Mostrando entradas con la etiqueta Los atentados contra las torres gemelas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los atentados contra las torres gemelas. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de octubre de 2016

“The Falling Man” de Richard Drew. La icónica imagen que precipitó la escritura de “La región vacía”


Mario Szichman

The unmentionable odour of death
offends the September night.
W. H. Auden


Fotografía de Richard Drew

Esta es la imagen de una obsesión. Una imagen, una obsesión, que solo cesó en su acoso cuando pude plasmarla en un texto: “En la foto, un hombre estaba cayendo de cabeza en una perfecta vertical. Marcia no podía decidir si la foto era en blanco y negro, o en color. Aquello que no era blanco estaba formado por nítidas sombras. Tampoco pudo decidir si el hombre ya estaba muerto”.
Marcia perdió a sus dos hijos el 11 de septiembre de 2001, durante el ataque a las torres gemelas del Trade World Center. Un periodista la visita, intentando averiguar si el hombre cayendo en una perfecta vertical, “The Falling Man,” es uno de sus hijos.
“La parte derecha de la torre estaba rayada por líneas verticales blanquecinas y grisáceas que avanzaban hacia la parte izquierda hasta convertirlas en líneas agresivamente blancas y negras. El hombre parecía desplomarse en el eje de esa composición, en el centro exacto de una vertical línea blanca. Su pierna izquierda estaba plegada, su zapato se apoyaba en el tobillo derecho”.
Es la imagen más famosa, y encubierta, de la tragedia del 9/11. Apareció al día siguiente en varios periódicos de Estados Unidos. The New York Times la exhibió en la séptima página de su primer cuerpo. Luego, desapareció de las publicaciones, aunque no de la memoria colectiva.
“–El fotógrafo debe ser un gran artista —dijo Marcia—. Parece más preocupado por la simetría que por el hombre cayendo”. Y el periodista le informa: “—Richard Drew. El fotógrafo se llama Richard Drew… Fotografió a Robert Kennedy cuando lo asesinaron en Los Angeles. Fotografió a la viuda de Kennedy cuando lo insultaba, exigiéndole que cesara de sacar fotografías de su esposo muerto. Drew guarda en su casa la camisa ensangrentada de Robert Kennedy, como un trofeo”. (La región vacía, página 16).


Richard Drew

Cuando tomó la fotografía de Robert Kennedy, Drew tenía apenas 21 años, y trabajaba para el periódico Pasadena Independent-Star News de Pasadena, California. La noche del 5 de junio de 1968, fue enviado al hotel Ambassador de Los Angeles para cubrir la celebración de la victoria de Kennedy sobre Eugene McCarthy en las primarias presidenciales de California. Mientras se hallaba en el podio, aguardando el ingreso del ex secretario de Justicia, el fotógrafo sintió sed, y se dirigió a la cocina del hotel para pedir un vaso de agua.  
En ese momento, apareció Robert Kennedy en la cocina, cortando camino rumbo al estrado. Drew se puso detrás de Kennedy, “Y en ese momento vi que alguien me apuntaba con un arma corta”, me dijo. Drew había estado en la reserva del ejército, y recordó el consejo de uno de sus instructores: “Cuando alguien lo apunte con un arma, arrójese al suelo”. Drew acató el consejo.

Foto de Richard Drew

Sonaron disparos. Segundos después, el fotógrafo estaba encima de una mesa de acero inoxidable, tomando fotos de Kennedy desangrándose en el suelo. Su atacante, Shiran Bishara Shiran, le había alojado en el cuerpo cuatro balazos con una pistola calibre .22.
La esposa del senador, Ethel Kennedy, se lanzó contra Drew exigiéndole que no tomara fotos de su marido. Drew tuvo la delicadeza de no fotografiar a la mujer cuando lo insultaba.

LA CERCANÍA INALCANZABLE

Entre 1987 y el 2009, trabajé en el buró latinoamericano de The Associated Press en Nueva York. A menos de diez metros de distancia, el fotógrafo Richard Drew tenía su escritorio. Nunca me animé a entablar una conversación con ese formidable personaje que ha asentado en Estados Unidos algunas de las imágenes más inquietantes de las últimas cuatro décadas. Parte de ese lapso lo dediqué a buscar, hasta el último papelito relacionado con los ataques del 11 de septiembre de 2001, fecha inaugural del siglo veintiuno.

Richard Drew estaba siempre presente en el background. Pensaba escribir un libro de non fiction sobre el 9/11. Ya narré en otra parte cómo ese libro nunca fue publicado, aunque el manuscrito tiene más de 300 páginas. En cambio, gracias a la sugerencia, a la porfiada insistencia de mi editora, la profesora Carmen Virginia Carrillo, terminó transformándose en la novela La región vacía, rebautizada como The Empty Region en la versión en inglés. Y la novela surgió de la serena, aterradora imagen de  The Falling Man, atrapada por Drew.  

Los ensayos no están urgidos necesariamente de un protagonista, o de una imagen poderosa. Pero la novela es diferente. Un protagonista interesante, una imagen perturbadora, ayudan a conquistar la curiosidad de los lectores. No creo que nada supere la de The Falling Man. Posee, además, una fascinación adicional: se ha convertido en la imagen oculta de ese día aciago.
Si se revisan los periódicos y revistas de los días y semanas posteriores a los ataques del 9/11, podrá verificarse que casi no hay fotos de muertos. Dos mil setecientas cuarenta y nueve personas se convirtieron, como señalé en la novela “en restos orgánicos y desaparecieron en un compuesto formado en partes iguales por fibra de vidrio, plomo, papel, algodón, concreto, y combustible de aviación”. Sin embargo, excepto por The Falling Man, y por algunas fotografías de varias personas lanzándose al unísono desde una de las torres incendiadas, hubo gran pudor en exponer cadáveres. Apenas fue exhibida la foto de una mano ensangrentada surgiendo del lodo.
Los periódicos y revistas, tal vez atendiendo al clamor del público, optaron por exhibir las fotos tomadas desde gran distancia, con teleobjetivo. La gigantesca carnicería adquirió una tonalidad surreal.

