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domingo, 7 de febrero de 2016

La trilogía de la patria boba: Una aventura intelectual


Mario Szichman
Para
Margot Carrillo Pimentel
Alexis Rojas
Luis Javier Hernández
Libertad León
Lucía Parra
Gustavo Reyes
Juan Joel Linares
Y Carmen Virginia Carrillo




Estoy trabajando en una novela que tiene como héroe a un viajero del tiempo. Disfruto de sus peripecias mucho más que el mismo viajero. Una de las preguntas inevitables que se formula el protagonista es la misma que enunciamos la mayoría de los seres humanos ¿qué vida me hubiera gustado tener, en lugar de ésta que estoy disfrutando o padeciendo?
Durante muchos años pensé que no cambiaría mi vida por nada. Me encanta leer y escribir, y como le decía Balzac a George Sand, “La vida de escritor es maravillosa: hace lo que le gusta, y además le pagan”.
Pero entre los años 1981 y 2000, pensé muchas veces que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia. Recuerdo a Bernardo Kordon, un novelista que no ha recibido todavía el sitial merecido en la literatura argentina, me contó que empezó a escribir porque su padre tenía una imprenta donde fabricaba almanaques. Obviamente, había un período en que la imprenta del padre estaba ociosa. Por lo tanto, Kordon decidió usarla para publicar sus obras de ficción, primero cuentos, después novelas. Así inició su carrera de escritor.
Balzac fue dueño de una imprenta durante algún tiempo. Fracasó como empresario, pero triunfó como novelista. Pudo conocer al dedillo todo el proceso de la confección y publicación de un libro, y eso se refleja en su mejor novela: Ilusiones Perdidas. Mark Twain también quiso probar fortuna como editor de libros, y la aventura derivó en otro estrepitoso fiasco. Pero, como siempre ocurre con los artistas talentosos, la experiencia redituó beneficios. Al menos benefició a los lectores. Desesperado por la falta de dinero, Mark Twain produjo textos admirables, algunos, de un terrible pesimismo, como The Mysterious Stranger, describiendo varias visitas del diablo a la tierra. (Por uno de esos caprichos del destino, la novela fue publicada seis años después de la muerte del autor).    
Cuando Howard Fast, el autor de Mis gloriosos hermanos y Citizen Payne, fue puesto en la lista negra del senador Eugene McCarthy por su afiliación al partido Comunista norteamericano, todas las editoriales neoyorquinas le cerraron sus puertas. Fast optó por imprimir sus propios libros. Se compró una camioneta para distribuirlos, y publicó varios best-sellers que le permitieron vivir de manera holgada.  
Como señalé antes, entre 1981 y 2000, hubiera anhelado contar con una imprenta o una editorial propia. En 1981 publiqué la novela A las 20:25 la señora entró en la inmortalidad, que obtuvo el Premio de Ediciones del Norte. (Recomiendo la versión corregida y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo que circula en ebook. El título está levemente cambiado. Ahora se denomina A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad). Bueno, entre 1981 y el 2000, no publiqué nada. ¿Acaso había cesado de escribir? No, simplemente había cesado de ser aceptado por las editoriales. Es posible que mi insistencia en la temática de los Pechof, una familia judía marginalmente atrapada en las peripecias del peronismo, haya sido la razón principal.
Afortunadamente, en esa ocasión, me ayudó mi experiencia venezolana, y el apremio de Nelson Luis Martínez, director del periódico Últimas Noticias de Caracas, para que escribiera una novela sobre Francisco de Miranda, el trágico precursor de la independencia de la Gran Colombia. Ignoro cuantos años demoré en escribirla. Inicié el proyecto aproximadamente en 1985. Pero la redacté por temporadas, usando la tercera persona. Recién diez años después, cuando transferí la novela a la primera persona, empezó a prosperar.  
