miércoles, 15 de marzo de 2017

Martha Gellhorn nunca fue la tercera esposa de nadie, ni siquiera de Ernest Hemingway


Mario Szichman


The New York Times dedicó un afectuoso obituario a Martha Gellhorn. El redactor de la nota se encargó de exaltar los méritos de esa mujer excepcional, y tuvo el recato de no mencionar las razones de su muerte.
Gellhorn fue una gran periodista y una aceptable novelista, que cubrió varios frentes de combate durante la segunda guerra mundial, y en otros teatros de guerra y de paz. Es difícil disputarle el título de la mejor foreign corrrespondent que tuvo Estados Unidos. Sin embargo, en su época de mayor fama, Gellhorn tuvo que lidiar con el título de “la tercera esposa de ”. Luego, su fama se cimentó —en los tabloides— tras pedirle el divorcio al narrador, quien hasta ese momento parecía monopolizar la decisión de resolver cuando el amor había concluido.
Se ignora si una frase de Gellhorn tras separarse de Hemingway es cierta, o forma parte de la mitología. En el mundo de las celebridades norteamericanas, como en el Salvaje Oeste, a la hora de escoger entre la verdad y la leyenda, siempre se elige la leyenda. ¿Dijo realmente Gellhorn que pidió el divorcio porque “no tenía intención de ser una nota al pie en la vida de otra persona?” Tal vez no. Pero lo cierto es que en su prolongada vida (se suicidó en 1998, a los 89 años de edad, muy enferma y casi ciega) Martha Gellhorn nunca fue la nota al pie de otro ser humano. Inclusive se negó a hablar de Hemingway durante entrevistas. Era renuente a cosechar fama por un romance de escasa duración.
En su libro Battling for News, The rise of the woman reporter, Anne Sebba rinde homenaje a mujeres anglosajonas que desempeñaron un extraordinario rol en la primera línea de fuego.
Cuando comenzó la segunda guerra mundial, no había una sola mujer acreditada como corresponsal de guerra. Además, el ejército inglés no permitía a las damas acercarse a zonas de combate. Por lo tanto, las valientes debieron duplicar el esfuerzo de sus colegas masculinos con el propósito de ingresar a sitios vedados.
Gellhorn fue uno de los escasos testigos civiles del desembarco de tropas aliadas en Normandía en el “Día D” (6 de junio de 1944) que puso en marcha la liberación de Europa occidental de los ejércitos del Tercer Reich.
La corresponsal no imitó a sus colegas, que formaron un pool y fueron transportados hacia zonas de desembarco en naves con estricta vigilancia militar. Gellhorn sabía que la protección ofrecida por los ejércitos aliados era también una manera de proteger a los militares de la divulgación de errores o fracasos. Por lo tanto, se ocultó en el baño de un buque hospital, y con ropas de enfermera desembarcó  en la playa de Omaha. La corresponsal ayudó al transporte de soldados heridos en la costa, y obtuvo un scoop, una primicia periodística, demostrando que no era material para la nota al pie de otra persona.
Cuando el buque hospital en que Gellhorn regresaba junto con los heridos atracó en un embarcadero, un oficial del ejército estadounidense la arrestó. Fue enviada como escarmiento a un campo de instrucción de enfermeras en la campiña inglesa.
Gellhorn rehusó perderse la guerra por veleidades de burócratas. Escapó del campo de instrucción, se dirigió a un aeródromo, y pidió a un piloto que la transportara a Italia. Para eso usó su astucia femenina. En lugar de revelar su profesión y sus deseos de cubrir eventos en frentes de combate, parpadeó de manera seductora (la dama era muy bella) y le explicó que se moría por ver a su novio. El piloto, sin vacilar un momento, transportó a Gellhorn a un lugar de Italia que no figuraba en sus planes de vuelo.  

PERFUME DE MUJER



Gellhorn no era la única periodista que en su época concretó hazañas usando una gran sabiduría.  En 1947, Claire Hollingworth, otra famosa corresponsal, ingresó furtivamente en una embarcación en la cual viajaban refugiados judíos rumbo a la tierra prometida. La embarcación había sido incautada por las autoridades británicas que controlaban Palestina y que no estaban dispuestas a aceptar judíos.