EL PRIMER DÍA DEL FIN DEL MUNDO

Esta es una fecha que pienso almacenar en mis recuerdos: 14 de noviembre de 2016. Finalmente, estoy sentado frente a Richard Drew, mi excompañero de trabajo en The Associated Press. Finalmente me animé a dialogar con Richard –sí, ahora estoy autorizado a llamarlo Richard–. Estamos ahora en una cervecería de la calle 43 y la Octava Avenida. Trato de superar la primera, embarazosa tarea: tomarle fotos a Richard para este reportaje, mientras ruego que al menos una de ellas salga bien.  
El 11 de septiembre de 2001, me dice Drew, comenzó con un assignment para fotografiar un desfile de modas. “Las dos semanas anteriores había cubierto en Queens el Abierto de Tenis de Estados Unidos. Fashion Week, la semana de la moda, se iniciaba justamente ese 11 de septiembre en Bryant Park, detrás de la Biblioteca de Nueva York, en la calle 42 y la sexta Avenida. Era una exhibición de ropas de maternidad. Antes de comenzar el desfile, fui a los camerinos, para observar los preparativos. En esa ocasión, las modelos estaban realmente embarazadas. Bueno tomé algunas fotografías, y me acerqué para saludar a un camarógrafo de la red CNN. En ese momento le comunicaron por teléfono que se había registrado una explosión en The World Trade Center. Me quedé sorprendido. ¿Podía confirmarlo? Me dijo: ´Espera un segundo… No, ahora me dicen que un avión se estrelló contra el World Trade Center´. Casi de manera simultánea, mi teléfono celular comenzó a sonar. Era Barbara Woike, mi supervisora en The Associated Press. Confirmó que un avión se había estrellado contra una de las torres gemelas. Me pidió que me olvidara del desfile de modas, que fuese a cubrir la historia. Caminé una cuadra hasta Times Square, y me subí a un subterráneo expreso, creo que el dos, o el tres. Era el único pasajero. Me bajé en la estación de Chambers Street. Las dos torres estaban ardiendo. Mientras viajaba en el subterráneo, el segundo avión se estrelló contra la torre Sur. Ese 11 de septiembre era un día muy soleado, brillante. El viento soplaba de oeste a este, en dirección a Brooklyn. No quería que el viento me aislara en el humo. Por lo tanto, me dirigí a The Financial Center. De esa manera, podría fotografiar The World Trade Center sin ser afectado por el humo.
“Me acerqué a uno de los policías. Me dijo que había estado en el lugar mucho antes de los ataques. El segundo avión que se estrelló contra la torre Sur era ´A fucking 767´”. (El avión de United Airlines, vuelo 175, era un Boeing 767 que partió del aeropuerto Logan de Boston rumbo a Los Ángeles, y fue desviado hacia Nueva York. Se estrelló contra la Torre Sur a las 9:03 de la mañana).  
“Poco después, una mujer que estaba con una cuadrilla de rescate, gritó: ´¡Mi Dios, vean lo que está ocurriendo!´ Alzamos la vista y vimos que varias personas estaban cayendo desde las torres. Tomé mi cámara, y empecé a tomar fotografías de esas personas. Entre ellas estaba The Falling Man. Las fotos de esas personas están en nuestros archivos, pero no creo que hayan sido publicadas. Pues The Falling Man tiene cierto talante muy especial que lo destaca. En la foto muestra una gran serenidad. No se trata de esas imágenes que estamos acostumbrados a ver, de personas que reciben un balazo en la cabeza, o quedan atrapadas en un incendio, o mueren en un accidente automovilístico. Sí, es un hombre cayendo, pero todavía sigue con vida”.
Drew dijo que no pudo ver el cadáver. “Pero sí pude escuchar el ruido que hacían lo cuerpos cuando se estrellaban contra el asfalto. Sí, pude escucharlo”.
Escasos minutos más tarde, “escuché otro ruido, como el de una avalancha de piedras. Vi que se desprendía una parte de la fachada de la Torre Sur. Casi de inmediato, todo el edificio se derrumbó. Logré registrar el colapso de esa torre.  No pude seguir tomando fotos. El conductor de una ambulancia me tomó por el brazo y me dijo que tenía que irme.  Mientras caminaba, tomé fotografías de personas que se alejaban de la zona. Todas ellas estaban cubiertas de un polvo blanco, como si les hubiera caído nieve encima. Los policías intentaban despejar el área. La Torre Norte seguía en pie. Eludí a varios policías ocultándome en una pequeña plaza donde había algunos árboles. Las últimas fotografías que tomé fueron de la Torre Norte cuando se abrió como un gigantesco hongo, y se derrumbó. En ese preciso instante, decidí que debía irme”.
Drew caminó unas cincuenta cuadras hasta llegar a las oficinas de The Associated Press. Todo estaba paralizado. No había trenes, subterráneos ni autobuses circulando.
En The Associated Press los staffers estaban trabajando en silencio, con gran serenidad, sin mirar otra cosa que las pantallas de sus computadoras. Como background podían escuchar las voces de locutores de CNN informando de la catástrofe desde gigantescos monitores fijados al cielorraso.
Drew se dirigió a la sección de fotografía, e insertó el disco compacto de su cámara digital en su laptop. Recién en ese momento pudo revisar las fotografías y tropezar, por primera vez, cn la imagen de The Falling Man.
That was such a powerful image (esa fue una imagen tan poderosa), debió reconocer). Especialmente por su simetría. Por lo tanto, elegimos esa fotografía para enviarla a los medios periodísticos. Yo había tomado una secuencia de la caída, diez, o doce imágenes, pero solo ese frame tenía gran armonía. En otras imágenes, un aspecto digamos  desmañado. No fotografié la muerte de ese hombre. Solo capturé la última parte de su vida”.

CLOSURE

Hay varios episodios de esa jornada que Drew no puede recordar.  “Por ejemplo, cómo hice para regresar esa noche a mi hogar. No había medios de transporte. Pero sí recuerdo que uno de nuestros fotógrafos, que vivía en New Jersey, y no pudo volver a su hogar, pues todos los puentes entre New York y New Jersey estaban clausurados, durmió esa noche en mi apartamento. ¿Y de qué hablamos? Mi esposa recuerda que hablamos de todo. Pero no hubo una sola mención a lo ocurrido en The World Trade Center. Conversamos varias horas sobre fotografía, sobre distintos tipos de lentes, discutimos diferentes técnicas. La jornada del 11 de septiembre estuvo ausente del diálogo”.  

     Al cumplirse el décimo aniversario del ataque a las torres gemelas, un hombre apareció en la sede de The Associated Press y pidió hablar con Richard Drew. Había visto en un periódico la foto de una mujer cayendo de una de las torres. La foto era en blanco y negro. El hombre creyó reconocer la ropa que esa mujer vestía el día en que murió, pero no estaba seguro. La mujer era su novia. Estaban por casarse cuando irrumpió la tragedia.
Ambos revisaron ese día el archivo de The Associated Press con las fotos tomadas ese día. Y ahí estaba, en colores, la foto de la mujer cayendo de una de las torres. Los rasgos pertenecían a la novia del hombre. Y este sintió que un capítulo se cerraba en su existencia. De cierta manera, esa clausura era una liberación. Podía contemplar al menos la foto final de esa mujer con la que había soñado una vida en pareja.

DESENLACES

Han transcurrido quince años de ese día que marcó la jornada inaugural del siglo veintiuno. ¿Cómo lidió Richard Drew con las secuelas?
“Al principio fue muy difícil. Volví a Ground Zero, el área de los ataques, el 12 y el 13 de septiembre. Pero me negué a hacerlo el tercer día. Quería ir a cualquier otra parte. Fui a refugios donde habían sido emplazadas familias que debieron abandonar sus hogares. Mientras tomaba fotografías, sonó mi teléfono celular. Era mi hija Sophie, en ese momento de tres años y medio de edad.
“Sophie me dijo: ´Papá, quería decirte que te quiero mucho´. Y eso me entristeció. En esos días, había muchas personas que no volverían a oír a su hija pequeña, o a ningún otro ser humano. Llamé a mi oficina, e informé que me iba directo a mi casa. No podía hacer otra cosa que irme a mi casa. Mi supervisora me dijo, con mucha gentileza, que sí, que entendía, que por supuesto.
“En ese momento descubrí todo lo que había deseado negar. Permanecí en el apartamento con mi familia los dos días siguientes. Y fue muy importante.  Esas cuarenta y ocho horas en mi apartamento, rodeado de mi familia, sentí una gran paz, una enorme quietud”.
Richard Drew participó en las tareas cotidianas de la casa, preparó desayunos, salió a caminar por la calle –vive en The Upper West Side de Manhattan, cerca del Central Park–. Observó esa parte de la ciudad que no había sido afectada por la catástrofe. Aunque seguramente en algunos edificios residían personas cuyos familiares no retornarían a su hogar, ni volverían a compartir un desayuno.
Drew no podía agotar la contemplación de su esposa, de Sophie. A veces, nuestros seres queridos se asemejan a milagros. Generalmente recordamos sus sonrisas, que en nada se parecen a las sonrisas de nuestros semejantes. A veces compartimos sus angustias, que se convierten en las nuestras. Y además, poseen un futuro, que anhelamos se prolongue muchos, muchos años más que el nuestro.
En algún momento, al observar sus presencias, me dijo Richard Drew, pensó que algún día, ese 11 de septiembre podría convertirse en un mal recuerdo, pero en recuerdo al fin. No estaría en medio de la multitud, que huía aterrada, no estaba obligado a registrar imágenes que le exigía su deber de fotógrafo, pero que era doloroso contemplar. “Y, lo más importante”, señaló, “sentí en mi hogar, rodeado por mi familia, que podía empezar a sanar”.






