miércoles, 27 de abril de 2016

El discreto desencanto de la pornografía


Mario Szichman






Cuando estaba escribiendo la novela Los Papeles de Miranda, encontré en Colombeia, el archivo del Precursor Francisco de Miranda, numerosos datos sobre las costumbres sexuales de la época en que vivió. Miranda, un gran seductor, tenía la pasión del entomólogo a la hora de analizar esas costumbres. En alguno de sus volúmenes narraba una visita a un café, creo que en Amsterdam. Mientras comía, Miranda observó que una pareja subía a la parte superior del café, se sentaba en un sofá, comenzaba a acariciarse, y hacía el amor a la vista del público. Era obvia la actividad de los amantes aunque, al mismo tiempo, muy pudorosa. Tal como señaló David Stevenson en The Times Literary Supplement, la desnudez en las parejas es un invento bastante reciente. “Existen evidencias”, dijo Stevenson, “que en el siglo dieciocho, llevarse a una mujer a la cama era mucho más fácil que verla desnuda. Era muy común estar casado e ignorar detalles íntimos de la anatomía femenina”.  Se ignora qué es más natural o más perverso, pero es obvio que en la época de Miranda, era posible dar más rienda suelta a la imaginación erótica que en el siglo veintiuno, donde todo es explícito, y la pornografía, gracias al internet, ha invadido espacios públicos y privados.
También el siglo XVIII permitió el florecimiento de otra pornografía: la política. Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, más famoso por sus vicios que por sus virtudes, comenzó a hacerse famoso mucho antes de ingresar a la Asamblea Nacional de Francia. Su Erotika biblion, un manual que enseñaba a las doncellas cómo satisfacer a su galán, fue un best seller en su época. 


Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau. 
De Joseph Boze http://www.europeana.eu/portal

Pero ni Mirabeau ni otras docenas de escritores se limitaban a describir encuentros eróticos entre un hombre y una mujer. París estaba repleto de estanquillos junto al río Sena donde vendían folletos en que se describían orgías y se denigraba a miembros de la realeza por sus escasos atributos viriles. La mayoría de esos folletos tenían explícitas ilustraciones donde solía mostrarse a una reina disoluta y a un monarca impotente desesperado por no poder cumplir con sus deberes conyugales.
Mirabeau no fue el único de los protagonistas de la Revolución Francesa en dedicarse a la pornografía. En mi novela Eros y la doncella, decía que varios de los representantes de los Estados Generales convocados por el rey Luis XVI en 1789 habían “abandonado sus oficios principales: la medicina, el derecho, la narrativa, el teatro, la pornografía, para discutir, por escasas semanas o meses, los agudos problemas de Francia, y encontrarles una solución”. Entre ellos descollaba uno de los futuros jefes de la Gironda, Jacques Pierre Brissot, “un exitoso panfletista, primero pornográfico, luego político”, que fundaría un grupo antiesclavista denominado La Sociedad de Amigos de los Negros, abriendo las compuertas para la rebelión en Haití, y para la primera república independiente en América latina.

¿QUÉ PODEMOS HACER CON LA PORNOGRAFÍA?

