la Primera Guerra Mundial, Ungern no aceptó la desmovilización y se dirigió hacia Mongolia. Allí organizó tropas de cosacos y de mongoles, para combatir a los bolcheviques y a los judíos. Aprendió a hablar mongol, se convirtió al budismo -un budismo alejado de la corriente principal,  poblado de ritos sangrientos, erótico, y adornado de calaveras- y anunció a sus soldados que tendrían a su alcance todo el vodka, el hashish, el opio y las mujeres que quisieran, siempre que acataran sus órdenes.
     En cuanto al método de reclutamiento usado por Ungern para forjar su estado mayor, fue una maravilla de astucia. Cuando en el medio del invierno un grupo de sus hombres mostró indisciplina, ordenó que les quitaran los uniformes, y los condujeran a un lago helado obligandolos a zambullirse y a nadar un buen rato. Luego, ordenó que regresaran a tierra, y les soltó varios de sus lobos, que para Ungern eran un perfecto sucedáneo de los perros amables usados por los occidentales. Los lobos trataron de comerse a los amotinados, y éstos debieron enfrentarlos a puñetazos. La mitad de los hombres sobrevivieron al asalto de los lobos. En recompensa, Ungern los designó parte de su elite de guerreros.
     James Palmer ha logrado compilar un fascinante relato sobre las malandanzas de Ungern, al implantarlas en un universo caótico, surrealista, propio del fin del mundo, siempre en movimiento.
Inclusive su escenografía es surrealista. Por ejemplo, cuando describe el asentamiento mongol de Urga, al que Ungern arribó en 1913, señala que se trataba de una población intemporal. “Era difícil averiguar si estaba en 1913, o en 1193”. Aparte del horrendo aroma a desechos humanos,  pues no existían cloacas, el único atributo de Urga era el intercambio de toda clase de productos.                                     Comerciantes que cabalgaban caballos o camellos ofrecían sedas, drogas y té. Cazadores ofrecían pieles “que finalmente serían vendidas, a un precio mil veces superior al inicial, tras llegar a Moscú o a Londres”. Y como parte de la vida nómada, no existían viviendas permanentes. Todos los habitantes vivían en carpas. Eso alteraba el paisaje edilicio con cada temporada. Ocurría con frecuencia que los dueños de carpas las desplazaban a otro lugar de la población, debido generalmente a disputas con sus vecinos. El asentamiento era tan rodante como los carruajes.
     También los aristócratas que huían de la guerra crearon sus propias quimeras rodantes. Se desplazaban en trenes blindados y se protegían  con armas obtenidas de las cañoneras que navegaban los lagos siberianos. Sus vagones contaban con opulentos restaurantes, imprentas, salas de teatro, burdeles, y cámaras de tortura. Los prisioneros eran encerrados en vagones sin agua, donde los dejaban morir.
    Ungern gobernaba uno de esos pequeños señoríos con implacable crueldad. Tenía además el problema de ser un visionario,  dispuesto a dar su vida, y especialmente la vida de los demás, en defensa del zar de Todas las Rusias, y del derecho divino de los reyes.
     Sus combates nunca se limitaban al campo de batalla. Abundaban en su entorno las cámaras de tortura, los pelotones de fusilamiento,  los atroces edictos. Uno de ellos era que ningún judío podía quedar vivo. Era imprescindible exterminarlos a todos,  inclusive los niños.
     Durante escasos meses retuvo en Mongolia las riendas del poder. Parecía que era inmune a las balas, a los explosivos,  al sable y a la daga. Insistía en que era heredero de Genghis Khan.
     Finalmente, en junio de 1921, intentó invadir Siberia Oriental en respaldo a una presunta rebelión contra los bolcheviques. Pero fue derrotado, y finalmente capturado, luego de dos meses de huída por territorios casi imposibles de transitar. El Ejército Rojo lo apresó finalmente. Un mes después fue procesado, y declarado culpable. El 15 de septiembre de 1921 fue fusilado.
     Es posible que los historiadores descubran otros sangrientos émulos del barón Ungern en el mismo período de la guerra civil en Rusia. Pero es muy difícil que lo superen en crueldad. O que puedan anticipar como él la ferocidad de sucesores como Hitler o Stalin.
     Ungern no dejó como legado sus memorias. En medio de la catástrofe del fin del mundo que asoló Europa oriental y parte de Asia, hay escasos recuerdos de sus palabras, aunque abundan los de sus acciones. Sin embargo, una de sus frases adquirió cierto derecho a la inmortalidad, y podría haber sido considerada su epitafio:
     “Mi nombre está rodeado de tal odio y de tanto miedo, que nadie es capaz de juzgar qué es la verdad y qué resulta falso. Qué es historia, y qué es mito”.

