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sábado, 16 de junio de 2018

Los papeles de miranda. Representación de un héroe más humano



     El libro Trilogía de la Patria Boba de Mario Szichman. Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI. Trabajos críticos sobre su obra. (2014), reúne ensayos críticos sobre mis novelas Los papeles de Miranda, Las dos muertes del general Simón Bolívar Los años de la guerra a muerte. 



     
La doctora Alexis del Carmen Rojas Paredes analizó la primera de las novelas de la trilogía en este texto:




…defender la dignidad humana hasta el sacrificio;
Pensar libremente hasta quedar en la absoluta soledad.

Mario Briceño Iragorry


Las palabras de Mario Briceño Iragorry que ilustran el epígrafe recogen significativamente la azarosa vida de Miranda. Retratan la  lucha incansable del Precursor por defender y posesionar su dignidad personal, sus ideales políticos y militares, plasmados en las palabras  del escritor argentino Mario Szichman, quien sitúa a la luz de la narrativa, en una actitud desmitificadora, la historia del Prócer venezolano en su vasto contexto.
Esta novela histórica -como bien lo señala el Prologuista Domingo Alberto Rangel- “trae del exilio a Francisco de Miranda”, al hombre criollo quien después de medio siglo retorna a su lugar de origen,  -La Guaira, Caracas (Venezuela)-,  lugar de donde  un día partió en búsqueda de un promisorio futuro y al que regresa con un profundo pensamiento emancipador y dimensión de estratega. No obstante, la confrontación con sus coterráneos y las  adversidades de los acontecimientos, provoca, finalmente, su  entrega a las manos del enemigo por sus propios compatriotas, llevándolo a  la profunda experiencia de “la deshonra final”:

Todos terminamos volviendo a esas ciudades de donde tenemos que salir huyendo, y es allí donde recibimos  el castigo máximo (Szichman, 2000: 111).

Los Papeles de Miranda (2000), primera novela de la Trilogía de la Patria Boba del escritor argentino Mario Szichman, nos muestra la narración de un imaginario que configura la vida personal e histórica del precursor en la complejidad de la condición humana,  manifiesta en diversos acontecimientos que le resta solemnidad a  la versión de la historiografía. Para ello, el escritor, bajo una actitud desmitificadora, en una narración en primera persona, cuyo protagonista es Miranda, abre espacio a la representación de un personaje fundamental no sólo  de la historia venezolana sino también  universal,  al traspasar la Revolución Francesa, entre otros tantos,  alcanzando el mérito de ser el único suramericano que tiene la inscripción de su nombre  en el Arco del Triunfo.
Los Papeles de Miranda, es una novela histórica que tiene entre sus marcas  el juego entrecruzado del tiempo, el espacio y la trama, a partir del cual  se organiza y  configura la experiencia humana de Miranda; en los modos narrativos de la historia y la ficción que se constituyen en  manifestaciones clave de la experiencia del tiempo. 
La novela narra los acontecimientos vividos por Miranda entre las nueve de la noche del treinta y uno de julio –Primera parte- y la madrugada del primero de agosto de 1812 –Segunda parte-  en la Casa de  la Aduana, La Guaira, donde se vio forzado a recluirse. Supeditado  en este intervalo de tiempo discursivo, el protagonista, a través del recurrente manejo de los papeles, examina los recuerdos de los distintos momentos, eventos, lugares, experiencias y saberes que contiene su pasado; textos escriturales que como el mismo narrador apunta le harán perdurar su existencia y quedar registrado en la historia.
El acto narrativo marca una relación de reciprocidad entre el tiempo y la narración: “la temporalidad es una estructura de la existencia –una forma de vida- que  accede al lenguaje mediante la narratividad, mientras que ésta es la estructura lingüística –el juego de lenguaje- que tiene como último referente dicha temporalidad” (Ricoeur, 1999:183). De manera tal que la actividad narrativa debe ser entendida, como lo señala Carrillo (2000:11), a partir de una doble dimensión: una temporal, en la cual convergen el tiempo cronológico y el “tiempo humano” y una configurativa, en la cual la secuencia lineal del lenguaje y la configuración narrativa son manifestaciones que establecen juego de encuentros y distanciamientos.
Esta relación de reciprocidad tiene su tratamiento en la novela al ser Miranda el propio narrador de su mundo, bajo  el recurrente ir y venir entre el presente y el pasado, el presente y el futuro inminente, El futuro, como el presente, es inmodificable, le pertenece a esa misma gente que tiene derechos de propiedad sobre todo el pasado (Szichman, 2000: 70).
 En el acontecer de los avances y retrocesos de los diferentes eventos que trazan su existencia, se configura  el tiempo de la historicidad-cronológico y humano-; noción que Ricoeur toma de Heidegger y que caracteriza como aquél “que hace hincapié en el pasado, y, sobre todo, que puede considerar la distancia que existe entre la vida y la muerte mediante operaciones repetitivas” (1999: 185). Pero a su vez, marca en el acto de contar el modo o manera de manifestarse de una forma más insondable.
 Este encuentro del tiempo de la historicidad y el de la narración lo llama Ricoeur “repetición narrativa”. Estas instancias que configuran la novela histórica de Szichman se pueden asumir desde la interpretación que Carrillo hace de la novela histórica “como una suerte de conjuro, acaso metafórico, frente a la muerte: el acto de narrar equivaldría a una resurrección de lo que, por estar en el pasado,  ya no existe y por lo tanto ha muerto” (2002:12). En efecto, es un pasado histórico que resucita  en el hecho mismo  de narrar:

