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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Snapshot (Fragmento de novela)


Por Mario Szichman




Para Carmen Virginia Carrillo,
editora de mis textos,
quien me enseñó a afrontar
nuevos retos literarios




¿Por qué despiertan tanta fascinación los viajeros del tiempo? Básicamente, por la viabilidad de transportarse a otras épocas, con el propósito de alterar un evento catastrófico, o quizás de provocarlo. El clásico en el territorio del cuento es A Sound of Thunder, de Ray Bradbury, donde se formula la hipótesis de que la muerte de un simple ratón en el pasado remoto, puede dejar “marcas tan enormes como el Gran Cañón del Colorado a través de la eternidad”.  M.S.

I

Se preguntó qué clase de existencia era esa en la que todos los demás seguían muriendo, excepto él. O por qué podía contemplar, en momentos inesperados, la línea del tiempo de quienes lo asediaban, hasta sus días finales.
Inspeccionó la multitud: pudo reconocer a aquellos que iban a morir, a los escasos sobrevivientes.  En una semana más, se trocarían en un compuesto orgánico. Descollarían la fibra de vidrio, el concreto y el combustible de aviación. En cuanto a los sobrevivientes, padecerían vidas precarias: sus cuerpos revelarían veloces mudanzas en el avance hacia una muerte prematura.
Era el martes cuatro de septiembre de 2001, una semana antes de la caída de las torres. Mike Simmons estaba en la Promenade que unía la Torre Norte con la Torre Sur. Circulaban a su alrededor algunas de las personas que morirían tras la intrusión de dos aeronaves comerciales en los pisos superiores de los edificios.
The World Trade Center, además de convocar multitudes, obligaba a circular por los mismos pasadizos, introducirse en los mismos ascensores, frecuentar las mismas cafeterías, peluquerías, salones de belleza, tiendas de souvenirs.
A su lado pasó uno de los pocos que esquivarían la muerte, y luego participaría en el raid para asesinar a Osama bin Laden. En ese momento, una década más joven, ni siquiera formaba parte de un comando SEAL. Pesaba treinta libras menos. No había indicios de su futura calvicie o de la herida que aplanaría una mejilla y achicaría su ojo izquierdo. Sus aspiraciones eran diferentes. Pensaba estudiar Administración Pública. Estaba buscando empleo en Cantor Fitzgerald, una empresa con oficinas en los últimos pisos de la Torre Norte.
En cuanto al líder de al–Qaida, que en pocos días más se transformaría en el personaje más famoso del mundo, ese 4 de septiembre de 2001 seguía siendo un desconocido.
Mike Simmons bebió dos sorbos de un machiatto que había comprado en Starbucks. Casi de inmediato, aparecieron otros dos futuros sobrevivientes, un pastor anglicano, negro, y un pastor baptista, blanco. Siempre se habían tratado con frialdad, en sus saludos exhibían un respetuoso desprecio. Pero salvarían sus vidas gracias a su mutua protección en una oficina, a escasos pasos de la gigantesca nariz de uno de los aviones. El episodio los convertiría en amigos de por vida, una corta vida marcada por desórdenes pulmonares.
En ese momento vio ingresar a la Torre Norte al hombre cuyo rostro era imposible de escrutar. Parecía siempre lanzado en una carrera desesperada hacia los bancos de teléfonos.  No lograba descifrar qué le deparaba la suerte.
