Mostrando entradas con la etiqueta Joel Townsley Rogers. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joel Townsley Rogers. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de junio de 2016

Una gran novela policial con el asesino en el título


Mario Szichman



The Red Right Hand, de Joel Townsley Rogers es, en opinión de varios críticos, la mejor novela policial que se haya escrito en los Estados Unidos.
Prefiero las novelas hard–boiled de Jim Thompson, Newton Thornburg, o Charles Willeford. Han dejado de entusiasmarme Dashiell Hammett y Raymond Chandler, aunque Cosecha Roja, de Hammett y The Long Goodbye, de Chandler, tienen excelentes momentos.
Sin embargo, la narrativa de Joel Townsley Rogers ocupa un lugar muy especial porque ha logrado combinar el suspenso con la novela de horror, los mitos infantiles, y el acertijo. No hay muchas novelas donde el nombre del asesino aparece en el título. 

Rogers (1896–1984) escribió durante casi sesenta años relatos policiales, de ciencia ficción, y de air-adventure para los pulps, esas revistas y novelas impresas en un papel muy barato, fabricado con una mezcla de fibras de celulosa. A poco de andar, ese papel se ponía amarillo y su contextura era como la quebradiza corteza del pan. Los textos remedaban la tragedia de todo ser humano, al principio polvo eran, y al final, al polvo retornaban. Pero el pulp también adquirió una nobleza especial. Algunas novelas que comenzaron en ediciones baratas terminaron en una segunda publicación, más cuidada, varias como sucedáneas de tragedias griegas. Posteriormente, en ediciones más caras, se convirtieron en clásicos.
Eso ocurrió con The Red Right Hand. Tengo varias copias de esa narración, desde la edición que se desmenuza, hasta una muy buena impresa por la Universidad de California en su colección The Mystery Library (1978). Allí aparece una entrevista al autor, ensayos sobre su obra, y reproducción de ilustraciones hechas para la portada del relato The Red Right Hand publicado por primera vez en la revista New Detective, en marzo de 1945. Rogers amplió el texto hasta convertirlo en una novela. Meses más tarde fue publicada por Simon and Schuster en su colección Inner Sanctum. La novela, con el título Jeu de Massacre, ganó en 1951 en Francia El Gran Premio de Literatura Policial. A veces, los críticos franceses aciertan más que los norteamericanos. Jim Thompson era un nombre reverenciado en Francia mucho antes que hiciera su comeback en Estados Unidos.
Podría traducirse The Red Right Hand como La diestra roja. Hay en la novela una mano –la diestra– que es seccionada del cadáver de una persona asesinada. En inglés, el adjetivo  diestra o diestro, es dexter. Y Dexter es el apellido del asesino.  Por otra parte, cuando se reacomoda el apellido de Inis St. Erme, el presunto asesinado, la palabra resultante es sinister. Siniestro, además de su significado más conocido, es lo opuesto a diestro, o dexter

