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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Snapshot (Fragmento de novela)


Por Mario Szichman




Para Carmen Virginia Carrillo,
editora de mis textos,
quien me enseñó a afrontar
nuevos retos literarios




¿Por qué despiertan tanta fascinación los viajeros del tiempo? Básicamente, por la viabilidad de transportarse a otras épocas, con el propósito de alterar un evento catastrófico, o quizás de provocarlo. El clásico en el territorio del cuento es A Sound of Thunder, de Ray Bradbury, donde se formula la hipótesis de que la muerte de un simple ratón en el pasado remoto, puede dejar “marcas tan enormes como el Gran Cañón del Colorado a través de la eternidad”.  M.S.

I

Se preguntó qué clase de existencia era esa en la que todos los demás seguían muriendo, excepto él. O por qué podía contemplar, en momentos inesperados, la línea del tiempo de quienes lo asediaban, hasta sus días finales.
Inspeccionó la multitud: pudo reconocer a aquellos que iban a morir, a los escasos sobrevivientes.  En una semana más, se trocarían en un compuesto orgánico. Descollarían la fibra de vidrio, el concreto y el combustible de aviación. En cuanto a los sobrevivientes, padecerían vidas precarias: sus cuerpos revelarían veloces mudanzas en el avance hacia una muerte prematura.
Era el martes cuatro de septiembre de 2001, una semana antes de la caída de las torres. Mike Simmons estaba en la Promenade que unía la Torre Norte con la Torre Sur. Circulaban a su alrededor algunas de las personas que morirían tras la intrusión de dos aeronaves comerciales en los pisos superiores de los edificios.
The World Trade Center, además de convocar multitudes, obligaba a circular por los mismos pasadizos, introducirse en los mismos ascensores, frecuentar las mismas cafeterías, peluquerías, salones de belleza, tiendas de souvenirs.
A su lado pasó uno de los pocos que esquivarían la muerte, y luego participaría en el raid para asesinar a Osama bin Laden. En ese momento, una década más joven, ni siquiera formaba parte de un comando SEAL. Pesaba treinta libras menos. No había indicios de su futura calvicie o de la herida que aplanaría una mejilla y achicaría su ojo izquierdo. Sus aspiraciones eran diferentes. Pensaba estudiar Administración Pública. Estaba buscando empleo en Cantor Fitzgerald, una empresa con oficinas en los últimos pisos de la Torre Norte.
En cuanto al líder de al–Qaida, que en pocos días más se transformaría en el personaje más famoso del mundo, ese 4 de septiembre de 2001 seguía siendo un desconocido.
Mike Simmons bebió dos sorbos de un machiatto que había comprado en Starbucks. Casi de inmediato, aparecieron otros dos futuros sobrevivientes, un pastor anglicano, negro, y un pastor baptista, blanco. Siempre se habían tratado con frialdad, en sus saludos exhibían un respetuoso desprecio. Pero salvarían sus vidas gracias a su mutua protección en una oficina, a escasos pasos de la gigantesca nariz de uno de los aviones. El episodio los convertiría en amigos de por vida, una corta vida marcada por desórdenes pulmonares.
En ese momento vio ingresar a la Torre Norte al hombre cuyo rostro era imposible de escrutar. Parecía siempre lanzado en una carrera desesperada hacia los bancos de teléfonos.  No lograba descifrar qué le deparaba la suerte.
Luego apareció la muchacha que el 11 de septiembre compraría un vestido rojo. Un vestido que nunca ostentaría. Lo luciría en una sola ocasión, en el estrecho probador de la tienda. Deseaba saludar sus 30 años luciendo ese magnífico vestido que veía todas las mañanas en la vitrina de una tienda, rumbo a su oficina. Faltaban pocos días para su cumpleaños.
Era una mujer bella, contaba con gran cantidad de admiradores, y requería resplandecer en su fiesta. La tardanza de quince minutos, en el probador, la obligaría a demorar su llegada a la Torre Sur, donde trabajaba como secretaria. Vería el colapso de la torre al emerger de la línea J del subterráneo. 
Aunque creía estar anclada en Nueva York, tras los ataques deambularía por ciudades cuyos cautelosos ciudadanos nunca aceptarían verla con un vestido tan llamativo. El atuendo visitaría numerosos closets, el primero en Phoenix, Arizona, el último en Mobile, Alabama. La mujer nunca abdicaría del vestido confinado eternamente a su armario.
Hasta ese momento, Mike había circulado entre sobrevivientes que continuarían intactos.  Luego, tropezaría con algunos doblegados por enfermedades que ceñirían sus cuerpos en un corsé, arrebatándoles el aire de manera paulatina.
En ese instante, vio al chino portando su maletín. A unos treinta metros de distancia se hallaba el policía que salvaría su vida pese a los forcejeos. El policía le estaba entregando una multa al chofer de una limusina por estacionar en una zona prohibida.
Entre la empuñadura del maletín y la muñeca del chino, se extendía una cadena de metal. En su interior, escondido entre dos camisas y una muda de ropa interior, había un millón de dólares en billetes de cien.
El chino ignoraba en ese momento el contenido del portafolio. Era un simple funcionario, su gobierno le había asignado la tarea de protegerlo con su vida. Tras el ataque del primer avión contra la Torre Norte, una viga le quebraría la pelvis. El trozo de metal rasgaría parte del cuero, y el funcionario chino observaría aterrado asomar algunos billetes con el perfil de Benjamin Franklin. Intentaría cubrirlos luego con su chaqueta, mientras el dolor lo forzaba a retorcerse en el suelo. No permitiría acercarse al mismo policía que en ese momento entregaba una multa al chofer de la limusina. Arremetería luego contra dos paramédicos ansiosos por subirlo a una camilla.
Mike Simmons recordó el manifiesto del vuelo 11 de American Airlines que se estrellaría contra la Torre Norte. Una candidata para anudar destinos era la actriz Berry Berenson, viuda del actor Anthony Perkins y hermana de Marisa Berenson, de tan destacada actuación en Cabaret. Tras algunas reflexiones, el destino descartaría esa frecuentada opción.
Vio a algunos pasos de distancia al arquitecto Ronnie Penrose, quien se dirigía hacia la Torre Sur, y que una semana más tarde se refugiaría en el hotel Marriot tras la embestida del primer avión contra las torres. Cerca de él, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria, le mostraría sus derretidas uñas. El hombre la conduciría a una ambulancia. Parte de la chamuscada piel de la mujer se pegaría a su perramus.
Entre tanto, a centenares de metros de altura sobre la cabeza del arquitecto, a bordo del avión de United Airlines, vuelo 175 estrellado contra la Torre Sur, estarían los restos de su hermana y de su sobrina, de cuatro años de edad. La aeronave permanecería casi una hora en la torre, hasta su colapso.

