domingo, 20 de noviembre de 2016

Los años de la guerra a muerte y la lógica del tramposo


 Mario Szichman


            
      En cada apuesta se juega al todo o nada. La apuesta es un recurso que, según Walter Benjamin, “invalida el criterio de la experiencia”. Alain decía por su parte que el concepto del juego se basa en su falta de antecedentes y consecuentes. Cada envite es único. La tradición cesa de funcionar. La realeza primordial es la aristocracia de los naipes. Y a veces, hasta las barajas pierden a sus monarcas.
El novelista argentino David Viñas indicaba que todo escritor usaba “manchas temáticas” en su trama. En el caso de Los años de la guerra a muerte, la tercera parte de La Trilogía de la Patria Boba, utilicé la metáfora del juego de naipes como mancha temática central.  
La segunda versión de ese texto (2012) me permitió cruzar un umbral en relación a Los papeles de Miranda y Las dos muertes del general Simón Bolívar, las dos previas novelas de la trilogía. Eso se debió no solo a razones literarias, sino también a motivos personales, inclusive un episodio traumático que funcionó como divisoria de aguas. 


El resultado es que Los años de la guerra a muerte pasó de ser el patito feo de la trilogía a una de mis novelas más aceptadas. Contribuyó de manera decisiva la edición a cargo de la profesora Carmen Virginia Carrillo. Aunque hay unas cien páginas nuevas, la profesora Carrillo libró a la novela de su hojarasca. Además, varios de los personajes secundarios pasaron al primer plano. 
Voy a usar datos de época y la memoria, no la revisión del texto, para explicar cómo ocurrió esa metamorfosis.  v
El 16 de enero de 1813, en Cartagena de Indias, el jefe patriota Antonio Nicolás Briceño, también conocido como El Diablo Briceño, anunció en un decreto que “El fin principal de esta guerra es el de exterminar en Venezuela la raza maldita de los españoles de Europa sin exceptuar los isleños de Canarias”. El Diablo también fijó los ascensos militares en base a las cercenadas cabezas de españoles. “El soldado que presente 20 será hecho abanderado en actividad”, decía el decreto, “30 valdrán el grado de Teniente, 50 el de Capitán”, y suma y sigue. 
El Libertador Simón Bolívar dictó luego, el 15 de junio de 1813, su Decreto de Guerra a Muerte –el mismo día en que los españoles fusilaron al Diablo Briceño. Con inimitable estilo, Bolívar señaló en su decreto: “Españoles y canarios contad con la muerte aunque seáis indiferentes, si no obráis por la liberación de América, Venezolanos contad con la vida aunque seáis culpables”.  
La ferocidad del decreto anticipó lo que ocurriría durante los siete años siguientes en la Capitanía General de Venezuela. Finalmente, Bolívar y el general español Pablo Morillo firmaron el 27 de noviembre de 1820  un Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra, en Santa Ana, estado Trujillo. (¡Salud, trujillanos!), poniendo fin a la guerra de exterminio.  
Bolívar pasó a segundo plano en Los años de la guerra a muerte, y su sitio fue ocupado por su primo, José Félix Ribas, un excelente militar de gran coraje. Eso me obligó a buscar dos personajes secundarios que pudieran ocupar el centro del escenario. Uno de ellos es el pintor Eusebio. Está inspirado en un dibujante que conocí cuando era director del suplemento cultural del periódico Últimas Noticias, de Caracas. Nunca tropecé con un dibujante igual. No hacía croquis, simplemente tomaba un plumín, lo mojaba en un frasco de tinta china, y creaba impresionantes imágenes labradas como joyas.
En la novela, Eusebio recibe órdenes de Ribas de pintar batallas. En uno de los cuadros, registra, sin saberlo, la muerte a lanzazos de José Tomás Boves, el formidable caudillo español que enfrentó a los patriotas y creó una democracia bárbara. La mayoría de los venezolanos siguieron sus banderas, luego que los patriotas cometieron el desatino de transfigurar las monedas de oro y plata en papel moneda que no valía ni la hoja en que estaba impreso. Seguían en ese sentido, la costumbre de los revolucionarios franceses, quienes convirtieron el dinero contante y sonante en asignados. Y lograron los mismos resultados: empobrecer a la población. Por cierto, Ribas era un gran admirador de la Gran Revolución, y en su cabeza solía encasquetar un gorro frigio. 
Una vez los españoles capturaron y decapitaron a Ribas, el dibujante Eusebio hizo un bosquejo de la cabeza del general patriota, que tras ser cocinada, quedó depositada en un plato, y rodeada de legumbres, como si se hubiera tratado de una vianda. Esa cabeza tuvo más vida que su poseedor. Finalmente, los españoles la introdujeron en una pequeña jaula, y la colgaron, creo que de un farol, cerca de la residencia de los Ribas, para que su esposa, al despertar, observara el deteriorado rostro de su marido. Eso se prolongó algunos años.  
El segundo personaje secundario/central, El hombre de hielo, fue una total invención, aunque se basó en Frederic Tudor, un increíble personaje, un empresario de Boston y un fanático religioso, que logró concretar su sueño de vender hielo en los trópicos. Lo descubrí en el libro The Frozen-Water Trade, de Gavin Weightman, que es realmente una joya. Además de su inusitada información, está muy bien escrito. 
Si Eusebio es el personaje encargado de preservar en el lienzo episodios históricos, el hombre de hielo es el encargado de preservar cabezas cortadas. Cuando el Diablo Briceño intenta demostrar a los realistas que su decreto de guerra a muerte no es una balandronada, ordena decapitar a dos pacíficos ancianos españoles, y envía una de las cabezas a Bolívar, y la otra a un coronel colombiano. El primer párrafo de una de las cartas estaba escrito con la sangre de uno de los ejecutados. Todo ese horrendo episodio, precisamente documentado, tuvo como corolario final que Bolívar ordenara la destitución de Briceño, y que la esposa del Diablo le enviara a su cónyuge una carta donde consideraba ese episodio de gran guiñol como una simple travesura.
Y fue ahí donde pedí ayuda al hombre de hielo. Pues las cabezas de los ancianos españoles demoraron varios días en llegar a sus destinatarios. Y su transporte, en un clima tropical, implicaba la veloz descomposición de la carne. El hombre de hielo cumplió con su cometido, y logró preservar las cabezas hasta que llegaron a los despachos de los jefes patriotas.