Retrato de Joel Townsley Rogers

Rogers juega con las palabras, con infinitas coincidencias, con el doble, con el trasvasamiento de los cuerpos, con impostores y disfraces. Su prosa es tan radiante como un cuento infantil. Recuerda esos  módulos donde se entrenan comandos norteamericanos, las llamadas “casas para asesinar”. Esos módulos pueden ser reacoplados para transformarse en salones de conferencias, baños, o inclusive salones de fiestas.
Tal vez Rogers, un modernista avant la lettre, nunca le prestó excesiva importancia a su original forma de narrar, aunque la reiteró en otras novelas  como The Stopped Clock, o Lady with the Dice. En todos los casos, es como si los protagonistas transitaran por efímeros decorados, o fuesen actores principales en una pesadilla. Voces o percepciones se encargan de determinar el formato o la función del siempre cambiante objeto.
Como poderoso trasfondo, están los infantiles cuentos de terror. Elinor Darrie, la heroína del relato, es una virgen, “educada para tener miedo a los hombres”, que debe sufrir un rito de pasaje. Un día, un hombre al que recién acaba de conocer le propone matrimonio.  En viaje a Connecticut, donde van a casarse ante un juez de paz, los novios recogen en su automóvil a un vagabundo. Llega el anochecer, y comienza la pesadilla. Mientras buscan un lugar junto a una laguna para comer algunas viandas –la acequia tiene el nombre de Dead Bridegroom´s Pond, o laguna de la novia muerta– se registra una escena en que el vagabundo parece asesinar al novio, y luego enfila hacia Elinor, quien logra ocultarse y huir del lugar. Finalmente, la mujer es encontrada al borde de un camino secundario por un cirujano llamado Henry N. Riddle, quien la traslada en su automóvil a la vivienda de un psiquiátra, Adam Mac Comerou, autor de un manual donde se analizan casos de homicidas famosos. (Uno de los casos reseñados por el psiquiátra es el de un asesino –su sobrino– que lo terminará matando).  
Elinor no consuma la boda, y por lo tanto, elude la suerte de las heroínas de Barba Azul. Repite, en cambio, el mito de La Bella Durmiente. Durante el transcurso de la novela, duerme en un sofá, mientras el doctor Riddle, su potencial príncipe azul, se arma de coraje e intenta capturar al aparente asesino de su prometido, Inis St. Erme.
Es difícil hallar otro relato en que el crítico necesite usar con tanta insistencia palabras como aparente, supuesto, figurado, o pretendido. El relato es contado desde el punto de vista de Riddle (que en inglés, significa acertijo). Rogers añade nuevos elementos al suspenso. El cirujano muestra analogías con el escurridizo asesino, al punto de hacer sospechar al lector que se halla ante una versión moderna de Dr. Jekyll and Mr. Hyde.  
Rogers fundió en su texto dos subgéneros del mystery, el acertijo presente en Agatha Christie, en Margery Allingham, o en Dorothy L. Sayers, con el pánico presente en muchos cultores del policial noir. Las novelas de las damas del crimen británico siempre terminan reafirmando la solidez de las instituciones, el triunfo del bien.  En cambio, el narrador y protagonista de The Red Right Hand es tan ambiguo como el resto de los personajes. Además, no está sentado en un sofá, intentando anudar las claves del misterio. Parece transitar siempre arenas movedizas, en tanto el potencial asesino acecha a sus espaldas.
El producto de Rogers es un trabajo de orfebrería. Si ya el título anuncia el nombre del asesino, en el primer párrafo de la novela se muestran los elementos que conducirán hacia su desenlace.   
“Existe algo muy importante en el oscuro misterio de esta noche”, comienza la narración, “y consiste en averiguar cómo ese hombre feo, pequeño, con su cabellera cobriza, y sus ojos de tonalidad roja, con su desgarrada oreja, sus afilados dientes, sus retorcidas piernas y su truncada estatura… pudo haberse desvanecido de manera tan completa de la faz de la tierra, luego de asesinar a Inis St. Erme… Y además, ¿qué es lo que hizo con la diestra de St. Erme?”.

