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domingo, 4 de junio de 2017

Tres hermanas enamoradas del mismo asesino: A Kiss Before Dying

Mario Szichman

"Ira Levin es el relojero suizo
De las novelas de suspenso;
En comparación, nosotros
Fabricamos relojes baratos,
De esos que venden en las farmacias”.
Stephen King



Cuando se trata de asesinar novias embarazadas, nadie supera la imagen de Roberta Alden, (Sylvia Sidney), ahogándose en un lago al que ha sido arrojada desde un bote por su amante Clyde Griffiths (Phillips Holmes). Es quizás la más famosa secuencia de  An American Tragedy, una película de 1931 dirigida por Josef von Sternberg. Está basada en la novela del mismo título de Theodore Dreiser, quien a su vez usó varios elementos de un caso de la vida real: el asesinato de Grace Brown por Chester Gillette, en 1906.
Es viable que a la hora de crear la trama de su novela A Kiss Before Dying (1953), Ira Levin haya recordado otra versión cinematográfica de An American Tragedy, la de 1951, estrenada con el título de A Place in the Sun, y protagonizada por Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. (Otra excelente actriz, la ductil Shelley Winters, se encargaba de interpretar a Roberta Alden, la novia embarazada).

Levin, el relojero suizo de las novelas de suspenso admirado por Stephen King, debe haber sentido no solo gran fascinación por la tragedia de Dreiser, sino por los elementos visuales de la versión cinematográfica. Pero algo distinto requería la trama, para eludir la acusación de que nunca segundas partes fueron buenas.
La figura del escalador social ha nutrido a los narradores en los últimos tres siglos. Barry Lyndon, de William Makepeace Thackeray, es uno de los mejores ejemplos. Y Balzac nos ha ofrecido a Lucien de Rubempré. El aporte de Levin fue Bud Corliss, un buen mozo ansioso por casarse con una millonaria. En vez de la tragedia americana, Bud quiere vivir el sueño americano.
Como Roberta Alden en An American Tragedy, Dorothy Kingship, hija de un industrial que posee minas de cobre, se enamora del protagonista, y queda embarazada. A Kiss Before Dying transcurre en la década del cincuenta del siglo pasado, una época en que todavía el puritanismo plantea numerosas objeciones a las relaciones prematrimoniales. En tanto Dorothy no tiene problema alguno en casarse de inmediato con Bud, éste plantea serias objeciones. Para ello Levin necesitó crear un padre muy severo, Leo Kingship, intolerante con cualquier indiscreción. Ya al principio de la novela Bud le recuerda a su novia: “Tu madre cometió un simple desliz. Tu padre lo descubrió ocho años más tarde, y se divorció, sin importarle tu suerte y la de tus hermanas, de la enfermedad de tu madre”.
Cuando Dorothy sugiere que se casen de inmediato, a fin de ofrecerle al padre el hecho consumado, Bud le señala que si siete meses después de la boda, Dorothy da a luz un bebé, el padre, enemigo de todo desliz, la excluirá de su fortuna.
Dorothy promete abortar, fracasa en su primer intento, elude el segundo, y Bud, un caza fortunas, decide librarse de su novia. Le propone ir al registro matrimonial, llegan a la hora del mediodía en que la oficina está cerrada –Bud tuvo buen cuidado en averiguar los horarios de atención al público—invita a su novia  a recorrer la terraza del edificio donde se encuentra el registro, y la empuja al vacío.
Pero previamente, Bud ha tomado precauciones para que la muerte de Dorothy sea considerada un suicidio. Por su parte, el autor, fue sumando nuevos elementos al suspenso. Por ejemplo: ¿cómo conseguir que antes de su muerte, Dorothy deje una nota indicando que ha decidido acabar con su vida? Y luego, ¿Cómo seducir a alguna de las hermanas Kingship, Ellen o Marion?
Desde el punto de vista de Bud, uno de los mejores psicópatas que ha dado el policial norteamericano, conquistar a alguna de esas hermanas makes sense. Conoce al dedillo las costumbres de ambas, gracias a la información brindada por Dorothy, sus puntos fuertes y sus presentes, y la relación que cada una de ellas mantiene con su padre, Leo Kingship. En realidad, el subtexto indica que la única persona que interesa a Bud es el pater familias de las Kingship.
Levin era un juglar a la hora de maniobrar sus piezas. Y eso se demuestra en la manera en cómo jugaba con la cronología y el punto de vista. La novela está dividida en tres partes, acatando la regla de oro de Aristóteles. La primera, dedicada a Dorothy, es contada desde el punto de vista de Bud. La segunda, desde el punto de vista de Ellen, hermana de Dorothy, y la tercera parte desde el punto de vista de Marion, la tercera hermana.
En el cuento de los tres cerditos, señala Ansen Dibell (Elements of Fiction Writing,)  el primero construye una casa de paja, y el lobo la derriba, el segundo usa estacas, y sufre similar suerte, y finalmente el tercero utiliza ladrillos, y frustra al lobo. La primera situación es un incidente, la segunda establece una pauta, y la tercera lo destruye.
Dorothy representa el incidente, y Ellen la pauta de las acciones de Bud. Su único propósito es obtener una fortuna de Leo Kingship, y el método es casarse con una de las hijas. Fracasa en las dos primeras ocasiones, pero está a punto de triunfar en la tercera. Ha aprendido de sus errores, y Marion, que es además la única heredera tras el dismiss de sus hermanas, es el premio mayor de la lotería. Parece muy enamorada de Bud, y rechaza toda sospecha sobre su prometido. Inclusive su inflexible padre comienza a ceder. Bud parece un hombre trabajador, honesto, un yerno perfecto.
Pero, aunque Bud es una máquina de matar, no es tan bueno a la hora de encubrir huellas.
Y es ahí donde se muestra en toda su calidad el mecanismo de relojería creado por Levin para atrapar al lector. Ya el recelo sobre sus acciones comienza con Ellen, la segunda hermana. Ellen se niega a aceptar que la muerte de Dorothy sea suicidio, va armando su propio rompecabezas con cartas e información que recibió de ella, y decide abandonar su población y buscar al misterioso personaje que sedujo a Dorothy.
Como decía Sherlock Holmes a su ayudante, “!The plot thickens my dear Watson!”
En ese momento de la narración, el lector descubre que está enterado de muchas cosas de Bud Corliss. Inclusive, que fue reclutado por el ejército, y que mató a un soldado japonés. Toda una hoja de vida… excepto por su nombre. Recién se menciona a Bud por primera vez en la página 96 de un libro que cuenta con 268.
Es otra vuelta de tuerca del suspenso que impone Levin, y que sube la tensión en varios decibeles. Marion tiene aún más claves que Ellen, su segunda hermana asesinada, para encontrar al homicida. Pero ¿Quién es exactamente el culpable? Aparecen por lo menos dos jóvenes que podrían haber cometido uno o ambos crímenes. Poseen credenciales suficientes. Tienen nombres y apellidos: uno es Gordon Gant, un disc jockey, el otro Dwight Powell, un estudiante, que inclusive durmió con Dorothy. La descripción física de ambos coincide con la que tanto Ellen como Marion obtuvieron de Dorothy a través de sus cartas.
Y entre tanto, el asesino, Bud Corliss, adquiere la cualidad del hombre invisible. Espía a sus perseguidores sin problemas, y conoce sus pasos por anticipado. Finalmente, ya con su verdadero nombre, enamora a Marion, y ambos fijan la fecha de boda. Es el momento preciso en que comienzan a derrumbarse las defensas de Bud. Pues Gordon Gant, el disc jockey, quien también está enamorado de Marion, descubre datos que lo incriminan.
El desenlace es una tragedia que culmina con Bud cayendo en un gigantesco contenedor repleto de cobre fundido, y con una frase final de la madre de Bud Corliss que podría ser utilizada para escribir una secuela.
Cuando entrevisté a Levin, en 1991, me expresó su enorme admiración por Cornell Woolrich, (Comenté sobre el novelista en mi post “First you dream, then you die” El policial “noir” y las desdichadas criaturas de Cornell Woolrich
Pero había en Woolrich, además de un enorme oficio, una manifiesta desesperación por sus circunstancias personales, así como una clara relación de amor y odio con su madre, con la cual vivía en un hotel de Manhattan.
En Levin se observa el mismo oficio, una prosa sencilla, de gran calidad, y una pasión por mantener entretenido al lector. Pero no desesperación. Parecía disfrutar ampliamente de la vida. Con su primera novela, y con su personaje Bud Corliss, el escritor hizo su inmersión más profunda en la mente de un psicópata. No debe haberse encontrado muy a gusto con su indagación, porque inclusive en El bebé de Rosemary, su gran bestseller, hay más entretenimiento que consternación. Nadie lo culpa por ello.
Como decía Nietzche, “Quien lucha con monstruos, debe evitar convertirse en un monstruo. Pues si contemplamos durante largo tiempo al abismo, el abismo también nos contempla”.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Misery, de Stephen King: El escritor y su mortífera admiradora


