domingo, 8 de marzo de 2015

Cómo hacer hablar al silencio

Mario Szichman




Rubén Muñoz Martínez, un filósofo español actualmente radicado en Sevilla, ha prodigado en sus libros Tratamiento ontológico del silencio en Heidegger (2006), Resonancia y silencios de la palabra (2011), Elogio de la contemplación (2012) Incursiones en lo sagrado (2012), y ahora en Gramáticas del silencio  (Ediciones en Huida, Colección En Pruebas www.edicionesenhuida.es, 2014) una serie de temas que plantean preguntas, y fomentan la percepción. Con su sabio lenguaje, y sus planteos, propone al lector un constante coloquio, seductores juegos de la imaginación, y demuestra que la filosofía no tiene por qué ser una ciencia pedante e incomprensible. No lo era en la época de Aristóteles, tal como lo demuestran los fascinantes diálogos platónicos.
Creo que existen dos clases de autores: los autoritarios, y aquellos que invitan a la discusión. En la primera categoría ingresan filósofos como Martín Heidegger. Este es el comienzo de su obra maestra, El ser y el tiempo:

SER Y TIEMPO

(1) …δῆλον  γὰρ  ὡς  ὑμεῖς  μὲν  ταῦτα (τί  ποτε  βούλεσθε  σημαίνειν  ὁπόταν  ὄν 
φθέγγησθε)  πάλαι  γιγνώσκετε,  ἡμεῖς  δὲ  πρὸ  τοῦ  μὲν  ᾠόμεθα,  νῦν  δ’
ἠπορήκαμεν…
“Porque manifiestamente vosotros estáis familiarizados desde hace mucho tiempo con lo que propiamente queréis decir cuando usais la expresión ‘ente’; en cambio, nosotros creíamos otrora comprenderlo, pero ahora nos encontramos en aporía”1. ¿Tenemos hoy una respuesta a la pregunta acerca de lo que propiamente queremos decir con la palabra “ente”? De ningún modo”.  
Como decía Jorge Luis Borges tras analizar  la parte más espeluznante de la poesía de Evaristo Carriego, “Sería una declaración de rencor prolongar la cita”.  Pero eso ocurre con la mayoría de los tratados modernos, no solo de filosofía sino de psicoanálisis, sociología o de cualquier otra ciencia vinculada con las humanidades. Y sospecho que el dogmatismo del maestro con la palmeta en la mano no es casual. Las modernas ciencias sociales parecen dedicadas al oficio de impedir las preguntas. Se parte de un saber ya destilado, de una nomenclatura conocida por los expertos y que margina a los novicios, de frases que no se sustentan en otra cosa que en la sabiduría del maestro que las esculpió en piedra.  
Tropezar con los textos de Muñoz Martínez es recibir una bocanada de aire fresco. En su último libro propone debatir aquello que podría ser el principal conflicto padecido por el ser humano: la confrontación entre el silencio y el habla. Entre lo que se dice y lo que se calla.  
En su introducción “Hacia una localización ontológica del silencio”, el autor menciona las cámaras anecoicas, “esos espacios físicos diseñados por el ingenio humano para absorber todos los sonidos que se producen en su interior”.  Varios experimentos han demostrado, dice Muñoz Martínez que “ningún ser humano puede soportar dentro de estas cámaras más de cuarenta y cinco minutos sin empezar a perder la cordura”.  El autor señala que John Cage visitó una cámara anecoica en la universidad de Harvard. Al salir, el famoso músico dijo que durante su estadía persistieron dos sonidos. Y el ingeniero que organizó su visita le explicó que esos sonidos “no eran más que el latido de su corazón y la circulación de su sangre”.  
Es algo que parece salido de una novela de George Orwell, pues esos aterradores espacios parecen siempre vinculados a las cámaras de tortura. Es la forma más ominosa del silencio, la que parece impuesta por una autoridad que nos impide expresarnos.  
Por supuesto, como bien nos recuerda Muñoz Martínez, existen también las artes que apelan al silencio “espacios de creación que, por su propia naturaleza, manifiestan una íntima relación con la dimensión más profunda del silencio”.  No solo la música es un contrapunteo al silencio. La pintura, la escultura, la arquitectura, contribuyen a moldear el silencio, nos hablan desde el mutismo, nos obligan a interpretar lo no dicho. Curiosamente, ese silencio puede ser vociferante, como en la pantomima. Otro ejemplo es el del cine: durante las tres primeras décadas del siglo veinte, transcurrió en silencio. Lo único que no lograron los grandes artistas como Charles Chaplin, Buster Keaton, D. W. Griffith, Robert Wiene,  Erich Von Stroheim, o Friedrich Murnau, fue callar las emociones. ¿Cómo describir el silencio en el llamado “cine mudo”? Resultó casi imposible: el cuerpo, en sus infinitos movimientos, ocupó el lugar de la voz.  
Alfred Hitchcock, que comenzó a trabajar durante la época del cine mudo, comentó de manera despectiva a Peter Bogdanovich que con la llegada del sonido a la pantalla grande, “la mayoría de los filmes se convirtieron en escenas de personas hablando”.  Y Fritz Lang añadió: “Es algo curioso: los seres humanos muy difícilmente recuerden el diálogo en un filme. Lo único que recuerdan son las imágenes”. 
Nunca fue más expresivo el silencio que en esa época “primitiva” de la cinematografía. Y al mismo tiempo, nunca se expresaron mejor las emociones, las pasiones, los conflictos, que cuando la pantomima de los actores obligó al cuerpo a dirigirnos la palabra. Por supuesto, acompañado del sonido de la música.  