EL ACERTIJO

Un crítico se quejó en The San Francisco Chronicle que en The Stopped Clock, otra novela de Rogers, “hay tantas coincidencias en el relato, que el lector empieza a mostrar serias dudas”. La misma queja puede formularse con The Red Right Hand. El factor a esclarecer es si Rogers usó la coincidencia por incapacidad narrativa, o porque quiso demoler el género del mystery. La coincidencia está vedada tanto en la novela policial como en buena parte de la narrativa tradicional. Todavía hoy no le perdonan a William Faulkner que en su espléndido relato Wild Palms, el protagonista de una de sus historias encuentre milagrosamente una billetera repleta de dinero que le salva la vida y le permite continuar el romance con una mujer de amarillentos ojos que le arruina la existencia.
La sospecha más plausible en esa espléndida novela titulada The Red Right Hand, es que se trata de una parodia del género y de sus convenciones.
Inis St. Erme, el novio de Elinor, no ha sido asesinado por ese “hombre feo, pequeño, con su cabellera cobriza, y sus ojos de tonalidad roja” En realidad, el presunto Inis St. Erme es el asesino del pobre vagabundo que recogió en su automóvil. Tampoco se llama Inis St. Erme (transmutado en Sinister Me), sino Dexter, el dueño de un garaje. Su propósito es robar el dinero de su novia, Elinor. En camino hacia Connecticut, aunque con el declarado propósito de buscar un juez de paz y casarse, su real intención es asesinarla y abandonar su cadáver en algún remoto bosque. 
La jornada para Dexter, el asesino, comienza en su garaje de Nueva York. La jornada para el cirujano Harry Riddle comienza en Vermont, donde ha fracasado en su intento de salvar la vida de un paciente, y debería concluir en Nueva York. Pues viaja en un automóvil prestado por los deudos del fallecido paciente y el cual ha sido rentado en el garaje de Dexter.  
El asesino y el hombre que terminará por revelar su identidad tropiezan a mitad de camino, en Connecticut. Y el doctor Riddle y Elinor, aunque nunca antes se habían visto en su vida, viven apenas a una cuadra de distancia, uno de otro, en el centro de Nueva York.
Si no fueran suficientes esas coincidencias, tanto Riddle como el vagabundo asesinado por Dexter cuando se había transmutado en  Inis St. Erme, tienen cabello cobrizo, y una oreja desgarrada. El vagabundo ha perdido el lóbulo izquierdo de su oreja. El doctor Riddle ha lastimado su oreja izquierda mientras intentaba reparar su automóvil. El sombrero que lucía el vagabundo cuando Inis St. Erme lo invitó a subir a su automóvil, había sido previamente propiedad de Riddle, quien lo había arrojado a un recipiente de basura en Nueva York.
Los buenos narradores suelen valerse de casualidades para apuntalar sus personajes, establecer conexiones. Es obvio que Riddle podría ser el doctor Jekyll. Pero ¿cuál es su Míster Hide? Ese “hombre feo, pequeño, con su cabellera cobriza”,  no es el asesino, sino la víctima del asesino.
Anthony Boucher, un muy buen novelista y crítico, dijo de una de las novelas de Rogers: “Es dos veces más dilatada que una novela de suspenso promedio, cinco veces tan intrincada, y diez veces tan apasionante”. Lo mismo puede aplicarse a The Red Right Hand.
Otro de los protocolos del género es que apenas se descubre al asesino, es necesario poner fin a la narración. Pues Rogers descartó esa convención, y dedicó las últimas cuarenta páginas de la novela a explicar cómo Riddle descubrió al asesino, usando la misma lógica y el mismo suspenso dedicados al resto del relato, sin que ni por un momento disminuya la tensión.   
Tal vez la magia final de The Red Right Hand es la manera en que la abundancia de coincidencias reacomoda las expectativas del género. Es muy difícil encontrar otra novela donde el lector se sienta tan tentado de consultar directamente al autor acerca de las reiteradas transgresiones que ha cometido en su narración de la historia. Pero Rogers no defraudó al lector, solo le mostró alternativas viables hacia un final admisible. Y además, en una atmósfera de terror genuino, con un lenguaje preciso, escenarios surreales, y una poderosa carga mítica. Tal vez la lógica del relato no resulte convencional, pero el producto es una obra de arte.  



domingo, 19 de octubre de 2014

Libros imposibles de clasificar



Mario Szichman



Robert Louis Stevenson no solo fue el autor de la mejor novela para niños: La isla del tesoro, y del mejor relato de horror: Dr. Jekyll and Mr. Hyde, sino además un portentoso lector, pues incitaba al hábito de aferrarse a la página impresa tras descubrirnos sus placeres. Es suficiente leer su elogio a El vizconde de Bragelonne, de Alejandro Dumas –que consideraba una novela superior a Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo– para salir corriendo a buscar una copia. (El lector no quedará defraudado).  

