miércoles, 14 de marzo de 2018

Hemingway y el FBI: A veces la paranoia es buena consejera


Mario Szichman



        Durante mucho tiempo, los amigos de Ernest Hemingway lamentaron el prolongado deterioro mental del escritor. Su paranoia, decían los amigos, se había ido agudizando con los años. Hemingway creía que el FBI revisaba su correspondencia, grababa sus conversaciones telefónicas, y lo seguía a todas partes.
        Periodistas, psicólogos y biógrafos, han tratado de averiguar por qué Hemingway se suicidó en su hogar de Idaho, mientras su esposa Mary dormía en el piso superior de su vivienda.  Algunos dijeron que el escritor consideraba terminada su carrera. Otros, que se estaba hundiendo en la locura.
      Pero hace algunos años, uno de sus mejores amigos, quien colaboró como asesor literario por más de una década, ofreció otro factor que podría haber contribuido al suicidio: la vigilancia del autor de Adiós a las armas por parte del FBI. Una vigilancia ordenada por su temible director, J Edgar Hoover. Al parecer, Hoover sospechaba de los vínculos de Hemingway con Cuba, y de sus inclinaciones izquierdistas.

A E Hotchner

       Al cumplirse los cincuenta años de la muerte del escritor, AE Hotchner, autor de los ensayos Papa Hemingway y Hemingway and His World, comentó en The New York Times que la vigilancia constante del FBI “contribuyó de manera substancial a su angustia y a su suicidio”.
Hotcher añadió que “lamentablemente, había evaluado de manera errónea” el miedo de su amigo por la organización policial.

CUANDO LA PARANOIA TROPIEZA CON LA REALIDAD

Hemingway y su esposa Mary
        
             En noviembre de 1960, dijo Hotchner, fue a visitar a Hemingway y a su esposa Mary en Ketchum, Idaho, a fin de participar en una cacería de faisanes. Hemingway actuaba de manera muy extraña.
          Según indica Hotchner, “Cuando Ernest y nuestro amigo Duke MacMullen me fueron a buscar al tren, en la estación de Shoshone, Idaho, para el viaje a Ketchum, no nos detuvimos en el bar que había frente a la estación, como solíamos hacer. Ernest deseaba que nos pusiéramos en camino. Cuando pregunté por qué, Hemingway me respondió: ´The Feds´, los agentes federales”.
Hochner quedó muy desconcertado por la respuesta. Le parecía una broma de mal gusto. Pero Hemingway le dijo que los agentes del FBI venían persiguiendo su automóvil desde que abandonaron su vivienda.
       Hotchner le preguntó al escritor por qué el FBI lo perseguía. Hemingway se limitó a decir que el FBI había plantado dispositivos de escucha en su automóvil y en su vivienda. No podía usar el teléfono, porque grababan sus conversaciones. “También me interceptan la correspondencia”, agregó.
       “Viajamos durante millas en silencio”, dijo Hotchner. “Cuando llegamos a Ketchum, Ernest dijo en voz baja: 'Duke, estaciona. Y apaga las luces´. Luego, espió hacia el banco, que quedaba al otro lado de la calle. Había dos hombres trabajando en la sucursal.
       “¿Quiénes son esos?” pregunté.
       “Auditores. El FBI los mandó para que revisen mis cuentas”.
      “¿Cómo lo sabes?” le pregunté.
     “¿Por qué razón dos auditores están trabajando en el medio de la noche? Por supuesto que están revisando mis cuentas”.
       Hay que tener presente que las sospechas de Hemingway poseían visos de realidad. Ketchum no era una gran ciudad. Y Hemingway poseía una vasta fortuna. Era posible que estuviesen examinando sus cuentas.
       Según Hotchner, no fue la única vez que Hemingway se quejó sobre la presunta vigilancia del FBI. En el último día de la visita de Hotchner, durante una cena con el escritor y su esposa, Hemingway señaló a dos hombres que estaban bebiendo en el bar y dijo que eran “agentes del FBI”.
    Los dos incidentes precedieron a la hospitalización de Hemingway en la Clínica Mayo de Minnesota. Allí recibió terapia de choques eléctricos. Tras salir de la clínica, el escritor intentó en varias ocasiones suicidarse. Nadie creía en su versión. Se presumía que padecía delirios.