… esto que cuento no son recuerdos de carne y hueso sino memorias de papel,… los recuerdos  que se van adosando al cuerpo como imágenes coaguladas, cada una con su propia aureola, con su aspecto de cosa inacabada. ¿Cuántos muertos no he podido enterrar? ¿Cuántos muertos, por culpa de esas circunstancias, no estarán vivos en mi memoria para siempre?... (Szichman, 2000: 83) 

La narración protagónica de Miranda instaura una representación de la complejidad del hombre en su arraigo y en su desarraigo  histórico, el cual inicia con una perceptiva descripción  espacio-temporal que presupone la dinámica de la trama:

Puedo sentir que es cerca de las nueve de la noche en el olor que viene del puerto: Es el olor que le queda a la Guaira cuando ya se ha disipado el humo de la pólvora y todavía perdura el olor de los muertos sin enterrar….Miro por la ventana de esta casa de la Aduana que algunos traidores intentan convertir en prisión. La Guaira es un paisaje de sombras furtivas, en dos dimensiones. Sólo los ladridos de algunos perros y los insistentes gemidos de un herido permiten adivinar su profundidad. (…) Oigo arrastrar de sables y de espuelas por el escaso empedrado, luego el estrépito enmudece en la arena. Corren a tomar posiciones mis enemigos. Y mis amigos ¿dónde están? (Szichman, 2000: 11-12)

Desde este ámbito, Szichman problematiza  la composición narrativa mediante la sugerente premisa del papel que enjuicia la dignidad humana de Miranda,  elemento de carácter ficcional que tiene su tratamiento progresivo a lo largo del discurso hasta llegar al descubrimiento de  su autoría:

-de este papel en especial que empuño en mi mano izquierda- (…) Una simple sentencia, escrita en papel Vitela. ¿Arrancado de un libro, surgido de un cartapacio?...Ese insidioso trozo de papel escrito por alguien que me comprendía muy bien. (2000: 12-13)

¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero? se preguntaba el anónimo cabrón del anónimo. (…) Sólo el transcurso del tiempo hace inteligible su significado total (2000: 31-32)
Pero a partir  de ese papel todo cambió, y empecé a preparar los gestos por los que deseo ser recordado. (2000: 147)

Son estas insidiosas palabras las que dan inicio a  la representación del pasado del protagonista Miranda, al origen injurioso de su padre y que ahora lo obliga a detener su huida, a quedarse anclado en tierra. Esta premisa imaginativa -que  anticipa la “deshonra final”-, prosigue con la revisión y organización de los papeles, en una  dinámica discursiva que “nos lleva a pensar en los modos según los cuales la historia, sin perder el estatuto de discurso verdadero, recurre a estrategias propias de la ficción para conformar su propio discurso”. (Carrillo, 2002: 15)
Los papeles constituyen, entonces,  el eje rector de la obra, nos demuestran lo que siente, piensa y hace el generalísimo en medio de sus avatares políticos-militares y, cuyo ordenador, además de cómplice, interlocutor  y testigo fiel es su criado Pedro José:
Basta observar estos papeles diseminados por el suelo para corroborarlo. (…) Me paseo entre mis amados papeles. Pedro José, mi criado…se pone a gatas para tratar de ordenar los documentos  desparramados en el suelo. (Szichman, 2000: 14)

         El recurso estructural de los papeles  no es más que la recreación de las memorias de su vida, los documentos que representan el caudal de vivencias, llenas de agravios, injustas acusaciones, persecuciones; pero también de correspondencias oficiales, proclamas y resoluciones, que en su conjunto encarnan el escenario sociopolítico recorrido  por el continente americano y europeo. Los papeles llegan a encarnar la historia de su vida como una repetición de eventos:

 Si mi  historia carece de principio, medio o fin, al menos puedo darle el aspecto de un incesante retorno a las fuentes: De la Caracas que me vio nacer, a la Caracas que me ha condenado a muerte. De la humillación primera a la humillación última. De uno a otro proceso. (Szichman, 2000: 18)

De este modo, Szichman profundiza el discurso del tiempo de la historicidad y el configurativo con el tratamiento del recurso estructural de los papeles, hecho fundamental que muestra la intersección historia-ficción. Ese encuentro que el narrador representa con referentes de su propia historia: documentos oficiales que testimonian su vida, en una suerte de revisión y clasificación de una serie de acontecimientos, donde  “el personaje conserva, a lo largo de toda la historia, una identidad correlativa a la historia misma”  (Ricoeur, 1996b: 142). De allí, la justificación de la reconstrucción  imaginaria del pasado, mediante el mismo hecho de narrar:

Me queda cada vez menos tiempo, menos espacio, para dibujar en los márgenes de estos papeles - de este papel en especial que empuño en mi mano izquierda- una justificación que pueda confundir a los historiadores. Algo que les haga olvidar mi capitulación ante Monteverde, o esta pertinaz huida que hace menguar el tamaño de nuestra patria boba con cada  paso que desandamos. (Szichman, 2000: 12)

De todo este fárrago de papeles debe surgir la reivindicación de mis actos. En una horas necesito tener una historia  que pueda legar a la posteridad. …Comencemos inventando un principio. (Szichman, 2000:  18-19)