II

Ese 4 de septiembre de 2001, el único propósito de Mike era salvar a Pierre Konstantin, un inmigrante procedente de Estonia, quien trabajaba como electricista en Windows on the World, el restaurante situado en la cima de la Torre Norte.
Konstantin tenía un defecto: aunque concluía su turno a las 8:00 de la mañana, siempre se demoraba en su pequeña oficina. A veces tomaba fotos, o conversaba con otros empleados, o llamaba por teléfono a sus amigos en Estonia. Era difícil que abandonara el lugar antes de las 9:00. El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, se estrellaría minutos antes, a las 8:46. Mike necesitaba sacar a Konstantin por lo menos media hora antes. Y sin causar alarma.
Llegó a la oficina de Konstantin a las 8:15. Al verlo, su amigo repitió la rutina habitual. Se acostó en un enorme estante de acero ubicado encima de un sofá. Cuando comenzó a trabajar en el sitio, no había estante alguno. Por lo tanto, fue a Home Depot, compró una plancha de acero de dos yardas y la fijó al borde de una viga que sobresalía de la pared. Konstantin se había tomado fotos acostado en la placa de acero que servía de estante, y las había enviado a sus amigos.
–Si alguna vez el estante se viene abajo, la Torre Norte se irá con él comentó Konstantin, y bajó del anaquel. Luego reacomodó sus herramientas de electricista, su cámara fotográfica y una lámpara que usaba para crear efectos especiales.
–Pude contactar al importador– dijo su amigo. –Tendrá los neumáticos el próximo martes. Aguardará en el estacionamiento de la torre a las 8:15. Pidió que no demores; necesita visitar otros clientes.
– ¿Mantiene el mismo precio?
–Ciento ochenta dólares. En Manhattan no podrás conseguir esos neumáticos por menos de trescientos dólares. ¿Cómo va el proyecto?
–Ya tenemos más de quinientas fotos de la Torre Norte. Desde el garaje hasta la terraza. Puedes ver algunas allí–. Señaló varias fotos distribuidas en una pequeña mesa circular–. No las toques. Necesito clasificarlas.
Las fotos eran el último recuerdo que perduraría del intacto interior de la Torre Norte. Vio oficinas vacías, mesas repletas de manjares, escaleras, equipos de cocina, ascensores con las puertas abiertas. En casi todas ellas surgía el paisaje urbano como trasfondo. Había también salidas del sol y atardeceres.  Mike sintió un nudo en la garganta.
Las únicas fotos personales eran las de Tania, una mujer muy bella. Mejor olvidarse de las noches que había pasado con ella. Konstantin era el futuro de Tania.
–La idea es crear un archivo digital y compartir las fotos– le explicó su amigo. Había creado una pequeña empresa con un conocido en Estonia, que ofrecía fotografías por internet.
– ¿Cuántas multas tuviste que pagar esta semana? – preguntó Mike.
Su amigo sonrió feliz. –Seis. La primera por adelantarme con mi motocicleta a un patrullero policial.
En cierta ocasión, Konstantin lo invitó a pasear por Brooklyn en su motocicleta. Manejaba como un poseído. Mike nunca había sentido tanto miedo, excepto esa vez en que soldados de Napoleón rodearon la posada donde había ayudado a guerrilleros de El Empecinado a descuartizar a un coracero francés prensándolo entre dos puertas de madera y serruchándolo en diagonal.
Se despidió de su amigo hasta el martes siguiente. Konstantin estaba hablando por teléfonos se limitó a agitar su mano derecha a Mike.

