Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de enero de 2017

El comandante en su laberinto: Obscenidad e incontinencia como herramientas políticas



Mario Szichman



El Otoño del Patriarca no es una de las mejores novelas de Gabriel García Márquez. No está a la altura de sus cuentos perfectos, como Los funerales de la mama grande, o algunas de sus crónicas periodísticas, como el Relato de un náufrago, o esa joya que es El coronel no tiene quien le escriba. Siempre he pensado que menos es más. Inclusive Cien años de soledad me empezó a empalagar ya en el segundo capítulo. En el tercero, parecía que en la viña del señor, tanto seres humanos como animales se hallaban en suspensión, atravesando la tierra a algunos metros de altura. Solo hacía falta que las vacas volaran.

Pero El Otoño del Patriarca posee una cualidad: muestra los restos del festín. Recuerda esa espléndida recreación de los finales de una bacanal en la versión cinematográfica de El Gatopardo, dirigida por Luchino Visconti. Ese segmento debe durar cerca de una hora. Podría haber sido una hora insoportable; nada significativo ocurre. Carece de importancia observar a invitados a una fiesta luego de que se ha comido, bebido y danzado. Pero el aburrimiento y la desazón consiguen transfigurarse en elementos de una tragedia. Los cuerpos, las efímeras sonrisas, las arrugadas vestimentas, los vestigios del maquillaje en las mujeres, el abatido control en el rostro de los hombres, todo preanuncia las luces de un mortecino amanecer.

En El Otoño del Patriarca, la decadencia y la posible muerte del anciano dictador resultan más elocuentes que su omnímodo poder. Lamentablemente, el realismo mágico funciona en escasas instancias. El hechizo puede consistir en frotar un talismán, como en La piel de zapa, de Balzac, pero luego, hay que apaciguar el fervor y mostrar el eterno conflicto humano, sin excederse en las descripciones, en los desfiles, o en la actividad sexual.

Uno de los riesgos que corre el escritor es empalagar a sus lectores, especialmente cuando se trata de analizar la emblemática figura del dictador latinoamericano.

García Márquez tenía vasta experiencia en materia de tiranos. Fue testigo, o siguió de cerca, la caída del venezolano Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958. Debe haber leído bastante sobre el derrocamiento del cubano Fulgencio Batista el 31 de diciembre del mismo año, y Fidel Castro seguramente lo nutrió de numerosos detalles. También estaba el asesinato de Chapitas Trujillo en las afueras de Santo Domingo, en mayo de 1961. El narrador vivió varios años en España durante el franquismo, y en Colombia, en la época de Rojas Pinilla. Le fascinó además la figura del dictador venezolano Juan Vicente Gómez. (Nuestro subcontinente puede sufrir muchas carencias, pero al menos podemos enorgullecernos de la generosa pléyade de dictadores).

La amistad de García Márquez con Fidel no fue uno de sus momentos más prestigiosos. En ocasiones, el “Gabo” –así solían llamarlo con toda confianza aquellos que nunca lo habían tratado en su vida— se excusó diciendo que una de sus encubiertas tareas en la isla era conseguir la libertad de algún preso político cubano. De todas maneras, debe haber sido una agobiante amistad. En cierta ocasión, García Márquez aludió a la costumbre de Fidel de llevar consigo una libreta de apuntes, y anotar todo lo que se le iba ocurriendo mientras visitaba una fábrica, o un comercio, o algún ingenio azucarero. ¿Qué hacía Fidel con esos centenares o millares de páginas de apuntes? El escritor lo ignoraba. Uno de los narradores más famosos del siglo veinte nunca intentó averiguar qué significaba esa forma de logorrea transferida al papel, pese a que hay excelentes tratados psiquiátricos que podrían explicarla.



“¡NO ME SIMPATIZAS!”



García Márquez toleró con sempiterna sonrisa la personalidad de Fidel. Sin embargo, el líder cubano nunca consiguió transmitirle su afecto por el teniente coronel Hugo Chávez Frías. Es famosa la dual opinión del novelista sobre el líder venezolano, tras una conversación a bordo de un avión que transportaba a ambos a Caracas. García Márquez dijo que había en Chávez, “dos hombres opuestos. Uno, al que los caprichos del destino han dado la oportunidad de salvar a su país. El otro, un ilusionista, que podría pasar a los libros de historia simplemente como otro déspota”.