Es evidente cómo el  acto configurativo le brinda al narrador  la posibilidad de comprender abiertamente su vida, con un sentido más humano y trascendente. La historia nos deja ver a un Miranda lleno de infortunios que parte de las  humillaciones e intrigas  de las cuales fue objeto su padre, por ser de origen  canario y tendero de oficio; condición social, vetada por la oligarquía nativa,  que le impidió ocupar el cargo de  Capitán del batallón de blancos isleños de Caracas; a pesar de que “el Rey fallara por real cédula a su favor” (Szichman, 2000: 21). De igual forma,  experimentó el desprecio de  los mantuanos y las intrigas de algunos oficiales.
Esta preeminencia de los linajes criollos expandida en todos los sentidos, aunada a una ciudad mariana, de clima  beata, donde a su vez “anida la hipocresía”,  hace de Caracas un ambiente sórdido del cual Miranda desea huir en busca de su formación intelectual y militar para “ennoblecer un pasado que no me pertenece” (Szichman, 2000: 43). No obstante, a pesar de haber obtenido un pensamiento ilustrado, haber compartido con diversas personalidades del mundo político-militar  francés, inglés, rusa; además de su apasionada acción militar, fue objeto de la incomprensión y la desconfianza.
            Por ello importa destacar, de manera especial, la representación humana de Miranda en sus múltiples facetas, siempre signado por las injustas y sostenidas acusaciones, la conspiración y persecución permanente, bien por la Monarquía española, -especialmente la del ministro de Indias, don José de Gálvez-,  la Santa Inquisición o  sus coterráneos patriotas, que lo obligan andar en constante huida y, a enmascarar su auténtica personalidad y comportamiento; pues, desnudar su envestidura implicaba desnudar su alma.
Miranda desde el  presente histórico  de la narración instaura, en primer lugar, el sentido de la ironía para dibujar la presunción de traición de sus coterráneos, manifiestas en el simulacro de su carácter, bien en el  tono de voz, el rostro, la  vestimenta y/o envestidura; la falsedad o fingimiento de la cordialidad, la mentira que justifica u oculta sus verdaderas intenciones, la burla y ridiculización de personajes. Estos comportamientos despliegan -al decir de Bravo- la “visión del mundo en la revelación de sus ocultas incongruencias” (1997:10), y que, incluso, llegan a tocar  la miseria humana del narrador protagonista:

A Pedro José no le convence mi relato. Transige con mis miserias pero no las comparte. ¿A qué pila de papeles pienso incorporar ese recuerdo? Me pregunta.

–Ponlo en el del debe y el haber– le digo– Ponlo en mi memorial de agravios. (Szichman, 2000: 41)

La noción de la  ironía, es un recurso narrativo  que el protagonista   profundiza en varios momentos del relato para afrontar las intenciones nefastas en las que se encuentra frente a los enemigos. Ello supone establecer una posibilidad de la “conciencia crítica”, que parece caracterizar al hombre moderno y al arte moderno —al decir de Octavio Paz — “sería aquel, que lejos de enmascarar el vacío, lo manifiesta”(1979:30). Por ejemplo, la fingida en una tertulia sostenida con el comandante Casas;  Peña, el gobernador civil de La Guaira, el capitán Haynes;  Soublette, su edecán –enemigos patriotas– quienes lo acusan de la pérdida de la república y, donde Miranda con la impetuosidad, percepción aguda y perspicaz que lo caracteriza, llena el espacio de un tono  sarcástico, de una ironía mordaz con alusiones alegóricas, los cuales secundan los contertulios:

       Miro a Peña, el gobernador civil de la Guaira,… –Una vez me invita Napoleón a cenar en Frascati, en la época del directorio– digo dirigiéndome a Peña, mientras atisbo a Casas con el rabillo del ojo. (…) Napoleón llama al maitre y le pregunta si tiene su plato favorito. El maitre dice que va a preguntar y vuelve al rato con un plato de ordinaria sopa sobre una bandeja, y deposita ambos sobre la mesa. Napoleón levanta el plato, y en la bandeja hay un sobre, con billetes asomando descarados. “Mi plato favorito”,  dice guardando el abultado sobre en un bolsillo de su casaca y me invita a comer en otra parte-. Enfilo ahora mi mirada hacia Casas que no se da por aludido. (Szichman, 2000: 55)

