miércoles, 24 de julio de 2013

Pierre Menard, autor de Bolaño



Mario Szichman


     Michael Wood ha ofrecido una interesante interpretación del fenómeno Roberto Bolaño. En la sección de libros de The New York Times, Wood dice que Bolaño ha surgido como el escritor póstumo más prolífico de nuestra era.
Y si se observa con atención, la carrera literaria de Bolaño, excepto por los breves años en que transitó la tierra, está constituida por libros postreros: media docena en español, una docena en inglés.
     No es mi tarea discutir los méritos o fallas de Bolaño. Para eso necesitaría estudiarlo, y por uno de esos misteriosos azares de mi historia personal, figura casi al tope de mi lista de autores que no pienso leer. Y no se trata de un prejuicio. Podría decir que me disgusta su escritura, pero eso sería una injusticia. Para brindar una opinión, debería haberlo leído. Leí, creo, unas veinte páginas de Los detectives salvajes. Para la mala suerte de Bolaño era por la misma época en que estaba leyendo The killer inside me, de Jim Thompson. Y después de convertirme en un adicto de Big Jim –creo haberme leído sus 29 novelas, algunas dos y tres veces– incurrir en la lectura de Bolaño me parecía igual que comer pizza Dominó después de haber probado la de Gandolfo, en Bergenline, New Jersey. (Es la única pizzería de la zona donde sus artesanos revolean la masa en la punta del dedo índice).
     Lejos de ser una desventaja, mi total ignorancia de la producción de Bolaño me permite analizar con cierto detachment su fulgurante ascenso y una fama acrecentada por su fallecimiento a los 50 años.
     André Malraux decía que la mejor forma de observar los peces en un acuario era del otro lado del vidrio. Como no estoy contaminado por la prosa o la poesía de Bolaño, me siento en condiciones de analizar su fama sin excesivos prejuicios. Y comparto lo enunciado por Wood: hay dos vidas literarias de Bolaño: una breve, del más acá, y otra que auguramos prolongada, del más allá. El Bolaño del más allá tiñe la prosa del Bolaño del más acá. Sin su más allá, su más acá sería distinto. O, para decirlo de otra manera, sin Pierre Menard, deberíamos conformarnos con un solo Roberto Bolaño. Y es posible que aunque hubiese sido un autor muy respetado, el hándicap de estar vivo pesaría de manera incómoda en la evaluación de sus contemporáneos.
      El Bolaño del más acá era un incansable trabajador intelectual. Y, según lo que he podido inferir, todas sus novelas fueron Works in progress. Eso sí, perseveró como un iluminado. Honor al mérito. Pero ¿sería Bolaño tan famoso si continuase vivo? ¿Le hubieran aceptado en vida toda su producción? Según Wood no todos sus relatos son publicables. Al menos, no en su indefinido estado de elaboración.
     Inclusive Los detectives salvajes fue sometida a una exhaustiva labor de edición y a numerosos recortes. Recuerda un poco lo ocurrido con Look Homeward Angel, la novela de Thomas Wolfe. Tal como señalé en nota anterior, un excelente editor, William Sloane, la rechazó tras leer sus primeras 200.000 palabras porque no le encontraba ni pies ni cabeza. Recién un segundo editor, Maxwell Perkins, se adentró en su laberinto, y tras recomendar extirparle 66.000 palabras, aconsejó su publicación.