miércoles, 30 de diciembre de 2015

"La Región Vacía" de Mario Szichman, discurso estético de un hecho trascendente


La doctora  Alexis del C. Rojas Paredes, profesora de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, Núcleo Valera, Venezuela escribió el excelente trabajo sobre mi novela La región vacía que pueden leer a continuación:



     


“La vida brota y transcurre atravesada por dos
  fuerzas contradictorias: la de la preservación,
                               y la del abismo de la muerte”.

Víctor Bravo


En su deslumbrante uso del lenguaje como enlace  subjetivo de la narración,  en esa interconexión entre lenguaje y mundo, llamado  los  juegos del lenguaje   por   Wittgenstein, donde “sólo es posible imaginar combinaciones no existentes de elementos existentes(1968:60), Mario Szichman recrea, en su última novela,  La Región Vacía (2014, Madrid: Verbum), obra que tiene como referente existencial la tragedia que sacudió de manera nefasta a Nueva York, y al mundo, el 11 de septiembre de 2001. Hecho trascendente de carácter dramático, que el escritor, con excelente madurez narrativa, transfigura en un hecho discursivo sugestivo, fundado en la confluencia de historias, las cuales, desde la intimidad de los personajes, revelan  experiencias vividas y relaciones de significación. Szichman entreteje diversas individualidades que despuntan la intersubjetividad del discurso estético, connotando, entre sus posibilidades interpretativas, sentidos que se mueven entre la conmoción y la contemplación, erigidos desde la sensibilidad artística que reproduce espléndidamente en sus personajes.
Bajo esta mirada, el autor reconstruye y resignifica la historia discursiva en la cual el curso de los acontecimientos  y el entrecruzamiento de variados sucesos  y escenarios estructuran una isotopía narrativa, simbolizada, sin duda,  en los  collages de Marcia. Las realidades cotidianas de los protagonistas: Marcia y Jeremiah, a quienes distancia, pero a su vez acerca, la tragedia producto de la postura y los propósitos de los líderes adversarios: Osama bin Laden y George Bush.  Las alertas de seguridad  del ex funcionario del FBI cinceladas desde el encubrimiento, la incertidumbre y lo impredecible en tres marcas temporales, se pone de manifiesto en la representación de niveles perceptivos e imaginativos que deslumbran a partir del tono del lenguaje, el matiz reflexivo y la experiencia  placentera.
En esta confluencia de historias narrativas que arman el collage de la obra, el autor reconstruye de forma intercalada y con minuciosa descripción,  el encubrimiento del  plan terrorista de Osama bin Laden al este de Afganistán,  las estadías, intercambio de información  y  desplazamiento de los miembros de Al Qaida, “Viajaban en sus cuerpos, pero ya estaban escindidos de ellos. No tenían pensamientos trascendentes. La idea de inmolación había cedido paso a las tareas burocráticas que debían cumplir…” (Szichman, 54); fines que logran superando misteriosamente todos  los controles de seguridad en  los aeropuertos. Se trataba de sujetos  a quienes hacía actuar:

 “Una furia incubada  en siglos de frustración, apaciguada en cinco rezos diarios, propulsada por la injusticia, atenuada por escasos momentos de ternura y espoleada por la aflicción, por la eterna aflicción”, que “movería edificios enormes, y los disiparía hasta sus cimientos. Sus vidas se disolverían en un instante sin dolor, como si nunca hubieran existido”. (62).

Todo ello en medio de la normal cotidianeidad de la existencia neoyorquina, de la impensable destrucción del World Trade Center, y en un día de trabajo educativo del Presidente George  Bush. No obstante, es significativo destacar  cómo el narrador,  a través del personaje Patrick Cassidy,  exfuncionario del FBI  y luego Jefe de seguridad de buena parte de las torres gemelas, instaura  referencias que enmarcan la catástrofe como los “vaticinios” fundados  por el personaje sobre los planes de Al-Qaida, los cuales eran desestimados por los jefes; así como la “legendaria vulnerabilidad” y las “fallas estructurales” de construcción reiteradamente divulgadas: “Una arquitecta había dicho en el New York Times que podían convertirse en las lápidas más gigantescas del mundo” (130), actos evasivos  que llevan al lamentable infortunio.
Este hecho, de indudable conmoción, dado a los estados de afectación  individual y colectivo, visto desde el mismo instante de la tragedia y de los momentos sucesivos  del impacto del primer avión de American Airlines, y luego el segundo, provoca la perplejidad  e incertidumbre, tanto en las personas que están dentro de las torres gemelas, como en familiares y colectividad en general, llegando a representar momentos de vértigo signados, en primer lugar,  por la progresión de marcas temporales definitorias  –víspera, el amanecer del 11 de septiembre de 2001 a las  4:00 am; traslado hacia el aeropuerto, 8:00 am;  el primer ataque, 8:46 am; el  segundo a las 9:03 am- y en segundo lugar, por cada evento impredecible y las consecuencias  de los instantes posteriores; atravesados en un discurso narrativo  cargado de mucha expectación, sin llegar a  imprimir el sello dramático que desencadenó la crueldad de los acontecimientos o victimización del hecho histórico social como tal.
En este orden interpretativo, podemos apreciar  el comportamiento y los estados emotivos de Marcia, madre de dos ejecutivos que mueren  dentro de la Torre Norte,  personaje protagónico, quien a través de la comunicación  telefónica con sus hijos, a la par de las imágenes televisivas de CNN, revela la marcha de la tragedia,  en el curso de los acontecimientos,  las sensaciones vividas de angustia y confusión: “funcionaba como en sus collages. No había continuidad. Trataba de ir reajustándose a la novedad.” (147). Todo se torna en incertidumbre  y finalmente en desolación. Marcia:

 Tras la muerte de sus hijo afrontó el duelo…Se sentía incómoda en ese mundo de deudos y de víctimas donde nadie decía la verdad. (…) buscaba algún tipo de racionalidad. Odiaba las palabras imprecisas, los golpes en el pecho, la idea de que un cataclismo se había abatido sobre Nueva York,… La aterraba pensar que mataban  simplemente por el placer de matar (…) Marcia decidió finalmente abandonar la congoja colectiva. Al menos en su soledad estaba ausente la mentira”. (68-69)

