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miércoles, 13 de diciembre de 2017

El mejor de los mundos posibles (Relato)

Mario Szichman

El fiscal argentino Alberto Nisman

El 18 de julio de 1994, un automóvil cargado de explosivos estalló frente a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires. El atentado dejó un saldo de 85 muertos y de 300 heridos. Versiones periodísticas que circularon en esa época, atribuyeron el atentado al gobierno de Irán.
Escribí este relato en abril de 1995, meses después de registrarse el ataque. Ahora, 22 años más tarde, el gobierno argentino acusa a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner de “traición a la patria” por haber presuntamente ayudado a  un “enemigo” del país: Irán, para eludir la actuación de la justicia. Según un juez, en el ataque habrían participado varios iraníes.
Hace dos años, el 14 de enero de 2015, el fiscal argentino Alberto Nisman acusó a la ex presidenta de “encubrimiento del atentado”. Tres días después apareció muerto. El gobierno de Buenos Aires alegó suicidio. La bizantina saga continúa. M.S.


El año era el 2035, y los judíos de Argentina vivían en el mejor de los mundos posibles. En primer lugar, había desaparecido el antisemitismo, gracias a una serie de leyes, una mejor que la otra.
La ley número 4962, había sido sancionada poco después del estallido de un pequeño artefacto nuclear en la reconstruida sede de la ex Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA). La ley señalaba que los execrables atentados con armas atómicas y/o de hidrógeno, eran un delito de lesa humanidad. Por lo tanto, no afectaban a un sector en especial, sino a la sociedad en su conjunto. Pretender lo contrario era sembrar las semillas de la discordia.
Meses después, la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, DAIA, fue reemplazada por la DAAU (Delegación de Asociaciones Argentinas a Ultranza).
Tras una exhaustiva investigación del atentado, la Policía Federal Argentina descubrió a un comando no identificado. El juez de la causa hizo denodados esfuerzos para encontrar a los culpables del ataque. Una de las pistas más promisorias era una boquilla de cigarrillo presuntamente empleada por uno de los perpetradores del hecho. El juez, tras visitar treinta y dos países siguiendo la pista a la boquilla, prometió importantes revelaciones.
La iglesia católica argentina emitió un comunicado denunciando la corrupción en las costumbres. A su vez, el presidente de la nación prometió no descansar hasta que se aplicara el condigno castigo a los culpables.

OBSTÁCULOS


Algunos desafectos, que habían cuestionado el rebautizo de la ex Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, denunciaron la lentitud en las investigaciones. Otros intentaron comparar la situación con otras épocas felizmente superadas.
La respuesta de la sociedad en su conjunto fue la siguiente:
–Observen las estadísticas: muere más gente en accidentes de tránsito que en execrables atentados.
–Toda mención a épocas felizmente superadas tiene como artero propósito impedirnos recuperar el lugar que tradicionalmente nos corresponde en el concierto de las naciones.
–La contemplación de otras sociedades confirma que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

El más poderoso de los argumentos era el tercero. Cuando los ciudadanos DOSNA (De Origen Semita no Árabe) previamente agrupados en la DAIA, contemplaban otras sociedades, debían admitir que vivían en el mejor de los mundos posibles.
Allí estaba el ejemplo de Rusia, donde el zar Alexei El Iluminado había ordenado revivir las populares milicias conocidas como Centurias Negras. Por cierto, su libro de cabecera era Los Protocolos de los Sabios de Sión, donde se detallaban los planes de los judíos para dominar el mundo.

AVATARES

Algunos meses más tarde, se registró un execrable atentado contra el hotel flotante donde tenía su sede provisoria la ex Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). De inmediato, el gobierno aprobó la ley 5355, y la sociedad argentina en su conjunto suspiró aliviada. La ley tenía como propósito sancionar todo execrable atentado que no hubiera sido autoinfligido. Varios directivos de la ex AMIA fueron interrogados por las autoridades, ignorándose los resultados de la pesquisa.
Días más tarde, la ex AMIA, que contaba con una nueva directiva, y había sido rebautizada Asociación Mutual de Argentinos Hasta la Muerte (AMAHM), inauguró su nueva sede en un refugio submarino en la Antártida. En el lugar habían habilitado también un criadero de pingüinos.
La Policía Federal Argentina, distraída de las perentorias tareas de evitar el crecido número de muertes por accidentes de tránsito, seguía varias novedosas líneas de investigación sobre el atentado a la ex AMIA. Todas eran igualmente prometedoras. Se aguardaban resultados en las próximas horas.
El juez de la causa había viajado al Himalaya, siguiendo la pista a una tuerca perteneciente al motor de la lancha empleada en el atentado a la ex organización.
La Iglesia Católica denunció en otra pastoral la corrupción de las costumbres, y envió un telegrama de condolencia dirigido a la sociedad en su conjunto.
A su vez, el presidente de la Nación insistió en su deseo de aplicar el condigno castigo a los malhechores.
Un mes más tarde, en un mensaje por cadena de radio y televisión, con los ojos que se le cerraban por el sueño, el presidente prometió que no iba a descansar “hasta descubrir a los responsables del abominable atentado”. Aludía con esas palabras a la destrucción de la sede diplomática de Israel con un misil. La sede había sido instalada en un dirigible parecido al Hindenburg, destruido en Lakehurst, New Jersey, en 1937, aunque era de menor calado. Las autoridades prometieron descubrir a los autores del atentado en las próximas horas.

INDAGACIONES


Otra cosa que mantenía insomne al presidente eran los presuntos criminales de guerra nazis que supuestamente habrían buscado refugio en la Argentina. El mandatario siempre había dudado de la captura de Adolf Eichmann en su vivienda de las afueras de Buenos Aires. Su hipótesis era que el individuo había sido “plantado” por alguna agencia de inteligencia, a fin de negarle a la Argentina el lugar que tradicionalmente le correspondía en el concierto de las naciones.
El presidente ordenó ir al fondo del asunto, y abrir al público los archivos de la Policía Federal Argentina. Las autoridades policiales se vieron obligadas a dejar nuevamente de lado la prevención de los accidentes de tránsito, a fin de examinar de manera minuciosa sus archivos.
Tras el incendio de los archivos, debido a una colilla de cigarrillo abandonada de manera descuidada en un escritorio, la policía continuó de manera denodada con sus tareas.
Luego de recónditas investigaciones, se pudo descubrir una carta parcialmente quemada con la firma de Josef Mengele, el médico que había hecho experimentos con gemelos univitelinos en Auschwitz. La carta parecía dirigida a un destacado funcionario.
Tres criptógrafos de la policía que se dedicaban a la tarea de descifrar la misiva, aparecieron muertos en sus respectivos domicilios, debido a escapes de gas. El juez encargado de presidir la investigación, se suicidó una semana más tarde. En una misiva de su puño y letra, rogaba que no culparan a nadie de su muerte, y explicaba que los seis balazos recibidos en la cara se debían a que había usado un arma de repetición. El arma no había sido hallada. Las autoridades prometieron redoblar sus esfuerzos para localizarla en las próximas horas.

