Mostrando entradas con la etiqueta Paul Collins. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paul Collins. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de marzo de 2018

Hazte fama y échate a morir



Mario Szichman

Rufus  Griswold

Generalmente, tras su muerte, los personajes históricos y los artistas célebres ingresan en un cono de sombra, sin importar su gloria previa. La profesora Guadalupe Isabel Carrillo recordó en un muy buen ensayo sobre la novela de Gabriel García Márquez El general en su laberinto, el cuasi epitafio con que el gobernador de Maracaibo anunció la muerte de Simón Bolívar:
“Me apresuro a participar la nueva de este gran acontecimiento que sin duda ha de producir innumerables bienes a la causa de la libertad y la felicidad del país. El genio del mal, la tea de la anarquía, el opresor de la patria ha dejado de existir”.

Obviamente, Bolívar logró inmortalizarse pese a esa opinión desfavorable.

 Franz Kafka

En el terreno de la literatura han existido desconocidos en vida que lograron una sólida inmortalidad, como es el caso de Franz Kafka. En eso también influyó la época en que a Kafka le tocó vivir y morir, y su ubicación geográfica. Checoeslovaquia no era la perla más rutilante del imperio austrohúngaro. De haber vivido Kafka más cerca de Viena, es posible que hubiera sido famoso antes de morir. Pese a ello, Kafka pasará a la historia como uno de los grandes escritores del siglo veinte, junto con Marcel Proust y William Faulkner.

Muchas veces la guerra interrumpe la fama. El escritor polaco Witold Gombrowicz es obviamente una de las grandes figuras literarias del siglo XX, pero tuvo la mala suerte de que fue invitado a ir a la Argentina poco antes de estallar la segunda guerra mundial. Gombrowicz llegó a Buenos Aires cuando comenzó la guerra. Polonia fue invadida por los nazis (y también por los soviéticos). El escritor quedó convertido en un paria durante varios años de su vida literaria.
Luego, tras la guerra, estableció vínculos con expatriados polacos, y colaboró con publicaciones en París. Finalmente, en 1963, recibió una beca de la Fundación Ford, vivió un tiempo en Alemania y en Francia, en 1967 obtuvo el Prix International. Falleció en 1969, con una notoriedad bastante consolidada, en buena parte, gracias a su novela Ferdydurke.

El efecto inverso

En el 2001, Paul Collins publicó en la editorial neoyorquina Picador el libro Banvard´s Folly, la locura de Banvard. El título poco informa, pero el subtítulo lo dice todo: “Trece relatos de insigne oscuridad, famoso anonimato, y endemoniada suerte”.
Collins sustenta una tesis bastante sólida. Si se examinan los documentos de previas épocas, dice, sólo se tropieza con nombres olvidados. En tanto los primeros ejemplos citados son de creadores cuya fama se fue consolidando con los años, Collins lidia con aquellos cuya nombradía los abrumó en vida, y se desvaneció tras la muerte. Pues existe una fama creada por las maquinarias de publicidad, o por el curriculum universitario, y otra que perdura a pesar de esos artilugios.
Recuerdo que en una ocasión entrevisté al escritor norteamericano Kurt Vonnegut, uno de los escasos escritores de Estados Unidos, junto con Carson McCullers, Flannery O´Connor, Faulkner y Jim Thompson, cuya fama está asegurada de por muerte.
No hay una sola novela de Vonnegut que sea mala. A mí me gusta particularmente Mother Night. Sus relatos son de una perfecta ironía, especialmente los compilados en Welcome to the Monkey House. Además, era uno de los escasos escritores a los que se puede asignar el rótulo de sabios.
Sin embargo, Vonnegut estaba convencido de que, al menos en Estados Unidos, los únicos escritores que perdurarían eran quienes ingresaban en el curriculum universitario. Y me daba el ejemplo de lo que ocurría con el irlandés James Joyce, posiblemente, el escritor ilegible más ponderado por los académicos anglosajones.      
Ahora que también se incorporó al canon lacaniano, la inmortalidad de Joyce es seguramente inmortal. Invito al lector a leer el Finnegan´s Wake, y a ofrecer su opinión sobre el texto. (Por supuesto, el Ulises es comprensible, así como los cuentos de Dubliners y A Portrait of the Artist as a Young Man). Pero al canon literario le interesa la dificultad, no el placer de leer.

