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miércoles, 7 de marzo de 2018

“The Eye of the Beholder” de Marc Behm. El deseo y la perversión


Mario Szichman


Marc Behm

No existe una traducción literal al español de The Eye of the Beholder. Una posible versión es: “Todo depende del color del cristal con que se mira”.
Por ejemplo la frase: Depending on the eye of the beholder, a bath of hot water may be half-full or half-empty se traduce como “Según el color del cristal con que se mire, una bañera de agua caliente puede estar medio llena o medio vacía”.
El problema es que algo se pierde de la versión en inglés. Pues Eye, ojo, significa también detective, a raíz de la famosa agencia Pinkerton, que antes de consagrar sus energías a la tarea de investigar adúlteros por encargo de sus cónyuges, además de una variada gama de malhechores, fue contratada por empresarios y se concentró en la cacería de sindicalistas y “rojos”.

El logo de Pinkerton era justamente un ojo avizor, acompañado del lema: We never sleep, nunca dormimos.


Desde el título, The Eye of the Beholder, la obra maestra del novelista norteamericano Marc Behm, sumerge al lector en una trama que no tiene antecedentes ni consecuentes en la narrativa estadounidense ... a excepción de otra novela del mismo autor: Afraid to Death, que es una imagen especular de The Eye of the Beholder.
Un día, la agencia de investigaciones donde trabaja The Eye, recibe la visita de un millonario, quien desea localizar a su hijo. El joven ha huido del hogar acompañado de una misteriosa femme fatale.
Corresponde a The Eye, un detective adicto a las palabras cruzadas –nunca nos enteramos de su nombre– la tarea de localizar a la pareja. Pero existe un problema con The Eye: está acosado con sus propios fantasmas. Ha perdido todo rastro de su hija. Posee apenas una fotografía de un grupo de niñas tomada en un colegio. Todas rondan los 11 años de edad. Una de ellas es su hija. Pero ¿cuál? ¿No será la femme fatale que huyó con el hijo del millonario? El detective decide, sin prueba alguna, que la femme fatale es su añorada hija. Por lo tanto, su deber es protegerla.
Existe sin embargo un escollo: el único talento de la dama consiste en seducir hombres ricos, robarles su dinero, y asesinarlos.

ALUCINACIONES

The Eye acepta desde el primer momento que tal vez es víctima de un delirio. Quizás la mujer no es su hija, pero persiste la duda obsesiva. Por lo tanto, decide seguirla a todas partes, y ampararla. Es una relación que se acerca al incesto.
En ocasiones, el detective ayuda secretamente a la mujer en sus crímenes. Luego de cada asesinato, The Eye elimina toda prueba que pueda incriminar a su presunta hija. A veces, esconde los cadáveres. De esa manera, el hipotético padre comienza una quijotesca cacería de la mujer, cubriendo buena parte del territorio de Estados Unidos.
La trama se desarrolla con los escasos, recónditos elementos de una obsesión. La femme fatale cambia de amantes –apenas uno se salva, pues le confiesa que ha perdido a su hija—de la misma manera en que suplanta de su personalidad nombres, apellidos y pelucas. Aunque es una voraz consumidora de hombres, también se enamora de mujeres, casi siempre buscando protección, o una noche de amor, aunque sin bajar la guardia un solo instante.

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Behm narra con una prosa muy especial, escueta, rítmica, cargada de las resonancias de una pesadilla.
Es obvio que tanto The Eye como su conjetural hija provienen de alguno de los círculos del infierno urdidos por Dante. Todo es fantasmagórico, irreal, en Eye of the Beholder. Es como esos road filmes que se hicieron muy populares en Estados Unidos en la década del sesenta, al estilo de Thelma and Louise. Existe una virtud transformadora en esas películas. Dos simples amas de casa, como Thelma y Louise, pueden mudarse sin problemas en atracadoras. La vía es ancha y ajena. Permite que el ser humano se haga invisible.
A lo largo de su inalterable huida, tanto el protagonista como la femme fatale tropiezan con múltiples representantes de los bajos fondos, pasan por diferentes etapas –la femme fatale queda embarazada, y pierde a su bebé—y van envejeciendo en la invisible compañía del otro.
Behm podría haber coexistido perfectamente con los autores de tragedias griegas, pues tanto los escenarios, como los seres humanos que habitan su novela, son frugales en sus alojamientos, parcos y devastadores en sus pasiones.

