sábado, 23 de septiembre de 2017

Una de las formas más famosas del tedio


Mario Szichman




             “¿Una obra de arte?  Pero si carece de inspiración. No tiene orden, sistema, secuencia o resultado. Carece de vida, de fogosidad, de emoción, de realidad. Sus personajes han sido diseñados de manera confusa. Sus actos y sus palabras demuestran que no son la clase de personas que el autor asegura que son. El humor es patético. El patetismo es risible. Las conversaciones son… ¡oh, indescriptibles! Sus escenas de amor resultan odiosas… Pero si todo eso se descarta, lo que resta es arte. Eso hay que reconocerlo”.
Mark Twain: James Fenimore Cooper´s Literary Offenses

El híbrido funciona en dos direcciones, como literatura seria y como parodia. Alfred Hitchcock le decía a Francois Truffaut que en la época del cine mudo era posible alterar el guion de un filme a través del uso de subtítulos narrativos. Como el actor sólo pretendía hablar y el diálogo aparecía de inmediato en la pantalla, se le podía poner en la boca cualquier parlamento que al director se le antojara. Así se salvaron de la hoguera muchas malas películas. “Por ejemplo, si el drama había sido pobremente filmado y resultaba totalmente ridículo”, le dijo Hitchcock a Truffaut, “se le insertaban títulos cómicos y así la película se convertía en una sátira y lograba un gran éxito”.   
Respiración artificial de Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1980) funciona en uno de sus múltiples planos como sátira de textos. Su narrador, que es un narrador, nos informa al principio de la novela que ha escrito una novela de la cual no parece muy convencido de su calidad. Pero con el solo hecho de que el narrador de la narración se arriesgue a poner la narración en su narración, está a salvo de la crítica. Con ese gesto, le advierte al crítico, a través de su ironía, que se ha distanciado del texto. El texto que reprodujo Piglia dice así: “Ninguno de nosotros, de los que estuvo ahí la noche en que se entrevió por fin, en la entristecida penumbra que siguió a la tarde del entierro, el secreto de esa venganza cultivada durante años, ninguno de nosotros no pudo no pensar que asistía a la más perfecta forma del amor que un hombre puede dispensar a una mujer”… El narrador aseguraba que así comenzaba la novela y luego continuaba en el mismo tono durante 200 páginas. ¿Era esa novela de la cual hablaba Piglia con tanto desdén la hermana gemela de Respiración Artificial secuestrada por gitanos en su infancia? ¿Era su seminal desdén la manera de acorralar el desdén de los críticos o de los lectores? ¿Es Respiración Artificial una novela que es realmente lo que parece ser: pobremente escrita, bastante ridícula, o puede funcionar en cambio como sátira de un fracaso, adelantándose al juicio del crítico, que podría considerarla lisa y llanamente un fracaso?  
Como esa mujer cuyas piernas delgadas revelan que no tendría por qué haber engordado tanto, excepto para protegerse de su sexualidad, Respiración Artificial se recubre de las capas de grasa de diferentes textos a fin de bloquear la penetración del crítico o del lector.
Piglia dijo en una ocasión que la novela de la cual hablaba en su novela estaba inspirada por el “aire faulkneriano” de una historia. La historia usaba “el tono de Las palmeras salvajes”. No, mejor aún: usaba “los tonos que adquiere Faulkner traducido por Borges con lo cual, sin querer, el relato sonaba a una versión más o menos paródica de Onetti”.
Apenas habían transcurrido cuatro páginas del comienzo de la novela cuando ya Piglia, tras propinar al crítico y al lector los nombres de famosos escritores del canon literario, presumía también de haber parodiado a Onetti. Es una premisa sino cierta, al menos bastante audaz. Pues, como decía el profesor Kendall en Savage Night de Jim Thompson, el peligro de la parodia es que “no puede existir fuera de la enrarecida atmósfera de la excelencia. La parodia es excelente o no es nada”. En el caso particular de Respiración Artificial, es nada.
De todas maneras, al comienzo de la narración, Piglia se las arregló para trazar la topografía que transitaría su novela. Sólo le restaba añadir parte de la historia y de la política de Argentina. Y combinar personajes históricos con personajes literarios. Y rociar el texto de sarcásticas y eruditas reflexiones en un gigantesco, agobiante tour intelectual. Más allá de esa intención, su imaginación quedaba agotada. Lo demuestran la mayoría de sus capítulos y de sus descripciones. En el mundo narrativo de Piglia, si alguien viajaba en un vagón de tren, el vagón tenía que estar destartalado.

