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sábado, 14 de octubre de 2017

Ángel Rama: La realidad de Mario Szichman





El 21 de marzo de 1978, Ángel Rama escribió en su diario: “Desde que publico un artículo cada domingo, en El Universal (de Caracas), hay silencio en torno mío. Para el medio intelectual es el leprosario, del cual se tiene noticia, pero no se habla. Comprendo el frenesí de Szichman que lo lleva al ataque: en él siente que existe”. Y luego, Rama despotricaba sobre la vida intelectual venezolana. O su casi total ausencia. Todo se reducía a “Chismografía, pequeños intereses, exhibicionismos pueblerinos. Pero nada de auténtica pasión por la tarea intelectual, ni diálogo sobre sus proposiciones... Están comidos por la vida trivial y la pueblerina imitación de lo que creen las maneras de los escritores. Repiten gestos a falta de poder asumir los significados intelectuales que rigen esos gestos”. (Ángel Rama: Diario 1974--1983. Prólogo, edición y notas de Rosario Peyrou. Ediciones Trilce, 2001. Montevideo, Uruguay).
La mención de Rama al frenesí de mis ataques contra las nulidades engreídas de Venezuela fue un generoso homenaje de ese valioso intelectual uruguayo. Rama careció, en la Caracas de su exilio, del respaldo de otros profesionales de la escritura. Fue un trabajador a tiempo completo en la Biblioteca Ayacucho, un monumento cultural muy difícil de igualar en el resto del continente.  
Afortunadamente, nunca tuve que lidiar con la burocracia cultural venezolana, o con sus monigotes. Siempre me gané la vida en el periodismo, donde era más difícil serrucharle el piso a los rivales. Las amenazas de perder el empleo si lidiaba con vacas sagradas como Arturo Uslar Pietri o Miguel Otero Silva, uno de los propietarios del periódico El Nacional de Caracas, resultaban inexistentes. Hubiera sido diferente en un empleo público.  
Por lo tanto, como decía Rama, me dediqué al frenesí de atacar la prosa, o la poesía, de muchos intelectuales. Escribí Miguel Otero Silva: mitología de una generación frustrada, y perdí toda posibilidad de publicar en el periódico El Nacional. Ese mismo año, publiqué Uslar: cultura y dependencia. Ninguno de esos ensayos es recordable, o perdurable, pero al menos, sentí que existía, vivía, en mis cuestionamientos.
Rama tuvo la generosidad de comentar en 1978, en el periódico El Universal, dos de mis novelas. No tenía necesidad alguna. Por el contrario, corría riesgos del establishment caraqueño. Sin embargo lo hizo. Y además, con rigor y equilibrio. Siempre le estuve infinitamente agradecido. 
                                                                 M.Szichman

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Texto de Rama:
Se llama Mario Szichman, nació en Buenos Aires en una familia de inmigrantes judíos y desde hace tiempo vive en Venezuela. Tiene 32 años y fuera de un don de libelista dentro del magisterio de Paul—Louis Courier, es autor de tres novelas –escritas en Caracas—que son una y la misma novela obsesiva.
Su escritura ardiente y descuidada, la composición compleja y jadeante de sus relatos, el vigoroso acento existencial, su visión desenmascaradora de los personajes, sus planteos dramáticos que aborda de manera sarcástica desmesurando el grotesco, han hecho de él una de las figuras que importan en esa narrativa en marcha de América Latina que procura sustituir la estética de los autores del boom narrativo. Los tres libros son Crónica falsa (1969) que obtuvo una primera mención en el Concurso Casa de las Américas,  Los judíos del Mar Dulce (1971) y La verdadera crónica falsa (1972), que es una nueva versión de su primera novela.
Todas cuentan un mismo asunto y manejan los mismos personajes, desde una perspectiva francamente autobiográfica.  Es un problema que concierne visceralmente al narrador y a la vez, a su liberación. Una y otra vez vuelve sobre un círculo de criaturas familiares y las “revive”. Eso implica contarlas y contarse en un trance de notorio trasfondo psicoanalítico, pues esos son los fantasmas que deben ser corporizados mediante el discurso literario.
El narrador se asume al asumirlos e ingresa a un combate, por momentos doloroso, por el otro sarcástico hasta la irrisión. De esa manera postula el tránsito simultáneo por tres ámbitos que se entremezclan: es la existencia de miembros de una familia cuyo significado último no se alcanza dentro de una opacidad generalizada, aunque es de una vitalidad directamente carnal; es la vida de un narrador como una sombra de ese mismo círculo mágico, colocada en circunstancias concretas que reiteran el absurdo y la opacidad; es finalmente ese tejido de mediaciones y recursos que objetivan a los seres humanos permitiendo reconstruirlos sobre otros campos: fotos, películas, reportajes periodísticos, investigaciones, palabras, la propia escritura y la composición literaria.
La atención extremada para los dos ámbitos primeros, exacerba aquí la conciencia de ese tercero, que es el de la literatura como sucedáneo del discurso psicoanalítico. En él es posible retrotraer el tiempo, dar un cierto cuerpo nuevo al fantasma, manejar objetos culturales (palabras, imágenes) que como los sueños transportan cargas profundas. Y sobre todo, componer un orden aparentemente desordenado, que traduce con paralela intensidad, tanto el universo que se investiga como la forma en que esa investigación es realizada y quien la lleva a cabo. De ahí que sus novelas sean reconstrucciones en que el método y el sistema aplicado resulten tan explícitos y necesarios como el material que se recupera de un pasado abolido.