Algunos creen que el autor de El amor en los tiempos del cólera nunca simpatizó con Chávez por razones de contigüidad geográfica. El Libertador Simón Bolívar solía decir que “Colombia es una universidad y Venezuela un cuartel”. (También añadió que “Ecuador es un convento”).  En Colombia, al menos durante buena parte del siglo veinte, un cachaco era una persona elegante, de buenos modales. En Venezuela, el término que más se le acerca es el de sifrino. Pero un cachaco puede ser pobre. Lo sobresaliente es su cultura. Un sifrino no puede ser pobre. Le gusta lucir bienes materiales, y estar a la moda, aunque su nivel intelectual sea muy bajo.  Por otra parte, el neorriquismo de la clase media y alta de Venezuela, nunca les cayó bien a los colombianos. Presumían que la ostentación solía ser acompañada del mal gusto. Y casi nunca estuvieron desacertados.

Quizás eso influyó en el menosprecio de García Márquez por Chávez. Al menos Fidel cortaba una figura elegante, muchos funcionarios de la CIA lo admiraban, especialmente por su juventud, su arrojo y su “macho elan”. En cambio, Chávez era absolutamente impresentable, en parte por su progresiva obesidad, y de modo primordial, por su inquebrantable chabacanería.



 Rori Carroll
Hay un libro muy especial para entender al líder venezolano: Comandante Hugo Chávez´s Venezuela, de Rory Carroll[i], quien fue corresponsal del periódico británico The Guardian en Caracas, entre el 2006 y el 2012. Otros libros intentan dar razón a la locura chavista. O se niegan a calificarla como tal. Carroll, con más astucia, simplemente da nutridos ejemplos de ese desvarío. Y que cada uno asuma sus propias conclusiones.

En El burgués gentilhombre, de Moliere, Monsieur Jourdain descubría que los seres humanos hablaban en prosa. En la Venezuela chavista, fue posible descubrir que el comandante, entonces vivo, posteriormente eterno, poseía esfínteres. 

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el esfínter es “un músculo anular con que se abre y cierra el orificio de una cavidad del cuerpo para dar salida a algún excremento o secreción, o para retenerlos; p. ej., el de la vejiga de la orina o el del ano”. Aunque Chávez compartía ese músculo con el resto de los seres humanos, y con abundantes clases de mamíferos, no era cuestión de vanagloriarse. O de meditarlo como un tema de conversación, excepto entre un médico y su paciente. En cambio Chávez estaba convencido que sí era un tema de conversación. Y lo discutió en uno de sus “¡Aló Presidente!”ante centenares de miles de espectadores.

Según Carroll, el comandante Chávez explicó ante una incómoda audiencia en la cual estaban presentes varios de sus ministros, que “había librado una batalla con su esfínter durante un previo evento”, también televisado. “Nadie lo sabía”, comentó Chávez, “pero yo tenía cólicos… ¡Sí, tenía diarrea! Soy un ser humano como el resto de ustedes. En ocasiones, el pueblo se olvida de eso. Mi Dios, ¡ooff! No se imaginan cómo estaba sudando”. Luego, la cámara de televisión recorrió los rostros de aquellos sentados cerca de Chávez. “Los rostros, al parecer, estaban deleitados con la anécdota”. Y con buenas razones. Según Carroll, tras concluir su programa dominical, Chávez revisaba la grabación, que podía extenderse hasta por diez horas. Si observaba algún rostro que no aparecía arrobado ante sus impertinencias, al día siguiente le ofrecía al portador del rostro las gracias por los servicios prestados.

Pero Chávez era muy egoísta. Los únicos esfínteres que le preocupaban eran los de su cuerpo. Sus peroratas podían prolongarse hasta diez horas. Y los seres humanos que debían tolerar su elocuencia, no estaban autorizados a alzar la mano y pedir permiso para ir al baño. Había mucho de sádico en esa actitud de impedir a sus prójimos atender a una humilde necesidad humana.

El comandante tampoco sentía rubor alguno en anunciar sus actividades eróticas. En el Día de San Valentín del año 2000, Chávez le anunció a su entonces esposa Marisabel, que esa noche la dama sería gratificada por el santo. El presidente venezolano aprovechó además para hacer un gesto libidinoso frente a las cámaras de televisión.