Las estaciones insufribles


Paul Collins
Cada época crea sus ídolos, y con el mismo placer los derriba. La tarea de Collins, y creo que muchos lectores le están agradecidos por su gentileza, es redimir del olvido a personas injustamente célebres durante su vida, y cuyos méritos eran tan absurdos como sus logros. Ahí está el caso de Martin Tupper, que a mediados del siglo XIX compartía el Parnaso con Nataniel Hawthorne, Alfred Tennyson y Harry Longfellow. No sólo eso. Tupper fue uno de los inspiradores de Walt Whitman (el gran poeta norteamericano dijo en una ocasión que de no ser por Proverbial Philosophy, el libro más famoso de Tupper, jamás habría escrito Hojas de Hierba).
Además de ser famoso, Tupper fue quizás el único poeta de la historia moderna que se hizo millonario gracias a sus versos. Según Collins, Tupper logró vender de Proverbial Philosophy unos 250 mil ejemplares en el Reino Unido, y 1,5 millones en Estados Unidos.
Estamos hablando de mediados del siglo XIX, en la época en que Edgar Allan Poe necesitaba escribir un cuento por semana para las revistas y diarios de Baltimore a fin de mantener cosido el alma a su cuerpo.

Edgar Alan Poe

Es posible que su temprana muerte, a los 40 años de edad, haya permitido a Poe acceder rápidamente al Parnaso literario. Su trágica historia personal y su alcoholismo, también contribuyeron. Pero una prueba de su genial talento es que su fama póstuma logró emerger a pesar del formidable maltrato a que lo sometió Rufus Griswold, su albacea literario. 
Cuando Poe falleció en 1849, Griswold, escudándose en el seudónimo de Ludwig, publicó un obituario de Poe donde decía: “Edgar Allan Poe está muerto. Falleció en Baltimore. Tal vez el anuncio desconcierte a muchos, pero muy pocos lo lamentarán”. A eso añadió una “memoria” de la vida de Poe, donde incluyó cartas falsas de su rival, con el único propósito de arruinar su reputación.  

Nada de eso ocurrió con Tupper. Sucedió algo mucho peor. A diferencia de Poe, señala Collins, Tupper cometió un crimen imperdonable para un poeta: “En lugar de optar por morir en su glamorosa juventud de un acceso de tisis, envejeció y se mantuvo desaforadamente vivo”.

Vivir para no contarla

Como resultado de su longevidad, Tupper se convirtió en un paria. Cuando los críticos querían enlodar a un nuevo genio, bastaba decir, “Me recuerda a Tupper”... Y “tupperiano” pasó al diccionario como una forma de insultar a todo mediocre poeta (por cierto, los poemas de Tupper no se reeditan desde hace más de un siglo).
Collins dice que Tupper comparte el Parnaso de nulidades engreídas con figuras tan glamorosas como él. He aquí un breve recuento:

–  Robert Coates. Se trata, posiblemente, del peor actor que haya transitado alguna vez un escenario. “Un hombre tan exento de talento y tan confiado en su capacidad”, dice Collins, “que creó una tradición teatral”.
Tal vez la performance más memorable de Coates fue en su papel de Romeo, cuando, antes de morir, tomó un pañuelo de su bolsillo, limpió cuidadosamente el suelo del tablado, se quitó su gorra, y la depositó en una almohada. Luego, murió ...
No, no exactamente. Inclusive en ese momento, el héroe no estaba totalmente convencido de que debía acceder al más allá. Por lo tanto, cuando uno de los espectadores gritó: “¡Vuelve a morir, Romeo!” el actor decidió acatar la sugerencia y “resucitó de manera milagrosa”, dice Collins. “Luego, se puso de pie, tomó otro trago del veneno, y volvió nuevamente a morir”.


