domingo, 22 de noviembre de 2015

Las dos autopsias del general Simón Bolívar


Mario Szichman





En mi novela Las dos muertes del general Simón Bolívar, le atribuí al Libertador esta frase, que por supuesto nunca pronunció: “No es la muerte lo que me preocupa, sino la inmortalidad, que impide a una persona descansar tranquila en su tumba”. Al menos en esa ocasión, fui profético. La novela fue publicada en el 2004. Seis años después, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, decidió que el Libertador no podía descansar tranquilo en su tumba, y ordenó someterlo a una segunda autopsia. La primera fue realizada por el médico francés Próspero Reverend el 17 de diciembre de 1830, cuatro horas después del fallecimiento del Libertador. La segunda, el 16 de julio de 2010, 180 años después. En la primera, Reverend, operó solo. En la segunda, Chávez fue asistido por “unas 50 personas, incluidos patólogos e investigadores criminales”, de acuerdo a la oficial Agencia Venezolana de Noticias.
Chávez, quien además de sus amplios conocimientos de medicina fue el principal detective forense de su país, ya había señalado en el año 2007: “Yo nunca me convencí que Bolívar murió de tuberculosis”, descartando la hipótesis de Reverend.  
Bolívar falleció en la ciudad colombiana de Santa Marta en diciembre de 1830. Durante 180 años nadie dudó del diagnóstico del médico francés. La aparente tuberculosis hizo estragos en su organismo. Al morir, pesaba 38 kilos. Los síntomas de su agonía, de los que luego haremos referencia, apuntan en esa dirección.  Pero Chávez, para quien nada humano o divino le era ajeno, desconfiaba del informe forense de Reverend. Y por una razón muy sencilla: quería demostrar que la oligarquía colombiana, liderada por el presidente Francisco de Paula Santander, había envenenado al Libertador con cianuro. La hipótesis de Reverend echaba por tierra su hipótesis.  
Chávez dijo que el hecho de que “tres meses antes de morir, Bolívar recorrió no sé cuántos kilómetros hasta Bogotá”, era motivo suficiente para dudar de la versión de Reverend. En otra ocasión, indicó que el padre fundador de Colombia, y rival del Libertador, al cual acompañó en parte de su carrera política como vicepresidente, “no dudó cuando le propusieron matar a Bolívar”. La clara inferencia era que si Santander no había dudado una vez, el 25 de septiembre de 1828, tampoco hubiera tenido escrúpulos en ordenar su muerte en Santa Marta, en diciembre de 1830.
Santander no era precisamente un émulo de San Francisco de Asís. Para decirlo en términos suaves, era un mal bicho. Tras la batalla de Boyacá, y aprovechando el Decreto de Guerra a Muerte que Bolívar firmó en Trujillo el 15 de junio de 1813, ordenó fusilar al jefe español, el coronel José María Barreiro y a otros 38 prisioneros (11 de octubre de 1819). Eso fue un crimen de guerra. Y existen fuertes indicios de que fue el autor intelectual del intento de asesinato de Bolívar en Bogotá el 25 de septiembre de 1828.
Pero, tampoco Bolívar se quedaba atrás. Ordenó la ejecución de más de 800 prisioneros en La Guaira y Caracas, entre el 13 y el 15 de febrero de 1814, tal como señalan Richard W. Slatta y Jane Lucas De Grummond en su libro Simon Bolivar's Quest for Glory, (Texas A & M University Press, 2003). Ignoro si se admiten esos hechos indisputables en la época de la Revolución Bolivariana. Puede que sean aceptados con demoledoras excusas pues para esos devotos, Bolívar nunca cometió errores. Sin embargo, presumo que las autoridades educacionales de Venezuela eligen barrer esos incómodos episodios debajo de la alfombra.
      De todas maneras, nadie entiende por qué Santander hubiera querido asesinar a Bolívar en 1830. En los últimos meses de su vida el Libertador no representaba un peligro para político alguno de la Gran Colombia. Se había convertido en un paria. Numerosos políticos y ciudadanos del común, tanto en Venezuela como en Colombia, deseaban intensamente su muerte.
Bolívar renunció a la presidencia el 27 de abril de 1830, y su única intención, según numerosos historiadores –todos ellos serios– era abandonar Bogotá y exiliarse en Europa. No lo pudo lograr porque la muerte lo alcanzó antes. Falleció el 17 de diciembre de 1830, a los 47 años de edad, convertido en un anciano decrépito, tal como lo muestra un famoso retrato a lápiz del natural hecho por José María Espinosa apenas semanas antes de su muerte. Por supuesto, la Revolución Bolivariana le hizo la cirugía estética al Libertador, y su rostro ha sido confeccionado a gusto y placer del Comandante Eterno. Pero algún día caerán de su semblante los trozos de gomaespuma, y las nuevas generaciones volverán a reencontrarse con su verdadera imagen.

