miércoles, 26 de abril de 2017

La peluca de Robespierre, en el momento de ser decapitado. “Eros y la doncella” o el romance de la guillotina



Mario Szichman



Muchas novelas que tienen como protagonista a un viajero del tiempo se colorean con la pátina de lo improbable. Por alguna razón, sus autores maquillan los recuerdos de una época, o brindan solemnidad y trascendentales discursos a los protagonistas.
Cuando se incursiona en otros pasados, suele olvidarse que todos ellos eran flamantes para quienes residían en ellos. Eso incluye la basura cotidiana, el deterioro, también flamante, de los edificios, las cuatro estaciones, y personajes siempre en ciernes, con frecuencia improbables.
Estamos tan acostumbrados a revisar épocas pretéritas a través de cuadros famosos, que todo un período corre el riesgo de trocarse en litúrgico. Puede influir en los diálogos, en las vestimentas, en los decorados. Y además, se enfatizan eventos considerados cruciales, aunque no lo fueran en su momento.
La toma de La Bastilla solo fue importante en los grabados y pinturas surgidos años después del suceso. Los parisinos que la presenciaron tuvieron recuerdos muy confusos del episodio. Proliferaron las versiones. Muchos, sencillamente lo pasaron por alto. Algo comprensible en un proceso de enorme turbulencia, que abarcó varias ciudades de Francia.  

Es probable que el pasado histórico haya sufrido un corte irreversible con la invención del daguerrotipo. Si Abraham Lincoln parece más contemporáneo que muchas figuras del siglo diecinueve, es gracias a las fotografías que lo eternizaron, especialmente durante sus visitas a campos de batalla. Al mismo tiempo, el presidente de la Unión resulta menos portentoso que otros personajes de los cuales no existen fotografías. Vemos a Lincoln delimitado por un cuerpo, vestido de acuerdo a los ropajes de su tiempo. Lo vemos envejecer,  primero de manera paulatina, luego, con gran velocidad, desde que asume la presidencia en 1861, hasta su asesinato, el 15 de abril de 1865.
Lincoln está vivo, respirando, confinado en esas fotografías, ignorante de su ulterior asesinato. Eso nunca ocurre, por ejemplo, en los casos de Marat —recordemos el indeleble retrato de David—, o de Napoleón, a quien solían rodear de ángeles en algunos cuadros destinados a exaltar su gloria. Es más fácil ser un prócer cuando un pintor resume toda una existencia en un cuadro con exceso de simbolismo, que en una fotografía encargada de reseñar el instante.
Cuando comencé a escribir Eros y la doncella, una novela sobre la Revolución Francesa, decidí desechar la mayoría de los libros de historia. Se trata de relatos siempre definitivos que nuevas exploraciones, o la adición de bibliografía, los transfiere al desván de los recuerdos.
No pude eludir, me resultó imposible, The Days of the French Revolution, de Christopher Hibbert. Además de estar muy bien escrito, está muy bien narrado. Hibbert es un sólido historiador, pero también cuenta con el olfato de un gran periodista. Cada episodio transcurre como posiblemente ocurrió, pero el autor no se adelanta a las consecuencias, y mantiene al lector en suspenso. El ensayo es una especie de novela policial que describe un episodio de enormes consecuencias históricas estrictamente durante su desarrollo.
La tarea del historiador es, a veces, la de jugar con cartas marcadas. Él sabe lo que ocurrió. Y en torno a lo sucedido, va urdiendo su trama. El cronista, en cambio, nos propone varios futuros posibles, y nos hace cómplice de su pesquisa.
Creo, sin embargo, que el libro insuperable a la hora de observar la Gran Revolución en su avance cotidiano es The Diary of a Citizen of Paris During ´The Terror,´ de Edmond Biré. En esos dos volúmenes el autor recopila aquello que está ocurriendo en París. Anque acata la cronología, ignora la trascendencia de muchos episodios. Varios de ellos no se incorporaron a la Gran Historia. Una evidencia más de que articulamos el pasado de acuerdo a nuestras conveniencias, nuestros prejuicios, y especialmente, nuestra ideología. No solemos acatar la realidad, solo aceptamos una construcción destinada a favorecer aquello que necesitamos privilegiar.
Todos los artífices de la Revolución están presentes en el diario de Biré. También aquellos que carecían de trascendencia. Algunos la alcanzaron más tarde. Otros se esfumaron sin dejar rastros.
Pero además, esos seres aparecen con sus tics, sus vanidades, su desprecio por el prójimo, y una enorme ambición de poder que no se correspondía con sus aparentes virtudes.
Y ahora, voy a retroceder un poco en el tiempo, pues la novela se organizó de extraña manera.