Mario Szichman



¿En qué lugar se puede emplazar la prodigiosa producción de Stephen King? Seguramente, a estas alturas, compite en número de páginas con colosos de la literatura del siglo diecinueve: Eugenio Sue, Honorato de Balzac, Alejandro Dumas, Leon Tolstoi, Fiodor Dostoievski.  Al mismo tiempo, nadie se anima a situarlo entre los grandes escritores modernos. Su fama es equívoca. Lo acusan de ser excesivamente comercial. Es cierto, King vende libros por millones. Pero ¿hasta qué punto toda su escritura es comercial?  Pues muchas de sus narraciones superan ese criterio.
Si acatamos los parámetros de la evaluación literaria, Edgar Allan Poe era también un escritor comercial. Y Howard Philips Lovecraft. Seguramente Dumas. Pero hay diferentes clases de escritores comerciales. Dan Brown es quizás el autor más comercial del mundo. Pero nunca instalaría El código da Vinci en el mismo anaquel de la biblioteca donde están las obras de Poe o de Lovecraft, o de Dumas. Y tampoco Misery, de Stephen King.
En muchas ocasiones sentí la tentación de leer otras novelas de King. Una de ellas transfigura el asesinato del presidente John F. Kennedy y le brinda un final feliz. Las reseñas son muy elogiosas. El único problema es que se trata de una novela cercana a las mil páginas. Como decía Anatole France de Marcel Proust, “La vida es muy corta, y A la búsqueda del tiempo perdido es muy larga”. Y sin embargo, es mi propósito releer la novela de Proust. (Tal vez dos relecturas consecutivas sean aún mejores). No siento igual tentación por 11/22/63.
Me reencontré en fecha reciente con Misery. Al revisar las primeras hojas, observé mi firma y la fecha aproximada en que comencé a leerla: junio de 1988. Concluí su lectura el 16 de agosto del mismo año. Demoré dos meses en leer una novela de 338 páginas que me apasionó desde el primer momento.  Mi única disculpa es que comencé a estudiar inglés cuando tenía 33 años. Y para la época de esa lectura, necesitaba apelar de manera insistente al diccionario para entender frases enteras. Sin embargo, la novela era tan buena que me aferré a ella, y al diccionario, como a dos tablas de salvación.
Hace algunos días me asomé otra vez a las páginas de Misery. Como hubiera dicho William Faulkner en relación al Ulises de Joyce, la releí como un analfabeto pastor baptista se acerca al Viejo Testamento: con fe. Y descubrí, veintinueve años después de su primera lectura, que ahora es vastamente superior.
En el canon de Stephen King, Misery ocupa un poco el lugar del casillero vacío. Es una novela inusitada no solo en el sentido de su irradiación, su ironía, su escueta prosa, sino de sus objetivos. (Pese a que no leí completas otras novelas del escritor, incursioné en docenas de páginas de varias de ellas).
King es el primero en admitir que algunas de sus novelas son más “comerciales” que otras. Misery traza un sendero distinto. No usaremos la trillada palabra de “artístico”. Se trata de un sendero riesgoso, que puede conducirlo a un abismo sin retorno. (Nunca mejor que en esa novela se explica la bella, enigmática frase de Friedrich Nietzche: “Cuando alguien contempla el abismo, también el abismo lo contempla”).
En Misery, publicada en 1987, King decidió cantar el juego sobre el oficio de escritor. Para eso utilizó una novela ficticia que cuenta como protagonista a Misery Chastain. En esa novela, pudo revisar su tarea de narrador, y examinar las críticas que había recibido como autor de best-sellers. Al parecer, publicar novelas que todos devoran, no es un mérito sino una pesada carga. Algo así como ir llorando al banco para depositar gruesos fajos de billetes.
1987 fue para King un año espectacular. Otras tres novelas aparecieron en el curso de diez meses. Revisando sus páginas, puede afirmarse que son buenas, interesantes narraciones, pues King nunca aburre. Pero Misery es como el hangover después de una fenomenal borrachera.
Toda novela requiere ser revisada por un buen editor o editora, encargados de localizar errores y horrores de escritura, fechas y sitios donde transcurren eventos. Y el ritmo de la prosa, y los momentos muertos, y las discrepancias,  y la geografía de cada suceso, y los gestos de cada personaje. Cualquier escritor o aspirante a escritor que desea convertirse en un profesional, requiere dialogar de manera constante con su alter ego.
En uno de mis posts insistí en el requisito de contar con un editor.  (La tarea del editor es muy poco gratificante… Y sin embargo ¿qué haríamos, sin ese personaje tan creador? http://marioszichman.blogspot.com/2015/11/la-tarea-del-editor-es-muy-poco.html).
Cuando un narrador vacila, o teme haber quedado atrapado en un callejón sin salida, ahí surge la figura del editor calmando la ansiedad, abriendo nuevos, impensados atajos, brindando ánimo, confianza, y aportando la certidumbre de que se puede emerger de cualquier atolladero.
En Misery, la envidiable vuelta de tuerca de King fue transferir la tarea del editor a Annie Wilkes, su “biggest fan”, la mayor de sus admiradoras, quien es además una demente y una asesina. Asume la figura de The killer inside me, el asesino que llevo adentro, un brillante aporte del suspense norteamericano. (Es también el título de una de las mejores novelas del grande entre los grandes Jim Thompson). 
Gracias a Annie Wilkes, un gran personaje femenino, y, obviamente, su alter ego, todo aquello que mencioné acerca de la benéfica tarea del editor, se trastorna. En lugar de consolar, animar, robustecer al narrador –y créanme, un buen editor siempre lo consigue—Annie es un verdugo. Tiene prolíficas maneras de aterrar a su involuntario huésped. O de colocarlo al borde de la muerte.

