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sábado, 24 de marzo de 2018

"Really, babe, I don´t care!"


Mario Szichman


El filme noir se ha ido decantando en las últimas décadas. Al principio, era una técnica barata de Hollywood para conseguir espectadores. Entre las décadas del treinta y del cincuenta del pasado siglo, los cines debían presentar carteleras de tres filmes para atraer al público. El filme más importante era el más costoso. Cuando se generalizó el tecnicolor, era el único en que hombres y mujeres lucían tonalidades naturales, y donde abundaban los paisajes.
El resto de la cartelera consistía de dos filmes en blanco y negro, hechos con medios baratos, y con actores y actrices que comenzaban siendo de segunda fila, y terminaban desplazando a los galanes más recios, y a las femmes fatales más famosas. Es difícil creer que actores como Humphrey Bogart, Robert Mitchum o Dana Andrews tuvieron que pujar décadas antes de llegar al estrellato. O que actrices como Barbara Stanwyck o Joan Crawford, eran rutinariamente miscasts, colocadas en roles donde no podían lucir su real talento. Pero, en base a perseverancia, y en ocasiones a simple suerte, lograron emerger y convertirse en deidades del cine.

LA INDUSTRIA DE LA NOSTALGIA

Hollywood todo lo recupera, lo peor y lo mejor de su herencia histórica. En la categoría de “es un filme tan malo que hasta parece bueno”, figura Plan 9 from Outer Space.
En su libro The Golden Turkey Awards, los autores Harry Medved y Michael Medved, le otorgaron el galardón a “la peor película jamás filmada”. Inclusive uno de los protagonistas, Bela Lugosi, el célebre interprete de Drácula, había fallecido tres años antes de la filmación. Pero el director, Ed Wood, contaba con secuencias de Lugosi apareciendo en otro filme que nunca fue finalizado, y las aprovechó para insertarlas en la película. Nadie puede dudar que Lugosi es un visitante del más allá.
Por supuesto, ahora, Plan 9 from Outer Space, se ha convertido en una película de culto, y cada una de sus exhibiciones cuentan con un lleno completo.
Otra secuela de ese culto a los filmes de épocas anteriores, es la resurgencia de los policiales de la década de los cuarenta. No solo tienen el atractivo de que son realmente obras maestras, sino que sus comentaristas disfrutan informando al público de sus hallazgos.  exclusivamente para escuchar los comentarios que formulan expertos en filme noir. Algunos, como Eddie Muller, se han convertido en celebridades. Y aunque muchos espectadores se sienten frustrados con las sugerencias de Muller, siguen alquilando las películas exclusivamente para deleitarse con su información.

RIVALIDADES

Inclusive se han formado dos bandos, los adictos a Eddie y quienes prefieren a sus rivales, como James Ursini y Alan Silver. Pero tanto Ursini como Silver tienen un serio hándicap: son académicos y condescendientes. Eddie, en cambio, es un fanático más. Se encarga de transportarnos al momento de la filmación, y nos muestra que en muchas ocasiones, los defectos de actores y actrices se han convertido en sus mejores cualidades.

Humphrey Bogart


Humphrey Bogart hablaba con un ceceo, y sus mandíbulas parecían selladas. Eso instilaba amenaza hasta en sus gestos más amables.   Esa forma de hablar no fue producto del entrenamiento de un coach, sino resultado de una lesión en la boca. Bogart contó al actor David Niven que en su niñez estaba jugando en el jardín de su casa, y se cayó. Una astilla de madera se le clavó en el labio inferior. “El maldito médico cosió mal la herida”, dijo Bogart a Niven.
Cuando finalmente Bogart comenzó a actuar en el cine, decidió usar el defecto de sus labios como un atributo. Para eso contrató a un experto en locución a fin de acentuar algunas particularidades de esa extraña manera de hablar. Eso incluía tonos nasales, gruñidos, arrastrar de palabras y malignas sonrisas.
Algo similar ocurrió con Jane Greer, una actriz que puede barrer el piso con todas las femmes fatales de  Hollywood. Y estamos hablando de Hollywood, donde las femmes fatales eran una mejor que otra y podían conseguirse, como suelen decir en estas tierras, A dime a dozen.
¿Quién puede olvidar a Barbara Stanwyck descendiendo de una escalera y exhibiendo una ajorca en su tobillo izquierdo en Double Indemnity, en su primer encuentro con un agente de seguros interpretado por Fred McMurray? ¿O a Rita Hayworth cantando en Gilda Put the Blame on Mame mientras inicia el más famoso striptease de la historia simplemente quitándose un largo guante? ¿O a la británica Jean Gillie en Decoy? (Ella era la única que podría haber competido con Jane Greer, pero lamentablemente, falleció a los 33 años, de neumonía).