Hay interesantes discusiones sobre el lugar que ocupa la pornografía en nuestra sociedad y su factible influencia en las costumbres. Kate Manne, al comentar en The Times Literary Supplement el libro de Nancy Bauer How To Do Things With Pornography (Harvard University Press) compara la pornografía sexual con la pornografía alimenticia (food porn) en la televisión. ¿Cuántos de quienes observan food porn están dispuestos a copiar las recetas y las infinitas tareas de los chefs? Hacer una buena comida es una tarea ciclópea. “Tal vez observamos” esos programas, dice Manne, “porque hacer una cena en serio es algo agotador y exige mucho” de nuestro tiempo. Quizás mientras el espectador presta atención al cocinero, está masticando de manera distraída un trozo de pizza, o comida china encargada por teléfono. Y lo mismo podría aplicarse a la pornografía. ¿Está dispuesto el espectador de esas acrobacias sexuales a repetirlas con su partner? Vivimos en un mundo de voyeuristas, pero del dicho al hecho, hay un enorme trecho. 
Además, tanto la comida como el sexo se concentran en buena parte en la degustación, no en el hartazgo. Y en ese sentido, la pornografía es, al amor, lo que una gran comilona es en relación al placer de saborear un buen plato, mientras se disfruta de una buena conversación.
¿En qué momento una comida comienza a “caernos mal”? ¿En qué momento el intenso placer sexual se convierte en algo repulsivo?
Bauer, la autora de How To Do Things With Pornography señala que el problema con la pornografía, como con cualquier otra exageración, es que infunde falsas expectativas. En primer lugar, impide la seducción. Se trata de una utopía –ella habla de pornoutopía– donde todo es posible y realizable. “Los deseos de cada persona, son siempre compatibles con los de su amante”. Como no hay límites, tampoco existe la ley. De esa manera, el incesto y la violación son abolidos de la ecuación. La pornografía no sirve siquiera como educación sexual.
Y aparte de los riesgos de usar al ser humano como un objeto –especialmente a la mujer– es muy aburrida. La sensualidad es búsqueda, suspenso, interacción. Es inclusive pudor. Involucra a dos personas intentando descubrir el placer de amar. Pero, si todo está permitido, si el deseo de cada uno no respeta el deseo del otro, incita a la degradación. Y algo de similar gravedad: el ser que padece la impudicia del otro ignora sus derechos. Su cuerpo puede ser profanado sin problema alguno. Cuando todo es tolerado, se cancela la dignidad.
Desde los comienzos de la humanidad, la mujer ha sido considerada inferior al hombre. Y la pornografía es una poderosa herramienta para mantenerla en su lugar. Inclusive a través de la violencia física.
Otro de los problemas con la pornografía es que acaba con la individualidad. Necesita exhibir cierto arquetipo de mujer o de hombre para complacer a la mayor cantidad de voyeuristas. Y en esa tarea, requiere apelar a rasgos muy convencionales. Si observamos a las grandes diosas del cine, veremos que no solían ser “bimbos” como dicen por estas tierras. Alfred Hitchcock detestaba las actrices que exhibían su sexualidad. Las prefería en el sobrio estilo de Tippi Hedren, o de Teresa Wright.
La gran mayoría de las estrellas de Hollywood eran atractivas, pero no pinups. Ahí están los ejemplos de Barbara Stanwyck, Ida Lupino, o Joanne Crawford. Y cuando lo eran, como en los casos de Rita Hayworth o de Jane Greer, no resultaban convencionales, o fáciles. La pornografía necesita que la mujer sea fácil, dispuesta a toda afrenta.
Es curioso que ya en la Biblia, el acto sexual sea considerado “conocimiento”. Amar es conocer al otro, descubrirlo en cada encuentro. El amor puede progresar o decepcionar, pero es siempre un proceso, A work in progress. La pornografía funciona en un eterno presente. Ignora las diferencias que pueden conducir a un gran ardor, o a un total desencanto. Elimina la pasión. Y la ilusión, especialmente la ilusión. El enamorado suele encontrar en el objeto de su amor cualidades que escapan al común de los mortales. Su tarea es aportar fantasías y ausencias.
Y creo que cuento con un buen ejemplo para demostrar la importancia de la ilusión en todo vínculo erótico. Entre los personajes que intenté recrear en Eros y la doncella, uno de los más conocidos a nivel literario, pero menos famoso como político –aunque participó como convencional en la Asamblea Nacional de Francia– fue Jean Baptiste Louvet de Couvray. Además de escribir las archipornográficas “Aventuras del caballero Faublas”, publicadas en la misma imprenta que Beaumarchais, Louvet fue un ser muy honesto, de extraordinario coraje personal y de gran sensatez política.
Si lo convertí en uno de los protagonistas de Eros y la doncella fue no solo porque sus arriesgadas peripecias políticas eran más interesantes que las aventuras del caballero Faublas, sino porque no creía en la pornografía, sino en el amor más romántico y casto. Louvet se enamoró perdidamente de una mujer casada, Marguerite Denuelle, y huyó con ella a París. Luego la transformó en Lodoiska, la eterna amante del caballero de Faublas. Tal era la fijación con el personaje de novela, que Louvet nunca llamó a su compañera Marguerite, sino Lodoiska.
Tras la caída de Robespierre, a comienzos de 1795, Louvet reconquistó su puesto en la Convención Nacional y con su compañera abrió una librería en el 24 de la Galerie Neuve, en el Palais Royale. Me encanta una anécdota que cuentan de la pareja. La actriz Louise Fusil quiso conocer a los amantes, pues, como dijo en sus memorias Souvenirs d’une actrice, imaginaba a un  Louvet como la reencarnación del caballero de Faublas, y a una Lodoiska, “siempre bella, siempre adorable”. Le pidió a una amiga que le presentara a los Louvet. “Y me quedé bastante sorprendida”, dijo la actriz, “al encontrar en lugar del apuesto Faublas a un hombre delgado, pequeño, de aspecto bilioso, de escasa elegancia, y vestido con ropas raídas. ¡Y la bella Lodoiska! Ella era fea, de piel oscura, con el rostro marcado de viruelas. El personaje más vulgar que uno se puede imaginar”.
El amor, nunca la pornografía, permite reformular el aspecto del ser querido. El caballero Faublas nunca habría puesto los ojos en la verdadera Lodoiska, la hubiera rechazado con disgusto. En cambio Louvet, murió perdidamente enamorado de su inmortal Lodoiska.



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