miércoles, 2 de julio de 2014

Ángel Rama: volver a vivir



Mario Szichman


En la vida prefiero el orden cronológico, aunque es un pecado mortal en la narrativa. Gracias a mi querida y talentosa amiga Alicia Migdal, he recibido un video, grabado en 1983, donde entrevisté a un ser humano de enorme calidez, modestia y fragilidad, llamado Ángel Rama. Pueden ver el video de la entrevista en el siguiente enlace: 

https://www.youtube.com/watch?v=XmDCiJVEtcE

Conocí a Ángel a través de una polémica. Era tan generoso, que en vez de mandarme al demonio se hizo mi amigo, mi mentor, el promotor de mis novelas. Lo conocí en Venezuela, cuando él estaba exiliado de la dictadura militar uruguaya. (¿Sería del gobierno de José María Bordaberry?) En esa época solía pelearme con media humanidad. Escribí dos libros de ensayo, en uno de ellos critiqué a Miguel Otero Silva, el dueño del periódico El Nacional de Caracas, quien quería ser novelista y escribió varios libros para demostrar lo contrario. Luego arremetí contra Arturo Uslar Pietri, aunque con el autor de Las lanzas coloradas fui injusto de manera abundante.  
Creo que Ángel reivindicó mi furia, muchas veces injusta, señalando en su diario personal: “Desde que publico un artículo cada domingo, en (el diario) El Universal, el silencio en torno mío. Para el medio intelectual es el leprosario, del cual se tiene noticia pero no se habla. Comprendo el frenesí de Szichman, que lo lleva al ataque: en él siente que existe”. En esa época me gustaba un lema de Bertolt Brecht: “Los puñetazos son mejores que el aburrimiento, porque el aburrimiento es lo peor de todo”. (Por cierto, a veces otros intelectuales ayudan a enderezar las cargas. El profesor Luis Javier Hernández Carmona escribió un espléndido libro sobre Uslar Pietri, con sagaces insights sobre una de las mejores novelas de la literatura latinoamericana y los senderos que ha abierto a los nuevos escritores).  
Volvimos a encontrarnos con Ángel Rama en Nueva York. Él había sido contratado como profesor por la universidad de Maryland, yo llegué a la ciudad en 1980, tras ganar un premio literario que nos permitió a Laura Corbalán, mi esposa, y a mí, pagar los pasajes y lo que pensamos sería una corta estadía. Para Ángel Rama y su esposa, la escritora Marta Traba, no era una buena época. Creo que el escritor cubano Reynaldo Arenas le montó a Rama una campaña acusándolo de comunista. Fue una campaña eficaz, porque el departamento de Estado le negó la renovación de la visa a Ángel, y éste se vio obligado a liar nuevamente sus bártulos. Por suerte, el estado francés lo recibió con los brazos abiertos. Lamentablemente, el estado francés lo recibió con los brazos abiertos, y su destino fue trágico.  
El primer encuentro con Ángel Rama en Nueva York estaba relacionado con su situación personal. En esa época yo trabajaba para la agencia noticiosa United Press International, y le propuse a uno de sus jefes entrevistar a Ángel para que ofreciera su opinión sobre la campaña (infame) que le había montado Reynaldo Arenas. Ángel habló con muchísimo respeto de Arenas, y usó una blanda ironía para rechazar los inexistentes cargos.
El segundo encuentro fue mucho más grato. Frank Janney, el dueño de Ediciones del Norte, donde publicaron A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad, mi novela galardonada (lean la segunda versión, la editada por Carmen Virginia Carrillo, pues es muy superior) invitó a Ángel Rama a que inaugurara una serie de videos sobre literatura y arte. La grabación se hizo en un espléndido apartamento de Brooklyn Heights, y la calidad humana y profesional de Ángel Rama está visible en esa hora de grabación. Es una clase magistral, ofrecida por un hombre que no solo amaba la literatura, sino que activaba el amor a la literatura en alumnos y en colegas. Y en el ambiente intelectual, créanme, esos seres son minoría. La casta intelectual tiene tendencia a los grandes silencios y a privar de oxígeno las habitaciones por donde circula. La admonición es su fuerte, así como las palabras definitivas. Pero Ángel Rama era un gran conversador que incitaba a la conversación y cargaba de ideas a su interlocutor.  Nunca abandoné una reunión de esas que tenía con él, sin la mente llena de proyectos. Era un feliz privilegio ser su amigo.
Como decía al comienzo, en la vida prefiero el orden cronológico, aunque es un pecado mortal en la narrativa. Me encanta recordar la época en que Alicia Migdal y yo éramos jóvenes y prácticamente indocumentados en Caracas. Alicia, otra exiliada de Uruguay, era gran amiga de Ángel (ambos trabajaban en ese ejemplo editorial que era La Biblioteca Ayacucho). Ella es, además, de esas personas que se convierte en amiga para siempre. Es una gran escritora, con una carrera floreciente. Tal vez nuestro trato es infrecuente, pero somos amigos del alma.
Fue Alicia la encargada de hacer retroceder el tiempo 30 años enviándome  el video que grabamos con Ángel Rama. En el video observo un Ángel muy reconocible,  joven, encantador, sabio, y a un Mario Szichman cuyos rasgos no reconozco, y en cuya voz y gestos  me identifico con dificultad.  
Si prefiero el orden cronológico es porque ese video de hace tres décadas llegó después de una noticia de casi tres décadas. Tras la entrevista que le hice a Ángel Rama en Brooklyn Heights, la UPI decidió mudar su sede central a Washington, D. C. Recuerdo que estábamos con Laura en un hotel del downtown de Washington, un 27 de noviembre de 1983, cuando Frank Janney me llamó por teléfono para decirme que Ángel y Marta habían fallecido en un accidente de aviación en el aeropuerto madrileño de Barajas, junto con el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, y con el novelista peruano Manuel Scorza. Todos ellos se dirigían de París a Colombia para asistir a una conferencia internacional de escritores latinoamericanos.  Me pregunto cuál hubiera sido el destino de Ángel Rama de no ser por la campaña de difamación de Reynaldo Arenas.
Luego de tres décadas, un Ángel Rama en la plenitud de su talento vuelve a cautivar a las nuevas generaciones. Lo escucho con admiración y con agradecimiento. Ángel no ha envejecido  en sus propuestas o en su inteligencia, en su sonrisa, en su sentido del humor. De todas maneras, si pudiese ser propietario de la cronología, le depararía otro destino y, especialmente, enemigos más amables.


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