     Buena parte del encanto de Greer, informa Mueller, era producto de una parálisis facial que sufrió a los 15 años de edad y que le afectó la parte izquierda del rostro. La actriz logró recuperarse parcialmente de esa parálisis. Pero quedaron trazos en su rostro, entre ellos, una mirada burlona y una enigmática expresión. La publicidad de la productora RKO decía que Greer era “una mujer con la sonrisa de la Mona Lisa”.

ENCUENTROS QUE MATAN

Cuando la mujer con la sonrisa de la Mona Lisa chocó con un galán conocido como Robert Mitchum, se creó la más perfecta pareja del filme noir en Out of the Past.
Mitchum, cuyos adormilados ojos y su total desprecio por el género humano han hecho olvidar la gama de sus actuaciones y su talento interpretativo, ya había demostrado previamente el abismo en que podía hundir su maldad. En otra obra maestra, The Night of the Hunter, dirigida por el actor Charles Laughton, Mitchum se hacía pasar por un predicador, con el propósito de robar la fortuna de una viuda. Su trademark está en los nudillos de sus manos, donde ha escrito respectivamente Good y Evil.
  Pero Out of the Past es algo muy diferente a The Night of the Hunter. Lo curioso del caso, señala el crítico Mueller, es que la segunda parte de Out of the Past es totalmente incomprensible, aunque sigue siendo una obra maestra. Mitchum interpreta a un detective contratado por un mafioso (Kirk Douglas) para que encuentre a su novia (Jane Greer), quien le ha robado 40.000 dólares.
El protagonista sigue la pista a la fugitiva hasta México, y a los diez minutos de conocerla ya está perdidamente enamorado de ella.  En la escena más famosa del filme, Jane Greer le confiesa al detective con mucha paciencia todo lo mala que ha sido. Pero a Mitchum le importa un comino su prontuario policial. Su única intención es poseerla. Y es entonces cuando enuncia su famosa frase: Really, babe, I don´t care, y se abalanza sobre ella.
El  doctor  Pangloss  decía en  el Cándido de  Voltaire que  todas las tribulaciones del  ser humano provienen del amor, “el  confort de la especie humana, el protector del  universo, el  alma  de todas las  cosas  sensibles.  El  amor,  el  tierno  amor”. 
En  los  casos   del doctor Pangloss y de su discípulo Cándido, el  corolario del amor es devastador.  Pangloss   termina con   una   enfermedad venérea, y Cándido  es expulsado del paraíso. Tras recibir un inocente beso de la virginal Cunegunda, el padre de su amada lo echa a Cándido de su castillo a patadas en el trasero.

LA MEDICINA PROHIBIDA

Mitchum   recibe   de   su   amante   una   dosis   similar   de escarmientos. Para el  crítico Mueller, y otros especialistas en filme noir, toda la trama de esas  películas es  muy  simple: A good fuck (digamos, con cierta timidez, una buena noche de amor) tiene como secuela una inmersión en el  infierno.  En realidad,  el  film  noir  parece  tan antiguo  como  esas   morality  plays   de   la   Edad  Media   donde coexisten la carne, el diablo y la muerte. 
Si  uno observa  Out of the Past,   verá que todas esas premisas se  cumplen. Pero si vuelve a  contemplar la película acompañado  por  el  crítico Mueller,  es  como  si  tragedia  fuese secundada por la  ironía.
Mueller permite cierto distanciamiento. Especialmente cuando intenta desmenuzar ese  galimatías  de  la segunda parte.
Hay algo más en Mueller: es un creador. Nunca pensé que un simple comentarista de cine podía brindar tantos luminosos consejos. Y para ello, siguiendo las acotaciones de Mueller, es preferible ver un mal filme noir  que   otro bueno. 