EL SUEÑO DEL PRESIDENTE

El presidente era un soñador. Su sueño más grande era abolir todos los conflictos sociales. Nunca se cansaba de predicar: “Somos todos una gran familia”. Eso incluía a los argentinos de origen semita no árabe (DOSNA), quienes expresaron su agradecimiento al jefe de estado con un gran banquete en uno de los hoteles más prestigiosos de la gran urbe.
Cuando el hotel debió ser desalojado tras recibir una amenaza de atentado del partido de las Cabezas Rapadas (rama moderada), el presidente solicitó poderes extraordinarios, para armonizar a la sociedad en su conjunto.
Un gran paso en ese sentido fue la promulgación de la ley 8.345, que obligó a los promotores del odio racial a ponerse pelucas.
Luego, vino el Gran Salto Adelante. La sociedad en su conjunto pasó a integrar las categorías Gente Pudiente a Secas (GPAS) y Gente Pudiente de Recursos Más Modestos (GPRMM).
En tanto la Gente Pudiente a Secas era proclive a vivir en las proximidades del elegante barrio de La Recoleta, que hasta contaba con osario propio, la Gente Pudiente de Recursos Más Modestos solía enterrar a sus muertos en el cementerio de La Chacarita.
Fue entonces cuando los ciudadanos De Origen Semita no Árabe descubrieron algo inesperado: no tenían literalmente donde caerse muertos. Tras revisar códigos, estatutos y leyes, no encontraron una sola cláusula que les asignara un sitio donde poder descansar en paz.
El presidente propuso que los ex ciudadanos judíos usasen los cementerios ya habilitados. Los representantes de la comunidad señalaron que era imposible, porque en esos lugares estaba prohibido el uso de las estrellas de David. El presidente estuvo a punto de ofrecer otra solución, pero se frenó a tiempo. La comunidad no parecía psicológicamente preparada para emplear dispositivos que elevaban la temperatura de los fenecidos a más de mil grados centígrados.
El presidente les dijo que deseaba complacerlos, pero nada podía hacer, pues atentaría contra la armonía social. Nuevas leyes habían dividido la sociedad simplemente entre Ellos y Nosotros. Era imposible retornar a las épocas de Ellos, ya felizmente superadas. Su anhelo era que sólo existiesen los Nosotros, igualados por la fe, el respeto mutuo, y un solo Dios verdadero.
¿Recordaban acaso los ciudadanos DOSNA los conflictos causados por las diferencias? Preguntó el presidente. ¿Qué había ocurrido en Polonia a raíz de su partición entre Rusia, Ucrania, Eslovaquia, Lituania, Alemania y Tajikistán? Cuando el único judío sobreviviente intentó cruzar la frontera polaca en el momento de la partición hubo agrias disputas, y diferentes trozos de su cuerpo fueron reclamados por los seis países.
Los argumentos del presidente resultaron irrebatibles. Los ciudadanos DOSNA debieron reconocer que solo en la Argentina se vivía en el mejor de los mundos posibles.
Todos aceptaron integrarse en esa Asociación Mutual de Argentinos Hasta la Muerte (AMAHM), y cesaron de añorar la anterior institución semita no árabe.
En cuanto al jefe de estado, tras lamentar la destrucción de la sede de la AMAHM en el refugio submarino de la Antártida, prometió flamantes instalaciones en una zona de la provincia de Misiones que parecía el paraíso en la tierra. En el lugar sería habilitado también un criadero de ñandúes.

Este relato fue publicado originalmente en el número 10 de la revista NOAJ de Israel, en julio de 1995.






domingo, 29 de noviembre de 2015

Mauricio Macri: setenta balcones y ninguna flor


Mario Szichman




Estaba escribiendo un artículo para el periódico digital Tal Cual de Caracas, que finalmente titulé: “Nadie quiere estar en los zapatos del próximo presidente de Argentina, ni siquiera Mauricio Macri”, cuando tropecé con un interesante informe del periódico Clarín de Buenos Aires. El diario hacía alusión a un “sospechoso incendio en el Ministerio de Economía de Argentina”. Según la publicación era “el cuarto edificio público del Gobierno argentino que se incendia en este año (2015)”.  
Los espontáneos incendios de archivos en importantes oficinas gubernamentales ayudaron al gobierno de la presidenta saliente, Cristina Fernández de Kirchner, a desechar datos factibles de comprometer su gestión. La señora Fernández se hizo célebre por su afán de maquillar las estadísticas económicas a fin de hacer creer que el país se encaminaba hacia un futuro de grandeza.

Uno de los incendios, dijo Clarín,  fue en el centro de cómputos de la Secretaría de Hacienda, donde “se asienta el detalle de los gastos del Ministerio”, acentuando la incertidumbre sobre la verdadera situación económica del país.
Como daños colaterales, en febrero de este año se quemaron computadoras en la Casa Rosada y en el Senado. En marzo, hubo otro incendio en el Edificio Libertador, sede de la jefatura del Ejército y del Ministerio de Defensa de la Nación. Según “Clarín”, por esos días, “El ministro de Defensa, Agustín Rossi, todavía intentaba reponerse del papelón que significó el robo de un misil y municiones de un regimiento en Córdoba”.
En el incendio ocurrido en la Casa Rosada, indicó el periódico bonaerense, “se perdió buena parte del historial de personas” que visitaron el sitio, “prueba clave para la investigación de la denuncia –entre otras– presentada por el fallecido fiscal Alberto Nisman contra la Presidenta y otros funcionarios por el presunto encubrimiento de los dirigentes iraníes acusados por el atentado contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina”. En el atentado del 18 de julio de 1994 murieron 85 personas y fueron heridas centenares. 
(Por suerte para el gobierno de la anterior presidenta, Nisman apareció primero suicidado, y luego presuntamente asesinado. En cuanto a la investigación sobre el extraño caso de su muerte fue postergada hasta el día siguiente de las calendas griegas).
Pero un detalle que unificó a los incendios fue la excusa, o digamos la explicación,  que justificaba esas conflagraciones.  En uno de los casos, el origen del incendio en uno de los ministerios, “podría haber sido un cortocircuito en el sistema de refrigeración de la sala”. El sindicato que representa a los empleados del ministerio denunció que no se habían actualizado los equipos e instalaciones eléctricas en el último año y medio. En el incendio acaecido en el Senado, la causa habría sido “un cortocircuito en las luces del techo”.
En otras ocasiones, el incendio, como el registrado en la Casa Rosada, fue resultado de “una sobrecarga de la tensión”, según explicó Aníbal Fernández, jefe de gabinete de ministros de la presidenta. Fernández añadió que “por supuesto ya ordenamos cambiar” los cables. Excelente medida, adoptada recién después de registrarse el fuego. Prevenir es mejor que lamentar.
Aunque las razones usadas por los portavoces de esas oficinas públicas pueden ser un total embuste, sin embargo no en todas partes se puede mentir de la misma manera. Cada época se presta a diferente clase de falsedades. Hay mentiras que son plausibles en una época, y suenan ridículas en otra. Cuando se registran tantos incendios en edificios del gobierno central, no en una casa de vecindad, y siempre la causa es la falla en el sistema eléctrico, no se puede culpar al gobierno de haberlos iniciado, sino al sistema eléctrico. Sigmund Freud, en su Psicopatología de la vida cotidiana, daba un ejemplo parecido. Un hombre salía a pasear una noche por una zona peligrosa de una gran ciudad. Era atacado por unos ladrones, quienes lo despojaban del dinero y de su reloj. El hombre se dirigía a una jefatura de policía, y hacía la denuncia con estas palabras: “En tal o cual calle, la soledad y la oscuridad me robaron el reloj y el dinero”.
Hay una verdad que se esconde tras cualquier patraña o coartada. En este caso, la verdad es la falta de mantenimiento. Las cosas, en Buenos Aires, simplemente se echan a perder. Y generalmente, cuando se las compone, es de manera provisoria. Como dice la canción, “Se arregla con alambre”.  Muchas cosas en la Argentina se arreglan con alambre.
Y eso me hizo recordar un libro muy, pero muy bueno de la escritora británica Miranda France: Bad Times in Buenos Aires. (1998). Cuando la autora, una periodista freelance, llegó a Buenos Aires en 1993 para vivir y trabajar, descubrió una ciudad sumergida en la crisis. “La gente dice que la ciudad se está hundiendo”, señaló en su libro. “De las 300 marcas de condones en circulación, apenas ocho son seguros. El tráfico está fuera de todo control… Se ha descubierto que más de 2.000 conductores de autobuses se hallan clínicamente deprimidos” (No olvidemos que Buenos Aires es la capital mundial del psicoanálisis). En cuanto al tango, “Si se lo baila de manera apropiada, puede ser tan apasionado y carente de amor como la encamada de una sola noche”. También menciona la proverbial “viveza criolla”.  Miranda renta un apartamento y el techo siempre gotea. Las cucarachas parecen salidas de la novela Almas Muertas, de Nikolai Gogol, escrita a mediados del siglo diecinueve. Los ascensores no funcionan. Las calles están repletas de huecos, y las baldosas de las aceras están siempre flojas. Por lo tanto, si un transeúnte desprevenido las pisa, ¡Splash! se moja hasta las cejas.
Pero hubo una escena del libro que me impresionó de manera muy particular. La escritora se dirigió a una oficina pública para realizar un trámite. La oficina estaba repleta de gente. Y detrás de un escritorio había una sola empleada, que escribía a máquina con exactamente un solo dedo.
No creo que Buenos Aires haya cambiado mucho en el último cuarto de siglo. Y si se tiene en cuenta que Buenos Aires es la Argentina –sumando el conurbano bonaerense tiene más de 15 millones de pobladores, en un país de 40 millones de habitantes–  puede señalarse que es como el pantógrafo que magnifica los problemas del resto del país.
Estoy convencido que a cada paso, la estadística me va a desmentir. Posiblemente la Argentina se enfile hacia un destino de grandeza. Está la gran historia, y la pequeña historia. La macro economía, y la micro economía. Pero hay algo más: un país está constituido por sus habitantes. Cuando la angustia predomina, cuando existe el convencimiento generalizado de que todo tiempo pasado fue mejor, cuando ya todos están de vuelta, cuando los seres humanos se acostumbran a apretarse los dedos varias veces en la misma puerta, o la ironía se hace tan corrosiva que resulta insoportable, los mejores planes fracasan.
Escribí una novela sobre la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann en la Argentina. Y lo que me más me sorprendió de su existencia como “refugiado” era lo mal que vivía (Eichmann nunca fue un refugiado. Como muchos criminales de guerra fue protegido por el primer gobierno de Perón. De no haber sido capturado por un comando judío, seguramente hubiera fallecido de muerte natural en la Argentina).