En el año 2000, Los Papeles de Miranda fue publicada por el editor venezolano José Agustín Catalá en Ediciones Centauro. Le siguieron en el 2004, con el mismo sello, Las dos muertes del general Simón Bolívar, y en el 2007, Los años de la guerra a muerte. Con respecto a ésta última novela, quiero hacer un pequeño aparte. Fue reeditada en el 2012, como versión digital. Es, con respecto a la primera versión, otra novela. Decenas de páginas fueron eliminadas, y unas 150 incorporadas. Una vez más, Carmen Virginia Carrillo contribuyó de manera decisiva a transformar la novela. El patito feo de la trilogía adquirió las galas de Blancanieves, y superó en ventas a Los papeles de Miranda.  
Despues de todo, las novelas no se esculpen en la piedra, se escriben con lápiz y papel, y si es posible mejorarlas, pues hay que hacerlo. Se podrían escribir varios tomos sobre las metamorfosis que sufrió The Sound and the Fury, de William Faulkner, desde su primera edición, en 1929. Faulkner reconoció que era la novela que más amaba, “pues me causó más pena y angustia, del mismo modo en que una madre quiere más al hijo que termina convertido en un ladrón o en un asesino, que aquel que deviene sacerdote”. Según Faulkner, hay cinco versiones distintas de la novela.
He aprendido otras cosas trabajando la idea del viajero del tiempo. Una de ellas es que el ser humano requiere al menos de dos vidas. En la primera, está autorizado a cometer todos los errores habidos y por haber, y en la segunda, transitar los mismos senderos, pero buscando atajos, a fin de eludir las calles ciegas y los puntos muertos. También sería bueno que cada persona tuviera su botón de reset. De esa manera recomenzaría la vida a partir de cero.
No hay nada como los prejuicios para entorpecer la tarea intelectual. ¿Por qué pasé veinte años tratando de recontar la historia de los Pechof? Tal vez por alguna especie de lealtad. Pero ¿lealtad hacia quién? ¿Hacia mi pasado judío? ¿Acaso un escritor judío traicionaba su estirpe escribiendo sobre próceres latinoamericanos? Y ahora que lo pienso, algo de eso existía. Inclusive urdí la trama de convertir a Francisco de Miranda en una especie de criptojudío. De esa manera, suponía que no estaba traicionando decisivamente mi herencia. Miranda no pertenecía a la familia Pechof, pero podía ser un familiar lejano.  
Eso trajo una divertida secuela. Un historiador venezolano retomó mi invención, y redactó un ensayo sugiriendo varias hipótesis que confirmarían mi sospecha sobre el origen judío de Miranda. No dudo que en algunos años más, alguien descubrirá un documento refrendando la circuncisión del prócer.  
Pero el otro prejuicio que demoró mi relanzamiento estaba ligado con el tiempo. Existe la tradición, en muchos círculos intelectuales, de que cuanto más demora un autor en finalizar su obra, mejor es el resultado. Generalmente, ocurre lo contrario. Un narrador escribe mejor  in white heat, inmerso en una frenética actividad, que tomándose las cosas con calma. La primera versión de The Sound and the Furry se escribió en seis semanas, así como The Killer Inside Me de Jim Thompson. Doctor Jekyll and Mr. Hyde fue escrita por Robert Louis Stevenson en tres días. Alejandro Dumas escribió en el 1845 El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. Cada una de ellas supera las 800 páginas.
Charles Dickens era otro monstruo a la hora de hacer gemir continuamente las prensas de las editoriales. Por lo tanto, si alguien demora demasiado tiempo con una obra, lo mejor que puede hacer es ponerla a descansar en un cajón de su escritorio, y emprender una nueva.