Robert Mitchum y Jane Greer  

Una  de  las  películas más  solicitadas  en  Netflix es The Racket, también con Robert Mitchum y otro fenomenal actor, Robert Ryan, además de esa olvidada femme fatale que era Liz Scott. La película no es buena, pero vale la pena simplemente por los comentarios de Mueller.
Como dice uno de sus admiradores: “The Racket me aburrió terriblemente durante la primera mitad. La trama es complicada  y carece de foco. Luego, decidí ver el  resto de  la   película escuchando los comentarios de Mueller. La película se transformó totalmente”.
Tal vez ha surgido un  nuevo género  en  Hollywood:  la   película  escoltada por el  voice over de un excelente crítico.
Esos críticos empiezan a tener influencia en  los  espectadores. Hasta que tropecé con algunos de ellos, compartía el criterio de Woody Allen. Creía que Humphrey Bogart era el mejor actor de filme noir, y que Casablanca era su  mejor expresión. Ahora, he cambiado  de criterio.
Así como Raymond Chandler o Dashiell Hammett me dejan decepcionado tras comparar sus textos con inclusive, la  peor novela de Jim Thompson, Robert  Mitchum es  la máxima expresión de un galán recio. Sólo White Heat, interpretado por James Cagney, puede equipararse a Out of the Past.  

Ingrid Bergman y Cary Grant

No vamos  a  disminuir  los  méritos de Bogart, o la luminosa presencia de Ingrid Bergman en Casablanca, pero si el lector tiene ocasión de ver los dos filmes, descubrirá la distancia emocional entre ambos.
No podemos imaginar a otra figura que no sea Robert Mitchum gritándole a Jane Greer “Really, babe, I don´t care!” mientras arroja por la borda su decencia y su honradez, con tal de abrazar a la mujer.
Tampoco podemos imaginar otra femme fatale como Jane Greer, capaz de recibir en su cuerpo tanta desbordada lujuria.
Sí, cuando se tropieza con esa clase de mujer, sólo una frase puede emerger de los labios: “¡Really, Babe, I don´t care!”


[i] ¡Realmente, querida, me importa un bledo!


martes, 23 de agosto de 2016

The Poison Artist. Una novela con la atmósfera y la calidad de un film noir


Mario Szichman



A veces todo un género, literario, teatral, o cinematográfico, surge de la carencia. El neorrealismo italiano,  con esos rostros inolvidables, esas callejuelas que parecen conducir al Monte Calvario, y esos conflictos que comparten el mundo de la picaresca y de la tragedia griega, es resultado de una guerra devastadora, y del apremio de hacer de la necesidad, virtud. Basta mencionar la película Ladrón de bicicletas, un ícono del cine italiano, que ni siquiera contó con intérpretes profesionales –aunque eso sí, fue dirigida por Vittorio de Sica. 
Detour (1945) una joya del film noir norteamericano, está repleto de incoherencias y errores de cámara. Ha sido analizado hasta la última escena. Roger Ebert, un excelente crítico, dijo que la película “está tan llena de imperfecciones, que impediría a su director ser aprobado en una escuela de cine”. (Afortunadamente, el director fue Edgar G. Ulmer, asistente del gran F.W. Murnau en dos clásicos del cine mudo: The Last Laugh y Sunrise). El filme fue rodado en seis días. Sus protagonistas, dijo Ebert, “son un hombre que solo sabe poner mala cara, y una mujer que se burla de todo”. Y sin embargo, “sigue vigente,  inquietante, escalofriante, como la verdadera encarnación del alma condenada de todo film noir. Nadie que lo ha visto puede olvidarlo”. 
Es tan doloroso ver al protagonista (Tom Neal), caer en las garras de una mujer fatal, (Ann Savage), que varios críticos alegaron que la película era la descripción de una pesadilla.
Por cierto, para Ebert, la gran diferencia entre el policial norteamericano y el film noir es que los malos de las películas policiales “saben que son malos, y desean serlo, en tanto el héroe del noir piensa que es un buen tipo emboscado por la vida”. 

