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sábado, 2 de septiembre de 2017

El agiotista del violín (Fragmento de la novela Los judíos del Mar Dulce)

Mario Szichman




N.B. Publiqué la primera versión de Los judíos del Mar Dulce en 1971. La profesora Carmen Virginia Carrillo editó la versión definitiva en el 2012. Y esa versión tiene la misma diferencia que entre la noche y el día. En la primera versión, estaba demasiado cerca de mi país de origen, y de mi infancia, una infancia peronista, donde se mezclaban los delirios de la Argentina Potencia con una economía que ya había comenzado a resquebrajarse.
     Mis padres tenían un pequeño comercio de joyería, y nunca pudieron levantar vuelo. Eran acosados por los temibles inspectores de impositiva, y atormentados por las huestes encargadas de combatir el agio y la especulación. Ya en esa época, mis progenitores descubrieron que un colchón era mejor que un banco para depositar el dinero. Faltaban décadas para que otro gobierno peronista impusiera a comienzos del siglo veintiuno el famoso “corralito”, que impedía retirar los depósitos de los bancos.
     En la versión original de Los judíos del Mar Dulce no había agiotistas, o campañas contra la especulación, ni pululaban los inspectores de impositiva. En la recreación, editada por la profesora Carrillo, esos elementos se transformaron en algo primordial. Nunca creí que poseyeran algo cómico. Pero a veces la desesperación observada desde gran distancia, adquiere tonalidades que no figuraban en el proyecto inicial.
     En cuanto a la mención a Gardel, espero que algún día me perdonen.
M.S.



Itzik, el menor de los hermanos Pechof, estuvo dos años en el hospital curándose a medias de la bronquitis que había contraído pelando huesos hirvientes cuando trabajaba en el frigorífico Smithfield. Al salir del hospital sintió deseos de hacerle toda clase de desprecios a su familia para vengarse del abandono que había comenzado cuando era todavía un bebé y los Pechof, en el apuro por escapar de las fuerzas de Kolchak, estuvieron a punto de olvidarlo dentro de su casa, en medio de la estepa rusa, donde los lobos aullaban de hambre.
***
Durante sus dos años de internación Itzik había estudiado diferentes formas de ultraje que pensaba usar con su familia una vez lo diesen de alta.
Por razones de lealtad étnica, y en buena parte debido al violín, un instrumento que anhelaba tocar, aunque nunca había aprendido cómo hacerlo, Itzik prefirió compartir el encono con los paisanos. Otras comunidades usaban el acordeón o la guitarra para acompañar sus juramentos de venganza. En cambio, los paisanos acudían al violín, un instrumento musical que combinaba su escaso volumen con su ductilidad para causar congoja.
Con el acompañamiento imaginario del violín, Itzik podía despreciar las ropas que le regalaban sus hermanos. Era cuestión de poner cara agria, evocar el arpegio de algún violín, y decirles luego, con ese defecto en el paladar que le bloqueaba el uso de la ché y la yé: “Mutsas gracias. Veo que el finado era más alto que szo”. Y luego, bastaba esconderse en el baño y llorar sintiendo lástima de ese Itzik más joven que solían embutir dentro del corsé.
Pero soplaban nuevos vientos en Buenos Aires. Estaba en pleno auge la campaña contra el agio y la especulación. Y esa campaña arrastró a Itzik en su estela.
Itzik tropezó con la tensión reinante cuando llevaba recorridas apenas dos cuadras desde la salida del hospital. Centenares de ciudadanos estaban realizando un acto de desagravio mientras saltaban sobre su pierna derecha. Algunos blandían carteles en que se denunciaba el agio y la especulación. En otros carteles se repudiaba a los contreras. Un cartel decía: “Debemos desagraviar lo mancillado”.
 El fenómeno de los actos de desagravio era contagioso. Bastaba que una persona comenzara a saltar sobre su pierna derecha blandiendo un cartel de desagravio, para que rápidamente, en los cuatro puntos cardinales de Buenos Aires, comenzaran a convocarse otros actos de reparación. Uno de los ciudadanos le preguntó a Itzik por qué no saltaba. ¿O acaso era un vendepatria? Itzik empezó a saltar.
Al rato, tan agobiado por el esfuerzo como por el atlético estado de los encargados del desagravio, Itzik empezó a perder el aliento y decidió descansar recostándose contra la vitrina de una casa de empeños.
Cuando se aprestaba a continuar la marcha, vio algo que lo aturdió: detrás de la vitrina había un violín. Itzik decidió que quería ese violín. Imaginó además distintos escenarios donde podría tocar el violín. Estaba seguro de que sus hermanos le ofrecerían cualquier cosa con tal de que cesara de tocar el violín. Y si bien Itzik ignoraba cómo tocar el instrumento, eso se debía a que nunca lo había tenido en sus manos.
***