jueves, 13 de abril de 2017

The Butcher Boy, de Patrick McCabe. Las peripecias del joven asesino


Mario Szichman



     La tradición de la literatura anglosajona, cuando el protagonista es un niño o un adolescente, se nutre de Huckleberry Finn, de The Catcher in the Rye, y también de The Bad Seed, una novela de William March, que representó una divisoria de aguas en la literatura norteamericana.
     En tanto el mundo de Huck Finn y el de Holden Caulfield, personaje central de la novela de J.D. Salinger, exhibe adolescentes intentando separar la realidad de la fantasía (Huck, con más éxito que Holden), el de Rhoda Penmark, creación de William March, es un subproducto de los cuentos dehadas. Rhoda es una adorable niña asesina. Se aprovecha de su angelical sonrisa para destruir la vida de quienes pueden hacerle sombra. Mientras deposita en los adultos la credulidad, ella está más allá del bien y del mal. Su madre, Christine, es la primera en advertir que Rhoda es una psicópata. Luego que Rhoda se aburre de uno de sus perros, el animal sufre, según la niña, “una caída accidental” desde la ventana de su apartamento. En otra ocasión, una vecina le promete a Rhoda un collar muy bello para después de su muerte. Poco después, la vecina aparece muerta tras rodar por las escaleras de su casa. Rhoda hereda el collar.

   

A esa lista de personajes se puede incorporar Francie Brady, protagonista de The Butcher Boy, la novela del irlandés Patrick McCabe. Se trata de una nueva vuelta de tuerca, pues la voz del narrador se apropia del texto de una manera muy especial. McCabe hace hablar a Francie en una prosa poética carente de comas. Solo el punto separa las frases. Un crítico de The New York Times dijo que hubiera preferido escuchar la grabación de la novela, “para que el pleno efecto de cada pasaje pueda experimentarse por ósmosis”.
     Aunque la primera lectura de The Butcher Boy puede resultar difícil, a medida que se avanza, ofrece muchas recompensas.
     Ya en el primer párrafo de la novela, se condensa el resto de la tragedia que Francie narra de manera inimitable. El niño está oculto en un paraje campestre mientras los habitantes del condado de Monaghan, en Irlanda, lo buscan “a raíz de lo que le hice a la señora Nugent”.
    Lo que ha hecho Francie es bastante horrible. Pero, para Francie, es mucho peor lo que ha hecho la señora Nugent: separarlo de su madre, y alejar de su vida a su mejor amigo.
    Francie Brady ha crecido en un hogar absolutamente disfuncional. La familia Brady, conocida en el pueblo como 'the pigs,' los cerdos, consta del padre, de la madre, una mujer al borde de la demencia, y del hermano de su padre, el tío Alo. El padre y el tío Alo, han crecido en un orfelinato, en Belfast, aguardando un padre que nunca llega. El padre es un borracho consuetudinario, y el tío Alo se transfigura en una leyendae con pocos visos de realidad. La leyenda es que trabaja como director en una fábrica, “y diez operarios están a su servicio”. La realidad es que el tío Alo trabaja como sereno, y su tarea es saludar con ceremoniosa humildad a sus jefes, “luciendo un uniforme de portero color azul pálido”.   
     Francie es un marginado. Vive sumergido en el mundo de los comics y de la televisión. Comete raterías, y resulta un fastidio en su pequeña comunidad. Pero su inmersión en la locura y en la destrucción es resultado de la aparición de los Nugent, una familia protestante, en la cerrada comunidad de católicos del condado de Monaghan.