III

–Por cierto, ¿cómo hace para enamorarse? –Le preguntó Mike a Tania. –Me imagino que usted es heterosexual ¿no?
–En la medida de lo posible– dijo la novia de Konstantin acomodando la sábana sobre sus pechos. – ¿Es importante?
–Solo intentaba armar una conversación. Antes, todo se solucionaba encendiendo un cigarrillo y lanzando humo al techo, o simulando reflexionar, para encubrir el aburrimiento.
– “Después del coito el hombre es un animal triste” –recitó Tania. –También podría preguntarme cómo voy de cuerpo.  Soy muy romántica. De repente hay un hombre que me atrae. Todo cambia. Hasta el aire que respiro es distinto. Me siento mucho más joven. Querría hacer cosas extraordinarias.
–Y ahora las hace por Konstantin.
–Por ejemplo—dijo Tania.
–O por mí.
–Usted es un simple capricho. Y yo no tengo súper yo. Es lo que dice mi psicoanalista.

–Nunca podrá eludir la rutina. Ni siquiera con sus caprichos. Viví con varias mujeres. Apenas despertaban,  me exigían que me cepillara los dientes. Decían que tenía mal aliento. Era para agredirme. Lo primero que hacía era ir al baño, cepillarme los dientes, y enjuagarme la boca. Es tan fácil despreciar al otro.
–Y sin embargo, insistió en casarse.
–Es cierto. Pero, al cabo de algunas semanas  la relación se convertía en un gran malentendido.
–¿Cuántas veces son varias veces?
–Tal vez veintiocho.
–Y usted quiere que le crea. ¿Forma parte de su estrategia de seducción?
–Es increíble la rapidez con que podemos odiar a la persona que amamos.
–Podría haberse divorciado.
–El divorcio es peor que el casamiento. Es el momento en que surgen los instintos homicidas.
– ¿Cómo se las arreglaba?
–Construía mi pequeño mundo. Alentaba la infidelidad de mi pareja. Una mujer culpable fastidia menos.
–Disculpe mi franqueza, pero usted me causa asco.
– Solo existe el instinto sexual.
– ¿Nunca pensó en el amor?—Tania empezaba a  sentir hastío. Bostezó.
–Nuestra única tarea en la tierra es gozar de todos los placeres.
– ¿Cuál es su trabajo?
–Cuando necesito dinero trabajo en bienes raíces.
–La competencia es feroz.
–No me guío por Craiglist sino por los avisos fúnebres. Es un mercado poco explorado; las recompensas son fabulosas. Se puede prosperar en cualquier negocio si se apuesta a la muerte.
–Me encanta su imaginación. Esas historias de sus viajes al pasado me hacen reír.
–Las mujeres nunca se aburren conmigo. Me detestan, pero no se aburren.
– ¿Cómo se siente en el pasado?– Dijo ella incrédula, como quien participa en un juego de niños.
–Indefenso. Más indefenso que un bebé. Hay que aprender a curarse de enfermedades que ya han desaparecido. Las vestimentas y los zapatos son distintos. Todos hablan un lenguaje arcaico. Hay menos gente, pero con más prejuicios. Nadie acepta tarjetas de crédito.
–Podría ganar mucho dinero escribiendo guiones de cine. ¿Vio Back to the Future?