–John Banvard. A mediados del siglo diecinueve, Banvard logró el título de “El más famoso pintor viviente del mundo”. Fue aclamado por Charles Dickens, Henry Longfellow y la reina Victoria.
Banvard se especializaba en gigantescos frescos, o “panoramas móviles”. El más famoso de ellos fue La Pintura de Tres Millas de Extensión, resultado de su navegación por el río Misisipí. La exhibición del panorama hizo de Banvard “El primer pintor millonario de la historia”. Pero cuando Banvard falleció, fue enterrado en un osario común, porque su familia no tenía dinero para pagar su entierro. Al poco tiempo, dice Collins, sus obras más famosas fueron destruidas. En recientes libros de referencia, no hay una sola alusión a su nombre.
Collins narra las historias de esos seres desdichados con simpatía y comprensión. Los quince minutos de fama de que gozaron todos ellos precedió en décadas la popular frase de Andy Warhol.
Como señala el autor, "cualquiera que revise los documentos de toda época pasada: diarios, contratos de venta, testamentos, tropezará únicamente con nombres olvidados".
Afortunadamente, Collins ha sido capaz de rescatarlos de su merecido anonimato en un libro de suave, mortífero humor.


sábado, 13 de enero de 2018

Malas y buenas novelas


Mario Szichman
Mark Twain

        ¿Es la escritura de malas novelas un arte o un oficio? Me inclino por el oficio. Pues si se trata de un arte, debe ser producto de la inspiración. Pero ¿qué sentido tiene inspirarse para escribir una mala novela? En cambio, si es una manera de ganarse la vida, es posible que algunas instituciones académicas enseñen a escribir malas novelas y cuenten con  planes de estudio, profesores, y asignaciones de tareas, aunque no se divulguen como academias. Pero que existen, existen. Pues los resultados están a la vista.
        Basta observar los estantes de cualquier librería, o las hileras de novelas en cualquier biblioteca de mediano tamaño, para advertir la proliferación de textos ominosos. Y en ese mundo paralelo poblado por recusados émulos de un Cervantes o de un Proust estoy seguro que figura el Don Quijote de las ficciones repudiables, y el retrato en negativo de A la búsqueda del tiempo perdido. Es solamente cuestión de explorar.
     Por supuesto, nadie busca sugestionarse para escribir malas novelas o invierte parte de sus ahorros para que lo adiestren en el ejercicio de lo deplorable. Es probable que esos prosistas hayan empezado transitando por la buena senda y en el camino entablaron amistad con malas compañías, hasta que concluyeron redactando malas novelas. Pues nadie es el mal puro. Antes de sus campañas de exterminio, Hitler fue un buen hijo. Amaba a su madre con una devoción que se acercaba al incesto.

¿ES POSIBLE SABER CUÁNDO UNA NOVELA ES MALA?

         Y eso nos conduce al núcleo del dilema. ¿Qué es específicamente una mala novela? ¿En qué se distingue una mala novela de una novela buena? ¿Existe una categoría llamada “novela buena” y otra clasificada como “novela mala”? Diariamente, a nivel mundial, se publican centenares de novelas. Y la gran mayoría, de acuerdo a los expertos de la industria, suelen ser novelas malas.
      Malísimas novelas se convierten en formidables best-sellers, en tanto maravillosas novelas pasan de inmediato a dormir el sueño de los justos. Stendhal vendió exactamente 57 ejemplares de Rojo y Negro. Por supuesto, luego las ventas empezaron a subir, pero varias décadas  después de su fallecimiento.
       Eso indicaría que un buen rasero para evaluar si una novela es mala consiste en aguardar el paso del tiempo. Paul Collins dice en su libro Banvard´s Folly (Editorial Picador, Nueva York, 2001) que más del noventa por ciento de la producción intelectual y artística de un ciclo histórico termina en el tacho de basura. Poemas, novelas, cuadros, que eran considerados en una época obras de genios, han desaparecido completamente del inventario de la humanidad.
    Si no fuese por Collins, nadie hubiera rescatado del olvido a personas injustamente célebres durante su vida, y cuyos méritos eran tan absurdos como sus aparentes logros. Ahí está el caso de Martin Tupper, que a mediados del siglo XIX compartía el Parnaso con Nataniel Hawthorne, Alfred Tennyson y Harry Longfellow. No solo eso: Tupper fue uno de los duendes inspiradores de Walt Whitman. El gran poeta norteamericano dijo en una ocasión que de no ser por Proverbial Philosophy, el libro más famoso de Tupper, jamás habría escrito Hojas de Hierba.
     Trate el lector de encontrar un ejemplar Proverbial Philosophy de Tupper, y le resultará difícil. Y sin embargo, a mediados del siglo XIX, Tupper logró vender de Proverbial Philosophy unos 250 mil ejemplares en el Reino Unido, y 1,5 millones en Estados Unidos. Por esos mismos años, Edgar Allan Poe necesitaba escribir un cuento por semana para las revistas y diarios de Baltimore a fin de mantener cosido el cuerpo a su alma.
     Collins es otro ensayista que cree en la piadosa labor del tiempo para librarnos de la mala literatura, de la mala pintura, de la mala escultura. Pero entre tanto ¿cómo hacemos para extirpar la mala hierba?

