domingo, 7 de febrero de 2016

La trilogía de la patria boba: Una aventura intelectual


Mario Szichman
Para
Margot Carrillo Pimentel
Alexis Rojas
Luis Javier Hernández
Libertad León
Lucía Parra
Gustavo Reyes
Juan Joel Linares
Y Carmen Virginia Carrillo




Estoy trabajando en una novela que tiene como héroe a un viajero del tiempo. Disfruto de sus peripecias mucho más que el mismo viajero. Una de las preguntas inevitables que se formula el protagonista es la misma que enunciamos la mayoría de los seres humanos ¿qué vida me hubiera gustado tener, en lugar de ésta que estoy disfrutando o padeciendo?
Durante muchos años pensé que no cambiaría mi vida por nada. Me encanta leer y escribir, y como le decía Balzac a George Sand, “La vida de escritor es maravillosa: hace lo que le gusta, y además le pagan”.
Pero entre los años 1981 y 2000, pensé muchas veces que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia. Recuerdo a Bernardo Kordon, un novelista que no ha recibido todavía el sitial merecido en la literatura argentina, me contó que empezó a escribir porque su padre tenía una imprenta donde fabricaba almanaques. Obviamente, había un período en que la imprenta del padre estaba ociosa. Por lo tanto, Kordon decidió usarla para publicar sus obras de ficción, primero cuentos, después novelas. Así inició su carrera de escritor.
Balzac fue dueño de una imprenta durante algún tiempo. Fracasó como empresario, pero triunfó como novelista. Pudo conocer al dedillo todo el proceso de la confección y publicación de un libro, y eso se refleja en su mejor novela: Ilusiones Perdidas. Mark Twain también quiso probar fortuna como editor de libros, y la aventura derivó en otro estrepitoso fiasco. Pero, como siempre ocurre con los artistas talentosos, la experiencia redituó beneficios. Al menos benefició a los lectores. Desesperado por la falta de dinero, Mark Twain produjo textos admirables, algunos, de un terrible pesimismo, como The Mysterious Stranger, describiendo varias visitas del diablo a la tierra. (Por uno de esos caprichos del destino, la novela fue publicada seis años después de la muerte del autor).    
Cuando Howard Fast, el autor de Mis gloriosos hermanos y Citizen Payne, fue puesto en la lista negra del senador Eugene McCarthy por su afiliación al partido Comunista norteamericano, todas las editoriales neoyorquinas le cerraron sus puertas. Fast optó por imprimir sus propios libros. Se compró una camioneta para distribuirlos, y publicó varios best-sellers que le permitieron vivir de manera holgada.  
Como señalé antes, entre 1981 y 2000, hubiera anhelado contar con una imprenta o una editorial propia. En 1981 publiqué la novela A las 20:25 la señora entró en la inmortalidad, que obtuvo el Premio de Ediciones del Norte. (Recomiendo la versión corregida y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo que circula en ebook. El título está levemente cambiado. Ahora se denomina A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad). Bueno, entre 1981 y el 2000, no publiqué nada. ¿Acaso había cesado de escribir? No, simplemente había cesado de ser aceptado por las editoriales. Es posible que mi insistencia en la temática de los Pechof, una familia judía marginalmente atrapada en las peripecias del peronismo, haya sido la razón principal.
Afortunadamente, en esa ocasión, me ayudó mi experiencia venezolana, y el apremio de Nelson Luis Martínez, director del periódico Últimas Noticias de Caracas, para que escribiera una novela sobre Francisco de Miranda, el trágico precursor de la independencia de la Gran Colombia. Ignoro cuantos años demoré en escribirla. Inicié el proyecto aproximadamente en 1985. Pero la redacté por temporadas, usando la tercera persona. Recién diez años después, cuando transferí la novela a la primera persona, empezó a prosperar.  
En el año 2000, Los Papeles de Miranda fue publicada por el editor venezolano José Agustín Catalá en Ediciones Centauro. Le siguieron en el 2004, con el mismo sello, Las dos muertes del general Simón Bolívar, y en el 2007, Los años de la guerra a muerte. Con respecto a ésta última novela, quiero hacer un pequeño aparte. Fue reeditada en el 2012, como versión digital. Es, con respecto a la primera versión, otra novela. Decenas de páginas fueron eliminadas, y unas 150 incorporadas. Una vez más, Carmen Virginia Carrillo contribuyó de manera decisiva a transformar la novela. El patito feo de la trilogía adquirió las galas de Blancanieves, y superó en ventas a Los papeles de Miranda.  