Luego apareció la muchacha que el 11 de septiembre compraría un vestido rojo. Un vestido que nunca ostentaría. Lo luciría en una sola ocasión, en el estrecho probador de la tienda. Deseaba saludar sus 30 años luciendo ese magnífico vestido que veía todas las mañanas en la vitrina de una tienda, rumbo a su oficina. Faltaban pocos días para su cumpleaños.
Era una mujer bella, contaba con gran cantidad de admiradores, y requería resplandecer en su fiesta. La tardanza de quince minutos, en el probador, la obligaría a demorar su llegada a la Torre Sur, donde trabajaba como secretaria. Vería el colapso de la torre al emerger de la línea J del subterráneo. 
Aunque creía estar anclada en Nueva York, tras los ataques deambularía por ciudades cuyos cautelosos ciudadanos nunca aceptarían verla con un vestido tan llamativo. El atuendo visitaría numerosos closets, el primero en Phoenix, Arizona, el último en Mobile, Alabama. La mujer nunca abdicaría del vestido confinado eternamente a su armario.
Hasta ese momento, Mike había circulado entre sobrevivientes que continuarían intactos.  Luego, tropezaría con algunos doblegados por enfermedades que ceñirían sus cuerpos en un corsé, arrebatándoles el aire de manera paulatina.
En ese instante, vio al chino portando su maletín. A unos treinta metros de distancia se hallaba el policía que salvaría su vida pese a los forcejeos. El policía le estaba entregando una multa al chofer de una limusina por estacionar en una zona prohibida.
Entre la empuñadura del maletín y la muñeca del chino, se extendía una cadena de metal. En su interior, escondido entre dos camisas y una muda de ropa interior, había un millón de dólares en billetes de cien.
El chino ignoraba en ese momento el contenido del portafolio. Era un simple funcionario, su gobierno le había asignado la tarea de protegerlo con su vida. Tras el ataque del primer avión contra la Torre Norte, una viga le quebraría la pelvis. El trozo de metal rasgaría parte del cuero, y el funcionario chino observaría aterrado asomar algunos billetes con el perfil de Benjamin Franklin. Intentaría cubrirlos luego con su chaqueta, mientras el dolor lo forzaba a retorcerse en el suelo. No permitiría acercarse al mismo policía que en ese momento entregaba una multa al chofer de la limusina. Arremetería luego contra dos paramédicos ansiosos por subirlo a una camilla.
Mike Simmons recordó el manifiesto del vuelo 11 de American Airlines que se estrellaría contra la Torre Norte. Una candidata para anudar destinos era la actriz Berry Berenson, viuda del actor Anthony Perkins y hermana de Marisa Berenson, de tan destacada actuación en Cabaret. Tras algunas reflexiones, el destino descartaría esa frecuentada opción.
Vio a algunos pasos de distancia al arquitecto Ronnie Penrose, quien se dirigía hacia la Torre Sur, y que una semana más tarde se refugiaría en el hotel Marriot tras la embestida del primer avión contra las torres. Cerca de él, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria, le mostraría sus derretidas uñas. El hombre la conduciría a una ambulancia. Parte de la chamuscada piel de la mujer se pegaría a su perramus.
Entre tanto, a centenares de metros de altura sobre la cabeza del arquitecto, a bordo del avión de United Airlines, vuelo 175 estrellado contra la Torre Sur, estarían los restos de su hermana y de su sobrina, de cuatro años de edad. La aeronave permanecería casi una hora en la torre, hasta su colapso.

