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miércoles, 29 de noviembre de 2017

Cortinas flameando al viento (Relato)


Mario Szichman

–1–

Pogrom de Kielce, Polonia, Tras la segunda guerra mundial 
Entierro de ataudes 

En el invierno de 1943, mi tren se detuvo en la estación de Kloplotz.  Todas las ventanas del gueto estaban abiertas. Sus andrajosas cortinas flameaban al viento. Por la ventanilla del tren vi a un hombre subir rápidamente a mi vagón. Apenas el tren se puso en marcha, el extraño me dijo:
–Seguramente usted querrá saber qué ocurrió con los judíos de Kloplotz–. Sus dientes castañeteaban de frío.
–No necesariamente—le respondí. Eran tiempos difíciles. Algunas personas formulaban preguntas por motivos perversos. Otras, hacían trabajos chapuceros que ponían la vida en peligro. El hombre que me vendió un pasaporte alemán lo estropeó, fijando mi foto del permiso de residencia  con grapas oxidadas. Los documentos otorgados por las autoridades alemanas usaban grapas de acero inoxidable.
–No se preocupe: soy un id[i] , como usted– me dijo el hombre frotándose las manos para entrar en calor. Antes de que abriera la boca, desdeñó mis potenciales disculpas con un movimiento nervioso del hombro, un giro de la cabeza y la oferta de una sonrisa. Era un gesto que sólo podía emanar de alguno de los nuestros. Al verme más tranquilo, me contó la extraña desaparición de los judíos de Koplotz.
–No fue un pogrom, o una redada hecha por soldados del Tercer Reich. Tampoco fue el resultado de una mala lectura del momento judío– me dijo el hombre.
– ¿Qué momento judío?
–Temo que usted es un cosmopolita. Debe haber pasado mucho tiempo viviendo en Varsovia ¿O fue en Bucarest?
–Nací en Viena.
 –Sí, un cosmopolita de Viena. Esos judíos vieneses están tan interesados en asimilarse que nunca se preocupan por el momento judío.
Enseguida mostró gestos de simpatía para que sus palabras no sonaran muy duras.
–Pero en los shtetls[ii] , la cosa es diferente—añadió. –Siempre llega el momento en que presentimos una catástrofe. La hemos bautizado: “el momento judío”. Cuando los idn de Kloplotz sospecharon que el momento judío estaba a punto de atravesar el shtetl, decidieron huir. Una vez advirtieron el error, ya era muy tarde para retornar. Por lo tanto, continuaron su éxodo y algunos se las arreglaron para salvar sus vidas. En cuanto a lo que ocurrió con el resto... Bueno, prefiero pensar en los sobrevivientes.

–2–                            


Al día siguiente de la noche de los cristales rotos en Alemania          

Fue Moishe el Umruhik[iii]  quien aventuró la posibilidad de que el momento judío estaba a punto de llegar a Kloplotz, me dijo el extraño. Según le explicó a Ianquele el herrero, sus sospechas se habían acrecentado al descubrir que los goim [iv]se abstenían de contar chistes antisemitas.
Sin soltar la pata del caballo que estaba por herrar, Ianquele le preguntó a Moishe:
–¿No será por el clima? La gente se pone muy rara cuando el clima no se acomoda a las estaciones.
¿Y cómo explicaba Ianquele el extraño incidente con Vatia?
Ianquele nada había oído del incidente.
–Cuando Vatia fue ayer a la panadería, el matón del pueblo se le acercó– dijo Moishe.
–Se lo tiene merecido– comentó Ianquele. El caballo, muy paciente, seguía con la pata apoyada en la rodilla del herrero. –Vatia no debería salir sola a la calle. Tiene dieciséis años. ¿Donde estaban sus hermanos?
–Es imposible convencerla de que necesita escolta—dijo Moishe. `Yo sé muy bien cómo defenderme´, dice. Desde que se hizo sufragista, está llena de ínfulas. Hasta se cortó el cabello a la garçon. Bueno, lo que ella cree que es a la garçon. El hermano mayor le puso una taza en la cabeza, y cortó todo el cabello que sobraba.
–Hay que tenerle paciencia. Es joven.
–El matón del pueblo hizo algunos comentarios muy desagradables. ¿Y qué hizo Vatia? Le pegó una cachetada y después fue a la comisaría y presentó una denuncia...
–...Seguro que le hicieron pasar la noche en la cárcel—intercedió Ianquele.
–Nada de eso.
–...Y la obligaron a limpiar el piso de la comisaría con un cepillo de dientes...
–Está equivocado...El propio jefe de policía ordenó arrestar al matón.
Por primera vez, Ianquele dejó de observar la pata del caballo.
–¿Quién te dijo eso?
–Tengo mis fuentes– alardeó Moishe. – No solo eso. Quien pasó la noche en la cárcel fue el matón.
–Eso es imposible.
–Hay más: al día siguiente, el matón recibió una citación. La semana que viene tiene que presentarse ante un tribunal.
 –¿Puedes garantizar la seriedad de tus fuentes?—lo conminó Ianquele.
–Claro que sí.
–En ese caso, voy a convocar a la Kehilla[v] . Me temo que el momento judío se está acercando a Kloplotz. La cortesía de los funcionarios públicos siempre precede a un pogrom.