El personaje enfrenta su aflicción y vacío terrenal/ espiritual en la búsqueda constante de un aliento de vida que le permita  recobrar la contradictoria preservación  de sus hijos.
En el transcurrir de este  paralelismo  muerte, vacío y aflicción, la trama narrativa entrecruza  los personajes protagónicos Marcia y  Jeremiah,  periodista responsable de reportar las infaustas consecuencias  del atentado de las torres gemelas, en escenas progresivas de encuentros y desencuentros, que nos muestran diversas singularidades de vida, de relaciones de significación,  sobre experiencias, conceptos, que evidencian , pero también despiertan deseos e intenciones “Venga vamos a protegernos –le dijo Jeremiah (…) He decidido que a partir de este momento, mi tarea es protegerla, hacerla feliz y llevarla a la cama” (80-81). Por lo que en medio de episodios de aflicción se introduce una serie de elementos isotópicos que  perfilan un estado de contemplación en  los protagonistas, tanto de las condiciones físicas como de  los objetos de realización profesional y de los diálogos intersubjetivos.
Es importante referir, aquí, que la noción de contemplación más allá de su concepción como conocimiento y unión con Dios  recogido por los postulados místicos,  se percibe en un sentido amplio  como una mirada que emana placer, como la aproximación que se genera  entre el sujeto-sujeto y el sujeto-objeto, producto de la observación atenta,  valorativa y reflexiva del encuentro o  de la realidad observada; es decir una contemplación por el otro y lo otro.
Entre las diversas definiciones de la contemplación, cabe mencionar la de Manuel Belda, Profesor de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), quien señala que el significado original del término «contemplar» encierra un triple contenido: a) se trata de mirar, pero de un mirar con atención, con interés, que involucra la dimensión afectiva de la persona; b) dicho interés procede del valor o calidad que posee la realidad contemplada; y c) este mirar comporta una presencia o inmediatez de dicha realidad. En este sentido, se puede decir que la capacidad de  contemplar demanda estimación de algo que va  más allá de lo observado,  lo que hay al otro lado del límite.
A la luz de esta noción de contemplación se desnuda la intimidad de la vida afectiva y condición humana de los protagonistas, en un acercamiento  de aparente contradicciones  que a lo largo de sus andanzas se reconvierten:

Ahora no tiene la mirada de un pescado – dijo Marcia observando a Jeremiah.
-Le queda muy bien el cabello mojado. Debe ser muy bella al salir de la ducha (…)
–No usted no es un pescado. Usted es un extraterrestre. ¿Por qué me mira así?” (80-81).

De igual modo,  la  atención e interés hacia los objetos como el deslumbrante bolígrafo de Jeremiah, por ejemplo,  la observación analítica e indecible sobre los collages de Marcia, los diálogos enjuiciadores sobre sus experiencias de vida: agonía y muerte de la esposa de Jeremiah, los amantes de Marcia y la vida de sus hijos; constituyen actos de sensibilidad humana, con mirada valorativa  y reflexiva,  vistos inclusive en un comportamiento  de fines contradictorios de Osama bin Laden:

 Cuando regresó del baño, observó a Amal al-Sada, su esposa más joven. Estaba amamantando a su hijo…Él se sentía en sus brazos como si fuera un niño, la amaba con ternura. (…)Sabía que nunca podía volver a vivir como un ser humano normal…Estaba destinado a morir en la Región Vacía. (86-87)

Estas escenas que marcan sentidos de contemplación, entre otras, se dimensionan  al final de la novela, cuando  los protagonistas parecieran  entender los conflictos de sus vidas, al reconocerse uno en el otro, al apostar a una nueva forma vida signada por el misticismo, la compasión y  la esperanza; representada en un primera instancia por el deseo inalcanzable de Marcia de  volver a ver a sus hijos por última vez, y en la búsqueda afanosa de Jeremiah por satisfacerla. Para ello, ambos intentan su fin, Marcia en la elaboración del collage con las fotografías de la infancia  de sus hijos y Jeremiah en una búsqueda milagrosa para responder a  lo prometido. Cito en extenso:

Observó el collage. Lo más difícil para Marcia había sido conseguir las fotos donde sus hijos se sonreían mutuamente mientras saltaban del muelle en Lake George (…) Estaban elegantes, como si antes de saltar se hubieran mirado al espejo y dado un toque a las corbatas…Como trasfondo no estaba la torre desde la cual habían saltado, sino las montañas Adirondacks. Era una de las transgresiones que Marcia había cometido en el collage. Tuvo que pintar gama verde en las orillas del lago para ocultar la nieve. Otra transgresión. Luego pegó el collage con la figura de sus hijos. Era una visión extraña. La pintura verde había encubierto la nieve, pero la nieve había hecho brillar el lago  con una luz que no pertenecía al verano. Volvió a observar el collage. Nunca había visto a sus hijos tan felices. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan desdichada. (211-212)

Marcia volvió a contemplar la fotografía…allí estaban sus hijos. Al menos la foto los había preservado intactos. (…) Ningún rostro era reconocible, pero Marcia observó las figuras, y descubrió a sus hijos por sus posturas… Sus hijos parecían desconcertados, afectados por la incertidumbre. (214)

Vemos en estos extractos, cómo la noción de contemplación revela la realidad observada en una aproximación del sujeto-objeto que trasgrede el límite de lo observado para generar “una forma posible de mirar las cosas”, la ocultación y la manifestación de la  preservación ante la negación de la muerte de sus hijos.
De igual modo, tenemos en una segunda instancia,  la historia final de los protagonistas, quienes de manera reflexiva llegan a conocerse y reconocerse desde las diferencias y la identificación, en las que cada uno ve en el otro la posibilidad de establecer  una relación distinta a las experiencias amatorias anteriores; pues marcados por sus perturbaciones, ahora apuestan al milagro y la esperanza como fuente de vida:

Jeremiah pensó que la vida junto a Marcia era un milagro.
´Pero Jeremiah no piensa en todas esas cosas tristes´, reflexionó Marcia. ´El cree en los milagros´. (…)
Marcia rezó a la esperanza. (…) Jeremiah era el comienzo de algo sin un final previsible. Aterrador pero magnífico.
Jeremiah recordó que la esperanza es eterna e inevitable.
Marcia caviló en un concepto que nunca había relacionado con los hombres en su vida: la devoción…
Jeremiah asumió que su misión cotidiana era conquistar a Marcia, aplacar sus miedos, hacerla avanzar en todo aquello que amaba. (215)

De manera  que el hecho trascendente de La Región Vacía,  más allá de un referente existencial, constituye, desde una connotación semiótica, un discurso estético revelador de subjetividades que se entrecruzan de manera significativa, que desde el acercamiento interpretativo mostrado, se mueven entre las denominadas  nociones  de conmoción y contemplación,  que  dibujan,   parafraseando a Bravo, las “fuerzas contradictorias de la vida”, referidas en el epígrafe.
 Szichman,  con un dominio de estructuras narrativas, hace de la trama todo un juego discursivo, haciendo confluir entre las escenas de conmoción y contemplación la presencia de personajes artísticos –elemento recurrente en las obras del escritor, particularmente en Eros y la Doncella-  con expresiones que le otorgan una alta dosis de recreación e imaginación al texto. Los collages de Marcia, quien “no despegaba de amateurs”, unidad estructurante  de la novela; los bocadillos para cine  de Jeremiah; las fotografías de Ralph, en “su eterno proyecto”  y la dramaturgia del Tío Augustus, “siempre era su misma obra”; representan los matices y  entreactos que irrumpen la tragedia,  desde  la controversia y posturas  críticas- reflexivas ante el oficio.
Sin duda, La Región Vacía constituye un discurso estético magistralmente enunciado en sus formas expresivas desde un manejo impecable del lenguaje; esto es, al decir de  Wittgenstein (1953) “un todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”,  signada en el recorrido narrativo por las dos condiciones  contradictorias de  la existencia humana: vida-muerte.  Creación literaria que por la manera en que el escritor se apropia de los acontecimientos y sus personajes, hace posible revelarnos una historia que funda al decir de Ricoeur, “el genuino poder referencial del texto”.