LA AMENAZA DE LA CASTRACIÓN


Annie es una psicótica. Una de sus incómodas virtudes es su astucia para detectar la falsedad. Puede hundirse en estados crepusculares, ser regresiva, asentir en ocasiones –escasas ocasiones— a las mentiras, al desprecio de los demás. Pero, de repente, las telarañas desaparecen de su cerebro, y observa la maldad o el disimulo con aterradora lucidez. (En más de una ocasión escuché a un psicoanalista elogiar el insight, la percepción de algunas personas, señalando: “Tiene la lucidez de un psicótico”).
Cuando dije previamente que la narración es como el hangover, la resaca después de una fenomenal borrachera, no usé la expresión de manera metafórica sino literal. La experiencia que pasa el narrador Paul Sheldon tras sufrir un accidente de automóvil en Colorado y ser rescatado por su desequilibrada admiradora, se basa en el estado de confusión mental en que vivió el escritor durante algunos años, debido a su adicción a los barbitúricos. (Su libro On Writing es un texto ejemplar, donde explica su descenso en los infiernos, y su recuperación).

King suele poblar sus novelas con abundantes personajes. Pero Misery tiene apenas dos: el escritor Paul Sheldon, y su involuntaria anfitriona, Annie Wilkes. El texto podría funcionar perfectamente en un escenario. Y por cierto, la versión cinematográfica que tuvo como protagonistas a James Caan y Kathy Bates, es de gran calidad gracias a la claustrofobia que impregna el guión.
Es útil recordar que la escindida personalidad del escritor puede verificarse casi desde el comienzo de su carrera. El alter ego literario de King es Richard Bachman, que publicó Rage (1977), The Long Walk (1979), Roadwork (1981), The Running Man (1982), Thinner (1984), The Regulators (1996) y Blaze (2007). Según King, decidió usar ese seudónimo, e inclusive el rostro de su agente literario, pues la costumbre de las editoriales es solo publicar un libro por año. Eso no coincidía con su fervorosa tarea de engendrar manuscritos.  En cambio, un crítico del periódico The Guardian de Londres, que ha seguido con fervor la carrera del narrador, dijo que los personajes de Richard  Bachman eran diferentes a los creados por Stephen King. “Los tipos malos eran más humanos, y las novelas menos sobrenaturales”.
En ese sentido, Misery sería el umbral que cruzó el escritor para legar una mejor herencia. Paul Sheldon, el escritor baldado en un accidente, ha ganado fama con un tipo de narración que en el mundo de habla inglesa se titula The bodice-ripper. La versión figurativa alude a todo aquello considerado “romanticón”. La versión literal, es “destructor de corsés”.
El héroe conoce a la heroína, se interponen en el romance uno o más villanos, y finalmente, el amor triunfa y el romance se consuma.
En el caso de Paul Sheldon, las cosas se complican porque sufre su accidente automovilístico tras haber adoptado la decisión de matar a la heroína Misery Chastain, luego de una serie de exitosas novelas, y emprender un nuevo camino. Inclusive ha concluido un manuscrito titulado Fast Cars, carros veloces, con el que intenta comenzar una nueva vida, es otro tipo de narrativa cargada de violencia, de insultos, y de incómodas confesiones. 
Ser rescatado por Annie Wilkes del vehículo donde sufrió el accidente, es para Sheldon su salvación y su horrenda condena. Cuando Annie descubre que el escritor ha decidido matar a su heroína, lo convence a través de métodos drásticos que debe resucitarla y continuar la serie. Malherido tras el accidente, con las piernas rotas, y un dolor insoportable que solo aplaca un medicamento al que se hace adicto, Sheldon debe aceptar el ultimátum.
Annie decide comprar una vieja máquina de escribir Royal para que Sheldon reanude la serie de Misery. Un solo inconveniente: a la máquina le falta la letra ene. (A medida que transcurre el relato, la vieja máquina pierde otras letras, haciendo cada vez más incomprensible el manuscrito). También lo provee de resmas de papel. Inclusive hay un divertido diálogo donde Sheldon le explica a su anfitriona que ha conseguido la peor clase de papel. Se borronea rápido, y al cabo de algunas correcciones, el texto es indescifrable. (La novela fue escrita cuando las computadoras estaban en su comienzo). 
Annie, a regañadientes, acepta comprar el papel indicado por Sheldon, y el escritor decide resucitar a Misery en un capítulo atroz. Annie revela la mediocridad del texto con una serie de inteligentes críticas, y la narración adquiere una nueva dosis de suspenso. ¿Logrará Sheldon cruzar el umbral hacia la buena escritura, usando una temática cursi, plagada de lugares comunes? Sí, Stephen King es capaz de eso, y de mucho más. La segunda vez que Sheldon escribe un capítulo sobre la resurrección de Misery, es obvio el cambio de tono, la manera en que crecen algunos personajes y se ahonda el suspenso.
Pero el trasfondo de amenaza persiste hasta el final de la novela, y en uno de los capítulos, Annie acaba de un hachazo con una de las piernas del escritor.
Es posible que Stephen King haya abrevado en la trama, basándose en “El hombre que amaba a Dickens”, de Evelyn Waugh. Es la historia de un explorador que sufre un accidente de aviación en plena selva, y es rescatado por un hacendado, quien adora las novelas de Dickens. Mientras el explorador se va recuperando de sus heridas, acepta el gracioso requerimiento del hacendado de que le vaya leyendo las novelas de Dickens. Una vez el explorador recupera la salud, descubre horrorizado que su salvador tiene la intención de bloquearle todo escape, a fin de que le siga leyendo las novelas de Dickens hasta el fin de sus días.
Pero si la trama es similar, los episodios son muy diferentes. Waugh usó la idea de la reclusión del explorador de manera muy sutil. En el caso de King, la prisión en que se mueve Paul Sheldon es muy real. Es prisionero de su destruido cuerpo y de los calmantes. Y está vigilado por una jueza que no perdona un solo yerro en su prosa.
Varios críticos coinciden en que nunca escribió Stephen King nada tan personal, nada tan creador. Y todo lo hizo el escritor con una increíble economía de medios: apenas dos personajes centrales, y una obsesión concentrada en la tarea de escribir. ¿Qué significa escribir? ¿Qué significa escribir bien o mal? ¿Cuál es la relación entre el escritor y sus lectores? ¿Qué tipo de escritura perdurará? ¿Cómo trascender la mercancía literaria? ¿Cuál es el pacto entre el escritor y sus seguidores?
Otro de los aciertos de Misery es que Paul Sheldon intenta escribir su mejor novela, dedicada a la mujer que en cualquier momento es capaz de acabar con su vida, sin tener esperanza alguna de trascendencia. El pacto es que Annie Wilkes se quede con el manuscrito, sin ofrecerlo a editorial alguna. Es una de las versiones más logradas de lo que constituye, en definitiva, una pareja perversa.



miércoles, 26 de agosto de 2015

Si usted no tiene demonios interiores, pídale a otro escritor que le preste los suyos