     Los Nugent son como la aristocracia de Monaghan. El hijo, Philip Nugent, toma lecciones de piano, tiene una pulcra y profusa colección de revistas de historietas, y además, luce buena ropa.
    Todo se magnifica en Francie, al observar los modales, y la distancia que imponen los Nugent al resto de los pobladores. Ellos, piensa, son los causantes de todo lo que anda mal en su familia, y en sus relaciones personales. Philip Nugent es el causante de la ruptura entre Francie y Joe Purcell, su mejor amigo. Cuando la madre del protagonista sufre un colapso nervioso, y es enviada al “garage”, un asilo para enfermos mentales, Francie también les echa la culpa a los Nugent.
     Y en cierta ocasión, Francie cree oír que la señora Nugent lo define como un cerdo. El lector no sabe decidir si la palabra fue pronunciada. Todo el relato proviene de la mente de Francie, aunque servirá para activar la venganza del protagonista.
     Francie huye de su hogar, y eso causa el suicidio de su madre. Pero él no acepta falta alguna en la tragedia. Los Nugent son los responsables.
     ¿Su respuesta? Aprovechar que los Nugent han salido de su vivienda para ingresar en ella, y defecar en el living room. (Cualquier detective puede confirmar que es un hábito muy frecuente en quienes roban viviendas).
     Tras su venganza, Francie termina, como su padre, en una residencia para jóvenes delincuentes, donde abundan sacerdotes poco recomendables. El protagonista decide que la mejor forma de aplacar a los curas es atestiguar apariciones de la Virgen María.
     Francie se va hundiendo en la locura y en la delincuencia acompañado por una voz en que la profanidad y la poesía se alternan de manera escalofriante.
     Luego que su madre se suicida ahogándose en un lago, y que su padre se hunde en el alcoholismo y muere, Francie comienza a vivir una segunda vida extrayendo de su familia recuerdos de una época más feliz. Evoca las historias que le contaron sus progenitores sobre el cortejo que culminó en la procreación de Francie, y las combina con episodios leídos en los comics, o contemplados en la televisión.
     El bien está en el seno de la familia, aunque existe poco que rescatar de ella; el mal está encarnado en la señora Nugent, y hay que acabar con ella.
     Un día, Francie visita la casa de los Nugent, aprovechando que solo está la dueña. “Comencé a sacudirla y a patearla no sé cuantas veces”, dice el protagonista. “La agarré por el cuello, y le dije: ´Usted hizo dos cosas malas, señora Nugent. Usted me obligó a darle la espalda a mi madre, y alejó a mi amigo Joe de mí´… La golpeé varias veces contra la pared, hasta que apareció una mancha de sangre en un extremo de su boca”.
     Francie es capturado, y allí concluye su historia, pero no su voz, ni su existencia. Es difícil olvidar la novela.
     Hasta ahora, el insuperable narrador en primera persona sigue siendo Jim Thompson.
Según Geoffrey O´Brien, “con su voz de raconteur de acento cansino, su bellamente modulado ritmo de relator,  y su interminable stock de anécdotas y de color naturalista, Thompson siempre nos sorprende con un sorpresivo golpe en el estómago”. La novela de McCabe cuenta con varios de esos ingredientes. También incluye una buena dosis de compasión.
     Resulta difícil odiar a Francie, aunque es aún más difícil entender su locura. Se trata de un psicópata muy especial, que delira con gran coherencia, y bella prosa. Francie tiene ciertos atributos que autorizan tanto la simpatía del lector, como su precaución. Un crítico definió bien a personaje al señalar que “nadie querría tener a Francie en su hogar”.