LA PELUCA DE ROBESPIERRE



Siempre necesitamos un anclaje para iniciar una historia. Algo que nos inquieta, y que resulta difícil de averiguar.
De todo ese período de trastornos históricos que fue la Gran Revolución, siempre me intrigó la imagen de Maximiliano Robespierre tras subir al cadalso en París.  (La segunda imagen, de gran guignol, tuvo como protagonista a Danton, otro de los caudillos de la revolución. Danton no estaba en París cuando falleció su amada esposa, por lo que decidió desenterrar el cadáver con sus manos, y contratar a un escultor para que encasillara su cuerpo en yeso al inicio de su disolución).
Estaba seguro de que algo había ocurrido con la peluca de Robespierre en el momento de ser degollado. Ignoraba exactamente qué. ¿Tenía acaso alguna trascendencia? Entre 16.000 y 40.000 personas fueron guillotinadas durante la Revolución. Al parecer era la guillotina, no los guillotinados, la encargada de robarse la escena. Fue una ocurrencia casual que decidió el título de la novela, y buena parte de la trama. Era cuestión de simplificar el relato. Con la ayuda inapreciable de la profesora Carmen Virginia Carrillo, editora de mis novelas, Eros y la doncella se convirtió en el romance de la guillotina. Robespierre y la doncella, como era conocida esa máquina de matar, pasaron a protagonizar la tragedia.

RECUPERANDO LA HISTORIA


Cualquier narración se convierte, de manera inevitable, en una obsesión. Necesitaba partir de la doncella, para explorar mejor la naturaleza del amante. Por lo tanto, decidí revisar los periódicos de la época a través de la magia de Google Books, y tropecé con otro libro que merece ser rescatado del polvoriento estante de alguna biblioteca: The History of the Guillotine, de John Wilson Croker, publicado en Londres en 1844. Según el autor, máquinas muy similares a la guillotina fueron usadas en Alemania, Inglaterra e Italia, antes del siglo XIV de nuestra era. El doctor Guillotín fue el más ostentoso de sus plagiarios. Al igual que la maldad, la guillotina parece ser casi tan antigua como el mundo.
En su época, se consideraba la guillotina como el método más humanitario para ejecutar a un prisionero. Si se observa que el rival de la guillotina era el suplicio de la rueda, un artefacto en el cual se destruían a martillazos todos los huesos de un procesado, es fácil advertir que la guillotina era muy humanitaria cuando se intentaba enviar personas al otro mundo. Hubo otros instrumentos menos humanitarios. Los revolucionarios franceses apelaron también a los “bautizos republicanos”, que consistían en ahogar a niños en los ríos, o a los “matrimonios republicanos”, en que cónyuges enemigos de la Revolución eran atados desnudos, en ocasiones espalda contra otra espalda, en otras, vientre contra vientre, y lanzados a aguas correntosas. Por cierto, tampoco escaseaban las barcazas con fondo falso donde eran ahogados decenas de condenados en una sola hornada.