Hay libros que pecan de inclasificables. ¿Dónde podemos ubicar a La biblia en España, de George Borrow? (por cierto, otro de los favoritos de Stevenson). En noviembre de 1835, mientras se libraba en España una más de las numerosas guerras civiles que padeció la Madre Patria, Borrow, un promotor de la biblia protestante, viajó a la Península con el propósito de difundir su credo.

El único libro que se aproxima a sus aventuras es el Gil Blas de Santillana.  Borrow conoció a todos los estratos de la población española, desde el primer ministro hasta el último de los mendigos, y cada encuentro con un personaje fue diseñado como un aguafuerte. ¿En qué estante colocar La biblia en España? No es un libro de viajes, en el estricto sentido de la palabra. De no ser por las fechas, o los nombres y apellidos de personajes famosos, o la mención de eventos históricos, podría leerse como una novela picaresca o de aventuras.

Y después, en el territorio de la narrativa policial hay tres novelas que dejan boquiabierto a los lectores, y que carecen de antecedente o consecuente, un poco como el Tristram Shandy de Lawrence Sterne en el campo de la literatura clásica. Quien se halle convencido de que el Ulises de James Joyce es una obra innovadora, podrá verificar con asombro que Sterne enfiló dos siglos antes en una dirección mucho más ambiciosa. Buena parte de la novela transcurre mientras el protagonista se halla aún en el útero materno. Sterne usó hasta recursos tipográficos para poner patas arriba la narrativa, por ejemplo, ubicar la portada y contraportada en páginas interiores. También describió con la precisión de un entomólogo el ascenso por una escalera. Y eso sin descuidar un desembozado erotismo, que a veces llega a la escatología, una ironía muy sutil, o el humor más chabacano.

Un poco el equivalente del Tristram Shandy entre los mysteries son The Red Right Hand, de Joel Townsley Rogers, Eye of the Beholder, de Marc Behm, y The Nothing Man, de Jim Thompson.

La novela más fascinante de ese grupo, y posiblemente la más difícil de traducir, es The Red Right Hand. Lo que Stevenson aplicaba a la lectura de El vizconde de Bragelonne puede aprovecharse para la novela de Joel Townsley Rogers. Se necesita una cama muy cómoda, una chimenea encendida, y una nevada en el exterior para disfrutar inmensamente de su lectura. La narración se inicia con un médico, el doctor Riddle, refugiado en una vivienda de Connecticut, aguardando a que un grupo de policías descubran a un asesino oculto en los alrededores. Su único acompañante es una bella adolescente cuyo novio ha sido asesinado por un ser grotesco, cuando ambos se dirigían a un juzgado de paz para contraer nupcias. El lector aguarda junto con el narrador la irrupción del asesino en la vivienda.

 Rogers combina el suspenso con el terror de una manera desusada. A diferencia de otros narradores del mainstream, obliga a varias relecturas de la novela. Cuando finalmente se llega al desenlace, hay que volver a leer al principio, pues todas las claves que manejaba el doctor Riddle (riddle es en inglés adivinanza) son una serie de acertijos, insertos unos en otros, como en la caja de un ilusionista. La real magia de Joel Townsley Rogers es conseguir mantener el suspenso hasta el final.

Eye of the Beholder funciona con otros parámetros, pero en la misma vena de empujar la narración hasta los límites. Una traducción no literal del título sería: Todo depende del cristal con que se mira. Pero “Eye”, en inglés, es sinónimo de detective, y el protagonista de la novela es un detective cuya esposa lo abandonó llevándose a su hija pequeña. El detective posee algunas fotos de su hija, cuando tenía unos siete años de edad. Han pasado casi veinte años, y de repente, por una serie de datos que ignoramos si son reales o productos de su imaginación, el detective decide que ha encontrado a su hija. Hay un solo problema: la mujer es una asesina profesional, cuyo único hobby es leer incansablemente el Ricardo III de Shakespeare, o hacer crucigramas. La presunta hija del detective es un vendaval que cambia de amantes como de pelucas. Y con cada cambio de peluca comete un asesinato, roba el dinero de su amante, y se hace cada vez más próspera, recorriendo de una punta a otra el territorio de Estados Unidos buscando nuevas presas. La vuelta de tuerca de la novela es que el detective empieza a seguir a la que presume es su hija no para arrestarla, sino para protegerla y ayudarla a borrar las huellas de algunos de sus asesinatos.  