LA LÓGICA DEL TRAMPOSO

La mancha temática de Los años de la guerra a muerte es la suerte. Y una de las maneras de encarnarla, es en los juegos de azar. En la época en que transcurre la novela hubo una súbita proliferación de casinos, y de lugares donde los exclusivos protagonistas eran los naipes. Las guerras napoleónicas, y su repercusión en América Latina —en cierto modo, Napoleón fue el gran partero de nuestra historia, tras secuestrar en Bayona a los monarcas españoles, al príncipe heredero Fernando de Asturias, y al valido Manuel Godoy— permitieron transportar los juegos de azar en las faltriqueras de oficiales y suboficiales. Tras el ajetreo de las batallas, los militares se morían de aburrimiento. Aparte de los escasos prostíbulos, las diversiones eran exiguas. De allí la proliferación del juego de azar.   
En el Memorial de Santa Helena, Napoleón criticaba el juego de naipes. Decía que “todos los jugadores pierden su estima ante mis ojos”. Hay sin embargo una anécdota, capaz de explicar los vínculos entre el general de fortuna y el juego de azar. De acuerdo a una de las versiones, cuando Napoleón preparaba la campaña de Italia, en 1796, envió a su lugarteniente, el general Jean-Andoche Junot, con el dinero que había recolectado, para que lo apostara en un casino. Cuando Junot retornó de la casa de juego con buenas ganancias, Napoleón le dijo que era insuficiente y lo envió otra vez a jugar y en esa oportunidad, volvió a multiplicar el dinero. Eso demostraba que era un afortunado líder. De esa manera incrementó la apuesta y el riesgo, como lo hizo muchas veces en el campo de batalla, hasta Waterloo.
En La Condición Humana, de André Malraux, el traficante de armas Clappique juega a las cartas el destino de los revolucionarios. Es el único que puede avisar a los comunistas sobre la inminencia de una salvaje represión. Pero Clappique,  clavado a su silla, derrocha en la mesa de ruleta las vidas de los revolucionarios. Pues el juego de azar es siempre asocial. No hay ley alguna que pueda imponerle normas. Cada jugador sólo puede triunfar si los demás pierden.
Ese aspecto del desafío hizo que dedicara varias páginas de la novela al juego de azar. Además, visitaba territorio seguro. Tenía los ejemplos de La piel de zapa, de Balzac, y su maravilloso comienzo, y de El jugador, de Dostoievski.
Bolívar, aunque abominaba de los naipes, solía jugar en ocasiones para matar el aburrimiento. José Félix Ribas era un fervoroso apostador, al igual que varios de sus compañeros de juerga y de revolución. En su biografía de Ribas, Juan Vicente González dice que “Para entretener la juventud ociosa de Caracas y dar pábulo a su imaginación inquieta, amiga de novedades y peligrosas empresas Vasconcelos”, otro de los patriotas de esa época, “la reunió en su casa e hizo nacer el amor al juego en el espíritu de los principales mancebos”. 
José Antonio Páez, quizás el padre fundador de Venezuela, era otro fervoroso apostador. En el Diario de Bucaramanga, Bolívar le sugirió a su autor, Perú de Lacroix, que esa pasión por el juego llevó a Páez a ordenar el asesinato del general francés Serviez. 
“Como el Libertador había hablado un poco antes del general francés Serviez, le pregunté qué había de cierto sobre su muerte", narró Perú de Lacroix. "El Libertador me respondió que todas las sospechas cayeron sobre el general Páez. La rivalidad de éste para con Serviez era grande y su enemistad también; sus méritos le ofuscaban y codiciaba su dinero. Lo cierto es que para esa época Páez estaba sin dinero y poco días después del asesinato y muerte de Serviez le vieron muchas onzas de oro en el juego”. Por supuesto, para cubrirse las espaldas, Bolívar añadía a continuación: “Es tan horrendo y tan atroz el crimen que mi espíritu rechaza las vehementes sospechas que existen todavía sobre el general Páez”.