EMPLAZANDO A LOS PECHOF

Todo tiene que ver con los Pechof, una familia de judíos polacos que emigra a la Argentina, iniciando allí el proceso de adaptación que, si por una parte los incorpora progresivamente a las costumbres y asuntos de la vida argentina, por el otro los va despojando despaciosamente de esa tan cerrada red de tradiciones y modos de conducta que viene desde el lejano gueto, con su lengua idisch, su religión, su conciencia racial, su concepción cerrada de la familia. Se trata de una red en la que siguen moviéndose, tratando de prolongarla, como si en ella les fuera la vida, o al menos su significado.
Se trata de judíos pobres, instalados en los barrios suburbanos, aplicándose a insignificantes oficios, prendidos a la vida con vigor, entrelazados al margen de la sociedad, y al mismo tiempo conviviendo con la más extravagante serie de personajes y situaciones de la vida humilde porteña.
La figura de Natalio, el padre, que rige a la Crónica Falsa, destaca el proceso de integración a través de su participación en el socialismo argentino. En cambio, la visión más amplia del conjunto familiar, que se ofrece en Los judíos del Mar Dulce, subraya el proceso de segregación, alternando con un “idische jazene”, un casamiento judío –uno de los episodios grotescos que hubiera codiciado Discépolo–, con la simultánea agonía de Eva Perón.

David Viñas ha subrayado, a propósito de la narrativa de Mario Szichman, su conexión con Gerchunoff o Rozenmacher, que en distintas épocas trabajaron el tema judío, distinguiéndolo de ellos por el manejo de la insolencia. Eso lo distancia de toda la impostación costumbrista en la descendencia del clásico Sholem Aleijem.
Pero en la literatura no es el tema, aún tratándose de uno tan intenso como el de la tradicional y rica familia judía, el encargado de estipular los linajes. Es la narrativa del propio David Viñas que puede aproximarse la de Mario Szichman debido a ese tono existencial desbordado que consigue un efecto de realidad bruta imposible de hallar en otros escritores. Y es que ambos son descendientes de un escritor que es padre de una importante y opositora falange literaria: Roberto Arlt.
Por momentos, Szichman copia el uso de los personajes secundarios de Arlt (su rufián jubilado), y siempre se mueve dentro de su peculiar concepción que podría sintetizarse de esta manera: predominio del personaje sobre cualquier otro elemento del discurso literario, distorsión e intensidad de esos personajes haciéndolos traspasar los lindes de un realismo exasperado e incorporándolos a una dimensión no solo fantasmagórica sino fantástica. A eso se suma una recuperación sin tabúes de la vida humilde, grosera, concreta, corporal, y simultáneamente insólita. De esa manera construye una sucesión siempre sorprendente de situaciones enriqueciendo la escritura con un régimen de comparaciones y de “particulares” cuya vivacidad es equivalente a su originalidad. Hay una oscuridad y violencia de las pasiones que se encauzan por laberintos irracionales con una fuerza ingobernable.

CAMBIO DE GUARDIA

Szichman alterna esta visión de los personajes y de las situaciones al encuadrarlos en una esfera social que la vida intelectual argentina debe tanto a Sartre como a Gramsci. Sus novelas manejan un marco social presente, encargados de rodear una peripecia personal.
En La verdadera crónica falsa, se trata de una investigación sobre los peronistas fusilados en el basurero de José León Suárez, en la provincia de Buenos Aires, por parte de soldados de la Revolución Libertadora. El episodio atrajo a Rodolfo Walsh, y dio origen a su excelente serie de reportajes llevados al libro con el título de Operación Masacre. En Los judíos del Mar Dulce es la operática agonía de Eva Perón y de sus infinitos funerales, que también concitaron la atención de otro narrador del movimiento, Jorge Onetti, en su novela Contramutis.
Esta alternancia, que ha llegado a constituirse en una solución mecanizada y que no falta prácticamente en ninguna de las novelas italianas modernas, como herencia de preceptos literarios del siglo diecinueve, se resuelve de un modo simple mediante dos series de capítulos que permiten la progresión cronológica simultánea de los sucesos, los cuales se responden y oponen de manera armónica. Pero alcanzan una instancia superior, cuando se complican por la descripción del sistema narrativo que se aplica. Especialmente en Los judíos del Mar Dulce, donde se agrega una tercera serie, desfasada de manera cronológica sobre las dos alternas. Allí se narra la filmación de una película que describe el traslado de los Pechof desde Polonia y su asentamiento en la Argentina. De esa manera, se repite el ciclo histórico de la nacionalidad, con aceleración cinematográfica.
Pero más que en los modos de composición, el don que conforma la originalidad de estas novelas radica en la presencia de detalles significativos, y en el manejo de particulares.
Impostados sobre una coordenada realista, acumulan detalles extraños. Hay bruscas iluminaciones, gestos o conductas imprevisibles, datos frecuentemente vulgares y coprológicos, reviviendo esa capacidad de animación que en su momento y coordenadas, develó la sorpresa de la narrativa de Dostoievski, y que en época moderna trazó el universo de Celine.
Se trata de la irrupción de un estrato oculto que reconstruye “la triste vida corporal” de que hablaba el poeta. Sirve también para conceder un aire realista a historias y personajes que han sido redimensionados sobre un escenario chirriante, grandilocuente, desesperado.
Szichman se desborda por la vía realista hacia un universo alucinante, que parece el único capaz de traducir la vivencia exaltada y dolorosa de esa realidad. Es una suerte de grotesco irredimible, una frenética farsa, un sarcástico aquelarre, reviviendo la frase desolada de Macbeth que hizo suya Faulkner: es el estrépito y la furia de la percepción del absurdo.
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Este ensayo fue publicado originalmente en el “Suplemento Cultural” del periódico El Universal de Caracas, el 5 de marzo de 1978.

N.B. En la vida prefiero el orden cronológico, aunque es un pecado mortal en la narrativa. Gracias a mi querida y talentosa amiga uruguaya Alicia Migdal, he recibido un video, grabado en 1983, donde entrevisté a un ser humano de enorme calidez, modestia y fragilidad, llamado Ángel Rama. Pueden ver el video de la entrevista en el siguiente enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=XmDCiJVEtcE



sábado, 2 de septiembre de 2017

El agiotista del violín (Fragmento de la novela Los judíos del Mar Dulce)