II

Ese 4 de septiembre de 2001, el único propósito de Mike era salvar a Pierre Konstantin, un inmigrante procedente de Estonia, quien trabajaba como electricista en Windows on the World, el restaurante situado en la cima de la Torre Norte.
Konstantin tenía un defecto: aunque concluía su turno a las 8:00 de la mañana, siempre se demoraba en su pequeña oficina. A veces tomaba fotos, o conversaba con otros empleados, o llamaba por teléfono a sus amigos en Estonia. Era difícil que abandonara el lugar antes de las 9:00. El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, se estrellaría minutos antes, a las 8:46. Mike necesitaba sacar a Konstantin por lo menos media hora antes. Y sin causar alarma.
Llegó a la oficina de Konstantin a las 8:15. Al verlo, su amigo repitió la rutina habitual. Se acostó en un enorme estante de acero ubicado encima de un sofá. Cuando comenzó a trabajar en el sitio, no había estante alguno. Por lo tanto, fue a Home Depot, compró una plancha de acero de dos yardas y la fijó al borde de una viga que sobresalía de la pared. Konstantin se había tomado fotos acostado en la placa de acero que servía de estante, y las había enviado a sus amigos.
–Si alguna vez el estante se viene abajo, la Torre Norte se irá con él comentó Konstantin, y bajó del anaquel. Luego reacomodó sus herramientas de electricista, su cámara fotográfica y una lámpara que usaba para crear efectos especiales.
–Pude contactar al importador– dijo su amigo. –Tendrá los neumáticos el próximo martes. Aguardará en el estacionamiento de la torre a las 8:15. Pidió que no demores; necesita visitar otros clientes.
– ¿Mantiene el mismo precio?
–Ciento ochenta dólares. En Manhattan no podrás conseguir esos neumáticos por menos de trescientos dólares. ¿Cómo va el proyecto?
–Ya tenemos más de quinientas fotos de la Torre Norte. Desde el garaje hasta la terraza. Puedes ver algunas allí–. Señaló varias fotos distribuidas en una pequeña mesa circular–. No las toques. Necesito clasificarlas.
Las fotos eran el último recuerdo que perduraría del intacto interior de la Torre Norte. Vio oficinas vacías, mesas repletas de manjares, escaleras, equipos de cocina, ascensores con las puertas abiertas. En casi todas ellas surgía el paisaje urbano como trasfondo. Había también salidas del sol y atardeceres.  Mike sintió un nudo en la garganta.
Las únicas fotos personales eran las de Tania, una mujer muy bella. Mejor olvidarse de las noches que había pasado con ella. Konstantin era el futuro de Tania.
–La idea es crear un archivo digital y compartir las fotos– le explicó su amigo. Había creado una pequeña empresa con un conocido en Estonia, que ofrecía fotografías por internet.
– ¿Cuántas multas tuviste que pagar esta semana? – preguntó Mike.
Su amigo sonrió feliz. –Seis. La primera por adelantarme con mi motocicleta a un patrullero policial.
En cierta ocasión, Konstantin lo invitó a pasear por Brooklyn en su motocicleta. Manejaba como un poseído. Mike nunca había sentido tanto miedo, excepto esa vez en que soldados de Napoleón rodearon la posada donde había ayudado a guerrilleros de El Empecinado a descuartizar a un coracero francés prensándolo entre dos puertas de madera y serruchándolo en diagonal.
Se despidió de su amigo hasta el martes siguiente. Konstantin estaba hablando por teléfonos se limitó a agitar su mano derecha a Mike.

III

–Por cierto, ¿cómo hace para enamorarse? –Le preguntó Mike a Tania. –Me imagino que usted es heterosexual ¿no?
–En la medida de lo posible– dijo la novia de Konstantin acomodando la sábana sobre sus pechos. – ¿Es importante?
–Solo intentaba armar una conversación. Antes, todo se solucionaba encendiendo un cigarrillo y lanzando humo al techo, o simulando reflexionar, para encubrir el aburrimiento.
– “Después del coito el hombre es un animal triste” –recitó Tania. –También podría preguntarme cómo voy de cuerpo.  Soy muy romántica. De repente hay un hombre que me atrae. Todo cambia. Hasta el aire que respiro es distinto. Me siento mucho más joven. Querría hacer cosas extraordinarias.
–Y ahora las hace por Konstantin.
–Por ejemplo—dijo Tania.
–O por mí.
–Usted es un simple capricho. Y yo no tengo súper yo. Es lo que dice mi psicoanalista.

–Nunca podrá eludir la rutina. Ni siquiera con sus caprichos. Viví con varias mujeres. Apenas despertaban,  me exigían que me cepillara los dientes. Decían que tenía mal aliento. Era para agredirme. Lo primero que hacía era ir al baño, cepillarme los dientes, y enjuagarme la boca. Es tan fácil despreciar al otro.
–Y sin embargo, insistió en casarse.
–Es cierto. Pero, al cabo de algunas semanas  la relación se convertía en un gran malentendido.
–¿Cuántas veces son varias veces?
–Tal vez veintiocho.
–Y usted quiere que le crea. ¿Forma parte de su estrategia de seducción?
–Es increíble la rapidez con que podemos odiar a la persona que amamos.
–Podría haberse divorciado.
–El divorcio es peor que el casamiento. Es el momento en que surgen los instintos homicidas.
– ¿Cómo se las arreglaba?
–Construía mi pequeño mundo. Alentaba la infidelidad de mi pareja. Una mujer culpable fastidia menos.
–Disculpe mi franqueza, pero usted me causa asco.
– Solo existe el instinto sexual.
– ¿Nunca pensó en el amor?—Tania empezaba a  sentir hastío. Bostezó.
–Nuestra única tarea en la tierra es gozar de todos los placeres.
– ¿Cuál es su trabajo?
–Cuando necesito dinero trabajo en bienes raíces.
–La competencia es feroz.
–No me guío por Craiglist sino por los avisos fúnebres. Es un mercado poco explorado; las recompensas son fabulosas. Se puede prosperar en cualquier negocio si se apuesta a la muerte.
–Me encanta su imaginación. Esas historias de sus viajes al pasado me hacen reír.
–Las mujeres nunca se aburren conmigo. Me detestan, pero no se aburren.
– ¿Cómo se siente en el pasado?– Dijo ella incrédula, como quien participa en un juego de niños.
–Indefenso. Más indefenso que un bebé. Hay que aprender a curarse de enfermedades que ya han desaparecido. Las vestimentas y los zapatos son distintos. Todos hablan un lenguaje arcaico. Hay menos gente, pero con más prejuicios. Nadie acepta tarjetas de crédito.
–Podría ganar mucho dinero escribiendo guiones de cine. ¿Vio Back to the Future?