Itzik entró en la casa de empeños. En el centro del tétrico salón habían colocado un pendón con la consigna “En la Nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños”. Dos retratos ovalados de los líderes de la Nueva Argentina habían sido emplazados en los extremos de una jaula de metal. Detrás había un hombre sentado cerca de una caja registradora. Itzik le señaló el violín que había en la vidriera y le preguntó si podía verlo.
–No se atiende a menores de edad– dijo el hombre sin moverse de la jaula.
–No soy menor de edad. Tengo libreta de enrolamiento– le dijo Itzik.
–Si no te vas de aquí, te denuncio a la policía. Aquí luchamos contra el agio y la especulación– le dijo el hombre. Itzik ignoraba que en la comunidad de agiotistas circulaba el rumor de que inspectores de Impositiva disfrazados de enanos visitaban comercios para descubrir acaparadores.
– ¿Cuánto cuesta el violín?– insistió Itzik.
–No puedo venderlo. Ese es el único violín que tengo. Si lo vendo, me quedo sin estoc.  
– ¿Y no puede conseguir otro violín?– le preguntó Itzik.
– ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un solo violín?
–Impositiva es cada vez más estricta. Y con toda la razón del mundo.
–Soy el mejor cliente para ese violín– le explicó Itzik. –Mi hermano Salmen me enseñó a odiar a los de Impositiva.
–Yo no odio a los de Impositiva. Yo los admiro– dijo el comerciante. El hombre vivía aterrorizado por los violines que tenía acaparados en el sótano. Y eso sin contar los tres contrabajos. También acaparaba papel higiénico. Y rollos de papel periódico por si disminuían las cuotas de papel higiénico. –Debemos combatir el agio y la especulación– agregó.
–Tengo plata ahorrada– le dijo Itzik. –Si el violín no es muy caro, puedo comprarlo.
En ese momento se asomó en la trastienda una señora que llevaba en la mano izquierda una media de nailon y en la mano derecha una bolsa de harina.
–Querido—dijo la mujer. –Esta harina tiene demasiado afrecho. No puedo colarla en la media.
–No hay necesidad de colarla. Es pura como la nieve– le dijo el hombre y le hizo gestos con dos dedos de la mano derecha para que volviera a sus menesteres.
–La harina sza no viene como antes– dijo Itzik, quien en sus últimos meses en el hospital había trabajado en la cocina, ayudando a colar la harina de trigo que venía mezclada con mijo y centeno para que fuera más nutritiva y pesara más.
–La harina viene mejor que antes– dijo el hombre. –El pan sale tan blanco como la nieve de Los Andes.
Y luego, apuntando con el pulgar de la mano derecha hacia los retratos ovalados de la pareja presidencial colocados a ambos extremos de la jaula, añadió: –Él cumple y ella dignifica.
–Mi hermano Salmen tiene un retrato igual en su joyería– dijo Itzik. –Lo compró después que el jefe de la Unidad Básica amenazó con denunciarlo a Impositiva.
–Te doy treinta segundos para que te vayas de aquí– le ordenó el comerciante.
–Solamente dígame el precio del violín.
–Es el precio máximo fijado por las autoridades competentes. Eso, en caso de que quiera venderlo. Pero como no lo pienso vender…
–No me preocupa pagar de más porque todo está más caro. Como hay inflación…
–Vos querés tirarme de la lengua, querés. En este país la inflación es cero. Lo que pasa es que hay más demanda.
 –Dígame el precio del violín. Para hacerme una idea.
El dueño de la casa de empeños le ordenó a Itzik que fuera a hacer aguas mayores al puerto de Buenos Aires.
–Está bien– dijo Itzik tratando de zanjar la discusión. – ¿Dónde queda el puerto?
–El tranvía que pasa por la esquina te lleva– le dijo el hombre.
– ¿En qué dirección?
–En cualquiera– dijo el hombre señalando en diferentes direcciones para no comprometerse. –Todos los caminos conducen a Roma.
–¿A qué hora cierra el negocio?
–Antes que decirte eso me caigo muerto.
–Pero…
–Nada de peros. Al puerto, al puerto– lo incitó el dueño de la casa de empeños haciendo chasquear los dedos.
***