EL MISTERIO DE UNA FAMA

Resulta extraño que Behm, una figura de culto en Francia, sea poco conocido en Estados Unidos, su país de origen.
Nació en Trenton, New Jersey, en 1925, y falleció en Francia, en el 2007. Combatió como soldado del ejército norteamericano durante la segunda guerra mundial, y quedó prendado de la cultura francesa. Los franceses suelen considerarlo como uno de sus intelectuales, y han traducido todas sus novelas. (Parte de la narrativa de Behm fue escrita originalmente en francés).
Su principal forma de ganarse la vida era como guionista de cine. Colaboró en las sinopsis de dos clásicos del cine: Charade, protagonizada por Cary Grant, y Help! Uno de los filmes más famosos de los Beatles.
En cuanto a su producción narrativa en inglés, además de The Eye of the Beholder, considerada su obra maestra, está su “cuasi” obra maestra, Afraid to Death, una rareza que a algunos críticos fascina, y a otros desconcierta, y The Queen of  the Night. Hay otras cinco novelas que escribió en francés.

UNA NOVELA QUE NO TOMA PRISIONEROS

Marc Behm debutó en la narrativa en 1977 con The Queen of the Night. Es la historia, en primera persona, de una dama promiscua, y de sus aventuras en la Alemania nazi.
La mujer conoce a Adolph Hitler, a Joseph Goebbels, a Adolph Eichmann, a Heinrich Himmler, y a otros jerarcas del nazismo. También a Eva Braun, la amante de Hitler hasta el último día de su existencia, cuando se casó con el Führer horas antes de suicidarse junto con su galán.
La “reina de la noche” es testigo de toda clase de excesos sexuales, incluyendo la necrofilia, y colabora sin problemas en la “solución final” del problema judío, viajando en un autobús especialmente equipado, donde se puede asesinar a prisioneros gracias a una válvula situada en el techo del vehículo, que disemina monóxido de carbono en su interior.
Lo incómodo de la novela es que Behm nunca permite la redención de la “heroína”. Ella es testigo, y también participante, en todos los horrores del nazismo, aunque exhibe cierta ambivalencia con los resultados.
En cuanto a Afraid to Death, la “cuasi” obra maestra de Behm es, como señalábamos antes, la imagen en espejo de Eye of the Beholder. En este caso, en lugar de decenas de hombres seducidos y asesinados por una femme fatale, el principal personaje masculino se convierte en presa de una dama que es, en realidad, el ángel de la muerte.  
La fascinación con la narrativa de Behm aflora y desaparece por temporadas, pero siempre hay algún adepto que resucita su prosa.
Al escribir el obituario de Behm en The Guardian de Londres, el crítico y editor Maxim Jakubowski resumió su fervor por el autor recordando que tras obtener una copia de segunda mano de The Eye of the Beholder, quedó tan fascinado con el texto, “que consideré mi misión crear una editorial a fin de publicarla”. Y la editorial funcionó con éxito, en parte, gracias a las novelas de Behm.
El autor tenía un estilo muy especial. Agarraba al lector por la solapa, y no lo soltaba hasta enunciar su última frase.
Un crítico no estuvo muy errado cuando dijo que Eye of the Beholder le recordaba un potboiler escrito por el grande entre los grandes Jim Thompson y corregido por William S. Burroughs.


domingo, 19 de octubre de 2014

Libros imposibles de clasificar



Mario Szichman



Robert Louis Stevenson no solo fue el autor de la mejor novela para niños: La isla del tesoro, y del mejor relato de horror: Dr. Jekyll and Mr. Hyde, sino además un portentoso lector, pues incitaba al hábito de aferrarse a la página impresa tras descubrirnos sus placeres. Es suficiente leer su elogio a El vizconde de Bragelonne, de Alejandro Dumas –que consideraba una novela superior a Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo– para salir corriendo a buscar una copia. (El lector no quedará defraudado).  