A LA HORA SEÑALADA

       El primero de julio de 2011, en su columna en The New York Times, al recordar la muerte de Hemingway, Hotchner dijo que “temprano una mañana, hace 50 años, mientras su esposa Mary dormía, Ernest Hemingway se dirigió al vestíbulo de su casa en Ketchum, Idaho, eligió su escopeta favorita de un estante, insertó cartuchos en el arma, y puso fin a su vida”.  
        “En esa época se ofrecieron diferentes explicaciones. Dijeron que sufría de cáncer terminal, que estaba afectado por problemas monetarios, que se trató de un accidente, que había tenido una discusión con Mary. Nada de eso era verdad. Como sabían sus amigos”, Hemingway “había sufrido paranoia y depresión durante el último año de su vida”.
        En conversaciones que mantuvo con Hemingway, Hotchner le escuchó en muchas ocasiones lamentar su declinación física y mental. Cuando lo visitó en Idaho en junio de 1960, Hemingway le preguntó: “¿Qué piensas de un hombre que va a cumplir 62 años, y advierte que nunca escribirá los libros y los cuentos que se prometió a sí mismo?”
       Hotchner le recordó a Hemingway que había publicado en fecha reciente París era una fiesta, uno de sus mejores textos. Hemingway dijo que sus mejores relatos eran mucho más antiguos. Además, era un escritor. Un escritor no podía retirarse, como un boxeador, o un beisbolista. Su amigo le señaló que nunca antes Hemingway se había preocupado por esas cuestiones.
       “¿Por qué se preocupa un hombre?” insistió Hemingway.” Por estar sano. Por trabajar bien. Por beber con sus amigos. Por disfrutar de la cama. No tengo nada de eso. ¿Entiendes? Nada de eso”. Y luego, Hemingway comenzó a formular a Hotchner los mismos reproches que había hecho previamente a otros amigos. “Tú eres como los otros”, le dijo. “Me quitas información para venderla al FBI”. Luego de ese día, señaló Hotchner, “nunca volví a ver a Hemingway.
        “Ese hombre, que no retrocedió ni siquiera ante una carga de búfalos de agua, que realizó misiones aéreas sobre Alemania” durante la segunda Guerra mundial, “que se negó a someterse al estilo de escritura prevaleciente, y aceptó el rechazo y la pobreza, a fin de escribir con su único, inimitable estilo, ese hombre, mi amigo más grande, temía que el FBI lo estuviese persiguiendo, que su cuerpo se estuviese desintegrando, que sus amigos lo hubiesen traicionado. La vida, para él, había dejado de ser una opción”.

LA TRISTE REALIDAD


      
 En la década de los ochenta, el prontuario que había acumulado el FBI sobre Hemingway, fue divulgado tras una solicitud de Jeffrey Myers, en esa época profesor de la universidad de Colorado.
       En el texto aparece un gran interés de la agencia policial en las andanzas del escritor, incluidos sus intentos en tiempos de guerra por crear una red de espionaje antifascista denominada The Crook Factory. El rastreo del FBI persistió hasta su ingreso en la Clínica Mayo, en 1960.
        Inclusive en enero de 1961, un agente especial le envió a Hoover un informe señalando que Hemingway "estaba física y mentalmente enfermo”. Ese solo expediente tiene más de 120 páginas. Si bien el escritor podía sufrir de paranoia, tenía sólidas razones para sospechar del FBI.
       Dijo Hotchner: “Durante años intenté reconciliar el temor de Ernest por el FBI, que lamento haber juzgado de manera equivocada, con la realidad del prontuario. Creo ahora que él descubrió la vigilancia. Eso contribuyó de manera substancial a su angustia y a su suicidio”.   
      Si bien el FBI no originó los delirios de persecución del escritor, es obvio que la incesante vigilancia debió causar graves problemas a un hombre que se estaba hundiendo en la demencia.

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