–Necesito desprenderme de los violines– le dijo el dueño de la casa de empeños al agiotista de las balizas.
–Tenga paciencia– le dijo el agiotista, moviendo la mano derecha, de la cual emergía un lápiz de carpintero. –En cualquier momento se nos viene la tercera guerra mundial. Y créame, si los Moishes no pueden ir al campo de reeducación tocando el violín, les agarra un patatús.
–Hay un enano de Impositiva que se apareció hoy en el negocio. Quería comprarme un violín– le dijo el comerciante. –Nunca tendría que haberle hecho caso con esos instrumentos de cuerda.
–Es el tercer reporte de un enano de Impositiva que recibo esta semana– dijo preocupado el agiotista de las balizas. – ¿Lo mandó con viento fresco? Digo, al inspector.
–Sí, pero se puso muy insistente.
–Ya me lo habían advertido en una circular– dijo el agiotista. –Hay dos clases de inspectores de Impositiva. Está la categoría A, los que aceptan coimas, y la categoría B, los que preguntan cuánto cuesta un violín– le dijo el agiotista. –Los de la categoría B son como sanguijuelas. Nunca se conforman con la coima estipulada.
 – ¿Cómo puedo saber a qué categoría pertenece?
–Espere a la segunda vez y fíjese si el enano viene en taxi. Los que vienen en taxi son los más peligrosos. Están en combinación con el taxista. Hacen la pantomima que se odian a muerte con el taxista. Generalmente el taxista saca al inspector a empujones del taxi. O cuando el inspector amaga con pagar, el taxista le arranca los billetes, los hace picadillo, y se los tira a la cara. Puro camelo. Es para desconcertar. Así después, al hablar del incidente con el incauto, el inspector consigue un montón de información…
–Quiero desprenderme de los violines– dijo el dueño de la casa de empeños. –Se han convertido en mi cruz.
–Creo que se está perdiendo un gran negocio. Vea la estadística– dijo el agiotista tendiéndole una hoja. Luego extrajo el lápiz de carpintero del centro de la mano derecha, e hizo un circulito en una cifra impresa en el papel. –Como podrá comprobar, tenemos más de doscientos mil Moishes habitando este suelo generoso. Calcule que las potencias del Eje se llevan a un cinco por ciento de ellos a los campos de reeducación. Aclaro que es una cifra muy baja. Bueno: estamos hablando de diez mil Moishes que van a remover cielo y tierra para conseguir un violín. Y a sesenta violines por cada cien Moishes se va a convertir en millonario.
– ¿Piensa entonces que los violines son rentables?
–Claro que sí. Todo es cuestión de tener paciencia.
–Bueno, por ahora me quedo con los violines– dijo el comerciante. –Pero no sé qué hacer con los contrabajos.
– ¿Cuántos acaparó?
–Yo no acaparo contrabajos. Tengo tres.
– ¿A quién se le ocurre acaparar contrabajos?
–Es que son como violines grandes.
– ¡Qué equivocado está!
–Pensé que algún semita corpulento podría comprarlo.
El agiotista volvió a despegar el lápiz de carpintero del centro de su mano derecha, tomó otra vez el taco de papel, e hizo algunos cálculos.
 –Para que un Moishe use un contrabajo como si fuera un violín, necesita medir tres metros y medio de alto por dos de ancho. Y no se olvide del cuello. El cuello de la persona que quiere tocar el contrabajo como si fuera un violín debe tener por lo menos un metro veinte de ancho para acomodar la base del instrumento. Vea, aquí tiene las medidas– y le tendió el taco de papel. El dueño de la casa de empeños observó la cuenta, y decidió que los contrabajos eran pura pérdida.
–Hagamos una cosa– le dijo el agiotista. –Le acepto los contrabajos con la condición de que me reciba a cambio una partida de Manuales Estrada. En consignación.
–Ya tengo todos los que necesito– dijo el dueño de la casa de empeños.
– ¿De qué año?
–Del año pasado.
–Todos esos manuales están obsoletos y caducados. Tenemos en puerta la reforma educativa–le dijo el agiotista. –De un día para otro, todos sus manuales van a ser igual que papel mojado.
Los Manuales Estrada habían ocultado todo lo ocurrido en la historia argentina hasta el año 1945. Los nuevos manuales se proponían extender la veda hasta el año 1952.
 –Si le pido una remesa de Manuales Estrada, ¿me acepta que devuelva los que tengo en consignación? –le preguntó el comerciante.
–Está bien, pero sólo si me acepta en consignación una partida de medias de nailon para colar la harina.
–¿Qué necesidad hay de esas medias? la harina viene impoluta.
–Lo bueno de las medias de nailon es que son de uso dual– dijo el agiotista. –También sirven como medias de nailon.
***