Desde este presente histórico el narrador rememora el pasado e ilustra situaciones similares, estableciendo analogías –de rasgos y actitudes malévolas– entre estos  personajes en la noche guaireña del treinta y uno de julio de mil ochocientos once y los vividos con los revolucionarios franceses: “Peña/Robespierre”, “Soublette/Fouquier-Tinville”, “Casas/Danton”; pero resaltando sentirse “más protegido” entre estos últimos “carniceros” que ante el “odio” y acusaciones  de sus compatriotas. De manera, que el manejo  recurrente de la ironía deja implícito el cuestionamiento de los personajes, inclusive la del propio narrador.
            De manera paradójica, el relato configura un Miranda con presencia y actitud presumida, arrogante, que busca traspasar los límites de su origen –del cual reniega o finge– para situarse en un contexto y posición social libre de la  sujeción de los mantuanos que le brinde la posibilidad  de ser diferente, de tener el reconocimiento de su entorno. Estos eran, por lo menos, sus propósitos en los primeros tiempos de la llegada a España: “Mis ambiciones son la de servir en su ejército y retornar algún día a Caracas, para refregar mis blasones por la cara a los mantuanos” (Szichman, 2000: 70).
Pero a pesar de los múltiples intentos de ascensos y reconocimiento en España, de escenarios europeos y las relaciones sostenidas con grandes personalidades como Napoleón Bonaparte,  Willian Pitt, la emperatriz Catalina, Potemkin, entre otros; en su mayoría fueron infructuosos, decepcionantes, según se muestra en los documentos desde los cuales narra y los documentos de archivos oficiales. Pues,  a excepción de su fiel amigo, el coronel Cagigal “un hombre que arrostrará todos los sacrificios, inclusive la prisión, para defenderme de mis enemigos” (Szichman, 2000: 70), siempre estuvo signado por el engaño, la intriga y la conspiración. Estremecimientos  contra los cuales lucha reiteradamente  desde la escritura de cartas, memorándum, a altos representantes  oficiales, en su intento de lograr la vindicación de su honor,  como la que envió a Carlos III por vía del conde de Floridablanca.
Esta desventura, materializa las palabras implacables  de su Tío José, con quien se encuentra a la llegada a Madrid y, quien no cede a sus pretensiones:

–Tal vez no ahora. Tal vez no en el futuro inmediato. Pero algún día Sebastián Francisco, cuando te mires al espejo, te darás cuenta que lo tienes frente a tus ojos no es un ser humano sino una cebolla: Te sacarás una capa, y otra capa, y otra más, y al final, nada quedará, apenas algunos documentos apócrifos. Una pura invención. (Szichman, 2000: 45)

A lo largo de estos encuentros del tiempo de la historicidad y el de la narración, que muestran a Miranda en su azarosa vida política militar y social, el autor en una actitud desmitificadora intenta sobreponer diferentes acontecimientos, que le restan solemnidad a la versión de la historiografía:
De forma intercalada, recrea personajes ficcionales: el Duende –y su historia del artilugio musical de sus caballos–,  el rufián y el enano Gaspar –“el primer ser que me ha enseñado tanto del amor como Maquiavelo de la política” (Szichman, 2000: 71)–, en el ámbito del juego, la apuesta y la trampa; donde Miranda deja el protagonismo para  fungir de espectador y cómplice del mundo de éstos, en nuevos escenarios totalmente libres y misteriosos, en el que desempeña otros papeles. Estos personajes aventureros se convierten en una suerte de acompañantes y buenos amigos que se entrecruzan en distinto momentos de su vida, favoreciéndolo en sus incursiones del juego, la seducción y encuentros amatorios.
Este entrecruzamiento historia-ficción, ficción-historia,  propio  de la novela histórica, desde la perspectiva de la historiografía moderna, como afirma Carrillo: “es   una manifestación que, sin dejar de lado su aspiración de contar hechos ocurridos en el pasado –de ahí su referencialidad histórica–, es un texto que –por su naturaleza– se concibe como una narración de naturaleza imaginativa” (2002: 18). De allí, que el narrador  protagonista en aras de menguar  fracasos o tener fuente de inspiración, intercala referentes estéticos como el acto de contar una historia, pues: “Una leyenda siempre ayuda a fijar al suelo el decorado de la historia” (Szichman, 2000: 98), u observar los retratos: “Son los únicos que dan anclaje a mi vida” (Szichman, 2000: 99). Es a través de estos medios artísticos como  Miranda intenta verse y prolongarse.
Por otra parte, es significativo advertir cómo el narrador a través de la revisión continua de los textos y los comentarios que establece con su criado Pedro José nos reescribe la historia de la Revolución Francesa, develando  la degradación de sus protagonistas: Robespierre, Danton, madame Roland,  Marat,  Fouquier-Tinville, tanto en  la condición física como en  actitud o personalidad, y  ante quienes se maneja diplomáticamente:  “Trato de acomodar mi rostro para que el estupor sea remplazado por una respetuosa mirada” (Szichman, 2000: 125).
Seres degradados  que el narrador construye a partir de las voces de las personas que lo sacan a pasear, al “visitar los cafés del Palais Royal y los tenderetes de libreros de orillas del Sena.” (Szichman, 2000: 122), de las conversaciones que  sostiene en distintas visitas de cortesía, lo observado en la  visita al teatro para “ver a Besancon en su papel de Tartufo y para escuchar a los federados” (Szichman, 2000: 127), conoce con certeza las “vidas  privadas” y “actitudes públicas” de los protagonistas de la Revolución, lo que en efecto representan para la sociedad y la historia, aunque como lo sostiene el narrador son realidades que  “nunca quedarán registradas en los libros de historia” (Szichman, 2000: 122).

En este espacio y tiempo de la Revolución francesa, Miranda en su actuación como General de los Ejércitos de Francia, se ve seriamente acusado por el general Dumouriez  y llevado al  “Tribunal Criminal Revolucionario”, pero finalmente sale absuelto y reivindicado en la lectura de la sentencia emitida por el jurado, donde se reconoce que es:

el filósofo más esclarecido, el amigo más sincero de la revolución, el padre de los soldados, el defensor del oprimido…Si la República no hubiera tenido sino generales iguales a Miranda, los déspotas no existirían, nuestros intereses más sagrados no hubieran estado nunca comprometidos,… Mi alma me dicta y me hago por ello un deber, rendir a Miranda el homenaje que merecen sus grandes talentos (Szichman, 2000: 141-142).