Referencias Bibliográficas:
Ricoeur, P.(1995) Teoría de la Interpretación. Discurso y excedente de sentido.  México: Siglo veintiuno
Szichman,  M. (2014) La  Región Vacía. Madrid: Verbum
Wittgenstein, L. (1968) Los cuadernos azul y marrón. (Traducción de la edición inglesa: Francisco García Guillén. Madrid: Taurus, 1993

Wittgenstein, L. (1953)  Investigaciones filosóficas. (Edición bilingüe. Trad. García Juárez y Moulines. México: Instituto de Investigaciones Filosóficas. 1988

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Antes y después de la caída: Memorias del 11 de septiembre de 2001

 Mario Szichman



Soy un fanático de las novelas de Lee Child, el creador de ese caballero andante llamado Jack Reacher. Algunos amigos no entienden mi admiración por ese autor de mysteries. Claro está, no todas sus novelas son perfectas, y algunas situaciones son inverosímiles, pero podría decirse de Lee Child lo que The Saturday Review dijo de las novelas de James M. Cain: Nadie abandona una de ellas a mitad de camino.
Hace poco conseguí otra novela de Lee Child: Tripwire. (El título alude a esas placas de presión o cables trampa que hacen detonar un explosivo).   
Más allá de un villano muy interesante y de horrendo aspecto, Tripwire cuenta con un atractivo adicional: parte de la trama transcurre en Nueva York. Las oficinas del villano están ubicadas en The Trade World Center, las torres gemelas del Centro de Comercio Mundial destruidas el 11 de septiembre de 2001. (La novela fue publicada en 1999, dos años antes de los ataques).
Jack Reacher, quien viaja de Florida a Nueva York luego de trabajar como bouncer en un club nudista, protegiendo a las bailarinas de los zarpazos de los clientes, observa Manhattan desde la ventanilla del avión, especialmente “Las torres gemelas, el Empire State building, el Chrysler”, que para él es su favorito. (Coincido con Jack Reacher en su apreciación).
Luego, uno de los protagonistas se dirige a las torres gemelas, “la sexta ciudad más grande del estado de Nueva York. Más grande que Albany (la capital del estado). Apenas 16 acres de tierra, pero con una población diurna de 130.000 personas”.  
El personaje, un millonario venido a menos, sube en el ascensor al piso ochenta y ocho, y se dirige a las oficinas de un banquero con dudosos antecedentes, pues necesita un préstamo que podría salvarlo de la bancarrota. Child debe haber visitado las torres gemelas para ambientarse. Hay pormenores que hablan de un conocimiento de primera mano. Por ejemplo, que las puertas tenían una especie de mirillas rectangulares, y el vidrio estaba conectado a una alarma.
Esos detalles son propios de un narrador que no es neoyorquino. (Child es inglés). Recuerda lo que decía Jorge Luis Borges de los camellos en el desierto de Arabia: solo son mencionados por extranjeros. Un nativo del lugar nunca aludiría a ese animal, pues forma parte del paisaje.   
Otro extranjero se tomó el trabajo de fotografiar sistemáticamente el interior de la Torre Norte: Konstantiv Petrov. Había emigrado de Estonia, y en junio de 2001 consiguió un empleo como electricista en el restaurant Windows of the World, situado al tope de la torre. Petrov trabajaba en the graveyard shift, el turno del cementerio. (Era un horario parecido al que yo tenía en The Associated Press, de 11 de la noche, a 7 de la mañana).  
Además de electricista, Petrov era fotógrafo. Nick Paumgarten, periodista de la revista The New Yorker, destacó la calidad del trabajo de Petrov, su manera de mostrar “el vacío del Trade Center en la noche, así como las asombrosas panorámicas del amanecer”. En el verano de 2001, el inmigrante estonio logró tomar centenares de fotografías con su cámara digital, incluyendo oficinas, centros de mesa, escaleras, equipo de cocina, y accesorios de ascensores.
Erik Nelson, un documentalista, consiguió por casualidad las fotografías de Petrov en el 2013, mientras intentaba concluir un filme titulado “9/10: las horas finales”. (El 9/11 fue la jornada de los ataques. La costumbre, en Estados Unidos, es poner como fecha primero el mes, y recién después el día).  
Si bien Nelson consiguió numerosas fotos y clips de videos de la zona del día previo a los ataques, había escasas muestras del interior de los edificios. En cierto momento, pensó inclusive en abandonar el proyecto. Hasta que uno de los ayudantes del documentalista descubrió las fotos de Petrov en Fotki un sitio en el internet creado por Dmitri Don, un amigo del fotógrafo.  
Según Paumgarten las fotos, especialmente del restaurante Windows of the World, son “muy bellas, carecen de seres humanos, y se hallan inmersas en una premonitoria melancolía”. Es curioso, dijo el periodista, que el restaurante, “destruido en uno de los eventos más fotografiados de la historia, apenas haya sido fotografiado durante su existencia”. Quizás Petrov, intuyó que el área desaparecería hasta los cimientos, e intentó dejar un registro fantasmagórico. Paumgarten sugirió que Petrov habría vivido con el “propósito exclusivo” de tomar esas fotografías.
El día de los ataques, Petrov concluyó su turno como electricista a las 8:00 de la mañana, 46 minutos antes de que el primer Boeing se estrellara contra la Torre Norte. Tenía como costumbre, tras concluir su turno, dirigirse a la cafetería del restaurante y desayunar con los empleados que iniciarían el ritual matutino. Por alguna razón misteriosa, ese día alteró su rutina y se marchó directo a su apartamento. Bajó al garaje de la Torre Norte, subió a su carro, y partió. Minutos más tarde, el primer avión se estrelló contra uno de los rascacielos, y Petrov vio caer restos de escombros, pero no le dio mucha importancia, pues en Nueva York ocurren diariamente múltiples cosas inesperadas o inexplicables.  
Cuando llegó a su apartamento, encendió el televisor y vio las torres incendiadas, Petrov entró en pánico. Llamó al restaurante Windows of the World, y conversó con varios de sus amigos. Ninguno de ellos sobrevivió.  
Tampoco Petrov sobrevivió mucho tiempo a los eventos del 11 de septiembre. Un año más tarde, mientras manejaba una motocicleta, hizo una brusca maniobra y se estrelló en la autopista neoyorquina West Side Highway, muriendo en el acto.
¿Qué razones tuvo para cambiar su automóvil por la motocicleta? Nadie lo sabe. Sus amigos dicen que era un pésimo conductor, y que le gustaba manejar a gran velocidad. Además, era un gran bebedor, y tal vez se alcoholizó tras los eventos del 11 de septiembre.  
Al comienzo de un famoso programa de televisión, The Naked City, un locutor anunciaba: “Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda”. Es increíble la cantidad de historias que ha engendrado la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Cuando trabajaba en mi novela La región vacía, mi tarea más compleja fue desechar historias, debido a la abundancia de episodios, no solo siniestros, sino grotescos, y hasta humorísticos: la comedia y la tragedia humana alcanzaron su máxima expresión.
Por ejemplo, un pastor rogó a Dios que su hijo, muerto en las torres gemelas, apareciera en el vano de su puerta. Tras un día de oraciones, el cadáver de su hijo apareció en el vano de la puerta, transportado por dos camilleros de la policía. (No se trata de una leyenda urbana).  
De todos los incidentes que decidí descartar, había uno que no quería abandonar la novela. Ignoro si es trascendente, pero luego de muchas horas de insomnio, acepté excluirlo de La región vacía, aunque me cuesta olvidarlo. 
Cuando la novelista Lorrie Moore se enteró del ataque a las torres, se hallaba a mil quinientos kilómetros de distancia de Nueva York, en alguna parte de Asia. En su viaje de regreso a Estados Unidos intentó recordar si conocía a alguna persona que trabajara en las torres gemelas. Hasta que súbitamente le vino a la mente que quien trabajaba en el área no era un conocido, sino su hermano.  
No sólo eso, el hermano había estado en el lugar durante el previo ataque, en febrero de 1993. Pero la segunda vez el hermano de Lorrie Moore tuvo más suerte. Su oficina no estaba enclavada en las torres gemelas, sino a una cuadra de distancia. Cuando se estrelló el primer avión, el hombre se hallaba en la estación de subte del World Trade Center. Al emerger de la estación, comenzó a observar la constante caída de cenizas y a muchas personas que caminaban con cierta premura, pero sin mostrar pánico. Al estrellarse el segundo avión, se inició la evacuación de los edificios cercanos, y un ejército de empleados y trabajadores, uniformados por la ceniza proveniente de las torres incendiadas, del combustible de las aeronaves y del concreto calcinado, se alejaron de lo que rápidamente sería bautizado como Ground Zero. Entre esa multitud deambuló el hermano de la novelista.
El tránsito terrestre y subterráneo estaba paralizado. Por lo tanto, el hombre se fue caminando hacia su casa, en Queens, cruzando alguno de los numerosos puentes que unen a Manhattan con ese condado. Ocho horas demoró su travesía. Ocho horas en que junto con un ejército de fantasmas trató de llegar a su vivienda. El día anterior, esa vivienda era accesible en unos 40 minutos, si se trataba del subte, o en una hora y media, si viajaba en autobús.
Aunque en esa jornada todo fue inusitado, excepto la desesperación de los neoyorquinos por volver al calor de su hogar, lo que hizo el hermano de Lorrie Moore al día siguiente fue excepcional. El 12 de septiembre retornó a su oficina. Se ignora cómo lo hizo. El transporte público era casi inatrapable. Los horarios de trenes, de subterráneos y de autobuses, casi imposibles de discernir. Pero el hombre retornó a su oficina. Y se sentó en su escritorio durante dos horas.   
Ni un solo compañero apareció para secundarlo en labores inexistentes. Los edificios del World Trade Center seguían ardiendo y podía observarse la destrucción a través de las ventanas. El aroma dulzón de la carne muerta no sólo podía olfatearse, sino casi palparse. Sentir que ese aroma era reemplazado por el de la carne carbonizada parecía como una liberación. Y el hombre se quedó en la oficina, esperando no se sabe qué, tal vez, la resurrección de sus compañeros. Hasta que en algún instante intuyó que se estaba comportando como un robot, se levantó de su escritorio y se marchó.  
Pocos días después, el hermano de Lorrie Moore decidió recordar sus olvidados problemas bronquiales. Otro día, como acatando a una orden, su salud comenzó a declinar. A partir de ese momento, dijo su hermana, “La tos que lo afligía fue empeorando”.  Poco después, un médico le informó que le quedaban pocos meses de vida.  
Muchas veces una enfermedad es la forma más piadosa de marchar hacia la muerte; el hermano de Lorrie Moore se doblegó al mandato.
Como el joven Goodman Brown, el hombre comprobó que el mundo se había alterado. No, peor aún: el mundo en el que se levantaba y acostaba todos los días, el mundo que había conocido hasta el 11 de septiembre de 2001, había dejado de existir. Por lo tanto, tras observar un mundo reiteradamente irreconocible, eligió como alternativa cesar su contemplación.