Itzik decidió que tenía que comprar el violín a toda costa. Sintió una urgencia como nunca antes había experimentado, excepto el día anterior, cuando descubrió el violín en la vidriera. Una vez comprado el violín, sería fácil aprender a tocarlo. Y quizás ni fuese necesario. Bastaba apoyar la base contra el cuello, y alzar el arco, para que brotaran las melodías.
Con paso ágil Itzik se dirigió hacia el centro de la calle y chistó un taxi, que frenó salvajemente cuando estaba a punto de embestirlo. Itzik le dio al taxista la dirección de la casa de empeños y le pidió que por favor acelerara.
 – ¿Qué se cree, que está en una película de Hollywood? –le preguntó el taxista. –Me voy a poner contento si podemos avanzar a paso de tortuga.
–El paso que quiera– dijo Itzik hundiéndose en el asiento.
El interior del taxi era el tabernáculo del bronce que sonríe. Había calcomanías de Gardel pegadas en el techo. Excepto por dos chupetes y un par de zapatitos de bebé, el resto estaba dedicado a celebrar la gloria del cantante que se había inmolado en Medellín. El taxista observó a Itzik por el espejo retrovisor con mirada aprobatoria.
–El día que murió, con él murió el tango– dijo el taxista.
–Veo que también puso la foto donde está rodeado de mujeres– dijo Itzik.
–Él las tuvo todas– dijo el taxista. –Princesas, actrices de cine, millonarias. Greta Garbo se suicidó cuando el zorzal le negó su amor.
–No sabía lo del suicidio.
–Bueno, un suicidio moral– concedió el taxista. –Después de lo de Medellín, la divina dejó de hacer películas.
–Entonces es pura mentira lo que me dijo mi hermano.
– ¿Qué le dijo su hermano? –preguntó el taxista achicando los ojos en el espejo retrovisor.
–Le digo lo que me dijo mi hermano el periodista. Szo no estoy de acuerdo.
–Dígame lo que le dijo su hermano– dijo el taxista con voz perentoria. – No me importa si usted está o no está de acuerdo con su hermano.
–Que nunca nadie cantó mejor que Gardel.
–Un hecho indisputable. ¿Por qué no va a estar de acuerdo?…
–…Y que nadie fue más hermoso que él.
–Lo rubrico con mi firma…
–Que los hombres se derretían cuando lo oían cantar.
–Esa es la virtud de los ídolos. Mujeres y hombres los quieren porque saben trascender los géneros.
–No, mi hermano me dijo que solamente los hombres se derretían por Gardel porque era un martsatrás.
El taxi pegó una brusca frenada.
–Antes de hablar del mudo, se me limpia la boca con jabón– dijo el taxista.
–Es lo que me dijo mi hermano– dijo Itzik apocado. –Pero szo no lo creo.
–Hace bien. Seguro que el marchatrás es su hermano.
El taxista puso la palanca de cambios en primera y reanudó la travesía.
–No quería ofenderlo– dijo Itzik.
– ¿Cómo me va a ofender con esas viles calumnias? Todos saben que nunca hubo un hombre tan viril como Gardel. Nunca– dijo el taxista. – Sé de buena fuente que murió en un duelo en el avión donde iba a Medellín. Todo por el amor de una mujer. La bala de Gardel fue al pecho de su rival. La bala de su rival fue a la espalda del piloto. Y ahí el piloto perdió el control del avión y todos se hicieron moco.
–Mi hermano dice que el duelo fue por el secretario de Gardel. Creo que se szamaba José Corpas Moreno. Gardel estaba loco por él.
El taxi volvió a pegar otra brusca frenada. –Y ahora te me bajás– le dijo a Itzik. –No voy a aceptar una imprecación más contra mi ídolo.
El taxista se bajó del vehículo, abrió la puerta trasera, y ordenó a Itzik que saliera si era macho. Itzik bajó del taxi, y le tendió al chofer tres pesos. –Quédese con la propina– le dijo con voz quebrada.
El taxista tomó los billetes, los hizo papel picado y los roció sobre la cabeza de Itzik.
–Voy a hacer correr la voz– dijo el taxista. –Ya tengo tus señas. Ni un solo taxista va a querer llevarte. Sólo te van a salir a buscar para atropellarte. Como que hay Dios.
El taxista se subió al vehículo y partió raudamente del lugar. Cuando se sintió a salvo, Itzik le gritó al taxi que se alejaba: –Ah, y además Gardel se pintaba los labios.
***