HABLAR POR LOS DOS COSTADOS DE LA BOCA

“¿Hay una historia?” así comienza Respiración Artificial. ¿Hay una historia, realmente? He tratado de reconstruir la historia, la trama, y todavía ignoro cuál es la historia que se narra en Respiración Artificial. Afortunadamente, no estoy solo en esa indagación. El crítico Carlos Roberto Morán dijo que los enigmas planteados en Respiración Artificial son “disímiles” y “múltiples”. El escritor Renzi “busca” a su tío Maggi. El tío Maggi “explora” a su vez la vida de Enrique Osorio, quien fuera secretario de Juan Manuel de Rosas y espía de Lavalle. Luego Renzi “entrevista” a un descendiente de Osorio. Renzi también viaja a Concordia para entrevistar a su tío, y en cambio se pone a dialogar con un emigrado polaco, Tadewski, otro que “ficciona y fantasea”. En la trama merodean también Franz Kafka y Adolf Hitler.  ¿Se encuentran, dialogan? Para confirmarlo debería releer la novela. Y esa tarea es para mí imposible.
            El crítico Morán, que además de ser una persona seria es generoso, le dio a Piglia el beneficio de la duda. Tras reconocer que Respiración Artificial es una novela “de difícil lectura” negó que hubiesen en Piglia “disgresiones”, sólo “caminos diversos que él transita en la búsqueda de la identidad”.
Esa es la ventaja de la parodia. Si la novela ha sido pobremente escrita y resulta ridícula, es suficiente con hacer creer que es una parodia de algo. O que el desconcierto del autor ante un texto que no sabe cómo hacer ingresar en el territorio de la literatura es en realidad un brillante tour de force. A Dios gracias, sólo una ínfima parte del texto es aportado por el autor. El resto existe gracias a la caridad de los académicos.

CONTAR EL CUENTO

Nos encontramos entonces, en Respiración Artificial con varios narradores. Renzi, Maggi, un descendiente de Enrique Osorio y el polaco Tadewski. Piglia logró que todos esos variados personajes, además de intercambiables, hablasen igual que Piglia. O que todos compartiesen su universo de frases o las ideas que Piglia tenía de la literatura. 
La historia argentina, para el narrador– que Piglia trataba de explicarle al crítico que no se podía confundir con Piglia– es así: “El monólogo alucinado, interminable del sargento Cabral en el momento de su muerte transcripto por Roberto Arlt”[i]. (¿Acaso una ansiosa parodia de ese segmento de Macbeth: “A tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing?”).
Por ejemplo, otro narrador[ii] dice: “Nunca nadie hizo jamás buena literatura con historias familiares”. Una propuesta dudosa. Por lo tanto, la regla de oro para los escritores debutantes es ésta: “Si escasea la imaginación, es necesario ser fiel a los detalles”.  
Muchos de los enunciados teóricos de Piglia –o del narrador de Piglia– tenían una extraña cualidad: no eran ni sí, ni no, sino todo lo contrario. “Nunca nadie hizo jamás buena literatura con historias familiares” es una afirmación que puede ser cierta o falsa. Faulkner, Dostoievski, Flannery O´Connor, Jim Thompson, Manuel Puig, la desmentirían. La frase de Tinianov de que la literatura evoluciona de tío a sobrino tiene el mismo nivel de incertidumbre. Al menos en el caso de los Dumas, evolucionó de padre a hijo.



LA NOVELA COMO PULMOTOR

El experimento narrativo funciona mejor si el experimentador se encuentra cerca del lector. De esa manera, todo aquello que resulta obscuro, ridículo o risible, se aclara, se dignifica, adquiere solemnidad, y explicación, en adicionales reportajes.
Hay novelas que logran salvarse por un giro feliz de la frase, por una página inolvidable, por el rescate de algún personaje inesperado. Pero Ricardo Piglia se rehusó, con parca sobriedad, a que el lector de su experimento narrativo matase el tiempo con apartes.
Respiración Artificial es insalvable, imposible de rescatar, pero en el buen sentido. Como su mismo título lo sugiere, la novela no tiene intención alguna de redimir vidas, de hacerlas evolucionar, o en algunos casos fenecer. Es, más bien, como un cadáver exquisito del cual sobresalen tubos de todos los huecos que requiere el ser humano para persistir.
La novela recuerda, en su artificio, a El hombre máquina de Le Mettrie, o al pato de Vaucanson. Muestra la impaciencia y el desagrado del autor con todo aquello que pueda sonar a costumbrismo, a naturalismo, a realismo, o a cualquier otro ismo que en los peores casos suele ser acompañado de melodrama, de descripción de escatológicas costumbres, y que en sus mejores representantes cuenta con grandes cuotas de delirio, ansiosos por narrar empresas absurdas y emocionantes –lamentablemente para Piglia, afortunadamente para los lectores, demasiadas novelas transcurren por ese cauce.
La novela también se hubiera beneficiado con un buen editor. Pues es bastante lopsided. Es como si hubiera sido construida a partir del techo. Y no lo digo desde la suficiencia, sino desde la humildad. Todas mis novelas, absolutamente todas, han tenido que pasar por las horcas caudinas de mi editora, la profesora Carmen Virginia Carrillo, pues las primeras versiones eran espantosas.
¿Cómo ubicar a Respiración artificial? Sin menoscabo, en la categoría de lo inconcluso. Ni siquiera voy a hablar de fracaso, pues el fracaso tiene el contrapeso del triunfo. A veces los fracasos son espléndidos, como el que cometió Faulkner en A Fable. Generalmente, cuando un gran narrador se derrumba, arrastra consigo todas las cortinas de su tinglado. En Respiración artificial nada de eso ocurre.
Durante decenas de páginas, Piglia merodeó por la narrativa. En ocasiones quiso actuar como un agrimensor midiendo su territorio, en otras como un sepulturero, intentando colocar una losa final sobre experiencias previas que le disgustaban, y que deseaba suplantar con las suyas. También probó actuar como un estratega, examinando sus defensas. Pero no pudo lograr lo más importante: cruzar el umbral donde lo escrito se convierte en literatura. Si bien el autor examinó sus defensas, nunca consiguió penetrarlas. Y como es notorio, la literatura, especialmente la gran literatura, es siempre un rito de consumación.






