domingo, 29 de marzo de 2015

La Sonata a Kreutzer: El deseo y la perversión

Mario Szichman

“– ¿Cree que la relación sexual es algo sucio?”
“–Solo si se consuma de manera apropiada”.
Woody Allen



Hace algunas décadas, Hollywood produjo la mejor película de propaganda sobre los daños causados por las bebidas fuertes: Días de vino y rosas. Era la historia de una pareja de clase media que se iba alcoholizando a medida que aumentaban las presiones familiares y las obligaciones laborales. La película, dirigida por Billy Wilder, tuvo mucho impacto, y recuerdo que al salir del cine, decidí dejar de fumar. No era un bebedor, pero necesitaba poner punto final a un hábito pernicioso.  
Creo que de haber descubierto por esos mismos años la novela de León Tolstoi La sonata a Kreutzer, hubiera hecho votos de abstinencia y castidad.  

Anna Karenina y La guerra y la paz, son las obras maestras de Tolstoi, y en ambas, destacan dos personajes femeninos: la adúltera, Anna Karenina, y la mujer apasionada, Natasha, que se fuga con un galán. El costado digamos femenino de Tolstoi le permitió crear dos de las damas más inolvidables que habitan las páginas de la literatura universal.
Pero detrás del frontispicio del conde León Tolstoi acechaba una aberración. Su Míster Hyde tenía la ideología de un mujik, un campesino ruso.  Tal como dice A.N. Wilson en The Times Literary Suplement, es probable que les resulte plausible a los partidarios del Talibán, sin embargo es difícil que sea recomendada en las universidades de ambos lados del Atlántico.   
La trama de la novela es el monólogo de un asesino, interrumpido en escasas ocasiones por un alarmado interlocutor. En el curso de un viaje en tren, un noble ruso, Pozdnyshev, narra cómo asesinó a su esposa en un ataque de celos, tras sospechar que la mujer lo engañaba con un músico. La escena en que Pozdnyshev ataca a su esposa con un puñal en presencia de su hipotético amante es descripta de esta manera: “Sabía que estaba acuchillándola debajo de las costillas, y que el puñal la penetraría. Mientras estaba haciendo eso, sabía también que estaba haciendo algo horrible”.
Anton Chejov expresó dos opiniones sobre el texto. En la primera ocasión dijo que “en relación con la mayoría de lo que se escribe en la actualidad tanto aquí como en el extranjero, es difícil encontrar algo que pueda compararse, tanto en la importancia del tema o como en la belleza de su ejecución”. Tras una segunda lectura, Chejov tuvo una opinión muy diferente. Dijo que era difícil perdonar “la arrogancia” de Tolstoi al “discutir asuntos de los cuales no entiende absolutamente nada”. Eso incluía las opiniones del escritor “sobre sífilis,  hospitales para niños expósitos, el disgusto de las mujeres por las relaciones sexuales, etcétera”.  Chejov agregaba que no solo las tesis discutidas eran muy conflictivas,  “sino que demuestran lo ignorante que es (Tolstoi) con respecto a ciertas cuestiones”.  Chejov era médico, y es posible que algunas de las acusaciones del protagonista de la novela hayan atentado no solo contra su sentido común, sino contra su orgullo profesional. Porque Pozdnyshev, en el curso de su desvarío, también arremete contra los ginecólogos, a quienes trata apenas mejor que a violadores. Pozdnyshev habla con desprecio de “esos doctores que desnudaban a mi esposa de una manera cínica, y la tocaban por todas partes”.  
Como Dostoievski, como William Blake, como Balzac, Tolstoi era realmente un monstruo de la naturaleza. Es difícil encontrar durante el siglo veinte seres de esa sobrenatural capacidad para evaluar al ser humano, y al mismo tiempo, nutridos de tanta audacia para ignorar las convenciones sociales. Si hay algo que puede compararse a ese fenomenal exabrupto que es La sonata a Kreutzer, es, tal vez, el capítulo de El gran inquisidor que aparece en Los hermanos Karamazov. En realidad, podrían colocarse ambos textos, uno seguido del otro, para demostrar que es necesario abolir la religión y la sexualidad de un solo plumazo. Por cierto, cuando el interlocutor de Pozdnyshev le formula esta pregunta para impugnar su teoría: ¿Acaso la eliminación de la pasión amorosa no significa la destrucción de la especie humana? Pozdnyshev responde con otra pregunta: “¿Y por qué debe continuar esa raza humana a la cual usted pertenece?”
Una sociedad tan sofocada, tan reprimida, tan censurada como la rusa, tanto en la época de los zares como luego durante el estalinismo, tiene que haber engendrado muchos locos razonantes, con una lógica perfecta –al menos mientras transitan siempre por el mismo carril— La ventaja de los dementes sobre los seres aparentemente normales es que no tienen dudas ni objeciones, pues poseen la verdad absoluta. Pozdnyshev parte de esta premisa: la pasión sexual es un pecado, y quienes la aceptan son depravados y libertinos.  Las mujeres, no importa si son damas honorables o prostitutas, tienen un solo objetivo en la vida: seducir y corromper al hombre. La hipótesis, por cierto, no es novedosa. Ya Boecio, considerado uno de los padres fundadores de la filosofía cristiana, dijo en el siglo sexto que “La mujer es un templo levantado sobre una cloaca”.  
