sábado, 18 de marzo de 2017

La ficción de Robert Capa. La fotografía más famosa de la guerra civil española. Una recreación a su imagen y semejanza




Mario Szichman


Robert Capa. Inglaterra. 1944

Los soldados nunca mueren como en las películas, o idealizados como en los cuadros de famosas batallas. Suelen morir vaciándose por entre ambos canales. Napoleón sentía horror a recorrer los campos de combate tras una victoria, no por el olor de los muertos, sino del excremento.
La fotografía más notoria de la guerra civil española se titulaba al principio: “Miliciano leal a la República en el momento de su muerte. Cerro Muriano, 5 de septiembre de 1936”. Y su notoriedad, en parte, se debe a que va against the grain, a contrapelo del lugar común.



Conocida luego como El soldado caído, fue tomada por el fotógrafo Robert Capa, quien no se llamaba Robert Capa. Posee la autenticidad de toda obra maestra de la falsificación.
Los soldados, o cualquier otro ser humano, que reciben un balazo  en la parte anterior del cuerpo, caen hacia adelante. El proyectil no puede contrariar las fuerzas de la gravedad. Pero el soldado fotografiado por Capa parece caer hacia atrás. La incongruencia de la foto la hace parecer auténtica por su anormalidad. La anomalía se extiende al soldado. En un principio se dijo que era un recluta de la Federación Ibérica de la Juventud Libertaria, un grupo anarquista. Luego se ofreció el nombre del soldado: el miliciano Federico Borrell García. Eso formó parte de una leyenda luego alterada. Era otra persona quien aparecía cayendo en la fotografía.
El miliciano colapsa hacia atrás, tras recibir un balazo en la cabeza. Su rifle se desliza de su mano derecha. El hombre viste ropas de civil. Su único atavío militar es una cartuchera con balas.

Durante décadas, la imagen simbolizó la fratricida guerra librada por los españoles entre 1936 y 1939, que concluyó con el triunfo de Francisco Franco. Pero en las últimas décadas,  proliferaron las dudas sobre su autenticidad. Ni siquiera se sabe si fue tomada realmente por Robert Capa, que tampoco se llamaba Robert Capa. ¿Ocurrió el episodio en Cerro Muriano? ¿Se llamaba el miliciano Federico Borrell García? Y luego, el hallazgo final: por esa misma época, y en el mismo lugar, fueron puestas en escena fotos trucadas, donde seres disfrazados de soldados o milicianos simulaban caer muertos tras ser baleados por el enemigo.

EL HOMBRE QUE NO SE LLAMABA ROBERT CAPA



 Gerda tomando fotos en Madrid
En 1933, Gerda Pohorylle y André Friedmann llegaron a París. Según una reseña en The Times Literary Supplement,  Gerda había huído de la Alemania nazi, tras pasar un tiempo en la cárcel.  André venía de la Hungría fascista, tras pasar por Berlín.
Con el respaldo de exiliados políticos que la habían conocido durante sus días de activismo estudiantil en Leipzig, y su conocimiento del francés, Gerda trabajó como secretaria, hasta que el incremento del antisemitismo en Francia le hizo perder el empleo. En cuanto a André, quien había trabajado como ayudante de un fotógrafo en Berlín, vivía bastante aislado. Su famoso compatriota André Kertész, le ofreció trabajar para él. Pero Friedman tenía varios defectos. Era impuntual e irresponsable. Tampoco mostraba prolijidad en el revelado de fotos. No era mejor en su vida personal. Huyó de varios hoteles dejando cuentas impagas.  



Su única virtud era que parecía un galán de cine. Un día, André encontró a una muchacha en la calle, Ruth Cerf, y le propuso que posara para su cámara en un parque. Ruth, atraída por Friedman, pero dudando de sus intenciones, aceptó la propuesta, pero, por si las moscas, trajo consigo a una chaperona,  Gerda, quien se enamoró de inmediato del galán. Se convirtieron luego en una de las más famosas parejas de fotógrafos de la primera mitad del siglo veinte. Ambos terminarían cayendo en el campo de batalla. Gerda, en España, durante la guerra civil. André, veinte años más tarde, en 1954, en Vietnam. Pero, para ese entonces, nada quedaba de su vida anterior. Para el momento de su abandono de este mundo, Endre Erno Friedmann, o Andrés Friedmann, se había transfigurado en Robert Capa.  