Cada aventura intelectual genera reacciones diferentes. Algunas resultan más fructíferas que otras. Y, en ese sentido, “La trilogía de la Patria Boba” ha representado para mí un enorme cambio con respecto a mi narrativa anterior. Por supuesto, no reniego de La trilogía del Mar Dulce. Sigo disfrutando de las peripecias de los Pechof, especialmente en A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad. Y después que Carmen Virginia editó Los judíos del Mar Dulce, me siento muy reconfortado con los resultados. La primera versión era la de un escritor novato que deseaba contar demasiadas cosas en menos de 250 páginas. La segunda versión es la de un profesional editado por una profesional. Y es más entretenida que la primera. (Falta la reedición de La verdadera crónica falsa. Ya vendrá en algún momento, Carmen Virginia. Ya vendrá).
Pero “La trilogía del Mar Dulce” es una obra solipsista. Como si yo y mi alma hubieran narrado las malandanzas de los Pechof. Y frente a mí estaba la real familia de la cual extraje algunos episodios de sus vidas. En realidad, esas novelas marcaron el ostracismo parental. Algunos miembros de la estirpe me reprocharon que los hubiera tomado en broma, o recreado algunos de sus tics o sus formas de expresión. A partir de ese momento, dejé de ser una persona muy popular en el seno de los Szichman y de los Szylder.
En cambio, “La trilogía de la Patria Boba” es una obra con muchas voces. Y eso hace toda la diferencia.  
Pude verificarlo cuando el núcleo Rafael Rangel de la universidad de Los Andes, en Venezuela, me invitó a participar en El Seminario sobre Novela Histórica. Eso fue a comienzos de mayo de 2012. No he tenido un aprendizaje tan creador en toda mi vida. Y dudo que en otras universidades de América Latina exista ese entusiasmo acompañado de una amable beligerancia a la hora de canjear ideas con el escritor.  
Los narradores suelen lanzar una botella al mar, y con suerte, obtener, en el curso de muchos años, la respuesta de uno o dos lectores. Pero ¿qué ocurre cuando son treinta, cuarenta, cincuenta, los lectores que han leído sus novelas de cabo a rabo y lo acosan con preguntas?  
Todo ese proceso concluyó en un libro. (Mallarmé, según Borges, decía que “La vida ha sido hecha para culminar en un libro”). El volumen se titula “Trilogía de la patria boba de Mario Szichman”, y el subtítulo es “Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI”). Me gusta mucho el subtítulo porque expresa con claridad la intención de esa trilogía. (Que espero se ampliará. Hay al menos una novela finalizada que, en caso de publicarse, permitirá transfigurar la trilogía en tetralogía).  
Le tengo gran desconfianza a lo que se considera “novela histórica”. Si dejamos de lado La guerra y la paz, de León Tolstoi, la novela histórica carga con cierto acartonamiento que la convierte en territorio exclusivo de los próceres. Uno no va a leer una novela protagonizada por Napoleón Bonaparte, George Washington, o Abraham Lincoln, aguardando excesivas sorpresas acerca del actor principal. Y menos en América Latina, donde José de San Martín ha sido rebautizado como “El santo de la espada”, y en la cual el culto a Bolívar ha forjado esa fantasía de opereta tragicómica que es la República Bolivariana creada y destruida por Hugo Chávez Frías y por Nicolás Maduro.
Leer los trabajos que analizan la Trilogía de la Patria Boba me hace sentir muy orgulloso, claro está. Pero hay algo más importante: me brinda entusiasmo, pues hay crítica, hay comentario, hay sugerencias y señalamientos, y eso demuestra que me falta mucho por hacer, por revisar, por replantear. 
En los profesores y graduados de la universidad de Los Andes, Núcleo Rafael Rangel de Trujillo, encontré una fuente inagotable de propuestas y la certificación de que toda obra es A work in progress. Gracias a la imaginación dialógica su irradiación puede ser infinita.