Caminó hacia el baño; intentó discernir qué sentía realmente por Tania. Sus romances nunca podían prolongarse más de cinco o seis años. Las mujeres envejecían más rápido que los hombres. Había visto a sus bebés transformarse en adultos, en ancianos, mientras él se conservaba casi intacto.
Entró en la ducha para lavarse un cuerpo que no se deterioraba, examinó su rostro, un rostro donde nunca crecía la barba, y le hizo algunas leves incisiones, remedando los cortes causados por una navaja de afeitar.
 Vivía en un mundo de disfraces y de máscaras. Cada compañera que seducía lo obligaba a recrear un nuevo pasado, y estipular un plazo para abandonarla. Tampoco podía conservar por mucho tiempo sus nuevos amigos. En algún momento surgían las inevitables preguntas. Sus vínculos con la raza humana eran muy tenues. Un pasado tan extenso y errático causaba problemas. Algunos enlaces sentimentales traían el peligro del incesto. Quizás debería buscarse una novia en el Ártico. Ninguno de sus antepasados había incursionado en esas latitudes.




IV

Llegó a la Torre Norte a las 7:50 del 11 de septiembre de 2001. Anticiparse al futuro carecía de toda ventaja. ¿Qué podría decirle a quienes lo rodeaban y estaban a punto de morir? “No deje su vehículo en el estacionamiento subterráneo pues será destruido cuando se estrelle el Boeing”. “No transite por la Promenade, porque la mayoría de los jumpers caerán en ese lugar”.
Soltó el resuello. No podía ser un buen samaritano para millares de personas, solo ayudar a Konstantin, su amigo en las buenas y en las malas.

Cada una de las personas que había visto en su previa incursión a las Torres ocupaba el sitio donde encontraría la muerte o una milagrosa salvación. Por simple curiosidad, se dirigió primero al hotel Marriot para contemplar al arquitecto Ronnie Penrose. Su rostro no expresaba emoción alguna. En las próximas horas, una  mujer con graves quemaduras se alzaría de la pira funeraria para pedirle ayuda.