En otra oportunidad, durante la celebración del Día Mundial del Agua, en el 2011, Chávez formuló un anuncio que causó pánico en su audiencia. Según el jefe de estado, el capitalismo había liquidado la vida en Marte. El pánico fue, inicialmente, resultado de la incertidumbre. ¿Había hablado Chávez en broma o en serio?

“No sería nada extraño”, enunció el presidente, “que haya existido civilización en Marte, pero quizás el capitalismo llegó allí, los imperialistas llegaron y acabaron con el planeta”. Algunos en la audiencia, convencidos de que Chávez había hablado en broma, sonrieron. Pero al observar los adustos rostros de otros, sus sonrisas se congelaron. Quizás el presidente había hablado realmente en serio. Por lo tanto, pusieron rostros de jugador de póker, mientras aguardaban una aclaración. No hubo aclaración alguna. Chávez mencionó otros tópicos, y hasta el día de hoy, nadie sabe si hubo alguna vez vida en Marte.

¡Hay tantos secretos que Chávez se llevó a la tumba!

Por ejemplo, se ignora si el Libertador fue realmente asesinado por la oligarquía colombiana. Y eso, pese a que Chávez, disfrazado de cirujano en jefe, lo sometió a una segunda autopsia, mientras era contemplado por parte de su tren ministerial. (La primera autopsia de Bolívar fue hecha por el médico francés Próspero Reverend el 17 de diciembre de 1830, cuatro horas después del fallecimiento del Libertador. La segunda, el 16 de julio de 2010, 180 años después. En la primera, Reverend, operó solo, y no descubrió huella alguna de la presencia de los oligarcas colombianos en el deceso. En la segunda, Chávez fue asistido por “unas 50 personas, incluidos patólogos e investigadores criminales”, de acuerdo a la oficial Agencia Venezolana de Noticias. El jefe de estado prometió revelar a la mayor brevedad posible los resultados de la autopsia. Hasta el día de hoy, se ignoran los resultados).

En cuanto a la liquidación de la vida en Marte por parte de capitalistas o imperialistas, hubo al menos un chivo expiatorio que pagó por la gaffe del líder. Nuris Orihuela, quien se desempeñó como encargada del programa espacial del comandante –sí, Venezuela tuvo su programa espacial—debió abandonar el cargo en el 2009, aunque era una de las escasas figuras del régimen respetada por académicos opositores. Dos años más tarde, le explicó al corresponsal de The Guardian que aunque Chávez era muy inteligente, los sorbecalcetines de turno le habían ofrecido información sobre Marte “incompleta y fuera de contexto”.

Chávez nunca se mostró proclive a explicar que había metido la pata. Por lo tanto Nuris Orihuela, la persona encargada de brindar información al presidente de una manera ponderada y correcta, fue desalojada de su entorno. En cambio, los impostores siguieron en sus cargos, ofreciendo al comandante nuevas perlas de su ignorancia.



LOS INFINITOS CAMINOS DE LA LISONJA


        Es un grave riesgo ser aconsejado por aduladores. En su entusiasmo por ejercer el cargo de felpudos, los serviles pueden destruir una reputación. Carroll cuenta que durante una época, Chávez quedó embelesado con el libro El oráculo del guerrero, del escritor Lucas Estrella Schultz. Ya la palabra oráculo tendría que haberlo puesto en estado de alerta. Y luego, proliferaban las frases que parecían de double entendre. Por ejemplo: “guerrero, cuando ganes una batalla, no pierdas el tiempo envainando la espada, pues el mañana solo traerá más combates”.

Durante meses, dice Carroll, el presidente elogió el libro, exaltando su sabiduría y erudición, “pero luego que se diseminaron chistes señalando que el texto era una metáfora gay, nunca lo volvió a mencionar”. Tampoco se supo quien le recomendó el texto.

Comandante Hugo Chávez´s Venezuela es un libro vastamente informativo. Permite avizorar los principales ingredientes de un gobierno anárquico que nunca completó sus tareas, y destruyó tanto o más que construyó. Carroll marca como uno de los episodios centrales la llamada Tragedia de Vargas.

El 15 de diciembre de 1999, tras una tormenta registrada en el Caribe venezolano, hubo grandes aludes e inundaciones en el litoral, especialmente en el Departamento Vargas. Fue, quizás, el peor desastre natural registrado en Venezuela tras el terremoto de 1812. Hubo un saldo provisional de entre siete mil y treinta mil muertos —hasta el día de hoy se ignora la cifra exacta— y decenas de miles de damnificados.