El análisis de la nueva novela histórica por parte de Margot Carrillo Pimentel, de la trilogía completa por parte de Carmen Virginia Carrillo Torea, la “representación de “un héroe más humano en Los papeles de Miranda” de Alexis del Carmen Rojas Paredes, la “deriva entre cotidianeidad  y referente histórico en la novela” por parte de Luis Javier Hernández Carmona, o los escritos de Juan Joel Linares y de Lucía Parra (créeme, Lucía, realmente te luces), son muy buenos aportes a la comprensión de un período histórico sin precedentes. Y apenas forman parte de la historia.
   Querría hacer otro aparte con dos textos de la profesora Libertad León González. Uno trabaja el “Discurso en tres tiempos” en Las dos muertes del general Simón Bolívar; el otro formula un acercamiento semiótico a Los años de la guerra a muerte.
En su primer ensayo, Libertad León propone una dinámica de la escritura que me hubiera gustado incorporar a la novela. Dice la ensayista que “los desplazamientos” en esa narración “también se producen en los escenarios de la historia que se cuenta haciendo uso de diversos géneros literarios”. Amo el cine y amo el teatro, y en ocasiones me gustaría colocar a mis personajes no entre las dos portadas de un libro, sino en un escenario. Pero, al mismo tiempo, ni el cine ni el teatro facilitan usar distintos géneros literarios, solo la novela. Afortunadamente, la ensayista muestra un camino creador para esa conjunción entre los diferentes niveles. E insisto en el término creador porque hay, en mi opinión, dos clases de críticos, quienes estimulan la invención, y quienes se limitan a recrear lo que dice el autor. Con la pauta ofrecida por Libertad León podría escribir una novela de índole histórica muy distinta a las anteriores, instalando una modernidad inesperada.
En relación al acercamiento semiótico en Los años de la guerra a muerte, Libertad León me ha gratificado extrayendo de entre bastidores a un personaje entrañable: el pintor Eusebio.
Creo que los narradores tienen sus protagonistas, y también sus hijos del amor. Eusebio es uno de ellos, al igual que El Hombre de Hielo, otro personaje de Los años de la guerra a muerte. Se trata de esos seres que surgen cuando el autor menos se lo espera.  De nuevo, como en su trabajo sobre la dinámica de la narración, Libertad León consigue dar tres dimensiones al texto. Soy un pintor fracasado, y me fascina la creación pictórica. Eusebio encarna lo que hubiera deseado ser, de no haberme encarrilado por el territorio de la novela. Estudiar las páginas que dedicó Libertad León al personaje han servido, y mucho para otro proyecto en ciernes. (Espero, Libertad, que veas en mi próxima novela indicios de tu trabajo, especialmente, en el amor con que intento trazar la figura de Goya).
Un texto suele ser, en la mayoría de las circunstancias, la diseminación de otros textos. Y los autores que han participado en el libro han proliferado en sus tareas críticas, e integran un elenco del cual deseo formar parte. Están empecinados en descubrir y redescubrir una de las literaturas más ricas, menos conocidas de América Latina.   
Admiro a Margot Margot Carrillo Pimentel por su bello libro sobre Enrique Bernando Nuñez y su novela Cubagua, uno de los grandes secretos de nuestra narrativa. Hubiera querido conocer antes el trabajo de Luis Javier Hernández Carmona sobre Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, pues trastorna todo lo que se había escrito previamente sobre esa novela seminal. Por cierto, Luis Javier ha escrito una excelente novela, El inquilino de la intemperie. No hay en la producción actual venezolana muchos textos que lleguen a su nivel. Y créanme, leo mucha narrativa venezolana.
Sin De la belleza y el furor, de Carmen Virginia Carrillo, mi conocimiento de la poesía venezolana de las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado, sería paupérrimo. Ese libro es toda una revelación. Un páramo se ha convertido en un vergel, reseñando uno de los períodos más ricos de la moderna poesía venezolana. 
Libertad León González ha escrito una gema de ensayo sobre Octavio Paz en su libro La paradoja del amor. Alexis del Carmen Rojas Paredes me ha redescubierto no solo al Miranda de Los Papeles, sino al que reaparece en Eros y la doncella. Su trabajo es un fuego de artificio de ideas. Gracias a su escritura, redescubrí la teatralidad de la Gran Revolución. Y last but not least Lucía Parra y Juan Joel Linares Simancas. Ambos van a dar mucho que hablar, tanto en la poesía como el ensayo. Pertenecen a una nueva generación que ni olvida a sus mayores, ni come cuentos. Además, ambos escriben con gran talento.
Mi amor por Venezuela se refleja en La trilogía de la patria boba. Y mi renovada pasión por Venezuela, y mis deseos de incorporar otras novelas a ese ciclo se deben, en buena parte, a los ensayistas que participaron en el libro.
Si en otras ocasiones pensé que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia, creo que ahora es más plena, porque he conocido a autores muy vitales, muy creadores, que amplían, de manera constante, el campo intelectual. Y que además, son generosos amigos, proclives a propiciar la creación.
          Al  escribir  las novelas históricas sobre  Venezuela quemé algunas naves, pero  no  me  arrepiento. Dudo  que  muchos  de  mis  lectores  compartan  mis opiniones  sobre   los   héroes   de  la   independencia.  En  otras  latitudes   un extranjero, un musiú que se anime a escribir sobre  los próceres  es  observado con ojos sospechosos, sin importar la perspectiva que adopta. Ni siquiera aquel que prodiga elogios sobre los padres de la patria está a salvo del anatema o del escarnio. En ese sentido, creo que en Venezuela, la  tierra  que  he elegido para querer, tanto como quiero a su gente, la cosa es  distinta, simplemente  porque sin   importar   sus  avatares, o  sus  tiranuelos, o  sus  enfermos  mentales con delirios de   grandeza,  esa   patria, como   afirmaba  El Libertador, sigue siendo Caribe y no boba.