–3–


Caricatura antisemita. Archivos de Yad Vashem

Esa noche, todos los judíos de Koplotz se congregaron en la sinagoga, que recordaba a un anfiteatro romano luego que una explosión de origen desconocido había volado el techo.
Los dos secretarios: Leibele el afligido, y Duveth el jovial, se encargaron de registrar los procedimientos.
Primero Leibele leyó en tono sombrío una lista de 42 comunidades judías situadas dentro de la esfera del Gobierno General de Polonia en las cuales habían suspendido la narración de chistes antisemitas. Se oyeron murmullos de consternación.
Leibele cedió el podio a su amigo Duveth el jovial.
 Duveth se levantó de su silla, agradeció a Leibele su cortesía, y anunció que tenía una noticia para levantar los ánimos: aunque habían cesado de contar chistes antisemitas en la zona, abundaban en varios países de Europa oriental. Le habían relatado algunos que ponían los pelos de punta. Inclusive uno de ellos había hecho reír a un oficial nazi de alta graduación. Luego, Duveth extrajo una libreta de apuntes. Según sus cálculos, en el presente año fiscal los chistes antisemitas habían aumentado en un 21 por ciento. Además, se habían triplicado las denuncias antisemitas acusando a los judíos de fabricar pan ázimo con la sangre de bebés.
La audiencia continuó afligida, pese a las alentadoras palabras de Duveth. Uno de los asistentes le reprochó tomar en cuenta solo la macroeconomía, y olvidar la coyuntura.
Tras una pausa de quince minutos en que circuló aguardiente fermentado con cáscara de papas y una bandeja con minúsculos trocitos de arenque, la congregación convocó a sus expertos en pogroms.
El primero en subir al podio fue Jeremías el metafísico. Su última hipótesis provenía del gran filósofo griego Xenón de Eleas. Las paradojas de Xenón, explicó Jeremías, demostraban la imposibilidad de que los miembros de la Asociación Patriótica de Ucrania pudiesen causar un pogrom en Kloplotz.
–Todos los presentes estarán de acuerdo conmigo en que un pogrom solo es posible cuando los patriotas ucranianos vienen montados a caballo– explicó Jeremías. –Bueno, Xenón de Eleas ha demostrado que un caballo que sale del punto A, nunca puede llegar al punto B. En este caso, debemos imaginar que el punto B es Kloplotz. Bueno, es matemáticamente imposible que el caballo pueda llegar. Sin importar la distancia a ser atravesada, siempre se puede dividir por la mitad. Y así sucesivamente.
La exposición de Jeremías no convenció a nadie. Uno de los concurrentes recordó la prisa con que los caballos pogromistas solían llegar al shtetl.
Luego, le tocó el turno a Shatke el escéptico. Shatke era un viejo rival de Jeremías, y cuestionaba el cauteloso método de su rival para pronosticar las vísperas de un pogrom.
Aunque el defecto de Shatke era su inveterado recelo, su fortaleza consistía en su detección de señales imperceptibles. En ocasiones desechaba pogroms que una comunidad consideraba inevitables. En otras, era capaz de anticipar un baño de sangre imposible de percibir. Un pogrom nunca ocurría de manera súbita, sino en el curso de varias semanas, y en diferentes lugares. Un día se registraba una violación, una semana más tarde un matón se emborrachaba, dos meses después algunas vacas aparecían envenenadas, el cielo se teñía de rojo, y alguien olvidaba apagar la estufa de leña en la sinagoga, etcétera, etcétera.
–¿Cómo podemos saber si la escasez de chistes antisemitas indica que ha llegado el momento judío?– preguntó Shatke a la audiencia. –Nadie se ha preocupado por averiguar la recurrencia de los diptongos en las amenazas de muerte.
–No hay tiempo para eso– le recordó Ianquele.
–Es lo primero que analiza Tinianov—insistió Shatke. –La recurrencia de diptongos.
–No es lo mismo analizar la composición del poema Eugene Oneguin, que una incursión de las Centurias Negras—insistió Ianquele. Las Centurias Negras volcaban su patriotismo en la cacería de judíos.
–Bueno, si ustedes no están satisfechos con mi método, le pueden preguntar a Joshua. Tal vez su prognosis sea más acertada– dijo Shatke, y alzando la nariz se dirigió a su sitio en silencio, mientras ignoraba los elogios de algunos judíos. Estaba furioso con Joshua. Con sus técnicas de mercadeo, el advenedizo había adquirido una fama que no se compadecía con su práctica.
–Por favor, Shatke, no te ofendas– le rogó Ianquele. –Nadie duda de tu experiencia. Propongo un voto de aplauso por la magnífica exposición del amigo Shatke.
Solo Ianquele aplaudió.
Joshua era seguidor del químico ruso Mendeleyev, el creador de la tabla periódica. Mendeleyev había organizado los elementos químicos según sus pesos atómicos, pronosticando así la existencia de elementos aún desconocidos. Siguiendo el método de Mendeleyev, Joshua había creado una tabla periódica en la cual incluía la cifra de personas muertas en cada pogrom y la multiplicaba por las sinagogas profanadas. Eso a su vez era dividido por la longitud y latitud del lugar en el que había ocurrido el pogrom. La raíz cuadrada brindaba un factor constante que Shatke había designado “El momento judío kloplotziano”.
–Todo está muy bien, Joshua –le dijo Ianquele el herrero- Pero basado en tus cálculos ¿cuántos días tenemos para huir antes que llegue el pogrom?
 –Sin tomar en cuenta la recurrencia de diptongos, yo calculo dos días– dijo Joshua. La audiencia quedó consternada. Por primera vez alguien se animaba a fijar una fecha.