Mario Szichman

 Stephen King

Tengo una relación de amor y odio con Stephen King. Ha escrito una novela que para mí es una obra maestra: Misery. Espero que en algún momento se convierta en un clásico de la literatura norteamericana, como The Great Gatsby o The Catcher in the Rye.
¿Qué es lo que me gusta de Misery? En primer lugar, puedo recordar el argumento. Y generalmente, solo los buenos argumentos son memorables. Es la historia de un escritor que sufre un accidente en una zona montañosa y nevada, y es rescatado de la muerte por una de sus admiradoras. Es un relato de horror, pues la admiradora es una asesina que mantiene confinado al protagonista en la cama, y lo droga con un remedio para la tos. La intención de la presunta benefactora es que el narrador siga en sus garras mientras redacta una novela en una anticuada máquina de escribir, presumo que siguiendo las indicaciones de su seguidora. Parte del suspenso, nutrido de una buena ironía, es que algunas teclas de la máquina se rompen, y el escritor se va quedando sin palabras.
Misery tiene todos los ingredientes de los clásicos cuentos para niños, con sus brujas, sus ogros, sus pasadizos secretos, pociones mágicas y la salvación final. Por momentos, si no fuera porque el protagonista es un adulto, me hace recordar un relato de Cornell Woolrich, que para mí no tiene paralelos en la ficción norteamericana: Si muero antes de despertar. Es la historia de un niño sumergido en un mundo de fantasía, con progenitores muy sensatos, que suelen dudar de sus historias. Por cierto, el padre es un policía que investiga la desaparición de niños, y para proteger a su hijo de la dura realidad, arranca cotidianamente la página de sucesos del periódico donde siempre se brindan nuevos detalles de esos secuestros. Finalmente, una de las amiguitas del niño desaparece, y éste se encarga de seguir la pista al asesino. Si hay algo que supere en suspenso a ese relato, todavía no lo he descubierto.
Pero, más allá de Misery, y de las secuelas de esa novela,  me cuesta entusiasmarme con la producción de Stephen King.  (En junio de 1999, King fue atropellado por una camioneta cuando caminaba en una banquina de la Ruta 5, en Lovell, Maine, y estuvo a punto de perder la vida, en un accidente que registró ciertos parecidos con Misery)
En una ocasión, en su excelente libro de non fiction, Danza Macabra, explicó su filosofía narrativa. King no cree en la sutileza, como la cultivada por ese genio del cine llamado Jacques Tourner.  Cat People, quizás el filme más famoso de Tourner, cuenta la historia de una joven serbia, Irena, quien pertenece a una raza de personas que se convierten en panteras cuando se despierta su pasión. La película está cargada de enorme erotismo, aunque todo es sugerencia, así como de una persistente amenaza que nunca requiere de la violencia para asustar al espectador.  Hay una célebre escena de Cat People cuando una mujer, espiada por la asesina, se zambulle en una piscina. De repente, la mujer descubre el acecho e intenta huir del lugar. Tourner logró resolver la escena mostrando simplemente el rostro de la mujer, y jugando con las sombras en la piscina.
Bueno, a King eso le disgustaba. Prefería la violencia gráfica, y raudales de sangre. Aunque es un escritor muy sensible a la hora de hablar de su oficio, y son muy buenas sus recomendaciones de autores y libros, hay un costado inmaduro. El tema de Carrie, su primera novela, que lo catapultó al estrellato, es muy desagradable. El crítico Dwight McDonald decía que ciertos escritores norteamericanos eran incapaces de lidiar con la sexualidad adulta, y parecían siempre horrorizados de que “también mamá y papá lo hacen”. Es la misma sensación que me causa King cuando aborda ciertos temas escabrosos en su narrativa.
Recuerdo que en el 2013, la revista de The New York Times publicó un extenso artículo titulado “Stephen King’s Family Business.” (http://www.nytimes.com/2013/08/04/magazine/stephen-kings-family-business.html)
El “business” de la familia es la narrativa. Prácticamente todos sus integrantes son escritores: su esposa, Tabitha King, (autora de ocho respetables novelas), y dos de sus tres hijos: Joe y Owen. Además, Owen está casado con la escritora Kelly Braffet.
Cuando vi una de las fotos de una reunión familiar de los King y observé al bello perro tendido en el suelo, pensé que también el perro debía ser un escritor de best-sellers. Luego leí el reportaje y me dio pánico. Salvando las distancias, pensé que la autora estaba describiendo a la familia de Los Locos Adams.
Ignoro si existe la categoría del incesto literario. Hay obviamente famosas familias de intelectuales. Pero no debe ser fácil vivir en el seno de ellas. Al menos, en el reportaje los temas mencionados eran la literatura, el cine, la música y sus derivados. Claro, eso no ocurre todos los días en la vida de los King. Los hijos están casados, viven en otros lugares, seguramente están relacionados con personas que no se dedican a escribir, o a hablar exclusivamente de películas y de música. Sin embargo, el ambiente hogareño me hizo recordar una extraordinaria novela satírica de Donald Antrim: The Hundred Brothers, que ya comenté en un post anterior, y que tiene este comienzo: “Mis hermanos son Rob, Bob, Tom, Paul, Ralph, Phil, Noah, William, Nick, Dennis, Christopher, Frank, Simon, Saul, Jim, Henry, Seamus…” Y eso sin olvidar a los trillizos Herbert, Patrick y Jeffrey, y a los gemelos: Michael y Abraham, Lawrence y Peter, Winston y Charles, Scott y Samuel … La lista sigue, durante varias páginas, en la descripción de “The Hundred Brothers,” los cien hermanos que ocupan, como escenario, la sofocante biblioteca de una mansión en decadencia. Antrim nos cuenta sus vidas, sus absurdas rivalidades, sus casuales fechas de nacimiento. (Por ejemplo, once de ellos han nacido el mismo día, el 23 de mayo, “aunque a diferentes horas, en distintos años”), además de sus tics, sus mezquindades, sus delirios de grandeza.
Aunque es bueno contar con una gran familia, o por lo menos con una familia ampliada, pues generalmente nos salva del incesto, y en ocasiones de la locura, una familia plagada de escritores es, como dicen en Estados Unidos, To good to be true. Hay algo muy empalagoso, y hasta cierto punto perverso.