LA LABOR DE LA PRINCESA MIAGKAYA

     Es allí donde ingresa el buen crítico literario, que recuerda a la princesa Miagkaya, la inmortal creación de Tolstoi. Si alguien desea conocer el genio de un escritor no debe buscarlo en los grandes personajes sino en aquellos seres que transitan apenas algunas páginas de un texto, y en ese corto tramo se hacen inolvidables.
     La princesa Miagkaya necesita apenas tres páginas de Ana Karenina para hacer imborrable su figura. En una escena, la princesa Myagkaya dice que Ana Karenina es “una mujer espléndida. No me gusta su esposo, pero ella me gusta mucho”.
      Cuando alguien le pregunta por qué no le gusta Alexei Karenin, el marido de Ana, considerado “uno de los escasos estadistas que existen en Europa”, la princesa responde: “Sí, mi esposo me dice lo mismo. Pero yo no lo creo. Si nuestros esposos no hablaran con nosotras, veríamos las cosas tal como son. Yo creo que Alexei Karenin es simplemente un idiota. Cuando me pedían que lo juzgara una persona inteligente me la pasaba todo el día buscando su talento, y me creía una idiota por no descubrirlo. Pero en el mismo instante en que pensé que Alexei era un idiota, todo se aclaró. Una de dos, o él es un idiota, o la idiota soy yo. Y como nadie puede decir de sí mismo que es un idiota…”
       Tengo gran confianza en los críticos que además admiro como autores. Ellos siempre conducen por la buena senda. Algunos de los ensayos de Borges, como su Arte de injuriar, o El escritor argentino y la tradición, además de tener una afable ironía, ayudan a extirpar la mala hierba.
      Me causa mucha gracia este comentario que hizo Borges tras leer que un poeta uruguayo había escrito el siguiente verso: “El poncho fue el primer techo que tuvo el gaucho”. Borges dijo que le provocaba curiosidad ese “curioso techo con un agujero en el medio”.

  Heinrich Heine 

      Heinrich Heine era otro formidable crítico. Y perdura fuera de Alemania más como crítico que como poeta, simplemente porque carece de buenas traducciones, pues su poesía es excepcional.
     Sin embargo, ensayos como La escuela romántica o Religión y filosofía en Alemania, son incomparables. Heine es un maestro cuando se trata de bajarles los humos a las nulidades engreídas. Dijo del poeta francés Alfred de Musset que su vanidad “era uno de sus cuatro talones de Aquiles”. Y en sus ensayos literarios no temió siquiera arremeter contra Goethe, (“Goethe es un gran hombre que luce el chaleco de seda de un cortesano” dijo en cierta ocasión). Pero en ese caso específico, Heine tuvo también la generosidad de proclamar la gloria del gran hombre de letras.
    Quien más se acercó a la definición de qué constituye una buena novela es Mark Twain, tras mostrar lo que era para él una mala novela: The Deerslayer, de James Fenimore Cooper.


      En su trabajo, James Fenimore Cooper Literary Offenses, Mark Twain se preguntaba si The Deerslayer era una obra de arte, y respondía de inmediato con un rotundo no. La novela, explicaba el autor de Huckleberry Finn, “Carece de inspiración. No tiene orden, sistema, secuencia o resultado. Le falta vida, fogosidad, emoción, realidad. Sus personajes han sido diseñados de manera confusa. Sus actos y sus palabras demuestran que no son la clase de personas que el autor asegura que son. El humor es patético. El patetismo es risible. Las conversaciones son… ¡oh, indescriptibles! Sus escenas de amor resultan odiosas.  El inglés que se usa es un crimen contra el lenguaje. Aunque, si todo eso se descarta, lo que resta es arte. Eso hay que reconocerlo”.

