lunes, 13 de marzo de 2017

“Conclave” de Robert Harris. De aquí a la eternidad


Mario Szichman



Robert Harris es autor de excelentes novelas, que suelen lidiar con la corrupción del poder. Su relato Ghost analiza las dos vidas, la pública y la privada, de un político británico vinculado a la CIA. Fue llevada al cine por Roman Polanski, con excelentes resultados. Otro de sus textos, Fatherland, es un policial con una historia alternativa. La Alemania nazi ha triunfado en la segunda guerra mundial, y un oficial de la SS debe investigar el asesinato de un alto funcionario que participó en la Conferencia de Wannsee, en la cual se decidió “La solución final del problema judío”, que consistió en concentrar en Polonia a todos los judíos residentes de áreas ocupadas por el nazismo, con el propósito de exterminarlos. 
Conclave es una novela cuasi futurista. Se concentra en la sucesión pontificia. Tras el fallecimiento del Papa, los cardenales de la iglesia católica se reúnen en el Vaticano para elegir su reemplazante. Es posible que en el trasfondo de la novela figure la elección en el 2013 del argentino Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, o al menos, el episodio contribuyó a la escritura, pues el nuevo príncipe de la iglesia enfrenta problemas similares a los que plantea Harris.
En cierta manera, al menos en la estructura, Conclave recuerda un poco The Hundred Brothers, una sátira de Donald Antrim, hecha con gran destreza y humor. Antrim detalla la historia de una reunión social en una biblioteca donde se congregan noventa y nueve hermanos –todos ellos mencionados en el primer párrafo. El propósito de la reunión es eludir la tarea de enterrar de manera decente las cenizas de un padre. También se discute el misterio de la desaparición del centésimo hermano, y se enumeran las sospechas. Al parecer, la responsable de la desaparición es una mujer, Jane, quien nunca vuelve a ser mencionada en el relato.  La obvia hazaña de Antrim, además de mantener al lector hipnotizado con las extravagancias de los asistentes al evento, es barajar la presencia de los noventa y nueve hermanos, sin que el lector pierda el hilo de la narración.
Harris concreta algo parecido mostrando un cónclave de cardenales, divididos en varias fracciones, que intentan imponer diferentes agendas, a través de la elección del sumo pontífice.
El recurso del narrador es usar como actor principal al cardenal Lomeli, decano del Colegio de Cardenales, y encargado de presidir el cónclave. Entre los papabiles figura un tradicionalista, el italiano Tedesco, el presuntamente canadiense Tremblay, un ser que está en todas partes y en ninguna, el epítome de la ambición, el africano Adeyemi, y especialmente Vincent Benítez, el ser más misterioso de todos, y quien encubre un secreto que trastorna completamente la narración.
Benítez, arzobispo de Bagdad, es de origen filipino, y ha sido designado por el último Papa cardinal in pectore. Se trata de un eclesiástico elevado a cardenal cuya proclamación e institución se reserva el Papa hasta el momento oportuno. Toda clase de suposiciones rodean a Benítez. Algunos sacerdotes presumen que el Sumo Pontífice ha hecho ese peculiar nombramiento in pectore a fin de protegerlo de sus enemigos, pues el Bagdad en que reside Benítez no es un sitio muy saludable. Inclusive se asegura que habría sido víctima de un atentado. Harris se guarda esa carta de triunfo cercana al pecho, hasta el final de la narración.