–4—


Al día siguiente, los líderes de la comunidad de Kloplotz acordaron enviar a Ianquele a Varsovia, donde delegados de todo el mundo se habían reunido para discutir la amenaza de diferentes momentos judíos.
Gracias a una colecta, pudo recaudarse dinero suficiente para que Ianquele pudiera viajar parte del trayecto dentro del vagón de un tren.

Dos días antes que se cumpliera el plazo fijado por Joshua, los judíos de Kloplotz recibieron una carta enviada por Ianquele desde Varsovia.
 Tras ofrecer en su esquela algunos detalles de su accidentado viaje a la capital polaca, donde varios perros hostigaron su trasero, Ianquele explicó que los delegados de Moscú y Nueva York reprocharon a los judíos de Kloplotz sus ínfulas. La coyuntura era más importante que el improbable momento judío en Kloplotz .
Cuando Ianquele  informó que los judíos de Kloplotz estaban alarmados por la ausencia de chistes antisemitas, el delegado de Moscú le señaló que debían imitar el ejemplo de la Unión Soviética: el genio de Stalin había encontrado la solución dialéctica en el tercer volumen de sus obras selectas. En ese momento intervino el delegado de Nueva York. Dijo que el regocijo por oír chistes antisemitas era propio del auto-odio que aquejaba a muchos judíos de Kloplotz.
Cuando Ianquele intervino para insistir en la posibilidad del estallido de un momento judío en Kloplotz, hubo una rechifla generalizada.
 El delegado de Nueva York le pidió a Ianquele que tuviera la humildad de los judíos de Buenos Aires. Aunque les habían atacado tres sinagogas en el último mes, seguían reclamando el irrestricto respeto a los judíos en territorio de la Unión Soviética. Eso había sido muy elogiado por las autoridades militares argentinas, quienes consideraban a los judíos casi como sus compatriotas. No descartaban ofrecerles algún día el permiso de residencia.
El delegado soviético, por su parte, recordó la directiva 101 del camarada Stalin. Todos los chistes antisemitas habían sido reemplazados por narraciones que describían a pioneritos participando en las cosechas del último Plan Quinquenal.


–5–
Ataudes de víctimas del pogrom de Kielce. Julio 1946

Ianquele retornó a Kloplotz en medio de la noche, sujetando con disimulo un cojín que apoyaba en el sector donde había sido embestido por los perros. Cada vez consideraba más inevitable el pasaje del momento judío por el pueblo. En varias partes de Europa, los judíos visitaban lugares y tomaban fotos, persuadidos de que esa sería la última ocasión en que verían a sus familiares, o dormirían en sus viviendas.
Ianquele se dirigió en primer lugar a la vivienda de Leibele el afligido.
–Parece que habrá que abandonar Kloplotz—le dijo Ianquele suspirando.
–El momento judío no podía llegar en peor ocasión– se quejó Leibele. –Justo cuando estaba por dar el seminario. Mira, mira esto– añadió, tendiendo a Ianquele un papel apergaminado.
 Ianquele arrimó a la nariz sus lentes con las patillas plegadas, y comenzó a leer. El seminario trataría los siguientes puntos:
A) El sufrimiento: una perspectiva judía.
B) El sufrimiento en general y el libro de Job, que es para retorcerse las manos de angustia.
C) El sufrimiento a través de las edades.
D) Sufrir por la causa justa.
E) Sufrir por la causa equivocada.
F) El sufrimiento físico, incluyendo la ruptura de hernias.

¿Piensas quedarte en el pueblo?– le preguntó Ianquele a Leibele.
–Todavía no lo sé. Hay mucha información, pero poca evidencia.
–¿Tienes alguna idea?
–Tal vez no quieren desalojarnos por lo que somos sino por lo que tenemos.
–¿Qué tenemos? No tenemos ni donde caernos muertos.
–Tal vez estamos viviendo en una zona que se ha hecho valiosa de repente. Quizás descubrieron oro, vaya uno a saber.
–No lo había pensado– dijo Ianquele alzándose de la tambaleante silla y abandonando la casa de Leibele con el cojín bajo el brazo. No permitió que el anfitrión lo acompañara hasta la puerta.