Jonathan Moore


The Poison Artist, la primera novela de Jonathan Moore, recuerda mucho la escenografía del film noir, y al protagonista de esas películas. Abunda en sombríos edificios envueltos en la bruma, en este caso, la de San Francisco.  (La niebla era uno de los recursos favoritos en los policiales de la década del cuarenta. Permitía diluir las imperfecciones de los decorados). En cuanto al protagonista, Caleb Maddox, está seguro de que es una buena persona, y que la vida le ha tendido una serie de trampas.
Los personajes del policial suelen ser de dos dimensiones. Detectives como el Sam Spade de Dashiell Hammett, aunque a veces recorren la ley caminando por la cuerda floja, no la transgreden. Pero Maddox, el toxicólogo de The Poison Artist, no pertenece a esa estirpe. Como es el protagonista, el lector apuesta por su integridad moral. Pero, como es al mismo tiempo the fall guy, típico del noir, parece ser habitante y ejecutor de sus pesadillas.
Ya la primera escena marca el tono de la narración. Caleb retorna a su apartamento, se dirige al baño, y observa su frente. “Aunque en la parte trasera del taxi logró frenar la hemorragia”, todavía quedaban “diminutos fragmentos de vidrio alojados bajo la piel, debido al vaso que ella le arrojó”.  Se trata de un vaso de buen cristal, “quizás Murano”. Bridget, su amante, una artista plástica, parece la encarnación de un sueño. Y de repente, tras oír algunas frases que Caleb dijo en el taxi, se enfurece hasta perder los estribos.
Poco más adelante, Caleb recuerda que apenas comenzó a salir con Bridget, ella hirió su pie mientras caminaban en el Golden Gate Park de San Francisco. La mujer se lastimó con un trozo de vidrio, un preludio a la ruptura con el toxicólogo. Como comentario al margen, Bridget se limita a decir: “realmente no me gusta la sangre”.
Y de esa manera, el novelista va instalando, por cuentagotas, las principales claves del misterio. Bridget apuesta a prolongarse en la siguiente generación. Caleb huye de su herencia simbólica.
La sangre desempeña un rol importante en The Poison Artist, pues el protagonista ha recibido de su padre un legado criminal.
Si de influencias se trata, Moore ha revisado de manera minuciosa bastantes novelas y películas de horror. Hay sugerencias  que Maddox es una especie de doctor Frankenstein –el médico, no el monstruo que le usurpó el título. Al igual que Frankenstein, Maddox usa su profesión con fines encubiertos. Su principal investigación se concentra en el análisis de la capacidad del ser humano para enfrentar el dolor. Aunque cuenta con equipos más sofisticados que el del científico loco, sus objetivos son similares.
Un día, un buen amigo y protector, que es además médico forense de la ciudad de San Francisco, le pide a Maddox que lo asista, de manera extraoficial, en una pesquisa. Varios cadáveres han sido encontrados en la bahía. No hay conexión alguna entre ellos, y las causas de las muertes resultan inexplicables. Casi tan enigmáticas como la reticencia de Maddox para intervenir en la averiguación.
Y aquí, nuevamente, hay que volver a Detour, y mencionar también el estilo narrativo de Moore. Es obvio que Caleb Maddox, como el antihéroe de Detour, se está hundiendo en la locura. Por un lado, es brillante en sus análisis. Hay una escena en que explica a su amigo, el médico forense, las causas de muerte de uno de los hombres hallados en la bahía de San Francisco donde combina una prosa sencilla con una sabia descripción de síntomas y probables causas. Que un lego pueda leer hipnotizado la explicación de cómo actúan diferentes componentes del organismo en un caso de infección, demuestra la calidad del narrador. Pues el instrumental ha dejado de ser el escalpelo y algunas substancias conservadas en tubos de ensayo, y reemplazado por espectrógrafos, computadoras, y elementos químicos muy sofisticados.