El taxi había dejado a Itzik a escasos metros de la casa de empeños. El dueño estaba en la puerta. Por su rostro cerúleo parecían transitar el miedo y la furia en oleadas. Sus peores temores se habían hecho realidad. El enano de Impositiva pertenecía a la categoría B. Lo corroboraba la farsa de la pelea con el taxista y los billetes convertidos en papel picado y rociados sobre la cabeza del inspector.
De manera disimulada, el comerciante se tocó los bolsillos de su pantalón, donde había insertado gruesos fajos de billetes. Se preguntó si la coima sería suficiente.
– ¿Se fijó lo que me hizo el taxista? –le preguntó Itzik al dueño de la casa de empeños mientras se quitaba pedacitos de billetes de la cabeza y de las solapas de su traje.
–No pienso caer en el lazo e iniciar una conversación amena– le dijo el comerciante.
–Antes que venderle el violín me cerceno las venas. ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un violín? ¿Quién lo va a acusar de agiotista por un violín?– le preguntó Itzik.
–Nadie. Y tampoco de acaparador. Solamente tengo un violín…
–…Porque si usted tuviese mutsos violines sería otra cosa– concedió Itzik. –Sería distinto si por ejemplo tuviese veinte violines. Con veinte violines podrían acusarlo de agiotista. Ahora, no le cuento si llega a tener qué se szo, treinta violines. Ahí va a parar deretso a Ushuaia. Y con cuarenta violines, puede pasar la mitad del invierno en Ushuaia, y la otra mitad en La Quiaca. Un solo violín es la cifra adecuada.
El dueño de la casa de empeños vio sobrevolar mariposas amarillas delante de sus ojos. Debería alquilar un camión para desprenderse de todos los violines acaparados. Recordó al agiotista arrepentido que había confesado por el Canal 7 su participación en una inexistente campaña de desabastecimiento. Al concluir su confesión, el agiotista arrepentido había dicho: “Mi propósito era incitar a la canalla a celebrar con champán”. Lo habían mandado a la puna del Atacama por acaparar treinta botellas de anís Ocho Hermanos.
–Es necesario mantener una estricta vigilancia– musitó el dueño de la casa de empeños.
– ¿Y sabe por qué ese señor acaparaba violines?– le preguntó Itzik al comerciante.
–Porque creía que se venía la tercera guerra mundial. Eso sí que no lo entiendo.
– ¿Eso qué es, una reflexión o una amenaza?
–Es una reflexión– concedió Itzik. Pero el comerciante no se dejó engañar. Esa era una amenaza. Volvió a toquetearse los bolsillos y decidió que necesitaba más dinero.
 –Señor– dijo el comerciante mascullando –Si me acompaña al interior del negocio se lo voy a agradecer.
Tras ser encandilado por el violento atardecer porteño, Itzik experimentó una especie de ceguera en el interior del local. Al rato sus ojos se acostumbraron a la mortecina luz. La arqueología de las cosas prendadas parecía acechar en los rincones. Una dentadura sonreía dentro de un vaso de vidrio. Relojes de pie sin las agujas se alineaban a lo largo de una pared. En una vitrina había papagayos y gatos embalsamados. En otra, instrumentos de cirujano, facones y látigos de siete colas.
Itzik alzó la vista y observó numerosos estantes cubiertos de cajas de cartón o de madera. El comerciante se dirigió a la jaula, abrió la caja registradora, y se llevó todo lo que había adentro. Luego se aproximó a Itzik, y empezó a meterle billetes de veinte pesos en todos los bolsillos. –Ahí tenés. Hasta el último centavo de mis ahorros– le dijo a Itzik. –No creas que te vas a salir con la tuya. Hay un fotógrafo tomándote fotos. Te agarraron in fraganti. No vas a ver fogonazos porque el fotógrafo tiene luz ultravioleta.
Enseguida agarró a Itzik por el fundillo de los pantalones y lo arrojó a la calle.
–Y no te me aparezcas más por aquí, atorrante. Soy un honesto ciudadano. Solamente tengo un violín–. Y dándose media vuelta, el hombre volvió a la jaula.
Itzik se levantó del suelo todo magullado, se sacudió las ropas, y fue distribuyendo los billetes en los bolsillos de su pantalón. Nunca antes había visto tanto dinero junto. Luego, retornó a la puerta de la casa de empeños, chistó al dueño, y le preguntó: –Dígame, señor ¿Podría decirme si conoce otro negocio donde vendan esa clase de violines?– y sin esperar la respuesta se largó a correr.
***

Una versión de este capítulo apareció en el número 136 de la revista Hispamérica. (Abril de 2017). La novela se puede comprar en versión digital en Amazon 

miércoles, 19 de junio de 2013

"El sexo y la muerte son la puerta de entrada y salida de este mundo" Presentación de "Eros y la doncella" en la Casa de América de Madrid.