Sin duda, esta referencia hace de Miranda un héroe intelectual,  militar y  esencialmente humano, que experimentó duros  desaciertos de la vida. Un personaje adelantado a su época como el mismo precursor lo registra en la historia: “toda esta simiente que con no pequeño afán y gastos se ha estado sembrando en mi entendimiento…quedarían desde luego sin fruto ni provecho, por falta de cultura a tiempo” (Bohórquez, 2006:100). De manera, que el narrador protagonista tratando de recuperar su historia, se reinventa   “Aunque para eso tenga que inventar mi propio destino como inventé mis pasados, reconstruyéndome incesantemente, abominando de la cronología” (Szichman, 2000: 147)
Finalmente, el hilo narrativo de los últimos capítulos devela el creciente  conflicto que se teje en torno a los dos grandes héroes de la República: Miranda y Bolívar, con quien rivaliza desde su retorno en diciembre  de 1810, dejándolo en varias  situaciones difíciles –indumentaria, corifeos, los soldados mal vestidos, mal armados–. Discurso de confrontación que se intensifica cuando el coronel Bolívar pide hablar con Miranda, encuentro que en principio pone de manifiesto  sentimientos encontrados. “súbitamente quiero abrazarlo y retroceder algunos meses en el tiempo, cuando todavía no existía furia en sus ojos ni veneno en mis palabras” (Szichman, 2000: 149) –Londres 1810–. No obstante, los héroes se develan  injuriosamente; por un lado,  las  preguntas insidiosas de Miranda; por la otra,  las  propuestas indecorosas de Bolívar: “el suicidio o el paredón de fusilamiento” (Szichman, 2000: 162), las mutuas acusaciones sobre la pérdida de la República, los caudales del Tesoro Nacional y los falsos triunfalismos  de Bolívar frente a los godos.  
Desde estos acontecimientos, el discurso literario sugestiona la  desmitificación de la figura de Bolívar, particularmente  con el funesto  desocultamiento del autor de la sentencia escrita en papel vitela… ¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero?” (Szichman, 2000: 31); recurso compositivo de la trama que intensifica la injuriosa confrontación entre las dos grandes figuras de la gesta independentista, donde cada uno intenta  reafirmar su condición de héroe con sus pasiones, odios y deseos; abandonada finalmente en un clima de insinuante traición.
Eje culminante en la narrativa de Szichman que deja en el lector un aliento de confusión y desesperanza que obliga  a indagar y reflexionar la interpretación de la historia documentada, a descubrir las apariencias de los personajes y de los hechos  acontecidos en el pasado: “(Aunque estoy seguro que encontrará una explicación plausible. Es la misión de todo historiador poner orden en el desatino)” (Szichman, 2000: 170). A pesar de la observación crítica que el mismo Miranda enjuicia; el autor en el entrecruzamiento dialógico de los discursos –parafraseando a Bajtin–  intenta desbordar los límites e irrumpir en los silencios de nuestra historia.

Referencias Bibliohemerográficas:
Allemann, Beda. 1976. Literatura y Reflexión. Buenos Aires: Alfa
Bohórquez M., Carmen. 2006. Francisco de Miranda. Precursor de las Independencias de la América Latina. Caracas: El perro y la rana
Bravo, Víctor. 1997. Figuraciones del poder y de la ironía. Caracas: Monte Ávila
Carrillo, Margoth. 2002. El discurso histórico y el discurso literario: Identidad y  diferencias entre dos formas de narrar. Una lectura de Paul Ricoeur. Revista Ensayo y Error. Año XI. Nº 22. Caracas: UNESR
Gadamer, H.G. 1996. Verdad y Método. Vol. I. Barcelona: Sígueme
Paz, Octavio. 1979. Corriente Alterna. México: Siglo Veintiuno
Ricoeur, Paul. 1996ª. Tiempo y narración. Vol. I, II, III. Barcelona: Paidós
___________. 1996b. Sí mismo como otro. México: Siglo Veintiuno
Szichman,  Mario.  2000.  Los  Papeles  de  Miranda,  Novela.  Caracas: El Centauro.

miércoles, 13 de junio de 2018

"El destino poético de una rica y compleja relación: La novela histórica" de Margot Carrillo Pimentel


        
    El libro Trilogía de la Patria Boba de Mario Szichman. Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI. Trabajos críticos sobre su obra. (2014), reúne ensayos críticos sobre mis novelas Los papeles de Miranda, Las dos muertes del general Simón Bolívar y Los años de la guerra a muerte. 
         
