miércoles, 20 de enero de 2016

Cuando morir cuesta un ojo de la cara

Mario Szichman



Excepto por los descendientes de Al Capone, muy pocos habitantes de Estados Unidos están dispuestos a gastar sumas exorbitantes para ofrecer el descanso eterno a sus seres queridos. Se trata de un axioma tanto en épocas normales, como cuando la crisis económica obliga a repensar en los gastos del más allá.
Aunque no todos los deudos están dispuestos a abandonar a sus seres queridos en la oficina del médico forense, muchos de ellos prefieren no-frills funerals, exequias sencillas, y baratas. Pero existe un poderoso obstáculo en el camino: los empresarios de pompas fúnebres.
Basta leer el clásico de Jessica Mitford The American Way of Death (el estilo americano de muerte) o la novela de Evelyn Waugh The Loved Ones (los seres queridos), para verificar que en materia de voracidad, la industria de la muerte es peor que la marabunta.
Entre millares de truculentas anécdotas, Jessica Mitford narra los sinsabores que sufrió una mujer cuando ordenó en una empresa de pompas fúnebres un sepelio para su cuñado.
La mujer, cuyo único propósito era ahorrarle dinero a la viuda, eligió el ataúd de secuoya más barato que pudo hallar en el negocio. Posteriormente, el vendedor llamó a la mujer a su casa por teléfono para preguntarle cuanto medía el difunto.
En medio de tanta aflicción, hubo que sacar el centímetro, y evaluar la estatura del muerto. Cuando el vendedor se enteró de las medidas, dijo que el difunto no cabía en el ataúd, y era necesario elegir otro más grande, que costaría 100 dólares más.
La mujer, que ya estaba al tanto de los trucos de los empresarios de pompas fúnebres, y sabía que el muerto podía entrar cómodamente en el cajón, insistió en el ataúd de secuoya.
“Está bien”, dijo el vendedor con cierta altanería, “usaremos el ataúd de secuoya, pero como el muerto es más largo que el ataúd, tendremos que serrucharle los pies”.
Según Mitford, la mujer quedó tan perturbada por la conversación, que no se atrevió a mencionar el episodio a nadie durante más de dos años.
Esa franqueza para extraer dinero a deudos o amigos contrasta con los eufemismos que emplea la industria de la muerte en Estados Unidos. Edward A. Martin, en su Psychology of Funeral Service, (1950, Grand Junction, Colorado, USA) recomienda cambiar la terminología de las exequias. Por ejemplo, hay que usar las palabras servicio, en lugar de funeral, sala de preparativos, en lugar de morgue, féretro, en lugar de ataúd, y ropas, en lugar de mortajas. Y Victor Landing, en su Basic Principles of Funeral Service, libro escrito en 1956, dice que debe evitarse toda alusión a la muerte.
En lugar de certificado de defunción, Landing aconseja mencionar el “formulario de estadísticas vitales”. Y en vez de “costo del ataúd”, es preferible usar la frase “cantidad invertida en el servicio”. (Mencionado en Mitford).