En fecha reciente leí On Writing, un libro de King que lidia con algunos de sus demonios interiores antes de enfilar hacia su oficio de escritor. Es un Stephen King mucho más humano. La estampa de la familia perfecta que intentaba ofrecer la revista de The New York Times tenía muy poco que ver con la realidad. El escritor reconoce que durante muchos años fue adicto al alcohol y a las drogas; inclusive no recuerda cómo redactó su novela Cujo, en medio de efluvios alcohólicos y drogas fuertes.
Su historia familiar carece de elementos épicos, aunque abundan los deprimentes. Creció en un hogar con escasos medios de subsistencia, y con un padre ausente.  Para mí, la segunda parte de On Writing es la más interesante, pues King es honesto, sensato, y además quiere ayudar a sus lectores a convertirse en escritores.
Su primer consejo: “Si usted quiere ser un escritor, hay dos cosas que debe hacer por encima de cualquier otra: leer mucho, y escribir mucho. No hay manera de eludir esas dos cosas, ningún atajo”. Por supuesto, alguien puede leer mucho y escribir aún más, y nunca llegará a ser un escritor. Pero tiene mejores posibilidades que quien lee y escribe poco.
Luego vienen las herramientas del oficio, especialmente, un buen libro de gramática. Y en este caso, hay una obra en inglés, que resulta imposible recrear en castellano. Se titula The Elements of Style, y fue escrita por William Strunk. La versión que tengo, en paperback, consta de 85 páginas. Debe haber vendido más de un millón de ejemplares desde su primera edición, en 1919. Todo lo que necesita una persona para escribir, está en ese libro. La intención de Strunk, según señaló su prologuista E. B. White,  “fue eliminar la vasta madeja de la retórica inglesa”.
La persistente orden de Strunk era Omit needless words! omita palabras innecesarias. E insistía luego: “La escritura vigorosa es concisa. Una frase no debe contener palabras innecesarias, ni un párrafo frases innecesarias, del mismo modo en que un dibujo no debe tener líneas innecesarias, o una máquina partes innecesarias. Eso no significa que un escritor fabrique siempre frases cortas, o que evite detalles… Pero eso sí: cada palabra cuenta”.
¿Se imagina el lector a un erudito de la Real Academia Española de la Lengua formulando consejos similares? Hoy estaba revisando el internet para encontrar un diccionario histórico de la lengua, y tropecé con un libro en el que un catedrático agradecía su incorporación a la ilustre academia. El libro es de 1980, y el agradecimiento ocupa más de 150 páginas. Es una robusta edición, no en tamaño paperback.
Stephen King no se siente afligido por la angustia de las influencias. Por el contrario, las considera muy beneficiosas. “Cuando leía de niño a Ray Bradbury,” nos dice, “escribía como Ray Bradbury. Cuando leía a James M. Cain (el autor de El cartero llama dos veces) escribía sentencias cortas, sin aditamentos, duras, curtidas”. 
En definitiva, escribir es reescribir las frases de los demás. Eso puede observarse mejor en la llamada “literatura comercial”, ya se trate de policiales, romances, o ciencia ficción. Los editores exigen ciertos temas, y ofrecen guidelines, pautas a seguir. Por supuesto, los genios usan esos guidelines repletos de frases y tramas trilladas, para crear obras maestras. Es el caso de Jim Thompson, a quien Lion Books le entregó la pauta de una novela que tenía como protagonista a un policía neoyorquino muy corrupto, con tendencia a tomarse la justicia en sus propias manos. Thompson dijo que sí, que le interesaba el tema. Seis semanas después, trajo a Lion Books la novela The Killer Inside Me, una de las obras maestras de la literatura norteamericana. El policía neoyorquino había sido trasladado a Texas, y seguía tomándose la justicia en sus propias manos. Con esta diferencia: antes de matar a sus víctimas mediante la estrangulación o a balazos, las mataba de aburrimiento.
No hay tantos temas, o personajes en la literatura universal. La maestría se encuentra en la amalgama. Y después de leer muchas novelas, y de escribir muchas páginas, toda persona dedicada al oficio empieza a descubrir que la originalidad es una absoluta entelequia, en tanto la sabia mezcla de personajes y situaciones muchas veces se acerca a la genialidad.
Pero es uno de los últimos consejos de Stephen King el que me parece más fructífero. Dice que cuando estaba aún en la escuela primaria, descubrió a Murray Leinster, un escritor de novelas de ciencia ficción. El hallazgo fue que Leinster era un horrendo escritor. Sus personajes eran tan sólidos como el papel de fumar, las tramas eran absolutamente absurdas. La novela, dice el escritor, fue muy importante en su carrera literaria. Pues por primera vez, encontró un narrador malísimo, y pensó: “Yo puedo escribir mejor que él. Mi Dios! Es que ya estoy escribiendo mucho mejor que él”. Y añade King: “¿Qué puede ser más alentador para el escritor en ciernes que descubrir que su obra es superior a la de alguien que recibe dinero por su tarea?”
Solo leyendo malas novelas se puede aprender a escribir novelas buenas, dice King. Por lo tanto, El valle de las muñecas, o Flores en el ático, deberían convertirse en lectura obligatoria de todo escritor en ciernes.
Ernest Hemingway recomendaba a un narrador que carecía de ideas colocar un dogal en torno a su cuello, arrojar uno de los extremos por encima de un árbol y pedirle a un amigo que lo sujetara fuerte. Luego, debía subirse a un banco, y patearlo. La tarea del amigo era soltar el extremo de la cuerda para que el escritor no muriera estrangulado. “Y luego, debe ponerse a escribir de inmediato”, decía Hemingway. “Al menos el sobresalto de sentirse estrangulado le servirá de inspiración”.
Ya dije anteriormente que tengo una relación de amor y odio con Stephen King. Pero hay algo imposible de negar: es muy generoso, y siempre brinda buenos consejos. No alardea ni de sus logros ni de sus defectos. Ha vivido una vida más trágica de lo que desea confesar. Y tiene demonios interiores para regalar. Es muy recomendable apropiarse de alguno de ellos.






miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando la ficción es la realidad



Mario Szichman


The suspension of disbelief, la interrupción de la incredulidad, era casi una obligación en las comedias de Bob Hope. El espectador estaba sumergido en la trama y de repente se mostraba un primer plano del actor, quien giraba la cabeza hacia el público en la sala y formulaba un comentario presuntamente gracioso vinculado con alguno de los personajes de la película.
La segunda vez que observé a Bob Hope en uno de esos apartes dejé de ver sus películas. Debía tener ocho o nueve años, pero los niños poseen una enorme percepción, hasta que los maestros y profesores les moldean el cerebro y les obligan a repetir como loros. Por suerte, en ocasiones, los maestros llegan tarde. El niño ha tenido ocasión de descubrir, gracias a un extraño, maravilloso descuido de sus mayores, algunas novelas bastante subversivas, como Las aventuras de Huckleberry Finn, Alicia en el país de las maravillas, La isla del tesoro, y especialmente Los viajes de Gulliver, cuyo realismo y sadismo supera cualquier imaginación calenturienta.  (Y si no me creen, lean el capítulo dedicado a los inmortales).
Creo que los apartes son tan antiguos como el teatro. Nunca entendí qué función cumplían. Pero la literatura está repleta de restos vestigiales, como la cola del mono en el hombre, y supongo que tiene algo que ver con la vanidad del escritor, o con sus remordimientos.
Recuerdo un simulacro de aparte en Misery, que para mí sigue siendo la mejor novela de Stephen King. Es el relato donde King más se acerca al genio, y en que aborda su oficio con más perspicacia. La historia es la de un escritor que sufre un accidente con su vehículo y es salvado de la muerte por una admiradora. Mientras el escritor se va recuperando de las heridas, la admiradora le consigue una vieja máquina de escribir para que redacte otra novela, pues cree que de esa manera evitará la depresión. Como en el relato de Evelyn Waugh The Man Who Loved Dickens, el escritor descubre que se ha convertido en prisionero de su benefactora. El texto está escrito con gran ironía y economía de medios. A medida que el narrador avanza en su escritura le ocurren una serie de percances. Su máquina de escribir pierde algunas letras, dificultando la comprensión del texto, en otras ocasiones la trama se interpone con la realidad. La figura de la admiradora se hace cada vez más temible, sugiere toda clase de cambios a la novela en ciernes, mezcla las medicinas del escritor con codeína, para bajar sus defensas, y cuando éste intenta huir, lo mutila.
Pero, a mitad de camino ocurre un incidente que siempre me hizo recordar los apartes de Bob Hope. La admiradora acusa al escritor de engañarla, y el escritor recuerda entonces una escena en que su ex esposa le formuló similar acusación, aunque no se trataba de una admiradora sino de su agente literaria. Creo que en ese capítulo tan discordante del resto de Misery hubo una intrusión de la realidad. Siempre sospeché que esa acusación de infidelidad no provenía de la admiradora hacia el protagonista de la novela, sino de la esposa de Stephen King hacia su marido.