     En los últimos días, he compartido los textos de la Licenciada Lucía Parra y del doctor Luis Javier Hernández.  Hoy ofrezco a mis lectores el texto de  la doctora Margot Carrillo Pimentel. En él, la profesora Carrillo Pimentel hace una  importante reflexión sobre los aspectos teóricos de novela histórica. 
MS

           


Margot Carrillo Pimentel


Cuenta la historia que Leopoldo Von Ranke sufrió un terrible desencanto el día que  llegó a comprobar que los relatos de su contemporáneo, Walter Scott, no se correspondían con la verdad.  Desde entonces, parece haber afirmado Von Ranke: “Me desvié [hacia la historia] y decidí evitar toda invención e imaginación en mis trabajos y sujetarme a los hechos” (Cit. Corcuera, 1997:127).  Quizá Von Ranke haya logrado en algún momento “sujetarse a los hechos”, no lo sabemos; pero al tiempo, ¿quién lo sujeta?  Si  alguna disciplina  se nutre del tiempo y de sus cambios ésa es la historia.   La historia, que  parece mirar al futuro, trata sin embargo del pasado y de lo que el presente pueda interpretar o contarnos sobre lo ocurrido. De tal modo la historia precisa, pero a la vez “vive” el tiempo. “Pensar la historia” (Le Goff, 1991) no resulta una tarea sencilla; no obstante, pensamos con insistencia en ella, hablamos y escribimos acerca de ella.  
Particularmente en Latinoamérica, la historia más que una disciplina ha sido un recurso extraordinario no solo para el diseño o “la invención” de un pasado que, luego de la Independencia, parecía estar demasiado cerca o demasiado lejos de un pueblo al que le urgía reconocerse en una idea de nación, suficientemente sólida o autónoma; también la historia ha sido un material precioso para la exploración de sus posibilidades –como lenguaje y experiencia del tiempo– en un ámbito menos sujeto a los requerimientos de  la verificación, la fundamentación y  “la verdad”, con los que la disciplina fue adquiriendo un estatuto menos imaginativo y más científico.
Es la novela histórica la experiencia artístico-literaria que ha abierto  un horizonte de posibilidades, en el que historia y ficción se actualizan en un discurso de encuentros, entrecruzamientos y diferencias, cuyos resultados enriquecen de un modo extraordinario ambos lenguajes.
Al hablar de la novela histórica hemos insistido en destacar la naturaleza híbrida que la distingue (Carrillo Pimentel, 2012); cuestión que nos lleva a identificarla, por supuesto, con el género que la define, la novela, así como con la naturaleza y complejidad de los discursos que en ella coinciden, de modo particular el de la historia.  Tal como lo afirma la investigadora española Celia  Fernández Prieto, la relación que establece  la novela con esa disciplina “es tan estrecha que no podría abordarse el análisis del género de la novela histórica al margen de la evolución y de las transformaciones de la narración histórica” (Fernández Prieto, 1998:33).  Es por ello que en el presente estudio insistiremos en pensar la  identidad, diferencia y entrecruzamientos (Ricoeur, 1995-1996) que acercan y distancian a la historia y la ficción, cuestión de la que se nutre, precisamente, la novela histórica. Nos detendremos  de un modo especial en los planteamientos del filósofo francés Paul Ricoeur y el historiógrafo norteamericano Hayden White, quienes han dedicado parte importante de su obra a dilucidar el tema.