Caminó hacia el baño; intentó discernir qué sentía realmente por Tania. Sus romances nunca podían prolongarse más de cinco o seis años. Las mujeres envejecían más rápido que los hombres. Había visto a sus bebés transformarse en adultos, en ancianos, mientras él se conservaba casi intacto.
Entró en la ducha para lavarse un cuerpo que no se deterioraba, examinó su rostro, un rostro donde nunca crecía la barba, y le hizo algunas leves incisiones, remedando los cortes causados por una navaja de afeitar.
 Vivía en un mundo de disfraces y de máscaras. Cada compañera que seducía lo obligaba a recrear un nuevo pasado, y estipular un plazo para abandonarla. Tampoco podía conservar por mucho tiempo sus nuevos amigos. En algún momento surgían las inevitables preguntas. Sus vínculos con la raza humana eran muy tenues. Un pasado tan extenso y errático causaba problemas. Algunos enlaces sentimentales traían el peligro del incesto. Quizás debería buscarse una novia en el Ártico. Ninguno de sus antepasados había incursionado en esas latitudes.




IV

Llegó a la Torre Norte a las 7:50 del 11 de septiembre de 2001. Anticiparse al futuro carecía de toda ventaja. ¿Qué podría decirle a quienes lo rodeaban y estaban a punto de morir? “No deje su vehículo en el estacionamiento subterráneo pues será destruido cuando se estrelle el Boeing”. “No transite por la Promenade, porque la mayoría de los jumpers caerán en ese lugar”.
Soltó el resuello. No podía ser un buen samaritano para millares de personas, solo ayudar a Konstantin, su amigo en las buenas y en las malas.

Cada una de las personas que había visto en su previa incursión a las Torres ocupaba el sitio donde encontraría la muerte o una milagrosa salvación. Por simple curiosidad, se dirigió primero al hotel Marriot para contemplar al arquitecto Ronnie Penrose. Su rostro no expresaba emoción alguna. En las próximas horas, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria para pedirle ayuda.