DEL APARTE A LA CREENCIA

El aparte enfría una situación. Nos obliga a recuperar la posición de testigos. A Bob Hope el aparte le salía mal. Pero no a Buster Keaton. Creó varias obras maestras, pero nada tan surrealista como Sherlock junior. No hay en todo el cine hablado algo que se parezca a ese filme. (Por cierto, la actriz Mary Pickford solía decir que el cine parecía haber sufrido una involución, y que el cine hablado, con su primitivismo, había precedido al cine mudo). Sherlock junior es la historia de un aprendiz de detective que descubre en una película un drama similar al suyo. El protagonista se introduce en el filme, y altera el guión. La magia de Buster Keaton fue que en ese aparte logró al mismo tiempo introducir la interrupción de la incredulidad.
Pero se trata de un caso excepcional. Supongo que en líneas generales preferimos abandonar el recelo y hundirnos en una narración, en un filme, sin advertencia alguna.
Cornell Woolrich escribió un excelente relato de horror que tiene como protagonista a un niño: Si muriera antes de despertar. A fines de la década del cuarenta y comienzos del cincuenta, Hollywood produjo varios filmes basados en el mismo tema. No recuerdo si se ha hecho un filme con el cuento de Woolrich, pero al menos dos tienen como protagonistas a niños. En un caso, se trata del niño que llamó al lobo en excesivas ocasiones. El protagonista tiene una gran imaginación y siempre está inventando cuentos de aparecidos o de asesinatos. Hasta que finalmente presencia un asesinato de verdad, y nadie le cree. Excepto, obviamente, el asesino. Después está The Bad Seed, un filme basado en una novela de William March, que narra la historia de una asesina de ocho años de edad. La novela es excelente. March tuvo el tino de contar la trama desde la mirada de la madre, pero  la versión cinematográfica seguramente perdurará gracias a Patricia McCormack en el rol de la malvada niña. La actuación de McCormack fue tan plausible que el director Mervin LeRoy tuvo que añadirle una secuencia, tras el final, intentando mostrar que por una parte estaba la actriz, y por el otro lado la asesina del filme. En esa secuencia la niña hacía toda clase de travesuras con la actriz encargada de interpretar a su madre. Dudo que el público haya quedado muy convencido de la dicotomía. Pues para compensar por los apartes, el público suele fusionar al villano con la persona que lo encarna.
Recuerdo que en mi infancia propalaban una radionovela muy popular, Fachenzo el maldito. Obviamente, su protagonista era un villano. El actor consiguió tanto éxito que formó una compañía teatral y difundió la obra en pueblos del interior de Argentina. El problema era que cuando concluía la función, algunos vecinos del lugar esperaban al protagonista en las inmediaciones del teatro para molerlo a golpes. Sospecho que Fachenzo se había quedado con los ahorros de su pobre madre, posiblemente una costurera, y que con su infamia había arrastrado a su hermana por el camino de la prostitución. El intérprete de Fachenzo nunca pudo convencer al público de que una vez librado del maquillaje y de sus ropas de malvado era un buen padre de familia.
Se me ocurre ahora: tal vez los apartes de Bob Hope, un actor surgido del vodevil, eran la manera de frenar alguna reacción adversa de sus admiradores. Lamentablemente, si bien fue un actor muy famoso, nunca logró la celebridad del protagonista de Fachenzo el maldito. El mejor homenaje que podía rendirle el público, el sello de su gloria, era enviarlo al hospital tras  cada una de sus funciones.




domingo, 9 de febrero de 2014

¿Existe algún tipo de narrativa que no sea escapista?