ENSAYANDO UN DESLINDE

Los vínculos entre la historia y la ficción ha sido un tema sobre el cual se ha reflexionado  durante largo tiempo; ya Aristóteles se refería a ello en la Poética  (siglo  III a.C.)– y desde entonces la identidad o diferencias entre el discurso histórico y el discurso ficcional es un asunto que aún suscita discusiones. Muestra de ello son las diversas reacciones surgidas de los planteamientos que al respecto han hecho algunos historiógrafos contemporáneos durante estos últimos años; o la profusión de novelas y textos de crítica literaria en los que esa relación se atiende de manera especial.  Precisamente la novela histórica se gesta a partir de ese juego de relaciones entre la historia y la literatura.  En América Latina este tipo de novela se viene escribiendo desde comienzos del siglo XIX y cuenta, a finales del siglo XX, con una variada producción.
Para el intérprete moderno, la historia y la ficción son manifestaciones tremendamente complejas: así como el tiempo y la narración son aspectos que las acercan, las identifican o las hacen coincidir en una relación de interdependencia, el principio de realidad que les define o las pretensiones de sus discursos respecto de lo real, son aspectos que en ningún caso nos permiten pensarles como experiencias idénticas. Acaso la situación exija de un mayor esfuerzo interpretativo cuando, además, nos percatemos de que la historia y la literatura son instancias que requieren de ciertos préstamos entre los distintos recursos de los que ambas disponen para hablar e interpretar  el mundo (Ricoeur, 1996).
Paul Ricoeur, desde la hermenéutica filosófica, realiza  una revisión del binomio historia/ficción, estableciendo –entre sus múltiples hallazgos–  las relaciones de identidad, diferencia y entrecruzamiento entre esas dos formas de la escritura (Ricoeur, 1995-1996). Por otro lado,  Hayden White, figura destacada del llamado “giro histórico”, promueve en el siglo XX una interpretación de la historia a partir de nociones venidas de la teoría literaria, lo que motiva no pocos acercamientos entre la historia y la literatura.
Son precisamente estos dos últimos autores quienes, a  nuestro juicio, han abordado el tema de los vínculos entre la historia y la ficción de un modo no pocas veces sorprendente y polémico. No obstante, los planteamientos de Paul Ricoeur y Hayden White no son del todo coincidentes, en la medida en que sus interpretaciones respecto de los vínculos entre la historia y la ficción difieren en aspectos de fundamental interés.  Pero no todo es divergencia: hay zonas de contacto entre uno y otro escritor que nos permiten ir despejando el panorama de unos vínculos que son, ante todo, problemáticos.  Quizá  por ello susciten aún apasionadas discusiones.
La literatura tendrá también la posibilidad de llegar con mayor frecuencia y autonomía a una experiencia particular del tiempo en la que presente, pasado y futuro son instancias que juegan a superponerse, mezclarse o confundirse unas en las otras. La historia, en cambio, se define por movimientos de ida y vuelta entre presente-pasado y por su vinculación con un tiempo medido, fechado, que ha sido ubicado en el calendario y registrado en los archivos.  La imaginación será para lo literario un principio generador de mundos extraordinarios, atípicos –los mundos posibles de los que habla Aristóteles– que, no obstante su distancia con los principios de lo real o de la lógica racional, guardan algún parecido, cierta semejanza, con la misma realidad.  No está exenta la historia de contar con un considerable componente imaginario; mas, la imaginación para la historia cumple una función precisa, en cuanto actúa como catalizador de un proceso de composición variado y complejo. Gracias a la imaginación, el texto de la historia articula  datos, tiempos, personajes y espacios en un todo, que aspira a la fidelidad y a la coherencia, como bien lo ha explicado Collingwood (1993).
 ¿Quién habla en un texto histórico? Quizá no tendríamos muchos problemas a la hora de responder a tal interrogante: quien habla –o narra– en un texto histórico es el historiador; una voz identificable, cuyo esmero por la claridad y la precisión de lo que narra le hará una voz  siempre reconocible.  La literatura –particularmente la literatura moderna – abre con esa pregunta – ¿quién habla?– el juego de la indeterminación; la ausencia de respuestas definitivas respecto de tal interrogante, favorece la confluencia de voces y sentidos y, con ello, el acontecer de un verdadero diálogo en el texto.  A diferencia de la historia –que amerita de una voz reconocible que conduzca la narración, la del historiador– la literatura convoca distintos hablantes, cada uno de los cuales tendrá un espacio propio para manifestarse de un modo individual, establecer pautas distintas respecto del mundo exterior, así como motivar el diálogo con las otras voces incorporadas al texto. En este sentido, podríamos aventurarnos a decir que la voz del autor es una instancia de mayor incidencia en el texto histórico que en el texto literario, en el que ocurre una “extraposición del autor”, como lo señala Mijail Bajtin. La literatura –particularmente la moderna– puede, así, liberarse de las imposiciones directas del creador; los recursos de los que ésta dispone permitirán que el autor sea, más bien,  una voz que en el texto  pueda por momentos borrarse, disolverse o difuminarse en las otras voces que artísticamente se configuran en el texto (Bajtin, 1982)
Particularmente la novela moderna se define como un género inacabado; como una manifestación artística del lenguaje que se niega a decir con precisión dónde empieza o dónde puede cerrarse definitivamente el relato.  Más que por la disposición exacta del tiempo, los personajes o los acontecimientos, la novela puede ser reconocida por su capacidad de jugar libremente con esas instancias. La coherencia del texto narrativo está dada en la novela por una idea de holom (Palazón Mayoral, 1990) en la que los contrastes, los quiebres, la disimetría, la desproporción o la sobreabundancia son principios de composición tan válidos y significativos como sus opuestos. Hay también en la novela un sentido de lo lúdico, que nos permite entenderla como un acontecimiento estético que, sin abandonar el mundo, se organiza internamente a partir de una dinámica y una suficiencia propias.  Frente a tales circunstancias, la historia –que como la literatura también se configura a partir de la dinámica de la continuidad y la discontinuidad del relato y del tiempo (Ricoeur, 1996) – debe organizar el texto tomando en cuenta otros criterios  de composición: una narración histórica, por ejemplo, deberá  contar, necesariamente, con un principio, un medio y un final y su relación con el tiempo deberá ceñirse a ciertas disposiciones marcadas por el tiempo cronológico. 
Por otro lado, no sería tan pertinente para la historia como para la ficción indagar en la interioridad o en la intimidad de sus personajes, o en aspectos de su subjetividad tales como el deseo o los sueños.  Aún en aquellos trabajos donde la vida del colectivo, sus quehaceres, sus modos de comportarse, sus vicios o sus pasiones son parte importante del relato histórico, la intención del historiador, su aspiración a contar lo ocurrido, así como los recursos, el material y los procedimientos específicos que utiliza para tal fin, serán elementos que podrán, entre otros, medir la distancia entre lo que significa hacer historia y lo que comprende hacer literatura.
Aun partiendo de la idea de que en lo relativo a los vínculos entre la historia y la literatura no se deben establecer criterios definitivos sobre tales relaciones, dado que ello impediría proponer una discusión abierta y negaría la pertinencia de un trabajo interpretativo, que tome en consideración la problematicidad que caracteriza los vínculos entre ambos discursos, es también conveniente que, al momento de plantearnos en qué medida esos discursos se acercan o distancian, tengamos  en cuenta de qué modo escribir historia es una experiencia distinta a la de escribir una novela, por ejemplo.  Hasta en aquellos casos en los que una y otra formas de la escritura se refieran a los mismos acontecimientos o personajes, siempre encontraremos elementos que nos dejen ver  cómo la historia y la novela, sin ser del todo lo mismo, son capaces de referirnos iguales acontecimientos, pero de un modo distinto.