Chávez prometió un gigantesco esfuerzo de reconstrucción en la patria de Bolívar. El Libertador, tras el sismo de 1812, enunció su frase más famosa: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella, y haremos que nos obedezca”. Pero Chávez pertenecía a la generación de la maleza.

Las tareas de reconstrucción en el estado Vargas y zonas adyacentes pasaron del ímpetu al letargo, dice Carroll. “Las topadoras empezaron a llegar tarde, o dejaron de hacerlo. Los ingenieros hicieron planos, pero no retornaron. El cemento comenzó a desaparecer. La ayuda pareció evaporarse en la neblina. A medida que pasaron los meses, los sobrevivientes abandonaron sus refugios y retornaron al esqueleto de viviendas derrumbadas… más de una década más tarde, todavía estaban allí, aguardando ayuda… El ciclo volvía a repetirse”.

Había otras tareas más urgentes, nuevas promesas que formular, y que nunca se concretarían.



Se puede decir muchas cosas de los dictadores latinoamericanos. Pero a excepción de Chávez, nadie fue acusado de ser un payaso, un bufón, un clown. Hay cierta majestad en la investidura presidencial. Juan Perón, quien pese a su sonrisa “Kolynos” defendía la solemnidad del cargo, solía decir que se retorna de todas partes, menos del ridículo. Al parecer, estaba equivocado.

Perón gobernó diez años. Fue derrocado en un golpe militar. El chavismo viene gobernando, o desgobernando Venezuela desde hace 18 años, y excepto por los opositores, que viven en la isla de la fantasía, y combinan la ineptitud con una fuerte dosis de complicidad, la mayoría de los habitantes de la tierra del sol amada están convencidos de que hay chavismo para rato.

Quizás existe algún secreto ingrediente en la manera en que los chavistas hacen política. ¿Cómo ha logrado tanta longevidad en un país que padece la mayor inflación del mundo? Sus habitantes tienen que hacer kilométricas colas de manera cotidiana para obtener productos indispensables, el internet se ha convertido en la farmacia virtual de muchos venezolanos, y la nación, o lo que queda de ella, tiene una de las más altas tasas de asesinatos en el mundo[ii].

Lo único que ha logrado exhibir el chavismo desde su llegada al poder, es su enorme capacidad de subsistencia, pese al abandono y  la sistemática destrucción de su riqueza. Años de saqueo y despilfarro del erario público han transformado a Venezuela en un país hipotecado. Basta ver el colapso de Petróleos de Venezuela, en una época una de las mejores empresas del mundo en la explotación de hidrocarburos, o de Citgo, una subsidiaria que logró entrar con éxito en el mercado de Estados Unidos. Todo se está rematando al mejor postor.



En América Latina, el futuro es un eterno altercado entre quienes permiten el brote de la maleza y quienes intentan abrir un claro en ella. Tras unos años de prosperidad y de la disipación de las riquezas, la maleza siempre retorna. Los más emprendedores son como los cruzados, construyen  encima de los escombros, usan los techos como cimientos y cubren todas las rendijas a fin de impedir el avance de la maleza. Pero los más industriosos no tienen cabida en un país donde la maleza avanza a paso de vencedor. El libro de Rory Carroll es una excelente radiografía de un territorio de múltiples promesas incumplidas, nuevamente inmerso en la maleza.





[i] The Penguin Press, New York, 2013


[ii] El Observatorio Venezolano de Violencia indicó que durante el 2016, la nación caribeña registró 28.479 asesinatos, una tasa de 91,8 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Venezuela se ubica como el segundo país más violento del mundo, precedido por El Salvador y seguido por Honduras que registran 103 y 59 homicidios por cada 100.000 habitantes, respectivamente.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Antimemorias caraqueñas de un periodista sin grabador


                                              
Mario Szichman                                
                                                                                                                                                                                                    Para Edmundo Bracho



