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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Snapshot (Fragmento de novela)


Por Mario Szichman




Para Carmen Virginia Carrillo,
editora de mis textos,
quien me enseñó a afrontar
nuevos retos literarios




¿Por qué despiertan tanta fascinación los viajeros del tiempo? Básicamente, por la viabilidad de transportarse a otras épocas, con el propósito de alterar un evento catastrófico, o quizás de provocarlo. El clásico en el territorio del cuento es A Sound of Thunder, de Ray Bradbury, donde se formula la hipótesis de que la muerte de un simple ratón en el pasado remoto, puede dejar “marcas tan enormes como el Gran Cañón del Colorado a través de la eternidad”.  M.S.

I

Se preguntó qué clase de existencia era esa en la que todos los demás seguían muriendo, excepto él. O por qué podía contemplar, en momentos inesperados, la línea del tiempo de quienes lo asediaban, hasta sus días finales.
Inspeccionó la multitud: pudo reconocer a aquellos que iban a morir, a los escasos sobrevivientes.  En una semana más, se trocarían en un compuesto orgánico. Descollarían la fibra de vidrio, el concreto y el combustible de aviación. En cuanto a los sobrevivientes, padecerían vidas precarias: sus cuerpos revelarían veloces mudanzas en el avance hacia una muerte prematura.
Era el martes cuatro de septiembre de 2001, una semana antes de la caída de las torres. Mike Simmons estaba en la Promenade que unía la Torre Norte con la Torre Sur. Circulaban a su alrededor algunas de las personas que morirían tras la intrusión de dos aeronaves comerciales en los pisos superiores de los edificios.
The World Trade Center, además de convocar multitudes, obligaba a circular por los mismos pasadizos, introducirse en los mismos ascensores, frecuentar las mismas cafeterías, peluquerías, salones de belleza, tiendas de souvenirs.
A su lado pasó uno de los pocos que esquivarían la muerte, y luego participaría en el raid para asesinar a Osama bin Laden. En ese momento, una década más joven, ni siquiera formaba parte de un comando SEAL. Pesaba treinta libras menos. No había indicios de su futura calvicie o de la herida que aplanaría una mejilla y achicaría su ojo izquierdo. Sus aspiraciones eran diferentes. Pensaba estudiar Administración Pública. Estaba buscando empleo en Cantor Fitzgerald, una empresa con oficinas en los últimos pisos de la Torre Norte.
En cuanto al líder de al–Qaida, que en pocos días más se transformaría en el personaje más famoso del mundo, ese 4 de septiembre de 2001 seguía siendo un desconocido.
Mike Simmons bebió dos sorbos de un machiatto que había comprado en Starbucks. Casi de inmediato, aparecieron otros dos futuros sobrevivientes, un pastor anglicano, negro, y un pastor baptista, blanco. Siempre se habían tratado con frialdad, en sus saludos exhibían un respetuoso desprecio. Pero salvarían sus vidas gracias a su mutua protección en una oficina, a escasos pasos de la gigantesca nariz de uno de los aviones. El episodio los convertiría en amigos de por vida, una corta vida marcada por desórdenes pulmonares.
En ese momento vio ingresar a la Torre Norte al hombre cuyo rostro era imposible de escrutar. Parecía siempre lanzado en una carrera desesperada hacia los bancos de teléfonos.  No lograba descifrar qué le deparaba la suerte.