Mario Szichman




N.B. Publiqué la primera versión de Los judíos del Mar Dulce en 1971. La profesora Carmen Virginia Carrillo editó la versión definitiva en el 2012. Y esa versión tiene la misma diferencia que entre la noche y el día. En la primera versión, estaba demasiado cerca de mi país de origen, y de mi infancia, una infancia peronista, donde se mezclaban los delirios de la Argentina Potencia con una economía que ya había comenzado a resquebrajarse.
     Mis padres tenían un pequeño comercio de joyería, y nunca pudieron levantar vuelo. Eran acosados por los temibles inspectores de impositiva, y atormentados por las huestes encargadas de combatir el agio y la especulación. Ya en esa época, mis progenitores descubrieron que un colchón era mejor que un banco para depositar el dinero. Faltaban décadas para que otro gobierno peronista impusiera a comienzos del siglo veintiuno el famoso “corralito”, que impedía retirar los depósitos de los bancos.
     En la versión original de Los judíos del Mar Dulce no había agiotistas, o campañas contra la especulación, ni pululaban los inspectores de impositiva. En la recreación, editada por la profesora Carrillo, esos elementos se transformaron en algo primordial. Nunca creí que poseyeran algo cómico. Pero a veces la desesperación observada desde gran distancia, adquiere tonalidades que no figuraban en el proyecto inicial.
     En cuanto a la mención a Gardel, espero que algún día me perdonen.
M.S.



Itzik, el menor de los hermanos Pechof, estuvo dos años en el hospital curándose a medias de la bronquitis que había contraído pelando huesos hirvientes cuando trabajaba en el frigorífico Smithfield. Al salir del hospital sintió deseos de hacerle toda clase de desprecios a su familia para vengarse del abandono que había comenzado cuando era todavía un bebé y los Pechof, en el apuro por escapar de las fuerzas de Kolchak, estuvieron a punto de olvidarlo dentro de su casa, en medio de la estepa rusa, donde los lobos aullaban de hambre.
***
Durante sus dos años de internación Itzik había estudiado diferentes formas de ultraje que pensaba usar con su familia una vez lo diesen de alta.
Por razones de lealtad étnica, y en buena parte debido al violín, un instrumento que anhelaba tocar, aunque nunca había aprendido cómo hacerlo, Itzik prefirió compartir el encono con los paisanos. Otras comunidades usaban el acordeón o la guitarra para acompañar sus juramentos de venganza. En cambio, los paisanos acudían al violín, un instrumento musical que combinaba su escaso volumen con su ductilidad para causar congoja.
Con el acompañamiento imaginario del violín, Itzik podía despreciar las ropas que le regalaban sus hermanos. Era cuestión de poner cara agria, evocar el arpegio de algún violín, y decirles luego, con ese defecto en el paladar que le bloqueaba el uso de la ché y la yé: “Mutsas gracias. Veo que el finado era más alto que szo”. Y luego, bastaba esconderse en el baño y llorar sintiendo lástima de ese Itzik más joven que solían embutir dentro del corsé.
Pero soplaban nuevos vientos en Buenos Aires. Estaba en pleno auge la campaña contra el agio y la especulación. Y esa campaña arrastró a Itzik en su estela.
Itzik tropezó con la tensión reinante cuando llevaba recorridas apenas dos cuadras desde la salida del hospital. Centenares de ciudadanos estaban realizando un acto de desagravio mientras saltaban sobre su pierna derecha. Algunos blandían carteles en que se denunciaba el agio y la especulación. En otros carteles se repudiaba a los contreras. Un cartel decía: “Debemos desagraviar lo mancillado”.
 El fenómeno de los actos de desagravio era contagioso. Bastaba que una persona comenzara a saltar sobre su pierna derecha blandiendo un cartel de desagravio, para que rápidamente, en los cuatro puntos cardinales de Buenos Aires, comenzaran a convocarse otros actos de reparación. Uno de los ciudadanos le preguntó a Itzik por qué no saltaba. ¿O acaso era un vendepatria? Itzik empezó a saltar.
Al rato, tan agobiado por el esfuerzo como por el atlético estado de los encargados del desagravio, Itzik empezó a perder el aliento y decidió descansar recostándose contra la vitrina de una casa de empeños.
Cuando se aprestaba a continuar la marcha, vio algo que lo aturdió: detrás de la vitrina había un violín. Itzik decidió que quería ese violín. Imaginó además distintos escenarios donde podría tocar el violín. Estaba seguro de que sus hermanos le ofrecerían cualquier cosa con tal de que cesara de tocar el violín. Y si bien Itzik ignoraba cómo tocar el instrumento, eso se debía a que nunca lo había tenido en sus manos.
***