Llegó a la oficina de Konstantin. Estaba cerrada. Golpeó la puerta. Nadie respondió. Sintió un vacío en el estómago. Miró el reloj: eran las 7:55 de la mañana. Era imposible que su amigo hubiese abandonado la oficina tan temprano. En ese momento, lamentó no tener un teléfono celular, aunque esos aparatos eran engorrosos de manejar.
Entró en un ascensor, y llegó a la planta baja. Extrajo su libreta de direcciones, y buscó el teléfono de su amigo. Se encaminó a un banco de teléfonos. No había uno solo libre. Miró su reloj. Eran las 8:04 a.m.  El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, había partido cinco minutos antes del aeropuerto Logan de Boston, rumbo a Los Ángeles. Sería desviado de su ruta por piratas aéreos, y se estrellaría contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana.
Enfiló hacia la calle. Le costaba tragar. De repente, todos los teléfonos habían desaparecido. Se acercó a un guardia de la Torre Norte.
–Es realmente una emergencia– le explicó.
–Le voy a contar un secreto– dijo el guardia sonriendo. –El secreto mejor guardado de esta torre. Hay teléfonos en el piso dieciséis. Nadie los usa.
Salió corriendo hacia los ascensores. Entró en uno de ellos. Descubrió tarde que su primera parada era en el piso cuarenta y cuatro. Miró el reloj: eran las 8:14. En ese momento, acababa de partir de Logan otro Boeing 767 de United Airlines, vuelo 175. También en ruta a Los Ángeles. Sería desviado hacia Nueva York, donde se estrellaría contra la Torre Sur a las 9:03 de la mañana.
 Decidió bajar al piso dieciséis por las escaleras. A las 8:20 estaba frente al banco de teléfonos. Faltaban 26 minutos para que el vuelo 11 de American Airlines se estrellara contra la Torre Norte.
Llamó al número de la oficina de Konstantin. Casi de inmediato, escuchó su voz.
– ¿Por qué demoraste tanto? –le preguntó su amigo. Hablaba con frialdad.
–Necesito verte de inmediato– le dijo. –En la planta baja.
–Sube a mi oficina y bajaremos juntos– le dijo. Sin esperar respuesta, cortó la llamada.
Eran las 8:30 cuando golpeó a la puerta.
–En dieciséis minutos más, un avión se estrellará contra la Torre Norte– le dijo a su amigo. –Busca lo que sea necesario y bajemos por las escaleras.
Konstantin sonrió y lo invitó a pasar.
–No hay tiempo que perder– dijo Mike.
–Ah, esa mala costumbre de comenzar a beber temprano–dijo su amigo. Luego, ciñó con los brazos la cintura de Mike, lo introdujo en la oficina, y lo dejó caer en el sofá.
–Lo sé todo– le dijo. –Tania me confesó su traición.
–Nada de dramas ¿No entiendes que vamos a morir? Vine a salvarte la vida.
– ¿Es cierto lo que me contó Tania?
– ¿No puedes dejar los celos para más adelante?
–Entonces, es cierto.
–Estoy dispuesto a pedirte perdón de rodillas, pero cuando lleguemos a la calle. Prometo contarte todo en el vestíbulo del Marriot.
–Sabía que Tania me había dicho la verdad– dijo Konstantin. Volvió a tomar en brazos a su rival, se acercó al pequeño baño, lo arrojó en su interior, y cerró la puerta con llave.
Mike comenzó a golpear la puerta. Rogó a Konstantin que lo dejara salir. Escuchó el ruido de la puerta de entrada al abrirse y al cerrarse,  miró su reloj. Eran las 8:44 de la mañana. A través de la ventanilla con barrotes contempló la silueta del avión. Aunque en el cielo se desplazaba a toda velocidad, desde la ventana del baño parecía avanzar en cámara lenta.
Estudió por última vez las imágenes de los sobrevivientes que habían pasado a su lado: la muchacha del vestido rojo, el chino con un maletín amarrado a su muñeca, el hombre que estaría separado por algunos centenares de metros de altura de su hermana y de su sobrina muertas, los religiosos que anudarían una entrañable amistad, el hombre que mataría a Osama bin Laden.
Súbitamente, los edificios se moldearon acatando la forma de los andamios. Esqueletos de hierro se irguieron sólidos, aguardando a recibir los ladrillos y los bloques de mármol. El tiempo comenzó a retroceder, los materiales de construcción cambiaban, los edificios eran reemplazados por viviendas, las viviendas por terrenos sembrados, o por una total desolación.
Recordó el terremoto de Lisboa, el gran incendio de Londres. Todos morían a su alrededor. Él siempre resurgía, recorriendo ruinas. Era una anomalía, en medio de seres desesperados
El río Hudson lucía inmenso, repleto de barcazas, como las que circulaban a comienzos del siglo diecinueve. Recordaba cuadros que había visto en museos. Reflejaban escenas previas a la guerra civil. El espejo del baño había desaparecido.
Nadie podía darle fisonomía a una tragedia en que miles morirían incinerados. El escenario que transcurría en el río era difícil de interpretar. ¿Habrían invadido los británicos la capital? Eso había ocurrido en 1812 ¿Cuántos años faltaban para el asesinato de Lincoln? Todo era incomprensible. Dos mundos desiguales comenzaban a fundirse en un volcán activo.
En uno de ellos, miles de personas estaban a punto de morir. En el otro, esos seres demorarían un siglo y medio en ofrecer sus primeros vagidos.
Observó al hombre de espaldas, sus movimientos atolondrados junto al banco de teléfonos, su intento por subir al ascensor. El rostro continuaba ausente. Luego se fue acercando. El rostro adquirió nitidez. ¿Estaba sonriendo? ¿Intentaba hablarle? Sintió que se contemplaba en un espejo. Rezó a Dios. Se entregó a las llamas.