Luego apareció la muchacha que el 11 de septiembre compraría un vestido rojo. Un vestido que nunca ostentaría. Lo luciría en una sola ocasión, en el estrecho probador de la tienda. Deseaba saludar sus 30 años luciendo ese magnífico vestido que veía todas las mañanas en la vitrina de una tienda, rumbo a su oficina. Faltaban pocos días para su cumpleaños.
Era una mujer bella, contaba con gran cantidad de admiradores, y requería resplandecer en su fiesta. La tardanza de quince minutos, en el probador, la obligaría a demorar su llegada a la Torre Sur, donde trabajaba como secretaria. Vería el colapso de la torre al emerger de la línea J del subterráneo. 
Aunque creía estar anclada en Nueva York, tras los ataques deambularía por ciudades cuyos cautelosos ciudadanos nunca aceptarían verla con un vestido tan llamativo. El atuendo visitaría numerosos closets, el primero en Phoenix, Arizona, el último en Mobile, Alabama. La mujer nunca abdicaría del vestido confinado eternamente a su armario.
Hasta ese momento, Mike había circulado entre sobrevivientes que continuarían intactos.  Luego, tropezaría con algunos doblegados por enfermedades que ceñirían sus cuerpos en un corsé, arrebatándoles el aire de manera paulatina.
En ese instante, vio al chino portando su maletín. A unos treinta metros de distancia se hallaba el policía que salvaría su vida pese a los forcejeos. El policía le estaba entregando una multa al chofer de una limusina por estacionar en una zona prohibida.
Entre la empuñadura del maletín y la muñeca del chino, se extendía una cadena de metal. En su interior, escondido entre dos camisas y una muda de ropa interior, había un millón de dólares en billetes de cien.
El chino ignoraba en ese momento el contenido del portafolio. Era un simple funcionario, su gobierno le había asignado la tarea de protegerlo con su vida. Tras el ataque del primer avión contra la Torre Norte, una viga le quebraría la pelvis. El trozo de metal rasgaría parte del cuero, y el funcionario chino observaría aterrado asomar algunos billetes con el perfil de Benjamin Franklin. Intentaría cubrirlos luego con su chaqueta, mientras el dolor lo forzaba a retorcerse en el suelo. No permitiría acercarse al mismo policía que en ese momento entregaba una multa al chofer de la limusina. Arremetería luego contra dos paramédicos ansiosos por subirlo a una camilla.
Mike Simmons recordó el manifiesto del vuelo 11 de American Airlines que se estrellaría contra la Torre Norte. Una candidata para anudar destinos era la actriz Berry Berenson, viuda del actor Anthony Perkins y hermana de Marisa Berenson, de tan destacada actuación en Cabaret. Tras algunas reflexiones, el destino descartaría esa frecuentada opción.
Vio a algunos pasos de distancia al arquitecto Ronnie Penrose, quien se dirigía hacia la Torre Sur, y que una semana más tarde se refugiaría en el hotel Marriot tras la embestida del primer avión contra las torres. Cerca de él, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria, le mostraría sus derretidas uñas. El hombre la conduciría a una ambulancia. Parte de la chamuscada piel de la mujer se pegaría a su perramus.
Entre tanto, a centenares de metros de altura sobre la cabeza del arquitecto, a bordo del avión de United Airlines, vuelo 175 estrellado contra la Torre Sur, estarían los restos de su hermana y de su sobrina, de cuatro años de edad. La aeronave permanecería casi una hora en la torre, hasta su colapso.