Itzik entró en la casa de empeños. En el centro del tétrico salón habían colocado un pendón con la consigna “En la Nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños”. Dos retratos ovalados de los líderes de la Nueva Argentina habían sido emplazados en los extremos de una jaula de metal. Detrás había un hombre sentado cerca de una caja registradora. Itzik le señaló el violín que había en la vidriera y le preguntó si podía verlo.
–No se atiende a menores de edad– dijo el hombre sin moverse de la jaula.
–No soy menor de edad. Tengo libreta de enrolamiento– le dijo Itzik.
–Si no te vas de aquí, te denuncio a la policía. Aquí luchamos contra el agio y la especulación– le dijo el hombre. Itzik ignoraba que en la comunidad de agiotistas circulaba el rumor de que inspectores de Impositiva disfrazados de enanos visitaban comercios para descubrir acaparadores.
– ¿Cuánto cuesta el violín?– insistió Itzik.
–No puedo venderlo. Ese es el único violín que tengo. Si lo vendo, me quedo sin estoc.  
– ¿Y no puede conseguir otro violín?– le preguntó Itzik.
– ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un solo violín?
–Impositiva es cada vez más estricta. Y con toda la razón del mundo.
–Soy el mejor cliente para ese violín– le explicó Itzik. –Mi hermano Salmen me enseñó a odiar a los de Impositiva.
–Yo no odio a los de Impositiva. Yo los admiro– dijo el comerciante. El hombre vivía aterrorizado por los violines que tenía acaparados en el sótano. Y eso sin contar los tres contrabajos. También acaparaba papel higiénico. Y rollos de papel periódico por si disminuían las cuotas de papel higiénico. –Debemos combatir el agio y la especulación– agregó.
–Tengo plata ahorrada– le dijo Itzik. –Si el violín no es muy caro, puedo comprarlo.
En ese momento se asomó en la trastienda una señora que llevaba en la mano izquierda una media de nailon y en la mano derecha una bolsa de harina.
–Querido—dijo la mujer. –Esta harina tiene demasiado afrecho. No puedo colarla en la media.
–No hay necesidad de colarla. Es pura como la nieve– le dijo el hombre y le hizo gestos con dos dedos de la mano derecha para que volviera a sus menesteres.
–La harina sza no viene como antes– dijo Itzik, quien en sus últimos meses en el hospital había trabajado en la cocina, ayudando a colar la harina de trigo que venía mezclada con mijo y centeno para que fuera más nutritiva y pesara más.
–La harina viene mejor que antes– dijo el hombre. –El pan sale tan blanco como la nieve de Los Andes.
Y luego, apuntando con el pulgar de la mano derecha hacia los retratos ovalados de la pareja presidencial colocados a ambos extremos de la jaula, añadió: –Él cumple y ella dignifica.
–Mi hermano Salmen tiene un retrato igual en su joyería– dijo Itzik. –Lo compró después que el jefe de la Unidad Básica amenazó con denunciarlo a Impositiva.
–Te doy treinta segundos para que te vayas de aquí– le ordenó el comerciante.
–Solamente dígame el precio del violín.
–Es el precio máximo fijado por las autoridades competentes. Eso, en caso de que quiera venderlo. Pero como no lo pienso vender…
–No me preocupa pagar de más porque todo está más caro. Como hay inflación…
–Vos querés tirarme de la lengua, querés. En este país la inflación es cero. Lo que pasa es que hay más demanda.
 –Dígame el precio del violín. Para hacerme una idea.
El dueño de la casa de empeños le ordenó a Itzik que fuera a hacer aguas mayores al puerto de Buenos Aires.
–Está bien– dijo Itzik tratando de zanjar la discusión. – ¿Dónde queda el puerto?
–El tranvía que pasa por la esquina te lleva– le dijo el hombre.
– ¿En qué dirección?
–En cualquiera– dijo el hombre señalando en diferentes direcciones para no comprometerse. –Todos los caminos conducen a Roma.
–¿A qué hora cierra el negocio?
–Antes que decirte eso me caigo muerto.
–Pero…
–Nada de peros. Al puerto, al puerto– lo incitó el dueño de la casa de empeños haciendo chasquear los dedos.
***

–Necesito desprenderme de los violines– le dijo el dueño de la casa de empeños al agiotista de las balizas.
–Tenga paciencia– le dijo el agiotista, moviendo la mano derecha, de la cual emergía un lápiz de carpintero. –En cualquier momento se nos viene la tercera guerra mundial. Y créame, si los Moishes no pueden ir al campo de reeducación tocando el violín, les agarra un patatús.
–Hay un enano de Impositiva que se apareció hoy en el negocio. Quería comprarme un violín– le dijo el comerciante. –Nunca tendría que haberle hecho caso con esos instrumentos de cuerda.
–Es el tercer reporte de un enano de Impositiva que recibo esta semana– dijo preocupado el agiotista de las balizas. – ¿Lo mandó con viento fresco? Digo, al inspector.
–Sí, pero se puso muy insistente.
–Ya me lo habían advertido en una circular– dijo el agiotista. –Hay dos clases de inspectores de Impositiva. Está la categoría A, los que aceptan coimas, y la categoría B, los que preguntan cuánto cuesta un violín– le dijo el agiotista. –Los de la categoría B son como sanguijuelas. Nunca se conforman con la coima estipulada.
 – ¿Cómo puedo saber a qué categoría pertenece?
–Espere a la segunda vez y fíjese si el enano viene en taxi. Los que vienen en taxi son los más peligrosos. Están en combinación con el taxista. Hacen la pantomima que se odian a muerte con el taxista. Generalmente el taxista saca al inspector a empujones del taxi. O cuando el inspector amaga con pagar, el taxista le arranca los billetes, los hace picadillo, y se los tira a la cara. Puro camelo. Es para desconcertar. Así después, al hablar del incidente con el incauto, el inspector consigue un montón de información…
–Quiero desprenderme de los violines– dijo el dueño de la casa de empeños. –Se han convertido en mi cruz.
–Creo que se está perdiendo un gran negocio. Vea la estadística– dijo el agiotista tendiéndole una hoja. Luego extrajo el lápiz de carpintero del centro de la mano derecha, e hizo un circulito en una cifra impresa en el papel. –Como podrá comprobar, tenemos más de doscientos mil Moishes habitando este suelo generoso. Calcule que las potencias del Eje se llevan a un cinco por ciento de ellos a los campos de reeducación. Aclaro que es una cifra muy baja. Bueno: estamos hablando de diez mil Moishes que van a remover cielo y tierra para conseguir un violín. Y a sesenta violines por cada cien Moishes se va a convertir en millonario.
– ¿Piensa entonces que los violines son rentables?
–Claro que sí. Todo es cuestión de tener paciencia.
–Bueno, por ahora me quedo con los violines– dijo el comerciante. –Pero no sé qué hacer con los contrabajos.
– ¿Cuántos acaparó?
–Yo no acaparo contrabajos. Tengo tres.
– ¿A quién se le ocurre acaparar contrabajos?
–Es que son como violines grandes.
– ¡Qué equivocado está!
–Pensé que algún semita corpulento podría comprarlo.
El agiotista volvió a despegar el lápiz de carpintero del centro de su mano derecha, tomó otra vez el taco de papel, e hizo algunos cálculos.
 –Para que un Moishe use un contrabajo como si fuera un violín, necesita medir tres metros y medio de alto por dos de ancho. Y no se olvide del cuello. El cuello de la persona que quiere tocar el contrabajo como si fuera un violín debe tener por lo menos un metro veinte de ancho para acomodar la base del instrumento. Vea, aquí tiene las medidas– y le tendió el taco de papel. El dueño de la casa de empeños observó la cuenta, y decidió que los contrabajos eran pura pérdida.
–Hagamos una cosa– le dijo el agiotista. –Le acepto los contrabajos con la condición de que me reciba a cambio una partida de Manuales Estrada. En consignación.
–Ya tengo todos los que necesito– dijo el dueño de la casa de empeños.
– ¿De qué año?
–Del año pasado.
–Todos esos manuales están obsoletos y caducados. Tenemos en puerta la reforma educativa–le dijo el agiotista. –De un día para otro, todos sus manuales van a ser igual que papel mojado.
Los Manuales Estrada habían ocultado todo lo ocurrido en la historia argentina hasta el año 1945. Los nuevos manuales se proponían extender la veda hasta el año 1952.
 –Si le pido una remesa de Manuales Estrada, ¿me acepta que devuelva los que tengo en consignación? –le preguntó el comerciante.
–Está bien, pero sólo si me acepta en consignación una partida de medias de nailon para colar la harina.
–¿Qué necesidad hay de esas medias? la harina viene impoluta.
–Lo bueno de las medias de nailon es que son de uso dual– dijo el agiotista. –También sirven como medias de nailon.
***