SUMANDO GASTOS

En Estados Unidos hay una serie de artilugios comerciales bastante perdurables. Uno de los más importantes en la industria funeraria es el accesorio innecesario, destinado a acrecentar los costos de enterrar a los seres queridos, sin importar el estado del cadáver, o su tamaño, o las exhaustas finanzas de los deudos.
Desde el punto de vista práctico, disponer de un cadáver no es una tarea que deba condenar a sus herederos a la pobreza. Excepto cuando se trata de seres con un ego gigantesco, como los faraones egipcios, los presidentes de las repúblicas bananeras, o los malandros, es suficiente con algunos metros cúbicos de tierra.
El ser humano muy difícilmente supera los 2,20 metros de largo, y los 1,5 metros de ancho. Un ataúd de pino no puede costar más que un bargueño, y en Estados Unidos se consiguen excelentes bargueños por menos de 400 dólares.
La tarea de colocar al difunto dentro de un ataúd y de enterrarlo en un hueco de tres metros de profundidad no debería superar los 800 dólares, según el cálculo de numerosos expertos. Todo depende del prestigio del cementerio, su proximidad con los centros urbanos, y el período de corta eternidad en que serán depositados los restos mortales. (Hasta ahora no existen en Estados Unidos cementerios “de por vida”. Excepto las necrópolis militares o los panteones nacionales, el resto estipulan un plazo de vencimiento para la permanencia de los restos).
Pero ocurre que, de acuerdo a la Asociación de Cremación de Estados Unidos, un 25 por ciento de los estadounidenses que fallecieron en el 2003 (últimas cifras disponibles) decidieron prescindir de ataúdes y de lotes en osarios.
Su única intención era que sus cremains (acrónimo de 'restos cremados') fuesen a parar en el mejor de los casos a una urna, o lanzados al viento, para eliminar todo recuerdo de sus aciagas vidas.
La asociación calcula que para el 2025 el promedio de cadáveres incinerados ascenderá al 48 por ciento. Esto es, de los 3,2 millones de norteamericanos que podrían fallecer en el 2025, 1,6 millones serán cremados. Y 1,6 millones de familias deberán pensar en maneras creativas de dar transcendencia a esos restos mortales sin gastos excesivos.
Bueno, esos deudos no deben preocuparse. Los dueños de funerarias ya han pensado por ellos, y han decidido incluir la mayor cantidad de accesorios innecesarios, a fin de que la más modesta de las exequias fúnebres se propulse a la estratósfera.
El primer elemento es la urna votiva. Según nos informa Lisa Takeuchi Cullen en su iluminador libro Remember me, A Lively Tour of the New American Way of Death (Acuérdense de mí, una gira animada por la nueva manera norteamericana de morir), esa sustancia dócil que es la ceniza, y entre cuyas virtudes figuran su fácil transporte y su sencilla diseminación, comienza, en manos de los directores de funeraria, a tener la solidez del concreto y a valer su peso en oro.
Hay toda variedad de urnas votivas, cada una más costosa que la otra, desde las tradicionales, de mármol, hasta otras que recuerdan cajas de zapato con tapas cinceladas y que incluyen una serie de laberínticos cajones. (¿Qué significan esos cajones? ¿Es que los familiares del difunto distribuirán pilas de cenizas en cada uno de ellos para atribuirles diversos valores simbólicos?)
Y como en la industria funeraria el cielo es el límite, se han inventado nuevas formas de despojar del dinero a los dolientes. Una de ellas es la urna biodegradable. Tiene forma de una gigantesca concha marina que se disuelve al ser lanzada al agua.
Hay también urnas de papel repletas de semillas de flores, que retoñarán al ser enterradas, gracias a las cenizas del muerto, que suelen ser ricas en calcio. Inclusive hay urnas, informa Takeuchi Cullen, cuya gran novedad es que pueden pasar las líneas de seguridad de los aeropuertos sin ser avizoradas por detectores de metales. (Mejor que no se enteren los simpatizantes del ISIS). 
La cremación, a su vez, ha generado una nueva industria: la encargada de preservar el recuerdo del incinerado o de la incinerada. Antes de calcinar el cadáver, muchos dueños de pompas fúnebres ofrecen the memory picture, 'la imagen del recuerdo', que consiste en embalsamar al difunto y ostentarlo dentro del ataúd.