[i][i] En otra parte aludimos a la contingencia de que Respiración Artificial engorde su contenido con las numerosas notas al pie que necesita para ser inteligible fuera de la Argentina. Un lector que no sea argentino posiblemente conozca a Arlt, pero es problemático que conozca al sargento Cabral.
Piglia, que tanto abominaba del costumbrismo, ignoraba que uno de los peores delitos del costumbrismo es que sus cultores creen que todos los lectores están obligados a conocer a los personajes que ellos frecuentan.
[ii] Aunque hay en Respiración Artificial varios narradores, podrían tranquilamente fundirse en uno solo, porque todos piensan y hablan igual. El obsesivo control que ejercía el autor sobre sus personajes le impedía aceptar que pensasen diferente. Eso hubiera sido tanto como cuestionar su autoridad.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Snapshot (Fragmento de novela)


Por Mario Szichman




Para Carmen Virginia Carrillo,
editora de mis textos,
quien me enseñó a afrontar
nuevos retos literarios




¿Por qué despiertan tanta fascinación los viajeros del tiempo? Básicamente, por la viabilidad de transportarse a otras épocas, con el propósito de alterar un evento catastrófico, o quizás de provocarlo. El clásico en el territorio del cuento es A Sound of Thunder, de Ray Bradbury, donde se formula la hipótesis de que la muerte de un simple ratón en el pasado remoto, puede dejar “marcas tan enormes como el Gran Cañón del Colorado a través de la eternidad”.  M.S.

I

Se preguntó qué clase de existencia era esa en la que todos los demás seguían muriendo, excepto él. O por qué podía contemplar, en momentos inesperados, la línea del tiempo de quienes lo asediaban, hasta sus días finales.
Inspeccionó la multitud: pudo reconocer a aquellos que iban a morir, a los escasos sobrevivientes.  En una semana más, se trocarían en un compuesto orgánico. Descollarían la fibra de vidrio, el concreto y el combustible de aviación. En cuanto a los sobrevivientes, padecerían vidas precarias: sus cuerpos revelarían veloces mudanzas en el avance hacia una muerte prematura.
Era el martes cuatro de septiembre de 2001, una semana antes de la caída de las torres. Mike Simmons estaba en la Promenade que unía la Torre Norte con la Torre Sur. Circulaban a su alrededor algunas de las personas que morirían tras la intrusión de dos aeronaves comerciales en los pisos superiores de los edificios.
The World Trade Center, además de convocar multitudes, obligaba a circular por los mismos pasadizos, introducirse en los mismos ascensores, frecuentar las mismas cafeterías, peluquerías, salones de belleza, tiendas de souvenirs.
A su lado pasó uno de los pocos que esquivarían la muerte, y luego participaría en el raid para asesinar a Osama bin Laden. En ese momento, una década más joven, ni siquiera formaba parte de un comando SEAL. Pesaba treinta libras menos. No había indicios de su futura calvicie o de la herida que aplanaría una mejilla y achicaría su ojo izquierdo. Sus aspiraciones eran diferentes. Pensaba estudiar Administración Pública. Estaba buscando empleo en Cantor Fitzgerald, una empresa con oficinas en los últimos pisos de la Torre Norte.
En cuanto al líder de al–Qaida, que en pocos días más se transformaría en el personaje más famoso del mundo, ese 4 de septiembre de 2001 seguía siendo un desconocido.
Mike Simmons bebió dos sorbos de un machiatto que había comprado en Starbucks. Casi de inmediato, aparecieron otros dos futuros sobrevivientes, un pastor anglicano, negro, y un pastor baptista, blanco. Siempre se habían tratado con frialdad, en sus saludos exhibían un respetuoso desprecio. Pero salvarían sus vidas gracias a su mutua protección en una oficina, a escasos pasos de la gigantesca nariz de uno de los aviones. El episodio los convertiría en amigos de por vida, una corta vida marcada por desórdenes pulmonares.
En ese momento vio ingresar a la Torre Norte al hombre cuyo rostro era imposible de escrutar. Parecía siempre lanzado en una carrera desesperada hacia los bancos de teléfonos.  No lograba descifrar qué le deparaba la suerte.
Luego apareció la muchacha que el 11 de septiembre compraría un vestido rojo. Un vestido que nunca ostentaría. Lo luciría en una sola ocasión, en el estrecho probador de la tienda. Deseaba saludar sus 30 años luciendo ese magnífico vestido que veía todas las mañanas en la vitrina de una tienda, rumbo a su oficina. Faltaban pocos días para su cumpleaños.
Era una mujer bella, contaba con gran cantidad de admiradores, y requería resplandecer en su fiesta. La tardanza de quince minutos, en el probador, la obligaría a demorar su llegada a la Torre Sur, donde trabajaba como secretaria. Vería el colapso de la torre al emerger de la línea J del subterráneo. 
Aunque creía estar anclada en Nueva York, tras los ataques deambularía por ciudades cuyos cautelosos ciudadanos nunca aceptarían verla con un vestido tan llamativo. El atuendo visitaría numerosos closets, el primero en Phoenix, Arizona, el último en Mobile, Alabama. La mujer nunca abdicaría del vestido confinado eternamente a su armario.
Hasta ese momento, Mike había circulado entre sobrevivientes que continuarían intactos.  Luego, tropezaría con algunos doblegados por enfermedades que ceñirían sus cuerpos en un corsé, arrebatándoles el aire de manera paulatina.
En ese instante, vio al chino portando su maletín. A unos treinta metros de distancia se hallaba el policía que salvaría su vida pese a los forcejeos. El policía le estaba entregando una multa al chofer de una limusina por estacionar en una zona prohibida.
Entre la empuñadura del maletín y la muñeca del chino, se extendía una cadena de metal. En su interior, escondido entre dos camisas y una muda de ropa interior, había un millón de dólares en billetes de cien.
El chino ignoraba en ese momento el contenido del portafolio. Era un simple funcionario, su gobierno le había asignado la tarea de protegerlo con su vida. Tras el ataque del primer avión contra la Torre Norte, una viga le quebraría la pelvis. El trozo de metal rasgaría parte del cuero, y el funcionario chino observaría aterrado asomar algunos billetes con el perfil de Benjamin Franklin. Intentaría cubrirlos luego con su chaqueta, mientras el dolor lo forzaba a retorcerse en el suelo. No permitiría acercarse al mismo policía que en ese momento entregaba una multa al chofer de la limusina. Arremetería luego contra dos paramédicos ansiosos por subirlo a una camilla.
Mike Simmons recordó el manifiesto del vuelo 11 de American Airlines que se estrellaría contra la Torre Norte. Una candidata para anudar destinos era la actriz Berry Berenson, viuda del actor Anthony Perkins y hermana de Marisa Berenson, de tan destacada actuación en Cabaret. Tras algunas reflexiones, el destino descartaría esa frecuentada opción.
Vio a algunos pasos de distancia al arquitecto Ronnie Penrose, quien se dirigía hacia la Torre Sur, y que una semana más tarde se refugiaría en el hotel Marriot tras la embestida del primer avión contra las torres. Cerca de él, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria, le mostraría sus derretidas uñas. El hombre la conduciría a una ambulancia. Parte de la chamuscada piel de la mujer se pegaría a su perramus.
Entre tanto, a centenares de metros de altura sobre la cabeza del arquitecto, a bordo del avión de United Airlines, vuelo 175 estrellado contra la Torre Sur, estarían los restos de su hermana y de su sobrina, de cuatro años de edad. La aeronave permanecería casi una hora en la torre, hasta su colapso.