domingo, 29 de junio de 2014

Esta Patria es Caribe y no Boba



Mario Szichman

“Esta Patria es Caribe y no Boba”

Simón Bolívar




Hay dos frases que me han acompañado buena parte de mi vida. Una de ellas pertenece a Balzac: “No se puede ser un gran hombre a bajo precio”. La otra es de Dylan Thomas: “¡Qué bello es el humo de las propias naves quemadas!”

La lucha por la independencia de la Gran Colombia está repleta de gigantes que incineraron sus naves. Se quemaron en un incendio que diezmó literalmente a su población. Bolívar, quizás el hombre más rico de Venezuela al comenzar la lucha, concluyó literalmente con una camisa cubriendo su cuerpo, posiblemente prestada. Sus camaradas de armas sufrieron muertes horribles. José Félix Ribas, uno de sus más valientes y más audaces generales, fue asesinado tras una delación, y su cabeza puesta dentro de una jaula. La guerra a muerte declarada por Bolívar cobró un terrible precio en la población venezolana, y los españoles reaccionaron con la misma fiereza. José Tomás Boves, el asturiano, el gran rival de Bolívar en la primera época de las batallas por la independencia, y su caudillo más popular, organizaba bailes con las esposas de militares patriotas que pedían clemencia para sus maridos. Al concluir las danzas bailadas a la mortecina luz de las velas, las mujeres descubrían los cadáveres de sus esposos reclinados en sillones.

No hay en toda la historia latinoamericana una bravuconada mayor que la de Bolívar luego del terremoto de julio de 1812 que diezmó a sus fuerzas y dejó ilesas a las tropas enemigas: “Si la naturaleza se opone”, dijo Bolívar en esa ocasión, “lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Los jefes patriotas, y hay que reconocer, varios generales españoles, eran bigger than life, tanto en su valentía como en sus atrocidades.  No se puede ser gran hombre a bajo precio.

Mi pasión por la historia venezolana comenzó en 1967, cuando llegué por primera vez a Caracas y descubrí el libro El culto a Bolívar, escrito por uno de los grandes historiadores venezolanos, Germán Carrera Damas. Si bien durante los años siguientes escribí la Trilogía del Mar Dulce, tres novelas sobre los Pechof, una familia de judíos argentinos; la idea de pergeñar una saga sobre la independencia de la Gran Colombia nunca me abandonó, aunque pasaron dos décadas antes de poder concretarla.