Ianquele comenzó a caminar sintiendo un gran peso en el corazón. Y de repente, se encontró en un callejón sin salida. ¿Sería algún tipo de premonición? Porque Duveth el optimista vivía en la segunda casa del callejón sin salida, a partir de la esquina.
Aunque el infeccioso entusiasmo de Duveth irritaba a Ianquele, al menos esa noche necesitaba consuelo.
Ianquele tocó la campanilla en la puerta de entrada. Ningún sonido salió del artefacto. Probó una segunda vez sin oír respuesta. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió de manera abrupta.
Ianquele estuvo a punto de lanzar un grito. Duveth ahogó el grito poniendo un trapo húmedo en la boca de Ianquele, y lo arrastró al interior de la casa.
–Casi me matas del susto– dijo Ianquele en un susurro mientras Duveth lo empujaba hacia la ensombrecida sala de estar. –La campana en la puerta de entrada no suena.
–Oh, me había olvidado de quitarle esto– dijo Duveth mostrando el trapo húmedo que había usado para ahogar el grito de Ianquele.
–No luces muy bien– dijo Ianquele mientras Duveth el optimista comenzaba a llenar dos vasos con un líquido aromático.
–Prueba esto– le dijo Duveth tendiéndole el vaso. –Te sentirás mejor. ¿Qué haces con ese almohadón?
–Tiene buen gusto– dijo Ianquele tras probar el licor. Luego giró la cabeza hacia atrás–Los perros de Varsovia son una cosa seria.
–Tienen fama de antisemitas.
Ianquele tomó un sorbo más del licor. –¡Qué gusto tan raro para ser una bebida blanca—comentó.
–Los italianos lo llaman grapa. Se lo compré a un gitano. Me pone todavía más optimista que en épocas normales.
–¿Un gitano? Ahora que lo pienso, ¿Te fijaste que los gitanos se han convertido en los preferidos de los zhlobs?[vi] ? Eso me preocupa.
–¿Preocuparte? ¿Por qué? No hay nada por qué preocuparse– De repente Duveth quedó inmovilizado. –¿No oíste algunos ruidos? ¿Cómo el galopar de caballos?
–No, no escuché nada.
–Bueno, debe ser mi imaginación. Aunque  no se puede tener imaginación y ser un optimista como yo. ¡Dios mío, qué contento que estoy! ¿Un poco más de grapa?
–No, por favor– dijo Ianquele poniendo la mano sobre el vaso, pero Duveth ya había comenzado a verter la grapa y le mojó la mano.
 –Bueno, seguramente mi pobre imaginación escuchó los caballos... Aquí tienes, límpiate con esto– le dijo Duveth tendiéndole el trapo que había usado antes para acallar el sonido de la campana. –Nunca estuve más contento en toda mi vida. Joshua me estuvo explicando el teorema de los binomios de Newton.
–Duveth, creo que tendrías que comer algo. No es bueno tomar tanto con el estómago vacío– dijo Ianquele al ver que Duveth empezaba a beber directamente de la botella.
–Por cierto– continuó Duveth cada vez más animado –¿Sabías cuantas piedras se necesitan para matar a una persona? Cincuenta y seis. Eso, de acuerdo al teorema de Newton. Ah, y además se necesitan diez zhlobs, cada uno de ellos con brazos como los de Sansón. Como te darás cuenta, eso es imposible. Si tienes un momento, te puedo explicar el teorema de Newton en un pizarrón.
Ianquele le dijo que no, que tenía una idea general, y se despidió de su amigo.
–Mi casa está a la orden. Y por muchos años– dijo Duveth sonriendo, mientras la nuez de Adán le subía y bajaba por la garganta.
Cuando Ianquele abandonó la casa, vio que Duveth se acercaba furtivamente a la campana y volvía a insertar el trapo húmedo. Posiblemente no quería que ruido alguno lo distrajera del que debían hacer potenciales caballos pogromistas galopando por el shtetl.

 –6—

A la mañana siguiente, cada judío de Kloplotz despertó en un estado lamentable. Muy pocos habían podido dormir, tras enterarse que los zhlobs del pueblo habían convertido a los despreciados gitanos en sus favoritos tras muchos años de repudio. La última barrera entre los judíos y un pogrom había desaparecido.
Cuando se volvieron a reunir en la sinagoga, Joshua dijo que había revisado sus cálculos. Era necesario adoptar una resolución en menos de veinticuatro horas. Pero antes de decidir, propuso enviar al pueblo a Moishe el Umruhik, para que evaluara el ambiente.
Moishe visitó a varios zhlobs conocidos por su intransigencia. Se sorprendió por su cortesía y placidez. Y para completar las cosas, uno de los zhlobs, que un mes antes había acusado a una gitana de robarle dinero tras decirle la buena suerte, formuló respetuosos comentarios sobre los gitanos, su vida, costumbres y leyendas.
Cuando Moishe fue a la sinagoga e informó que los zhlobs habían cancelado no uno sino dos prejuicios al mismo tiempo, la congregación decidió huir.

 –7—

Una hora más tarde, todos los habitantes de Kloplotz habían empacado sus pertenencias. Las salpicaduras de lodo de los carruajes que abandonaban el pueblo continuaron hasta la noche.
 Al día siguiente, frío y soleado, las ventanas del barrio judío estaban abiertas y sus andrajosas cortinas flameaban al viento.
–Fue realmente una mala lectura del momento judío– dijo el extraño que viajaba conmigo en el tren, mientras agitaba su paquete de cigarrillos y me ofrecía uno.
–¿No había amenazas de pogrom?– le pregunté.
–Bueno, el pogrom era inevitable, pero no inmediato. Y lo peor del caso es que cada uno de los judíos de Kloplotz adivinó parte de la intriga, pero no pudo sumar dos más dos. Mucho más tarde descubrimos lo que había ocurrido. Algunos gentiles de Kloplotz habían comenzado a atraer gitanos a nuestra zona. Ellos los necesitaban porque ambicionaban sus maravillosos caballos y las monedas de oro que las mujeres llevaban cosidas a sus pañuelos. Y si además podían desalojar a los idn y quedarse con sus pertenencias ¿por qué no? Por lo tanto los gentiles prohibieron los chistes antisemitas, seguros que eso causaría pánico en la congregación. Al mismo tiempo, comenzaron a atraer a los gitanos contando chistes contra ellos. Estaban convencidos de que sólo la ausencia de chistes étnicos anunciaba malos tiempos. Una multitud de gitanos cayó en la trampa, como abejas en un tarro de miel. Nunca se supo qué pasó con ellos.
 Una sombra pasó por los ojos del narrador.
–Usted debe ser uno de los judíos de Kloplotz– le dije.
–Sí, el que se quedó último para apagar la luz. ¿Y sabe cuál es la última imagen que tengo del shtetl? La del zhlob que el día anterior me había mostrado un libro donde se destacaban los grandes aportes hechos por los judíos a la cultura polaca. Pero en esta ocasión, el mismo zhlob le estaba contando a un gitano un chiste de mal gusto sobre otro gitano. El gitano estaba a punto de reunirse con uno de sus compañeros, que por supuesto era un ladrón de caballos. El gitano se reía, mostrando su dentadura perfecta. Y en el cuello tenía una cadena de oro que debía valer el precio de cinco caballos...
El narrador se calló la boca. Luego asintió silenciosamente a sus propios recuerdos, y suspiró.
–Usted debe ser Moishe– le dije para romper el pesado silencio.
–Sí, la gente me llama Moishe el Umruhik– me dijo distraído. –El que originó este éxodo–. Y luego, tratando de recuperar la compostura, añadió tendiéndome la mano: –No necesito saber su nombre. Encantado de conocerlo.
Fin
Este relato forma parte de un volumen titulado Cuentos para la hora del davenen.