Por lo tanto, al costo de la cremación hay que añadir el embalsamamiento del cadáver y su exhibición. Y eso sin olvidar la proyección de diapositivas del cadáver exquisito.
Esas fotografías pueden guardarse en un disco compacto y luego exhibirse en pantallas de televisión. Por lo tanto, cuando un familiar del difunto se aburre de ver películas en Netflix que batieron récords de taquillla, digamos la nueva versión de Guerra de las galaxias, siempre tiene la alternativa de un slide show en que podrá observar a un ser querido en su tránsito hacia la inmortalidad.
De esa manera, gracias al accesorio innecesario, la cremación, una de las maneras más módicas de librarse de un cuerpo que comienza a corromperse casi de inmediato, se transforma en algo bastante costoso. Takeuchi Cullen dice que durante una reciente convención de funebreros conoció a Bill McQueen, de la funeraria Anderson-McQueen, con sede en Saint Petersburg, Florida.
McQueen ha creado una cadena de empresas de pompas fúnebres en centros comerciales. Su promesa es un servicio fúnebre barato y veloz. Tal vez los servicios de McQueen son veloces, pero no baratos. En cada una de sus funerarias ha instalado tres quioscos de exhibición de mercancías, rotulados “Bueno”, “Mejor” y “Excelente”.
Según informó McQueen en una convención, su táctica consiste en hacer esperar a los clientes algunos minutos. Entre tanto, un “conserje de pompas fúnebres” se hace presente y muestra los diferentes quioscos.
La táctica parece funcionar bien. Takeuchi Cullen dice que “aunque la cremación tiene un precio básico de 3.048 dólares, un 16 por ciento de los clientes aceptan pagar 5.479 dólares” por una cremación con perolitos adicionales. Y si bien el package promedio de funeral y entierro cuesta 6.408 dólares, un 22 por ciento de los clientes son persuadidos de gastar por una opción “excelente” que cuesta 9.649 dólares.
Esas y otras tácticas basadas en el accesorio innecesario permiten convertir a los funerales de los estadounidenses en algo cada vez más costoso. Los gastos inútiles se llevan la mayor parte del presupuesto de una lamentada muerte, y como resultado, muchos deudos terminan odiando a sus seres queridos con la misma intensidad que cuando estaban vivos.
Es bueno saber que en otras partes del mundo no existen esos extravagantes expendios, al menos en aquellos donde las estadísticas brillan por su ausencia. ¿Para qué sirven las estadísticas? Solo para amargarles la vida a los habitantes de un país, sin que nada puedan hacer a fin de remediar una difícil situación. Sin estadísticas, uno puede creer que la inflación anual es del cero por ciento, o que no hay alza o baja en el costo de la vida. Al mismo tiempo desaparece el dólar paralelo de la ecuación, y puede subir hasta la tasa de inmortalidad.
Veamos lo que ocurre en Venezuela cuando se divulgan estadísticas. El Observatorio Venezolano de la Violencia estimó en diciembre pasado que el 2015 podía culminar con 27.875 muertes violentas, una tasa de 90 fallecidos por cada cien mil habitantes, la más alta de América Latina. (“Uno de cada cinco homicidios que se cometen en la región lo padece un venezolano”, señaló la organización).
No es descartable que en el 2016, los encargados de recopilar esos horribles inventarios de defunciones plagien al Banco Central de Venezuela, que desde hace meses se niega a revelar estadísticas sobre la tasa real de inflación. Se trata de una sabia medida, para que en esa nación, que según el difunto presidente Hugo Chávez Frías colindaba con El Mar de la Felicidad, no existan noticias desagradable. Y, quien sabe, si se sigue así, el día menos pensado, las autoridades de Caracas decidirán eliminar como causa de muerte el fallecimiento en cualquiera de sus formas. No habrá entonces necesidad de pasar a mejor vida en Venezuela, pues la mejor vida seguirá siendo la que se disfruta en la tierra. Y los venezolanos podrán observar con desprecio y genuino estupor ese Imperio donde morir cuesta un ojo de la cara.
(Parte de este trabajo corresponde a un capítulo de El imperio insaciable, apuntes para entender el capitalismo salvaje, que publiqué en la editorial PuntoCero de Caracas, Venezuela, en el 2010).


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