LA INVENCIÓN DE GERDA

En su libro Gerda Taro: Inventing Robert Capa, Jane Rogoyska asegura que el fotógrafo fue en parte la invención de Gerda. La joven reconoció que pese a sus defectos, entre ellos la indisciplina, el hombre al que conoció como André Friedmann era muy talentoso. Pero resultaba necesario  convertirlo en un profesional, limpiarlo de sus antecedentes, negar su origen judío, una precaución muy útil en una Europa plagada de antisemitismo.
Gerda se encargó de rebautizarlo Robert Capa. Luego informó a las agencias de fotografía que era un profesional estadounidense recién llegado a Europa. Un tal Andrés Friedmann, el alter ego de Capa, se transfiguró en el encargado de revelar fotos, y Gerda fue su representante. En reuniones con ejecutivos de agencias, Gerda decía que Capa nunca aparecía en público. Siempre estaba ocupado con algún assignement muy redituable, o si no, descansando en su enorme yate. Además, Capa nunca aceptaría un trabajo a menos recibiera una ganancia tres veces superior a la de cualquiera de sus más importantes colegas.
Como indica la nota en The Times Literary Supplement, los editores parisinos comenzaron a pagar fuertes sumas de dinero por fotografías de Robert Capa. Algo que nunca habrían hecho con un tipo apellidado Friedmann.
Si bien Gerda fue el cerebro gris detrás del ascenso de Robert Capa a la fama, el fotógrafo adquirió notoriedad no solo por sus imágenes, o por la cantidad de amantes que recopiló en su vida, sino por su egoísmo. En una entrevista de radio que le hicieron en 1947, dijo que él inventó la estratagema para convertirse en Robert Capa. Además, jamás mencionó a Gerda Taro.
La dama no solo se atrevió a vivir con Capa sin pasar por el Registro Civil, sino que lo acompañó en misiones muy difíciles. Apenas Franco se alzó en España, en agosto de 1936,  la pareja se dirigió a ese país en llamas y arriesgó en varias ocasiones su vida.
Trabajaron en Barcelona, luego marcharon al frente de Aragón, más tarde a Madrid, y después hacia el sur, rumbo a  Córdoba. En esa zona, Capa fotografió al miliciano caído. Es la primera imagen registrada de un soldado en el momento de su muerte.  La fama de la fotografía se prolongó décadas. Luego, empezaron los interrogantes.
El paisaje de la foto no corresponde a Cerro Muriano, sino a la localidad de Espejo, situada 50 kilómetros al sur. Espejo no había sido afectada por la guerra.
Al día siguiente, Gerda y Robert Capa fueron vistos en Cerro Muriano, una población destruida por las tropas de Franco. 
Investigadores encontraron discrepancias en la foto. Si al principio la imagen del miliciano cayendo en una especie de salto acrobático parecía reflejar la verdad  de la guerra, luego se pensó en un ardid publicitario. O quizás el miliciano había perdido el equilibrio durante las prácticas de tiro.
Según dice Rogoyska en su libro sobre Gerda Taro, la pareja se hallaba en Cerro Muriano,  conversando con milicianos, cuando de repente, soldados franquistas abrieron fuego. Capa aprovechó para tomar fotos. Pero según informó Capa en la entrevista radial que le hicieron en 1947, él asomó su cámara por encima de una trinchera,  sin apuntar a objetivo alguno, y oprimió repetidas veces el disparador.
Al ser revelado el rollo, una de las tomas mostró al miliciano cayendo muerto. La fotografía, según Capa, habría sido obra de la casualidad. Para un profesional de su prestigio, alegar que esa imborrable imagen fue un simple albur, es difícil de creer. Pero la verdad es peor. La pareja tomó muchas fotos con escenas de combate ensayadas, como por ejemplo en la población de La Granjuela. Por lo tanto, no es absurdo pensar que el miliciano caído formó parte de esas tomas ensayadas.

En marzo de 1937, Gerda Taro viajó sola a España. Capa se quedó en París. Primero se dirigió a Guadalajara, luego a Valencia. En abril llegó a Madrid para reunirse con Capa, tras negarse a aceptar su oferta de casamiento. Al parecer, quería mantener su independencia.  
Durante los tres meses siguientes, todas las fotos tomadas en España pertenecen a Gerda.
El 25 de julio de 1937, cuando los franquistas recuperaron la población de Brunete, Gerda se unió a la retirada de los republicanos, tras agotar todos sus rollos de película. Fue aplastada por un tanque que iba en retroceso.
Capa quedó devastado por la muerte de Gerda. Al menos, esa fue la opinión de sus amigos. Muchos temieron que nunca lograría recuperarse de la pérdida. Al parecer, se recuperó muy bien,  aunque pareció perder la memoria. Nunca más volvió a mencionar a Gerda.
LA MALETA MEXICANA

El talento fotográfico de Gerda se hundió en la obscuridad. Pero en el 2007, apareció la “maleta mexicana”. Se trata de tres cajas con rollos de película de la guerra civil española pertenecientes a  Capa, a Gerda Taro y a otro fotógrafo, David Seymour. Capa entregó las cajas a un amigo antes de viajar a Nueva York in 1939.
Como señala  Rogoyska, Gerda logra emerger de la sombra de Capa, gracias al hallazgo de los rollos de película. Es difícil conocer su real aporte a la fotografía moderna, aunque parece haber sido substancial. El problema es haber tenido una pareja como Capa, no precisamente el más generoso de los hombres.
A diferencia de Martha Gellhorn, que nunca aceptó ser la tercera esposa de Ernest Hemingway, y fue una excepcional corresponsal de guerra (ver el post http://marioszichman.blogspot.mx/2017/03/martha-gellhorn-nunca-fue-la-tercera.html) Gerda Taro prefirió actuar en las sombras, protegiendo la fama de su amante. Al mismo tiempo, no tuvo temor a arriesgar su vida, y luchar por sus ideales.
Tal vez esa parte de su personalidad se transmitió a Capa.  El 25 de mayo de 1954, en Thai Binh, Indochina, el hombre conocido al comienzo de su vida como Endre Erno Friedmann,  murió al pisar una mina de percusión.
La revista Time  dijo que la última mañana de su vida,  Fiedmann/Capa les dijo a varios soldados franceses: “Esta va a ser una bella historia”, y partió de la aldea de Nam Dinh, situada en el delta del río Rojo, en Vietnam. “Prometo actuar hoy con buena conducta. No insultaré a mis colegas, ni mencionaré la excelencia de mi trabajo”, añadió. Ocho horas y 30 kilómetros más tarde, Capa estaba muerto, tras pisar una mina terrestre en Thai Binh.
Murió como vivió, tomando fotos. Con su celebridad y sus crecidos honorarios, podría haberse dedicado a la tarea más agradable de fotografiar bellas damas, y de seducirlas. En cambio, optó por seguir la vía regia de las zonas de guerra. Tal vez ese fue su encubierto homenaje a la mujer que lo sacó del anonimato, y de sus desprolijos encuentros con la vida.

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