[i] Judío.
[ii] Aldeas.
[iii] Inquieto, desasosegado.
[iv] Gentiles
[v] Congregación. Hebreo.
[vi] Persona inculta, grosera.

miércoles, 12 de julio de 2017

Reseñas de "La verdadera crónica falsa" por Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios




Agradezco a mis entrañables amigos Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios, por estas reseñas de mi primera novela La verdadera crónica falsa, en su tercera reedición. He aprendido de esas críticas, de su honestidad.
 Como ha ocurrido con Los años de la guerra a muerte, una vez más, la edición de la profesora Carmen Virginia Carrillo convirtió un patito feo en un cisne. Las dos anteriores versiones de la novela puedo ya excluirlas de una especie de prontuario donde ubiqué varios textos escasamente redimibles. En la época en que las escribí no existían las computadoras, o esa maravillosa tecla que dice delete, borrar.
Creo que he enmendado mi falta. Al menos me queda el consuelo de que logré reparar. Y en materia de amistad, y de amor, esa es, quizás, la palabra más bella del diccionario. M.S.

Reseña de La verdadera crónica falsa de Mario Szichman
Por Magdalena López

           
Quizá, la médula de eso que llaman la Historia con mayúscula, no radica sino en las miles de historias de personajes difíciles de encajar en grandes relatos épicos. Tal es el caso del padre de Bernardo, un socialista argentino y judío de origen polaco que, como mal héroe, es fusilado por equivocación después de ser detenido junto a un grupo de peronistas cuando miraba una pelea de boxeo por televisión la noche del 9 de junio de 1956. 
Los fusilamientos en José León Suárez de aquel año han llegado hasta nosotros a través de la pluma de Rodolfo Walsh, en su ya mítico libro de no ficción, Operación masacre (1957); sin embargo, lo que encontramos en la novela de La verdadera crónica falsa (BookBaby, tercera edición 2017) de Mario Szichman es otra cosa. Tal como se expresa en las últimas páginas, asistimos a muchos temas y muchos personajes que bajo la fabulación “verdadera” de esta crónica ficcionalizada, nos permiten acercarnos ya no sólo al retrato de la Argentina de los años cuarenta y cincuenta en torno a esta masacre histórica enmarcada en la llamada “Revolución Libertadora”, sino también a dramas personales que recogen en buena medida los de vidas invisibilizadas por la Historia y que no necesariamente están directamente relacionadas a los fusilamientos o a su documentación y denuncia.  El centro de la narración es el drama de Berele (niño)\Bernardo (adulto), un periodista que rastrea  la vida y las circunstancias de la muerte de su padre, mientras intenta hacerse cargo de una carga familiar judía plagada de mujeres fuertes, hombres torturados, perseguidos, exiliados y discriminados e incluso una adolescente suicida e incestuosa.
A través de recuerdos, varios testimonios, caricaturas, fotografías y los textos de un diario, Bernardo atestigua el proceso “de toda esa generación, frustrada y liberal (….) que había formado comités de lucha antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, elegido a Braden en contra de Perón y que terminó decepcionándose con Stalin”.
La verdadera crónica falsa es, por tanto, una novela sobre el fracaso, el desengaño y el extrañamiento que derivan de la imposibilidad de pertenencia a un país y de fe por una causa política o un líder que nos exima de tanta violencia acumulada. 
Sin embargo, como sucede también en otra obra de Szichman (La región vacía. Madrid: Verbum, 2014), perdura el amor como recurso inextinguible.  Bernardo sabe que sin su compañera Laura esta verdadera crónica falsa sería imposible de escribir.  Quizá,  en esta  obra, el amor no es sino el último recurso de los desarraigados de la historia.   
La verdadera crónica falsa es, así,  un fino mosaico de personajes y eventos que a ratos con sarcasmo, a ratos con ternura, nos siguen hablando de la dimensión humana de todos los horrores que nos habitan desde la memoria. 