¿Cómo es posible que un hombre que dispuso de la vida de más de seis millones de judíos, además de centenares de miles de personas de numerosas etnias, haya vivido una existencia miserable en un suburbio de Buenos Aires? Eichmann era un hombre de gustos caros. Tuvo numerosas, bellas amantes, también con gustos caros. Disfrutó de fortunas enteras. Y de repente, terminó alojado en un miserable bunker en la calle Garibaldi de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires. Tan deplorable era el sitio donde vivía con su esposa y sus hijos, que el baño estaba fuera de la vivienda.  
Ignoro si la casa contaba con luz eléctrica, o si estaba iluminada con los famosos faroles “Luz de noche”. Inclusive agentes israelíes que exploraron la zona, estaban convencidos que allí no podía vivir Eichmann, pues suponían que contaba con vastos recursos financieros. Estoy convencido de que de haberse escondido en cualquier otra parte del hemisferio, o en alguna nación del Medio Oriente, la suerte de Eichmann hubiera sido distinta. Hay una expresión que usan los porteños para caracterizar el ánimo depresivo: “La pálida”. Eichmann debe haber sido gravemente afectado por La pálida.
Y ahora pienso también que hay algo que siempre me desconcertó de los porteños: la ausencia de flores en sus viviendas. Tras haber vivido en la lujuria tropical de Venezuela, cada retorno a Buenos Aires me causaba un shock debido a la ausencia de flores. Enseguida me sentía afectado por La pálida. Una de las (numerosas) razones por las cuales me enamoré de Laura Corbalán, mi esposa durante 34 años, fue que amaba las flores. Me resultaba algo insólito y muy entrañable. No era típico del ambiente bonaerense. Gracias a ella aprendí a amar las plantas. (También a confundir las naturales con las artificiales. Si quieren adentrarse más en el equívoco, lean esa maravilla de cuento corto que es El viudo, de Carmen Virginia Carrillo. http://lapalabreradecv.blogspot.com/)
La vida no es solo con la gente. La vida es todo aquello que florece a nuestro alrededor. Tal vez es efímero. Pero no mucho más efímero que la vida. Es cuestión de abandonar la solemnidad, no tomarse excesivamente en serio.

LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN

Según los guarismos brindados por el gobierno de Cristina Fernández, desde la imposición de controles cambiarios en el 2011 hasta la fecha, las reservas del Banco Central de Argentina bajaron de 52.000 millones de dólares a 26.000 millones. Pero no todo el mundo cree en esos números. “Muchos economistas locales”, dijo The Wall Street Journal, “señalan que el balance neto es negativo”.  Al menos un economista, Nicolás Dujovne, dijo que las reservas líquidas son de apenas 2.700 millones de dólares, y siguen cayendo. Solo en noviembre, se redujeron en más de mil millones de dólares.
Es decir, que repitiendo la leyenda negra circulante tras el derrocamiento del primer gobierno de Juan Perón, en 1955, lo único que ha quedado en las bóvedas del Banco Central es el plumero con que desempolvan las vacías estanterías.
El mismo Macri confesó que “ignoramos el monto de las reservas” existentes en la principal institución financiera de Argentina. Añadió que las estadísticas son tan poco fiables, y que su equipo económico deberá asumir sus funciones y evaluar la situación antes de anunciar medidas.
Al igual que en Venezuela, la moneda real de la Argentina es el dólar. La tasa oficial es de 9,6 pesos por dólar. Pero si los argentinos quieren comprar dólares, deben comprarlos en el mercado negro, donde se cotizan 15 dólares la unidad. Con el propósito de mantener la tasa oficial, señaló The Financial Times, el Banco Central necesita canjear dólares por pesos. “Sin embargo, “carece de los dólares suficientes para hacerlo de manera indefinida”.
Como en la película The Producers, las autoridades del Banco Central han acudido a lo que el empresario teatral Max Bialystock consideraba creative accounting, una contabilidad innovadora, que consistía en estafar a medio mundo. Escasos días antes de la segunda ronda electoral, y con el propósito de apuntalar, aunque de manera precaria, las reservas monetarias, la institución financiera ordenó a los bancos argentinos vender la mitad de sus existencias en dólares a una tasa desfavorable.
El 21 de noviembre, el Banco Central ordenó a la banca comercial vender la mitad de sus dólares a la tasa oficial de 9,6 pesos. Dujovne calculó que la acción, similar a la adoptada por el gobierno en el 2008 y destinada a la nacionalización de los fondos de pensiones –otra manera de esquilmar a los ahorristas– podría añadir apenas 1.200 millones de dólares a las reservas.
Otra maniobra del Banco Central para apuntalar el peso fue vender unos 17.000 millones de dólares de contratos a término.
The Financial Times dijo que se trataba de una maniobra puramente especulativa. “El esquema, según el cual los inversionistas pueden comprar dólares con seis meses de anticipación  por alrededor de 11 pesos la unidad, garantiza esencialmente saludables ganancias si se concreta una devaluación antes de ese plazo”. Obviamente, los beneficiarios son quienes están enterados del juego. No es aventurado suponer que se trata de personas allegadas al gobierno saliente.
Pero el perdedor es el Banco Central. El equipo económico de Macri de inmediato entabló una demanda contra el presidente de la institución, Alejandro Vanoli, y exigió su destitución, señalando que “dañó el patrimonio nacional” al vender dólares a término “a una tasa artificialmente baja”.
De todas maneras, la maniobra del Banco Central tendrá efectos muy negativos en la gestión de Macri desde el comienzo. Varios economistas han señalado que la escasez de reservas en dólares impide al nuevo gobierno desmantelar el control de capitales. Si el peso se devalúa bruscamente, la inflación, actualmente del 20 por ciento anual –de creer a las cifras oficiales– se acrecentará drásticamente.
Macri hizo una serie de promesas que muy difícilmente pueda concretar en el corto plazo.  “La posibilidad de otras bombas de tiempo financieras”, dijo el periódico londinense, explican que el nuevo presidente de Argentina haya pedido por “paciencia” cuando le consultaron acerca de sus planes económicos. “Realmente no tenemos buena información”, confesó a los periodistas. “Ignoramos la exacta situación que hemos heredado”, añadió.
The Economist señaló por su parte que, sin importar las buenas intenciones de Macri, las reformas económicas que requiere hacer para reducir el déficit fiscal y colocar al país en un plano más competitivo, “causará dolor en el corto plazo”. La banca Barclay estima que habrá una contracción económica  del 1,1 por ciento en el año 2016, antes de una recuperación en el año 2017. El experto Miguel Kiguel dijo a The Economist que “el gran peligro es el malestar social”. Macri ha obtenido una magra victoria, y además, el peronismo controla el Senado, y es la Cámara Alta quien debe ser persuadida de acatar medidas como las de negociar con deudores externos, como los llamados “fondos buitres”.
Realmente, ni Mauricio Macri desea estar en estos momentos en los zapatos de Mauricio Macri. Jean Dehn, encargado del equipo de investigaciones de la consultora Ashmore, dijo al Financial Times que le preocupa la posibilidad de que Macri termine como otros bien intencionados presidentes de la región, incapaces de superar difíciles circunstancias. “El riesgo”, dijo Dehn, “es que Macri sea en la Argentina lo que Vicente Fox fue para México: un ineficaz soplo de aire fresco”.

¿FINALES FELICES?

Cuando imagino lo que le depara el destino al nuevo presidente de Argentina, vislumbro algo bastante lúgubre. Lo veo interpretando el rol de algún famoso médico de la televisión como Ben Casey, o el doctor Kildare.  Está vestido con bata de tonos verde claro, con una cofia de plástico transparente en su cabeza, como la que solía lucir Hugo Chávez Frías cuando le practicaba la autopsia al Libertador. Macri tiende sus manos a un ayudante, para que le inserte los guantes de tenue goma. Luego vira el cuerpo, y observa el personaje tendido en la camilla,  encargado de interpretar el rol de la economía argentina, y que exhibe sus vísceras al aire. El flamante mandatario solo necesita echar una ojeada al paciente para emitir su diagnóstico: “Pueden volver a coser al enfermo”, enuncia. “Nada podamos hacer. Este señor padece un cáncer inoperable”.
Así parece funcionar la Argentina desde que tengo uso de memoria. No sé si algún día los argentinos volverán a cantar a la vida. No sé si algún día reinará la justicia. Pero pienso que una buena manera de empezar es con el poema de Baldomero Fernández Moreno:
“Setenta balcones hay en esta casa,
Setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?”

¿Ninguno desea ver tras los cristales
Una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
En los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
No sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!

Esperemos que los argentinos recuperen la esperanza, y la sed de justicia, y olviden los pronósticos desdichados, los vaticinios atroces. Tal vez existen otras alternativas, además de ajustarse el cinturón, reducir el número de hijos que se traen al mundo, o achicarse, siempre achicarse.
Además de Baldomero Fernández Moreno, cuentan con otro grande entre los grandes, Roberto Arlt. Y Arlt siempre estuvo convencido que “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”.
Ojalá que los argentinos puedan abandonar la tristeza, la solemnidad, el oscuro pasado, el sombrío presente, y empiecen a apostar al peligroso futuro. Pero eso sí, sin olvidar las trastadas de indecentes gobiernos. No es cuestión de vengarse. Simplemente de hacer justicia.






miércoles, 25 de febrero de 2015

De Los Judíos del Mar Dulce a la captura de Adolf Eichmann: Miradas a una ciudad

Mario Szichman
“Nadie es un gran hombre a bajo precio”
Balzac


Nadie escribe en sus inicios, como termina escribiendo al final. Generalmente empezamos a escribir cuando somos la última generación en la cadena familiar. Y eso nos hace ignorar la evolución de los cuerpos, el acoso de las enfermedades, las muertes que nos acechan en el camino.  
Marcel Proust, en uno de sus momentos de realismo mágico, narra una escena donde están reunidos muchos personajes que conoció en su infancia y adolescencia, y a los cuales les perdió la pista. Tras varias décadas, y con la excepción de algunas coquetas mujeres, ha caído una nevada sobre los cabellos de esos seres reencontrados. El tiempo tiene sus ademanes para uniformar la vejez.  
Cuando comenzamos a escribir, generalmente es porque tenemos algunas cuentas que saldar. Y los pobres destinatarios de esa venganza suelen ser nuestros familiares. Es muy difícil encontrar una infancia feliz, aunque conozco un narrador que asegura haberla tenido. Es uno de los seres más oportunistas y ladinos que he visto en mi vida. Y temo que esos atributos provienen de su fementida infancia feliz.
Pero la vida permite también saldar cuentas con nuestro pasado. Si somos sagaces, y no nos dejamos arrastrar por el rencor, podemos reconocer nuestra culpa en el desorden de este mundo. La persistencia en la ironía, en el enojo, en la necesidad de no dejar títere con cabeza, nos deshumaniza. El humor, en cambio, calma los nervios, permite un apaciguador distanciamiento. Y además, hace morir de envidia a nuestros enemigos.
He viajado, no demasiado. Inclusive he escrito de ciudades que nunca pisé en mi vida, como Londres, Guayaquil, Quito y Madrid.  (Visité Madrid muchos años después de escribir Los Papeles de Miranda, donde transcurren varios episodios de la vida del Precursor. Mi única obsesión era conocer La Puerta del Sol, que imaginé de manera muy distinta. Me gusta más la soñada Puerta del Sol que la real). Las ciudades más transitadas por mis personajes son Buenos Aires, Caracas y Nueva York. Nueva York es una presencia cotidiana, está ahí (y observada desde mi atalaya,  en  las márgenes del río Hudson, es para caerse de espaldas). Además, es fácil de recorrer. Es muy larga y muy estrecha. Es la isla de la fantasía,  siempre en estado de construcción, la de los perpetuos andamios.  
Caracas, en la buena época, era otra ciudad en perdurable estado de construcción. Urbanizaciones enteras fueron arrasadas por la piqueta del progreso, dando a los habitantes de la Sultana del Ávila una sensación de precariedad imposible de soslayar. Si eso no ha ocurrido con Nueva York es por su dificultad para esparcirse. Los ríos East y Hudson constriñen su expansión. Los rascacielos no surgieron por capricho, sino por necesidad.  
En cuanto a Buenos Aires, para mí ha pasado a ser una entelequia. Tiene hermosos parques, el de Palermo, avenidas elegantes, como Santa Fé, una calle que era en una época la calle de la elegancia, Florida, aunque últimamente, me dicen, se ha convertido en una especie de bazar persa.  
Pero los paisajes urbanos sólo se explican por sus habitantes, por el transcurrir de sus vidas, por las cicatrices que dejan los tumultos sociales. Hay ciudades que inspiran audacia, otras, avaricia. El ser humano tiene una increíble capacidad para sedimentar estados de ánimo, anquilosar sus partes blandas con la herrumbre de deseos insatisfechos, de ocasiones perdidas.
Marchamos hacia la muerte desde nuestro nacimiento, pero la vida nos ofrece coartadas, maneras de aplazar el momento de la inexistencia. (La idea es de Sigmund Freud).    
Y creo que en ese sentido, los escritores son privilegiados. A muchos se les permite regresar a sus personajes, a sus horizontes, clausurar ciclos, revisar etapas, encontrar el momento de inflexión. Si uno mira filmes clásicos, o revisa novelas de los maestros, observará cada vez menos descripciones, y en cambio, un intenso interés por los estados de ánimo de los protagonistas, y especialmente por sus conflictos. Los grandes narradores pueden ser bastante gárrulos al comienzo de su carrera, pero se vuelven cada vez más escuetos y más profundos a medida que avanzan en el conocimiento del corazón humano. En el comienzo es la verborragia, al final, perdura la taquigrafía de las emociones. Menos es más.