El fragmento corresponde a la segunda parte de una trilogía sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001 iniciada con La región vacía/The Empty Region. (Editorial Verbum de Madrid. Versión en español, 2014, edición en inglés, 2017). La novela está a la venta en Amazon y en la página web de la editorial.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Nueve/once. Las formas de lo irrepetible



Mario Szichman
(Una versión resumida de este artículo fue publicada el 11/09/2013 en Tal Cual http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=91862&tipo=AVA)
Nueve/Once[i]

“Estuve tentado de preguntarle al bombero

Cuanto se prolongarían esas nubes de ceniza.

Y de repente advertí la total ridiculez de la cuestión.

¿Cómo podía el bombero contar con esa información?

¿En cuántas ocasiones un edificio de 110 pisos

Colapsa totalmente en el suelo?”



John Bussey, Eye of the Storm: One Journey through Desperation and Chaos.

THE WALL STREET JOURNAL, 12 de septiembre de 2001





En la década de los sesenta surgió en Estados Unidos el happening, un espectáculo multidisciplinario donde se combinaba la actuación de artistas profesionales, la improvisación, y la activa participación de la audiencia. El happening podía ocurrir en cualquier parte: en sótanos, en viviendas, e inclusive en callejuelas.  La narrativa no era lineal. Tampoco se usaban las unidades aristotélicas de tiempo y espacio. Muchas cosas podían ocurrir de manera simultánea. La interacción eliminaba la distancia entre el artista y el espectador.

Posiblemente el ataque a las torres gemelas fue el más grande happening en la historia del mundo. En ese gigantesco escenario del crimen, en esa monumental pira funeraria, durante 102 minutos, se registró un happening. Y de no ser por el recuerdo de los sobrevivientes,  y por algunas imágenes recogidas por fotógrafos y por video cámaras, tendríamos una experiencia mucho más menguada de lo que ocurrió.

En ese anfiteatro de la muerte que moldearon las torres gemelas en el momento en que se estrelló el primer avión, la realidad fue fusionando las escenas, las formas se trastocaron.

Durante los primeros minutos, hasta que cayó la primera torre, la Torre Sur (la segunda en ser embestida), el happening consistió básicamente en el alud de escombros y de cuerpos, en el incremento feroz del incendio, en una evacuación parcialmente ordenada.

Ya ese primer incendio fue el peor con el que debieron lidiar los bomberos en toda la historia de Nueva York. Más de diez pisos ardían al mismo tiempo en cada torre, atrapando a centenares de personas, impidiéndoles todo escape. Y la zona del Trade World Centre siguió ardiendo durante 99 días, más que ninguna otra conflagración registrada en una ciudad atacada con bombas incendiarias durante la segunda guerra mundial.

El fin del primer ataque devolvió cierta tranquilidad a los ocupantes de la Torre Sur. Faltaban 19 minutos para que fuese embestida. Inclusive se aventuró un retorno a la normalidad. Con el estrellamiento del segundo avión, el happening empezó a desplegar sus alas, y fue cambiando la disposición de los espectadores. Mientras se iniciaba la fuga de quienes estaban cerca de las torres gemelas o habían logrado evacuar la primera torre, llegaban al lugar los corderos del sacrificio, bomberos y personal de emergencia que se introducían en la torre para no retornar.

Con el colapso de la primera torre el paisaje volvió a alterarse. La Torre Sur se abatió en el suelo como esas carpas de campaña a las que les quitan los postes, y dejó asomar el límpido cielo de Manhattan. Pero también el cielo fue rápidamente oscurecido por los incendios, por el humo, por el detritus del calcinado concreto.

Con el derrumbe de la Torre Norte, el paisaje volvió a cambiar. Un edificio que había permanecido erguido durante años a casi 400 metros de altura se transformó en una inmensa montaña de escombros. El derrumbe también generó un simulacro de huracán. Una gigantesca nube surgió de la torre derribada y comenzó a perseguir a los sobrevivientes.

Los ataques pueden también ser considerados el derby de demolición más gigantesco de la historia. Más de un millón y medio de toneladas de residuos fueron acarreados de las ruinas del World Trade Center rumbo a Fresh Kills,[ii] en Staten Island, que se transformó en el mayor basurero de escombros en la historia.