Itzik decidió que tenía que comprar el violín a toda costa. Sintió una urgencia como nunca antes había experimentado, excepto el día anterior, cuando descubrió el violín en la vidriera. Una vez comprado el violín, sería fácil aprender a tocarlo. Y quizás ni fuese necesario. Bastaba apoyar la base contra el cuello, y alzar el arco, para que brotaran las melodías.
Con paso ágil Itzik se dirigió hacia el centro de la calle y chistó un taxi, que frenó salvajemente cuando estaba a punto de embestirlo. Itzik le dio al taxista la dirección de la casa de empeños y le pidió que por favor acelerara.
 – ¿Qué se cree, que está en una película de Hollywood? –le preguntó el taxista. –Me voy a poner contento si podemos avanzar a paso de tortuga.
–El paso que quiera– dijo Itzik hundiéndose en el asiento.
El interior del taxi era el tabernáculo del bronce que sonríe. Había calcomanías de Gardel pegadas en el techo. Excepto por dos chupetes y un par de zapatitos de bebé, el resto estaba dedicado a celebrar la gloria del cantante que se había inmolado en Medellín. El taxista observó a Itzik por el espejo retrovisor con mirada aprobatoria.
–El día que murió, con él murió el tango– dijo el taxista.
–Veo que también puso la foto donde está rodeado de mujeres– dijo Itzik.
–Él las tuvo todas– dijo el taxista. –Princesas, actrices de cine, millonarias. Greta Garbo se suicidó cuando el zorzal le negó su amor.
–No sabía lo del suicidio.
–Bueno, un suicidio moral– concedió el taxista. –Después de lo de Medellín, la divina dejó de hacer películas.
–Entonces es pura mentira lo que me dijo mi hermano.
– ¿Qué le dijo su hermano? –preguntó el taxista achicando los ojos en el espejo retrovisor.
–Le digo lo que me dijo mi hermano el periodista. Szo no estoy de acuerdo.
–Dígame lo que le dijo su hermano– dijo el taxista con voz perentoria. – No me importa si usted está o no está de acuerdo con su hermano.
–Que nunca nadie cantó mejor que Gardel.
–Un hecho indisputable. ¿Por qué no va a estar de acuerdo?…
–…Y que nadie fue más hermoso que él.
–Lo rubrico con mi firma…
–Que los hombres se derretían cuando lo oían cantar.
–Esa es la virtud de los ídolos. Mujeres y hombres los quieren porque saben trascender los géneros.
–No, mi hermano me dijo que solamente los hombres se derretían por Gardel porque era un martsatrás.
El taxi pegó una brusca frenada.
–Antes de hablar del mudo, se me limpia la boca con jabón– dijo el taxista.
–Es lo que me dijo mi hermano– dijo Itzik apocado. –Pero szo no lo creo.
–Hace bien. Seguro que el marchatrás es su hermano.
El taxista puso la palanca de cambios en primera y reanudó la travesía.
–No quería ofenderlo– dijo Itzik.
– ¿Cómo me va a ofender con esas viles calumnias? Todos saben que nunca hubo un hombre tan viril como Gardel. Nunca– dijo el taxista. – Sé de buena fuente que murió en un duelo en el avión donde iba a Medellín. Todo por el amor de una mujer. La bala de Gardel fue al pecho de su rival. La bala de su rival fue a la espalda del piloto. Y ahí el piloto perdió el control del avión y todos se hicieron moco.
–Mi hermano dice que el duelo fue por el secretario de Gardel. Creo que se szamaba José Corpas Moreno. Gardel estaba loco por él.
El taxi volvió a pegar otra brusca frenada. –Y ahora te me bajás– le dijo a Itzik. –No voy a aceptar una imprecación más contra mi ídolo.
El taxista se bajó del vehículo, abrió la puerta trasera, y ordenó a Itzik que saliera si era macho. Itzik bajó del taxi, y le tendió al chofer tres pesos. –Quédese con la propina– le dijo con voz quebrada.
El taxista tomó los billetes, los hizo papel picado y los roció sobre la cabeza de Itzik.
–Voy a hacer correr la voz– dijo el taxista. –Ya tengo tus señas. Ni un solo taxista va a querer llevarte. Sólo te van a salir a buscar para atropellarte. Como que hay Dios.
El taxista se subió al vehículo y partió raudamente del lugar. Cuando se sintió a salvo, Itzik le gritó al taxi que se alejaba: –Ah, y además Gardel se pintaba los labios.
***