II

Ese 4 de septiembre de 2001, el único propósito de Mike era salvar a Pierre Konstantin, un inmigrante procedente de Estonia, quien trabajaba como electricista en Windows on the World, el restaurante situado en la cima de la Torre Norte.
Konstantin tenía un defecto: aunque concluía su turno a las 8:00 de la mañana, siempre se demoraba en su pequeña oficina. A veces tomaba fotos, o conversaba con otros empleados, o llamaba por teléfono a sus amigos en Estonia. Era difícil que abandonara el lugar antes de las 9:00. El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, se estrellaría minutos antes, a las 8:46. Mike necesitaba sacar a Konstantin por lo menos media hora antes. Y sin causar alarma.
Llegó a la oficina de Konstantin a las 8:15. Al verlo, su amigo repitió la rutina habitual. Se acostó en un enorme estante de acero ubicado encima de un sofá. Cuando comenzó a trabajar en el sitio, no había estante alguno. Por lo tanto, fue a Home Depot, compró una plancha de acero de dos yardas y la fijó al borde de una viga que sobresalía de la pared. Konstantin se había tomado fotos acostado en la placa de acero que servía de estante, y las había enviado a sus amigos.
–Si alguna vez el estante se viene abajo, la Torre Norte se irá con él comentó Konstantin, y bajó del anaquel. Luego reacomodó sus herramientas de electricista, su cámara fotográfica y una lámpara que usaba para crear efectos especiales.
–Pude contactar al importador– dijo su amigo. –Tendrá los neumáticos el próximo martes. Aguardará en el estacionamiento de la torre a las 8:15. Pidió que no demores; necesita visitar otros clientes.
– ¿Mantiene el mismo precio?
–Ciento ochenta dólares. En Manhattan no podrás conseguir esos neumáticos por menos de trescientos dólares. ¿Cómo va el proyecto?
–Ya tenemos más de quinientas fotos de la Torre Norte. Desde el garaje hasta la terraza. Puedes ver algunas allí–. Señaló varias fotos distribuidas en una pequeña mesa circular–. No las toques. Necesito clasificarlas.
Las fotos eran el último recuerdo que perduraría del intacto interior de la Torre Norte. Vio oficinas vacías, mesas repletas de manjares, escaleras, equipos de cocina, ascensores con las puertas abiertas. En casi todas ellas surgía el paisaje urbano como trasfondo. Había también salidas del sol y atardeceres.  Mike sintió un nudo en la garganta.
Las únicas fotos personales eran las de Tania, una mujer muy bella. Mejor olvidarse de las noches que había pasado con ella. Konstantin era el futuro de Tania.
–La idea es crear un archivo digital y compartir las fotos– le explicó su amigo. Había creado una pequeña empresa con un conocido en Estonia, que ofrecía fotografías por internet.
– ¿Cuántas multas tuviste que pagar esta semana? – preguntó Mike.
Su amigo sonrió feliz. –Seis. La primera por adelantarme con mi motocicleta a un patrullero policial.
En cierta ocasión, Konstantin lo invitó a pasear por Brooklyn en su motocicleta. Manejaba como un poseído. Mike nunca había sentido tanto miedo, excepto esa vez en que soldados de Napoleón rodearon la posada donde había ayudado a guerrilleros de El Empecinado a descuartizar a un coracero francés prensándolo entre dos puertas de madera y serruchándolo en diagonal.
Se despidió de su amigo hasta el martes siguiente. Konstantin estaba hablando por teléfonos se limitó a agitar su mano derecha a Mike.

III

–Por cierto, ¿cómo hace para enamorarse? –Le preguntó Mike a Tania. –Me imagino que usted es heterosexual ¿no?
–En la medida de lo posible– dijo la novia de Konstantin acomodando la sábana sobre sus pechos. – ¿Es importante?
–Solo intentaba armar una conversación. Antes, todo se solucionaba encendiendo un cigarrillo y lanzando humo al techo, o simulando reflexionar, para encubrir el aburrimiento.
– “Después del coito el hombre es un animal triste” –recitó Tania. –También podría preguntarme cómo voy de cuerpo.  Soy muy romántica. De repente hay un hombre que me atrae. Todo cambia. Hasta el aire que respiro es distinto. Me siento mucho más joven. Querría hacer cosas extraordinarias.
–Y ahora las hace por Konstantin.
–Por ejemplo—dijo Tania.
–O por mí.
–Usted es un simple capricho. Y yo no tengo súper yo. Es lo que dice mi psicoanalista.

–Nunca podrá eludir la rutina. Ni siquiera con sus caprichos. Viví con varias mujeres. Apenas despertaban,  me exigían que me cepillara los dientes. Decían que tenía mal aliento. Era para agredirme. Lo primero que hacía era ir al baño, cepillarme los dientes, y enjuagarme la boca. Es tan fácil despreciar al otro.
–Y sin embargo, insistió en casarse.
–Es cierto. Pero, al cabo de algunas semanas  la relación se convertía en un gran malentendido.
–¿Cuántas veces son varias veces?
–Tal vez veintiocho.
–Y usted quiere que le crea. ¿Forma parte de su estrategia de seducción?
–Es increíble la rapidez con que podemos odiar a la persona que amamos.
–Podría haberse divorciado.
–El divorcio es peor que el casamiento. Es el momento en que surgen los instintos homicidas.
– ¿Cómo se las arreglaba?
–Construía mi pequeño mundo. Alentaba la infidelidad de mi pareja. Una mujer culpable fastidia menos.
–Disculpe mi franqueza, pero usted me causa asco.
– Solo existe el instinto sexual.
– ¿Nunca pensó en el amor?—Tania empezaba a  sentir hastío. Bostezó.
–Nuestra única tarea en la tierra es gozar de todos los placeres.
– ¿Cuál es su trabajo?
–Cuando necesito dinero trabajo en bienes raíces.
–La competencia es feroz.
–No me guío por Craiglist sino por los avisos fúnebres. Es un mercado poco explorado; las recompensas son fabulosas. Se puede prosperar en cualquier negocio si se apuesta a la muerte.
–Me encanta su imaginación. Esas historias de sus viajes al pasado me hacen reír.
–Las mujeres nunca se aburren conmigo. Me detestan, pero no se aburren.
– ¿Cómo se siente en el pasado?– Dijo ella incrédula, como quien participa en un juego de niños.
–Indefenso. Más indefenso que un bebé. Hay que aprender a curarse de enfermedades que ya han desaparecido. Las vestimentas y los zapatos son distintos. Todos hablan un lenguaje arcaico. Hay menos gente, pero con más prejuicios. Nadie acepta tarjetas de crédito.
–Podría ganar mucho dinero escribiendo guiones de cine. ¿Vio Back to the Future?