Despues de todo, las novelas no se esculpen en la piedra, se escriben con lápiz y papel, y si es posible mejorarlas, pues hay que hacerlo. Se podrían escribir varios tomos sobre las metamorfosis que sufrió The Sound and the Fury, de William Faulkner, desde su primera edición, en 1929. Faulkner reconoció que era la novela que más amaba, “pues me causó más pena y angustia, del mismo modo en que una madre quiere más al hijo que termina convertido en un ladrón o en un asesino, que aquel que deviene sacerdote”. Según Faulkner, hay cinco versiones distintas de la novela.
He aprendido otras cosas trabajando la idea del viajero del tiempo. Una de ellas es que el ser humano requiere al menos de dos vidas. En la primera, está autorizado a cometer todos los errores habidos y por haber, y en la segunda, transitar los mismos senderos, pero buscando atajos, a fin de eludir las calles ciegas y los puntos muertos. También sería bueno que cada persona tuviera su botón de reset. De esa manera recomenzaría la vida a partir de cero.
No hay nada como los prejuicios para entorpecer la tarea intelectual. ¿Por qué pasé veinte años tratando de recontar la historia de los Pechof? Tal vez por alguna especie de lealtad. Pero ¿lealtad hacia quién? ¿Hacia mi pasado judío? ¿Acaso un escritor judío traicionaba su estirpe escribiendo sobre próceres latinoamericanos? Y ahora que lo pienso, algo de eso existía. Inclusive urdí la trama de convertir a Francisco de Miranda en una especie de criptojudío. De esa manera, suponía que no estaba traicionando decisivamente mi herencia. Miranda no pertenecía a la familia Pechof, pero podía ser un familiar lejano.  
Eso trajo una divertida secuela. Un historiador venezolano retomó mi invención, y redactó un ensayo sugiriendo varias hipótesis que confirmarían mi sospecha sobre el origen judío de Miranda. No dudo que en algunos años más, alguien descubrirá un documento refrendando la circuncisión del prócer.  
Pero el otro prejuicio que demoró mi relanzamiento estaba ligado con el tiempo. Existe la tradición, en muchos círculos intelectuales, de que cuanto más demora un autor en finalizar su obra, mejor es el resultado. Generalmente, ocurre lo contrario. Un narrador escribe mejor  in white heat, inmerso en una frenética actividad, que tomándose las cosas con calma. La primera versión de The Sound and the Furry se escribió en seis semanas, así como The Killer Inside Me de Jim Thompson. Doctor Jekyll and Mr. Hyde fue escrita por Robert Louis Stevenson en tres días. Alejandro Dumas escribió en el 1845 El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. Cada una de ellas supera las 800 páginas.
Charles Dickens era otro monstruo a la hora de hacer gemir continuamente las prensas de las editoriales. Por lo tanto, si alguien demora demasiado tiempo con una obra, lo mejor que puede hacer es ponerla a descansar en un cajón de su escritorio, y emprender una nueva.
Cada aventura intelectual genera reacciones diferentes. Algunas resultan más fructíferas que otras. Y, en ese sentido, “La trilogía de la Patria Boba” ha representado para mí un enorme cambio con respecto a mi narrativa anterior. Por supuesto, no reniego de La trilogía del Mar Dulce. Sigo disfrutando de las peripecias de los Pechof, especialmente en A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad. Y después que Carmen Virginia editó Los judíos del Mar Dulce, me siento muy reconfortado con los resultados. La primera versión era la de un escritor novato que deseaba contar demasiadas cosas en menos de 250 páginas. La segunda versión es la de un profesional editado por una profesional. Y es más entretenida que la primera. (Falta la reedición de La verdadera crónica falsa. Ya vendrá en algún momento, Carmen Virginia. Ya vendrá).
Pero “La trilogía del Mar Dulce” es una obra solipsista. Como si yo y mi alma hubieran narrado las malandanzas de los Pechof. Y frente a mí estaba la real familia de la cual extraje algunos episodios de sus vidas. En realidad, esas novelas marcaron el ostracismo parental. Algunos miembros de la estirpe me reprocharon que los hubiera tomado en broma, o recreado algunos de sus tics o sus formas de expresión. A partir de ese momento, dejé de ser una persona muy popular en el seno de los Szichman y de los Szylder.