ENTRE LA HISTORIA Y LA FICCIÓN, LA NOVELA HISTÓRICA

Quizá sea la novela histórica la experiencia narrativa que mejor escenifique esa dinámica de acercamientos y distanciamientos que establecen la historia y la ficción. A partir de la libertad imaginativa, creativa, que el estatuto novelesco le confiere, y profundizando en la naturaleza dialógica que la define  -recordemos que para la novela el diálogo será una forma primordial de abordar la historia, de explorar y profundizar en un tiempo y en una tradición que se actualizan y cobran vida libremente– la novela histórica incorpora tiempos, espacios, personajes y variadas versiones acerca del pasado, en un juego artístico  de considerables alcances estéticos e interpretativos. Es, entre otros, la naturaleza híbrida del género aquello que permite a la novela histórica explorar con toda independencia o autonomía las inmensas posibilidades que ofrecen los discursos a partir de los cuales se configura. El carácter narrativo y la experiencia temporal que comparten la novela y la historia (Ricoeur, 1996), y aún sus propias diferencias, llevan a que esa aventura estética llegue a pensarse como  el resultado de un entrecruzamiento dialógico, en el cual ambos discursos llegan a encontrarse, diferenciarse y aún complementarse. Dice Bajtin:

Dos discursos dirigidos hacia un mismo objeto, dentro de los límites de un contexto, no pueden ponerse juntos sin entrecruzarse dialógicamente, no importa si se reafirman recíprocamente, se complementan o, por el contrario, se contradicen [...] no pueden estar uno al lado del otro como dos cosas; han de confrontarse internamente, es decir, han de entablar una relación semántica (Cit. Zavala,1991:51).

Acaso asignarle  a la historia el oficio o compromiso de escuchar las  “voces ocultas” del pasado como, entre otros, lo hizo Michelet, le da mayor sentido ético e histórico a esa experiencia novelesca, en la medida en que la “dominante estética” (Jakobson, 1971)  que la define, sumado a la incorporación  del discurso histórico en el texto, corre a la par de un propósito reflexivo, interpretativo, que particularmente en Latinoamérica, tiene un efecto de extraordinarios alcances desde las primeras apariciones de esa forma de novelar hasta nuestros días.
Al Paul Ricoeur referirse a aquellos “entrecruzamientos” que, en efecto, ocurren entre historia y ficción, no hace más que plantear una relación de intercambio entre lo que caracteriza a la historia y lo que define al discurso de ficción (Ricoeur, 1996). La novela histórica se encarga de llevar a la experiencia estética tales rasgos de forma tal, que lo que ha sido considerado como uno de los aportes fundamentales de la llamada “nueva novela histórica”, en nuestro continente (Menton, 1993) –a saber: la revisión y reinterpretación crítica “de aquellos momentos vedados y velados por la escritura canonizada” (Daroqui, 1990) – es un asunto que, en efecto, ocurre al vincular en la novela tales discursos.
           Si bien pudiéramos hablar de que en la novela histórica, particularmente en la moderna, la problematización de la historia es un aspecto que llega a ofrecer otras formas posibles de interpretar el pasado, debemos igualmente atender a  cómo la novela histórica propicia así mismo una mirada crítica a la tradición narrativa de la cual proviene; originalmente el género novelístico apareció como una representación  cuyos principios de composición y su mirada al mundo intentaron  invertir o desconstruir los modelos tradicionales con los que  hasta ese momento  la realidad se había contado. Luego, la metareflexividad y el distanciamiento de la tradición característico de la novela histórica, es un rasgo natural a su propia constitución; tendencia que, entonces, se manifestará no sólo en relación con el discurso o la tradición histórica, sino también en relación con la misma tradición literaria.
            Al pensar en la novela histórica, como en efecto han hecho algunos críticos latinoamericanos, entre ellos Noé Jitrik  (1995), como una gran pregunta a propósito del  origen o identidad del ser latinoamericano, debemos observar que la misma se ha formulado de distintas formas a lo largo del tiempo y que  ha motivado diversas respuestas que no han cerrado las posibilidades de seguir indagando en ella. Particularmente en nuestro continente esa pregunta parece haber encontrado en la confluencia de la historia y la literatura que la novela provoca una fuente fundamental de preguntas y respuestas, siempre distintas, naturalmente históricas.
En la novela histórica, particularmente en la contemporánea, la intención original de la historia –el conocimiento del pasado, en función de las necesidades y expectativas del ser humano– adquiere otro horizonte, quizá más amplio que aquél cuyos límites han sido trazados por el conocimiento o la intención epistemológica, en la medida en que el texto literario procura la reproducción “viva” y “artística” (Bajtín, 1982) de las voces de sus personajes.
La   lectura de la novela histórica ofrecerá, también, un acercamiento a  la noción de  verdad que no podemos dejar de vincular con el principio de determinación de verdades en torno al pasado que define a la historia. Sólo que la naturaleza de la verdad del arte (Gadamer, 1999) se gesta en la experiencia de una búsqueda, demorada y compleja, en la que la certeza y la incertidumbre promueven una paradójica coexistencia. 
No ha sido  la novela histórica una práctica, moda, o tendencia sencilla de despachar mediante interpretaciones maniqueas que han querido verla  como un instrumento que ha procurado  exaltar o, en su defecto, borrar de un plumazo su fuente referencial más importante: la historia. La dinámica con la que hemos intentado comprender esa representación estética e histórica del pasado nos lleva, más bien, a pensarle como una escritura  híbrida, lúdica y arriesgada  que ciertamente lleva al lector a aventurarse en la  experiencia de un  tiempo que, lejos de ocurrir, correr y extinguirse, perdura; a manera de sedimento o de huella.

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