II

Ese 4 de septiembre de 2001, el único propósito de Mike era salvar a Pierre Konstantin, un inmigrante procedente de Estonia, quien trabajaba como electricista en Windows on the World, el restaurante situado en la cima de la Torre Norte.
Konstantin tenía un defecto: aunque concluía su turno a las 8:00 de la mañana, siempre se demoraba en su pequeña oficina. A veces tomaba fotos, o conversaba con otros empleados, o llamaba por teléfono a sus amigos en Estonia. Era difícil que abandonara el lugar antes de las 9:00. El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, se estrellaría minutos antes, a las 8:46. Mike necesitaba sacar a Konstantin por lo menos media hora antes. Y sin causar alarma.
Llegó a la oficina de Konstantin a las 8:15. Al verlo, su amigo repitió la rutina habitual. Se acostó en un enorme estante de acero ubicado encima de un sofá. Cuando comenzó a trabajar en el sitio, no había estante alguno. Por lo tanto, fue a Home Depot, compró una plancha de acero de dos yardas y la fijó al borde de una viga que sobresalía de la pared. Konstantin se había tomado fotos acostado en la placa de acero que servía de estante, y las había enviado a sus amigos.
–Si alguna vez el estante se viene abajo, la Torre Norte se irá con él comentó Konstantin, y bajó del anaquel. Luego reacomodó sus herramientas de electricista, su cámara fotográfica y una lámpara que usaba para crear efectos especiales.
–Pude contactar al importador– dijo su amigo. –Tendrá los neumáticos el próximo martes. Aguardará en el estacionamiento de la torre a las 8:15. Pidió que no demores; necesita visitar otros clientes.
– ¿Mantiene el mismo precio?
–Ciento ochenta dólares. En Manhattan no podrás conseguir esos neumáticos por menos de trescientos dólares. ¿Cómo va el proyecto?
–Ya tenemos más de quinientas fotos de la Torre Norte. Desde el garaje hasta la terraza. Puedes ver algunas allí–. Señaló varias fotos distribuidas en una pequeña mesa circular–. No las toques. Necesito clasificarlas.
Las fotos eran el último recuerdo que perduraría del intacto interior de la Torre Norte. Vio oficinas vacías, mesas repletas de manjares, escaleras, equipos de cocina, ascensores con las puertas abiertas. En casi todas ellas surgía el paisaje urbano como trasfondo. Había también salidas del sol y atardeceres.  Mike sintió un nudo en la garganta.
Las únicas fotos personales eran las de Tania, una mujer muy bella. Mejor olvidarse de las noches que había pasado con ella. Konstantin era el futuro de Tania.
–La idea es crear un archivo digital y compartir las fotos– le explicó su amigo. Había creado una pequeña empresa con un conocido en Estonia, que ofrecía fotografías por internet.
– ¿Cuántas multas tuviste que pagar esta semana? – preguntó Mike.
Su amigo sonrió feliz. –Seis. La primera por adelantarme con mi motocicleta a un patrullero policial.
En cierta ocasión, Konstantin lo invitó a pasear por Brooklyn en su motocicleta. Manejaba como un poseído. Mike nunca había sentido tanto miedo, excepto esa vez en que soldados de Napoleón rodearon la posada donde había ayudado a guerrilleros de El Empecinado a descuartizar a un coracero francés prensándolo entre dos puertas de madera y serruchándolo en diagonal.
Se despidió de su amigo hasta el martes siguiente. Konstantin estaba hablando por teléfonos se limitó a agitar su mano derecha a Mike.