(En octubre de 2004, viajé a Caracas para presentar mi novela Las dos muertes del general Simón Bolívar. Hugo Chávez había llegado a la presidencia en 1999, y Venezuela daba muestras de un sismo de grado ocho en la escala de Richter. La Caracas en que viví entre 1967 y 1980 –con un intervalo en Buenos Aires, entre 1971 y 1975– había cambiado para peor. Decidí escribir una crónica sobre mi experiencia para la revista Veintiuno, de la cual era editor el poeta y ensayista Edmundo Bracho, un entrañable amigo. Por alguna razón, no publiqué la crónica. Esta semana la encontré en un flash drive que hacía años no usaba. La rescato ahora como simple snapshot, un efímero momento de la Venezuela controlada por el chavismo. Pero al menos en ese embrión de régimen autoritario ya aparecían señales ominosas de la catástrofe política que se avecinaba. Como podrá deducir el lector, ese casual incendio en el Parque Central que menciono, no fue casual. De eso se enteró el público algunos años después).  
            La odisea comenzó con un simulacro del derribamiento de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Fido de Bagdad, y concluyó con el incendio de un rascacielo en el Parque Central que recordó ominosamente a una de las dos torres gemelas del World Trade Center ardiendo tras la embestida de uno de los pilotos suicidas de Osama bin Laden. Todo ello aconteció en la ciudad mariana de Santiago de León de Caracas en el módico lapso de cinco días, entre el 12 y el 17 de octubre del 2004, y lo pude observar con lujo de detalles desde la ventanilla trasera de un taxi. En ese corto período cargado de eventos, mi imaginación desbordaba de ideas. No veía el momento de retornar a mi apartamento en New Jersey, revisar mis libretas de apuntes y casi diez horas de grabación, y escribir un enjundioso tratado sobre la situación actual que vive en Venezuela, brindando de paso algunos sabios consejos a los venezolanos sobre cómo emerger de la difícil situación que confrontan la oposición y el gobierno. No contaba con las estrictas medidas de seguridad en los aeropuertos, ni con el fenómeno de la altitud. Al pasar por las máquinas de control, las cintas de grabación sufrieron algún proceso de magnetización, porque lo único que pude detectar fue un zumbido, como el que emiten los mosquitos ubicados entre una lámpara de noche y nuestra endulzada sangre. En cuanto a las libretas de apuntes, iban en un bolso junto con mis implementos de baño y al parecer, a 10.000 metros de altura, el rociador con espuma de afeitar comenzó a actuar por su cuenta, y los inteligentes apuntes quedaron borroneados con una pasta moteada que hizo imposible su lectura. Volví a sentir una vez más la inquietante sensación de que había viajado a Caracas envuelto en una nube de ácido lisérgico. Mis impresiones son fugaces y contradictorias. Tengo ahora una idea mucho más caótica de lo que está ocurriendo en Venezuela de la que poseía antes de viajar. Y todas mis convicciones se han derrumbado.

            Vértigos (I)  

            Detesto al periodista cuya búsqueda de noticias consiste en tomar un taxi del aeropuerto al hotel, y luego otros taxis desde el hotel para visitar periodistas amigos que hablan su mismo idioma, y con ayuda de dos o tres anécdotas de esos amigos, más la recopilación de las entrevistas a los taxistas, trata de entender un país y en ocasiones el mundo. (En el medio irrumpe el recuerdo de The Year of Living Dangerously, de Peter Weir, donde algunos corresponsales de prensa intentaban dilucidar lo que ocurría en la Indonesia de Sukarno desde el bar de un hotel –un microclima que sólo reproducía un mundo de neuróticas borracheras, visitas a burdeles, y experiencias con la prostitución infantil).
            Pero hacía cuatro años que no visitaba Caracas, luego de dos décadas de ausencia. En los pocos días que permanecí en ella tuve que acudir en numerosas ocasiones a esos demonios del volante, sintiendo en toda ocasión zumbidos en los oídos y el ominoso vértigo que se instala en la boca del estómago cada vez que un avión ingresa en una zona de turbulencia y empieza a perder altura. Y en los instantes en que podía escuchar los comentarios de esos conductores (y eso solía ocurrir luego que frenaban al borde de una acera, y me acompañaban solícitamente a calmar mi náusea recostado en el paragolpes de sus automóviles) iba adquiriendo lo que creía era una visión muy profunda del acontecer venezolano. Todo eso gracias a los sagaces taxistas chavistas y antichavistas. Y si a eso añadía mi grabador en constante funcionamiento y mis libretas de apuntes registrando cada diálogo, la posibilidad de un gran reportaje parecía un hecho cierto.