LA TAREA DEL ALBAÑIL

     Exigimos a un albañil aquello que nunca nos atrevemos a pedirle a un escritor. Si un albañil, como los sabios de la Academia de Lagado, empieza a construir una vivienda por el techo, si sus paredes quedan torcidas, o los baños se inundan por un mal drenaje, o se levantan los pisos, de inmediato le entablamos juicio por incumplimiento de contrato.
     Sin embargo, no sancionamos a ese escritor cuyas tramas son absurdas, su sarcasmo pobre, su humor incómodo, sus dramas cursis, sus escenas de amor despreciables, sus personajes marionetas, y sus confusos diálogos enuncian tonterías afines a sus ideas.  
     Obviamente, el albañil es un profesional, que necesita acatar normas y procedimientos. Y el mal narrador es un amateur que ha descubierto una gran herramienta para salvarse de las críticas y hacer pasar gato por liebre: la mezcla de géneros.

LA NOVELA BIFRONTE

     Uno de los híbridos más exitosos, al menos a nivel de la academia, es la cruza entre el ensayo y la novela, pues puede funcionar de manera simultánea como drama y como parodia.
     Alfred Hitchcock le decía a Francois Truffaut que en la época del cine mudo era posible alterar totalmente el guión de un filme usando subtítulos. Como el actor sólo pretendía hablar y el diálogo aparecía de inmediato en la pantalla, se le podían poner en la boca cualquier cosa que al director se le antojara. Así se salvaron de la hoguera muchas malas películas.
    “Por ejemplo, si el drama había sido pobremente filmado y resultaba totalmente ridículo”, le dijo Hitchcock a Truffaut, “se le insertaban títulos cómicos y así la película se mudaba en sátira y lograba un gran éxito”.  
     En los últimos años he tenido ocasión de leer varias novelas bifrontes donde es imposible separar la ficción de la crítica literaria. Y el enlace es generalmente la sátira de textos. El ensayista se disfraza de narrador, y el narrador se ciñe en la trama del ensayo.
     En una de esas novelas el narrador, que es además un narrador, nos informa que ha escrito una novela de la cual no parece muy convencido de su calidad. Ya con el solo hecho de que el escritor se arriesgue a incluir la narración en su narración, y la desprecie, está amparado de la crítica. Con ese gesto, le advierte al crítico que, gracias a su ironía –la del autor– se ha distanciado del texto y puede juzgarlo con la misma eficacia que un crítico.
       Al trabajar el híbrido, el autor redime a su novela de lo que realmente es. La novela en sí está pobremente escrita,  y resulta muy aburrida. Se trata de una especie de guía turística donde invita a viajar por las mentes de los popes del postmodernismo.
     Pero al insertar la noción de parodia, el autor consigue que el híbrido funcione no como un fracaso, sino como una parodia del fracaso. El elemento clave es el injerto de la palabra parodia. Así el autor se adelanta al juicio del crítico, que podría considerar la novela un fracaso ausente de toda parodia.
Como esa mujer cuyas piernas delgadas revelan que no tendría por qué haber engordado, excepto si se tiene en cuenta que era la única manera de ampararse de su sexualidad, el mal novelista se recubre de las capas de grasa de diferentes textos y de la noción de parodia a fin de bloquear la penetración del crítico o del lector.
       Por supuesto, apostar a la parodia cuando se trata de un mal texto, enfrenta otros peligros. Pues, como decía el profesor Kendall en Savage Night de Jim Thompson, la parodia “no puede existir fuera de la enrarecida atmósfera de la excelencia. La parodia es excelente o no es nada”. En el caso particular de la novela a la que aludo, la parodia es nada.
     Pero, inclusive las malas parodias se salvan pues siguen perteneciendo al reino de la parodia. Y otorgan al autor una puerta de escape adicional: minimizar el aporte que requiere hacer de su texto. El resto existe gracias a la veneración de sus discípulos (uno deja de ser maestro cuando se rodea de discípulos) y a las caritativas almas de la academia, que nunca califican nada de mediocre.
       Afortunadamente, hay varias herramientas para desbrozar la mala novela de la buena. Una, la más segura, es acudir a los clásicos y comparar sus novelas con aquellas que leemos en la actualidad. Después de leer Crimen y castigo de Dostoievski; Ilusiones perdidas de Balzac; Bouvard y Pecuchet, de Flaubert; Rojo y Negro de Stendhal; La guerra y la paz, de Tolstoi; Huckleberry Finn, de Mark Twain, los relatos de Kafka, El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, El astillero, de Onetti, cualquier relato de Flannery O´Connor, Luz de agosto, de Faulkner, y todo, absolutamente todo Jim Thompson, nos podemos dar una idea de la buena literatura.
      Hemingway se vanagloriaba de poseer un artefacto para descubrir malas novelas: se trataba de “Un buen detector de m..., y a prueba de golpes”.
Faulkner usaba un método indirecto para ayudar al lector a encontrar buenas novelas. En una entrevista publicada en The Partisan Review explicaba que “El propósito de cada artista es atajar el movimiento, que es la vida, por medios artificiales y retenerlo en su inmovilidad, para que cien años después, cuando un extraño lo observe, vuelva a actuar, puesto que es vida. Ya que el hombre es mortal, la única inmortalidad que resulta posible para él es dejar detrás algo que es inmortal pues siempre se mueve”.
      Basta leer cualquier novela buena antes mencionada para verificar la aserción de Faulkner. En todas ellas, los personajes reviven y se mueven, son agobiados por pasiones que los zarandean como muñecos. A veces fracasan, en otras ocasiones triunfan tras sobrellevar increíbles peripecias. Suelen comenzar generalmente como perdedores, y terminan triunfando, o al menos, derrotando sus propias debilidades y carencias.
        Tras cerrar las páginas de cualquiera de esas novelas, algo ha cambiado en nosotros, algo que nos purifica de muchas dolencias, reales o imaginarias. (Balzac, en su lecho de muerte, no pedía la visita de su médico de cabecera, sino del médico que aparecía en una de sus novelas) y nos brinda optimismo y esperanzas, como toda gran tragedia.
        La última instancia a la que puede acudir el lector ante un texto que le disgusta y que sin embargo la mayoría aprueba de manera incondicional, es el coraje de sus convicciones, y la defensa de su desencanto.
       También puede apelar al saludable escepticismo de la princesa Miagkaya.