MIRANDO DESDE EL FINAL

En algunos casos, es posible hacer surgir libros como si fueran comparsas de libros anteriores. Cada narrador tiene una novela que actúa como epicentro de toda su obra. Y cada novela, es una emanación del cuerpo del escritor. Como dice Cervantes, “No he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno?”
Aunque todas mis novelas han sido revisadas con ojo crítico y filosa amabilidad, por la profesora Carmen Virginia Carrillo, hay una de ellas, Los judíos del Mar Dulce, que me causó especiales tribulaciones. La escribí entre 1970 y 1971, y cuando la revisé, en el 2013, llegó un momento en que decidí arrojar la toalla. La profesora Carrillo fue quien puso la toalla nuevamente en mis manos y se empecinó para que la terminara.  
¿Cuál era el problema de ese texto insumiso? Posiblemente intenté contar demasiadas cosas en un espacio de unas 50.000 palabras. La historia de la familia Pechof, y su trasfondo histórico, los funerales de Eva Perón, merecía muchas más páginas, y una decantación de los episodios. Estaba mal estructurada, a veces parecía una colcha empatada de retazos. Había ironía, pero escaso humor. Ya he dicho en otras partes que el humor más admirable surge cuando nos burlamos de nosotros mismos. Reírse de los demás es mezquino, propio de seres carentes de grandeza.  
Afortunadamente, Los judíos del Mar Dulce de 2013 es ahora otra novela, y tiene escasos parecidos con la versión original. No podría haberla corregido sin la paciencia, el esmero, o las preguntas de la profesora Carrillo. Puedo asegurar que la imaginación dialógica no es un invento: existe, es imprescindible a la hora de mejorar un texto.
Pero esa revisión a cuatro manos de Los judíos del Mar Dulce tuvo una secuela inesperada. Me permitió retornar al Buenos Aires imaginario de mi infancia, y usar como uno de los protagonistas de mi nueva novela a un criminal de guerra nazi: Adolf Eichmann. Esa es otra de las ventajas de la imaginación dialógica: permite volver a ingresar por la puerta trasera en un ámbito ya visitado.  
Y aquí es donde empieza a imperar la taquigrafía de las emociones, la recuperación de los gestos, pues la evolución del ser humano se basa justamente en su alteración de los modales. Recuerdo que mi abuelo usaba rapé. Siempre cargaba en uno de sus bolsillos una cajita oblonga llena de rapé, primorosamente grabada. Nunca pude entender qué placer existía en ponerse rapé en las fosas nasales y estornudar, pero muchas generaciones de europeos disfrutaban de ese hábito.  
A Proust le resultó suficiente observar una magdalena para erigir “el edificio enorme del recuerdo”. William Faulkner reconstruyó la tragedia de la familia Compson a partir de la imagen de una niña, con los calzones embarrados, descendiendo por un árbol. Balzac intuyó las tres partes de Ilusiones Perdidas en el hombre que devoraba papel. (Por cierto, un personaje histórico). Creo que una muestra de singular tacañería me permitió ubicar a Eichmann en el contexto porteño, mostrar que aparte de haber presidido el asesinato de más de seis millones de judíos, era un ser humano, como todos nosotros, con su familia, sus problemas familiares, sus angustias existenciales, sus dificultades para llevar el pan a la mesa. Después de todo, son seres cotidianos, al servicio de las autoridades reinantes,  en el marco de las leyes vigentes, quienes cometen los más horrendos asesinatos. Los otros, los homicidas en serie, todos aquellos que se dedican a administrar la muerte en privado, actúan al margen de la ley.
El miserabilismo, esa imposibilidad de poner la mano en un bolsillo y sacarla sin extraer una billetera para pagar (“Tiene un cocodrilo en el bolsillo”, solía ser la crítica formulada al tacaño), no es de todas las épocas, ni de todas las culturas. Nunca se me ocurriría vincular a un venezolano con esa práctica. Pero varias décadas de “pálida”, de “galguear”, de tratar de llegar con el sueldo a fin de mes, también deja cicatrices en el alma, y permite que los cocodrilos se instalen en nuestros bolsillos de manera permanente.   
Observé por primera vez esa práctica en Nueva York. Un amigo argentino me invitó a cenar a su casa. Su esposa preparó una cena espléndida, de esas que aparecían en El Satiricón, de Fellini. Yo llevé dos botellas de vino, buen vino, español, pero no excesivamente caro. Y aún antes que mi amigo abriera la boca, ya sabía lo que iba a decir:
–Amigo Mario,  no se hubiera molestado. Oh, pero el vino es demasiado bueno como para consumirlo en esta ocasión. ¿Qué le parece si lo dejamos en mi bodega y lo bebemos en una próxima fiesta? Así se sigue añejando.   
Ese diálogo, sin alteraciones, reapareció en Los Judíos del Mar Dulce. Pero, como el anfitrión era un millonario, agregaba: –Con su permiso, llevaré las botellas a mi sommelier de cabecera.
Y a partir de ese diálogo, inventé una situación, aunque estoy seguro que hay poco de invención en el episodio. “Todas las botellas de vino Caballero de la Cepa que Tajmer (el anfitrión) recibía de regalo se las vendía al almacenero de la esquina, que las ponía acostadas en un armario, en la trastienda de su negocio. Y cada vez que alguien iba a visitar a Tajmer, pasaba previamente por el almacén y volvía a comprar dos botellas de Caballero de la Cepa que si bien le salían cada vez más caras debido a su progresivo añejamiento, seguían siendo más baratas que en una vinería”.  
Eichmann no necesitó varias décadas para hundirse en esa tacañería. Llegó a la Argentina en 1950, protegido por una red internacional de nazis, y fue capturado por agentes israelíes en 1960, y ejecutado en 1962.  
El presidente Juan Perón acogió a muchos criminales de guerra en el generoso suelo argentino, tal como informa Neil Bascom en su libro Hunting Eichmann. El otro nazi famoso que circuló por las calles de Buenos Aires antes de huir al Paraguay fue Josef Mengele, el médico encargado de realizar curiosos experimentos con pacientes, algunos de ellos más dolorosos que la eutanasia. Pero Mengele provenía de una familia de ricos industriales, y vivió bien la Argentina. Eichmann, a pesar de que obtuvo mucho dinero durante su época de esplendor, y tuvo ocasión de amar a bellas mujeres, especialmente en Hungría, al llegar a la Argentina tuvo que empezar a partir de cero. Trabajó para la empresa Capri, de capitales alemanes, en la provincia de Tucumán, y luego se instaló en San Fernando un suburbio de  Buenos Aires, en el número catorce de la calle Garibaldi. Con ayuda de sus tres hijos mayores construyó una humilde vivienda, a prueba de inundaciones, que recordaba el bunker donde Adolf Hitler consumó su suicidio, aunque se hallaba a ras de tierra.
Otro detalle que siempre me llamó la atención de la estadía de Eichmann en la Argentina fue su obsesión con la revista Life. Quizás uno de los únicos sueños que se concretaron en su vida fue aparecer en Life. Tras su ejecución por las autoridades israelíes, Life dedicó dos números a una amplia entrevista que le hizo el periodista nazi Wilhelmus Antonius Sassen.
¿Por qué esa obsesión con Life? Revisé los números del semanario de una época previa a la entrevista. Supongo que Eichmann admiraba The American Way of Life, pues representaba un gran contraste con la sórdida vida que padecía como fugitivo. Aunque no tenía automóvil, y jamás lo tendría con su magro salario, si algún día se sacaba la lotería seguramente compraría uno y le pondría neumáticos GoodYear, que hacían de cada viaje un placer. No había autopistas en la Argentina. Lo más parecido eran baches asfaltados por tramos, pero con los neumáticos GoodYear todo se solucionaba. Uno podía poner pececitos de colores en una tina de vidrio llena de agua, depositarla en un guardabarros del vehículo y emprender una travesía. Al llegar a destino comprobaba que ni una gota de agua se había derramado de la tina. Los peces seguían nadando felices. Gracias a esos neumáticos era posible deslizarse en las carreteras como sobre algodón.
Y en las propagandas de lavarropas tres generaciones sonreían a las vestimentas. Ver una radio emplazada en un elegante armario inundaba de alegría el corazón de Eichmann. Los seres humanos lucían ropa de fiesta para disfrutar de esa maravilla tecnológica. Tal vez algún día podría comprar un radio, debe haber pensado, solo era necesario que la electricidad llegase a esa zona de San Fernando. Por el momento debía usar lámparas de querosén que iluminaban los rostros matizándolos con la tonalidad de un cuadro de Rembrandt.  
A veces, el romance de los objetos se transforma en la pesadilla de los objetos. La elección de un lugar de tránsito –no creo que Eichmann pensara eternizarse en la Argentina– puede traer consecuencias catastróficas. La piel se impregna del medio ambiente. Somos, después de todo, el sitio que habitamos. Algunos sitios abren las ventanas a la esperanza. Otros son como puertas trampas que nos transportan a otro mundo. Y no todos gozamos de la inquietante suerte de Alicia en el país de las maravillas.