En ese happening se borraron las distancias entre los espectadores y los actores. A veces, los actores mataron a los espectadores. Algunos jumpers, las personas que se lanzaron desde los pisos últimos de las torres gemelas, cayeron sobre las personas que los observaban incrédulas, o  contra quienes acudían a salvarlos, arrastrándolos en sus muertes.

Y para resguardarse de esos cuerpos letales, algunos descubrieron que una precaria barrera de protección estaba constituida por los techos de plástico transparente situados a la entrada de las torres.

Jack, director de los servicios médicos de emergencia del Presbyterian Hospital, descubrió la imposibilidad de marchar de una torre a la otra tras la llegada del primer avión. Los jumpers estaban saltando del edificio y constituían un peligro para nosotros”, dijo. Hasta que uno de sus subordinados descubrió un método: protegerse de los jumpers bajo esas marquesinas de plástico. “Uno podía ver cuando una persona se estrellaba contra el techo transparente”, dijo Jack.” Luego rebotaba, sin penetrarlo”.

También los animales participaron en el macabro espectáculo, ofreciendo un momento de alivio, y hasta de diversión. Los perros de la unidad de rescate K-9 [iii]estaban entrenados para encontrar sobrevivientes. Pero a medida que pasaban las horas había menos heridos que rescatar. Ni siquiera había cadáveres enteros. Lo único que había era millares de restos de seres humanos formando una inestable aleación con el concreto, con los escombros, con las vigas de acero. Y los perros, que cuando se ponen melancólicos adquieren los ojos más tristes del mundo, comenzaron a observar a sus cuidadores con una mirada que partía el alma, pues no lograban rescatar a nadie.

Hasta que a uno de esos cuidadores se le ocurrió hacer otro happening. Christine, una veterana de la policía de Nueva York, dijo que algunos voluntarios acordonaron un área de escombros en The Pile, la pira funeraria de las torres gemelas. Varios de ellos, incluida Christine, se ocultaron entre los escombros y comenzaron a gemir, como si estuvieran heridos.

“Y luego se envió a los perros a esa zona”, dijo Christine. “Los perros comenzaron a ladrar alborozados al descubrir sobrevivientes. Todos los presentes empezaron a aplaudirlos. La vida retornó al lugar luego que simulamos que estábamos siendo rescatados por los perros. Fue algo emocionante, maravilloso, y hasta divertido”.

También los muertos celebraron sus cumpleaños en el transcurso de ese happening. Un detective de la policía de Nueva York que trabajó en the bucket brigade, la brigada del balde, buscando cualquier objeto que pudiera identificar a una persona, participó, con un grupo de compañeros en un homenaje a un compañero muerto que ese día cumplía años. “Le cantamos el cumpleaños feliz”, dijo el detective. “La carpa donde celebramos el cumpleaños estaba repleta de rescatistas. Fue realmente una cosa extraña. Inclusive la madre del muerto preparó una torta para la celebración”.

Ya se trate de la cifra más conservadora de 50 muertos, de la cifra más cercana a la realidad de 200, ningún previo happening contó con tantos jumpers, que se suicidaron de manera escalonada. El periodista Tom Junod dijo que fue “como si cada individuo hubiese necesitado ver a otro congénere saltar, antes de conseguir el coraje suficiente para arrojarse por las ventanas”.

Los jumpers empezaron a saltar al vacío poco después que el primer avión se estrelló contra la Torre Norte. Siguieron arrojándose al vacío hasta que la torre se derrumbó, una hora, 41 minutos y 45 segundos luego del impacto del avión de American Airlines, vuelo 11.

Junod dijo que saltaron de manera gradual, una vez “los cielorrasos cayeron y los pisos colapsaron. Algunos saltaron para poder respirar una vez más antes de morir. Saltaron con persistencia,  desde los cuatro costados del edificio, y desde todos los pisos situados por encima y en torno a la letal herida del edificio. Una fotografía, tomada a cierta distancia, muestra a un grupo de personas saltando en una secuencia perfecta, como paracaidistas, formando un arco compuesto de tres personas separadas a corta distancia, una de otra, descendiendo de manera pareja”.

No todos querían morir. Nuevos artefactos se incorporaron al espectáculo. Algunas personas improvisaron paracaídas, usando cortinas y manteles. Lograron postergar algunos segundos su muerte, hasta que el feroz viento arrancó las telas de sus manos. 