 Una de dos, como hubiera dicho la terrible princesa, “O Alexei Karenin es un idiota, o la idiota soy yo. Y como nadie puede decir de sí mismo que es un idiota...”

jueves, 3 de octubre de 2013

Artefactos culturales y despilfarro




Mario Szichman

                                   
En ciertos días claros del verano neoyorquino nubes inesperadas se dibujan en el cielo. Provienen de una avioneta que lanza ráfagas de humo blanco para dibujar algunas letras. Sospecho que se trata de un aviso de una inmobiliaria. O tal vez del anuncio de una nueva gaseosa. Digo que sospecho porque nunca he podido ver The real thing.
Cada vez que por curiosidad alzo la mirada al cielo, las nubecitas que forman las letras han comenzado a disiparse. A veces he pensado que los organizadores de esa campaña deberían hacerle publicidad a su acción, para que los espectadores averigüen a qué hora exacta deben mirar hacia el cielo. ¿Tal vez en un previo anuncio dibujado por la misma avioneta en el mismo cielo?

Pienso en el enorme despilfarro que involucra ese inútil despliegue de nubes. A un costo bastante inferior, en épocas de plaga o de hambruna, nuestros antepasados aprovechaban las nubes existentes para ver ángeles flamígeros, la ascensión de la Virgen, o a San Jorge clavando en su lanza al dragón. Pero, si se piensa en detalle, todo artefacto cultural es un enorme despilfarro. Lo demuestra Hemingway con su teoría del iceberg, al señalar que el escritor debe mostrar en un libro sólo una séptima parte de lo que en realidad conoce.
Alix Freedman, quien fue editor de The Wall Street Journal, aconsejaba a sus periodistas “Destilar un barril de información en una botella de perfume”. Y muchos manuales de How-to-write advierten al escritor en ciernes que de cada tres adjetivos que intentan incorporar a su texto, dos suelen sobrar.
El escritor de ciencia ficción Harlan Ellison decía que “El noventa por ciento de toda obra de arte es materia prima”. Basta ver el mármol que usó Miguel Angel antes de sentirse satisfecho con su escultura de David. ¿Cuántas telas y pintura usó Leonardo en La última cena?  ¿Cuántos libros fueron leídos por Edward Gibbon antes de escribir The History of the Decline and Fall of the Roman Empire.