  

 Katie Day Weisberger
 Antes de la caída de las torres en la primavera de 2001. 
The New York Times



jueves, 11 de septiembre de 2014

La región vacía. Introducción





Mario Szichman

A trece años de los atentados contra las torres gemelas, un adelanto de mi novela La región vacía, inspirada en los acontecimientos de ese fatídico día.
 


Para Carmen Virginia Carrillo.

Sin su empecinamiento,

sin su brillante edición,

esta novela sencillamente

no existiría.





El periodista esperó con paciencia a que Marcia volviera a revisar la fotografía. Cada familiar de algún muerto parecía replegado en el día anterior, coexistiendo con fantasmas a través de los cuales la vida fluía como en un desagüe roto.

—No estoy segura —dijo Marcia finalmente—. Podría ser uno de mis hijos. Pero no estoy segura.

En la foto, un hombre estaba cayendo de cabeza en una perfecta vertical. Marcia no podía decidir si la foto era en blanco y negro, o en color. Aquello que no era blanco estaba formado por nítidas sombras. Tampoco pudo decidir si el hombre ya estaba muerto.

—Esos pisos que aparecen detrás de la figura… —dijo Marcia.

—Deben haber sido los últimos pisos de la Torre Norte  —respondió el periodista. Tal vez el setenta y ocho o el setenta y nueve.

—Parece una perfecta zambullida —comentó Marcia, y enseguida se arrepintió de sus palabras. Sintió ganas de reír. Desde la muerte de sus hijos, no pasaba día sin que algo le causara risa, o le llenara los ojos de lágrimas, siempre por razones inexplicables. Tosió para apaciguarse.

 —En realidad, es apenas una foto en una secuencia —dijo el periodista. Había algo rígido en sus movimientos. Algunas escenas lo forzaban a mirar al suelo—. Hay doce fotos en total. Esta pose no se repite en el resto.

—El rostro está oculto.

—En dos de las fotos el hombre muestra el rostro hacia la cámara, pero tampoco hay mucho que ver —dijo el periodista—. Algunos suponen que tenía una pequeña barba.

—Ninguno de mis hijos usaba barba.

—No le podría asegurar que el hombre tuviera barba. Tal vez la sombra hace suponer que tenía barba. En una de las fotos su piel parece oscura, aunque puede haber sido un efecto del viento, de la fuerza de gravedad. Han hecho pruebas con cadáveres en túneles de viento. Son muy interesantes.

Marcia pensó que el hombre había sido despachado hacia la muerte en esas centésimas de segundo capturadas por la foto. Parecía engendrado por la mecánica. La parte derecha de la torre estaba rayada por líneas verticales blanquecinas y grisáceas que avanzaban hacia la parte izquierda hasta convertirlas en líneas agresivamente blancas y negras. El hombre parecía desplomarse en el eje de esa composición, en el centro exacto de una vertical línea blanca. Su pierna izquierda estaba plegada, su zapato se apoyaba en el tobillo derecho.

—El fotógrafo debe ser un gran artista —dijo Marcia—. Parece más preocupado por la simetría que por el hombre cayendo. –Se arrepintió de su malignidad.

—Richards Drew. El fotógrafo se llama Richards Drew —dijo el periodista. Tenía una forma extraña de hablar, pensó Marcia, parecía haber memorizado las palabras—. Fotografió a Robert Kennedy cuando lo asesinaron en Los Angeles. Fotografió a la viuda de Kennedy cuando lo insultaba, exigiéndole que dejara de sacar fotografías de su esposo muerto. Drew guarda en su casa la camisa ensangrentada de Robert Kennedy, como un trofeo.

—Si al menos pudiese saber qué ropas usaba el hombre de la foto —dijo la mujer.

—Una camisa, un pantalón. Al parecer, en tonos oscuros  —dijo el periodista.

—Mis dos hijos usaban camisas oscuras. Sus pantalones eran de color caqui.

— ¿Es posible entonces que…? —Comenzó a preguntar el periodista en voz baja.