Análisis de La Verdadera Crónica Falsa
Gerardo Barcia Palacios

            Todo acontecimiento histórico esconde historias aledañas. Historias que, por un motivo u otro, perdieron protagonismo o se eclipsaron por otras de mayor trascendencia. Pero que no por ello son menos fascinantes, indignantes o perturbadoras. En muchos casos, además, una historia trascedente puede estar tan relacionada con su aledaña que ambas existen para justificarte mutuamente. Son un abanico holístico que visto en retrospectiva, se dan sentido y conviven de forma existencial.
            Y estas historias aledañas merecen ser contadas. Es el caso de la novela que nos regala Mario Szichman: La Verdadera Crónica Falsa. En esta novela, se narra las peripecias de un grupo de sobrevivientes de los fusilamientos registrados en el basural de José León Suárez, en las afueras de Buenos Aires, en 1956, tras una frustrada insurrección peronista contra el régimen militar liderado por el general Pedro Eugenio Aramburu, y los avatares de una familia judía, uno de cuyos integrantes muere en los fusilamientos.
            En esta tercera edición o tercer intento (probablemente Mario leyó alguna vez a Miles Davis: “Si no te equivocas, te equivocas”) nos propone un rediseño que permite adivinar lo que vivieron muchas familias judías en la Argentina de aquellos años y que permite, además, conocer las matanzas sin sentido que muchos regímenes cometieron en nombre de nada. Cayeran quienes cayeran: culpables e inocentes.
            Transitada por personajes que se van desarmando y rearmando a sí mismos, como la recomposición en cámara lenta de un jarrón que cae al suelo cuando se regresa el tiempo en un video, el relato plantea un enigma existencial de un personaje (Bernardo) que intenta descifrar los sucesos acontecidos aquella madrugada de junio de 1956, principalmente porque uno de ellos, que además resulto muerto, era su padre.
Para ello, junto con su compañera Laura, descubre de la mano de los protagonistas sobrevivientes qué sucedió realmente aquella noche y qué llevó a su padre a morir fusilado por error. En ese viaje, mediante una técnica narrativa que recuerda a una colección de puzles de flashbacks superpuestos, se va descubriendo no solo la historia real contada desde muchas perspectivas, sino que, curiosamente, Bernardo termina encontrándose consigo mismo y con su antepasado judío.
            Ignoro las ediciones anteriores, pero esta última es sin duda una novela que recomendaría leer y que estoy seguro, como me ha pasado a mí, se devorará en menos de dos días.
            Aunque el comienzo resulta un poco “flojo” y cuesta un poco seguirle la pista, en menos de veinte páginas engancha y enamora. Quizá por sus entrañables y elaborados personajes, siempre en conflicto bidireccional: con ellos mismos y con el entorno. Quizá por su contenido de constantes evaluaciones psíquicas de personajes que ven distintas realidades y que se yuxtaponen durante la obra a veces hasta con acciones o pensamientos absurdos. O quizá por la magia de simplemente enhebrar el final escabroso de algo que ya sucedió, pero que el lector espera cambiar leyéndolo.
            Personalmente ha sido una fortuna para mí descubrir esta edición de la novela. Probablemente como venezolano que sabe que existen muchas historias aledañas que nunca serán contadas. O, quizá, simplemente por tener la oportunidad de leer nuevamente la magia que nos regala Mario con cada escrito.

Gerardo Barcia Palacios
                                               En Madrid, 26 de Marzo de 2017


sábado, 25 de marzo de 2017

Los orígenes reales de La verdadera crónica falsa


Mario Szichman





Para Éricka Tirado, mi diseñadora gráfica favorita,
por captar en su bella portada la intención del texto.

Para Carmen Virginia Carrillo, editora de mis novelas,
encargada de transmutar otro patito feo en un cisne.


Mi padre era relojero. Llegó a Buenos Aires a comienzos de la tercera década del siglo pasado, procedente de Polonia. Si no me equivoco, de la población de Volinia. Formaba parte de una extensa familia. Tenía su joyería en el barrio de Liniers. No sé cuantas horas trabajaba en la joyería con mi madre, Sonia Tauba Szylder, pero estoy seguro de que aparte de sus horas de descanso, el resto las dedicaba al negocio. Después de cenar, se iba al pequeño taller que había mandado construir en los altos de su joyería, y se dedicaba a sus relojes. Trabajaba con la pericia de un prestidigitador quitando del reloj tornillos diminutos con un pequeño destornillador, a fin de exponer la maquinaria. Espirales de metal se dilataban y encogían en el interior como vísceras latiendo ante un cirujano.  La herramienta más usual de mi padre era una brusela, parecida a un depilador de cejas, y una lupa que insertaba en la concavidad de su ojo derecho. El ojo parecía nadar agrandado dentro de la lupa, como en una pecera.
Mi padre me enseñó a amar a Chaplin. Varias veces me llevó a ver Carlitos Relojero, un corto donde Chaplin desarmaba un reloj a fin de exponer su mecanismo. Finalmente, la maquinaria se sublevaba, las piezas huían del reloj y Chaplin las perseguía a martillazos.
También mi padre usaba su taller para evocar a los muertos. Una vez al año, no recuerdo exactamente la fecha, encendía seis velas en un pequeño altar. Nunca me quiso decir a quien rendía homenaje. Me enteré años más tarde, después que salí del servicio militar. Esas seis velas eran en homenaje a los seis millones de judíos asesinados por los nazis.
No estoy hablando de la especialidad de mi padre por razones de nostalgia o de romanticismo –algunos de los seres más nostálgicos y románticos que he conocido eran unos crápulas a tiempo completo. Tampoco para retorcerme las manos de sufrimiento. Mis ídolos son los partisanos que se alzaron en el gueto de Varsovia, y las compañeras y amantes de los partisanos que depositaban granadas en sus panties y en sus corpiños, y se lanzaban de ventanas para caer sobre soldados alemanes, y morir junto con ellos en la explosión. También me enfurece cuando dicen que los judíos marcharon a los hornos crematorios como corderos para el sacrificio. Odio la mansedumbre ante el enemigo.
Si hablo de la especialidad de mi padre, es por razones estrictamente narrativas. La pasión de mi padre por los relojes la asigné a un rufián jubilado que ni siquiera era judío, y quien se convirtió en uno de los protagonistas de mi primera novela, La verdadera crónica falsa.
Uno de los descubrimientos que hice cuando intenté escribir es que al lector le interesa averiguar la destreza de un oficio. Lo mismo ocurre con los espectadores de una obra de teatro o de un filme. Basta ver a John Malkovich en la película In the Line of Fire moldeando una pistola y balas de plástico a fin de cometer un atentado contra el presidente de Estados Unidos. El interés de la audiencia se despierta de inmediato.
Además, ciertos oficios se prestan mejor para la puesta en escena. Un taller necesita concentrar la luz en las manos, en una cabellera o en una calva. Los objetos surgen y desaparecen en el cono de sombra creado por esas luces.
                                                              