Hollingworth urdió la forma de subir al buque sin ser detectada. Como el peor error era mostrarse glamorosa, se dirigió a un mercado de pulgas donde compró ropas viejas. Luego oscureció su rostro con pomada de zapatos, ocultó su pasaporte británico dentro de un yeso que colocó en su brazo simulando una fractura, escondió en su cuerpo una pequeña cámara, y puso varios rollos de película en su cabello, ocultos por grandes rulos. Así consiguió entrevistar y fotografiar a refugiados.
Otra destacada corresponsal, Virginia Cowles, consiguió un “tubazo” a comienzos de junio de 1940 tras observar unos 500 taxímetros estacionados en el área de Les Invalides de París. Cowles vio que empleados colocaban en los vehículos archivos con sellos gubernamentales. Así confirmó que se había derrumbado el gobierno liderado por el primer ministro francés Paul Reynaud.  Los alemanes habían invadido Francia. Esos documentos depositados en taxis que partieron con rumbo desconocido, anticipaban que los nazis estaban a pocas horas de París.
Por su parte John Simpson, en su libro We Chose To Speak of War and Strife: The world of the foreign correspondent, amplía el territorio del reportaje comenzando por la Guerra de los Treinta Años que comenzó en 1618, hasta llegar a las salvajadas modernas de la ex Yugoslavia, Ruanda y Siria. Tras recordar a Hollingworth y Gellhorn, traza perfiles de colegas más modernas, como la periodista de la BBC Sue Lloyd Roberts, “cuyo magnífico registro de coraje, desinterés y aventura” tuvo un final prematuro, tras fallecer de leucemia en el 2015, o de la corresponsal del Sunday Times Marie Colvin, famosa tanto por su valentía como por su sentido del humor. Colvin murió en el 2012, durante un ataque de artillería del gobierno sirio.
Simpson señala entre sus admiradas colegas a Lloyd Roberts, quien daba lecciones sobre cómo actuar de incógnito. Una de sus tácticas era “asumir la rutina de una turista”. Para eso, se alojaba en un selecto hotel, y pasaba parte del tiempo zambulléndose en la piscina. “Nadie cree que un reportero en una misión clandestina tiene tiempo para divertirse”, decía Roberts.
Entre las heroínas de su época, Simpson menciona, de manera inevitable, a Martha Gellhorn, y sus espléndidas crónicas recopiladas en The View from the Ground: Peacetime dispatches, 1936–87, y In The Face of War: Writings from the frontline, 1937–85. Allí figuran sus crónicas más famosas, desde un linchamiento en el Deep South de Estados Unidos en 1936, hasta su descripción  de “el pueblo oculto” de Gran Bretaña, los desempleados de la década del setenta.
En los escritos de guerra de Gellhorn, vuelve a reaparecer el desembarco en Normandía, demostrando que una sola persona puede hacer toda la diferencia. Mientras la BBC de Londres envió a cuarenta y ocho corresponsales para cubrir el evento, Gellhorn prefirió esconderse en el baño de un buque hospital. Los periodistas de la BBC solo sufrieron mareos y problemas intestinales durante buena parte del recorrido, y llegaron tarde a destino. Las embarcaciones en que viajaban se mantuvieron mucho tiempo alejadas de la costa.
Gellhorn detalló en su famoso artículo “The First Hospital Ship”, la magnífica presencia de ánimo de los heridos en la playa de Omaha. Los hombres sonreían y hacían bromas mientras trataban de reconfortar a sus compañeros, “aunque padecían fuertes dolores y hubieran deseado  dar vuelta sus rostros y ponerse a gemir”.  
La periodista cubrió varios de los escenarios de conflicto más importantes del siglo veinte. Desde la guerra civil española, y la invasión de los soviéticos a Finlandia, hasta la guerra de Vietnam.  Informó del conflicto árabe-israelí, entrevistó a los “contras” que trataron de derrocar al gobierno sandinista y, a los 81 años de edad, informó sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá. Recién a comienzos de la década del noventa se vio obligada a renunciar a su intento de cubrir la sanguinaria guerra en Bosnia entre serbios y musulmanes, tras la partición de Yugoslavia.  “Ya estoy demasiado vieja”, explicó. “Para escribir desde un frente de combate, hay que tener mucha agilidad”.
Pese a sus hazañas periodísticas, Gellhorn siempre quiso ser recordada por su escritura de ficción. Y ahí debió tropezar con la fama de Hemingway, un ser muy simpático, muy seductor, pero también celoso e intimidante.
Se conocieron en 1936, cuando Gellhorn ingresó a un bar en Key West, Florida. Allí estaba Hemingway bebiendo, y contando a sus amigos alguna anécdota vinculada con toreros. Se hicieron amigos, y al año siguiente, cuando ella llegó a Madrid, reanudó la amistad con Hemingway y con otros corresponsales de guerra. Se casaron en 1940, viajaron y trabajaron juntos. En 1945 Gellhorn abandonó a Hemingway, tras una discusión en el hotel Dorchester de Londres. No solo fue la tercera esposa de Hemingway, sino la única que lo dejó. Hemingway nunca la perdonó. Un biógrafo del escritor dijo: “Su odio hacia ella era terrible”.


Para Gellhorn, Hemingway fue realmente una nota al pie. Había cosas más importantes a las cuales prestar atención. No necesitaba de muletas para transitar por el mundo. Pese a su coraje, las desdichas humanas la abrumaban.

SIN RETORNO

En su novela Point of no return, uno de sus protagonistas es Jacob Levy, un soldado que nunca dio gran importancia a su herencia judía, hasta tropezar con el campo de exterminio de Dachau. En el epílogo la narradora señaló: “Ahora me doy cuenta que Dachau ha sido ese prolongado punto del cual me resulta imposible regresar. Allí cambié. Cambié entre el momento en que atravesé la puerta de la prisión con su infame ´Arbeit Macht Frei´ (el trabajo nos hace libres) y el instante en que salí, al final del día. También se alteró la manera en que comencé a contemplar  la condición humana, y el mundo en que vivimos. Años de guerra me enseñaron mucho,  pero nada fue como Dachau. Ni siquiera la guerra. Comparada con Dachau, la guerra fue algo limpio. Detrás de las alambradas de púa y las vallas electrificadas, los esqueletos estaban sentados tomando sol, mientras revisaban su cuerpo buscando piojos. Esos esqueletos no tenían edad, o rostros. Todos se parecían entre ellos. Y no se parecían a ser humano alguno fuera de ese sitio. Si alguien tiene suerte, jamás verá esa clase de seres humanos”.
Nunca fue Martha Gellhorn una nota al pie en la vida de otra persona. Después de todo, había publicado dos novelas antes de conocer a Hemingway, y siguió escribiendo durante medio siglo más, tras abandonarlo.
Tuvo una vida prodigiosamente rica en experiencias. Cuando descubrió que la vida había perdido todo atractivo, decidió abandonar este mundo.  Pero nunca se arrepintió de sus experiencias. “Soy una privilegiada”, declaró en otra entrevista. He tenido una vida maravillosa. No la merecía, pero la tuve”.
Además, nunca fue la tercera esposa de un hombre muy famoso.



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