QUIEN A HIERRO MATA …


Y así, sin proponérmelo, llevado de la mano del Incorruptible Robespierre, la guillotina pasó a dictar algunos episodios claves de Eros y la doncella. La dama era absolutamente irresistible. Y ecuánime.
Tengo brumosos recuerdos sobre la confección de la novela. Solo puedo atestiguar que algunos días trabajé hasta quince horas intentando dilucidar los episodios. Como dicen en estas tierras, fue un proceso llevado a cabo “in white heat.”  Fue un período muy difícil, pero de grandes recompensas. Todo parecía algo descentrado. Algunos de los momentos que consideraba más logrados, se configuraban como una obra de principiantes al pasar por la fría lógica de la profesora Carrillo. Otros, a los que intentaba desechar por considerarlos carentes de importancia, de repente reflotaban y crecían, gracias a la mirada crítica de la editora.
Todo el proceso de escritura demoró el tiempo de la gestación de un niño. Lo único que no podía descubrir era qué había sucedido con la peluca entalcada de Robespierre en su jornada final. Pensaba que allí residía la clave del texto.
Observar esa pareja perfecta de Robespierre y la guillotina me alegraba por su simbolismo. (Por lo general, detesto el simbolismo). Pero algo seguía merodeando en mis recuerdos. Todos los días recordaba las vísperas de la ejecución del Incorruptible. Le dí a la guillotina atributos humanos, expresé la frustración de la dama, “estilizada como una escuadra de carpintero, escueta como un atril, virtuosa como un altar”, aguardando a su desleal amante, quien no acudió a la cita en esa, “su última noche en la tierra”.
Algo más ocurrió en el proceso. La guillotina empezó a ganar todo mi respeto, gracias a su imparcialidad. Generalmente, los pelotones de fusilamiento, y otros batallones de exterminio, acaban exclusivamente con los perdedores. Eso no ocurrió con la doncella.
Dije que “Bajo el rasero de la doncella murieron los culpables y los inocentes. Murieron aquellos cuyo nombre había sido bien escrito, y aquellos cuyo nombre había sido mal pronunciado. Murieron los involucrados en conspiraciones, y aquellos que quedaron involucrados en conspiraciones por frecuentar casas de conspiradores, o casas aledañas a los conspiradores, o por sonreír a los conspiradores, o por mostrarse inmutables ante los conspiradores. Murieron en la misma hornada los familiares de conspiradores, los criados de conspiradores, y los vecinos de conspiradores. Fueron reducidos por la doncella aquellos cuya justificada detención los condenaba al cadalso, y aquellos cuya injustificada detención los hacía sospechosos y los condenaba al cadalso. La doncella nunca rehusó carne alguna.
(…) Una vez fueron ejecutados los presuntos traidores, los hipotéticos partidarios del primer ministro inglés William Pitt, los probables contrarrevolucionarios, los supuestos agiotistas, los propagadores de rumores, los causantes de hambrunas, los desleales y quienes escuchaban las calumnias con aire de aprobación, o hablaban el mismo lenguaje que los revolucionarios con propósitos burlones, y aquellos que lucían similar máscara de patriotismo; y tras guillotinarse aquellos hijos que cargaban con el mismo nombre que sus padres —luego alcanzados por sus padres para subsanar el error—; y una vez se guillotinó a personas que nada tenían que ver con nada, por simple portación de apellidos —un Maille ejecutado en lugar de un Maillet, un Morin, que usurpó el lugar de un Maurin— y después que un miembro del Comité de Seguridad pública envió a la guillotina al encargado de una taberna, ansioso por observar a un hombre subiendo al cadalso con un delantal ceñido a la cintura … y tras degollar a duquesas y a cocineras, a indecisos, a vacilantes, a perplejos y a indiferentes, a desorientados y a inciertos, a príncipes y a porteros, a condes y a carteros, a magistrados, sacerdotes, soldados, almaceneros, artesanos, jornaleros, y en ocasiones a delincuentes comunes, el Tribunal Revolucionario decidió sentar en el banquillo de los acusados a Robespierre, pues necesitaba exhibir ecuanimidad previo a la ejecución de los miembros del Tribunal Revolucionario, cuya exclusiva tarea había sido posponer su ascenso al cadalso con entre dieciséis mil y cuarenta mil especímenes de todas las estaciones de la vida, engendrados en todas las fechas posibles en los treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años anteriores, y cuyos obituarios los desbrozarían unos de otros por escasas semanas o meses”.
Era inevitable que la serpiente concluyese devorando su cola. Había que poner fin a su relación con Robespierre. Era ineludible satisfacer el último deseo de la doncella. Ella necesitaba vengarse de su infiel amante. (La dama ignoraba que Robespierre había sido apresado por sus enemigos, y que su mandíbula estaba rota, tras un fallido intento de suicidio).

La cabeza de Robespierre tras su ejecución


Y en ese momento de la narracion, pensé nuevamente en el germen de la historia. Siempre me había obsesionado esa empolvada peluca de Robespierre. Estaba convencido de que algo había ocurrido durante su ejecución, algo imprevisible, casi mágico. Y ese detalle era irresistible. Pues otro de los protagonistas de la historia era un mago, el señor Robertson, que “causó sensación en París haciendo navegar cabezas de muertos ilustres en su gabinete de maravillas” .
El mago Robertson lucía en sus presentaciones la llamada “peluca jacobita”, de risos cortos y negros. Algún día habría que escribir un tratado sobre la importancia de las pelucas masculinas en el tiempo de la Gran Revolución. Por cierto, los hombres se aderezaban aún más que las mujeres. Los llamados “lunares de amor”, eran más frecuentes en el sexo masculino, así como los pómulos teñidos de rubor gracias al maquillaje.
Pero la peluca empolvada de Robespierre era una anomalía. Solo la aristocracia lucía peluca blanca. Los hombres del pueblo llano se adornaban con pelucas negras.
Revisé unos cuantos libros hasta tropezar con un dato que me permitió averiguar el destino final de la peluca de Robespierre. La búsqueda tuvo sus recompensas.
En Eros y la doncella narré el encuentro final entre el verdugo Sanson y Robespierre:
“Sanson inclinó brevemente su cabeza. Uno de sus ayudantes ladeó la báscula para que reposase entre los dos montantes verticales de la guillotina. Casi de inmediato, el cepo de madera aseguró el cuello de Robespierre. Sanson bajó la palanca y el seco trallazo de la doncella separó la garganta del grito de Robespierre. Al rodar su cabeza, su empolvada peluca diseminó una nube de talco”. Una especie de sucedáneo de esos estallidos de pólvora que provocan los magos para hacer desaparecer objetos. El mago Robertson hacía uso frecuente de ellos. La empolvada peluca de Robespierre, que había cubierto la cabeza del Incorruptible, se desvaneció como por arte de magia, en medio de una nube de talco.
Muchas cosas se sintetizan en ese viaje final de Robespierre al cadalso. Así suele transitar la gloria en este mundo. Nunca contamos una historia, sino hacia atrás. Y cuando observamos el final de ciertos poderosos, descubrimos no solo la grandeza, sino también la frivolidad. El jefe de los republicanos franceses tuvo como acompañante final no a sus devotos seguidores, sino a uno de los símbolos más ridículos de la odiada nobleza.


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