EL VIRTUOSISMO DE UN VIOLINISTA MANCO                                 

Ignoro el método de trabajo de otros narradores. Mi obstinación es con los personajes, y especialmente con su pericia. Recuerdo una película de la primera época de Alfred Hitchcok, The Man who Knew too Much. Tras un funeral, era necesario desarmar el decorado donde habían velado al muerto. El encargado de hacerlo, un lisiado, solo podía valerse del brazo izquierdo para concretar la tarea. No recuerdo muchos episodios de esa película, pero la imagen de ese tullido encargándose de sacar las coronas de flores, y desarmar los atriles excluyendo el brazo derecho, es inolvidable.
Aprendí algo más a lo largo de los años: es indispensable poner el carro antes que los caballos. El rufián, relojero y jubilado, no tenía al principio ubicación precisa en La verdadera crónica falsa. Lo imaginaba, inclusive antes de escribir el primer párrafo de una novela, como un personaje capaz de ampliarla, brindándole un pasado. Parafraseando a Marx, que dijo haber parafraseado a Hegel (la cita es un invento de Marx), la tradición de las generaciones muertas importuna como una pesadilla el cerebro de los vivos.
Necesitamos saber de dónde venimos y a donde vamos. Si el espíritu de los muertos no pesa sobre los vivos, se diluye la historia. Y mi propósito era escribir una novela basada en hechos históricos. Por lo tanto, la historia, la gran historia, debía transcurrir, poseer tres dimensiones; de lo contrario, la trama tendría la delgadez de una oblea. Y fue así que el rufián, además jubilado,  se instaló con toda comodidad en el relato, aunque sus objetivos eran imprecisos, excepto narrar cierto pasado que aún necesitaba elegir.
Lo único imprescindible era la historia  a contar. Esa historia  no me pertenecía a mí, sino a Rodolfo Walsh. Se trataba de una perfecta obra de non  fiction titulada Operación Masacre.
¿Qué era lo que me atraía de esa obra aparte de su magnífica escritura? El tema.
En  junio de 1956, tras una frustrada insurrección peronista contra el régimen militar liderado por el general Pedro Eugenio Aramburu, varios civiles y militares fueron fusilados en el basural de José León Suárez, situado en las afueras de Buenos Aires. Walsh descubrió que los insurrectos habían sido fusilados antes que se decretara la ley marcial.  Por lo tanto, seguía rigiendo la Constitución que no autorizaba la pena de muerte. Los fusilamientos constituían un crimen de guerra.
Por esa época, los militares argentinos carecían de la aptitud para matar que desarrollaron luego durante la dictadura militar iniciada en 1976 por el general Jorge Rafael Videla. Varios de los fusilados sobrevivieron, y hubo alguno que logró asilarse en una embajada.
Mi interés se concentró en los sobrevivientes. Y además, en el entorno militar. En 1966 hice el servicio militar en el Regimiento Tres de Infantería, en La Tablada, una localidad del conurbano bonaerense. Pude conocer, por dentro, el funcionamiento de un cuartel, y a los militares, suboficiales y oficiales, en vivo y en directo. Odiaba la vida del cuartel, odiaba a los militares que presumían ser los salvadores de la patria. Además, muchos de los suboficiales eran  devotamente antisemitas.  Recuerdo uno de ellos, quien me explicó, en medio de su borrachera, las razones por las cuales los judíos sobraban en este mundo.
Realmente, no escaseaban los personajes novelables. En realidad, la tarea más difícil era desbrozar la paja del trigo y elegir entre decenas de suboficiales y oficiales, a cinco o seis que pudieran participar en mi novela.
Y finalmente, necesitaba una mujer como protagonista. La llamé Laura. Ya hablaré de ella.

TENACIDADES

Había sin embargo un problema con el manuscrito: no podía prescindir de mi familia judía. Estaba demasiado anclado a sus recuerdos, a sus temores, a su necesidad de pasar desapercibidos. Varios de ellos siempre esperaban un pogrom. Y necesitaba esa familia como mi tabla de salvación.  Solo el contraste y el conflicto funcionan en una trama. La mirada de un extraño es invaluable, a la hora de representar un grupo social.
La novela es siempre conflicto, solo conflicto.  En ocasiones, se revela en el título. A Dostoievski nunca se le hubiese ocurrido escribir una novela titulada Crimen y Crimen.
Por lo tanto, ésta era la trama de la novela: narrar las peripecias de un grupo de sobrevivientes de los fusilamientos registrados en el basural de José León Suárez, tras una frustrada insurrección peronista, y al mismo tiempo contar los avatares de una familia judía, uno de cuyos integrantes moría en los fusilamientos, aunque ni un solo judío murió en ellos. Y finalmente, estaba la mujer, a la que bauticé Laura, quien aportó la mirada del extraño. Evaluando, comentando, nunca juzgando.
(Recuerdo que cuando conocí a Walsh, le expliqué mi incomodidad por haber incluido a un judío entre los fusilados. Walsh se mostró muy generoso y cordial. Después de todo, me dijo, lo mío era una novela, y los novelistas tenían permiso para ese tipo de licencias).
  