Publiqué en el 2000 Los papeles de Miranda, en el 2004 Las dos muertes del general Simón Bolívar, y en el 2007 Los años de la guerra a muerte. Entre 1980, año en que divulgué A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad, y el 2000, en que apareció Los Papeles de Miranda, no publiqué nada. Nunca dejé de escribir, pero no encontraba editor para mis novelas. El viraje de una narrativa familiar a otra histórica la explico en parte en el libro Trilogía de la Patria Boba de Mario Szichman, Una propuesta de novela histórica del siglo XXI [i], cuya compilación y edición estuvo a cargo de la profesora Carmen Virginia Carrillo. El libro acaba de aparecer en su versión electrónica, ya está a la venta en Kobo y próximamente estará disponible en Amazon, Barnes & Nobel, Itunes stores y otras librerías virtuales. 
El resto del libro está henchido de ensayos muy inteligentes, muy bien escritos, y que tienen una cualidad bastante difícil de encontrar: no solo enseñan al lector, sino al escritor. Y esto no lo digo por agradecimiento o por afán de elogio. Siempre he creído que a Dickens le hubiera venido muy bien revisar sus escritos tras leer la crítica de ese monstruo genial que se llama Joseph Hillis Miller. Lamentablemente, Dickens falleció algunas décadas antes del nacimiento del crítico.

Nunca he creído en la soledad del escritor, o en el genio del escritor. El escritor necesita comunicarse con sus lectores y críticos. Necesita cultivar su oficio (lo que otros llaman injustamente genio) en contacto con sus lectores y críticos. Yo soy un privilegiado pues los ensayistas que han participado con sus trabajos para el libro me han enseñado. Inclusive sus ideas las he ido incorporando a nuevos trabajos.

Desde que descubrí a Mijail Bajtin, insisto hasta el aburrimiento en la idea de que el escritor funciona a partir de la imaginación dialógica. Les voy a dar un ejemplo de lo que es un mal crítico y un buen crítico.

Hace muchos años un escritor argentino hizo la crítica de una de mis primeras novelas. Era uno de los famosos “tapados”, seres clandestinos que estaban revolucionando las artes y cuya fama no se divulgaba pues se negaban a comercializar su talento. Los atributos del tapado eran que hablaba poco, y sus escritos eran incomprensibles. Pero la incomprensión formaba parte de su talento y de su atractivo. Como me explicó uno de sus admiradores,  “Sin el tapado, todavía andaríamos arrastrando las espuelas y susurrando alguna estrofa del Martín Fierro”. Tuve, es cierto, la dicha de que el tapado comentara mi novela. Pero la intriga me carcomía. ¿Le había gustado la novela? ¿Le había parecido un bodrio? ¿Cuáles eran sus fallas?

      Un día, me encontré con el tapado en la calle Corrientes. Y trémulo le pregunté qué opinaba de mi novela. Y él me respondió: “No pretenderás que te haga una crítica del gusto. Antes me muero que hacer una crítica del gusto. ¿Vez esta alcantarilla?” el tapado me señaló la entrada a una cloaca, cubierta con una tapa redonda. “Bueno, antes que hacer una crítica del gusto, levanto la tapa, y me lanzo de cabeza. La crítica del gusto está muerta. Prefiero el olor a podrido que hacer una crítica del gusto”.

      Pasaron varios años, y leí otras críticas sobre mi obra, y comprobé que mi novela no era buena. Era la obra de un principiante. Pero estoy seguro de que el tapado hubiera seguido leyendo  mis novelas, aunque hubiesen sido malísimas, porque él no creía en la crítica del gusto. Su labor como crítico a nadie ayudaba, aunque todos estaban seguros de que era un genio.

      Leer los trabajos que analizan la Trilogía de la Patria Boba por supuesto que me hace sentir orgulloso, pero hay algo mucho más importante: me brinda entusiasmo, pues hay crítica, hay comentario, hay sugerencias y señalamientos, y eso demuestra que me falta mucho por hacer, por revisar y por replantear.

En los profesores y graduados de la universidad de Los Andes, Núcleo Rafael Rangel de Trujillo encontré una fuente inagotable de propuestas y la certificación de que toda obra es A work in progress. Gracias a la imaginación dialógica su irradiación puede ser infinita.