Marcia siguió contemplando la foto con la pasión de un religioso que intenta descubrir algún artefacto sagrado en medio de la trivialidad. El problema con esos hijos muertos era que amordazaban los recuerdos de Marcia, le impedían pensar mal de ellos. La muerte los condenaba a la inhumanidad. Cada uno de sus gestos parecía recopilado para que aflorara el martirio. Algo había ocurrido antes de sus muertes que seguía afligiendo a Marcia. Pensó en el rostro magullado de Mark, los días previos al 11 de septiembre. Sin su muerte, se habrían borrado esas señales. Ni siquiera el recuerdo perduraría. Marcia hubiera dado el oro del mundo por ver alguna foto de sus hijos aglomerados en la oficina de Cantor Fitzgerald junto con decenas de sus compañeros. ¿Cómo había reaccionado Mark? ¿Qué objeto tendría Gerald en su mano izquierda? ¿Estaría jugando con la cadena de su llavero? ¿La habría trasmutado en un rosario?

Marcia había hallado los planos de la oficina donde habían muerto sus hijos, emplazado a sus compañeros en los lugares donde solían sentarse. Trabajaban en la zona de canje de acciones ordinarias, en la parte sur del piso 104. Desde allí podían observar la Estatua de la Libertad. Pero Mark le había dicho en su llamada final que en ese momento podía ver el Empire State Building. Eso indicaba que se había desplazado de su escritorio hacia el área de mercadeo de bonos, en la parte este de la oficina. ¿En qué momento sus hijos se enteraron que iban a morir? Los dos creían que una avioneta Cessna se había estrellado por equivocación contra la Torre Norte. Estaban seguros de que en cualquier momento los rescatarían. Les parecía un incidente menor.

Hubiera deseado encerrar a sus hijos en una foto (una foto en blanco y negro, de grano grueso) y compartir con ellos la observación de un objeto. Por ejemplo, una jarra repleta de lápices. Podía ser Mark, o Gerald. ¿Todavía seguían existiendo jarras repletas de lápices en una oficina repleta de computadoras? O tal vez el cooler. Mark o Gerald sorprendidos por la cámara en el momento en que el cooler soltaba una burbuja gigante. Alguien tendría que haber sacado una foto de sus momentos postreros. Varios helicópteros habían sobrevolado los últimos pisos de las torres antes del colapso, tal vez las cámaras de video estaban activadas.

Marcia sentía que la verdad rondaba en torno a ella, estaba por decirle algo terrible al oído, y luego se alejaba. Su oficio la marcaba. Pensaba de la misma manera en que organizaba sus collages. Miró al periodista. Lo imaginaba flotando en una suspensión coloidal. Sus hijos estaban sentados en un cuarto, cada uno columpiándose en su propio mundo, para siempre.

Marcia le preguntó al periodista si podía quedarse con la foto. Era un acto reflejo, una previsión inútil, pero no estaba dispuesta a despedirse de sus muertos. Tal vez detrás del hombre cayendo en una perfecta vertical se hallaba la oficina donde trabajaban sus hijos. Quizás ampliando la foto podría verse el telón de fondo, algún rostro en blanco y negro, granulado. Tal vez el de Mark. Por alguna razón necesitaba que fuera el de Mark.

—Necesito esa foto —dijo el periodista—. Tengo que seguir preguntando. Le puedo enviar una copia.

—¿Cómo encontró mi nombre?

—Me encargaron que revisara una lista de quienes trabajaban en Cantor Fitzgerald.

—Sí, allí trabajaban mis hijos. Junto con más de seiscientas personas. ¿Piensa preguntarles a todos los familiares?

—Mi lista es bastante reducida. Esta persona debe tener unos veinticinco años. No había más de una docena de personas de esa edad trabajando ese día en Cantor Fitzgerald.

—No sé —dijo Marcia—. No parece ser la foto de ninguno de mis hijos.

Marcia intentó serenarse antes de alzar la vista. Fingir era la pauta. Mostrar estoicismo era la norma. Los familiares de las víctimas se saludaban cautelosos, cada uno detrás de sus máscaras, intentando proteger un secreto. Nadie quería que violaran la intimidad de sus muertos, descubrir hechos vergonzosos. La muerte siempre sorprendía infraganti. Esos seres inanimados eran objetos de culto, estaban protegidos por sobrevivientes rígidos, arrogantes como toda víctima, incapaces de compartir recuerdos comunes. Habían sufrido, tenían derecho a ser despiadados. Para ellos no existía un antes que explicara la solidaridad del después. Creaban sus propias madrigueras para rechazar a los extraños. Un vendaval los había desgajado de sus rutinas. ¿Qué solidaridad desata un vendaval? ¿Qué existe antes de un vendaval?

Las enfermedades brindan la oportunidad de una despedida, hasta el peor de los accidentes ofrece la ilusión de que no hubo desamparo, pero en esta ocasión no existían protocolos. Todos los canales por donde circula la muerte habían sido obliterados por el vendaval. Era una tragedia urdida para no dejar resquicio a la esperanza.

El periodista movió la cabeza y se levantó del sofá. —Seguiré indagando —dijo—. Lamento haberla incomodado.

—En caso de que necesite preguntarle algo más ¿tiene un teléfono donde pueda llamarlo?

El periodista extrajo una tarjeta de un pequeño estuche de cuero, y escribió unos números con un bolígrafo que brillaba en la parte superior, como si tuviera lentejuelas. Marcia le pidió que se lo prestara. Diminutos diamantes se aglomeraban en la cúpula del bolígrafo, fabricada con plástico transparente.

—Es el regalo de una amiga —dijo el periodista.

—Me fascina todo lo que tenga que ver con la escritura. No se imagina la cantidad de estilográficas que tengo en mi escritorio —dijo Marcia revisando el bolígrafo, tratando de descubrir cómo funcionaba—. Es que hago collages.

—Hay que hacer girar este extremo —dijo el periodista haciendo emerger la punta. No parecía muy interesado en el oficio de la mujer. Marcia tomó el bolígrafo y dibujó un rostro en un anotador.

—Muy bello —dijo mientras seguía haciendo trazos. Implantó en el rostro una boca muy gruesa.

El periodista aprovechó para revisar algunos de los collages que Marcia había colgado en una pared de la sala.

—No me diga que le gustan —dijo Marcia.

—Leí en alguna parte que eso es lo que diferencia a las mujeres de los hombres.

— ¿Los collages? También los hombres hacen collages —dijo Marcia, y rió.

El periodista no la acompañó en la risa.

—Inclusive la mujer más fuerte se muestra débil a la hora de exhibir su talento —señaló el periodista—. Por alguna razón necesita que le acaricien la cabeza. Eso es lo que diferencia a las mujeres de los hombres.

—Con esos collages me gano la vida. Y usted es un machista. Nunca vi un periodista con chaleco. Le queda ridículo. ¿Piensa salir de safari?

—Hay muchas maneras de ganarse la vida —explicó el periodista sin quitar la mirada de los collages—. Más lucrativas y que exigen menos esfuerzos.

—Realmente no sé por qué sigo haciendo collages. Es cierto, se gana más dinero haciendo diseño gráfico.

—Usted siente orgullo de esos collages, por eso los pone en las paredes. ¿Quiénes están en esa foto?

—Mis hijos, Mark y Gerald. Mark tenía en esa foto ocho años, y Gerald once.

Los niños sonreían sin convicción. Estaban sentados en un muelle, al borde de un lago.

—No me gusta la sonrisa de Mark.

—Gracias por el cumplido. Mark siempre tuvo problemas.