Jugar a las cartas podía también definir un compromiso político. Antes de la Revolución Francesa, los rostros que engalanaban los naipes eran de reyes y reinas. Cuando tras la revolución muchos aristócratas comenzaron a atisbar la eternidad a través de la ventana nacional de la guillotina, los reyes comenzaron a trocar sus cabezas por las de genios: el Genio de la Guerra, el Genio de la Paz, el Genio de las Artes, o del Comercio. Las reinas se transmutaron en Libertades, o en Virtudes, y los sirvientes en Igualdades. Borrados quedaron los signos de la realeza: coronas, flores de lis, y blasones heráldicos. (The History of Playing Cards, Edited by Ed. S. Taylor and others. Charles E. Tuttle Company. 1973). 
¿Jugaban nuestros héroes con barajas españolas o francesas? Es difícil pensar a Ribas, al Diablo Briceño, a Miranda, sobando cartas en que aparecían la sota de bastos, o el dos de oro. En cambio es tentador concebir al acomodaticio Marqués de Casa León como un comodín de naipes, factible de adquirir su valor absorbiendo los atributos de la persona con que se vinculaba. ¿Qué rostro adquiría Casa León al servir a Miranda o a Bolívar? ¿Con qué apariencia se presentaba ante Boves? 
Si las cartas de azar son el azar total, que decide destinos de manera imparcial  ¿no será la tarea del tramposo el imponerle normas, trabando así sus engranajes mediante una carta marcada, o una bolilla cargada en una ruleta? ¿No será la lógica del tramposo el equivalente, a nivel de la macronomía, del dumping, de los subsidios a la producción, del monopolio y de otros equivalentes usados por el gran capital para imponer su voluntad?
¿Era el marqués de Casa León un excepcional tramposo, que sabía cómo barajar las cartas para caer siempre parado? ¿Era un protagonista diabólico, o una baraja más en una enorme apuesta que en 20 años de guerras intestinas despilfarró millares de vidas? ¿Supo apostar Bolívar a ese juego mejor que ninguno? ¿Fue la guerra a muerte su apuesta máxima? Basta recordar que esa guerra a muerte se disputó siempre con el mismo mazo de naipes. Las tropas que primero sirvieron a las órdenes de Boves actuaron posteriormente, con la misma valentía y salvajismo, a las órdenes de Páez.
Y al final el Libertador, un gran apostador que era reacio a jugar, tropezó con la dura realidad. En el juego de la política su influencia terminó siendo tan imperceptible como, según él mismo expresó, la de ese “loco griego que pretendía desde una roca dirigir los buques que navegaban alrededor”.
Casi doscientos años después, en Venezuela, otros apostadores siguen arriesgando el destino del país intentando dirigir, desde una roca, los buques que navegan alrededor, usando la vociferante ingenuidad de quien cree haber encontrado un método infalible para ganar en la ruleta. 
La mancha temática del juego del azar sigue teniendo vigencia, y creo que también sus consecuencias. Es una grata ilusión pensar que un país es dueño de su destino cuando su destino se juega, en realidad, con grandes capitales, en las grandes capitales, aunque allí también suele imperar la lógica del tramposo. 


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