Llegó a la oficina de Konstantin. Estaba cerrada. Golpeó la puerta. Nadie respondió. Sintió un vacío en el estómago. Miró el reloj: eran las 7:55 de la mañana. Era imposible que su amigo hubiese abandonado la oficina tan temprano. En ese momento, lamentó no tener un teléfono celular, aunque esos aparatos eran engorrosos de manejar.
Entró en un ascensor, y llegó a la planta baja. Extrajo su libreta de direcciones, y buscó el teléfono de su amigo. Se encaminó a un banco de teléfonos. No había uno solo libre. Miró su reloj. Eran las 8:04 a.m.  El Boeing 767 de American Airlines, vuelo 11, había partido cinco minutos antes del aeropuerto Logan de Boston, rumbo a Los Ángeles. Sería desviado de su ruta por piratas aéreos, y se estrellaría contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana.
Enfiló hacia la calle. Le costaba tragar. De repente, todos los teléfonos habían desaparecido. Se acercó a un guardia de la Torre Norte.
–Es realmente una emergencia– le explicó.
–Le voy a contar un secreto– dijo el guardia sonriendo. –El secreto mejor guardado de esta torre. Hay teléfonos en el piso dieciséis. Nadie los usa.
Salió corriendo hacia los ascensores. Entró en uno de ellos. Descubrió tarde que su primera parada era en el piso cuarenta y cuatro. Miró el reloj: eran las 8:14. En ese momento, acababa de partir de Logan otro Boeing 767 de United Airlines, vuelo 175. También en ruta a Los Ángeles. Sería desviado hacia Nueva York, donde se estrellaría contra la Torre Sur a las 9:03 de la mañana.
 Decidió bajar al piso dieciséis por las escaleras. A las 8:20 estaba frente al banco de teléfonos. Faltaban 26 minutos para que el vuelo 11 de American Airlines se estrellara contra la Torre Norte.
Llamó al número de la oficina de Konstantin. Casi de inmediato, escuchó su voz.
– ¿Por qué demoraste tanto? –le preguntó su amigo. Hablaba con frialdad.
–Necesito verte de inmediato– le dijo. –En la planta baja.
–Sube a mi oficina y bajaremos juntos– le dijo. Sin esperar respuesta, cortó la llamada.
Eran las 8:30 cuando golpeó a la puerta.
–En dieciséis minutos más, un avión se estrellará contra la Torre Norte– le dijo a su amigo. –Busca lo que sea necesario y bajemos por las escaleras.
Konstantin sonrió y lo invitó a pasar.
–No hay tiempo que perder– dijo Mike.
–Ah, esa mala costumbre de comenzar a beber temprano–dijo su amigo. Luego, ciñó con los brazos la cintura de Mike, lo introdujo en la oficina, y lo dejó caer en el sofá.
–Lo sé todo– le dijo. –Tania me confesó su traición.
–Nada de dramas ¿No entiendes que vamos a morir? Vine a salvarte la vida.
– ¿Es cierto lo que me contó Tania?
– ¿No puedes dejar los celos para más adelante?
–Entonces, es cierto.
–Estoy dispuesto a pedirte perdón de rodillas, pero cuando lleguemos a la calle. Prometo contarte todo en el vestíbulo del Marriot.
–Sabía que Tania me había dicho la verdad– dijo Konstantin. Volvió a tomar en brazos a su rival, se acercó al pequeño baño, lo arrojó en su interior, y cerró la puerta con llave.
Mike comenzó a golpear la puerta. Rogó a Konstantin que lo dejara salir. Escuchó el ruido de la puerta de entrada al abrirse y al cerrarse,  miró su reloj. Eran las 8:44 de la mañana. A través de la ventanilla con barrotes contempló la silueta del avión. Aunque en el cielo se desplazaba a toda velocidad, desde la ventana del baño parecía avanzar en cámara lenta.
Estudió por última vez las imágenes de los sobrevivientes que habían pasado a su lado: la muchacha del vestido rojo, el chino con un maletín amarrado a su muñeca, el hombre que estaría separado por algunos centenares de metros de altura de su hermana y de su sobrina muertas, los religiosos que anudarían una entrañable amistad, el hombre que mataría a Osama bin Laden.
Súbitamente, los edificios se moldearon acatando la forma de los andamios. Esqueletos de hierro se irguieron sólidos, aguardando a recibir los ladrillos y los bloques de mármol. El tiempo comenzó a retroceder, los materiales de construcción cambiaban, los edificios eran reemplazados por viviendas, las viviendas por terrenos sembrados, o por una total desolación.
Recordó el terremoto de Lisboa, el gran incendio de Londres. Todos morían a su alrededor. Él siempre resurgía, recorriendo ruinas. Era una anomalía, en medio de seres desesperados
El río Hudson lucía inmenso, repleto de barcazas, como las que circulaban a comienzos del siglo diecinueve. Recordaba cuadros que había visto en museos. Reflejaban escenas previas a la guerra civil. El espejo del baño había desaparecido.
Nadie podía darle fisonomía a una tragedia en que miles morirían incinerados. El escenario que transcurría en el río era difícil de interpretar. ¿Habrían invadido los británicos la capital? Eso había ocurrido en 1812 ¿Cuántos años faltaban para el asesinato de Lincoln? Todo era incomprensible. Dos mundos desiguales comenzaban a fundirse en un volcán activo.
En uno de ellos, miles de personas estaban a punto de morir. En el otro, esos seres demorarían un siglo y medio en ofrecer sus primeros vagidos.
Observó al hombre de espaldas, sus movimientos atolondrados junto al banco de teléfonos, su intento por subir al ascensor. El rostro continuaba ausente. Luego se fue acercando. El rostro adquirió nitidez. ¿Estaba sonriendo? ¿Intentaba hablarle? Sintió que se contemplaba en un espejo. Rezó a Dios. Se entregó a las llamas.


El fragmento corresponde a la segunda parte de una trilogía sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001 iniciada con La región vacía/The Empty Region. (Editorial Verbum de Madrid. Versión en español, 2014, edición en inglés, 2017). La novela está a la venta en Amazon y en la página web de la editorial.

domingo, 23 de agosto de 2015

En ocasiones, la mejor forma de rendir homenaje a los héroes es traicionar sus augurios (Una reflexión sobre Eros y la doncella)


Mario Szichman

Para Gerardo Barcia,
con mi agradecimiento,
por formular tantas
 preguntas incómodas.