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Las guerras civiles que menudearon antes y después de la muerte de Bolívar, impidieron darle paz a sus restos. Estuvo enterrado durante doce años en la catedral de Santa Marta, y en 1842, a pedido de uno de sus lugartenientes y más porfiados enemigos, el general José Antonio Páez, sus restos fueron trasladados de Santa Marta a Caracas. Ahora están enterrados en el Panteón Nacional de Venezuela.
En el 2010, los “simbólicos” despojos de su famosa compañera Manuela Sáenz fueron sepultados a su lado, y ambos quedaron reunidos por la eternidad. Un merecido homenaje, pues Manuelita salvó la vida a Bolívar y fue realmente, como señaló el prócer, “La libertadora del Libertador”.  

 La exhumación de Bolívar, el 16 de julio de 2010, se prolongó durante 19 horas. La fase final del operativo fue transmitida por el canal oficial Venezolana de Televisión y la teleaudiencia oyó y observó conmovida mientras el jefe de estado comentaba las alternativas del acto a través de su cuenta en la red social Twitter, según informó BBC Mundo.
Una de las frases de Chávez, que merecería figurar junto al Discurso de Angostura del Libertador y que fue emitida durante la segunda autopsia de Bolívar es ésta: “Confieso que hemos llorado, hemos jurado. Les digo: tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada”.  ¿Dudaba alguien que ese esqueleto fuese el de Bolívar? Hasta ahora nadie puso en entredicho que los restos depositados en el Panteón eran los del prócer. Lo más desconcertante fue que el esqueleto, según Chávez, parecía a punto de entrar en combustión. El presidente venezolano sintió la “llamarada”. Es cierto que se han registrado raros casos de difuntos que volaron por los aires como si se hubiera tratado de petardos. Pero se trataba de extintos cuyo fallecimiento había ocurrido en fecha reciente. Y el centelleo suele ser resultado de una combinación de gases en el interior de sus cuerpos. Pero esos simulacros de buscapiés necesitan una envoltura de carne. Las estructuras óseas no lanzan llamaradas.
Otra persona que opinó en el evento fue la fiscal general de Venezuela, Luisa Ortega Díaz. La magistrada, quien lucía el guardapolvo blanco, como le cuadra a una profesional de la medicina, aseguró que “se habían producido importantes hallazgos, de los que el país será informado en su debida oportunidad”. Al parecer, la debida oportunidad aún no se ha presentado. Hasta ahora, nada más se ha informado de la veracidad o falsedad de las denuncias de Chávez, ni de lo que ocurrió a la postre con los restos de Bolívar.

LOS HEREDEROS ESTÁN MÁS
PREPARADOS QUE LOS ANTECESORES

La historia de la independencia de América Latina es magra en el reconocimiento a sus próceres o a sus mártires. Cuando falleció Bolívar, muy pocos lamentaron su muerte. Por el contrario, algunos personajes importantes se encargaron de vilipendiarlo de manera obscena.
El gobernador de un estado occidental de la república de Venezuela envió la noticia a Caracas, diciendo: “Ha muerto el monstruo”.
En los últimos meses de vida de Bolívar, menudearon sobre él los insultos de los políticos. El historiador Felipe Larrazábal, un devoto del Liberador, recordó que en el Congreso de Venezuela “no resonaban sino dicterios contra Bolívar”. Algunos legisladores propusieron “que se declarara al General Bolívar fuera de la ley si iba a Curazao, y lo mismo a todo aquel que se le uniera”. Resultaba una “vergüenza  no renegar del Padre de la patria: Fortique pedía su ostracismo perpetuo; Gonzalos lo quería fuera de la ley; Osío le denostaba; José Luis Cabrera, canario, que para baldón nuestro había hallado asiento en la asamblea, clamaba: que ´Venezuela no debía entrar en relaciones de ninguna especie con Bogotá, mientras existiera en su territorio el General Bolívar´. Y esta proposición se adoptó”. 