18 de junio de 2013

Mario Szichman

I
     Hemos ingresado al reino de este mundo gracias a la actividad amatoria de nuestros progenitores, y solemos abandonarlo por desilusión, por penosas enfermedades, envenenados con gases, de aburrimiento, de soledad, de tristeza, por asesinatos, o agobiados por esa crónica enfermedad que se llama la vida.  O, para decirlo de manera escueta,  con frase de William Faulkner: “El sexo y la muerte son la puerta de entrada y salida de este mundo”. Nuestra maldición consiste en buscar escondites para reproducirnos, y celebrar en cambio a plena luz del día al bravucón que nos conduce a las matanzas. Pero Gibbon lo dijo mucho mejor que yo: “Mientras la humanidad siga otorgando más aplausos a sus destructores que a sus benefactores, la sed de gloria militar será siempre la depravación de sus personajes más enardecidos”.
     Yo creo todo lo contrario. Creo que debemos celebrar el amor y maldecir a los patrióticos asesinos que con la excusa de alcanzar la felicidad universal, siembran su camino de cadáveres.
  Creo en esos instantes tan especiales en que los amantes se despojan de sus ropas para reclamar, como una tierna obligación, la impudicia del otro, y acarician la otra carne para hacerse inmortales. Es el único momento en que el ser humano parece ingresar en un templo, sintiendo miedo, acompañado de la liturgia, y de la reverencia que anticipa el encuentro con la divinidad. 
    Creo en los héroes civiles. Detesto a los autócratas, a los iluminados, a esos seres irracionales que se creen ungidos por alguno de los profusos dioses únicos que hemos creado para alentar la guerra con la excusa de defender una religión o el reino de la razón. Me disgustan aquellos que detentan el monopolio de la verdad y crean herejías para transformar en ex personas a quienes discrepan de su autoridad. Y de esa preocupación surgió Eros y la doncella. Una doncella estilizada como una escuadra de carpintero, escueta como un atril, virtuosa como un altar, que otros rebautizaron con el nombre de guillotina. Pero no se asusten. Aborrezco las novelas de tesis, me disgustan aquellos narradores que se escudan en el ensayo para disimular sus fallas en el terreno de la narrativa. Tampoco creo en las buenas almas. Estoy en cambio convencido de que un reaccionario como Balzac, un soterrado racista como Faulkner, un tardío fascista como Celine, han llegado a explorar mejor el corazón humano que quienes hablan por los dos costados de la boca, patrocinan todos los regímenes políticos y siempre se ubican a buena distancia de aquello que ponga en peligro el suministro de premios y de becas. Amo a los desesperados, a los underdog, a los perdedores, y como Balzac, querría creer que formo parte de esa oposición que se llama la vida.
     La muerte de un ser querido afligió la redacción de Eros y la doncella, aunque al mismo tiempo la alentó. Escribí la novela tras el fallecimiento de mi esposa Laura Corbalán, pero no redacté un texto para conmemorar una muerte, sino para celebrar una vida. La vida de una persona que fue una intelectual a tiempo completo, un ser maravilloso e íntegro.
     Afortunadamente, en medio de esa desolación, que nunca fue soledad, muchas voces amigas me confortaron. Especialmente mis amigos venezolanos, entre ellos la profesora Carmen Virginia Carrillo, quien más esfuerzos hizo para que esta honorable versión de Eros y la doncella pudiese ingresar a la imprenta. Lo dije en la dedicatoria y lo repito aquí: “Amable como un hada buena en su trato personal, insobornable a la hora de señalar fallas narrativas, implacable cuando se trató de desechar partes enteras, la profesora Carrillo ha sido mucho más que una editora de este texto que a ella debe su existencia”.

   Pero no quiero incursionar en el territorio de Charles Dickens. Aunque amo la tragedia y el melodrama, detesto la aflicción. Y me aferro a las palabras de Faulkner enunciadas  por uno de sus personajes en la novela The Wild Palms: “Si me dan a elegir entre la pena y la nada, elijo la pena”.