Cada etapa histórica convoca distintas preocupaciones. En fecha reciente comencé a apasionarme por las novelas que incluyen un viaje hacia el pasado. El espíritu de los muertos suele pesar sobre el ánimo de los vivos, y es imposible eludir la tentación de redress the wrong, reparar el mal causado por seres humanos inmersos en procesos políticos o sociales. De manera habitual, los viajeros del tiempo desean intervenir en episodios pretéritos a fin de alterarlos.
El relato de Ray Bradbury A Sound of Thunder, la historia de un grupo de cazadores que marcha desde un futuro remoto a un pasado poblado por dinosaurios, y trastorna el devenir cuando uno de ellos pisa sin querer una franja de terreno vedado, es el mejor ejemplo de los riesgos que implica fastidiar las reglas del juego. El guía que conduce a los cazadores explica de esta manera el efecto mariposa. “Un zorro muere porque no consigue 10 ratones. Un león agoniza porque carece de 10 zorros. Al faltar un león, toda clase de insectos, aves de rapiña, infinitos millones de formas de vida son arrojados al caos y a la destrucción”.
Por supuesto, otros autores cuestionan esa premisa: no es lo mismo inquietar la naturaleza que impedir el acceso al poder de algunos monstruos. El ejemplo favorito es Adolf Hitler, que ha generado muy buenas versiones alternativas de la historia. Philip Dick escribió un clásico, The Man in the High Castle, donde se describen las vicisitudes de varios ex ciudadanos norteamericanos sojuzgados por las victoriosas potencias del Eje, tras aplastar a la coalición aliada en la segunda guerra mundial. Dean Kontz, en su Lightning, consigue que Stefan, un ángel guardián, efectúe un viaje en el tiempo para convencer a Hitler que debe cambiar su estrategia si desea triunfar. En realidad, los consejos de Stefan están destinados a sabotear los planes del Führer. Y Robert R. McCammon, en The Wolf´s  Hour, cuenta la historia de un agente de la inteligencia británica que marcha detrás de las líneas alemanas e impide a los nazis usar un arma devastadora contra los aliados. El agente tiene una peculiaridad: es un hombre lobo.  (Todavía no conozco una novela mala o aburrida de McCammon. En cambio, algunas de ellas son espléndidas, como Mister Slaughter).
El tema del viajero del tiempo es muy antiguo. Ya Luciano de Samosata escribió fábulas memorables que siguen siendo copiadas por nuestros contemporáneos.  Pero inclusive sin un retorno al pasado, la proliferación de novelas históricas muestra el terco interés de incursionar en otros ciclos.
Por supuesto, no hay novela histórica que sea realmente histórica. Contar desde el presente episodios ocurridos hace mucho tiempo brinda al narrador la ventaja de conocer el desenlace. En cambio, los contemporáneos de un evento famoso desconocen el futuro. Esos testigos muestran, además de una mirada perspicaz, toda clase de vaticinios ilusorios, apenas vinculados con aquello que finalmente sucedió.

LAS VARIAS VIDAS QUE VIVIMOS

Cuando empecé a escribir, a mediados de la década del sesenta, deseaba describir mis experiencias como judío en un ámbito muy hostil, el de Buenos Aires, una ciudad con una fuerte comunidad judía, y una robusta presencia antisemita. El antisemitismo se palpaba en el aire, muchos judíos recortaban su apellido o directamente lo pasaban al castellano. Un Socolinsky se convertía en un Socol, el nombre original del poeta César Tiempo era Israel Zeitlin.
En la época en que escribí mi primera novela, Crónica Falsa (1967), ignoraba, por ejemplo, la protección brindada por el gobierno de Juan Domingo Perón a nazis prófugos de la justicia como Adolf Eichmann o Josef Mengele, entre varios centenares más. (El libro clásico, imprescindible, para enterarse del éxodo de nazis a la Argentina peronista es Hunting Hitler, de Neil Bascomb). Pero, como en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma, ese costado de la experiencia judía pude recuperarlo en fecha reciente en una novela, aún inédita, donde creo haber completado un ciclo. Esta vez, no son judíos argentinos, sino agentes secretos israelíes quienes predominan en mi texto, además de Eichmann y Mengele. La mélange es realmente interesante.
Tras irme de la Argentina, luego de varios años de vivir en Caracas, y ahora en Nueva York, mi interés en materia de ficción enfiló hacia la novela histórica. Podría dar muchas razones para ese viraje, en su mayoría falsas. La verdadera razón es que mi última novela sobre la familia Pechof, aún inédita, no le interesó a editorial alguna. Esa etapa había concluido para mí, y si quería seguir publicando, debía cambiar el argumento. (Como quería seguir publicando, cambié el argumento).
Afortunadamente, existía El Precursor Francisco de Miranda, y un gran amigo, Nelson Luis Martínez,  director del periódico Últimas Noticias, de Caracas,  un fervoroso mirandino. Nelson Luis me consiguió varios libros sobre el más grande héroe imperfecto de la historia latinoamericana –mucho más entrañable que Simón Bolívar–  así como ese monumento literario llamado Colombeia. Gracias a ese magnífico periodista, y al editor de editores José Agustín Catalá, mi carrera volvió a despegar vuelo.