Hay libros que pecan de inclasificables. ¿Dónde podemos ubicar a La biblia en España, de George Borrow? (por cierto, otro de los favoritos de Stevenson). En noviembre de 1835, mientras se libraba en España una más de las numerosas guerras civiles que padeció la Madre Patria, Borrow, un promotor de la biblia protestante, viajó a la Península con el propósito de difundir su credo.

El único libro que se aproxima a sus aventuras es el Gil Blas de Santillana.  Borrow conoció a todos los estratos de la población española, desde el primer ministro hasta el último de los mendigos, y cada encuentro con un personaje fue diseñado como un aguafuerte. ¿En qué estante colocar La biblia en España? No es un libro de viajes, en el estricto sentido de la palabra. De no ser por las fechas, o los nombres y apellidos de personajes famosos, o la mención de eventos históricos, podría leerse como una novela picaresca o de aventuras.

Y después, en el territorio de la narrativa policial hay tres novelas que dejan boquiabierto a los lectores, y que carecen de antecedente o consecuente, un poco como el Tristram Shandy de Lawrence Sterne en el campo de la literatura clásica. Quien se halle convencido de que el Ulises de James Joyce es una obra innovadora, podrá verificar con asombro que Sterne enfiló dos siglos antes en una dirección mucho más ambiciosa. Buena parte de la novela transcurre mientras el protagonista se halla aún en el útero materno. Sterne usó hasta recursos tipográficos para poner patas arriba la narrativa, por ejemplo, ubicar la portada y contraportada en páginas interiores. También describió con la precisión de un entomólogo el ascenso por una escalera. Y eso sin descuidar un desembozado erotismo, que a veces llega a la escatología, una ironía muy sutil, o el humor más chabacano.

Un poco el equivalente del Tristram Shandy entre los mysteries son The Red Right Hand, de Joel Townsley Rogers, Eye of the Beholder, de Marc Behm, y The Nothing Man, de Jim Thompson.

La novela más fascinante de ese grupo, y posiblemente la más difícil de traducir, es The Red Right Hand. Lo que Stevenson aplicaba a la lectura de El vizconde de Bragelonne puede aprovecharse para la novela de Joel Townsley Rogers. Se necesita una cama muy cómoda, una chimenea encendida, y una nevada en el exterior para disfrutar inmensamente de su lectura. La narración se inicia con un médico, el doctor Riddle, refugiado en una vivienda de Connecticut, aguardando a que un grupo de policías descubran a un asesino oculto en los alrededores. Su único acompañante es una bella adolescente cuyo novio ha sido asesinado por un ser grotesco, cuando ambos se dirigían a un juzgado de paz para contraer nupcias. El lector aguarda junto con el narrador la irrupción del asesino en la vivienda.

 Rogers combina el suspenso con el terror de una manera desusada. A diferencia de otros narradores del mainstream, obliga a varias relecturas de la novela. Cuando finalmente se llega al desenlace, hay que volver a leer al principio, pues todas las claves que manejaba el doctor Riddle (riddle es en inglés adivinanza) son una serie de acertijos, insertos unos en otros, como en la caja de un ilusionista. La real magia de Joel Townsley Rogers es conseguir mantener el suspenso hasta el final.

Eye of the Beholder funciona con otros parámetros, pero en la misma vena de empujar la narración hasta los límites. Una traducción no literal del título sería: Todo depende del cristal con que se mira. Pero “Eye”, en inglés, es sinónimo de detective, y el protagonista de la novela es un detective cuya esposa lo abandonó llevándose a su hija pequeña. El detective posee algunas fotos de su hija, cuando tenía unos siete años de edad. Han pasado casi veinte años, y de repente, por una serie de datos que ignoramos si son reales o productos de su imaginación, el detective decide que ha encontrado a su hija. Hay un solo problema: la mujer es una asesina profesional, cuyo único hobby es leer incansablemente el Ricardo III de Shakespeare, o hacer crucigramas. La presunta hija del detective es un vendaval que cambia de amantes como de pelucas. Y con cada cambio de peluca comete un asesinato, roba el dinero de su amante, y se hace cada vez más próspera, recorriendo de una punta a otra el territorio de Estados Unidos buscando nuevas presas. La vuelta de tuerca de la novela es que el detective empieza a seguir a la que presume es su hija no para arrestarla, sino para protegerla y ayudarla a borrar las huellas de algunos de sus asesinatos.  