En cambio, “La trilogía de la Patria Boba” es una obra con muchas voces. Y eso hace toda la diferencia.  
Pude verificarlo cuando el núcleo Rafael Rangel de la universidad de Los Andes, en Venezuela, me invitó a participar en El Seminario sobre Novela Histórica. Eso fue a comienzos de mayo de 2012. No he tenido un aprendizaje tan creador en toda mi vida. Y dudo que en otras universidades de América Latina exista ese entusiasmo acompañado de una amable beligerancia a la hora de canjear ideas con el escritor.  
Los narradores suelen lanzar una botella al mar, y con suerte, obtener, en el curso de muchos años, la respuesta de uno o dos lectores. Pero ¿qué ocurre cuando son treinta, cuarenta, cincuenta, los lectores que han leído sus novelas de cabo a rabo y lo acosan con preguntas?  
Todo ese proceso concluyó en un libro. (Mallarmé, según Borges, decía que “La vida ha sido hecha para culminar en un libro”). El volumen se titula “Trilogía de la patria boba de Mario Szichman”, y el subtítulo es “Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI”). Me gusta mucho el subtítulo porque expresa con claridad la intención de esa trilogía. (Que espero se ampliará. Hay al menos una novela finalizada que, en caso de publicarse, permitirá transfigurar la trilogía en tetralogía).  
Le tengo gran desconfianza a lo que se considera “novela histórica”. Si dejamos de lado La guerra y la paz, de León Tolstoi, la novela histórica carga con cierto acartonamiento que la convierte en territorio exclusivo de los próceres. Uno no va a leer una novela protagonizada por Napoleón Bonaparte, George Washington, o Abraham Lincoln, aguardando excesivas sorpresas acerca del actor principal. Y menos en América Latina, donde José de San Martín ha sido rebautizado como “El santo de la espada”, y en la cual el culto a Bolívar ha forjado esa fantasía de opereta tragicómica que es la República Bolivariana creada y destruida por Hugo Chávez Frías y por Nicolás Maduro.
Leer los trabajos que analizan la Trilogía de la Patria Boba me hace sentir muy orgulloso, claro está. Pero hay algo más importante: me brinda entusiasmo, pues hay crítica, hay comentario, hay sugerencias y señalamientos, y eso demuestra que me falta mucho por hacer, por revisar, por replantear. 
En los profesores y graduados de la universidad de Los Andes, Núcleo Rafael Rangel de Trujillo, encontré una fuente inagotable de propuestas y la certificación de que toda obra es A work in progress. Gracias a la imaginación dialógica su irradiación puede ser infinita.


El análisis de la nueva novela histórica por parte de Margot Carrillo Pimentel, de la trilogía completa por parte de Carmen Virginia Carrillo Torea, la “representación de “un héroe más humano en Los papeles de Miranda” de Alexis del Carmen Rojas Paredes, la “deriva entre cotidianeidad  y referente histórico en la novela” por parte de Luis Javier Hernández Carmona, o los escritos de Juan Joel Linares y de Lucía Parra (créeme, Lucía, realmente te luces), son muy buenos aportes a la comprensión de un período histórico sin precedentes. Y apenas forman parte de la historia.
   Querría hacer otro aparte con dos textos de la profesora Libertad León González. Uno trabaja el “Discurso en tres tiempos” en Las dos muertes del general Simón Bolívar; el otro formula un acercamiento semiótico a Los años de la guerra a muerte.
En su primer ensayo, Libertad León propone una dinámica de la escritura que me hubiera gustado incorporar a la novela. Dice la ensayista que “los desplazamientos” en esa narración “también se producen en los escenarios de la historia que se cuenta haciendo uso de diversos géneros literarios”. Amo el cine y amo el teatro, y en ocasiones me gustaría colocar a mis personajes no entre las dos portadas de un libro, sino en un escenario. Pero, al mismo tiempo, ni el cine ni el teatro facilitan usar distintos géneros literarios, solo la novela. Afortunadamente, la ensayista muestra un camino creador para esa conjunción entre los diferentes niveles. E insisto en el término creador porque hay, en mi opinión, dos clases de críticos, quienes estimulan la invención, y quienes se limitan a recrear lo que dice el autor. Con la pauta ofrecida por Libertad León podría escribir una novela de índole histórica muy distinta a las anteriores, instalando una modernidad inesperada.