Moore sabe combinar muy bien diálogos y descripciones. Los diálogos son escuetos, y como suelen decir en estos lares, right to the point. Y las descripciones tienen la nitidez de una fotografía, ya se trate de mostrar la forma de caminar de una persona, o la manera en que se rompe el parabrisas de un patrullero policial cuando choca contra un obstáculo.
Armonizar los métodos del policial con los de la novela de horror suele ser un ejercicio en desencantos. Pero Moore lo consigue al transitar el territorio del suspenso. Un ejemplo: la primera escena, en que la amante de Caleb le arroja un vaso de cristal de Murano contra su rostro, es una de las claves de la novela. Otra clave es la visita de Caleb a un bar, donde conoce – ¿o reconoce?—a Emmeline, enteramente surgida de un film noir de la década del cuarenta.
Finalmente, Caleb Maddox tropieza con la justicia, encarnada en dos policías, que desean interrogarlo sobre uno de los cadáveres hallado en la bahía. El hombre ha sido visto por última vez en un bar, mientras Caleb se hallaba en el lugar. El protagonista se convierte en una “persona de interés” para los detectives.
Es obvio que Caleb tiene una vinculación directa con el caso, a través de sus labores como toxicólogo y de sus indagaciones sobre los umbrales del dolor. Moore nos muestra cómo Caleb empieza a ocultar datos y a mentirle a la policía.
La pesadilla se instala en la vida de Caleb, con ayuda de la bella y misteriosa Emmeline, quien lo induce a beber ajenjo, el mítico licor verde de poetas y pintores, considerado más peligroso y adictivo que muchas drogas, y prohibido durante muchos años en Europa y en los Estados Unidos. (Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Henri de Toulouse-Lautrec, Amedeo Modigliani, Pablo Picasso, Vincent van Gogh, Marcel Proust y Edgar Allan Poe, eran fanáticos de ese licor).
Quizás lo más fascinante de The Poison Artist es cómo, desde la tercera persona, Moore logra contar la historia usando el exclusivo punto de vista de Caleb Maddox. El lector solo se va a enterando paso a paso de su cambiante personalidad. Aunque desea creer en él, siente, al mismo tiempo, que requiere distanciarse de sus obsesiones. Hay algo en Caleb, que discrepa con la visión que tiene de sí mismo. Quizás desde la primera persona, hubiera sido difícil explicar esa mente escindida.
El mundo irreal de Caleb Maddox tiene la cualidad de la pesadilla. Y las pesadillas son siempre más reales que los sueños. Como señalaba Ernest Jones en su libro The Nightmare, no hay nadie que se suicide debido a un mal sueño, pero hay casos en que una persona decide acabar con su vida a raíz de una recurrente pesadilla.
Maddox ha logrado, durante parte de su vida, mantener el ayer alejado de su vida. Pero con Emmeline, ese ayer regresa, lo persigue, no lo deja en paz. Y además, es eterno.
Víctima y victimario de su pasado, Caleb recuerda, en ciertos aspectos, al protagonista de otro gran clásico de la literatura de horror: Doctor Jekyll and Mr. Hyde. Eso no disminuye la calidad de The Poison Artist. Después de todo, no hay temas originales en la literatura; solo la experta combinación de algunos de ellos contribuye a rejuvenecer un género.  


domingo, 10 de noviembre de 2013

"Really, babe, I don´t care!"



Mario Szichman

“Really, babe, I don´t care!”[i]



     En esta época, uno de mis pasatiempos favoritos es alquilar películas policiales de la década de los cuarenta exclusivamente para escuchar los comentarios que formulan expertos en film noir. Algunos, como Eddie Muller, se han convertido en celebridades. Muchos espectadores se sienten frustrados con las sugerencias de Muller, pero siguen alquilando las películas exclusivamente para deleitarse con su información.