            Vértigos (II)

            Tras la catástrofe con mis libretas de apuntes y con las cintas grabadas, puedo inferir que el presidente Hugo Chávez es el mejor amigo de los pobres, y al mismo tiempo, el hombre que ha acrecentado la pobreza. Le está enseñando al pueblo venezolano a pescar, a través de sus Misiones, aunque lo que está haciendo en realidad es regalarle al pueblo un pescado, garantizándole un futuro donde se morirá de hambre. Es un demócrata sincero, o un tirano cuya dictadura está atemperada por la incompetencia.  
Sin embargo, chavistas y antichavistas coinciden al menos en un hecho: Chávez es un libertario cuando se trata de su movimiento político. No está interesado en crear un partido orgánico, ni de derecha ni de izquierda, pues los partidos engendran dirigentes, y los dirigentes tienen en ocasiones la tendencia a serrucharle el piso a sus líderes.
Algunos chavistas creen que sin estructuras orgánicas, el movimiento puede colapsar como un castillo de naipes. Los antichavistas tienen esperanzas de que la falta de estructuras orgánicas haga colapsar al movimiento chavista como a un castillo de naipes.
            Finalmente, los chavistas creen que el futuro de Venezuela es luminoso, y los antichavistas, que el futuro de Venezuela es color alquitrán si Chávez continúa creyéndose el dueño de la piñata.

            Recordando con nostalgia (I)

            Siempre soñé con ser periodista, aunque aborrecía con entusiasmo las libretas de apuntes y grabadores. Y siempre lo pagué caro. La primera vez que viajé a Caracas, en 1967, fui recibido con gran jolgorio por el terremoto del Cuatricentenario. (En esa época el mundo no se dividía entre chavistas y antichavistas, sino entre simpatizantes del gobierno y partidarios de la lucha armada. Teodoro Petkoff no era director del diario Tal Cual, sino que figuraba en los encabezados de los diarios gracias a su osada fuga del cuartel San Carlos, tras una serie de peripecias que sólo se encuentran en las páginas de El conde de Montecristo).
            Algunos días después del sismo, durante una reunión de escritores –creo, si mal no recuerdo, para el otorgamiento del Premio Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por La Casa Verde– entrevisté a un escritor relativamente desconocido, de quien me había hablado con gran entusiasmo la escritora Marta Traba. Yo había leído algunos de sus perfectos cuentos, y una novela corta, más perfecta aún, llamada El coronel no tiene quien le escriba. Quienes no tenían la más remota relación con su persona o con su obra, lo llamaban afectuosamente Gabo.
El señor Gabriel García Márquez me recibió en un modesto hotel de la Avenida Francisco Solano exhibiendo una amable, distante sonrisa, y a una espectacular jovencita caraqueña –todavía no he conocido la primera joven caraqueña que carezca de espectacularidad. Yo, con la arrogancia de los 21 años, y mis ínfulas de intelectual del puerto de Buenos Aires, me presenté para la entrevista sin grabador y sin libreta de apuntes. García Márquez enarcó levemente las cejas, y me preguntó cómo me proponía registrar sus palabras. Le respondí que no se preocupara, pues poseía una memoria fotográfica. Y eso fue rigurosamente cierto. Al otro día recordaba muy bien la cara de García Márquez y de su bella acompañante, aunque ni una sola de sus palabras, pero ¿para qué están los periódicos? Adquirí varios matutinos, donde convencionales periodistas munidos de grabador y de libretas de apuntes habían registrado las palabras del escritor. De esa forma pude hacer una entrevista exclusiva, para una agencia noticiosa de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero, como la memoria es selectiva, recuerdo al menos de esa época remota que García Márquez me habló con entusiasmo de su nueva novela, Cien años de soledad. Cuando le pregunté quien creía que iba a ganar el siguiente premio Rómulo Gallegos sonrió y se apuntó al pecho con un dedo, y cuando quise saber por qué no vivía más en Caracas, me dijo que si bien la ciudad le encantaba, era demasiado turbulenta para su gusto. La actividad subterránea de la corteza terrestre se correspondía con la hiperactividad de los caraqueños.
Como muchos forasteros antes o después que él, una de sus recurrentes pesadillas era ser atropellado por un vehículo y ser curado en un hospital del Seguro Social.