Otros artificios fueron creados al calor del momento, y luego desechados en las llamas. No hay fotos de la trompa o de la cola de los aviones emergiendo de los edificios en llamas. Pero sí persisten en los recuerdos de rescatistas y sobrevivientes. Carol, la policía de la División de Tránsito observó la  cola del avión de American Airlines despuntando de la Torre Norte.

“El avión estaba incrustado en el edificio y no parecía muy grande”, dijo luego. Pero la cola indicaba que se trataba de un gran aparato. “No muchas personas vieron la cola del avión”, dijo Carol, “pues una vez el combustible del jet goteó en el edificio, hubo una explosión, y el avión desapareció”.

Por su parte Carolyn Kyle, una muchacha que trabajaba en una de las torres y quería celebrar sus 30 años de vida luciendo un vestido rojo y gracia a  eso salvó su vida[iv] , observó no sólo la bola de fuego que consumía la Torre Norte. Al mirar hacia arriba, con los ojos entrecerrados para eludir el resplandor del sol, vio asomar el cono de la trompa del avión, y la cascada de escombros plateados, y un diluvio de cuerpos con sus brazos y sus piernas estirados en una mortal zambullida.

“Estaba contemplando el infierno”, dijo Carolyn, “y el infierno recién comenzaba”.

El crematorio más grande del mundo funcionó varios días seguidos en The Pile, la gigantesca pira funeraria en que quedaron convertidas las torres gemelas[v]. The Pile se convirtió luego en The Pit, la fosa, una vez sus escombros fueron transportados a Fresh Kills, Staten Island, una isla situada frente a la parte baja de Manhattan, que se transformó en la escena del crimen más grande del mundo, y una década más tarde, en un parque estatal donde se intenta hacer olvidar su previo uso.

Edward Conlon, un ex policía, ahora un exitoso novelista policial, recordó en la revista The New Yorker “los meses irreales que pasé en Fresh Kills, donde tuvimos que luchar con las gaviotas para impedirles que nos arrebataran trozos de cadáveres”.

Conlon trabajó en Fresh Kills pues era “considerado una escena de crimen”: la escena de crimen más indescifrable del mundo.

Para febrero de 2005, la oficina del médico forense de la ciudad de Nueva York había emitido 2.752 certificados de defunción vinculados a los ataques del 11 de septiembre. De esos certificados, 1.588, sólo un 58 por ciento correspondían a restos humanos identificados a través del ADN. Pero, según The Associated Press, hay en la oficina del médico forense “unos 10.000 huesos y fragmentos de tejidos que no coinciden con la lista de los muertos”. Todavía en el 2006, fragmentos de huesos seguían apareciendo en el área de las torres gemelas donde obreros de la construcción se aprestaban a demoler el dañado edificio del Deutsche Bank.


[i] Para los norteamericanos, los ataques se registraron el 9/11 del 2001, pues primero ponen el mes (septiembre) y luego la fecha, a diferencia de lo que se hace en muchos países, en que la fecha antecede al mes. El detalle no es trivial. Hay evidencias de que quienes planearon los ataques dieron inclusive la fecha: 11/9. Hubo intercepción de esos datos, y algunos analistas de inteligencia dedujeron que los atentados se concretarían el nueve de noviembre.
[ii] Aunque la traducción literal de Fresh Kills sería asesinatos nuevos o flamantes, el nombre del lugar proviene de la palabra holandesa kille, que significa “lecho del río” o “canal de agua”.
[iii] K-9 juega con la onomatopeya de la letra “K” y el número 9 (nine)  para armar la palabra “canine”, canino.
[iv] Carole estaba tan empecinada en comprar el vestido, que se quedó aguardando a que abrieran la tienda. Su hora de ingreso a la oficina era a las 8:00 de la mañana. La tienda abrió a las 8:30. Cuando Carole estaba pagando por el vestido, se registró el primer ataque.
[v] “The Pile”, el montón, fue el término que usaron los obreros de grupos de rescate para describir las toneladas de escombros que se acumularon tras el colapso de las torres gemelas. Esos obreros nunca usaron el término más dramático de “Ground Zero” empleado por las organizaciones periodísticas y por funcionarios gubernamentales. Ground Zero describe el epicentro de una explosión causada por una bomba de gran poder.