III

–Por cierto, ¿cómo hace para enamorarse? –Le preguntó Mike a Tania. –Me imagino que usted es heterosexual ¿no?
–En la medida de lo posible– dijo la novia de Konstantin acomodando la sábana sobre sus pechos. – ¿Es importante?
–Solo intentaba armar una conversación. Antes, todo se solucionaba encendiendo un cigarrillo y lanzando humo al techo, o simulando reflexionar, para encubrir el aburrimiento.
– “Después del coito el hombre es un animal triste” –recitó Tania. –También podría preguntarme cómo voy de cuerpo.  Soy muy romántica. De repente hay un hombre que me atrae. Todo cambia. Hasta el aire que respiro es distinto. Me siento mucho más joven. Querría hacer cosas extraordinarias.
–Y ahora las hace por Konstantin.
–Por ejemplo—dijo Tania.
–O por mí.
–Usted es un simple capricho. Y yo no tengo súper yo. Es lo que dice mi psicoanalista.

–Nunca podrá eludir la rutina. Ni siquiera con sus caprichos. Viví con varias mujeres. Apenas despertaban,  me exigían que me cepillara los dientes. Decían que tenía mal aliento. Era para agredirme. Lo primero que hacía era ir al baño, cepillarme los dientes, y enjuagarme la boca. Es tan fácil despreciar al otro.
–Y sin embargo, insistió en casarse.
–Es cierto. Pero, al cabo de algunas semanas  la relación se convertía en un gran malentendido.
–¿Cuántas veces son varias veces?
–Tal vez veintiocho.
–Y usted quiere que le crea. ¿Forma parte de su estrategia de seducción?
–Es increíble la rapidez con que podemos odiar a la persona que amamos.
–Podría haberse divorciado.
–El divorcio es peor que el casamiento. Es el momento en que surgen los instintos homicidas.
– ¿Cómo se las arreglaba?
–Construía mi pequeño mundo. Alentaba la infidelidad de mi pareja. Una mujer culpable fastidia menos.
–Disculpe mi franqueza, pero usted me causa asco.
– Solo existe el instinto sexual.
– ¿Nunca pensó en el amor?—Tania empezaba a  sentir hastío. Bostezó.
–Nuestra única tarea en la tierra es gozar de todos los placeres.
– ¿Cuál es su trabajo?
–Cuando necesito dinero trabajo en bienes raíces.
–La competencia es feroz.
–No me guío por Craiglist sino por los avisos fúnebres. Es un mercado poco explorado; las recompensas son fabulosas. Se puede prosperar en cualquier negocio si se apuesta a la muerte.
–Me encanta su imaginación. Esas historias de sus viajes al pasado me hacen reír.
–Las mujeres nunca se aburren conmigo. Me detestan, pero no se aburren.
– ¿Cómo se siente en el pasado?– Dijo ella incrédula, como quien participa en un juego de niños.
–Indefenso. Más indefenso que un bebé. Hay que aprender a curarse de enfermedades que ya han desaparecido. Las vestimentas y los zapatos son distintos. Todos hablan un lenguaje arcaico. Hay menos gente, pero con más prejuicios. Nadie acepta tarjetas de crédito.
–Podría ganar mucho dinero escribiendo guiones de cine. ¿Vio Back to the Future?

Caminó hacia el baño; intentó discernir qué sentía realmente por Tania. Sus romances nunca podían prolongarse más de cinco o seis años. Las mujeres envejecían más rápido que los hombres. Había visto a sus bebés transformarse en adultos, en ancianos, mientras él se conservaba casi intacto.
Entró en la ducha para lavarse un cuerpo que no se deterioraba, examinó su rostro, un rostro donde nunca crecía la barba, y le hizo algunas leves incisiones, remedando los cortes causados por una navaja de afeitar.
 Vivía en un mundo de disfraces y de máscaras. Cada compañera que seducía lo obligaba a recrear un nuevo pasado, y estipular un plazo para abandonarla. Tampoco podía conservar por mucho tiempo sus nuevos amigos. En algún momento surgían las inevitables preguntas. Sus vínculos con la raza humana eran muy tenues. Un pasado tan extenso y errático causaba problemas. Algunos enlaces sentimentales traían el peligro del incesto. Quizás debería buscarse una novia en el Ártico. Ninguno de sus antepasados había incursionado en esas latitudes.




IV

Llegó a la Torre Norte a las 7:50 del 11 de septiembre de 2001. Anticiparse al futuro carecía de toda ventaja. ¿Qué podría decirle a quienes lo rodeaban y estaban a punto de morir? “No deje su vehículo en el estacionamiento subterráneo pues será destruido cuando se estrelle el Boeing”. “No transite por la Promenade, porque la mayoría de los jumpers caerán en ese lugar”.
Soltó el resuello. No podía ser un buen samaritano para millares de personas, solo ayudar a Konstantin, su amigo en las buenas y en las malas.

Cada una de las personas que había visto en su previa incursión a las Torres ocupaba el sitio donde encontraría la muerte o una milagrosa salvación. Por simple curiosidad, se dirigió primero al hotel Marriot para contemplar al arquitecto Ronnie Penrose. Su rostro no expresaba emoción alguna. En las próximas horas, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria para pedirle ayuda.

