jueves, 3 de octubre de 2013

Artefactos culturales y despilfarro




Mario Szichman

                                   
En ciertos días claros del verano neoyorquino nubes inesperadas se dibujan en el cielo. Provienen de una avioneta que lanza ráfagas de humo blanco para dibujar algunas letras. Sospecho que se trata de un aviso de una inmobiliaria. O tal vez del anuncio de una nueva gaseosa. Digo que sospecho porque nunca he podido ver The real thing.
Cada vez que por curiosidad alzo la mirada al cielo, las nubecitas que forman las letras han comenzado a disiparse. A veces he pensado que los organizadores de esa campaña deberían hacerle publicidad a su acción, para que los espectadores averigüen a qué hora exacta deben mirar hacia el cielo. ¿Tal vez en un previo anuncio dibujado por la misma avioneta en el mismo cielo?

Pienso en el enorme despilfarro que involucra ese inútil despliegue de nubes. A un costo bastante inferior, en épocas de plaga o de hambruna, nuestros antepasados aprovechaban las nubes existentes para ver ángeles flamígeros, la ascensión de la Virgen, o a San Jorge clavando en su lanza al dragón. Pero, si se piensa en detalle, todo artefacto cultural es un enorme despilfarro. Lo demuestra Hemingway con su teoría del iceberg, al señalar que el escritor debe mostrar en un libro sólo una séptima parte de lo que en realidad conoce.
Alix Freedman, quien fue editor de The Wall Street Journal, aconsejaba a sus periodistas “Destilar un barril de información en una botella de perfume”. Y muchos manuales de How-to-write advierten al escritor en ciernes que de cada tres adjetivos que intentan incorporar a su texto, dos suelen sobrar.
El escritor de ciencia ficción Harlan Ellison decía que “El noventa por ciento de toda obra de arte es materia prima”. Basta ver el mármol que usó Miguel Angel antes de sentirse satisfecho con su escultura de David. ¿Cuántas telas y pintura usó Leonardo en La última cena?  ¿Cuántos libros fueron leídos por Edward Gibbon antes de escribir The History of the Decline and Fall of the Roman Empire.

Ellison no andaba tan descaminado. El noventa por ciento de una obra de teatro es materia prima: el escenario, los decorados, el apuntador, los utileros, las luces. El noventa por ciento de lo que producen Broadway o Hollywood es materia prima que se recicla cada temporada. Lo que no es una remake es una secuela, lo que no es una copia es un simulacro. Tendremos Oliver Twist y El fantasma de la Ópera hasta el fin de los tiempos, junto con Frankestein y Drácula, y Hansel y Gretel, y las carreras de persecución en las calles de San Francisco, y los corpulentos imbéciles de las películas de acción. Un noventa por ciento será materia prima conocida, y el diez por ciento restante consistirá en diferentes rostros de actores o de actrices, distintos ángulos de cámaras, decorados o paisajes con otras tonalidades.
¿Cuantas cuevas similares a la de Altamira jamás serán holladas por la planta humana? ¿Cuantas tumbas de faraones, donde los artistas han sido enterrados con sus obras maestras, quedan aún sin explorar?
Marcel Proust escribe el chiste más prolongado de toda la literatura moderna: A la búsqueda del tiempo perdido. ¿Y en qué consiste la novela? En narrar la historia de Marcel, alguien que se parece demasiado al autor, y que sin embargo, nada tiene que ver con él, y dedica tres mil páginas a narrar las desventuras de un escritor que siempre encuentra alguna excusa para no escribir.

Gustave Flaubert escribe Bouvard y PecuchetIn my modest opinion su obra maestra, superior a Madame Bovary, y muchísimo mejor que esa defensa del pequeño rentista que es La Educación Sentimental – con el único propósito de burlarse de la erudición, que es, según enuncia Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, “El polvo que cae de un libro a un cráneo vacío”.
Los obstinados escribientes Bouvard y Pecuchet pasan del estudio de la jardinería al estudio de la arquitectura, revisan la historia humana, la antropología, la medicina, la agronomía, la metafísica, y nada entienden. Y para redactar esa enciclopedia de la estupidez humana, y su complemento, el magnífico Diccionario de los lugares comunes, Flaubert tuvo que devorarse mil quinientos tratados, destilando un barril de información en una botella de perfume.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, señalaba Jorge Luis Borges. “El de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”. Borges, “más razonable, más inepto, más haragán”, prefirió “la escritura de notas sobre libros imaginarios”.

Otros, tal vez más ambiciosos, suponen que el despilfarro encubre la esperanza de inmortalidad. Pero inclusive la inmortalidad puede ser muy avara. Somerset Maugham dice que cuando hablamos de inmortalidad literaria, generalmente aludimos a un período de tres o cuatro siglos. Algo más si se trata de Don Quijote o de Gargantúa y Pantagruel.
Paul Collins, en su Banvard´s Folly, detalla lo efímero de las obras perennes en sus “Trece relatos de insigne oscuridad, famoso anonimato, y endemoniada suerte”, recuperando del olvido a personas injustamente célebres durante su vida, cuyos méritos eran tan absurdos como sus logros, y cuya inmortalidad no logró sobrevivir a sus muertes.
Como señala Collins, "cualquiera que revise los documentos de toda época pasada: diarios, contratos de venta, testamentos, tropezará únicamente con nombres olvidados". La teoría de los porcentajes también se aplica en estos casos. Construyeron sus obras de arte con un noventa por ciento de materia prima, destilaron barriles de sabiduría en botellas de perfume, y ahora el mundo los ignora en más de un noventa por ciento. Sus nombres se van desvaneciendo de nuestro horizonte cultural como un inútil despliegue de nubes exhaladas por una avioneta en ciertos días claros del verano neoyorquino.


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