—Pero Gerald no parecía muy protector. Los hermanos mayores suelen ser protectores.

—Siempre estaba encerrado en su mundo.

—Sus hijos no parecían muy felices.

—Le aseguro que disfrutaban del Lake George. Los llevaba todos los años de vacaciones. Y no voy a caer en su trampa. No le voy a decir que cómo se atreve a criticar a mis muertos.

—Me gusta más este collage —le dijo el periodista señalando otro.

—Son los acantilados de Étretat. Los pintaron Courbet y Monet. Algún día iré a Francia y los pintaré. Es una promesa que les hice a mis hijos.

—Pero el mejor es este —dijo el periodista señalando otro collage.

—Le robé la idea a Bacon. Él hizo una pintura en homenaje a George Dyer, uno de sus amantes.

—Me gusta esa figura desapareciendo por una puerta.

—Dyer se suicidó en la habitación de un hotel en París, Bacon acababa de inaugurar una muestra muy importante.

—Es el collage que más me gusta.

—Nunca lo pude vender.

—Tendría que rebajar la calidad —le propuso el periodista—. Es lo que hacía Scott Fitzgerald. Primero escribía cuentos de calidad, y después los convertía en basura para poder venderlos a las revistas.

— ¿Le gusta Scott Fitzgerald?

—Nunca lo leí en mi vida, pero averigüé que hacía eso. También recomendaba no arrojarles margaritas a los cerdos.

—Prefiero morirme de hambre antes que hacer eso.

 —Estoy seguro que también escribe poesía.

—¿Me toma por una solterona? ¿Cree que soy una candidata a un asilo? Crié dos hijos. He tenido amantes. Sí, también escribo poesía.

—No veo que haya colgado un solo poema en esta sala.

—Tengo otras habitaciones, tengo un dormitorio. Hay muchos lugares donde podría haber puesto mis poemas. He escrito tórridos poemas. A usted lo escandalizarían, basta ver su chaleco. Un hombre que usa ese chaleco se escandaliza ante cualquier cosa. Todos los poemas están en mi dormitorio. ¿Quiere verlos?

—Ahora me va a contar de su cáncer de pecho.

—Usted no debe durar mucho en sus trabajos.

—Le pido disculpas.

— ¿Se nota? Me hicieron cirugía plástica. Pensé que no se notaba.

Marcia se puso de perfil para que el periodista observara su pecho derecho.

—No, no se nota, y usted no debería ser tan honesta.

—Gracias.

— ¿Este es el momento en que puedo acariciarle el pecho?

— ¿Este es el momento en que debo darle una bofetada?

El periodista suspiró.

— ¿Cómo hace sus collages?

—Tengo una serie de reglas —le dijo Marcia y le devolvió el bolígrafo. El periodista lo usó para marcar un redondel en su tarjeta de visita. No tenía mucha destreza.

—¿Qué herramientas usa?

—¿Piensa hacerme un reportaje? Aquellas que elijo por capricho. Nadie me obliga a recortar esas figuras con tijeras dentadas. Las ensamblo usando Titebond, un pegamento para madera. Nadie usa Titebond en mi oficio.

—Porque deja grumos y se seca muy rápido.

—Sí, hay que usar una espátula de madera para eliminarlos enseguida. ¿Cómo lo sabe?

—Trabajé como reportero policial. Conozco la textura del Titebond. Lo usan para sellar la boca a los soplones.

—Creí que era la única usuaria de Titebond en Nueva York. Ha desaparecido de los estantes. Ahora lo encargo a su planta de Columbus, termino pagando más por costos de envío que por el producto.

—Vaya a New Jersey, pruebe en Union City. Conseguirá Titebond en cualquier cerrajería. Pero pague al contado. La policía puede rastrearla por su tarjeta de crédito. Ese pegamento se usa con fines inconfesables. El tubo de dos onzas es el preferido por los enforcers. Nunca compre tubos de dos onzas.

—Bueno, ahora quiero que me acaricie la cabeza. ¿Ve talento en esos collages?

—No lo sé. —El periodista le tendió su tarjeta—. El número de mi oficina es este —dijo señalando el trabajoso redondel que había impreso en la cartulina—. Y el de mi apartamento es este  —añadió, subrayando los números que había escrito con el bolígrafo. Tenía una escritura infantil.

—Jeremiah Richards. Nunca oí hablar de usted.

—Nunca firmo mis artículos.

— ¿Hay alguna hora en que pueda llamarlo?

—Es muy difícil que me encuentre en el apartamento. Pero siempre puede dejar un mensaje en la contestadora… Uso este chaleco para hablar con los sobrevivientes. Se distraen, se mueren por saber para qué lo uso, y así nunca se enfurecen cuando les hago preguntas. Todos creen que cuando salgo de sus casas me voy de safari.

—No he colgado un solo poema en mi dormitorio —le dijo Marcia.

—Es muy honesto de su parte. Por ahora le presto el bolígrafo —dijo el periodista—. Llámeme cuando decida devolverlo.



Ya llegaría el período de la meditación, el inútil ensayo de acariciar rostros en tres dimensiones, el inevitable momento del desengaño. Marcia se había resignado a rozar con sus dedos fotos desacopladas de la tragedia, algunas en blanco y negro, otras en el estridente color de la Polaroid. Sus hijos trascendían la muerte que les aguardaba, la hacían trivial. Marcia se negaba a aceptar ese final, quería atrapar sus miradas en los momentos postreros, cuando ya conocían el desenlace. Durante una época, bastante antes de la muerte de sus hijos en la Torre Norte, Marcia había visitado las colecciones de fotografía del Radcliffe College empecinándose en los rostros inanimados. Numerosos fotógrafos, especialmente a fines del siglo diecinueve, dedicaban casi tanto tiempo a retratar a los muertos como a los vivos, pasaban horas ataviándolos para asignarles una apariencia de vida.

Algunas madres contemplaban la cámara con serenidad, exhibiendo a sus bebés muertos. A veces, sus rostros afloraban junto a féretros que parecían de juguete. Había serenidad en esos bebés que la cámara captaba con los ojos abiertos o cerrados, aunque todos ellos parecían carecer de una vida previa. Nadie había podido domesticar sus diminutos miembros para que perdieran la rigidez, o logrado que residieran en una habitación con seres vivos. Sus figuras parecían suspendidas de alambres, anidando en las intercaladas dimensiones de un collage, esos objetos artísticos que Marcia había creado para ganarse la vida.

Marcia sabía que la muerte no era una continuación de la vida. Cuando observaba esas imágenes de solemnes difuntos se sentía abrumada por la impotencia, nunca por la aflicción. Carecían de sorpresa, inclusive cuando la violencia encrespaba sus miembros o indignaba sus bocas. Lo macabro parecía fingido, anticipaba el horror con excesivas señales, era proclive al ridículo. Estaba preparada para esos cuerpos rígidos, ese era justamente su trabajo, ensamblar rígidas figuras.

Sus collages se habían convertido en una manera muy enervante de llevar el pan a la mesa. Seleccionaba en revistas fotos de edificios, jardines, vestidos, esculturas, relojes antiguos —nunca entendió muy bien su fascinación con los relojes antiguos— y los pegaba en cartulinas donde generalmente ubicaba seres de sonrisas desconcertadas, incómodos en su adustez.

La fotografía nunca lograba convencer, la torpeza se instalaba en la pausa. Marcia también se había impuesto sus reglas. Nadie la obligaba a recortar esas figuras con aserradas tijeras, o a ensamblarlas usando Titebond. ¿Dejaría de emplear ese pegamento porque lo usaban los enforcers?