Llegó a la oficina de Konstantin. Estaba cerrada. Golpeó la puerta. Nadie respondió. Sintió un vacío en el estómago. Miró el reloj: eran las 7:55 de la mañana. Era imposible que su amigo hubiese abandonado la oficina tan temprano. En ese momento, lamentó no tener un teléfono celular, aunque esos aparatos eran engorrosos de manejar.
Entró en un ascensor, y llegó a la planta baja. Extrajo su libreta de direcciones, y buscó el teléfono de su amigo. Se encaminó a un banco de teléfonos. No había uno solo libre. Miró su reloj. Eran las 8:04 a.m.  El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, había partido cinco minutos antes del aeropuerto Logan de Boston, rumbo a Los Ángeles. Sería desviado de su ruta por piratas aéreos, y se estrellaría contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana.
Enfiló hacia la calle. Le costaba tragar. De repente, todos los teléfonos habían desaparecido. Se acercó a un guardia de la Torre Norte.
–Es realmente una emergencia– le explicó.
–Le voy a contar un secreto– dijo el guardia sonriendo. –El secreto mejor guardado de esta torre. Hay teléfonos en el piso dieciséis. Nadie los usa.
Salió corriendo hacia los ascensores. Entró en uno de ellos. Descubrió tarde que su primera parada era en el piso cuarenta y cuatro. Miró el reloj: eran las 8:14. En ese momento, acababa de partir de Logan otro Boeing 767 de United Airlines, vuelo 175. También en ruta a Los Ángeles. Sería desviado hacia Nueva York, donde se estrellaría contra la Torre Sur a las 9:03 de la mañana.
 Decidió bajar al piso dieciséis por las escaleras. A las 8:20 estaba frente al banco de teléfonos. Faltaban 26 minutos para que el vuelo 11 de American Airlines se estrellara contra la Torre Norte.
Llamó al número de la oficina de Konstantin. Casi de inmediato, escuchó su voz.
– ¿Por qué demoraste tanto? –le preguntó su amigo. Hablaba con frialdad.
–Necesito verte de inmediato– le dijo. –En la planta baja.
–Sube a mi oficina y bajaremos juntos– le dijo. Sin esperar respuesta, cortó la llamada.
Eran las 8:30 cuando golpeó a la puerta.
–En dieciséis minutos más, un avión se estrellará contra la Torre Norte– le dijo a su amigo. –Busca lo que sea necesario y bajemos por las escaleras.
Konstantin sonrió y lo invitó a pasar.
–No hay tiempo que perder– dijo Mike.
–Ah, esa mala costumbre de comenzar a beber temprano–dijo su amigo. Luego, ciñó con los brazos la cintura de Mike, lo introdujo en la oficina, y lo dejó caer en el sofá.
–Lo sé todo– le dijo. –Tania me confesó su traición.
–Nada de dramas ¿No entiendes que vamos a morir? Vine a salvarte la vida.
– ¿Es cierto lo que me contó Tania?
– ¿No puedes dejar los celos para más adelante?
–Entonces, es cierto.
–Estoy dispuesto a pedirte perdón de rodillas, pero cuando lleguemos a la calle. Prometo contarte todo en el vestíbulo del Marriot.
–Sabía que Tania me había dicho la verdad– dijo Konstantin. Volvió a tomar en brazos a su rival, se acercó al pequeño baño, lo arrojó en su interior, y cerró la puerta con llave.
Mike comenzó a golpear la puerta. Rogó a Konstantin que lo dejara salir. Escuchó el ruido de la puerta de entrada al abrirse y al cerrarse,  miró su reloj. Eran las 8:44 de la mañana. A través de la ventanilla con barrotes contempló la silueta del avión. Aunque en el cielo se desplazaba a toda velocidad, desde la ventana del baño parecía avanzar en cámara lenta.
Estudió por última vez las imágenes de los sobrevivientes que habían pasado a su lado: la muchacha del vestido rojo, el chino con un maletín amarrado a su muñeca, el hombre que estaría separado por algunos centenares de metros de altura de su hermana y de su sobrina muertas, los religiosos que anudarían una entrañable amistad, el hombre que mataría a Osama bin Laden.
Súbitamente, los edificios se moldearon acatando la forma de los andamios. Esqueletos de hierro se irguieron sólidos, aguardando a recibir los ladrillos y los bloques de mármol. El tiempo comenzó a retroceder, los materiales de construcción cambiaban, los edificios eran reemplazados por viviendas, las viviendas por terrenos sembrados, o por una total desolación.
Recordó el terremoto de Lisboa, el gran incendio de Londres. Todos morían a su alrededor. Él siempre resurgía, recorriendo ruinas. Era una anomalía, en medio de seres desesperados
El río Hudson lucía inmenso, repleto de barcazas, como las que circulaban a comienzos del siglo diecinueve. Recordaba cuadros que había visto en museos. Reflejaban escenas previas a la guerra civil. El espejo del baño había desaparecido.
Nadie podía darle fisonomía a una tragedia en que miles morirían incinerados. El escenario que transcurría en el río era difícil de interpretar. ¿Habrían invadido los británicos la capital? Eso había ocurrido en 1812 ¿Cuántos años faltaban para el asesinato de Lincoln? Todo era incomprensible. Dos mundos desiguales comenzaban a fundirse en un volcán activo.
En uno de ellos, miles de personas estaban a punto de morir. En el otro, esos seres demorarían un siglo y medio en ofrecer sus primeros vagidos.
Observó al hombre de espaldas, sus movimientos atolondrados junto al banco de teléfonos, su intento por subir al ascensor. El rostro continuaba ausente. Luego se fue acercando. El rostro adquirió nitidez. ¿Estaba sonriendo? ¿Intentaba hablarle? Sintió que se contemplaba en un espejo. Rezó a Dios. Se entregó a las llamas.