Vértigos (II)

            Sin mis libretas de apuntes y sin las cintas grabadas, mis recuerdos son confusos. Tengo sin embargo la fugaz visión de que cuando estaba llegando a Caracas, el 12 de octubre de este año, algunos miembros de la resistencia indígena le estaban propinando mandarriazos a la estatua de Cristóbal Colón cerca de Plaza Venezuela.
            Según me explicó el taxista, en esta ocasión un chavista, había llegado el momento de activar la resistencia indígena. Sin embargo, mientras observaba en la ventanilla trasera de su vehículo a varios representantes de la resistencia indígena, algunos de ellos catires de absolutos ojos azules, destruir la estatua del ex gran navegante genovés, mi taxista se mostró condolido por ese acto de vandalismo. Al mismo tiempo, me demostró que la globalización es un hecho irreversible, al transportarme súbitamente, al otro extremo del mundo. En esta ocasión, me dijo, eran los auténticos hijos de esa patria caribe quienes se habían encargado de condenar a la efigie de Colón al suplicio de Túpac Amaru. ¡Qué diferencia con lo ocurrido en Irak, donde tropas invasoras habían derribado la estatua de Saddam Hussein! Sumando el insulto a la injuria, habían cubierto su cabeza con una bandera norteamericana, el más popular símbolo de destrucción por el fuego que ha engendrado el siglo XX, si dejamos de lado la quema de libros por parte del Tercer Reich.
            Tuve que darle a mi taxista la razón. Después de todo, ¿quiénes eran los gringos para ponerse a criticar? Estados Unidos debió invadir un país para tumbar a Saddam de su pedestal. En Venezuela, eso se logró a través de personal autóctono.

            Vértigos (IV)

            Los mandarriazos propinados a la estatua de Colón fueron muy comentados por mis amigos de la clase media, una especie que, según me explicó un taxista antichavista –y por cierto, los hay– se halla en vías de extinción. Asistí a los prolongados funerales de esa clase en varios restaurantes de las urbanizaciones de La Castellana y Las Mercedes, donde, según me expresaron comensales contritos, los dueños de los locales libran una guerra de pandillas como la que derivó en la masacre de San Valentín en el Chicago de los Roaring Twenties para asegurarse los servicios de los mejores chefs, todos ellos europeos, todos ellos con la nariz alzada mirando el horizonte. Se trata de autócratas que no temen a nadie, excepto a sus venezolanos ayudantes de cocina, quienes con ese espíritu democrático que anima al habitante de estas tierras han enviado al c… a cualquiera que se haya animado a tratarlos con altanería o con la distante superioridad de un cirujano reclamando el escalpelo a una enfermera.
            Mientras abríamos el apetito desparramando caviar de Beluga sobre rodajas de pan crocante, y devorábamos carne tan tierna que se puede cortar con un tenedor, un privilegio que hasta escasea en Buenos Aires, la capital mundial de la carne asada, y los manjares pasaban por la mesa y recalaban en nuestros estómagos, regados con excelente vino, y luego optábamos entre varias delicias de repostería y decidíamos elegir todas, y al coñac o al cointreau seguía un café expresso, observé en mis amigos la nostalgia por un país que ya no existe. Añoraban las prolongadas vacaciones en el Nuevo o el Viejo Mundo. Apenas si perduraban algunas escapadas de fin de semana a Miami o a París. También estaban extinguidas la mayoría de las necesidades básicas de la vida. ¡Cónchale vale! Más de uno había tenido que cambiar de etiqueta en el whisky, y optado por el Johnny Walker etiqueta roja en lugar del Johnny Walker etiqueta negra. (En una de esas incursiones culinarias, y mientras esperábamos en el bar a que nos habilitaran una mesa, examinando, distraídos, bellas e interminables piernas de mujeres que tratan infructuosamente de ocultar sus encantos cubriendo su garganta con collares algo más anchos que sus faldas, uno de mis amigos estuvo a punto de agredir a un mesero porque la despensa había quedado raleada. En lugar de whisky Royal Salute sólo podía ofrecerle Chivas Regal).