Claro que no todos los silencios son iguales. Está el silencio de quien calla para otorgar, y el silencio de quien se niega a confesar. Hay un silencio cómplice, y otro silencio protector. Y Muñoz Martínez nos exhibe sus infinitas facetas, abriendo el espacio para dialogar sobre el silencio.  
Ya en un libro anterior, Elogio de la contemplación. Trazos de una mesura imposible (Ediciones Anaquel, Sevilla, 2012), el autor había formulado dudas, en un lenguaje de poética sencillez que obligaba a la discusión. Sin dejarse deslumbrar por la intrincada prosa de sus admirados Heidegger o Friedrich Hegel, consiguió trasvasar su filosofía a un lenguaje que intentaba descubrir las cosas, como si fuera por primera vez.  
La originalidad de Muñoz Martínez consiste en usar la filosofía de un modo socrático, preguntando y preguntándose los orígenes de las formas de pensar. Ha reelaborado aspectos claves del pensamiento contemporáneo. Sin rencor, pero tampoco sin desdén, trata de entender a su prójimo y a la sociedad.  
En lugar de abrumarnos con sistemas, Muñoz Martínez prefiere dialogar –su libro es un diálogo abierto al lector, donde no hay verdades eternas, sólo dudas que nos acosan de manera cotidiana– y preguntarse. Como señala en su prólogo a Elogio de la contemplación, “Este libro es fruto del necesario encuentro de lo disperso”. En una actitud que recuerda la inocente, devastadora indagación de un Walter Benjamin, el autor aborda desde perogrulladas (¿Acaso la tarea de pensar no es una manera de perder el tiempo?) hasta aquello que podríamos considerar como la densidad y peso específico del deseo. ¿Qué busca el ser humano en su universo? (Eso que el autor también define como “la complejidad de lo inevitable”).  
Muñoz Martínez encuentra en la sociedad contemporánea que “la primacía de lo leve es progresivamente arrolladora. Lo rápido ha desbancado a lo lento, lo útil a lo trascendental y lo superficial a lo profundo”. No buscamos “buenos cimientos, sino bonitos y aparentes tejados”. Como resultado, “hemos construido una sociedad donde prima la sonoridad de lo intrascendente en detrimento del resonar de lo profundo”.
El libro está compuesto por breves, luminosos ensayos, con títulos como “¿Por qué pensar?”, “Nuestra actitud ante lo real”, “El modo poético de habitar”, o “La experiencia del vacío en la creación”.  
Decían de Hemingway que su prosa relumbraba como los guijarros abandonados en la orilla de una playa. La prosa de Muñoz Martínez refulge en esos ensayos, donde se predica la necesidad de frenar nuestra marcha, y de repensar nuestras prioridades, antes de precipitarnos en el abismo. Pues el hombre, sugiere el autor, intenta prescindir “de la lentitud de la profundidad, mientras todo se desmorona rápidamente a nuestro alrededor”.
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ENTREVISTA A RUBÉN MUÑOZ MARTÍNEZ:
Mario Szichman: Cada vez las ciencias humanas parecen más aisladas de sus sujetos. Cada vez se parecen más a delirios de corporaciones constituidas por especialistas. ¿Es su libro un intento por romper esa muralla entre el especialista –en este caso en filosofía– y el lector?
Rubén Muñoz Martínez: Inicialmente no ha sido esa mi intención, aunque me alegraría haber alcanzado semejante situación. Sin embargo, mi manera de asumir y ejercer la reflexión en este trabajo -desde un alejamiento consciente de lo estrictamente académico- puede haber producido ese resultado. Mi propósito no ha sido otro que el de intentar mostrar al lector desde una serena admiración filosófica algunos de los aspectos esenciales de la vida humana.
MS: Usted insiste en su libro en que la pregunta es más importante que la respuesta ¿por qué?
RMM: Cuando preguntamos inauguramos nuevos espacios de lo real que permanecen plenamente vírgenes ante nuestro interrogar, sin embargo la respuesta ejerce otro tipo de acción. La respuesta acota lo real y establece unos filtros específicos por donde lo preguntado ha de pasar. Esto provoca un distanciamiento inevitable ante lo que suscita nuestro interés. La pregunta admira, la respuesta encorseta.
Desde un punto de vista cuantificable, no puedo dejar de reconocer que la respuesta ofrece más resultados prácticos que la pregunta, pero mi interés fundamental no anida en este modelo de practicidad.
MS: Si alguien le pidiera que explicase, en veinte palabras por qué es necesaria la filosofía ¿qué respondería?

RMM: La necesidad radica en el hecho de que la Filosofía nos relaciona reflexivamente con “aquello” que nos constituye como seres humanos desde nuestra raíz más profunda. 

3 comentarios:

  1. Querido Mario, me alegra que te haya gustado tanto mi último trabajo. Un abrazo!

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    1. Ruben: tú eres la mejor demostración de que el gran filósofo, además de escribir con bella sencillez, es un intelectual que nos pone a pensar. Admiro mucho tus libros, tu estilo diáfano, y tu sabiduría.

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