Caminó hacia el baño; intentó discernir qué sentía realmente por Tania. Sus romances nunca podían prolongarse más de cinco o seis años. Las mujeres envejecían más rápido que los hombres. Había visto a sus bebés transformarse en adultos, en ancianos, mientras él se conservaba casi intacto.
Entró en la ducha para lavarse un cuerpo que no se deterioraba, examinó su rostro, un rostro donde nunca crecía la barba, y le hizo algunas leves incisiones, remedando los cortes causados por una navaja de afeitar.
 Vivía en un mundo de disfraces y de máscaras. Cada compañera que seducía lo obligaba a recrear un nuevo pasado, y estipular un plazo para abandonarla. Tampoco podía conservar por mucho tiempo sus nuevos amigos. En algún momento surgían las inevitables preguntas. Sus vínculos con la raza humana eran muy tenues. Un pasado tan extenso y errático causaba problemas. Algunos enlaces sentimentales traían el peligro del incesto. Quizás debería buscarse una novia en el Ártico. Ninguno de sus antepasados había incursionado en esas latitudes.




IV

Llegó a la Torre Norte a las 7:50 del 11 de septiembre de 2001. Anticiparse al futuro carecía de toda ventaja. ¿Qué podría decirle a quienes lo rodeaban y estaban a punto de morir? “No deje su vehículo en el estacionamiento subterráneo pues será destruido cuando se estrelle el Boeing”. “No transite por la Promenade, porque la mayoría de los jumpers caerán en ese lugar”.
Soltó el resuello. No podía ser un buen samaritano para millares de personas, solo ayudar a Konstantin, su amigo en las buenas y en las malas.

Cada una de las personas que había visto en su previa incursión a las Torres ocupaba el sitio donde encontraría la muerte o una milagrosa salvación. Por simple curiosidad, se dirigió primero al hotel Marriot para contemplar al arquitecto Ronnie Penrose. Su rostro no expresaba emoción alguna. En las próximas horas, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria para pedirle ayuda.