El fragmento corresponde a la segunda parte de una trilogía sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001 iniciada con La región vacía/The Empty Region. (Editorial Verbum de Madrid. Versión en español, 2014, edición en inglés, 2017). La novela está a la venta en Amazon y en la página web de la editorial.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Hubo una época en que los casamientos precedían al erotismo


Mario Szichman




Mi abuelo falleció a los 97 años, tras haber procreado con mi abuela tres varones y seis mujeres. La noche de su velatorio, mi abuela, entonces de 92 años, recordó la vida en común. No fue un recuerdo amable. Mi abuela era una mujer de hierro. Quedó ciega en su sexta década de vida. Sin embargo, siguió cocinando, atendiendo su enorme casa, y mantuvo la lucidez hasta su jornada final.
Mis abuelos habían pasado muchas penurias juntos. Primero en Polonia, luego en la Argentina. Cuando mi tía mayor estaba de novia, invitó a su prometido a la casa. El prometido escuchó el llanto de un bebé. Quien lloraba era mi tío menor, Mendele. Por esa época todavía usaba pañales. El prometido se mostró incómodo al conocer a su futura suegra, todavía en edad de amar y de concebir.
Pese a todas las dificultades, pues no es fácil criar a nueve hijos, mis abuelos disfrutaron de su matrimonio. El secreto de la felicidad consistía en que mi abuelo estaba locamente enamorado de mi abuela, y en todo la obedecía. Mi abuela, por su parte, acataba la adolescente pasión de mi abuelo por ella. Uno de los chistes que circulaba en mi vasta familia era que mi abuela debía ser emplazada en un altar, para que mi abuelo no la alcanzara.
Las peripecias que afrontaron en su vida requieren al menos una saga. Yo escribí La Trilogía del Mar Dulce, contando apenas parte de sus tribulaciones y triunfos.
Por ejemplo, durante la Primera Guerra, toda la familia debió huir de su vivienda en un carromato. En esa época, vivían en alguna zona rusa fronteriza con Polonia. Era pleno invierno. Los relampagueos en el cielo no anticipaban una tormenta. Solo detallaban el fuego de la artillería pesada.
Tras varias leguas de huida, mi abuela decidió contar a sus vástagos y descubrió que faltaba uno. Hubo que desandar los pasos, y retornar a la vivienda, para rescatar a Mendele, en ese momento el menor de los hijos, quien dormía plácidamente en un rincón, cerca de la estufa de leña. Se salvaron de milagro.
No sé si es cierto el siguiente episodio que voy a contar, pero al menos es probable. Mi abuelo era muy goloso. Todas las compotas y conservas se guardaban en un desván, en el ático. Un día mi abuelo subió por una escalera al ático, a fin de regodearse con algún dulce. Mi abuela, ignorante de la presencia de mi abuelo en el ático, retiró la escalera y se la llevó a otra parte de la casa porque necesitaba bajar algunas cobijas.
Una vez mi abuelo sació su apetito, fue retrocediendo en el ático, intentando poner un pie en la escalera que mi abuela se había llevado.  De repente, tanteó con el pie el vacío, y cayó al piso inferior donde mi abuela había amontonado las cobijas. Mi abuelo se alzó del piso todo magullado. El único comentario que formuló mi abuela fue: “¡Qué tipo tan pegajoso! A todas partes tiene que seguirme.”
Mi abuela era también una feminista avant-la-lettre. Le parecía un error haber engendrado tantos hijos. La noche del velorio de su esposo, preguntó a sus numerosas nietas, y creo que alguna biznieta, si usaban métodos anticonceptivos. Las consultadas se pusieron rojas como remolachas y no se animaron a responderle. Pero era obvio que controlaban su prolífica naturaleza, pues ninguna de ellas llegó a tener más de tres hijos. En esa ocasión, mi abuela también recomendó a las jovencitas que no se dejaran arrastrar por el amor a primera vista, pues padecerían toda su vida.

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Hace aproximadamente un siglo, la institución del matrimonio parecía bastante sensata. La alternativa era el amor libre, que podía acarrear problemas muy serios en una época en que no se habían inventado las píldoras anticonceptivas. El remedio usual para un embarazo indeseado era el aborto. Y muchas mujeres sufrieron botched surgeries que las colocaron al borde de la muerte. Un caso famoso fue el de la actriz Jane Russell, quien tuvo un terrible aborto a los 18 años. En lugar de ocultarlo, denunció sus consecuencias, y se convirtió en una denodada defensora del derecho a la vida. El aborto la dejó infértil, por lo cual adoptó tres niños. En 1955, Jane Russell fundó Waif, el primer programa internacional de adopciones.
La solución alternativa para canalizar las pasiones provino de una institución muy arraigada en Europa: la de las casamenteras, que luego derivó en los dating services de la actualidad, aunque éstos últimos dejan bastante que desear.
Varios de los matrimonios más exitosos en mi familia se debieron a esas casamenteras, y a sus consejos. No puedo garantizar que en todos ellos los integrantes fueron felices y comieron perdices. Pero superaron en dicha a aquellos originados en fortuitos encuentros, o en la necesidad de amigos o amigas de hacer “gancho” a potenciales enamorados.
La objeción a los dating services de la actualidad es que la pareja carece de un intermediario. Y eso hace la diferencia. La casamentera, más que un tercero en discordia es un tercero en avenencia, y contribuye de manera substancial a hacer un match made in heaven.