La sonata a Kreutzer es de una ferocidad y de una vulgaridad que todavía causa asombro. Ya en su época despertó la pasión del censor.   
Cuando fue publicada en 1890 en los Estados Unidos, un fiscal en la oficina postal de Nueva York declaró que era “indecente”, y prohibió que fuera distribuida por correo. Como resultado, varios libreros llenaron carretillas con La sonata a Kreutzer, colocaron grandes carteles en su interior con la frase “Prohibido”, y ofrecieron la mercancía en las calles de Nueva York. Algunos de los buhoneros fueron arrestados y llevados ante un juez, quien leyó los capítulos más controversiales, y decidió que “no hay nada en la trama que afecte la moral pública”. Posteriormente, un librero de Filadelfia fue acusado de obscenidad, por ofrecer la novela. Pero el juez que intervino en el caso emitió este fallo: “Quizás La sonata a Kreutzer del conde Tolstoi contenga muchos puntos de vista absurdos y desatinados sobre el matrimonio. Algunos lectores podrían sentirse afectados pues perturba nuestras ideas sobre la santidad  y la nobleza de esa relación, pero no por eso se puede considerar un texto obsceno”.
También en Rusia La sonata a Kreutzer tuvo problemas con la censura. Su primera edición fue prohibida, y Sophia, la esposa de Tolstoi, tuvo que hacer de tripas corazón, y luchar, como su agente literario, para lograr su circulación.   
Tal vez la secuela más interesante es que Sophia, además de ser la agente de su esposo, era su amanuense. Tolstoi pasó el año 1887 escribiendo la novela, cuando la pareja cumplía sus bodas de plata y Sophia estaba embarazada de su décimo hijo. Era evidente que la novela había sido concebida también como un acto de venganza contra Sophia, pues el escritor era muy celoso, y creía que su mujer lo engañaba. Pero ésta, lejos de sentirse ofendida por los velados ataques de su marido, solo se preocupó de que en cada nueva revisión Tolstoi apaciguara las violentas ideas del protagonista contra la mujer. Tolstoi quería demostrar de manera fehaciente la infidelidad de la esposa de Pozdnyshev. Sophia, en cambio, creía que La sonata a Kreutzer  mejoraría si la relación entre la mujer y el músico era al menos ambigua. Finalmente Tolstoi accedió a la sugerencia de Sophia, y como señaló el crítico A.N. Wilson, “eso mejoró la historia de manera notable”.    
En su lucha por conseguir que se permitiera la publicación de La sonata a Kreutzer, Sophia pidió una audiencia al zar de Rusia, Alejandro Tercero. El zar leyó el texto y luego dijo a la mujer: “No creo que sea una historia para ser leída por sus hijos. Aquí el conde muestra claramente que es enemigo del matrimonio”. Y Sophia le respondió: “¿Cómo puede mi esposo estar en contra del matrimonio, cuando ha demostrado durante toda su vida que está a favor? Tenemos nueve hijos. Es desafortunado que la novela haya sido escrita de una forma tan tajante, pero creo que la idea subyacente es que todo ideal resulta imposible de conseguir”.
El zar aceptó que la novela fuera publicada, y de paso le hizo un favor inmenso a Tolstoi, pues ordenó que figurase disimulada, como el decimotercer volumen de sus obras escogidas. Por lo tanto, para poder regodearse con La sonata a Kreutzer, los lectores tenían que comprar la colección completa.  
Un comentario al margen: el zar de todas las Rusias tenía una sensibilidad realmente asombrosa para la literatura. Como también la tenía el feroz José Stalin, quien censuraba personalmente a los escritores que admiraba, y en ocasiones, hasta les permitía publicar sus obras, generalmente, antes de ordenar su fusilamiento. A su vez, los veredictos de magistrados en Pensilvania y en Nueva York sobre La sonata a Kreutzer, muestran a seres cultivados, no a obstinados burócratas que se dejan guiar por la letra de la ley, en lugar de acatar su espíritu.  
Por último Sophia, la esposa de Tolstoi, es un carácter tan multifacético como los mejores personajes creados por su marido. Sabía deslindar muy bien entre sus odios personales –sus diarios están cargados de invectivas contra el tirano que tenía como cónyuge– y la admiración que sentía por su narrativa. Sophia nunca permitió que sus conflictos maritales afectaran la narrativa de su esposo. En realidad, ella es la mejor desmentida a las filípicas lanzadas por Tolstoi contra la mujer en general. En su rol de amanuense, correctora y agente literaria, podría haber destruido tranquilamente la carrera de Tolstoi. Pero algo se lo impidió, siempre ligado al amor. En primer lugar, su amor propio, en segundo lugar, el afecto subyacente por su esposo, la enorme admiración que sentía por su obra. Y en tercer lugar, su amor por la literatura. Todos los pecados que convertían a la mujer, según Tolstoi, en el epítome de la ramera de Babilonia, están ausentes de su esposa. Tal vez el juez de Filadelfia acertó cuando dijo que la novela contenía muchos puntos de vista absurdos y desatinados sobre el matrimonio. Sophia es la mejor muestra de que Tolstoi se hallaba equivocado. Pero fue la misma Sophia quien cuestionó ese punto de vista, al señalar la moraleja final de La sonata a Kreutzer: todo ideal resulta imposible de alcanzar.




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