El taxi había dejado a Itzik a escasos metros de la casa de empeños. El dueño estaba en la puerta. Por su rostro cerúleo parecían transitar el miedo y la furia en oleadas. Sus peores temores se habían hecho realidad. El enano de Impositiva pertenecía a la categoría B. Lo corroboraba la farsa de la pelea con el taxista y los billetes convertidos en papel picado y rociados sobre la cabeza del inspector.
De manera disimulada, el comerciante se tocó los bolsillos de su pantalón, donde había insertado gruesos fajos de billetes. Se preguntó si la coima sería suficiente.
– ¿Se fijó lo que me hizo el taxista? –le preguntó Itzik al dueño de la casa de empeños mientras se quitaba pedacitos de billetes de la cabeza y de las solapas de su traje.
–No pienso caer en el lazo e iniciar una conversación amena– le dijo el comerciante.
–Antes que venderle el violín me cerceno las venas. ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un violín? ¿Quién lo va a acusar de agiotista por un violín?– le preguntó Itzik.
–Nadie. Y tampoco de acaparador. Solamente tengo un violín…
–…Porque si usted tuviese mutsos violines sería otra cosa– concedió Itzik. –Sería distinto si por ejemplo tuviese veinte violines. Con veinte violines podrían acusarlo de agiotista. Ahora, no le cuento si llega a tener qué se szo, treinta violines. Ahí va a parar deretso a Ushuaia. Y con cuarenta violines, puede pasar la mitad del invierno en Ushuaia, y la otra mitad en La Quiaca. Un solo violín es la cifra adecuada.
El dueño de la casa de empeños vio sobrevolar mariposas amarillas delante de sus ojos. Debería alquilar un camión para desprenderse de todos los violines acaparados. Recordó al agiotista arrepentido que había confesado por el Canal 7 su participación en una inexistente campaña de desabastecimiento. Al concluir su confesión, el agiotista arrepentido había dicho: “Mi propósito era incitar a la canalla a celebrar con champán”. Lo habían mandado a la puna del Atacama por acaparar treinta botellas de anís Ocho Hermanos.
–Es necesario mantener una estricta vigilancia– musitó el dueño de la casa de empeños.
– ¿Y sabe por qué ese señor acaparaba violines?– le preguntó Itzik al comerciante.
–Porque creía que se venía la tercera guerra mundial. Eso sí que no lo entiendo.
– ¿Eso qué es, una reflexión o una amenaza?
–Es una reflexión– concedió Itzik. Pero el comerciante no se dejó engañar. Esa era una amenaza. Volvió a toquetearse los bolsillos y decidió que necesitaba más dinero.
 –Señor– dijo el comerciante mascullando –Si me acompaña al interior del negocio se lo voy a agradecer.
Tras ser encandilado por el violento atardecer porteño, Itzik experimentó una especie de ceguera en el interior del local. Al rato sus ojos se acostumbraron a la mortecina luz. La arqueología de las cosas prendadas parecía acechar en los rincones. Una dentadura sonreía dentro de un vaso de vidrio. Relojes de pie sin las agujas se alineaban a lo largo de una pared. En una vitrina había papagayos y gatos embalsamados. En otra, instrumentos de cirujano, facones y látigos de siete colas.
Itzik alzó la vista y observó numerosos estantes cubiertos de cajas de cartón o de madera. El comerciante se dirigió a la jaula, abrió la caja registradora, y se llevó todo lo que había adentro. Luego se aproximó a Itzik, y empezó a meterle billetes de veinte pesos en todos los bolsillos. –Ahí tenés. Hasta el último centavo de mis ahorros– le dijo a Itzik. –No creas que te vas a salir con la tuya. Hay un fotógrafo tomándote fotos. Te agarraron in fraganti. No vas a ver fogonazos porque el fotógrafo tiene luz ultravioleta.
Enseguida agarró a Itzik por el fundillo de los pantalones y lo arrojó a la calle.
–Y no te me aparezcas más por aquí, atorrante. Soy un honesto ciudadano. Solamente tengo un violín–. Y dándose media vuelta, el hombre volvió a la jaula.
Itzik se levantó del suelo todo magullado, se sacudió las ropas, y fue distribuyendo los billetes en los bolsillos de su pantalón. Nunca antes había visto tanto dinero junto. Luego, retornó a la puerta de la casa de empeños, chistó al dueño, y le preguntó: –Dígame, señor ¿Podría decirme si conoce otro negocio donde vendan esa clase de violines?– y sin esperar la respuesta se largó a correr.
***

Una versión de este capítulo apareció en el número 136 de la revista Hispamérica. (Abril de 2017). La novela se puede comprar en versión digital en Amazon 

domingo, 1 de noviembre de 2015

Si quieren enamorarse del amor, lean a Stendhal



Mario Szichman

“Toda la vida es una tentación prolija”.
Libro de Job, 7,1


Mi esposa, Laura Corbalán, que era una gran psicoanalista, además de voraz lectora de novelas, solía decirme que los mejores narradores siempre poseen un costado femenino. Balzac era uno de ellos. Y Proust, y Truman Capote –excepto en el tramo final de su carrera.  
Tolstoi era un machista feroz. Pero poseía un costado femenino. Nadie puede concebir Ana Karenina, quizás la mejor protagonista de toda la narrativa occidental, si ignora aquello que podría llamarse el corazón de la mujer.
Imagino, con cierta trepidación, la metamorfosis que hubiera sufrido Ana Karenina en manos de buenos narradores latinoamericanos como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, o Juan Carlos Onetti.
El machismo suele ser siempre un pésimo consejero que se extiende, en nuestra América a diversas manifestaciones culturales. Pienso por ejemplo en el tango, en su falta total de costado femenino. Inclusive excelentes intérpretes femeninas deben lidiar con la incómoda tarea de repudiar su sexo, cuando repiten sus letras más celebradas.
Algunos críticos bautizaron al tango como “el llanto de un cornudo”. Y sus versos, algunos magníficos, especialmente los creados por Enrique Santos Discépolo, son, por lo general, un interminable sollozo denunciando a mujeres traidoras. La única que se salva de tanto vapuleo es la progenitora, alias “la santa madrecita”.  
El problema es que muchos tangos están escritos en lunfardo, el calé que se hablaba en los bajos fondos bonaerenses, y muy pocos pueden descifrar sus vituperaciones.
Un ejemplo es Mi noche triste un tango compuesto por Samuel Castriota con letra de otra gloria del tango, Pascual Contursi. Carlos Gardel lanzó ese tango al estrellato. Encontré la letra en un portal noticioso donde también se anuncia el programa de idiomas The Rosetta Stone. Y realmente, se necesita un programa de ese tipo, dedicado al lunfardo, para entender el lagrimeo modulado por la voz de Gardel.
Esta es la primera estrofa:
Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida,
Dejándome el alma herida y espina en el corazón,
Sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría
Y mi sueño abrasador,
Para mí ya no hay consuelo y por eso me encurdelo,
Pa olvidarme de tu amor.