VERSIONES
Mario Szichman por la época en que escribió La verdadera crónica falsa

Escribí  Crónica falsa en 1968, en Caracas, en una máquina Olivetti Lettera 22. Lo hice con gran tranquilidad y con enorme desparpajo, en apenas tres meses. En realidad, Crónica Falsa es un título truncado. El título completo era: “Crónica falsa de los extraños sucesos ocurridos en la madrugada del nueve de junio de 1956, cuando un grupo de civiles fueron fusilados en los basurales de José León Suarez, luego de la abortada Revolución Peronista del general Valle, junto con otros acontecimientos que serán del interés de nuestros amables lectores”.
Influyó en ese interminable título el admirable escritor colombiano, Álvaro Cepeda Samudio, autor de una espléndida novela, La Casa Grande. Cuando conocí a Álvaro me comentó que estaba escribiendo otra narración. Su título sería “Los grandes reportajes sobre la extraña muerte de la mujer del médico más famoso de la población de Ciénaga”. Me encantó la idea de explicar en el título el tema de la novela.
Envié Crónica Falsa al concurso Casa de las Américas. Creo que eso fue en 1968. Estaba convencido de que iba a ganar. Tenía 23 años, y creía que podía llevarme el mundo por delante. La novela ganó una mención, algo que todavía hoy me sigue resultando inexplicable. Cuando la vi impresa, mi primera intención fue adquirir de la editorial Jorge Álvarez la tirada completa, e incinerarla.
El premio Casa de las Américas de ese año fue otorgado a una novela del escritor boliviano Renato Prada Oropeza. Recuerdo que el novelista David Viñas, uno de los miembros del jurado, me comentó con displicencia: “Sí hermanito, la novela ganadora tiene como tema la presencia del Ché en Bolivia. ¿Quién podía disputarle el triunfo?” Viñas no parecía muy convencido de la calidad del texto. Ni siquiera se acordaba del título. “Es algo así como el arcoíris del lapislázuli”, me dijo. “Estoy seguro que tiene una esdrújula”. En realidad, el título era “La canción de crisálida”.
En 1972, cuando regresé a Buenos Aires logré publicar en la editorial CEDAL la segunda versión de mi primera novela.  Le puse el título de La verdadera crónica falsa, para diferenciarla de la primera, indigerible versión. La novela había mejorado. Pero el final era insoportable.
Durante décadas, dejé a la novela descansar en el desván de los recuerdos. Me pareció que había perdido actualidad. Las otras dos novelas de “La trilogía del Mar Dulce”, A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad, y Los judíos del Mar Dulce, fueron resucitadas en el 2012 gracias a la edición de la profesora Carmen Virginia Carrillo. Las mejoras son notables, pues cuando se trabaja con un editor, florece la imaginación dialógica.
A mediados del 2016, hice otro intento con La verdadera crónica falsa. No me hacía muchas ilusiones, pero ¿qué clase de trilogía del Mar Dulce era mi saga, cuando nadie sabía qué había ocurrido con una de las novelas? Por lo tanto, envié la tercera versión del manuscrito a la profesora Carrillo, que es para mí el equivalente de Maxwell Perkins, el editor de Scott Fitzgerald, y de Thomas Wolfe, y por supuesto, todo cambió en el manuscrito, hasta la correlación de los episodios. Y especialmente el final. Creo que se ha convertido en un canto a la vida.
Todos aceptan que un filme, una obra de teatro, representan una tarea colectiva. Pero a la hora de las novelas, o de los cuentos, existe la nociva idea de que la soledad del autor es esencial. Pero si no existe un sounding board, en este caso un editor, los manuscritos pueden eternizarse en el escritorio. La soledad solo sirve para perderse en vericuetos. El narrador termina creyendo que la parte más interesante de su anatomía es el ombligo.
Como indiqué previamente, La verdadera crónica falsa, requería de una mujer como protagonista. La bauticé Laura. No percibía a Laura alguna cuando escribí la novela. Conocí a Laura años más tarde, me casé con ella, era una intelectual a tiempo completo. Fuimos felices durante 34 años, hasta su fallecimiento. Varios de los atributos de la Laura novelada, pertenecían a la Laura de verdad.
La última versión de La verdadera crónica falsa ha quedado atrás. Ahora los lectores y lectoras deben decidir. Pero la experiencia ha sido muy grata. Disfruto escribiendo. He conocido muchos escritores que se afligían a la hora de escribir. (Viñas, siempre tan down to earth, decía de un novelista que escribía y padecía: “Es como si alguien estuviese haciendo el amor con Sofía Loren, y al mismo tiempo se apretase las bolsas seminales para sufrir”).
Muchos suponen que su sacrificio a las musas los valida como autores. Uno absolutamente espectacular en la recopilación de  desdichas era Ernesto Sábato.
Nadie debe dedicarse a una tarea pensando que sube a un potro de tortura. Lo importante, siempre que sea posible, es disfrutar de lo que hacemos. Conozco a una persona muy feliz. Su hobby es fabricar pan. Cuando me explica sus tareas, le brilla el rostro.
El caso de la escritura es muy especial. Nos abre la puerta a muchos portentos. Es difícil creer en milagros, pero les aseguro que abundan en el territorio de la ficción. Por cierto, uno de esos milagros persiste desde hace algunos años. Ha adquirido tres dimensiones. Respira. Sonríe. Y además, es cotidiano.

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La versión digital de La verdadera crónica falsa ya está en los outlets de Amazon, Barnes and Noble y otras librerías en línea.