domingo, 2 de noviembre de 2014

La tóxica hiedra de la impunidad





 Mario Szichman
                                                                          
                                                    

Los diez mandamientos que Dios envió a Moisés siguen regulando nuestra conducta, y en líneas generales, tienden a evitar la guerra de todos contra todos, y el exterminio de la especie humana. La primera parte está dedicada al Creador, quien sabiamente exigió conservar el monopolio en materia de religión (“No tendrás dioses ajenos delante de mí”) y con similar sabiduría prohibió versiones gráficas publicitadas por sus rivales. (“No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás”). El tercer mandamiento prohibe las falsas promesas que usen como garante a la divinidad (“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano”) el cuarto santifica el domingo como día de descanso, el quinto ordena honrar a los padres, y con el sexto se inaugura la parte dedicada al código penal: “No matarás”; “No cometerás adulterio”; “No hurtarás”; “No dirás falso testimonio contra tu prójimo”. El décimo redunda en la prohibición del adulterio y del robo, aunque evita insistir en la interdicción del homicidio: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.

Si un marciano o cualquier habitante de otro planeta descendiera a la tierra en estas semanas, y se le informara de los Diez Mandamientos, preguntaría si la mayoría de esos preceptos no han sido abrogados por la impunidad y sus consortes: la arbitrariedad, el abuso, el despotismo, y otras formas de transgresión.

Desde el comienzo de la historia hay un solo conflicto básico: la lucha entre el bien y el mal. La mayoría de los seres humanos suelen apostar al bien, que involucra la ecuanimidad, y repudian el mal, que implica el abuso. Cuando se trata de un careo entre la justicia y la injusticia, casi por unanimidad apostamos por David, nunca por Goliat.  La imagen del pequeño héroe está tan fijada en nuestra imaginación que hasta los matones necesitan disfrazarse de seres enclenques con el propósito de avanzar en sus conquistas o en la destrucción de nuestras libertades. El nazismo usó como excusas el desamparo y la traición en su preludio a la conquista de Europa. Era el lobo ataviado con el disfraz de víctima. Alemania había sido traicionada por liberales, pacifistas, socialistas, comunistas, judíos, y otros seres ajenos a la esencia del país. Todos ellos se habían unido para darle una puñalada por la espalda. El mal no estaba adentro, sino afuera. La culpa siempre la tenía el otro. Una vez se eliminara esa híbrida oposición, la nación en armas recuperaría sus laureles y su espacio vital.

George Bernard Shaw solía decir que decidió empezar a escribir obras de teatro –algunas de ellas muy buenas, y de gran humor– porque sentía una intensa fascinación con los pillos y con todas las lacras de la sociedad. ¿Qué transfigura a un ser humano con esenciales virtudes y defectos, en un ser despreciable? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar? ¿Es inevitable que se transforme en villano? ¿Qué piensa de sí mismo? ¿Existe un quiebre previo a la entrega final al demonio? ¿Es factible la redención de un infame?

Uno de los personajes de la historia contemporánea que más me fascinan es Adolf Eichmann. Aquellos que prefieren los clishés y las frases hechas, optan por repetir la afirmación de Hannah Arendt: Eichmann habría representado “la banalidad del mal”. De esa manera se convierte en una esencia, confirmando lo que Eichmann, y cientos, o miles de criminales de guerra nazis, reiteraron a la hora de justificar sus matanzas: eran simples engranajes en una gigantesca maquinaria de asesinar. Pero el propio Eichmann no se veía así. Hace poco publicaron en Alemania un libro de la filósofa Bettina Stangneth, que fue traducido al inglés con el título de Eichmann Before Jerusalem: The Unexamined Life of a Mass Murderer (Eichmann antes de Jerusalén: la vida no indagada de un homicida en masa). La tesis de Stangneth es que el jerarca nazi sabía muy bien lo que estaba haciendo. Era un nazi convencido de la justicia de su causa y de la necesidad de implementar un programa de exterminio.

Eichmann escribió centenares de páginas con sus memorias y respondió de manera exhaustiva a las entrevistas que le hizo el periodista y colaborador nazi Wilhelm Sassen para un extenso reportaje publicado finalmente en la revista Life. En una de las entrevistas lamentó que el genocidio nazi abarcara solo a seis millones de judíos, pues estimaba que la cifra debería haber ascendido a más de once millones. La disparidad entre el guarismo real y la cifra anhelada le causaba una sensación de fracaso.