No voy a mencionar los párrafos siguientes donde se alude al cotorro, al campaneo de un retrato, que causa en el hombre engañado “ganas de llorar”, o a la famosa “catrera que se pone cabrera cuando no nos ve a los dos”.    
Para no dejar en ascuas a los lectores, puedo informar, tras revisar un diccionario, que “percanta” en lunfardo alude a la concubina, “especialmente si es una mujer atractiva”. El verbo lunfardo “amurar” significa abandonar, y “encurdelarse” es emborracharse. En cuanto a la “catrera que se pone cabrera”, es la cama que se enfurece cuando no ve a los dos miembros de la pareja descansando o trajinando en ella.
Cuando escribí la segunda versión de mi novela Los judíos del Mar Dulce, con la invalorable colaboración de la profesora Carmen Virginia Carrillo, no pude resistir la tentación de incorporar una escena en que uno de mis protagonistas, Itzik Pechof, viaja en un taxí cuyo interior está cubierto con fotos de Gardel.  
Uno de mis mentores intelectuales, el escritor argentino David Viñas, dijo que en mis novelas intento desacralizar “mitos muy tiernos, densos, inhibitorios”. Y uno de ellos, obviamente, es el de Gardel.  


Hay, o había en mi infancia, toda una industria dedicada a crear adornos para el interior de los taxis. La mayoría de esos adornos eran retratos en forma de corazón, con la foto del hombre que, según uno de los slogans más perdurables, “Cada vez canta mejor”.  
Narré en la novela que el interior del taxi donde viajaba Itzik “era el tabernáculo del bronce que sonríe”, otro de los elogios prodigados al cantor. “Había calcomanías de Gardel pegadas en el techo. Excepto por dos chupetes y un par de zapatitos de bebé, el resto estaba dedicado a celebrar la gloria del cantante que se había inmolado en Medellín”.
El taxista, tras observar a Itzik por el espejo retrovisor suspiraba, y decía: “El día que murió, con él murió el tango”.  
Itzik mostró su asombro al observar que el taxista hubiera colocado en el interior del vehículo una foto donde Gardel aparecía rodeado de mujeres. “Él las tuvo a todas”, le explicó el taxista. “Princesas, actrices de cine, millonarias. Greta Garbo se suicidó cuando el zorzal criollo le negó su amor”.
Itzik quedó desconcertado. Ignoraba que Greta Garbo se hubiera suicidado. “Bueno, un suicidio moral– concedió el taxista. –Después de lo de Medellín, la divina dejó de hacer películas”.  
Con cierta aprensión, Itzik le musitó al taxista:
“–Entonces es pura mentira lo que me dijo mi hermano.
– ¿Qué le dijo su hermano? –preguntó el taxista achicando los ojos en el espejo retrovisor.
–Le digo lo que me dijo mi hermano el periodista. Yo no estoy de acuerdo.
–Dígame lo que le dijo su hermano el periodista aunque no esté de acuerdo – le ordenó el taxista con voz perentoria. – No me importa si usted está o no está de acuerdo con su hermano.
–Que nunca nadie cantó mejor que Gardel.
–Un hecho indisputable– reconoció el taxista
–…Y que nadie fue más hermoso que él.
–Lo rubrico con mi firma…
–Que los hombres se derretían cuando lo oían cantar.
–Esa es la virtud de los ídolos. Mujeres y hombres los quieren porque saben trascender los géneros.
– No, mi hermano me dijo que solamente los hombres se derretían por Gardel porque era un marcha atrás”.
Allí concluía la conversación entre Itzik y el taxista, que lo echaba del vehículo tras recomendarle que antes de hablar del zorzal criollo, se limpiara la boca con jabón.
Acerca de la ambigüedad erótica de Gardel, hay un buen libro de Juan José Sebreli, Comediantes y mártires, ensayo contra los mitos, del cual extraje los datos para la novela. Entre ellos, la intervención que tuvo en la vida de Gardel el joven José Corpas Moreno, “quien participó en el trágico viaje” de Medellín, “con la ocupación indefinida de ayudante o secretario, y a quien se le atribuyó una relación amorosa con el cantor”, según dice Sebreli.
No creo que la elección sexual de objeto cambie la admiración que podemos sentir por una figura famosa (me incluyo en la legión que piensa que Gardel cada vez canta mejor), pero ese exceso de machismo no me convence. Y como tras lanzar la piedra no deseo esconder la mano, debo confesar que una de las razones para escribir la segunda versión de Los judíos del Mar Dulce fue que la versión original, además de problemas con su trama y su escritura, tenía desagradables connotaciones machistas.

EL COSTADO FEMENINO

Quizás Balzac, o Proust, o Tolstoi se salvaron de observar el mundo de manera unilateral porque provenían de vastas familias donde las mujeres ocupaban un espacio importante. Pero ¿es esa únicamente la razón? Pues el mejor intérprete del corazón femenino, Stendhal, no tuvo una familia muy grande. Tampoco hubo en su infancia presencia femenina, sino una vasta ausencia. Quien llegó al mundo como Marie-Henri Beyle, perdió a su madre cuando tenía apenas siete años de edad.