    Inclusive se han formado dos bandos, los adictos a Eddie y quienes prefieren a sus rivales, como James Ursini y Alan Silver. Pero tanto Ursini como Silver tienen un serio hándicap, que yo comparto con muchos “fans” de Eddie: son académicos y condescendientes. El encanto de Eddie es que nos transporta al momento de la filmación, y nos muestra que en muchas ocasiones, los defectos de actores y actrices se han convertido en sus mejores cualidades. Humphrey Bogart  hablaba con un ceceo, y sus mandíbulas parecían selladas. Y eso instilaba amenaza hasta en sus gestos más amables.   
     Esa forma de hablar fue resultado de una lesión en la boca. Bogart contó al actor David Niven que cuando era niño estaba jugando en el jardín de su casa, se cayó y una astilla de madera se le clavó en el labio inferior. “El maldito médico cosió mal la herida”, dijo Bogart a Niven.

     Cuando finalmente Bogart comenzó a actuar en el cine, decidió usar el defecto de sus labios como un atributo. Para eso contrató a un experto en locución a fin de acentuar algunas particularidades de esa extraña manera de hablar, como tonos nasales, gruñidos, arrastrar de palabras y malignas sonrisas.

     Algo similar ocurrió con Jane Greer, una actriz que puede barrer el piso con todas las femmes fatales de  Hollywood. Y estamos hablando de Hollywood, donde las femmes fatales eran una mejor que otra y se conseguían, como suelen decir en estas tierras, “A dime a dozen.” ¿Quién puede olvidar a Barbara Stanwyck descendiendo de una escalera y exhibiendo una ajorca en su tobillo izquierdo en Double Indemnity, en su primer encuentro con un agente de seguros interpretado por Fred McMurray? ¿O a Rita Hayworth cantando en Gilda “Put the Blame on Mame” mientras inicia el más famoso striptease de la historia simplemente quitándose un largo guante? ¿O a la británica Jean Gillie en Decoy? (Ella era la única que podría haber competido con Jane Greer, pero lamentablemente, falleció a los 33 años, de neumonía).

     Buena parte del encanto de Greer, informa Mueller, era producto de una parálisis facial que sufrió a los 15 años de edad y que le afectó la parte izquierda del rostro. La actriz logró recuperarse parcialmente de esa parálisis. Pero quedaron trazos en su rostro, entre ellos, una mirada burlona y una enigmática expresión. La publicidad de la productora RKO decía que Greer era “una mujer con la sonrisa de la Mona Lisa”.

     Cuando la mujer con la sonrisa de la Mona Lisa chocó con un galán conocido como Robert Mitchum, se creó la más perfecta pareja del film noir en Out of the Past. Fue la unión del hambre con las ganas de comer. Mitchum, cuyos adormilados ojos y su total desprecio por el género humano han hecho olvidar a veces la gama de sus actuaciones y su talento interpretativo, ya había demostrado previamente el abismo en que podía hundir su maldad. En otra obra maestra, The Night of the Hunter, Mitchum se hace pasar por un predicador, con el propósito de robar la fortuna de una viuda. Su trademark está en los nudillos de sus manos, donde ha escrito respectivamente Good y Evil.

     Pero Out of the Past es algo muy diferente a The Night of the Hunter. Lo curioso del caso, señala el crítico Mueller, es que la segunda parte de la película es totalmente incomprensible, aunque sigue siendo una obra maestra. Mitchum interpreta a un detective contratado por un mafioso para que encuentre a su novia (Jane Greer), quien le ha robado 40.000 dólares.