Luego llegó Hugo Chávez al Palacio Miraflores, en Venezuela. Y creo que Chávez, más que nadie, contribuyó a la escritura de mis novelas Las dos muertes del general Simón Bolívar, y Los años de la guerra a muerte. El culto de Chávez por Bolívar era tan disparatado como lo fue su gobierno o su –so–called– filosofía política. Dudo que alguien pueda escribir alguna vez una historia del chavismo de manera serena e imparcial. Recuerdo el libro The Revolutionary Has No Clothes: Hugo Chavez’s Bolivarian Farce (El revolucionario está desnudo: la farsa bolivariana de Hugo Chávez), publicado en el 2009. Su autor es A.C. Clark, un seudónimo. (El autor dice que usó el seudónimo para protegerse, y proteger a su familia de posibles represalias de las autoridades venezolanas). En el ensayo se mencionan múltiples anomalías de Chávez y de su entorno político. A veces, el propio autor se muestra sorprendido por la “incontinencia verbal” de Chávez, como cuando describió en cadena por televisión un ataque de diarrea. Y es tan difícil creer en algunos de los eventos registrados en el curso de la “Revolución Bonita” que el autor facilita enlaces de videos donde quedaron registradas múltiples obscenidades y singulares teorías de toda índole, de esas que los alienistas están habituados a oír en los hospicios.
En mi caso, solo puedo exhibir como humilde aporte la decisión del líder máximo de ordenar la cirugía estética del Libertador, a fin de brindarle un rostro adecuado a su ideal de belleza masculina.

La muerte de Chávez, atribuida por su reemplazante, Nicolás Maduro, al imperio del mal –al parecer algún científico surgido del film Dr. Strangelove habría inoculado al líder venezolano células cancerosas a través de ondas hertzianas– no frenó la desbocada fantasía de la nomenclatura chavista. Existe ahora un relato oficial poblado de hadas buenas y de ogros malos. Y si no existe el paraíso, Venezuela puede navegar al menos por el Mar de la Felicidad.