     LOS MUNDOS PARALELOS
     DE ROBERTO BOLAÑO

El Tercer Reich es una de las novelas póstumas que dejó Bolaño en su gaveta. Al parecer, de acuerdo al crítico Wood, con Bolaño hay que vivir en mundos paralelos, colocando un pie en 1989, cuando la novela fue escrita, y el otro en la actualidad. Si uno lee la novela “como un desdichado editor de alrededor de 1990”, dice Wood, su preocupación principal sería cómo explicarle a Bolaño “que ese no era un libro terminado, que su trama no conducía a ninguna parte, y que sus personajes estaban sumergidos en la incoherencia”.
Durante sus últimos años de vida Bolaño fue adquiriendo fama a nivel internacional, especialmente gracias a Los detectives salvajes. A partir de su muerte, adquirió además una aureola. Conocer el trágico destino de Bolaño puede mejorar la apreciación de sus novelas, y acrecentar la devoción por el malogrado escritor.
Hace medio siglo, Robert Escarpit publicó un excelente libro sobre el humor. Y una de sus conjeturas era que la vida personal de un escritor podía alterar la percepción de su obra. Escarpit mencionaba esa excepcional sátira de Jonathan Swift titulada A Modest Proposition. La propuesta de Swift tenía como intención solucionar la hambruna que se registraba en Irlanda en las primeras décadas del siglo dieciocho. Para eso, propuso que las madres irlandesas vendieran a sus hijos al llegar al primer año de edad, a fin de que fueran merendados por los ricos. El escritor consideraba que el primer año de edad era la época ideal para utilizar los niños como alimento pues eran regordetes y sanos.
Escarpit, quien era un profesor universitario, hizo un experimento con los alumnos. Primero leyó una breve biografía de Swift, donde se explicaba su veta satírica, y luego leyó A Modest Proposition. Los alumnos celebraron a carcajadas el texto de Swift.
La historia en sí es horripilante. Pero como se trata de una sátira, tanto el autor como el lector logran tomar distancia del material. El humor negro anglosajón celebra el canibalismo, el asesinato conyugal, y el parricidio, y nadie se siente ofendido por ello. (Algún día hablaremos de esa joya que es El club de los parricidas, de Ambrose Bierce, uno de cuyos relatos, An Imperfect Conflagration, comienza así: “Early one June morning in 1872 I murdered my father, an act which made a deep impression on me at the time.” [i]
      Tras cesar las carcajadas, Escarpit informó que el autor de A Modest Proposition ya estaba en las primeras etapas de una grave enfermedad mental. ¿Existía realmente el distanciamiento irónico entre Swift y su material, o Swift realmente pensaba que era necesario comerse a los niños para solucionar la hambruna? La risa se congeló en los alumnos de Escarpit. Como puede comprobarse, existe más de una manera de leer un texto.

    NO HAY DOS LIBROS IGUALES
    AUNQUE SEAN IGUALES

    Pierre Menard, autor del Quijote es una ocurrencia genial de Jorge Luis Borges. La idea de que Pierre Menard, un escritor contemporáneo de  Bertrand Russell decide componer no otro Quijote, “sino el Quijote”, trastorna, con ese solo gesto, toda la idea de la literatura. El texto de Menard es absolutamente igual al de Cervantes. Excepto que su estilo es “arcaizante” y “adolece de alguna afectación”, a diferencia de su precursor “que maneja con desenfado el español corriente de su época”.
     El Quijote escrito por Cervantes, nos dice Borges, fue más fácil de elaborar que el Quijote escrito por Pierre Menard. El Quijote de Cervantes “no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco á la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención”. Pero Pierre Menard llega más lejos. “Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea”, dice.  Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete, señala Borges, “era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote”.
     Si dos libros exactamente iguales nunca son iguales, es por la interferencia del lector y del crítico. Borges cita por ejemplo una frase del Quijote:
“…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
     Esa frase, enunciada en el siglo diecisiete, es un “mero elogio retórico de la historia”. En cambio, enunciada en el siglo veinte, es asombrosa. Pues Menard es contemporáneo de William James, “quien no define la historia como una indagación de la realidad, sino como su origen”.
    Cervantes no leyó el Quijote de Pierre Menard, pero Pierre Menard leyó la versión de Cervantes. Y eso hace toda la diferencia.
    Hay distintas maneras de cruzar el umbral de la posteridad. Pierre Menard lo atraviesa conociendo los trescientos años de fama de Cervantes. Los lectores de Bolaño lo cruzan con más bríos si están enterados de que su muerte corroboró su talento, pero también lo acrecentó, haciéndolo sobresalir al cotejarlo con sus contemporáneos todavía imperfectos porque siguen vivos.
     Aquellos que comenzaron a leer a Bolaño en el más acá están menos perturbados por su fama póstuma. Por lo tanto, cuentan con mejores herramientas críticas para juzgar su obra. Aquello que empezaron a leer a Bolaño tras su muerte, lo analizan obnubilados por una abrumadora bibliografía que deja escasos resquicios a un atemperado examen de su calidad como artista.
    Como dice Wood, los elementos de fama extraliterarios en el caso de Bolaño “enriquecen la experiencia de lectura”. Pero eso sí, hay que estar enterados previamente de la historia personal de Bolaño para advertir que estamos en presencia de un genio. Algo que una lectura sin esos ingredientes muy difícilmente proporcione.




[i] Una mañana de junio de 1872, en hora temprana, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época.

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