Llegó a la oficina de Konstantin. Estaba cerrada. Golpeó la puerta. Nadie respondió. Sintió un vacío en el estómago. Miró el reloj: eran las 7:55 de la mañana. Era imposible que su amigo hubiese abandonado la oficina tan temprano. En ese momento, lamentó no tener un teléfono celular, aunque esos aparatos eran engorrosos de manejar.
Entró en un ascensor, y llegó a la planta baja. Extrajo su libreta de direcciones, y buscó el teléfono de su amigo. Se encaminó a un banco de teléfonos. No había uno solo libre. Miró su reloj. Eran las 8:04 a.m.  El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, había partido cinco minutos antes del aeropuerto Logan de Boston, rumbo a Los Ángeles. Sería desviado de su ruta por piratas aéreos, y se estrellaría contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana.
Enfiló hacia la calle. Le costaba tragar. De repente, todos los teléfonos habían desaparecido. Se acercó a un guardia de la Torre Norte.
–Es realmente una emergencia– le explicó.
–Le voy a contar un secreto– dijo el guardia sonriendo. –El secreto mejor guardado de esta torre. Hay teléfonos en el piso dieciséis. Nadie los usa.
Salió corriendo hacia los ascensores. Entró en uno de ellos. Descubrió tarde que su primera parada era en el piso cuarenta y cuatro. Miró el reloj: eran las 8:14. En ese momento, acababa de partir de Logan otro Boeing 767 de United Airlines, vuelo 175. También en ruta a Los Ángeles. Sería desviado hacia Nueva York, donde se estrellaría contra la Torre Sur a las 9:03 de la mañana.
 Decidió bajar al piso dieciséis por las escaleras. A las 8:20 estaba frente al banco de teléfonos. Faltaban 26 minutos para que el vuelo 11 de American Airlines se estrellara contra la Torre Norte.
Llamó al número de la oficina de Konstantin. Casi de inmediato, escuchó su voz.
– ¿Por qué demoraste tanto? –le preguntó su amigo. Hablaba con frialdad.
–Necesito verte de inmediato– le dijo. –En la planta baja.
–Sube a mi oficina y bajaremos juntos– le dijo. Sin esperar respuesta, cortó la llamada.
Eran las 8:30 cuando golpeó a la puerta.
–En dieciséis minutos más, un avión se estrellará contra la Torre Norte– le dijo a su amigo. –Busca lo que sea necesario y bajemos por las escaleras.
Konstantin sonrió y lo invitó a pasar.
–No hay tiempo que perder– dijo Mike.
–Ah, esa mala costumbre de comenzar a beber temprano–dijo su amigo. Luego, ciñó con los brazos la cintura de Mike, lo introdujo en la oficina, y lo dejó caer en el sofá.
–Lo sé todo– le dijo. –Tania me confesó su traición.
–Nada de dramas ¿No entiendes que vamos a morir? Vine a salvarte la vida.
– ¿Es cierto lo que me contó Tania?
– ¿No puedes dejar los celos para más adelante?
–Entonces, es cierto.
–Estoy dispuesto a pedirte perdón de rodillas, pero cuando lleguemos a la calle. Prometo contarte todo en el vestíbulo del Marriot.
–Sabía que Tania me había dicho la verdad– dijo Konstantin. Volvió a tomar en brazos a su rival, se acercó al pequeño baño, lo arrojó en su interior, y cerró la puerta con llave.
Mike comenzó a golpear la puerta. Rogó a Konstantin que lo dejara salir. Escuchó el ruido de la puerta de entrada al abrirse y al cerrarse,  miró su reloj. Eran las 8:44 de la mañana. A través de la ventanilla con barrotes contempló la silueta del avión. Aunque en el cielo se desplazaba a toda velocidad, desde la ventana del baño parecía avanzar en cámara lenta.
Estudió por última vez las imágenes de los sobrevivientes que habían pasado a su lado: la muchacha del vestido rojo, el chino con un maletín amarrado a su muñeca, el hombre que estaría separado por algunos centenares de metros de altura de su hermana y de su sobrina muertas, los religiosos que anudarían una entrañable amistad, el hombre que mataría a Osama bin Laden.
Súbitamente, los edificios se moldearon acatando la forma de los andamios. Esqueletos de hierro se irguieron sólidos, aguardando a recibir los ladrillos y los bloques de mármol. El tiempo comenzó a retroceder, los materiales de construcción cambiaban, los edificios eran reemplazados por viviendas, las viviendas por terrenos sembrados, o por una total desolación.
Recordó el terremoto de Lisboa, el gran incendio de Londres. Todos morían a su alrededor. Él siempre resurgía, recorriendo ruinas. Era una anomalía, en medio de seres desesperados
El río Hudson lucía inmenso, repleto de barcazas, como las que circulaban a comienzos del siglo diecinueve. Recordaba cuadros que había visto en museos. Reflejaban escenas previas a la guerra civil. El espejo del baño había desaparecido.
Nadie podía darle fisonomía a una tragedia en que miles morirían incinerados. El escenario que transcurría en el río era difícil de interpretar. ¿Habrían invadido los británicos la capital? Eso había ocurrido en 1812 ¿Cuántos años faltaban para el asesinato de Lincoln? Todo era incomprensible. Dos mundos desiguales comenzaban a fundirse en un volcán activo.
En uno de ellos, miles de personas estaban a punto de morir. En el otro, esos seres demorarían un siglo y medio en ofrecer sus primeros vagidos.
Observó al hombre de espaldas, sus movimientos atolondrados junto al banco de teléfonos, su intento por subir al ascensor. El rostro continuaba ausente. Luego se fue acercando. El rostro adquirió nitidez. ¿Estaba sonriendo? ¿Intentaba hablarle? Sintió que se contemplaba en un espejo. Rezó a Dios. Se entregó a las llamas.