II
 Nací en Buenos Aires, en 1945, de padres judíos. Parte de la familia de mi padre, los Szichman, logró llegar a la Argentina antes de 1933, cuando cerraron las puertas de la inmigración. El resto de los Szichman se quedó en Polonia. Era una época en que los pogroms sentían una atracción especial por los judíos, del mismo modo en que la miel atrae a las moscas. Y esa familia desapareció en la guerra, posiblemente en campos de concentración.  Parte de la saga familiar fue narrada en mi trilogía del Mar Dulce. En cuanto a mis ancestros maternos, los Szylder, lograron llegar intactos a la Argentina. La familia Szylder estaba constituida por mis abuelos y por nueve hijos, seis mujeres y tres varones. Cuando los hijos mayores de mi abuela verificaron que con sus progenitores había once bocas que alimentar, decidieron poner a mi abuela en un altar, para que mi abuelo no pudiera alcanzarla.
    Crecí en Buenos Aires, y desde que tuve uso de razón quise abandonar la Argentina porque me fascinaba el Mar Caribe. Pude lograrlo tras hacer el servicio militar. Y nunca más retorné, pues hay dos períodos en la Argentina cuando resulta difícil vivir: durante sus tétricas dictaduras, y durante sus lúgubres democracias.
En 1967, cuando tenía 21 años de edad, inicié una nueva vida en Venezuela. Descubrí que el Mar Caribe era de un azul intenso, como en las películas de piratas protagonizadas por Burt Lancaster, y que ese azul no había sido creado en un laboratorio cinematográfico. Por lo tanto decidí acoger a Venezuela como mi patria adoptiva. En Venezuela aprendí a escribir, en Venezuela me convertí en periodista. Nunca perdí contacto con Venezuela. Gracias a Venezuela pude volver a publicar, tras un hiato de veinte años. Rindo aquí mi homenaje a ese titán de la industria editorial venezolana llamado José Agustín Catalá. Mi homenaje también al Núcleo Rafael Rangel de la Universidad de Los Andes, en el estado Trujillo, que es ya mi alma mater. Les envío un cariñoso abrazo a la profesora Guadalupe Carrillo en México, y al poeta Edmundo Bracho en Londres, otros afectuosos, inteligentes, dadores de sangre intelectual.
     Y el último galardón que he obtenido de mi patria adoptiva es ser corresponsal en Nueva York del periódico Tal Cual de Caracas, un bastión de quienes aceptan la derrota sin resignarse a ella, un baluarte de los underdog, de los perdedores, de las ex personas creadas por el chavismo, y especialmente, un reducto de dignidad.
    La trilogía de la patria boba, integrada por Los Papeles de Miranda, Las dos muertes del general Simón Bolívar y Los años de la guerra a muerte constituye mi homenaje a Venezuela. Pero es un homenaje crítico. El mejor homenaje que se puede rendir a un país que se ama es destacar sus carencias, y propiciar sus virtudes. También esta novela que hoy presento en el palacio de Linares es en buena parte un homenaje a Venezuela. Homenaje que debo a la profesora Carrillo, pues ella me alentó a incluir en sus páginas al Precursor Francisco de Miranda, el personaje más seductor e increíble que ha dado la Revolución de América Latina.