Ellison no andaba tan descaminado. El noventa por ciento de una obra de teatro es materia prima: el escenario, los decorados, el apuntador, los utileros, las luces. El noventa por ciento de lo que producen Broadway o Hollywood es materia prima que se recicla cada temporada. Lo que no es una remake es una secuela, lo que no es una copia es un simulacro. Tendremos Oliver Twist y El fantasma de la Ópera hasta el fin de los tiempos, junto con Frankestein y Drácula, y Hansel y Gretel, y las carreras de persecución en las calles de San Francisco, y los corpulentos imbéciles de las películas de acción. Un noventa por ciento será materia prima conocida, y el diez por ciento restante consistirá en diferentes rostros de actores o de actrices, distintos ángulos de cámaras, decorados o paisajes con otras tonalidades.
¿Cuantas cuevas similares a la de Altamira jamás serán holladas por la planta humana? ¿Cuantas tumbas de faraones, donde los artistas han sido enterrados con sus obras maestras, quedan aún sin explorar?
Marcel Proust escribe el chiste más prolongado de toda la literatura moderna: A la búsqueda del tiempo perdido. ¿Y en qué consiste la novela? En narrar la historia de Marcel, alguien que se parece demasiado al autor, y que sin embargo, nada tiene que ver con él, y dedica tres mil páginas a narrar las desventuras de un escritor que siempre encuentra alguna excusa para no escribir.

Gustave Flaubert escribe Bouvard y Pecuchet – In my modest opinion su obra maestra, superior a Madame Bovary, y muchísimo mejor que esa defensa del pequeño rentista que es La Educación Sentimental – con el único propósito de burlarse de la erudición, que es, según enuncia Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, “El polvo que cae de un libro a un cráneo vacío”.
Los obstinados escribientes Bouvard y Pecuchet pasan del estudio de la jardinería al estudio de la arquitectura, revisan la historia humana, la antropología, la medicina, la agronomía, la metafísica, y nada entienden. Y para redactar esa enciclopedia de la estupidez humana, y su complemento, el magnífico Diccionario de los lugares comunes, Flaubert tuvo que devorarse mil quinientos tratados, destilando un barril de información en una botella de perfume.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, señalaba Jorge Luis Borges. “El de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”. Borges, “más razonable, más inepto, más haragán”, prefirió “la escritura de notas sobre libros imaginarios”.

Otros, tal vez más ambiciosos, suponen que el despilfarro encubre la esperanza de inmortalidad. Pero inclusive la inmortalidad puede ser muy avara. Somerset Maugham dice que cuando hablamos de inmortalidad literaria, generalmente aludimos a un período de tres o cuatro siglos. Algo más si se trata de Don Quijote o de Gargantúa y Pantagruel.
Paul Collins, en su Banvard´s Folly, detalla lo efímero de las obras perennes en sus “Trece relatos de insigne oscuridad, famoso anonimato, y endemoniada suerte”, recuperando del olvido a personas injustamente célebres durante su vida, cuyos méritos eran tan absurdos como sus logros, y cuya inmortalidad no logró sobrevivir a sus muertes.
Como señala Collins, "cualquiera que revise los documentos de toda época pasada: diarios, contratos de venta, testamentos, tropezará únicamente con nombres olvidados". La teoría de los porcentajes también se aplica en estos casos. Construyeron sus obras de arte con un noventa por ciento de materia prima, destilaron barriles de sabiduría en botellas de perfume, y ahora el mundo los ignora en más de un noventa por ciento. Sus nombres se van desvaneciendo de nuestro horizonte cultural como un inútil despliegue de nubes exhaladas por una avioneta en ciertos días claros del verano neoyorquino.