El fragmento corresponde a la segunda parte de una trilogía sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001 iniciada con La región vacía/The Empty Region. (Editorial Verbum de Madrid. Versión en español, 2014, edición en inglés, 2017). La novela está a la venta en Amazon y en la página web de la editorial.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Identidad compartida de Rafael Baralt: la clonación de Prometeo


Mario Szichman





“¿Qué mayor gloria puede obtenerse de un descubrimiento
 factible de erradicar la enfermedad del ser humano,
y convertirlo en un espécimen invulnerable a todo,
con excepción de la muerte violenta”?
Mary Shelley
Frankenstein


Andrew, uno de los protagonistas de Identidad compartida (Ediciones B de Venezuela, colección Nova, 2015) no es una máquina de reproducir, como la mayoría de los seres humanos, sino apenas un artefacto que puede prolongar la vida de otro individuo de su misma especie capaz de solventar su mantenimiento. El único propósito de Andrew es conservar sus órganos en buen estado, hasta el momento en que deba donarlos –sin su conocimiento o autorización. Quien ha entregado el germen que ha propiciado la vida de Andrew tiene el propósito –digamos altruista– de que su hijo pueda persistir en la tierra más años de los previsto.
El escritor venezolano Rafael Baralt Lovera ha escrito una espléndida novela partiendo de una premisa muy moderna: la clonación. Sin embargo, con variantes, la propuesta es casi tan antigua como el mundo: ¿es posible crear un ser de materiales que no figuran en nuestro catálogo habitual? Y una vez implantado ¿en qué podemos utilizar al personaje?
En Frankenstein o El Prometeo moderno, Mary Wollstonecraft Shelley procreó todo un género de ficción al trabajar el mito del personaje que aparece en el subtítulo de su novela. ¿Cuáles son los elementos de ese mito? Uno proviene de la obra de Esquilo Prometeo encadenado, encargado de traer el fuego desde el sol a la tierra a fin de socorrer a la humanidad. El castigo propinado a Prometeo por el dios Zeus fue sujetarlo a una montaña para que un águila se alimentara de sus entrañas. El otro mito es la historia de Prometeo plasticator. Ese segundo mito es el que ha obtenido más vástagos. En esa versión, Prometeo logró crear o recrear al ser humano animando una figura hecha de arcilla. Tan prolífica ha sido esa idea, que inclusive en el folklore judío, no muy inclinado a usar las fábulas de los gentiles, existe la poderosa figura del golem. La narrativa más famosa sobre el golem involucra a un rabino de Praga que en el siglo dieciséis habría creado una figura de arcilla insuflándole vida, con el propósito de proteger el gueto de la ciudad de ataques antisemitas. Hay otra historia, que se acerca más al monstruo creado por el doctor Victor Frankenstein. Se trata de un golem que tras ser rechazado por una mujer de carne y hueso, se convierte en un monstruo que arrasa con una población.  (El monstruo de Frankenstein no utiliza arcilla sino trozos de cadáveres).
La creación o alteración de seres humanos es un territorio que siempre termina invadido por seres ansiosos de crear una raza superior. También el mito nazi es casi tan antiguo como la humanidad. Y alguien que podría habitar tanto las páginas de Mary Shelley como las de Rafael Baralt es Josef Mengele, el célebre médico de Auschwitz, quien se consideraba un humanista. ¿No había  acaso unificado el color de los ojos a quienes padecían de heterocroma del iris? Esas personas seguían caminando por la tierra, sin el estigma de un ojo de un color, y otro de un matiz distinto, gracias a la inyección de un producto químico. (Nunca pudo verificarse el efecto secundario que había tenido ese producto en los sujetos de experimentación). Después estaban los famosos  gemelos univitelinos, que podrían mejorar la raza aria y ampliarla. Como ya lo había proclamado el Führer, Alemania[i], además de carecer de espacio vital tenía una de las tasas de reproducción más bajas de Europa, y los gemelos podían ser la solución. Cada pareja aria podía multiplicar la población con dos hijos por embarazo. Afortunadamente, la caída del Tercer Reich impidió que Mengele concretara sus sueños.