            Nostalgias (II)

            Llegué a Caracas por primera vez en 1967. Ahora parece una época antediluviana. Para el momento en que Vargas Llosa recibió el premio Rómulo Gallegos, era considerado no solo más famoso y mejor escritor que García Márquez sino, además, un peligroso comunista. Recuerdo que en una de esas estridentes radios donde locutores de voz engolada anunciaban con la misma solemnidad tanto una catástrofe como los precios irrisorios de la cadena de tiendas Pepeganga, circuló por esos días una insistente mancheta en que se proclamaba: “La Casa Verde se transformó en roja, ¡qué cosa tan horrorosa!” Recuerdo también otro bochornoso episodio de índole personal. Cuando Vargas Llosa pronunció su discurso de aceptación del premio yo me empeciné en carecer de libreta de apuntes y de grabadora. Basándome una vez más en mi excelente memoria fotográfica reproduje para la misma agencia de cuyo nombre no quiero acordarme algunas frases célebres de Vargas Llosa, ninguna de las cuales el escritor había proferido en la ceremonia. Una de ellas asignaba a los escritores la tarea de convertirse en “el tábano sobre un noble caballo”. Vargas Llosa se dedicó con placer a demoler mi inteligente pieza de periodismo imaginario durante una entrevista que le hizo la agencia France Press. Creo que se sintió particularmente irritado por la alusión al tábano y al noble caballo. Al día siguiente adquirí otros matutinos donde habían registrado las palabras auténticas de Vargas Llosa, y de esa forma pude hacer otra nota exclusiva.

Vértigos (V)
           
            El 11 de septiembre del 2001, tras concluir en la agencia noticiosa donde ahora me gano la vida mi graveyard shift (mi turno de la medianoche, aunque la traducción literal es el turno del camposanto) emprendí el retorno al hogar. Una de las cosas que me encantaba de ese turno era tomar el subterráneo en dirección contraria a los miles de commuters que a esa hora, las siete de la mañana, se dirigían hacia el trabajo. Todos ellos enfilaban hacia sus oficinas, y sus cuerpos intentaban eludir todo contacto con el de sus vecinos, en tanto yo me desplazaba en un vagón casi vacío, dormitando, como algunos de mis escasos vecinos de travesía.
            Nos desayunamos con mi esposa, Laura, jugué un poco con mi flamante perra, Cali, y al rato de estar en la cama, y cuando me estaba hundiendo en un vasto precipicio de sueño, Laura me despertó, diciéndome que había ocurrido un curioso accidente. Una avioneta se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center. Media hora más tarde, otro avión se estrelló contra la restante torre gemela. Eso ya no parecía un accidente, y por primera vez me puse a pensar cuántos de estos commuters que aguardaban en la estación del subterráneo para abordar el tren habían tenido como destino triste, solitario y final, algunas de las torres incendiadas.
            El 17 de octubre del 2004, cuando me dirigía hacia el aeropuerto internacional de Maiquetía para retornar a Estados Unidos, observé por la ventanilla trasera de un taxi el incendio de una de las torres del Parque Central. Lo siniestro se instaló en mi pecho y pasaron varias horas –las del interminable vuelo desde Maiquetía hasta el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York– antes que pudiera volver a conectarme con el mundo y recuperara una serena respiración. No, el incendio en el Parque Central no había sido un acto terrorista. No, no había víctimas. Un gran amigo, el periodista Edgar Moreno Uribe, cuyo apartamento quedaba cerca del Parque Central, tuvo que deambular un día completo con su perra doberman, mientras los bomberos controlaban el incendio para impedir que se extendiera a edificios vecinos. Todo no pasó de un enorme susto[i].
            Pensé que hay cosas peores que perder cintas de grabación y libretas de apuntes. Traté de compaginar diálogos y emociones, imágenes de rostros, y fugaces visiones.
   Por suerte, traje conmigo abundantes periódicos y revistas, y he podido hacer una buena búsqueda de artículos sobre la actualidad venezolana en páginas de la internet. Ahora me dispongo a hacer una nota original, exclusiva, y de primera mano, sobre lo que me ocurrió realmente en Caracas.
(New Jersey, noviembre de 2004).




[i] Aunque el incendio en un edificio del Parque Central no fue causado por el estrellamiento de un avión, se sigue sospechando de sus causas, pues resultaron totalmente destruidos los archivos de varios ministerios.
“El ministerio de Infraestructura fue completamente dañado. Todavía no se conocen los perjuicios provocados en los ministerios de Agricultura y Comercio Exterior. Las causas del incidente son desconocidas. No está descartada la hipótesis de que el incendio haya sido intencional”. Voltairenet.org