En su libro Marriages are Made in Bond Street: True Stories from a 1940s Marriage Bureau, Penrose Halson narra la historia de la primera agencia matrimonial de Gran Bretaña, que inició sus tareas en 1939, coincidiendo con el estallido de la segunda guerra mundial.
La agencia estuvo a cargo de dos mujeres jóvenes, Heather Jenner y Mary Oliver, ambas de 24 años de edad. El marriage bureau abrió sus puertas en Bond Street, Londres.

POLÉMICAS Y ENCAJE ANTIGUO

Hasta ese momento, dice Halson, los ingleses acudían a los bailes de sociedad para encontrar a su otra mitad, con resultados no siempre satisfactorios. Pero el marriage bureau de Jenner y Oliver fue exitoso desde el comienzo, aunque también despertó polémicas. Siempre había largas colas a su entrada. Luego, los aspirantes a encontrar pareja subían las escaleras, ingresaban en la agencia, y ofrecían a una secretaria sus señas y sus predilecciones personales.

Lo más importante para ambos sexos era el estatus social. En el escalón superior estaban los candidatos calificados como Lady and Gent, personas de clase alta. “No necesariamente con título de nobleza, pero sí de buena crianza”.  Luego venían los  Near Gent y Near Lady, casi caballeros,  casi damas, de clase media alta, o de clase media con antecedentes profesionales. Les seguían Gentish and Ladyish, de clase media baja, y finalmente, WC (working class, clase trabajadora).

Todos esos niveles sociales están representados en las páginas de Marriages are Made in Bond Street.
Aunque las creadoras del primer marriage bureau eran mujeres muy formales, al comienzo fueron acusadas de madamas de burdel, y de tratantes de blancas. Solo al cabo de un tiempo, ayudadas por elogiosos reportajes de prensa, pulieron sus credenciales, demostrando sus estrictas y sensatas condiciones.  Una de ellas incluía la demanda de que cada postulante se reuniera con familiares y amigos del posible cónyuge.
El melodrama, el humor, y la tragedia, coexisten en el libro. Hay una historia de un soldado desfigurado en la Primera Guerra que elige como su potencial esposa a una dama corta de vista, casi incapaz de averiguar sus rasgos. Ambos se dirigen al Players Theatre en la calle Albemarle y disfrutan de una velada mágica, cantando melodías, y consumiendo una torta de hongos.  
Las preferencias de los aspirantes a casarse oscilaban entre lo tradicional y lo extravagante.
Una mujer dijo que prefería como partner a un ingeniero, aunque aceptaría también un hombre con buena educación, “excepto actores o teólogos”. Un hombre requería como compañera a una mujer “con el aspecto y la voz de una heroína de Shakespeare”. Otro candidato, miembro del parlamento, enunciaba así sus exigencias: “Busco una dama de crianza superior, que haya sido educada por una institutriz”. El caballero aclaraba que tenía una fortuna razonable, “obtenida por herencia, no por algo tan vulgar como el trabajo”.
También se narra en el libro la trágica historia de Ivy y de Archie. A los 22 años, Ivy, una muchacha triste, de ojos verdes, perdió a sus padres, a su abuela, a su hermana y a muchos amigos durante una incursión aérea de la aviación nazi, mientras se encontraba en el trabajo.
Ivy ganaba un magro salario, primero como enfermera en un hospital, y luego como vendedora en una tienda por departamentos. Luego, conoció a Archibald Bullin-Archer, un exmaestro de escuela, de 38 años de edad, que había resultado herido en la guerra.
Tras un breve cortejo, Archie le propuso casamiento a Ivy. Pero el compromiso terminó en tragedia. Los padres del novio intervinieron y se negaron a aceptar que Archie contrajera matrimonio con la vendedora de una tienda. Archie se ahorcó de un poste de alumbrado, y dejó una nota y un anillo de esmeraldas para Ivy.
Hubo también rápidos noviazgos. El más veloz provino de una pareja que envió a la agencia matrimonial este telegrama:
“Nos conocimos en el almuerzo. Sellamos el compromiso en la cena. Gracias”.
A veces, las exigencias de algunas mujeres por sus futuros maridos solían ser magras. “Es suficiente que no sea un lunático, o un salvaje”, señalaba una de ellas.
Varios hombres, en cambio, exigían que sus potenciales esposas cumpliesen dos requisitos: fuesen de una belleza devastadora, y al mismo tiempo, vírgenes.
Más allá de expectativas, muchas veces infladas, otras bastante modestas, –una mujer solo quería que su futuro marido “Haya nacido en febrero o en mayo, y que no sea sordo”–, el libro revela el universo de soledad de aquellos que buscan pareja, o intentan huir de hogares donde impera la desdicha.

Recuerdo el matrimonio de mis abuelos, de algunos miembros de mi familia, las expectativas, los desencantos. Pese a las vestimentas, a los nuevos artefactos, a las flamantes tragedias, los seres humanos no han cambiado mucho a través de los años. Las tribulaciones siguen siendo las mismas, el dinero nunca alcanza, la edad avanza, el miedo a la soledad es a veces imposible de superar. Pero al menos una ilusión siempre se mantiene intacta: la posibilidad de hallar alguien a quien amar.