III 
     Mi incursión en el territorio de la narrativa es una tardía elección, aunque comencé a recorrer ese camino cuando tenía 21 años de edad. Y aún en la actualidad no estoy seguro de imaginarme como un escritor. Se trata de una labor muy solitaria, y con tantos altibajos que es mejor protegerse con otra profesión.
Chejov, no precisamente el peor de los escritores, se protegía con la medicina. “La medicina es mi esposa legítima”, proclamaba, “y la literatura es mi amante”. En mi caso, mi esposa legítima es el periodismo, y la literatura es mi amante. El periodismo me obliga a escribir todos los días, y me hace sentir tan culpable de dedicarle varias horas, que consagro luego la misma cantidad de tiempo a mi amante. Espero que mi esposa legítima no se entere.
     Por regla general los seres humanos eligen sus profesiones por descarte. Y para mí, la escritura es un producto del descarte. Porque en realidad, mi primera opción de empleo, la tarea a la que aún no he renunciado, y que tal vez emprenda en el futuro, ha sido la de convertirme en pirata. Desde que tengo uso de razón quise ser pirata. Siempre pensé que mi vida concluiría alrededor de los 35 años de edad, y que mi última mirada estaría dedicada a observar un mar azul desde la parte más alta de un palo mayor, mientras el verdugo me colocaría una gruesa soga en torno al cuello. Todo marchaba muy bien en ese proyecto, hasta que descubrí la costosa logística de ser pirata. Por ejemplo, eran frecuentes los accidentes de trabajo entre los lobos de mar. Y aunque las indemnizaciones resultaban razonables: la pérdida de un ojo era recompensada con 100 piezas de a ocho, la pérdida del brazo derecho con 600 piezas de a ocho, y la pérdida de la pierna izquierda con 400 piezas de a ocho, tener en el bolsillo 1.100 piezas de a ocho y circular por las calles con un ojo, un brazo, y una pierna menos, me parecía escasamente elegante.
     Por lo tanto, elegí como alternativa el oficio de escritor, pues cualquiera puede escribir si cuenta con un cuaderno y un lápiz. Y por supuesto, si tiene además un buen diccionario, una buena gramática, y un theasurus, para encontrar sinónimos, antónimos y parónimos.
     Hay otras dos cosas muy importantes entre las herramientas del escritor. El equívoco y la ingenuidad. El equívoco es como los juegos de manos en un prestidigitador. Sorprende al lector, a veces lo conmueve, y otras lo hace reír. En un filme de Woody Allen, le preguntan al protagonista cómo se gana la vida. “Mi tarea”, dice el protagonista, “es vestir y desvestir a las coristas en un espectáculo de burlesco”. Y el interrogador, desconcertado, indaga: “¿Y pagan mucho?” Y el protagonista responde: “Yo pago 300 dólares por noche, porque no tengo mucho dinero”.
     En cuanto a la ingenuidad, es descubrir el mundo con ojos siempre flamantes. En su novela Absalom, Absalom, Faulkner describe a una mujer sentada erecta en una silla muy alta. Tan alta, que sus piernas cuelgan derechas y rígidas, a algunos centímetros del suelo, “Con ese aire de furia impotente de los pies infantiles”. Eso es síntesis, eso es creación, eso es mirar la vida con ojos flamantes.  
     Y finalmente, para ser un buen escritor, según decía Hemingway, es indispensable contar con un buen detector de excrementos, y a prueba de golpes. Bueno, él usaba una palabra un poco más fuerte.
IV
     Después de concluir Eros y la doncella, me ocurrió algo curioso. Comencé a pensar en la muerte. E inicié las labores destinadas a recibirla. Pensé en las exiguas ropas finales. Dos jeans, dos camisas azules, un buen par de botas para la nieve, una chaqueta con capucha, pues el invierno neoyorquino suele ser muy duro.
Medité en los parcos libros finales. Obviamente el Quijote,  el Cándido de Voltaire, los relatos de Kafka, Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, y A la búsqueda del tiempo perdido. Especialmente la novela de Proust,  pues podía leerla con parsimonia, y así prolongar algunos meses más mi estadía en la tierra.
     Pensé también en las frugales comidas finales, en las mitigadas bebidas finales, en los raros paseos finales. Por supuesto, pensaba compensar todas esas cosas exiguas, parcas, frugales, con numerosos amoríos finales, pues uno puede ser melancólico, pero no tonto.
    Y de repente, paseando distraídamente por mi apartamento, tropecé con una caja de cartón donde guardaba cuadernos de apuntes. Y empecé a revisarlos. Y descubrí que había todavía numerosos proyectos que ni siquiera había considerado. Novelas, cuentos, ensayos satíricos. Y principié a anotar ideas. Y descubrí que para concretar todos esos proyectos no me convenía fallecer en fecha próxima. En realidad, un cálculo preliminar indica que tendré que vivir hasta los 278 años.
     Por lo tanto, decidí, en la medida de lo posible, prolongar mi estadía en el planeta tierra. Seguiré escribiendo, y seguiré apostando a lo que creo.
     Y en esto creo:
     Creo en el humor que está por encima del miedo. Cuando Sigmund Freud fue interrogado en Viena por la Gestapo, sus examinadores le exigieron que escribiera una carta reconociendo que había recibido un buen trato. Y Freud acató la orden y escribió que sí, que había recibido un buen trato, y que estaba en condiciones de recomendarle la Gestapo a todo el mundo.
     Creo, con Proust, que uno deja de ser maestro cuando se rodea de discípulos.
   Creo, con el grande entre los grandes Leonard Cohen que debemos pelear de manera cotidiana para superar la congoja y hacer que la alegría reine en el mundo. Leonard Cohen suele decir: “He ingerido gran cantidad de Prozac, Paxol, Wellbutri, Reflexol, Ritalin y Focalin ... También he estudiado en profundidad las filosofías y religiones de todo el mundo … pero siempre la felicidad logró interferir … y además  triunfar.          Como Cohen, yo también tuve mis altibajos, mis búsquedas, y desencuentros. Por eso es siempre grato encontrar seres humanos que suavizan la melancolía, alientan la euforia, y contribuyen a que la alegría se siga desbordando.
     Creo, con Roberto Arlt, que el futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo.
     Creo, con Faulkner, que el hombre no sólo sobrellevará aflicciones sino que prevalecerá, y que es inmortal, no por su inagotable voz, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio, y de resistencia.
     Y creo, no, de esto me siento muy seguro, que al final mi sueño original se cumplirá, y podré concluir mis días como pirata.
     Ustedes seguramente conocen a Ambrose Bierce, el autor de El diccionario del diablo, un diccionario donde se califica de cínico a aquel que debido a su defectuosa visión, ve las cosas como son, y no como deberían ser. Pues bien, cuando Bierce tenía 71 años de edad, decidió averiguar cómo era una revolución en carne viva, en su caso, la mexicana. Sus amigos le alertaron del peligro que podía correr, pero él les respondió: “Oh, morir en México: ¡qué bella forma de eutanasia!”
     Por lo tanto, no descarto que algún día, un verdugo me conduzca al palo mayor de un barco, ponga una soga en torno a mi cuello, y me haga morir como un pirata. Espero tener en esa ocasión el coraje de decirle al verdugo que no me arrepiento de haber formado parte de esa oposición que se llama la vida.
     Tal vez, quien sabe, mi sueño se convierta en realidad. ¡Oh, morir como un pirata, qué bella forma de eutanasia!