Mario Szichman

William Faulkner decía que el ser humano no puede comer ni hacer el amor durante ocho horas seguidas. Lo único que puede hacer durante ocho horas seguidas es trabajar o dormir, y en eso se condensa toda su desdicha.
Por eso, una de las alternativas del ser humano es escapar, eludir la rutina, inventarse nuevos mundos, cometer infidelidades. (También está la posibilidad del psicótico, que vive en lo real, pero no es recomendable).
Recuerdo un filme italiano donde Gian Maria Volonté interpretaba al obrero de una fábrica, encargado de poner tuercas en artefactos. Eso era lo único que hacía todo el día. Y para darse ánimos, el obrero entonaba: “Una tuerca, un trasero”. Ignoro cuantas tuercas insertaba el obrero en derrières de manera cotidiana, pero parecía más feliz que aquellos que veían en una tuerca simplemente una tuerca.
¿Cómo hace el ser humano para eludir la rutina? Un buen método es trabajar en algo que le agrada realizar. Balzac, a pesar de que estaba condenado a galeras corrigiendo galeradas, no hubiera cambiado su esclavitud por todo el oro del mundo. Una vez le confesó a George Sand que la tarea del escritor era inmejorable: “Hacemos lo que nos gusta”, le dijo, “y además, nos pagan por ello”.
En muchas profesiones se puede encontrar el mismo placer de trabajar en algún menester creyendo que se está en otra parte.
Pero no todo ser humano puede escapar de un trabajo pesado o de una labor tediosa si hay un jefe cuya única tarea es vigilar la tarea de sus súbditos, especialmente si sus súbditos usan computadoras, que es la mejor –y peor– máquina de escapismo de los tiempos modernos. Recuerdo que hace un tiempo, en medio de otro crudo invierno neoyorquino, decidí hacerme socio de una biblioteca pública de mi condado. La biblioteca está muy bien surtida, queda frente a un bello parque con un enorme lago, hay grandes ventanales, los asientos son cómodos, los empleados muy amables, y abundan los cubículos donde uno puede instalar su computadora. Inclusive la biblioteca presta dvds de películas, que uno puede observar en su pantalla.
Curiosamente, solía abandonar la biblioteca bastante deprimido, sin entender el por qué. Finalmente descubrí dónde radicaba el problema: varios de los asistentes usaban las computadoras para navegar por los sitios porno del internet.
Opté por ir a Manhattan y hacerme socio de la Public Library de la calle 42, la mejor de Estados Unidos, después de la Biblioteca del Congreso. Allí tropecé con un nuevo mundo. La sala principal es muy amplia, y además, su techo es de vidrio, por allí entra toda la luz del cielo de Manhattan, inclusive en días grises.
(Algo que aprendí a lo largo de los años: es preferible trabajar en un lugar donde otras personas que comparten el espacio están más interesadas en sus proyectos que en contemplar películas pornográficas).
Pero aún así, tras revisar libros que me permiten avanzar en un proyecto literario, siempre concluyo con lo que otros pueden considerar literatura escapista. ¿En qué consiste esa literatura? En primer lugar, debe poseer un contenido erótico. Creo que el ser humano, sin importar la edad, necesita que el erotismo posea una buena dosis de romanticismo. El erotismo en sí puede ser bastante chocante. Necesita ser acompañado por un elemento de humildad y de seducción. El novelista Stephen King dice que le repele el moderno erotismo, pues en lugar de exhibir el amor y la ternura con que se acarician dos seres humanos, exhibe en cambio “la plomería de la lujuria”. Y por alguna razón, eso rebaja la calidad de la narrativa.
El grande entre los grandes Jim Thompson es un maestro a la hora de mostrar el enamoramiento de una pareja. Pero las novelas que escribió en la década del setenta, cuando se había levantado la censura en materia sexual, lo muestran en su peor momento. Por alguna sabia razón, la narrativa nunca tolera lo explícito. Excepto cuando está acompañado de humor y de una gran ternura.
Recuerdo otra película, dirigida por el británico Tony Richardson. Estaba basada en un relato de Vladimir Nabokov. Un artista se enamoraba de una mujer bastante vulgar. En una escena, ambos se disponían a hacer el amor en un cuarto de hotel. La cámara se iba alejando de los cuerpos, se enfocaba en la pared del cuarto, empezaba dar un giro de 360 grados y de repente, volvía a enfocarse en la pareja, y en la plomería de la lujuria. El efecto era muy cómico, pues destruía una de las convenciones de ese género romántico.
Además del contenido erótico –y su escala también depende de la época, como lo demuestra esa joya que es “El mundo perdido” de Arthur Conan Doyle – la literatura escapista nos debe transportar a otro mundo: al centro de la tierra, o a Marte, o invitarnos a realizar una recorrida por el planeta. Nadie se ha aburrido jamás con Julio Verne, con Edgar Rice Burroughs o con Mark Twain.
Pero además, está el goce vicario. El lector necesita padecer los peligros que acechan al protagonista, confiar en su talento para sortearlos. Por supuesto, no toda literatura escapista tiene la misma calidad en materia de escape. Nunca confiamos plenamente en James Bond, porque sabemos que saldrá bien librado de todas sus peripecias. Lo mismo ocurre con Jack Reacher, la nueva sensación del policial negro creado por Lee Child. En cambio, el protagonista de The Firm, la novela de John Grisham, nos resulta grato por su jactancia y por su vulnerabilidad. Un día está en la cumbre del mundo, y al otro día, los socios en su firma contratan asesinos para acabar con él. Algo similar ocurre con el novelista que protagoniza Misery, la excepcional novela de Stephen King. El novelista, un creador de best-sellers, sufre un accidente automovilístico, queda herido, y quien lo rescata es una de sus admiradoras, un ser monstruoso que pospone su recuperación, lo mantiene adicto a la codeína, y lo obliga a escribir una novela que tiene como personaje principal a su salvadora. (En la escueta correspondencia que mantuve hace muchos años con Stephen King, admitió que para él era su mejor novela). Pero Misery se puede escribir una sola vez. Es evidente que el narrador usó a su alter ego para exorcizar demonios. Inclusive figura la revelación de una infidelidad conyugal que no se ajusta a la personalidad del protagonista.
Y, para cerrar el círculo: ¿logró escapar Stephen King de su vida cotidiana con esa novela tan escapista, tan sórdidamente real? Es evidente que en algo se sintió liberado, pues nunca más volvió a trabajar el tema, aunque tampoco volvió a alcanzar el nivel de perfección de Misery.
Las producciones artísticas se caracterizan por otro elemento: su condensación. En las artes visuales, en la escultura, en la pintura, podemos echar una ojeada de escasos minutos a seres míticos, a incidentes que cambiaron la historia en el transcurso de los siglos. Sin embargo, solo la literatura nos permite sumergirnos en otras vidas y abreviar años de desdichas, momentos de indecible peligro o de exaltación, en algunas horas, en escasos días. Son como el sucedáneo de esas carreras de autos donde los años de vida de un motor se consumen en las sesenta vueltas de un circuito. De repente, todos los personajes que pueblan las novelas se convierten en arquetipos, o sirven de arquetipos a otros personajes. Anna Karenina, Madame Bovary, desprenden nutridas comparsas de mujeres infieles. La esposa del pastor Hightower en Light in August, esa magnífica creación de William Faulkner, puede hacer una breve, inolvidable aparición, porque Tolstoi y Flaubert se anticiparon a sus deseos, a sus necesidades, a su incurable melancolía. Y su suicidio es impensable si no hubiese sido precedido por el de Anna Karenina.
Los escritores no suelen ser dioses, pero los mejores de ellos nos ayudan a marcar o a rehuir un destino. Y es por eso que los seguimos leyendo.
Es interesante señalar además que no toda literatura que empieza como escapista concluye de igual manera. Tal vez es en el género policial donde se advierte con más claridad una radical transformación del material. Es como si el texto escapara de las manos del narrador quebrando así el pacto que firmó con el lector para que sea su cómplice hasta el final del relato.  Eso puede observarse en prácticamente todas las novelas de Jim Thompson, especialmente en ese descenso en los infiernos que es The Nothing Man, así como en las novelas de Charles Willeford protagonizadas por el sargento de la policía de Miami Hoke Moseley, o en Eye of the Beholder, de Marc Behm. Todos esos creadores demuestran que describir el aburrimiento no tiene por qué ser una tarea aburrida.
Al mismo tiempo, esos escritores parecen tener la extraña cualidad del psicótico y nos sumergen en una realidad de la que querríamos escapar. Como si quisieran explicarnos que ni la literatura escapista nos puede brindar una escapatoria.