El interés de Stangneth por Eichmann surgió de una nota escrita por el responsable de “la solución final del problema judío”, donde, con categóricos argumentos, intentaba desmantelar la filosofía moral de Emanuel Kant. “Me quedé totalmente shockeada”, dijo Stangneth en un reportaje. “No podía creer que ese hombre fuese capaz de escribir algo como eso”.

Un libro como el de Neil Bascomb Hunting Eichmann, añade abundantes datos acerca de la capacidad intelectual y organizativa que desplegó Eichmann tanto durante el genocidio como tras concluir la guerra, cuando huyó de sus perseguidores y se refugió en la Argentina. Allí vivió una década hasta que fue capturado por un comando israelí en Buenos Aires, en 1960, y llevado a Israel. Tras un juicio de varios meses, fue condenado a la horca, y ejecutado el 31 de mayo de 1962 en Ramla, Israel.

Hannah Arendt lo juzgó un digno representante de la banalidad del mal. Stangneth lo imagina un hombre con una poderosa inteligencia, muy astuto, un poco el retrato en negativo del conjeturado por Arendt. Sin embargo, en ambos casos, hay como una especie de escisión entre el personaje y el daño que cometió. Por un lado está Eichmann y por el otro, fosas comunes que albergan a más de seis millones de personas. ¿Sintió Eichmann alguna vez desasosiego por sus acciones? ¿Existía un funcionario nazi que ordenaba matar y un ser humano que observaba aprensivo cómo acataban sus órdenes? Sí, existía. En su interrogatorio en Jerusalén contó que al comienzo de la campaña de exterminio debió presenciar algunos de esos asesinatos, y experimentó un gran disgusto ante lo ocurrido. “Sí”, dijo Eichmann: “había un cuarto… repleto de judíos. Se les ordenó que se quitaran las ropas, nadie protestó, pero se veía que estaban avergonzados. No se miraban entre sí. Parecían más preocupados por su modestia que por su destino. Luego, llegó un camión cerrado. Abrieron las puertas traseras, y surgió una especie de plataforma. Los judíos fueron obligados a subir al camión. Cuando entró el último se cerraron las puertas y el camión empezó a moverse. Me quedé como hipnotizado, pero casi enseguida me repuse y le pedí a uno de mis subalternos que me acompañara. El camión se dirigió a una zanja bastante larga y ancha. Las puertas se abrieron y empezaron a lanzar cuerpos. Era como si hubieran estado vivos. Los brazos y las piernas eran tan flexibles… Los arrojaron a la zanja, y un trabajador empezó a arrancarles los dientes con alicates. Seguramente para quitarles las emplomaduras de oro… También recuerdo que cuando pusieron a los judíos en el camión, un médico me aconsejó observar por la mirilla lo que ocurría dentro. Me negué, no me sentía con ánimos. Quería irme de ese lugar tan terrible. No tengo una naturaleza estoica … si alguna persona es herida, no puedo mirarla, me causa escalofríos. No entiendo cómo alguien se atreve a estudiar medicina”.



ASESINOS Y LOCOS MORALES



La actitud de Eichmann exhibe a un asesino convicto y confeso, no a un loco moral. Los locos morales son ininmputables. Hay que internarlos en un manicomio porque no saben lo que hacen. El ser humano todavía necesita de la tragedia. Cuando en Ricardo II, el ducque de Hereford dice: "They love not poison that do poison need" quien usa el veneno no por eso ama el veneno, se muestra como un malvado razonante. Y por eso lo alcanzó la justicia humana. (Como a Eichmann).

Pero en las últimas décadas, con la destrucción de esos cuerpos sociales que hemos bautizado naciones, la pareja del malhechor y de la justicia (y la justicia es tan indispensable como el pan nuestro de cada día) ha sido reemplazada por el loco moral y la impunidad.  Seres que en épocas normales tendrían que ser recluidos en asilos para enfermos mentales son presidentes, gobernadores, ministros, alcaldes, guardianes de la ley, aparentes protectores de los habitantes de su país.

En México, descubrir fosas comunes repletas de personas asesinadas es casi tan sencillo como pescar sardinas en un barril. Tras la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, estado de Guerrero, luego de choques con la policía local, un grupo de campesinos empezó a realizar exploraciones por el área usando palas y piquetas. Ya se han descubierto cinco fosas comunes, dijo The New York Times, y otra media docena de cementerios secretos, pero no los restos de los estudiantes.

Centenares de soldados, funcionarios federales y estatales, así como residentes locales, participan en la búsqueda. Y lo que han encontrado hasta ahora, señaló el periódico “es casi tan escalofriante” como la desaparición de los alumnos: “multitud de osarios clandestinos ocupados por desconocidos”, parte del “vasto número de víctimas causado por el crimen organizado”. 

Los estudiantes desaparecieron luego que policías locales, acusados de trabajar para una banda de narcotraficantes de la zona, asesinaron a seis jóvenes el pasado 26 de septiembre. Fiscales mexicanos tienen la hipótesis de que los policías secuestraron a decenas de estudiantes y se los entregaron a los narcotraficantes. A partir de ese momento, nada se sabe de ellos.Se estima que decenas de miles de personas han sido asesinadas en México en los últimos años en disputas entre grupos rivales.

Mientras el gobierno federal ha distribuido estadísticas congratulándose por una disminución de los homicidios, dijo el matutino, la proliferación de fosas comunes en Guerrero “arroja nuevas dudas” sobre las cifras oficiales, indicando posiblemente “una gran cantidad de muertos” cuyos decesos no han sido divulgados.

Algunos familiares de los estudiantes “están convencidos que una mafia de criminales y políticos sabe dónde están” los jóvenes, “pero no quieren decirlo”.

El mexicano Alejandro Hope, un ex funcionario de inteligencia, dijo al periódico: “La principal causa de esas numerosas desapariciones es la impunidad. Sólo uno de cada cinco casos de homicidios es resuelto en México”. Además de la impunidad, los criminales se aprovechan “de la debilidad de las instituciones, y de un proceso descentralizado de búsqueda y ubicación”.



LA OTRA IMPUNIDAD


Y después tenemos a Venezuela, donde hay “colectivos”, grupos armados que son como un estado dentro del estado, dizque para defender la revolución bonita.

Los colectivos surgieron cuando gobernaba el presidente Hugo Chávez Frías. Y si bien actuaban como bandas armadas, algo que está prohibido por la Constitución Nacional, que otorga el monopolio de la violencia a las fuerzas armadas y policiales, sus acciones no requerían de excesivo músculo a la hora de la represión. En el interín, esos colectivos podían dedicarse a sus brumosas tareas específicas, la mayoría de las cuales, hay que reconocer, eran absolutamente ilegales. Aunque los dirigentes de los colectivos se atribuyen razones legítimas para su accionar, y juran y perjuran que realizan tareas de beneficencia, la realidad los ha desmentido. En la isla de la fantasía en que vive la nomenclatura chavista, no hay contradicciones, precariedades, falta de alimentos u otros productos de la cesta básica, y el país vive en el mejor de los mundos posibles. Pero el asesinato del diputado del PSUV Robert Serra y de su asistente María Herrera permitió por unos breves días descorrer la cortina de las contradicciones. Y éstas fueron ominosas y flagrantes. La realidad se desdobló, y de manera simultánea, los héroes aparecieron como villanos. Luego volvieron a ser héroes, y quienes los abatieron pasaron a ser los villanos, y fueron echados de sus cargos sin agradecerles ni siquiera los servicios prestados.