Aunque algunas piezas del magnífico ensamblaje de Behm pertenecen al teatro del absurdo, es evidente que lo fascinaba la tragedia griega. Si alguien quiere encontrar el significado exacto de la palabra catarsis, puede descubrirlo en el final de Eye of the Beholder.

Por último está The Nothing Man, de Jim Thompson. En la narrativa policial norteamericana Thompson hace quedar a los grandes gurúes: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, o John D. Macdonald como aventajados amateurs. Recuerdo haber conversado con Arnold Hano, uno de los editores de Lion Books, la casa editorial donde el novelista publicó sus paperback originals.  

Aunque los pulps estaban escritos a toda carrera por algunos de los mejores practicantes del oficio, contaban con una asesoría que inclusive hoy es difícil de encontrar en editoriales serias. Hano tenía en su escritorio algunas sinopsis de novelas para distribuir entre su elenco de escritores. Las sinopsis se basaban en los clásicos griegos o romanos, o en la narrativa rusa y francesa del siglo diecinueve. Tal vez no abundaba Sigmund Freud o James Joyce, pero quien escribía para Lion Books terminaba muy familiarizado con Edipo Rey, Antígona, Ana Karenina, Crimen y Castigo, o La piel de zapa. El aporte de Thompson fue subvertir la narrativa incorporando la sátira de Addison, de Swift o de Butler, o el lugar común. The Killer Inside Me es la historia de un alguacil  tejano, Lou Ford –junto con Nick Corey, de Pop. 1280, el villano más horriblemente simpático del policial norteamericano (por no decir de toda su literatura), cuya técnica consiste en matar literalmente de aburrimiento a sus potenciales víctimas torturándolas con frases hechas antes de eliminarlas de la faz de la tierra.

Pero en The Nothing Man Thompson dio un paso más. Su protagonista es un periodista que ha perdido su virilidad. Comete una serie de asesinatos, los confiesa, y la emasculación sufrida durante la guerra es el salvoconducto que garantiza su impunidad.

Toda la narrativa de Thompson está impregnada de esa magia negra. Savage Night es el relato de un asesino enteramente dotado de prótesis que al final de la narración se desvanece en el aire como el gato de Cheshire. The Golden Gizmo comienza de esta manera: “Fue poco antes de concluir su labor de ese día que Tod Kent conoció al hombre sin quijada y al perro que hablaba” (hay que retroceder al Diario de un loco de Nikolai Gogol para encontrarse con un texto parecido). A Hell of a Woman concluye en dos relatos superpuestos de un héroe totalmente escindido. The Grifters tiene una Yocasta del siglo veinte que reemplaza a su hijo en el crimen final, y en The Getaway, una pareja de atracadores de bancos realiza un ascenso simbólico a la ciudad de El Rey, y un descenso literal al infierno.

Al igual que Thompson, tanto Joel Townsley Rogers como Marc Behm son inclasificables, e inatrapables porque escriben en el presente desde un remoto pasado. Por alguna extraña razón, se han librado de la grasa, la exposición, el esclarecimiento, y avanzan raudos por el territorio de la sinopsis. Creen que la vida es un misterio, una caja de Pandora, un rompecabezas, sin principio ni final, que los dioses controlan nuestra providencia, que incurrimos en varios destinos a la vez, y que Dios sí juega a los dados con el universo, aunque Einstein estaba en contra de esa tesis. 

En los tres autores prima una disolución, ya se trate del significado de un texto, de la apariencia de normalidad, o de la justicia como esencia. Creo que el más inquietante sigue siendo Jim Thompson; recuerda a esos autores de dramas litúrgicos que apelaban a la pornografía para divulgar su credo religioso.