En relación al acercamiento semiótico en Los años de la guerra a muerte, Libertad León me ha gratificado extrayendo de entre bastidores a un personaje entrañable: el pintor Eusebio.
Creo que los narradores tienen sus protagonistas, y también sus hijos del amor. Eusebio es uno de ellos, al igual que El Hombre de Hielo, otro personaje de Los años de la guerra a muerte. Se trata de esos seres que surgen cuando el autor menos se lo espera.  De nuevo, como en su trabajo sobre la dinámica de la narración, Libertad León consigue dar tres dimensiones al texto. Soy un pintor fracasado, y me fascina la creación pictórica. Eusebio encarna lo que hubiera deseado ser, de no haberme encarrilado por el territorio de la novela. Estudiar las páginas que dedicó Libertad León al personaje han servido, y mucho para otro proyecto en ciernes. (Espero, Libertad, que veas en mi próxima novela indicios de tu trabajo, especialmente, en el amor con que intento trazar la figura de Goya).
Un texto suele ser, en la mayoría de las circunstancias, la diseminación de otros textos. Y los autores que han participado en el libro han proliferado en sus tareas críticas, e integran un elenco del cual deseo formar parte. Están empecinados en descubrir y redescubrir una de las literaturas más ricas, menos conocidas de América Latina.   
Admiro a Margot Margot Carrillo Pimentel por su bello libro sobre Enrique Bernando Nuñez y su novela Cubagua, uno de los grandes secretos de nuestra narrativa. Hubiera querido conocer antes el trabajo de Luis Javier Hernández Carmona sobre Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, pues trastorna todo lo que se había escrito previamente sobre esa novela seminal. Por cierto, Luis Javier ha escrito una excelente novela, El inquilino de la intemperie. No hay en la producción actual venezolana muchos textos que lleguen a su nivel. Y créanme, leo mucha narrativa venezolana.
Sin De la belleza y el furor, de Carmen Virginia Carrillo, mi conocimiento de la poesía venezolana de las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado, sería paupérrimo. Ese libro es toda una revelación. Un páramo se ha convertido en un vergel, reseñando uno de los períodos más ricos de la moderna poesía venezolana. 
Libertad León González ha escrito una gema de ensayo sobre Octavio Paz en su libro La paradoja del amor. Alexis del Carmen Rojas Paredes me ha redescubierto no solo al Miranda de Los Papeles, sino al que reaparece en Eros y la doncella. Su trabajo es un fuego de artificio de ideas. Gracias a su escritura, redescubrí la teatralidad de la Gran Revolución. Y last but not least Lucía Parra y Juan Joel Linares Simancas. Ambos van a dar mucho que hablar, tanto en la poesía como el ensayo. Pertenecen a una nueva generación que ni olvida a sus mayores, ni come cuentos. Además, ambos escriben con gran talento.
Mi amor por Venezuela se refleja en La trilogía de la patria boba. Y mi renovada pasión por Venezuela, y mis deseos de incorporar otras novelas a ese ciclo se deben, en buena parte, a los ensayistas que participaron en el libro.
Si en otras ocasiones pensé que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia, creo que ahora es más plena, porque he conocido a autores muy vitales, muy creadores, que amplían, de manera constante, el campo intelectual. Y que además, son generosos amigos, proclives a propiciar la creación.
          Al  escribir  las novelas históricas sobre  Venezuela quemé algunas naves, pero  no  me  arrepiento. Dudo  que  muchos  de  mis  lectores  compartan  mis opiniones  sobre   los   héroes   de  la   independencia.  En  otras  latitudes   un extranjero, un musiú que se anime a escribir sobre  los próceres  es  observado con ojos sospechosos, sin importar la perspectiva que adopta. Ni siquiera aquel que prodiga elogios sobre los padres de la patria está a salvo del anatema o del escarnio. En ese sentido, creo que en Venezuela, la  tierra  que  he elegido para querer, tanto como quiero a su gente, la cosa es  distinta, simplemente  porque sin   importar   sus  avatares, o  sus  tiranuelos, o  sus  enfermos  mentales con delirios de   grandeza,  esa   patria, como   afirmaba  El Libertador, sigue siendo Caribe y no boba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario