miércoles, 20 de agosto de 2014

Jorge Luis Borges: “Esas tiernas hipérboles cuya repetición es la gloria"



Entrevista con Jorge Luis Borges. (Segunda parte)
Mario Szichman

Creo que hay dos maneras de acercarse a Jorge Luis Borges: de guayabera, o de frac. Con actitud desenvuelta, o asumiendo la pose de quien se apresta a cantar el himno nacional.

Hace algunos años, un talentoso musicólogo, Julio Jorge Nelson, decidió, a puro pulmón, casi por su exclusiva cuenta, exaltar las virtudes de Carlos Gardel. Julio Jorge Nelson tenía un programa radial donde se dedicaba a difundir tangos, y a exaltar la figura del ídolo de los cien barrios porteños. Porque la fama nunca crece sola. Hay que cultivarla y publicitarla. Por cierto, cuando llegué a Estados Unidos, me enteré que el motto de Frank Sinatra era Ol´Blue Eyes, el viejo de ojos azules. Más tarde me enteré de otra cosa: el motto fue creado por una agencia a la cual Ol´Blue Eyes, pagó una crecida suma de dinero para efectos de promoción.
En el momento en que se lanzó el motto, Ol´Blue Eyes estaba completamente en la lona. Había pasado al olvido. Pero esa publicidad, y obviamente, el enorme talento de Sinatra, lograron devolverlo al estrellato.
Y aunque todos suponen que Gardel fue siempre Gardel, y que desde el inicio de su existencia cada día cantaba mejor, eso no era cierto al principio. Julio Jorge Nelson contribuyó a la fama del ídolo. Pero la tarea del musicólogo fue recompensada con una broma pesada. Algún gracioso rebautizó a Don Julio Jorge Nelson (lo digo con plena admiración, pues se la merece) como “La viuda” de Gardel.
Creo que la fama de Borges ha sido sometida a un avatar similar. Han surgido muchos viudos y viudas, que han decidido peculiares formas de adorarlo, algunos ataviados con fracs, algunas  con vestidos de noche. Se trata de un Borges inalcanzable, adusto, a quien es necesario desmenuzar hasta convertirlo en un escritor totalmente ininteligible. Obviamente, la tarea de sus viudos y viudas consiste en devolverle la claridad.
Por cierto, esos enlutados actúan, a veces sin saberlo, en base a una recomendación del propio Borges, quien no comía cuentos. A él le parecía difícil el Ulises de Joyce, pero en vez de encubrir su dificultad, la exaltaba. Solía decir que para entender la novela, convenía “leer a Stuart Gilbert, y si no se conseguía su libro, había que aceptar la lectura del original”. (Por cierto, el trabajo de Stuart Gilbert sobre el Ulises sigue siendo ejemplar. El problema es que explica con demasiada claridad la estructura de la novela, así como sus alusiones. Y eso pone en desventaja a los críticos que abrevan en lo esotérico).  
Y todo esto lo digo porque de los grandes escritores que recuerdo haber entrevistado, Borges es uno de los escasos que realmente tenía un gran sentido del humor, y disfrutaba en demostrarlo. A diferencia de los viudos y viudas de Borges, el escritor no se tomaba en serio. Y tampoco tomaba en serio la escritura, ni a los adoradores o adoratrices que lo rodeaban. Gozaba haciendo quedar mal a los solemnes. En cierta ocasión, comentó, creo que en El escritor argentino y la tradición, la frase de un ensayista, quien calificaba el poncho, tal vez la indumentaria telúrica más famosa de la Argentina, como “el techo del gaucho”. El comentario de Borges fue más o menos éste: “Extraño techo, con un agujero en el centro”.
Irreverente hasta la procacidad, cuando el primer gobierno peronista decidió rebautizar la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, con el nombre de Eva Perón –eso fue poco después del fallecimiento de la primera dama– Borges dijo que era mejor hacer una síntesis, y designar a la ciudad La Pluta.
Aunque en los últimos años de su vida Borges se puso más “serio”, sus obras están plagadas de una ironía devastadora. Mencioné en la nota anterior la andanada que disparó contra Rubén Darío, en buena parte inmerecida. Y también el desdén –merecido– con  que trató a Ernesto Sábato, cuando dijo sus obras eran “tan inofensivas” que podían colocarse en el primer estante de la biblioteca, “al alcance de cualquiera”. (Por cierto, en una ocasión publicaron la novela de Sábato Sobre héroes y tumbas, con una faja en la que aparecía la siguiente pregunta: “Sábato ¿rival de Borges?” Borges comentó luego: “A nadie se le ocurriría poner en un libro mío una faja con la siguiente inscripción: “Borges ¿rival de Sábato?”)
Pero, para mí la joya de las joyas sigue siendo su ensayo Evaristo Carriego, un poeta del suburbio, que a veces escribía versos malísimos, pero que Borges, según se observa en el trabajo, también admiraba. En el texto, Borges comenta un poema de Carriego que califica de “este barullo”. He aquí la estrofa destruida por Borges:

Y en el salmo coral, que sintoniza
un salvaje ciclón sobre la pauta,
venga el robusto canto que presagie,
con la alegre fiereza de una diana
que recorriese como un verso altivo
el soberbio delirio de la gama,
el futuro cercano de los triunfos,
futuro precursor de las revanchas;
el instante supremo en que se agita
la misión terrenal de las canallas...

Comentario de Borges: “Es decir: una tempestad puesta en salmo que debe contener un canto que debe parecerse a una diana que debe parecerse a un verso, y la predicción de un porvenir recién precursor encomendada al canto que debe parecerse a la diana que se parece a un verso. Sería una declaración de rencor prolongar la cita: básteme jurar que esa rapsodia de payador abombado por el endecasílabo rebasa los doscientos renglones y que ninguna de sus muchas estrofas puede lamentar una carencia de tempestades, de banderas, de cóndores, de vendas maculadas y de martillos”.

EL APRENDIZ DE ESCRITOR

El diálogo más extenso con Borges lo registré en 1975 para el programa Especialísimo, de Radio Capital de Caracas, que producía en esa época Napoleón Bravo, un modelo de periodista radial y televisivo. Ignoro si esa entrevista ha sido rescatada, pero aún recuerdo el trabajo que se tomó el productor para editarla. El diálogo era de aproximadamente una hora de duración, pero Napoleón estuvo en la consola de grabación más de diez horas revisando la conversación prácticamente segundo por segundo.
Por esas semanas Borges había publicado El libro de arena. Le recordé que en la contratapa señalaba: “No escribo para una minoría selecta que no me importa, ni para ese adulado ente platónico cuyo apodo es la masa. Descreo de ambas abstracciones, caras al demagogo. Escribo para mí, para los amigos, y para atenuar el curso del tiempo”.
–Sí– añadió Borges. –Creo que sobre todo para atenuar el curso del tiempo.
–Usted dice que los cuentos de El libro de arena son ejercicios de ciego. Ahora ¿cómo se las arregla para escribir, para corregir, para toda esa tarea que involucra el oficio literario?
–Es una tarea que comparto con mis amigos. Se trata de personas muy pacientes y muy indulgentes que se resignan al hecho de dedicarme una hora para escribir tres líneas, ensayar todas las variantes y limar todas las asperezas. Yo escribo con mucha torpeza, con mucha dificultad. Generalmente las frases que parecen muy sencillas y muy espontáneas han surgido después de muchos borradores, después de muchas tachaduras.
En El libro de arena Borges había retornado a los cuentos fantásticos, tras muchos años de una narrativa “tradicional”. ¿Por qué?
–Siempre me ha interesado escribir cuentos fantásticos. Por cierto, al escribirlos recordé el admirable consejo del autor de La máquina del tiempo. H.G. Wells decía que en un relato fantástico solo puede existir un hecho fantástico. La imaginación puede aceptar la idea de un hombre invisible, y también la de la invasión de este planeta por seres de otro mundo. Lo que no puede aceptar es dos ideas simultáneas, es decir, por ejemplo, la invasión de este planeta por hombres invisibles. Eso exige una excesiva hospitalidad e imaginación por parte de los lectores.
También señaló Wells que convenía que las demás circunstancias del cuento fantástico debían ser cotidianas. Y a eso agregaría yo otra cosa: el estilo barroco que usé alguna vez en mis primeros cuentos es un error cuando se trata de cuentos fantásticos. Si el estilo es difícil, y también lo es el tema, surgen dos dificultades. Por eso, mis últimos cuentos fantásticos están escritos en un estilo no diría oral, porque ningún estilo escrito puede ser oral, pero sí que se aproxima a lo oral. He tratado de mostrar un solo concepto fantástico en cada cuento y de narrarlo en el estilo más sencillo posible.
Luego hablamos de los clásicos, de su trascendencia y perdurabilidad. La misma que, estoy seguro, le aguarda a Borges.
El escritor mencionó la “extraña gloria parcial” de Quevedo. Sospecho que sugirió también al sitio que pensaba ocupar en esa posteridad. Enseguida me recitó de memoria uno de sus textos más bellos:
–Para la gloria no es indispensable que un escritor se muestre sentimental, pero es indispensable que su obra, o alguna circunstancia biográfica, estimulen el patetismo. Lamentablemente, ni la vida ni el arte de Quevedo se prestan a esas tiernas hipérboles cuya repetición es la gloria.

fin




domingo, 17 de agosto de 2014

Jorge Luis Borges: “Sólo soy un alumno aplicado”



Entrevista con Jorge Luis Borges. (Primera parte)
Mario Szichman



La penúltima vez que ví a Jorge Luis Borges ya corría la cuenta regresiva de noventa días impuesta por el general Jorge Rafael Videla en diciembre de 1975, para autorizar al gobierno de Isabel Martínez de Perón “la posibilidad de una rectificación”. El golpe militar estaba en la calle, inclusive se barajaban los nombres de posibles ministros y se pronosticaban represalias. Nadie visualizaba entre esas represalias la desaparición de entre nueve mil y treinta mil argentinos.
– ¿Qué solución ve usted, Borges, para superar la crisis que vive la Argentina? – le pregunté al escritor.
–No le veo solución alguna, absolutamente ninguna, salvo importar de Berna un razonable dictador suizo– bromeó Borges.
– ¿Un dictador suizo?
–Sí, y pienso en Berna porque me sugiere los chocolates, un sitio tranquilo. Además, Suiza ofrece una imagen confortable. Nadie puede pensar en la existencia de un imperialismo suizo ¿no?
En medio del derrumbe peronista, el antiperonismo de Borges sonaba anticuado. En su recoleto apartamento del centro de Buenos Aires, plagado de sombras y de ancestros –era a media mañana, el sol se filtraba por las entornadas ventanas y además ¿para qué necesita un ciego de la luz eléctrica? – el escritor era una sombra algo más nítida y parecía regocijado por el tiempo borgesiano que vivía la Argentina.
  Afuera, en el mundo real, aparecían cotidianamente, en zanjas, cadáveres que habían sido previamente torturados. Políticos, estudiantes, dirigentes sindicales, eran sacados de sus viviendas por comisiones policiales o del ejército que se habían disfrazado de miembros de la Alianza Anticomunista Argentina. El paso siguiente era organizar los funerales de algunos de ellos. En otros casos era imposible, especialmente cuando alguno de los asesinados había pertenecido a organizaciones clandestinas.
Recuerdo un episodio, tal vez no borgesiano, pero sí surrealista: un guerrillero fue asesinado, o murió en un enfrentamiento con la policía. Su cadáver fue abandonado en un apartamento. Al día siguiente, varias florerías de Buenos Aires recibieron pedidos para que fueran enviadas coronas a un apartamento en cierta dirección. Los primeros empleados que llegaron al apartamento observaron que la puerta estaba abierta, y en el centro de una ancha cama había un cadáver acribillado a balazos. Aquellos con mayor audacia depositaron su corona al pie de la cama, o junto al cadáver, y huyeron como alma que lleva el viento, pero luego la policía se enteró, se dirigió al apartamento, y cada vez que llegaba un florista con una flamante corona lo apresaban y se lo llevaban a la seccional más cercana para abrirle un prontuario. Siempre me pregunté de qué delito eran acusados los floristas. ¿De portación de coronas?

IMPOSTURAS

Antes de entrevistar a Borges sobre temas literarios, le pregunté sobre la situación política. Estábamos en 1975, y el peronismo colapsaba al mismo ritmo que en 1955, cuando Juan Domingo Perón fue desalojado de la Casa Rosada por un golpe militar.
–Imagínese– me dijo Borges – usted ahora tiene ¿Cuántos años?
–Treinta.
–Pues bien, similares episodios los vivió cuando tenía apenas diez.
–Marx decía que los grandes hechos y personajes de la historia universal ocurren en dos ocasiones, la primera vez como tragedia, y la segunda vez como farsa– le dije con el desplante de la juventud. (Por cierto, Marx lo dijo en ese modelo de crónica periodística que es El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte).
– ¿Marx dijo eso? No lo sabía – me respondió Borges malhumorado. Marx no era santo de su devoción. Y sin embargo, había algo que Borges rescataba de Marx, aunque sin reconocerlo: el compromiso. Borges era un escritor claramente comprometido. Al menos con la derecha, si bien era una derecha creada a imagen y semejanza de Borges. Pues la derecha argentina solía ser antisemita, y Borges no lo era.
En su volumen de cuentos El libro de arena, Borges expresaba su decepción por la debacle de Estados Unidos en Vietnam, y por la previa derrota de los sureños en la guerra civil de 1861-1865.
– ¿Cree que el escritor debe tener militancia política? – le pregunté.
Borges me respondió con la frase de uno de sus ensayos:
–Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas–. Y señaló luego: – A veces la pasión política permite crear obras perdurables. Fíjese: Walt Withman creía en la democracia. Rudyard Kipling en el imperio británico. Pablo Neruda en el comunismo. Los tres se valieron de sus respectivas ideologías para hacer gran poesía.
–Muchos acusan a Neruda de haber encubierto con la poesía muchos panfletos políticos.
– ¿Y eso qué tiene de malo? El panfleto es también un género literario. Yo creo que a Neruda lo salvó el comunismo. ¿Qué escribió antes de entrar al partido? Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Para mí esos versos me suenan almibarados. Recién cuando se hizo comunista se transformó en un gran poeta. Basta recordar el Canto a Stalingrado, o las poesías de El canto general.
–Y el Borges que no cree ni en la democracia, ni el imperio británico, ni el comunismo ¿en qué cree?
–Ojo, yo creo en el imperio británico, que hizo bien, mucho bien al mundo… En cuanto a mi posición política, supongo que soy anarquista. Para mí los gobiernos deberían ser imperceptibles.
–Pero usted se afilió en la Argentina al partido Conservador.
–Sí, esa es una forma del escepticismo. Mire, los conservadores me caen muy simpáticos. Son los únicos seres a los que les está vedado ser fanáticos. En cuanto a la doctrina conservadora… Hay tan poco que se puede conservar en nuestra sociedad.

El diálogo con Borges fue a comienzos de diciembre de 1975. Dos semanas más tarde volví a entrevistarlo. Me anunció entusiasmado que estaba recuperando la vista.
–Imagínese– me dijo– ahora distingo algunos matices del azul y del amarillo. Hacía más de veinte años que no veía mi rostro en un espejo. Los cuerpos de mis amigos estaban constituidos por sus voces. Las únicas que se beneficiaban de mi ceguera eran las mujeres. Las seguía recordando con caras veinte años más jóvenes. Ellas se sentían agradecidas.

VIAJE A LA SEMILLA

Borges se refería en el Examen de la obra de Herbert Quain a El inverso mundo de Bradley, en que la muerte precede al nacimiento, y la cicatriz a la herida y la herida al golpe. Y Lewis Carroll, en Alicia a través del espejo mencionaba a un mensajero del rey que estaba encerrado en una cárcel cumpliendo una condena, aunque el juicio aún no se había realizado, y el crimen ocurriría en fecha posterior. También aludía a una reina que gritaba “Mi dedo está sangrando”, pese a que persistía en su lugar el broche causante de una futura herida.
La segunda entrevista con Borges tuvo un desarrollo similar. Del Borges que estaba recuperando la vista y llevaba un luto discreto por su madre, pasé al Borges que lamentaba pudorosamente su ceguera, y la agonía de su madre.
Hablé con Borges en numerosas ocasiones, entre abril de 1975 y quizás febrero de 1976, poco antes del golpe de Videla. Mi esquizofrenia cultural se hallaba en todo su esplendor. Razones de trabajo y mi enamoramiento de Laura, mi segunda esposa, me hacían transitar entre Caracas y Buenos Aires con gran frecuencia. Trabajaba en Caracas, y amaba en Buenos Aires. Podía intercalar paisajes urbanos con gran profusión. A veces veía el caraqueño Monte Ávila como background del Obelisco de Buenos Aires. Ciertas lluvias entrañables venían enfriadas por los vientos del sur, e impregnadas  del olor de las tardes caraqueñas. El tiempo, ese tembloroso problema metafísico del que hablaba Borges tenía una densidad y un peso específico muy especial.
En el segundo encuentro Borges se dedicó a pronunciar divertidas maldades. Tal vez Chesterton, Bernard Shaw, Carlyle, Oscar Wilde, le enseñaron a practicar una cruel ironía. El inglés parecía su lengua materna. No se sentía muy contento con el español. “Lo único que tiene de bueno el español”, dijo en cierta ocasión, “son los galicismos”.
A Rubén Darío lo acusó de ser un hombre “que a trueque de importar del francés algunas comodidades métricas amuebló a mansalva sus versos en el Petit Larousse con una tan infinita ausencia de escrúpulos que panteísmo y cristianismo eran palabras sinónimas para él y que al representarse aburrimiento escribía nirvana”.
En cierta ocasión, un joven literato le preguntó a Borges: “Maestro ¿qué podemos hacer por los poetas jóvenes?” y Borges le respondió: “Disuadirlos”.
Su rivalidad con Ernesto Sábato, el autor de Sobre héroes y tumbas, fue aumentando con el transcurso de los años. A Jean Milleret le dijo: “Sábato es un escritor tan inofensivo que sus obras pueden ponerse en el primer estante de la biblioteca, al alcance de cualquiera”.
Pero esas boutades de Borges eran siempre acompañadas de reconocimientos. A mí me recitó versos de Rubén Darío de una intimidad y una belleza que parecían ajenos a un poeta adicto a marchas y a clarines. En su trato personal Borges nunca intentó disuadir a un joven poeta. Por el contrario, lo alentaba. Y además, aunque sabía quién era Borges, tenía una sencillez producto de su grandeza. Tras recordarle la frase de uno de sus ensayos: “Cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”, le pregunté qué precursores pensaba dejar.
–Yo creo que son evidentes– me dijo. – He leído mucho a Chesterton, a Shaw, a Kafka, y espero que sea perceptible. En cuanto al estilo, que se advierta que leí a Paul Groussac y a Alfonso Reyes. En realidad, yo soy solo un alumno aplicado. Espero haber absorbido la lección de los grandes maestros.

miércoles, 13 de agosto de 2014

A la búsqueda de la memoria perdida


Mario Szichman



Jan Decleir es un actor belga que, como el austríaco Christoph Waltz, se ha convertido en el darling de los cineastas europeos. Waltz ha sido descubierto por Quentin Tarantino, y sus roles en Inglorious Basterds y en Django Unchained le han permitido alcanzar fama internacional. Todavía falta que ocurra algo similar con Decleir, un actor que en papeles cómicos y dramáticos tiene la tendencia a devorarse el escenario. Su rol más famoso es El caso Alzheimer, o Recuerdos de un asesino, un filme difícil de olvidar. En realidad, la trama de la película se basa en la desmemoria de un asesino, afectado por demencia senil. El crítico cinematográfico norteamericano Roger Ebert dijo en una crónica que “Jan Decleir jamás busca un efecto fácil, nunca presiona demasiado, su personaje tiene la solidez de una roca. Nada de lo que dice está expresado sino encarnado”.
Productores de Hollywood pensaron hacer una nueva versión del filme, pero el problema era conseguir un actor equiparable a Decleir.  Ebert dijo que tal vez Gene Hackman o Morgan Freeman podían intentar meterse en los zapatos de Decleir. O Robert Mitchum, si hubiera estado vivo. “Pues Decleir es la cosa de verdad”.
La desmemoria comienza a ocupar un lugar en el cine, aunque sin los atributos melodramáticos de hace medio siglo. Recuerdo una película mexicana, creo que protagonizada por Libertad Lamarque, donde el esposo de la protagonista iba perdiendo la razón. Entonces, la protagonista decidía acompañar a su esposo en su descenso a la locura, y lo primero que hacía era ir cerrando las ventanas de su mansión, para ser envuelta en la oscuridad. Esa piedad masoquista me hizo trepar las paredes de la furia. A partir de ese momento, nunca más miré películas mexicanas, excepto las de Cantinflas y las que hizo Luis Buñuel.
Memento, interpretada por el actor australiano Guy Pierce, también lidia con la desmemoria. Es muy entretenida y absolutamente incomprensible. Se pueden encontrar en Internet varios foros donde se discute la trama. Básicamente, es la historia de Leonard Shelby, un ex investigador de una empresa de seguros, que sufre de un tipo peculiar de amnesia. Leonard y su esposa fueron aparentemente atacados por un desconocido. Él puede recordar todo lo ocurrido antes del ataque, pero sus recuerdos tras el ataque no duran más de 15 minutos. Por lo tanto, convierte su cuerpo en una especie de ayuda memoria, y lo revisa para evocar lo que debe hacer durante una jornada, especialmente las tareas vinculadas con el hallazgo del atacante.
El filme fue rodado alternativamente en color y en blanco y negro. Las secuencias en blanco y negro son cronológicas, y las secuencias en color marchan de atrás hacia delante, o viceversa. Es un rompecabezas muy animado y muy banal. Creo que la parte que siempre será recordada es la del tatuado cuerpo de Pearce con todas las inscripciones que lo orientan en su búsqueda. Funciona a nivel narrativo, y como artefacto visual.
Hace algunos meses leí un bello artículo sobre la lucha del escritor Martin Cruz Smith para enfrentar el mal de Parkinson. Smith, autor de Gorky Park y de otros bestellers, luchó como un tigre para concluir su último thriller, Tatiana. Por cierto, la trama de la novela se centra en un cuaderno que nadie puede descifrar.
Smith viene peleando con el mal de Parkinkson desde hace 18 años. Nunca quiso revelar que se hallaba aquejado de esa enfermedad, ni al público, ni a su casa editorial. Y siguió trabajando en su oficio, pese a que temblores y rigidez le impedían en muchas ocasiones tomar notas, diseñar personajes o lugares con la eficacia requerida. En ocasiones, tuvo que pedirle a su esposa que redactara en su computadora las palabras que necesitaba para concluir, en el 2010, su novela Three Stations, que se convirtió en un éxito de librería.
Una de las razones de Smith para ocultar su enfermedad, según dijo a The New York Times, es que “No quiero que se me juzgue por mi enfermedad. Uno es un buen escritor, o no lo es. ¿Quién necesita que lo elogien diciendo: ´Él es nuestro mejor escritor aquejado de Parkinson´”?
¿Cómo finalizó su última novela? Con ayuda de su esposa, Emily, quien es también la editora de sus libros. Smith, sentado en una silla, dictaba frases, que su esposa registraba en la computadora. Luego, Emily le ofrecía su feedback, como hacen todas las buenas editoras, cuestionaba pláticas que le parecían falsas, o escenas que le resultaban triviales. Y el texto se iba corrigiendo en ese diálogo de dos voces.
Algo que me causó mucha ternura es que a pesar de que están casados desde hace muchos años, Emily siente pudor cuando su esposo describe escenas de alto voltaje sexual. Por lo tanto, en esas ocasiones, ella le propone que dicte a su grabadora el primer borrador de una escena de amor, sin ella en el cuarto.
“Creo que hay una enmienda o un cambio o una sugerencia de Emily en cada página” de la nueva novela, dijo Smith. El escritor indicó que Emily no es únicamente su editora, sino también su intérprete. Y en Tatiana, que se basa en el asesinato de una periodista rusa en el 2006, el cuaderno de notas, tan importante en el plot, pertenece a una intérprete.
Somos seres pensantes, y la lucidez y la desmemoria nos pueden llevar a la euforia o al pánico. El filme Luz de gas, interpretado por Ingrid Bergman y Charles Boyer ofrece buenos datos sobre ambos aspectos. Charles Boyer, el suave villano de Luz de gas, se casa con Ingrid Bergman para quedarse con su fortuna. Y la manera de lograrlo es hacerle creer que está loca.
En la psiquiatría norteamericana se usa el término de gaslighting para describir la manera en que ciertos psicópatas intentan llevar a su cónyuge a la locura. Aquello que es individual en el caso de gaslighting se transforma en social en el lavado de cerebro. Muchos gobiernos tratan de hacer creer que lo blanco es negro, y nos bombardean con publicidad de la mañana hasta la noche para hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles, o para aterrarnos con las calamidades que nos aguardan si no votamos por ellos.
En ocasiones, aceptar la lucidez es reconocer que seremos minoría hasta el fin de nuestros días. Al mismo tiempo, la defensa de nuestra lucidez es el mayor logro que podemos alcanzar.  Pues solo la bestia aburrida necesita de engaños.

domingo, 10 de agosto de 2014

Buenos libros malos



 Mario Szichman


La idea de los “buenos libros malos” es de George Orwell. En su trabajo Inside the Whale, Dentro de la ballena,  Orwell analizó la novela de Henry Miller  Trópico de Cáncer, y la emparentó con el Ulises, de James Joyce. Es increíble cómo el material que podríamos calificar de pornográfico (Orwell hablaba de novelas Full of unprintable words, repletas de palabras impublicables) envejece con el tiempo, y al mismo tiempo, es apartado de las discusiones literarias. Ahora que Joyce ha ingresado en el canon académico, muy pocos recuerdan el escándalo que causó la aparición del Ulises. Y desde que los códigos de lo impublicable han perdido su filosa navaja, Miller sigue siendo leído porque era realmente un gran escritor.
Orwell, que tenía un buen olfato, señalaba que autores como Joyce y Miller dejan una cierta estela a su paso, y más allá de los detalles, parecen persistir en la memoria de una manera especial. Es como si “crearan un mundo propio”. Y es ahí donde inserta Orwell su idea de los good bad books, los buenos libros malos, y menciona a Raffles y a los relatos de Sherlock Holmes, así como textos “perversos y morbosos”, del estilo de Cumbres Borrascosas o The House with the Green Shutters. No estoy de acuerdo con Orwell en los libros elegidos. Creo que son excelente literatura. Inclusive Sherlock Holmes, más allá de sus aptitudes detectivescas, y de su maravillosa prosa –nadie que aprenda a narrar como Arthur Conan Doyle pasará vergüenza ante el lector–  es un ser pluridimensional, y en sus reflexiones descubre que cuando contemplamos el abismo, el abismo nos devuelve la mirada.
Gilbert Keith Chesterton dijo en cierta ocasión que Dickens era tan popular porque “no escribía lo que el pueblo quería. Dickens quería lo que el pueblo quería”. 
Hay obviamente en Joyce o en Miller una aproximación al lector que si bien no puede compararse con la de Dickens, habla de alguien que puede recitarle al oído palabras y experiencias familiares. Orwell sugería que en ambos escritores hay una cuota de sinceridad, de conocimiento de la vida, que los convierte en narradores muy exclusivos. Como ocurre con Louis-Ferdinand Céline. Uno podrá discrepar con la política o con los prejuicios de Céline, pero nadie puede dudar de su honestidad, de su ausencia de artificio para expresar sus verdades.
En un reciente trabajo de Lindsay Duguid publicado en The Times Literary Supplement se comenta el libro de Michael Schmidt The Novel: a biography. (Harvard University Press). El libro tiene 1.172 páginas, pero el resumen de Duguid habla bien del volumen. Se titula, creo que con justicia, Good books and good bad books, Buenos libros, y buenos libros malos.  
Según indica Duguid, la intención de Schmidt no fue escribir una cronología anotada o una teoría de la novela, sino “un detallado recuento del desarrollo de una forma innovadora”.  Schmidt ofrece más opiniones a los escritores que a los críticos, y analiza, junto con la paulatina mengua de la risa en la escritura y en su discusión (algo que detalla Mijail Bajtkin en sus libros sobre Rabelais y Dostoievski), el progresivo avance del análisis sobre las diatribas. No sé si eso es bueno o malo, si esclarece u ofusca la comprensión de un texto.
En fecha reciente he leído en The New York Review of Books varios intentos por ennoblecer los decibeles de la invectiva. Pero, por alguna razón, me suena a falso. Me recuerda una moderna corriente de la comedia romántica. En la década del treinta, en películas como His Girl Friday, Holiday, o en esas maravillas que creaba Preston Sturges (The Palm Beach Story, o Sullivan Travels) sus protagonistas propagaban a gran velocidad sus frases más memorables. Algunos adictos al cine solían ir a ver algunos de esos filmes dos o tres veces, no solo porque les habían resultado muy divertidos, sino para entender buena parte del diálogo. En la pasada década Hollywood intentó repetir la experiencia y los resultados no fueron buenos. Los actores y actrices hablaban a gran velocidad, pero no decían nada memorable. La técnica era perfecta, pero no el contenido, y lo mismo ocurre con algunos ensayos donde se intenta demoler la fama de algunos escritores. Está la imprecación, pero no la ironía. Está la furia, pero sin matices. Varios de esos críticos han estudiado la técnica del fenomenal ensayista y novelista Gore Vidal, o de Dwight McDonald, pero no el tono, sino la capacidad para evitar tomarse en serio. Y al parecer, Schmidt prefiere aferrarse a ese tipo de críticos, antes que a los académicos, a la hora de emitir su dictamen. (Creo que existe una gran diferencia entre el académico y el crítico. El crítico usa las herramientas de la academia. El académico las transforma en armas para ahuyentar discrepancias).
Como señala Duguid, el autor del libro no se preocupa por la muerte de la novela, aunque menciona “la preocupación de Gore Vidal por la muerte del lector de novelas”.
En el medio, famosos u olvidados escritores comentan en breves y desdeñosas frases los logros o fracasos de sus colegas.
Schmidt da énfasis a la popularidad de ciertos textos, y al fanatismo que despertó en sus lectores. En realidad, la novela que alcanza celebridad pese a su ausencia de lectores, o precisamente gracias a ese acontecimiento, es un invento bastante moderno. Existen, por supuesto, diferentes grados de popularidad de un texto. A la búsqueda del tiempo perdido tiene menos lectores que Las minas del rey Salomón o El código Da Vinci, cuya impopularidad con los críticos se da de cabeza con la fama entre los lectores. Es posible que A la búsqueda del tiempo perdido siga cosechando lectores cuando pocos recuerden la existencia de El código Da Vinci. Tal vez a la popularidad del texto haya que añadirle la categoría de permanencia. Nadie puede creer que Drácula esté a la altura de Ilusiones Perdidas, pero es obvio que el tema seguirá vigente inclusive si se acaban las transfusiones sanguíneas.
En otras ocasiones, aquello que surgió sin llamar la atención se disemina por los lugares más inesperados gracias a los autores. Esa novela extraordinaria que es Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist, no existiría de no ser por sus devotos discípulos. Una de las dos conferencias que ofreció Franz Kafka en su vida la dedicó a leer fragmentos de Michael Kohlhaas, que, según decía, “le causaban lágrimas y entusiasmo”. La trama tuvo una enorme influencia en Ragtime, la mejor novela de E. L. Doctorow, y en Perfume, de Patrick Süskind, y seguramente será retomado por otros creadores, pues el argumento es una de las mejores defensas del ser humano ante el estado, y del individuo frente a la burocracia.
Al mismo tiempo, Schmidt proporciona al lector una especie de cuaderno de bitácora con las opiniones de famosos autores sobre obras que han ingresado al panteón de la fama. Graham Greene no dice mucho sobre Lawrence Sterne. Se limita a considerarlo “insoportable”.  Stephen King despacha a Thomas Hardy con esta frase: “Ninguna vida puede ser tan mala como él la describe. Por favor, déjenme en paz”. Y el mismo Schmidt ofrece algunos juicios a tener en cuenta. Dice de la novela de Thomas Pynchon  Against the Day: “Es un libro para estudiar, no para leer”, y acusa a la narradora Sylvia Townsend Warner de poseer “una inventiva excesivamente encantadora”. Ese tipo de comentarios permite al lector dar un suspiro de alivio. Ocurre que sus aburrimientos, sus frustraciones, sus aflicciones con textos que reciben excesivos elogios y los estima de escasa importancia no son resultado de una mente ociosa: intelectuales que respeta piensan de manera similar.  
Hay tantos críticos como libros de crítica, y millares de propuestas diferentes sobre un género que tiene al menos setecientos años de antigüedad. (Schmidt considera la primera novela Los viajes, de Mandeville, publicada a mediados del siglo catorce).
Pero la idea de los “buenos libros malos” está cargada de posibilidades. Muchas veces nos avergonzamos de engullir libros que no son exactamente literatura clásica. Cervantes se burlaba de los libros de caballería, aunque era evidente que se los devoraba. Tal vez en el siglo diecinueve, con el surgimiento del folletín y la posibilidad de ampliar el público lector, los autores sintieron menos vergüenza de apelar al melodrama. Dostoievski, Eugenio Sue, Dickens, Balzac,  Edgar Allan Poe, Alejandro Dumas, no mostraron rubor alguno en recrear un género y llevarlo a la estratósfera. Con ellos es difícil determinar en qué momento se alcanzó la sublimidad, y cuando llenaron páginas calculando el centimetraje y los ingresos monetarios por capítulo.
El crítico James Russell Lowell resumió mejor que nadie la combinación de profundidad y de insipidez que caracterizaba a muchas obras de genios como Poe y Dickens en un poema que decía:

Here comes Poe with his Raven, like Barnaby Rudge,
Three fifths of him genius, two fifths sheer fudge.
(Aquí viene Poe con su cuervo, como Barnaby Rudge/ un genio en tres quintas partes, puro disparate en las otras dos).

Pero Poe perdura, Dickens perdura, y hay algo en ellos, y en otros creadores que los distingue del resto. Tal vez crearon un mundo propio. Tal vez dejaron una estela a su paso. Los lectores los vienen pregonando y distinguiendo en cada generación. Y se sienten agradecidos.

miércoles, 6 de agosto de 2014

El arte de falsificar el arte


Mario Szichman

“De las 2.500 obras auténticas pintadas
por Camille Corot,
7.800  se hallan en
colecciones privadas de EE.UU.”
Newsweek, 1940




Buena parte de la historia del arte es la historia de la falsificación de las obras de arte. En el Renacimiento, grandes pintores como Miguel Ángel o Leonardo tenían escuelas donde sus discípulos aprendían a imitar a sus maestros.
En cualquier museo importante siempre se exhiben obras que, según señalan rótulos explicativos, pertenecen a la escuela de algún pintor célebre, ejecutadas por un notable discípulo. Pero en la época en que vivían esos artistas no existía esa distinción, y por una simple razón: el maestro podía ganar mucho más dinero alegando que esas obras habían surgido de su pincel.
La idea de la propiedad privada de esculturas y pinturas es un invento relativamente reciente. Casi tan flamante como la proliferación de falsificaciones de maestros en los dos últimos siglos.
El falsificador más famoso del siglo veinte es el holandés Han van Meegeren (1889-1947), quien se inició en el arte del fraude a raíz del desdén con que eran recibidas sus obras originales. Se han publicado numerosos libros sobre ese artífice que bordeó las orillas del genio. Con van Meegeren vale la pena preguntarse: ¿Dónde termina su falsificación y comienza su originalidad? Recuerdo una deliciosa película: “Incognito”, dirigida por John Badham, la historia de un falsificador excepcional. La manera en que prepara las pinturas es una fiesta para los ojos, desde la selección del lienzo –el único objeto original que necesita un imitador– hasta la preparación de los colores y la horneada final.
Para un recreador de obras antiguas como van Meegeren, lo más difícil era envejecer la pintura. De acuerdo al contenido de aceite, los distintos colores usados en un cuadro tienden a secarse y a desteñirse cuando se los hornea. Van Meegeren experimentó con diferentes medios hasta que descubrió que el aceite de lilas tenía propiedades únicas. Se evaporaba con rapidez y al secarse no afectaba los colores. Pero recién pudo avanzar en sus investigaciones cuando descubrió un libro de Alex Eibner que analizaba toda clase de pinturas al óleo, y las distinguía entre óleos pesados, que demoraban en disiparse y otros de rápida evaporación. Finalmente detectó que la temperatura adecuada era entre cien y ciento veinte grados centígrados. Una vez se endurecía la pintura le pasaba un cilindro por encima para aumentar las grietas, y la hundía en tinta china diluida para que llenara las fisuras (el famoso craquelé, sello de autenticidad de pinturas con algunos siglos de antigüedad).
Luego de seis años de experimentos, van Meegeren estuvo en condiciones de producir “originales” que atribuyó al gran Vermeer. (Uno de los temas de A la búsqueda del tiempo perdido es el análisis de la belleza pictórica, que para Marcel Proust se halla sintetizado en La vista de Delft, de Vermeer, o mejor dicho, “en una pequeña pared de color amarillo… tan preciosa como una obra de arte chino” que nadie ha podido señalar con exactitud, pues hay tres partes del cuadro con esa pared). Van Meegeren creó La cena en Emmaus, y otras obras en el estilo de Vermeer, previo a la segunda guerra mundial, y en el curso de ella. Sus réditos fueron fabulosos.
Curiosamente, su éxito lo llevó a la cárcel. Cuando una de sus pinturas creadas en el estilo de Vermeer apareció en posesión de Herman Goering, uno de los jerarcas del gobierno nazi presidido por Adolfo Hitler, se lo acusó de ser un colaborador.
Durante la ocupación alemana de Holanda, uno de los agentes de van Meegeren ofreció un Vermeer falsificado, Cristo con la Adúltera, a un banquero y comerciante de arte, el alemán Alois Miedl, quien luego lo revendió a Göring por una cifra que representa siete millones de dólares de la actualidad.
Al concluir la guerra, fuerzas aliadas encontraron la pintura, junto a más de 6.000 obras de arte saqueadas por los nazis. Hubo numerosas investigaciones sobre el Vermeer previamente desconocido. El banquero Miedl fue interrogado, y de esa manera se descubrió que la obra había estado en poder de van Meegeren.
La justicia holandesa acusó a van Meegeren de participar en el saqueo de la herencia cultural del país, y lo amenazó con muchos años de cárcel. Cuando el pintor dijo que él era el autor de Cristo con la Adúltera, se le rieron en la cara. Conocían la producción de van Meegeren, bastante mediocre, por cierto. No podía compararse con el arte de Vermeer. En el curso de un interrogatorio hecho por un fiscal holandés, van Meegeren se puso de pie como un poseído, y gritó: “¡La pintura que cayó en manos de Göring no es, como ustedes presumen, una creación de Vermeer, oriundo de Delft, sino de van Meegeren, un holandés oriundo de Deventer! ¡Yo pinté ese cuadro!” Obviamente, nadie le creyó. Por lo tanto, entre julio y diciembre de 1945, en presencia de numerosos reporteros y testigos, van Meegeren creó otro presunto original de Vermeer, El joven Cristo en el Templo para demostrar su destreza como falsificador.
Van Meegeren se reivindicó a los ojos del público holandés. Lejos de ser un colaboracionista, había mermado el erario de Göring y lo había puesto en ridículo. Pues el mariscal nazi se vanagloriaba de su sabiduría en materia de obras de arte. Inclusive durante un breve tiempo, la figura de van Meegeren adquirió ribetes heroicos en su país. Falleció en diciembre de 1947, luego de sufrir dos ataques al corazón.

FRAUDE Y HERENCIA

En el territorio de los deportes y del arte, quien decide es siempre el árbitro. Van Meegeren tuvo la suerte que el encargado de examinar La cena en Emmaus fuese el doctor Abraham Bredius, un famoso historiador de arte cuya especialidad era Vermeer. Aunque al principio Bredius expresó algunas dudas, al final debió rendirse ante la evidencia, y dijo que estaba en presencia de un genuino Vermeer. Una vez el experto estampó la falsificación con el sello de la autenticidad, el resto de las obras pintadas por van Meegeren pasaron al panteón de las genuinas obras de arte.

EL REVÉS DE LA TRAMA

Con los Vermeer de van Meegeren pasamos de la originalidad a la falsificación. Pero ahora, en una interesante vuelta de tuerca, comenzamos a pasar de la falsificación a la autenticidad. Otro artista holandés, Vincent Van Gogh, es uno de los pintores más imitados. Hay toda una industria de obras genuinas de Van Gogh que nunca fueron compuestas por el maestro. ¿Pertenece a esa categoría la recientemente descubierta Atardecer en Montmajour?
Durante casi un siglo, Atardecer en Montmajour fue considerada una falsificación. Historiadores de arte ofrecieron datos explicando por qué la obra no podía haber sido pintada por el artista holandés, y si el lector observa el cuadro, descubrirá que los expertos tenían motivos para sospechar.
La pintura tiene un estilo excesivamente “vangoghiano”. En ella se configuran las obras más famosas y redituables de Van Gogh, como Girasoles, Noche estrellada, La casa amarilla, El dormitorio, o El retrato del doctor Gachet.
Una de las reglas de oro del arte es que cuando se descubre una nueva obra de un pintor famoso, y muestra el estilo más conocido del artista, suele ser una falsificación.
El artista genuino suele marchar siempre hacia lo desconocido, hasta cuando repite sus temas o sus pinceladas en cierta dirección, con cierta gama de colores. Pero el falsificador es un esclavo del artista que imita.
Cada artista tiene su rúbrica especial. En el caso de Van Gogh esa rúbrica está dada por una naturaleza tan animada que sólo necesita hablar. Los astros de Van Gogh giran como en un espectáculo psicodélico, las nubes se desplazan ante nuestros ojos, sus arbustos, de tan retorcidos, parecen sufrir. Y todo eso fue hecho en base a breves pinceladas y a colores puros y altisonantes.
Pero Van Gogh diseñó centenares de cuadros y de dibujos, y el “estilo Van Gogh” no está presente en la mayoría de ellos. Atardecer en Montmajour recuerda una colcha empatada de retazos, con fragmentos de las pinceladas más famosas del pintor. Es como si un falsificador de Goya hubiera reunido en un solo cuadro a dos miembros de la Familia Real de España, la cabeza de La Maja Desnuda y a uno de los fusilados en los motines del 2 y 3 de mayo en Madrid.
Es bueno preguntarse no por qué el museo Van Gogh acaba de declarar genuina la pintura Atardecer en Montmajour, sino por qué durante casi un siglo nadie creyó que fuese auténtica. ¿Qué maliciaban los historiadores de arte del pasado? ¿Por qué los expertos del presente desechan con tanta displicencia esas sospechas?

UN PASADO IMPERFECTO

Hasta el 1901, la pintura formó parte de la colección de Theo Van Gogh, hermano del artista. La viuda de Theo, Johanna Van Gogh-Bonger, vendió ese año la obra a un comerciante de arte de París. En 1908, ese comerciante la vendió a un coleccionista noruego. Poco después, Atardecer en Montmajour fue examinada por un perito en arte, quien la declaró “una falsificación, o al menos, no un original” de Van Gogh. El coleccionista noruego la guardó en su desván, donde permaneció hasta su muerte, en 1970. El actual propietario la compró poco después.
En 1991, Atardecer en Montmajour fue llevada al Museo Van Gogh, y sus expertos insistieron en que era una falsificación. Todo eso cambió en 2011, cuando los propietarios del cuadro volvieron a transportarlo al museo. Esa vez, obtuvieron el gordo de la lotería. Los expertos del museo dijeron que era una obra genuina.
Según Louis van Tilborgh, jefe de los investigadores de la pinacoteca, a partir de 1991 el museo ha desarrollado nuevas tecnologías para identificar y autenticar obras de arte. Y gracias a esas nuevas técnicas, Atardecer en Montmajour abandonó su inautenticidad y surgió intacta del pincel del maestro.
Una de las pruebas de autenticidad, dijo Van Tilborgh, es que fue pintada con el mismo tipo de tela empleado por Van Gogh, y usando igual base. Pero los expertos casi contemporáneos de Van Gogh nunca pusieron en duda esos detalles. Consideraban el cuadro una falsificación por razones más plausibles. Sin embargo, más de un siglo de razones plausibles fueron descartadas en el nuevo escrutinio de los expertos del museo Van Gogh.
La penúltima obra de Van Gogh descubierta por el museo es La diligencia de Tarascón, una pintura de 1888 declarada genuina en la década del treinta. No es una de las obras maestras del artista, pues su estilo es más convencional, pero nadie duda de su autenticidad (Posiblemente porque su estilo es menos osado y exhibe la evolución de su creador).
De todas maneras, existe la certeza de que este hallazgo redituará algunas decenas de millones de dólares a sus vendedores. Van Gogh se sigue cotizando muy bien. El retrato del doctor Gachet se vendió por 82,5 millones de dólares en una subasta realizada en 1990.
Apenas como precaución, sería conveniente que el interesado en comprar Atardecer en Montmajour contrate a varios expertos en arte, para ver si vale la pena el riesgo.
Así como Göring adquirió obras genuinas de Vermeer pintadas por van Meegeren, y los auténticos diarios de Adolfo Hitler fueron resultado de una burda falsificación descubierta de pura casualidad, Atardecer en Montmajour parece demasiado legítimo para ser verdadero.


domingo, 3 de agosto de 2014

Un año de febril inactividad


Mario Szichman

      La Gaceta Oficial de Venezuela, Nº 40.216, del 29 de julio de 2013, mediante el decreto Nº 255 autorizó la creación de una Fundación del Estado denominada “Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Supremo Hugo Rafael Chávez Frías”.
      La fundación quedó adscripta al Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia y Seguimiento de la Gestión de Gobierno. El ciudadano Adán Chávez Frías, gobernador de Barinas y hermano del fallecido gobernante, fue designado Presidente Encargado de la Fundación.
     En los 365 días desde su instauración, un gran mutismo ha rodeado las actividades del Instituto. Tal vez la razón de ese sigilo es que nadie sabe por dónde comenzar la ciclópea tarea. Basta analizar  el testamento del fallecido jefe de estado, escrito en junio de 2012, “de su puño y letra”, como expresó el actual presidente de Venezuela. El testamento, también conocido como “La Constitución Bolivariana” o “El Segundo Plan Socialista de la Nación 2013-2019” (los términos son intercambiables)  propone “cinco tareas históricas” cuyo propósito, también enunciado de puño y letra del fenecido, es construir “el sueño de la humanidad”.
      Más allá de las tareas normales: la conquista de la independencia, la construcción del socialismo, la metamorfosis de Venezuela en una potencia, la erección de un mundo sin imperios, y “el equilibrio del universo”, hay una, todavía inconclusa, que el actual gobierno venezolano ha decidido emprender: “contribuir a la preservación de la vida en el planeta y a la salvación de la especie humana”.
      La intención del Instituto de Altos Estudios que lleva el nombre del occiso es resguardar todos sus planes y proyectos y llevarlos a su feliz realización para que continuemos disfrutando sin sobresaltos de este valle de lágrimas.
      No vamos a analizar las credenciales intelectuales del fallecido presidente. Personas que lo admiraban lo han hecho con mayor elocuencia. Tampoco pondremos en entredicho la idea de que es imposible para un Instituto de Altos Estudios sintetizar su pluridimensional reflexión. Fuentes consultadas dijeron que, antes de acceder a la eternidad, se consultó al entonces primer magistrado el nombre que debería llevar el plantel. Uno propuso el título de: “Academia de Encumbrados Estudios para estudiar los Heterogéneos  Razonamientos del Comandante Supremo”. Pero la idea debió ser archivada pues el futuro extinto se negó, ofreciendo otra muestra más de su modestia.
      Tal vez el problema que paraliza la concreción de la tarea es que hay excesivas cabezas pensantes intentando crear algo imperecedero. Alguien sugirió bendecir el futuro sitio del instituto esparciendo desde las alturas las cenizas de varios prohombres de la patria. Pero todos los aviones habilitados para realizar la tarea fueron desviados hacia Brasil durante el Mundial de Fútbol, y todavía se aguarda su retorno.
      El otro problema es que se ignora si será suficiente una sola academia para analizar el legado del líder máximo. Durante cerca de tres lustros, una vez por semana, Hugo Chávez Frías habló a sus compatriotas en el programa “Aló, Presidente”. Cada uno de sus monólogos insumía un promedio de siete u ocho horas. ¿Cuántas miles de páginas quedaron vertidas en sus conferencias? Voy a ofrecer al lector una idea de la inmensa tarea que aguarda a quienes se encarguen de desgrabar sus arengas. Cuando el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann intentó escribir sus memorias, pidió la colaboración de Willem Sassen, un periodista con ideas afines a las suyas. Sassen grabó a Eichmann unas 60 horas de sus reminiscencias. Una mecanógrafa transcribió las sesiones y el resultado fueron seiscientas noventa y cinco páginas a un espacio y medio por hoja.
      En el curso de su locuaz vida como primer magistrado, Chávez Frías habrá dedicado, por lo bajo, 28 horas mensuales a sus filípicas televisadas, más de 300 horas anuales. (Descontemos aniversarios y fiestas de guardar). En 14 años, eso asciende a 4.700 horas de monólogos. Pero con una diferencia. En el caso de Eichmann, había frecuentes interrupciones de su entrevistador, y proliferaban las repeticiones, las toses nerviosas, los pedidos de Eichmann de “Por favor, pare el grabador que debo repensar la pregunta”. Nada de eso ocurría con el máximo líder boliviarano. Él no se equivocaba nunca. Por lo tanto, esas 4.700 horas de monólogos deben representar más de 40.000 páginas a un espacio y medio. Y los soliloquios no eran monotemáticos. Para el fenecido jefe de estado, nada humano o extraterrestre le era ajeno. Esas 40.000 páginas de sus discursos deben ser sometidas a un proceso de clasificación. Como en esa enciclopedia china que divulga Jorge Luis Borges en su relato El idioma analítico de John Wilkins, los temas de Chávez Frías podrían clasificarse en “ (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas,(f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que tiemblan como nojados, (j) innumerables (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.
      Por eso, no hay que desesperar. Si bien la aparente “inactividad” del Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Líder Máximo ha causado impaciencia, se trata de una impaciencia creadora. Recuerda a la existente en las gateras de un hipódromo poco antes de su apertura súbita para que salgan a competir los mejores ejemplares de la raza caballar. Estamos seguros de  que una vez el proyecto se ponga en marcha promoverá generosas emulaciones. 
      Por lo tanto, cuando los desafectos cuestionan la aparente “flojera” del ciudadano Adán Chávez Frías para poner en marcha el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Líder Máximo, no saben de lo que están hablando. De un día para otro veremos surgir una usina de quimeras de la ideología bolivariana destinada a solucionar los escasos inconvenientes que aquejan a Venezuela y las múltiples tribulaciones que afligen al mundo. Pues el actual gobierno bolivariano ha sido creado para resolver problemas.
      Por ahora, sus arcanas autoridades meditan, seguramente al sol. Pienso en escenarios para esa meditación y las imágenes que surgen provienen de novelas donde predomina un sol calcinante, como en esa magna obra de Graham Greene titulada El poder y la gloria, o en la novela de Gabriel García Márquez El otoño del patriarca, con ese dictador deambulando entre gallinas en el patio de su vivienda. Pero es justamente en esos lugares donde surge el ocio creador y la furia de los profetas. Todas las bienaventuranzas y todas las desdichas del mundo, o al menos, las bienaventuranzas y las desdichas de tres religiones monoteístas, tuvieron como escenario Jerusalén, una comarca inclusive mucho más pequeña que Barinas (posiblemente, del tamaño de Sabaneta).  Y en la Jerusalén venezolana, personas inmersas en un proyecto político que tanto se parece a una religión, cavilan sobre el mejor método de eternizar un pensamiento.
      En cierta ocasión, el actual mandatario venezolano recordó que su precursor vivía desvelado con esta pregunta: “¿Qué van a hacer cuando yo me muera, cómo van a hacer?”
     Afortunadamente, como explicó su reemplazante, “él lo dejó todo arreglado”.