LOS PASOS MARCADOS

En una época realmente creía que la escritura es un proyecto de vida. Mi modelo era Gustavo Flaubert, quien murió cuando estaba escribiendo o corrigiendo las páginas finales de Bouvard y Pecuchet,  en mi opinión, la mejor de sus novelas, un monumento erigido a la estulticia humana.
Marcel Proust tenía un proyecto: A la búsqueda del tiempo perdido, y lo concretó de manera magnífica. También Balzac, y Dostoievski, y obviamente Tolstoi. Pero a veces, nuestros proyectos literarios nos conducen por el mal sendero. Depende de la vida de cada uno. Tal vez el atasco que tuve entre 1981, fecha de publicación de A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad, y Los Papeles de Miranda (2000), me ha brindado una lección: a veces, hay que confiar en lo inesperado. La vida nos trae infinitas sorpresas, y es muy peligroso ignorarlas. Inclusive las catástrofes nos permiten seguir viviendo, y en ocasiones, encontrar la felicidad.
Hace poco recibí un correo de un buen amigo, Gerardo Barcia, comentando algunos aspectos de mi novela Eros y la doncella, que transcurre en la época de la Revolución Francesa, durante el Reino del Terror. Esa novela no estaba programada en mi canon, y sospecho que si la releo –algo que no suelo hacer con mis obras– será como escudriñar en el texto de otro autor.
Cuando la redacté, poco sabía de ese período conocido como el Reino del Terror. Necesitaba concluirla a toda velocidad pues creo en el trabajo como la única cura para la tristeza, la nostalgia, el abandono y la traición. (Siempre nos sentimos traicionados por aquellos seres entrañables que nos abandonan para siempre).
Por lo tanto, opté por leer a cronistas de la época, especialmente The Diary of a Citizen of Paris During ´The Terror´, escrito por Edmond Biré. Ellos me proporcionaron  el background de lo ocurrido en la época de Maximiliano Robespierre.
Aunque la presencia de un cercano fallecimiento fue la razón para escribir Eros y la doncella, la novela no estaba destinada a exaltar la muerte, sino a celebrar la vida. El único personaje que me apasionaba en ese momento era Jacques Antoine Dulaure, un convencionista de la Asamblea Nacional que escribió un libro sobre los cultos fálicos. Muchos antropólogos copiaron luego sus hipótesis sin mencionarlo, entre ellos algunos muy famosos como Robert Allen Campbell en su libro Phallic Worship.
Cuando entregué la primera versión de Eros y la doncella a la profesora Carmen Virginia Carrillo, sentí que mi mundo, el real y el literario, se derrumbaba. Aquello que digo en la dedicatoria lo repito, Gerardo, porque es la pura verdad: La profesora Carrillo es amable como un hada buena en su trato personal, pero es insobornable, absolutamente insobornable a la hora de señalar fallas narrativas, e implacable cuando se trata de desechar partes enteras. Y eso ocurrió durante diez meses, a ambos lados de la computadora, con la profesora Carrillo en Valera, y yo en Nueva York. Discutimos no solo la estructura de la novela, sino las peripecias a incluir. Y algo fundamental: cómo borrar las huellas históricas y disolverlas en la ficción. Pues cargo con la ventaja, pero también el hándicap, de muchas décadas de periodismo. Y si bien el periodismo y la literatura forman parte de una familia actúan, en realidad, como parientes lejanos.
Una cosa curiosa: Dulaure, el personaje que más me interesó al principio de la escritura, terminó siendo la casilla vacía de Eros y la doncella, y fue reemplazado por las grandes figuras de la Revolución. Los caminos del inconsciente suelen elegir algunas encrucijadas, y desechar otras. En la mayoría de los casos, es bueno acatar el mandato.
No voy a mencionar todos los interrogantes planteados por Gerardo Barcia en su correo, varios de ellos muy iluminadores. Pero sí me hizo pensar, y mucho, una pregunta formulada al final. Voy a parafrasearla. Todo venezolano está obviamente obsesionado por la catástrofe que sufren sus compatriotas. Y busca, al mismo tiempo, una razón interna a fin de mantener las esperanzas. Venezuela es un país que fue diezmado literalmente en la época de la independencia. Décadas después de la muerte de Bolívar, su población era inferior a la que había existido en las postrimerías de la época colonial. Era, como hoy señalaría el político venezolano Diego Arria, apenas “un espacio habitado”.
Pero luego vino el descubrimiento del petróleo, la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –que creó muchas de las obras de infraestructura que hoy está destruyendo el chavismo– y la democracia –chucuta o grande, pero democracia al fin– que colocó al país en una senda de conciliación y de prosperidad –aunque con enormes fallas.
Ahora el chavismo está aposentado, con bastante solidez, en la tierra del sol amada y Gerardo me pregunta, al analizar los avatares de la Revolución Francesa: “¿Valen la pena todos estos accidentes en el tiempo, todas estas coyunturas sin sentido, si se piensa a largo plazo, si se ponen en perspectiva?”  
Lo cierto es que tras el funcionamiento constante de la guillotina, y tras los llamados “matrimonios fluviales”, donde los revolucionarios amarraban a parejas en lanchas, y las ahogaban en ríos, y luego de una serie constante de atrocidades, Francia se libró de muchos de sus verdugos, y surgió Napoleón Bonaparte como salvador de la nación. Obviamente, las conquistas militares de Napoleón lograron rellenar las vacías arcas del tesoro francés. Las consignas más humanitarias, el código Napoleón y cambios en los derechos de propiedad representaron mejoras para vastos sectores de la población. Al trauma de la revolución siguió la paulatina evolución. Y la paz permitió afianzar algunas conquistas.
Pero, si se estudia la Francia previa a la Revolución se verá que ya era una de las principales naciones de Europa. Y cuando llegaron los revolucionarios, no desmantelaron el aparato productivo, lo enfilaron hacia otros objetivos. Francia contaba con una excelente maquinaria de guerra a la que se sumaron cientos de miles de ciudadanos en un océano de monarquías que preferían contratar mercenarios antes que entregarles armas a los súbditos.
Tendría que revisar de nuevo ese período, pero dudo que los revolucionarios, aparte de algunos codiciosos, se hayan dedicado de manera sistemática a robar todo lo que no estaba atornillado al piso. Eran, equivocados o no, buenos patriotas.
Supongo que muchos venezolanos quieren saber si Venezuela logrará resurgir de las cenizas. El problema es que para eso es necesario sobrellevar no solo la formidable destrucción del aparato productivo, sino la maldición de Simón Bolívar.
Poco antes de morir, el Libertador dijo en carta al general Juan José Flores: “Sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Sí fuera posible que una parte del mundo volviera al caos- primitivo, este sería el último período de la América”.
Por supuesto, era la carta de un hombre que había perdido toda esperanza y estaba a las puertas de la muerte. Quizás la mejor tarea que pueden emprender aquellos que aman a Venezuela es desmentir la profecía de Bolívar. En ocasiones, la mejor forma de rendir homenaje a los héroes es traicionar sus augurios.