Conclave es una buena novela, gracias al anclaje de Lomeli como protagonista. Numerosos nombres van circulando por los pasillos del Vaticano y sus aledaños, especialmente la Casa Santa Marta, por cierto, la residencia  donde se mudó el papa Francisco tras acceder al cargo. Previamente, los papas se alojaban en el más suntuoso Palacio Apostólico. (La Casa Santa Marta está destinada a alojar huéspedes del Vaticano, y es allí donde se reunieron los cardenales durante el cónclave que concluyó con el nombramiento de Bergoglio).
Harris se conoce al dedillo el Vaticano, pues obtuvo la autorización de la Santa Sede para recorrer buena parte del complejo edilicio durante la preparación de la novela. Y disfruta informando al lector de sus salas, de sus recovecos y del funcionamiento interno. Es una especie de visita guiada, que hace pensar también en la vida personal de los príncipes de la iglesia. No debe ser muy grato habitar esos lugares abrumados de historia, a veces carentes de confort moderno, en un enclave renuente a aceptar a los visitantes de Roma, excepto en algunos sitios específicos.
Harris es muy preciso, a veces cruel, describiendo esa Disneylandia de la religión católica. Uno sospecha que sus ancianos habitantes deben padecer de claustrofobia, pues están excluidos de la mayor parte de esa maravilla que es Roma.
Ausente el romance y los habituales conflictos terrenos ¿qué le queda al novelista? Pues abundante tema para la intriga (también la sexualidad juega un papel esencial, o al menos, la diferencia sexual).
Antes de fallecer, el Papa ha ordenado que el cardenal Tremblay, uno de los aspirantes a sucederlo, sea despojado de todos sus cargos. El cardenal Lomeli, personaje principal de la novela, trata de averiguar la razón, y se convierte en detective. Luego, le llega la hora a otro de los aspirantes a Papa: el africano Adeyemi, quien despotrica contra el matrimonio homosexual, y cuestiona el rol de la mujer en la sociedad moderna. (Como en el dicho español, “La mujer honrada, pierna quebrada, y en casa”). Hay un solo problema con Adeyemi. Él también encubre un secreto capaz de arruinar su aspiración no solo al papado, sino a toda posibilidad de conservar su cargo. Uno de sus rivales conoce el secreto, y anuda una intriga tan substanciosa como una telenovela para anular las aspiraciones de Adeyemi.
El escritor tiene el tino de construir su relato como una obra teatral. Podría ser llevado sin dificultades al cine, pues la abundancia de personajes secundarios que solo sirven para elaborar réplicas, es contrarrestada con tres o cuatro personajes de primer plano, encargados de hacer lo imposible a fin de alzarse con el premio mayor.
La mayor parte de Conclave se concentra en las sucesivas votaciones para elegir al nuevo Papa. El simple recurso se carga de suspenso, debido a las maniobras de las facciones existentes en el colegio de cardenales. Hay ocho votaciones, y en cada una de ellas, Harris introduce un elemento que trastorna la narración.
El cardenal Lomeli es un personaje muy especial, mesurado, amable, con buenas réplicas, y ansioso por encontrar la verdad –su único defecto es el control de sus pasiones que lo hacen algo santurrón—y posee la paciencia y la sabiduría de desempeñar muy bien el rol de detective, al descubrir algunos chanchullos muy interesantes, especialmente en materia financiera. No abundan los villanos perfectos en Conclave, pero cada uno de los malos de la película está bien construido, desde sus modales hasta sus monólogos, que suenan verdaderos.
Y en algunos detalles, Harris muestra talento. En cierto momento, el cardenal Lomeli recuerda haber pasado frente al féretro del Papa Pablo Sexto, en la catedral de San Pedro, tras su fallecimiento en 1978. “Debido al calor de agosto”, dice Harris, “el rostro adquirió una tonalidad entre gris y verdosa. La mandíbula estaba hundida, y existía un definitivo tufo a corrupción”.
La otra virtud de Harris es ir against the grain, a contrapelo de las verdades aceptadas.
Es evidente que un cónclave de cardenales para elegir un nuevo Papa no es precisamente una reunión de don Vito Corleone con sus lugartenientes para decidir cómo se dividen las secciones de una ciudad a fin de incrementar los ingresos. Y si no existen sospechosos de crímenes, y quienes están congregados en algún salón del Vaticano tienen como único propósito escoger a un nuevo líder ¿qué ingredientes picantes pueden incorporarse al menú?
Afortunadamente, la Santa Sede está emplazada en Roma, y Roma es la capital de Italia, país que ha tenido y sigue teniendo personajes bigger than life,  Como decía Orson Welles en El Tercer Hombre, “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz y ¿que tenemos? El reloj cucú”.
Si Italia tuvo a los Borgia durante el Renacimiento, ha contado con una buena cuota de gobernantes bastante similares en las últimas décadas. Un ejemplo es Silvio Berlusconi. A su vez, la Santa Sede ha contado con su cuota de escándalos, especialmente financieros. Basta recordar lo ocurrido con el Banco Ambrosiano,  cuyo gerente general, Roberto Calvi, más conocido como “el banquero de Dios”, fue hallado colgando de un puente en Londres. Según The Washington Post,  Calvi tenía conexiones con la mafia, y se temía que “divulgara algunos vínculos entre la iglesia y los bajos fondos”.
En febrero de 1987, magistrados de Milán ordenaron arrestar a tres altos funcionarios del Vaticano, entre ellos el arzobispo Paul Marcinkus, entonces presidente del Instituto para Obras Religiosas, nombre oficial del Banco del Vaticano. Marcinkus había sido previamente acusado de participar en el colapso financiero del Banco Ambrosiano. (Poco después, Calvi apareció colgado de un árbol).
Harris aprovecha algunas de esas anécdotas en la tarea detectivesca del cardenal Lomeli.
Pero la gran sorpresa se reserva para el final. Basta decir que gracias a una serie de probables circunstancias, los cardenales eligen como nuevo Papa a alguien que cambiará de manera definitiva, la historia de la iglesia católica.




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