En Identidad compartida, el doctor B. Hershon dirige el centro Biogenetics Research. Parece un fiel y morigerado discípulo de Mengele. No apela a operaciones de cambio de sexo, y no observa la evolución de gérmenes letales en organismos humanos analizando sus escasas posibilidades de supervivencia. Tampoco prescinde de la anestesia en las intervenciones quirúrgicas. Pero hay algo que lo equipara con el médico de Auschwitz: Hershon cree que la medicina consiste en buscar atajos, en proteger a seres superiores.  Las víctimas de sus experimentos, aquellas que sufrirán la extirpación de sus órganos, deben aceptar que su sacrificio será por el bien de la humanidad, encarnada en ricos benefactores.
Hay varios elementos de Identidad compartida que sobresalen. En primer lugar, Andrew, el personaje clonado cuya única función es proporcionar órganos, es construido por el novelista prácticamente a partir de cero, desde su celda y desde su ignorancia. La mayor parte de su vida (Baralt hace un snapshot de su existencia cuando tiene 27 años de edad) Andrew ha estado recluido en un cuarto, con esporádicas salidas al gimnasio para conservar sus órganos en buena forma. Cuenta con un compañero virtual que juega al ajedrez con él, y desde hace escasos años es asistido por Lena, una psicoanalista.  
Baralt no oculta sus cartas (excepto en el espléndido final). Ya desde el principio nos informa que “Pese a su extrema inteligencia”, Andrew, “no tenía conciencia de que su cuerpo no le pertenecía, ni de que su vida era el resultado de una experimentación genética”.  
De esa manera, dependiendo de otra anatomía, aquella que en algún momento requerirá uno o todos sus órganos, cualquier jornada puede ser para Andrew la postrera de su existencia, “el último amanecer que verían sus ojos como consecuencia de una arbitrariedad humana”.
Todo en la vida de Andrew es tan aséptico y tan irreal como su creación. Otros le han inventado una historia “adaptada a las exigencias de su fértil intelecto”. Ignora el mundo exterior, y desconoce los secretos de la pasión amorosa. La revelación de la sexualidad formará parte de su descubrimiento del mundo.   
El otro personaje que precipita el conflicto es Josh Peterson, “padre” del clonado prisionero. Josh desconoce su vínculo con Andrew. Su progenitor, Douglas, un acaudalado abogado de San Francisco, decidió enviar a una empresa biogenética una “porción de células madre tomadas al momento del nacimiento de Josh”. Ese vínculo, al principio inexistente, se convertirá en el motor central de la novela. Josh descubre que “alguien más portaba su identidad”. En cuanto a Andrew, su otra mitad, está obligado “a compartir un mundo a medias con el proveedor de sus propios genes”.
La tercera en discordia es Lena, la psicoanalista, quien se enamora de Andrew, contribuye a su fuga del sitio de enclaustramiento, y será testigo final de la transmutación de su amante.
Baralt ha sabido utilizar muy bien el setting de San Francisco a fin de contar su historia. Es una ciudad con una gran carga mítica, y al mismo tiempo, muy moderna, muy plausible para narrar la tragedia de Andrew. Además, la parte tecnológica de la novela no abruma al lector. Hay una inteligente utilización  de los gadgets, y de innovaciones a nivel de computadoras, o de iluminación de recintos. Pero lo más destacado es que se trata de un drama humano, con seres de carne y hueso, conflictos reales, y animado por un perseverante suspenso. Algunos lectores han sugerido que Identidad compartida requiere una secuela. O posiblemente una saga. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Pues bien, eso no es cierto. La segunda parte de El Padrino es tan buena como la primera.