El análisis de la nueva novela histórica por parte de Margot Carrillo Pimentel, de la trilogía completa por parte de Carmen Virginia Carrillo Torea, la “representación de “un héroe más humano en Los papeles de Miranda de Alexis del Carmen Rojas Paredes, la “deriva entre cotidianeidad  y referente histórico en la novela” por Luis Javier Hernández Carmona,  el discurso en tres tiempos de Las dos muertes del general Simón Bolívar por Libertad León González, su posterior examen de Los años de la guerra a muerte así como los escritos de Lucía Parra y de Juan Joel Linares  Simancas son notables. Y afortunadamente, apenas forman parte de la historia. Todos ellos han proliferado en sus tareas críticas, e integran un elenco del cual me siento orgulloso de formar parte. Están empecinados en descubrir y redescubrir una de las literaturas más ricas, menos conocidas de América Latina. Admiro a Margot Margot Carrillo Pimentel por un bello libro que escribió sobre Enrique Bernando Nuñez y su novela Cubagua, uno de los grandes secretos de nuestra narrativa. Hubiera querido conocer antes el trabajo de Luis Javier Hernández Carmona sobre Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, pues trastorna todo lo que se había escrito previamente sobre esa novela seminal y lanza planteos a tener muy en cuenta. Sin De la belleza y el furor, de Carmen Virginia Carrillo, mi conocimiento de la poesía venezolana de las décadas del sesenta y del setenta sería paupérrimo. (Hago una breve mención de la otra parte, su participación en la  reedición de mis novelas y su decisiva e insustituible participación en mis dos últimas narraciones). Libertad León González ha escrito una gema de ensayo sobre Octavio Paz. Alexis del Carmen Rojas Paredes me ha redescubierto no solo al Miranda de Los Papeles, sino al que reaparece en Eros y la doncella. Su trabajo es un fuego de artificio de ideas. Gracias a su escritura, redescubrí la teatralidad de la Gran Revolución. Y last but not least Lucía Parra y Juan Joel Linares Simancas van a dar mucho que hablar, tanto en la poesía como el ensayo. Pertenecen a una nueva generación que ni olvida a sus mayores, ni come cuentos. Y escriben además, con gran talento.

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Hace poco recibí una carta de un supuesto amigo bonaerense. Me avisaba que me había perdido totalmente de vista. Tenía esperanzas de que perseverara en la escritura pues ignoraba que había ocurrido conmigo. Sí, se había enterado que estaba publicando en España, pero no conocía la editorial, aunque ya el nombre no le sonaba bien.

       En una ocasión, hace catorce años, escribí un email a Teodoro Petkoff, el actual director del periódico Tal Cual de Venezuela. Hacía muchos años que no me comunicaba con él, aunque por supuesto, estaba enterado de su trayectoria política y periodística. Le escribí a Teodoro al estilo argentino: “Señor Teodoro Petkoff, de mi mayor consideración…” Quería saber si le interesaba tener un corresponsal del diario en Nueva York.  Teodoro me respondió diez minutos más tarde, me preguntó qué eran “esas vainas de mi mayor consideración”, y de inmediato me convertí en corresponsal de Tal Cual, uno de los galardones que he obtenido en mi patria adoptiva. Teodoro es uno de los venezolanos encargados de corroborar que no se puede ser gran hombre a bajo precio. No puedo decir lo mismo de mi amigo, o ex amigo bonaerense.

       Estoy atado por numerosos lazos a Venezuela y a su destino. Vivo tanto en Venezuela como en Nueva York. A veces vivo más en Venezuela que en Nueva York. Hay otros pueblos que se merecen el destino impreso por sus gobernantes. Pero les aseguro que los venezolanos no se merecen la calamidad que padecen día a día.

       Y mi pasión por Venezuela se refleja en La trilogía de la patria boba. Otras novelas integrarán ese ciclo. En buena parte, gracias a los ensayistas que participaron en el libro que estoy comentando.

      Al escribir esas novelas quemé algunas naves, pero no me arrepiento. Dudo que muchos de mis lectores compartan mis opiniones sobre los héroes de la independencia. En otras latitudes un extranjero, un musiú que se anime a escribir sobre los próceres desde cualquier perspectiva, es observado con ojos sospechosos. Ni siquiera si prodiga elogios sobre los padres de la patria. En ese sentido, creo que en Venezuela la cosa es distinta, simplemente porque esa patria es Caribe y no boba.












[i] Aleph Publishing House, 2014