DE UN PATÓLOGO A OTRO

Cuatro horas después del fallecimiento del Libertador, el doctor Reverend hizo la autopsia a Bolívar, “de cuyo examen resultó que tenía un poco dañados los pulmones y que las pleuras pulmonares estaban adheridas a las costales”, señaló Larrazábal.
Este fue el diagnóstico de Reverend : “La enfermedad de que ha muerto S. E. el Libertador era en su principio un catarro pulmonar que habiendo sido descuidado pasó al estado crónico y consecutivamente degeneró en tisis tuberculosa. Fue pues esta afección morbífica la que condujo al sepulcro al General Bolívar, pues no deben considerarse sino como causas secundarias las diferentes complicaciones que sobrevinieron en los últimos días de su enfermedad, tales como la aracnoides, y la neurosis de la digestión, cuyo signo principal era un hipo casi continuo”. Añadía luego Reverend: “Si se atiende a la rapidez de la enfermedad en su marcha, y a los signos patológicos observados sobre el órgano de la respiración, naturalmente es de creerse que causas particulares influyeron en los progresos de esta afección. No hay duda que agentes físicos ocasionaron primitivamente el catarro del pulmón, tanto más cuanto la constitución individual favorecía el desenvolvimiento de esta enfermedad, que la falta de cuidado hizo más grave; y que el viaje por mar, que emprendió el Libertador con el fin de mejorar su salud, lo condujo al contrario a un estado de consunción deplorable. Todo esto es incontestable. Pero también debe confesarse que afecciones morales, vivas y punzantes, como debían ser las que afligían continuamente el alma del General, contribuyeron poderosamente a imprimir en la enfermedad un carácter de rapidez en su desenvolvimiento y de gravedad en las complicaciones, que hicieron infructuosos los socorros del arte”.  Como resultado, finalizaba Reverend, “El sepulcro estaba abierto esperando la ilustre víctima, y hubiera sido necesario hacer un milagro para impedirle descender a él”.
El doctor Reverend era un hombre muy sabio. Asignaba tanto o más importancia a los disgustos que había padecido Bolívar en sus últimos meses de vida, que al avance implacable de la tuberculosis.
En cuanto a la hipótesis de Chávez, de que Bolívar fue envenenado, recuerda una de las las formuladas en relación a la muerte de Napoleón Bonaparte. La autopsia original señaló que Napoleón había fallecido de cáncer estomacal.
En enero de 2007, National Geographic News divulgó los resultados de un nuevo estudio. Los partidarios de la teoría conspirativa de la historia habían sugerido que Napoleón fue envenenado con arsénico, tal vez mezclado en el vino o en la comida. Estudios del cabello de Napoleón mostraron altos niveles de arsénico. 
Pero Robert Genta, profesor de patología de la universidad de Texas, quien participó en la nueva autopsia, señaló que el derrocado emperador de los franceses murió de cáncer. “Había una gran masa” de tejido canceroso “en la entrada a su estómago, al menos de 10 centímetros de largo”.
En cuanto al arsénico en el cabello de Napoleón, hubiera sido  aún más extraña su ausencia. En esa época, muchas medicinas e inclusive tónico para el cabello tenían arsénico entre sus ingredientes.
Owen Connelly, autor de varios libros sobre Napoleón, y profesor de historia en la Universidad de Carolina del Sur, dijo a National Geographic News que el cáncer era un problema hereditario en los Bonaparte. “La misma afección causó la muerte de su padre, y de Paulina, una de sus hermanas”.
El doctor Reverend pudo seguir la evolución de la enfermedad de Bolívar durante varios días. Es muy difícil que no haya detectado en su organismo síntomas de intoxicación.  La autopsia confirmó, en lugar de negar, el diagnóstico del médico en el curso de las jornadas que precedieron al deceso del paciente.
En cuanto a la segunda autopsia de Bolívar, es imposible compararla con la de Reverend. Para ello tendría que existir. Fue un capricho de Chávez, como el de esos niños que desarman un juguete para ver lo que tiene adentro, y luego son incapaces de volver a poner las piezas en su lugar.
En realidad, el fallecido presidente venezolano solo confirmó con su show mediático que casi dos siglos después de la muerte de Bolívar todo sigue siendo pantalleo, improvisación, y gran cantidad de tonteras envueltas en la mayoría de los cuerpos dedicados a la política.
Un año después del deceso del Libertador, The Times de Londres publicó este obituario: “Es probable que hubiese resultado imposible para el más diestro arquitecto político construir un edificio permanente de orden social y libertad con los materiales que fueron puestos en las manos de Bolívar”, aunque “cualquier cosa que pudo hacerse, él la logró”.

The Times fue más benigno que el propio Libertador, quien  marchó a la tumba insistiendo, con clara decepción en un diagnóstico devastador: “La América es ingobernable...el que sirve a una revolución ara en el mar”.    

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