Pero hubo una compensación. Stendhal pasó “los años más felices de su vida” en Claix, cerca de Grenoble, donde tuvo como confidente a su hermana menor, Pauline. Y prueba del afecto por su hermana, y de una relación que se fue fortaleciendo con el tiempo, es la nutrida correspondencia entrecruzada entre ambos durante más de una década.  
En un diálogo que mantuve con el escritor Manuel Puig en Nueva York, hace ya varias décadas, me dijo ésta frase: “La escritura es la verdad. No suele mentir, como lo hace nuestro cuerpo”. He pasado buena parte de mi vida conversando con mis amigos a través de la escritura, pues están diseminados por todo el mundo. Y he podido confirmar la bella, y muy acertada frase de Puig. Es muy difícil que alguien nos engañe a través de la escritura. El mitómano y el psicópata necesitan el cuerpo, y nuestra presencia, para seducirnos con la voz y con los gestos, y hacer pasar gato por liebre. (Cuando algún gobernante miente, su falsedad es mucho más eficaz y descarada en la televisión que en los medios impresos. La escritura reconoce el engaño con más facilidad. Podemos revisar varias veces las frases de los mitómanos de turno, sin quedar embaucados con sus gestos).
Ignoro si Pauline actuó como madre sustituta de Stendhal a través de su escritura,  pero presumo que sí. Su presencia es evidente en los textos del narrador, especialmente en Rojo y Negro.  
Toda novela en que está presente el adulterio puede mostrar ambas caras de la moneda, como en Madame Bovary o en Anna Karenina. Pero solo en Rojo y Negro aparecen los puntos de vista simultáneos de ambos amantes. El proceso de seducción nunca sufre tantas vicisitudes como en esa novela. Al releerla, no sé si por séptima, o por octava vez, imagino un filme con la pantalla dividida por la mitad. El protagonista, Julien Sorel, se ubica en la parte derecho de la pantalla, y su primera amante, Madame Renal, en el sector izquierdo. Si alguien quiere aprender la dialéctica del amor, no hay mejor maestro que Stendhal. Pues el romance, más que un juego de espejos, es un constante juego de equívocos. La mujer a quien se dirige Julien nada tiene que ver con la mujer que se enamora de él. Julien cree avanzar en su seducción, y en cambio comete las peores torpezas. Madame Renal, convencida de su inocencia, en relación al evidente galanteo de Julien, se va hundiendo en la transgresión mientras mantiene la ilusión de que su futuro amante es, en realidad, un buen amigo, encargado de tutelar a sus hijos.
Una de las ironías centrales de Rojo y Negro es que los amantes, antes de consumar su pasión, cometen toda clase de traspiés porque carecen de una hoja de ruta. Ignoran dónde conseguir novelas capaces de brindarles el libro de bitácora que los conduzca al himeneo. El problema de esos dos seres consumidos por la pasión, dice Stendhal, es que viven en provincias, no en París.   
Si el romance entre Julien Sorel y Madame Renal hubiera transcurrido en París, señala el escritor, “todo se hubiera simplificado, pues en París, el amor es una criatura de las novelas. El joven tutor y su tímida amante rápidamente hubieran encontrado el esclarecimiento de su posición en tres o cuatro novelas”. Esas novelas “hubieran trazado para ellos el rol que deberían jugar, y les hubieran mostrado el modelo que debían imitar. De esa manera, Julien, más tarde o más temprano, se hubiera visto obligado, por simple vanidad, a seguir ese modelo, aun cuando no le hubiera brindado placer alguno”.  
Stendhal era un racionalista, capaz de analizar los sentimientos con la frialdad de un entomólogo. Un día, en el curso de una cena, fue sentado frente a una mujer “imponente, bella, pero estúpida”. En lugar de cortejarla, el escritor se puso a investigar el siguiente problema, según informó su biógrafo F.C. Green: “¿Por qué mecanismo óptico unos ojos grandes, inclusive hermosos, generan una expresión estúpida?” Green dice que esa noche, Stendhal llenó su diario con dibujos de ojos inteligentes y ojos estúpidos, “a fin de localizar la curva exacta del párpado causante de tal extraña transformación”.
Por supuesto, Stendhal tenía muchos momentos de lucidez, y meses o años de total desvarío amoroso. Su racionalidad era arrojada a los vientos cuando se enamoraba. Probablemente sus reflexiones eran formuladas durante esas épocas en que todo guerrero reposa. Pero hay una ternura, una delicadeza para describir la pasión amorosa, muy difícilmente presente en otro escritor. La parte que más me agrada de Rojo y Negro es la primera, cuando dos inexpertos amantes, Julien y Madame Renal, descubren el juego del amor y la conquista. Especialmente Julien, más enamorado de su héroe, Napoleón, que de su temerosa protectora.   
Para Julien, cada avance en su asedio forma parte de una maniobra militar. Quizás la parte más famosa de la seducción de Madame Renal es cuando Julien decide ingresar en el dormitorio de la dama a paso de vencedor. Y de repente, subyugado por los escrúpulos, aterrado por su ofensiva, se desmorona, y se larga a llorar. Y es su vulnerabilidad, no su machismo, lo que le permite triunfar sobre las objeciones de su amada.  
Si hay algo que un narrador descubre temprano, es lo difícil que resulta mostrar el enamoramiento. Tendría que ser muy fácil, pues, al fin y al cabo, eso nos garantiza el ingreso en este mundo. Pero es menos arduo describir una batalla o el estallido de una revolución, que una relación amorosa, con sus avances y repliegues, sus infinitos matices, la culpa y el éxtasis, y la convicción de que es imposible, absolutamente imposible, vivir sin el ser amado. Y además, Stendhal tenía una fina ironía, un delicado sentido del humor, en parte sabiduría, en parte resignación.  
Una vez Julien Sorel ingresa en los círculos de la aristocracia parisina, ya ha aprendido la mayoría de los pasos de la persuasión sentimental. Y Mathilde de la Mole, su segunda amante, es, para algunos críticos, Julien con ropas de mujer, rebelde, impaciente, y condenada a una vida estéril, en un orden social que le niega toda actividad, más allá de las tareas reproductivas. Además, es imposible ponerse a la altura de Madame Renal, una de las grandes figuras trágicas de la literatura. (Me gusta mucho más que Madame Bovary).   
Los escritores pasan por nuestra vida, como suelen hacerlo nuestros familiares o amigos. Algunos transitan y se desvanecen, otros se mantienen distantes, apenas una lejana memoria, y unos pocos nos marcan la vida, y cada vez aprendemos más de ellos. Stendhal es uno de los elegidos. No importa el libro que abramos, rubricado con su seudónimo. Todos ellos son amenos, profundamente sabios, como sus descripciones. Stendhal solo habla de seres humanos, con su fragilidad, a veces con su vanidad, o su soberana estupidez. Pero nunca desprecia a sus personajes, nunca le hace trampas al lector. Y cuando describe la pasión amorosa, es difícil encontrar alguien capaz de superarlo. Si alguien quiere enamorarse del amor, debe leer a Stendhal.