Aunque algunas piezas del magnífico ensamblaje de Behm pertenecen al teatro del absurdo, es evidente que lo fascinaba la tragedia griega. Si alguien quiere encontrar el significado exacto de la palabra catarsis, puede descubrirlo en el final de Eye of the Beholder.

Por último está The Nothing Man, de Jim Thompson. En la narrativa policial norteamericana Thompson hace quedar a los grandes gurúes: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, o John D. Macdonald como aventajados amateurs. Recuerdo haber conversado con Arnold Hano, uno de los editores de Lion Books, la casa editorial donde el novelista publicó sus paperback originals.  

Aunque los pulps estaban escritos a toda carrera por algunos de los mejores practicantes del oficio, contaban con una asesoría que inclusive hoy es difícil de encontrar en editoriales serias. Hano tenía en su escritorio algunas sinopsis de novelas para distribuir entre su elenco de escritores. Las sinopsis se basaban en los clásicos griegos o romanos, o en la narrativa rusa y francesa del siglo diecinueve. Tal vez no abundaba Sigmund Freud o James Joyce, pero quien escribía para Lion Books terminaba muy familiarizado con Edipo Rey, Antígona, Ana Karenina, Crimen y Castigo, o La piel de zapa. El aporte de Thompson fue subvertir la narrativa incorporando la sátira de Addison, de Swift o de Butler, o el lugar común. The Killer Inside Me es la historia de un alguacil  tejano, Lou Ford –junto con Nick Corey, de Pop. 1280, el villano más horriblemente simpático del policial norteamericano (por no decir de toda su literatura), cuya técnica consiste en matar literalmente de aburrimiento a sus potenciales víctimas torturándolas con frases hechas antes de eliminarlas de la faz de la tierra.

Pero en The Nothing Man Thompson dio un paso más. Su protagonista es un periodista que ha perdido su virilidad. Comete una serie de asesinatos, los confiesa, y la emasculación sufrida durante la guerra es el salvoconducto que garantiza su impunidad.

Toda la narrativa de Thompson está impregnada de esa magia negra. Savage Night es el relato de un asesino enteramente dotado de prótesis que al final de la narración se desvanece en el aire como el gato de Cheshire. The Golden Gizmo comienza de esta manera: “Fue poco antes de concluir su labor de ese día que Tod Kent conoció al hombre sin quijada y al perro que hablaba” (hay que retroceder al Diario de un loco de Nikolai Gogol para encontrarse con un texto parecido). A Hell of a Woman concluye en dos relatos superpuestos de un héroe totalmente escindido. The Grifters tiene una Yocasta del siglo veinte que reemplaza a su hijo en el crimen final, y en The Getaway, una pareja de atracadores de bancos realiza un ascenso simbólico a la ciudad de El Rey, y un descenso literal al infierno.

Al igual que Thompson, tanto Joel Townsley Rogers como Marc Behm son inclasificables, e inatrapables porque escriben en el presente desde un remoto pasado. Por alguna extraña razón, se han librado de la grasa, la exposición, el esclarecimiento, y avanzan raudos por el territorio de la sinopsis. Creen que la vida es un misterio, una caja de Pandora, un rompecabezas, sin principio ni final, que los dioses controlan nuestra providencia, que incurrimos en varios destinos a la vez, y que Dios sí juega a los dados con el universo, aunque Einstein estaba en contra de esa tesis. 

En los tres autores prima una disolución, ya se trate del significado de un texto, de la apariencia de normalidad, o de la justicia como esencia. Creo que el más inquietante sigue siendo Jim Thompson; recuerda a esos autores de dramas litúrgicos que apelaban a la pornografía para divulgar su credo religioso.