José Odreman, líder del colectivo 5 de marzo, emergió al mismo tiempo como un venerado dirigente comunal, sonriendo en fotos con el fallecido presidente Chávez, con el actual presidente Nicolás Maduro, con la primera dama Cilia Flores, y con otros calificados representantes del gobierno. Parecía que muchos se peleaban por aparecer retratados junto a Odremán.

Y luego, la hecatombe. El 7 de octubre pasado, los portales de las redes sociales parecían haber sido afectados por ataques de esquizofrenia. ¿Cómo era posible que ese humanista, tras ser acribillado a balazos por la policía junto con otras cuatro personas, fuese acusado de integrar una banda de asesinos? No fue la oposición quien enunció esa denuncia, sino las propias (ex) autoridades policiales. José Gregorio Sierralta, ex director del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), dijo que Odreman y el resto de los muertos eran integrantes de una peligrosa banda responsable de múltiples homicidios.

Según indicó el ex jefe policial, Odreman lideraba una organización delictiva integrada por más de 25 hombres. De ellos cinco murieron el 7 de octubre, otros cinco fueron capturados, y unos 15 eran buscados. Los prófugos habrían estado implicados “En al menos cuatro casos de homicidio, con siete personas ultimadas y varias heridas, además de los delitos de robo y cobro de vacunas a comerciantes”.

De esa manera, en ese mundo al revés de la locura moral y la impunidad el Cicpc, que en una época intentaba cubrirse de laureles y ser respetado por la ciudadanía debido a su lucha contra el crimen, está ahora cubierto de ignominia, y las afirmaciones de sus ex directivos han sido descalificadas. Por lo tanto, las acusaciones del Cicpc no valen ni el papel en que han sido escritas. Pero, por si las moscas, pues la historia tiene sus bemoles, y en ocasiones vuelve a refulgir la verdad, veamos lo que decía el cuerpo policial de Odreman y de sus compañeros. Por ejemplo, que lideraba una banda delictiva “autora de al menos cuatro casos de homicidios, donde aparecen como víctimas siete personas, hechos ocurridos en Caracas durante el presente año”. También el Cicpc indicaba que “esta organización criminal  cobraba vacunas a comerciantes del centro de Caracas, fomentaba la prostitución en la zona y protegía a delincuentes que cometían robos y luego se escondían en el edificio Centro Manfredir del sector Quinta Crespo”.



DESLINDES



La muerte de Odreman y otros miembros de su entourage causó gran indignación en el Frente 5 de marzo. Muchos de sus integrantes comenzaron a organizar una marcha para reclamar justicia y el 18 de octubre exigieron la renuncia del ministro de Interior Justicia y Paz, Miguel Rodríguez Torres. Y su reclamo tuvo éxito. El ministro fue renunciado.

En un artículo periodístico, el ex vicepresidente de Venezuela José Vicente Rangel dijo que “La manera como comandos del Cipc asesinaron a cinco militantes chavistas, integrantes de un colectivo, y en vez de detenerlos y requerir la presencia de la Fiscalía procedieron a acribillarlos ante sus familiares y con docenas de disparos, es algo inaceptable en democracia”. Y el doctor Rangel formuló luego la pregunta de los 64.000 dólares, que lo acosará hasta el final de sus días: “¿Cuándo Odreman, Chávez y el resto, muertos en Quinta Crespo, dejaron de ser luchadores populares y se convirtieron en hampones?”. Con su peculiar inteligencia, Rangel desmontó la manera en que funciona el aparato de propaganda del gobierno. Quienes están con el gobierno son siempre luchadores populares, sin importar su abultado prontuario. Quienes lo adversan, son siempre hampones, aunque sean dechados de decencia.

Y añadió el ex vicepresidente: “Estos graves hechos acaecidos en el país, todos por el mismo corte, obligan al gobierno a adoptar medidas de excepción para impedir la metástasis, para impedir la impunidad, para impedir el deterioro de la imagen gubernamental”. 

De nuevo el uso de la palabra impunidad, que debería ser abolida por todo gobierno que intente gobernar en serio.

De Eichmann conservamos escasas fotografías de su época de jerarca nazi, diseminados recuerdos de su proceso en Jerusalén. Abundantes libros han reconstruido sus pasos. Pero pertenece a la prehistoria del siglo veinte. Con la irrupción del internet y de las redes sociales, existe la posibilidad de observar a importantes personajes en acción, y en ocasiones seguirles la pista minuto a minuto. La muerte de Odreman y de cuatro de sus compañeros fue seguida en las redes sociales. Hay inclusive un video muy interesante donde el líder del colectivo 5 de marzo hace responsable al ex ministro del Interior de Venezuela, de lo que pueda llegar a ocurrirle. Minutos después, también las redes sociales mostraban fotografías de su cadáver. Sus familiares dijeron que había recibido 36 balazos en su cuerpo, convocando a toda clase de conjeturas.

La naturaleza esquizofrénica del episodio hace recordar la frase de Chico Marx: “¿A quién van a creer, a mí, o a lo que están viendo con sus propios ojos?” El gobierno ha dado una bizarra versión imposible de compaginar con el video y las fotos y las declaraciones del dirigente comunal abatido. No existe siquiera el pudor de inventar una interpretación que resulte digerible para el ciudadano del común.  De repente, ciertas porciones del mundo han perdido su aspecto trágico y empiezan a convertirse en reductos de la banalidad, de la impunidad, de la injusticia y de la sinrazón. Y eso hace cundir la desesperanza. ¿Habrán pasado de moda los diez mandamientos? ¿Llegó la mentira para emplazarse a perpetuidad? ¿Cuándo llegará el momento en que los locos morales vuelvan a ser suplantados por malvados razonantes que al menos conocen la diferencia entre el bien y el mal? La situación es tan deplorable, que empezamos a examinar por segunda vez a terribles dictadores como el norcoreano Kim Jong-un para revisar nuestro juicio. En fecha reciente, se informó que el gobierno de Pyongyang podría acceder a que una comisión de derechos humanos de la ONU visite el país y transite por instalaciones donde hay presos políticos, siempre y cuando se anulen los cargos de crímenes contra la humanidad formulados contra el autócrata y varios de sus funcionarios.

El informe de la ONU decía que Corea del Norte es un estado policial donde hay más de 120.000 presos políticos y donde “La tortura forma parte de todo proceso de interrogación”.  Kim obtuvo el estrellato entre los villanos de nuestra era cuando ordenó lanzar una jauría de 120 perros hambrientos contra su tío, acusado de abrigar ambiciones de poder.

Es innegable que Kim no es un loco moral sino un villano razonante. Sabe muy bien que sus acciones son delictivas. Y eso lo asusta, al punto de querer negociar con sus acusadores. Tal vez le preocupa el rol que le asignará la historia (aunque es imposible que alcance la absolución). Pero está enterado de la diferencia entre el bien y el mal. Lo que más asusta es que en nuestro continente muchos líderes y funcionarios ignoran esa diferencia. Viven en un mundo de su propia invención donde seres vituperables atacan su innata decencia, su congénita bondad, el amor por su país.

En su anhelo por combatir demonios de su propia invención, no hay sacrificio que no estén dispuestos a exigir a sus compatriotas, aunque la propuesta conlleve la destrucción del lazo social, y de toda posibilidad de convivencia. Es duro aceptar que existe algo aún peor que el villano razonante: el loco moral. Y aún más aterrador, que numerosos de esos seres ocupen cargos públicos.