    El protagonista sigue la pista a la fugitiva hasta México, y a los diez minutos de conocerla ya está perdidamente enamorado de ella. En la escena más famosa del filme, Jane Greer le confiesa al detective con mucha paciencia todo lo mala que ha sido. Pero a Mitchum le importa un comino su prontuario policial. Su única intención es poseerla. Y es entonces cuando enuncia su famosa frase: “Really, babe, I don´t care”, y se abalanza sobre ella. 
     El  doctor  Pangloss  decía en  el Cándido de  Voltaire que  todas las tribulaciones del  ser humano provienen del amor, “el  confort de la especie humana, el protector del  universo, el  alma  de todas las  cosas  sensibles.  El  amor,  el  tierno  amor”.  En  los  casos   del doctor Pangloss y de su discípulo Cándido, el  corolario del amor es devastador.  Pangloss   termina  con   una   enfermedad  venérea,  y Cándido  es expulsado del paraíso. Tras recibir un inocente beso de la virginal Cunegunda, el padre de su amada lo echa de su castillo a patadas en el trasero. 

     Mitchum   recibe   de   su   amante   una   dosis   similar   de escarmientos. Para el  crítico Mueller, y otros especialistas en film noir, toda la trama de esas  películas noir es  muy  simple: A  good fuck (digamos, una buena noche de amor) tiene como secuela una inmersión  en  el    infierno.  En  realidad,  el  film  noir  parece  tan antiguo  como  esas   morality  plays   de   la   Edad  Media   donde coexisten la carne, el diablo y la muerte.  
   Si    uno    observa   Out   of   the   Past,   verá   que   todas   esas  premisas  se  cumplen.  Pero   si   vuelve   a  contemplar la película acompañado  por  el  crítico Mueller,  es  como  si  tragedia  fuese secundada por la  ironía. Mueller permite cierto distanciamiento. Especialmente cuando intenta desmenuzar  ese  galimatías  de  la segunda parte. 
     Hay algo más en Mueller: es un creador. Nunca pensé  que  un  simple comentarista de cine  podía  ser  tan  sabio. Y para  ello, es preferible ver un mal   film  noir   que   uno  bueno,   siguiendo  las acotaciones de Mueller.  
   Una  de  las  películas  más  solicitadas  en  Netflix es The Racket, también con Robert Mitchum y otro fenomenal actor, Robert Ryan, además de esa  gran femme fatale que era Liz Scott. La  película es un bodrio, pero  la  única manera  de enterarse de los comentarios de Mueller  es  alquilándola. Como  dice uno de   sus admiradores: “The Racket me aburrió terriblemente durante la primera mitad. La trama es  innecesariamente  complicada  y  carece  de  foco. Luego, afortunadamente,  vi  el   resto   de  la   película  acompañado   por Mueller”.  
    Tal vez ha surgido un  nuevo género  en  Hollywood:  la   película  escoltada  por el  voice over de  un excelente crítico. Y esos críticos empiezan a tener  una  influencia  en  los  espectadores. Hasta  que tropecé con algunos de ellos, compartía el criterio de Woody Allen. Creía que Humphrey Bogart era el mejor actor de film noir,  y  que Casablanca  era  su  expresión  máxima.  Ahora  he  cambiado  de criterio. 
     Así como Raymond Chandler o Dashiell Hammett me dejan decepcionado tras comparar sus textos  con,  inclusive, la  peor  novela  de  Jim Thompson, Robert  Mitchum es  para  mí  la  máxima expresión de un galán recio. Sólo White Heat, interpretado por James Cagney, puede equipararse a Out of the Past.   
     No vamos  a  disminuir  los  méritos de Bogart, o la luminosa presencia de Ingrid Bergman en Casablanca, pero si el lector tiene ocasión de ver los dos filmes, descubrirá la distancia emocional entre ambos. No podemos imaginar a otra figura que no sea Robert Mitchum gritándole a Jane Greer “Really, babe, I don´t care!” mientras arroja por la borda su decencia, su honradez y sus pantalones con tal de abrazar a la mujer. Tampoco podemos imaginar otra femme fatale como Jane Greer, capaz de recibir en su cuerpo tanta desbordada lujuria. Sí, cuando se tropieza con esa clase de mujer, sólo una frase puede emerger de los labios: ¡Really, Babe, I don´t care!



[i] Querida, ¡Realmente me importa un bledo!