domingo, 9 de abril de 2017

Soumission de Michel Houellebecq. El universo no es siempre la universidad


Mario Szichman



El novelista francés Michel Houellebecq tiene, como señaló un crítico en The Times Literary Supplement, una “escalofriante capacidad de anticipar con precisión eventos reales”. Ocurrió con su tercera novela, Plateforme (2001), donde puso en evidencia las tensiones entre Occidente y el mundo árabe. El relato apareció en las librerías poco antes de los ataques contra las torres gemelas del World Trade Center registrados en septiembre de 2001.
Soumission*  tiene también similar capacidad de anticipación. En el día de su lanzamiento, el 7 de enero de 2015, los hermanos Said y Chérif Kouachi, ingresaron en las oficinas del semanario satírico francés Charlie Hebdo, en París, asesinaron a 12 personas, e hirieron a otras 11. 
Uno de los puntos centrales de las críticas de Charlie Hebdo era el Islam, sus costumbres, y la emergencia de una rama violenta ejemplificada en al Qaeda, y ahora en ISIS.


Días antes de los ataques al semanario, los medios de prensa parisinos dedicaron varias páginas a discutir Soumission, especialmente su trama: en el año 2022, los socialistas se unen a un nuevo partido islámico, que conquista el poder. Entran en vigor las leyes islámicas, las mujeres deben usar ropas que custodian la modestia, se alienta la poligamia, y quienes renuncian a su religión original y optan por el islamismo, mejoran su estatus.
La caricatura de Houellebecq apareció en la portada de Charlie Hebdo una semana antes de los ataques, y la promoción seguramente ayudó a la venta de la novela. Entre los muertos en la incursión de los hermanos Kouachi se hallaba el economista Bernard Maris, amigo personal de Houellebecq y autor del ensayo Houellebecq économiste publicado en el 2014.
El protagonista de Soumission es François, un profesor universitario, experto en la obra de  Joris-Karl Huysmans, que duerme con sus alumnas, generalmente durante todo el ciclo lectivo, hasta que las damas se aburren, y le informan que “han encontrado a otro”. Sus diversiones consisten en observar filmes pornos, recalentar dinners, beber como un cosaco, aburrirse de manera cotidiana, y curar dolencias benignas, aunque fastidiosas.
Resulta obvio que François es un muerto en vida, y que ni siquiera la toma del poder por un movimiento islámico parece sacarlo de su letargo. Hay signos ominosos de que pronto se convertirá en un extraño en tierra extraña, y que su tarea a perpetuidad en la academia, pronto dejará de ser eterna. Finalmente un día, François recibe una espléndida jubilación, Ha sido puesto fuera de servicio. Los mejores puestos están reservados a los partidarios de Mahoma, y François es un católico. ¿Qué hacer en un mundo donde las necesidades inmediatas son satisfechas, y en el cual no existe espacio para soñar?
Quizás la parte más interesante del relato es la transfiguración de la sociedad francesa, que súbitamente encara una pesadilla religioso—populista. François, un fervoroso admirador del trasero femenino, observa su desaparición al cambiar la ropa de las mujeres. Las burkas disimulan la silueta de las damas, los velos ocultan sus rostros. El único consuelo, para el personaje central, es que el islamismo tolera, y alienta la poligamia, y quizás un hombre con cuatro esposas puede alcanzar niveles más altos de placer que un monógamo.
La novela es una suave sátira sobre los beneficios e inconvenientes de un estado islámico: hay más protección social, pero menos libertad, los favores que se obtienen por un lado de las prácticas comerciales son contrarrestados por la ineficacia en la administración de los recursos. Existe, además, un rápido deterioro de los servicios públicos.
Submission es una novela árida, repleta de personajes difíciles de recordar. Todos ellos están sumergidos en la discusión de tesis, prólogos, o estudios de escritores extintos. No hay conflictos, y el tenue hilo que arrastra las peripecias del protagonista: su tesis sobre Huysmans, carece de profundidad.
Aquello que parece atrapar a François es la religiosidad del escritor. En parte, esa figura del pasado puede ser una de las razones de buscar la salvación en el Islam. Pero ¿es esa la verdadera razón? Tal vez el flamante misticismo de François es una táctica oportunista para recuperar su empleo u obtener algo mejor.
El triunfo del Islam en Francia, y su influencia en otros países europeos, permite sospechar que el protagonista descubre ventajas en su conversión, o mejor dicho, en la sumisión al partido y a la religión del gobierno.
La verdadera sorpresa en un agente provocador como Houellebecq es que su narración no trata al Islam con sorna o desprecio. Algunos críticos han destacado justamente que para el escritor hay una diferencia entre la religión y la raza, y señalan que todos los personajes musulmanes son franceses conversos. No hay en la novela un ser que predique la guerra santa. Los personajes son amables, cultivados, nada amenazantes.
François es mucho más interesante solo, que mal acompañado. Sus opiniones suelen ser, en ocasiones, demoledoras. Pero debe padecer varias compañías con las cuales requiere conversar y decir trivialidades. Eso desconcierta al lector en una novela narrada en primera persona. Por otra parte, el protagonista es una especie de Jano bifronte. Nunca se sabe muy bien si François piensa por François, o si es el alter ego del escritor.
Pero el problema central de Houellebecq es su narcisismo. Es muy famoso en Francia, sus libros han recibido excelentes críticas, y varios han sido bestsellers. El problema del autor es que también se ha convertido en celebridad.
Cuando un escritor va más allá de lo que aparece en sus textos, es inevitable la arrogancia. Debe pensar que tal vez puede ir más allá de lo que aparece impreso. Algunos lectores necesitan convertirlo en un profeta, otros, en un curandero.
No bromea Houellebecq cuando en su última novela propone el camino espiritual para contrarrestar la situación en la Francia actual. Hasta que los agnósticos funden su propia iglesia, no podrán competir con religiones establecidas desde hace siglos o milenios.
Pero el punto de vista es también importante. La novela es conflicto, sus personajes no solo deben interactuar, sino confrontarse. Mijail Bajtin señalaba que las novelas de Dostoievski eran tan intensas porque nadie se quedaba con la última palabra. Cada personaje aportaba su propia visión del mundo, y podía demoler opiniones contrarias.
En el mundo de Dostoievski, nada era trivial, no se conversaba para pasar el tiempo. Todo parecía cuestión de vida o muerte. En el mundo de Houellebecq se conversa demasiado. ¿Y desde qué atalaya? Desde el mundo académico.
No todos los atalayas se parecen. Desde algunos, solo surgen desganadas conversaciones, problemas que son apenas acertijos, y una falta total de entusiasmo en los planteos. Como decía Gore Vidal en uno de sus ensayos, el problema de muchos escritores es que suelen confundir el universo con la universidad.
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* La crítica es a Submission, la versión en inglés, publicada por Farrar. Straus and  Giroux de Nueva York en el 2015.