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Rafael Baralt Lovera: “los fines perversos de la clonación”

     En un intercambio de mensajes por correo electrónico, Rafael Baralt Lovera, autor de Identidad compartida, dijo que “Hace unos años, mientras escribía un ensayo sobre la clonación humana, tuve que exponer ejemplos donde esta técnica científica pudiera ser utilizada para fines perversos y contrastarlos con sus opuestos loables. Me encontré con una posibilidad tan retorcida que nunca la olvidé. Poco a poco fue gestándose la trama en mi mente”.
     Identidad compartida tiene un muy buen “gancho” final, que no revelaremos. Baralt dice que uno de los incentivos para escribir la novela fue “tener claro el final de la historia. Me dije: ´¿Cómo hago para plasmar una escena de drama desgarrador donde aparezcan dos personajes y que uno de ellos no sepa a ciencia cierta quién es el que está parado frente, aun sintiendo amor por el otro?´; pero no sólo eso, ¿cómo hacía para trasladar esa misma duda al lector? Como no creo en lectores ingenuos, sabía que cada uno construiría el final; es decir, mi intención era lograr que cada lector participara de la historia. Ese reto fue el detonante. Lo demás fue construir un mapa mental y dar vida a unos personajes que ya retumbaban en mi cabeza”.
     Identidad compartida es la primera novela de Baralt, y su publicación tiene un final más feliz que el que aguarda a uno de sus protagonistas.
     “En 2014, luego de diez meses de escritura continua, inicié los trámites para introducirla en Ediciones B, arriesgándome a recibir un portazo en la cara”, dice el autor. “Después de todo, era un completo desconocido, con una novela primeriza, enmarcada en un género tan incomprendido en mi país, ¿quién podría darme una oportunidad? Con todas las de perder, entregué el manuscrito. Luego de unos meses, que no podría catalogar de lapso prudencial, recibí respuesta. Una llamada de Ediciones B Venezuela. Mi novela había sido leída y aceptada por un editor en España. Con ese visto bueno, se publicó Identidad compartida, por el momento, sólo en territorio venezolano, en Abril 2015. Próximamente estará disponible la versión digital en Amazon”.
     El novelista no desea ser encasillado en géneros. Si bien su primera narración pertenece al género de la ciencia ficción, señala que “Me gustan las historias donde se lleve al extremo al ser humano, y la ciencia ficción no escapa de ello. Los mundos posibles nos asoman sucesos del futuro, o del pasado, donde el hombre ha tenido que intervenir poniendo a prueba sus capacidades para resolver situaciones complejas que jamás imaginaron. Mis autores favoritos de este género son Ray Bradbury, Isaac Asimov, J. J. Benítez y Robin Cook. Pero no solamente leo este tipo de literatura. Hay demasiados libros en el mundo por leer, una vida no alcanza, y no puedo permitirme el lujo de encasillarme. Por ello, he incursionado por todo tipo de narrativas, encontrando verdaderos hallazgos en Rosa Montero, Paul Auster, José Saramago, Héctor Abad Faciolince, Oscar Marcano, Haruki Murakami, Norberto José Olivar, Octavio Paz, Charles Dickens, Carlos Ruiz Zafón, Arundhati Roy, y tantos otros que no nombro por cuestión de espacio”.
      Aunque nacido en Caracas, el novelista de Identidad compartida revela un buen conocimiento de San Francisco y de Los Ángeles. No se trata de un turista, sino de alguien que vivió ahí. Generalmente se comienza describiendo el sitio donde nacimos. ¿Por qué Baralt eligió la costa Oeste de Estados Unidos para su primera novela?
     “Nací en Caracas y siempre he vivido aquí”, dice Baralt. “Sin embargo, he tenido la fortuna de viajar mucho. Uno de mis primeros viajes fue a San Francisco. Esa ciudad causó un gran impacto en mí. Para entonces contaba con 25 años (hace más de veinte años). Hay lugares que se quedan en uno, y San Francisco lo hizo conmigo. Tengo, además, un gran amigo viviendo en Alameda, Oakland; así que mi estancia no ha sido un problema. Perdí la cuenta de las veces que he visitado San Francisco. Me gusta el clima, su gente, la arquitectura, las áreas verdes y la diversidad cultural. He caminado por sus calles y remontado sus empinadas cuestas. Hay magia en esa ciudad, y esa magia sirvió de marco para Identidad compartida”.
     En la actualidad, Baralt está trabajando en su segunda novela, incursionando en otro género.
    “Tengo un nuevo reto intelectual a cuestas”, señala el novelista. “Si bien me han pedido que escriba una segunda parte de Identidad compartida, no está en mis planes inmediatos. Ando sumergido en una nueva historia que dejará sin aliento a más de uno. Esta vez, dejo a un lado la ciencia ficción para adentrarme en otro género. Eso sí, prometo llevar al límite la capacidad humana con un tema fuertemente controversial”.




[i] Ver la introducción a la novela escrita por M.K. Joseph (Oxford University Press, Nueva York, 1969).