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sábado, 28 de octubre de 2017

Los enigmas del viajero del tiempo


Mario Szichman



My work in progress, el actual proyecto en que estoy involucrado, es sobre un viajero del tiempo. La narrativa y los filmes surgidos de ese personaje que trasciende edades pueden contarse por centenares. Hay clásicos del siglo XIX, como Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo, de Mark Twain, o La máquina del tiempo, de H.G. Wells, y otros modernos, como Replay, de Ken Grimwood, la obra de un genio.
La premisa de Replay es sencilla. ¿Qué ocurre si una persona resucita una y otra vez, para asimilar errores previos? El protagonista, Jeff Winston, tiene 43 años en el momento de morir, por primera vez, en 1988. Jeff resucita en 1963, a los 18 años de edad, en un dormitorio comunal de la universidad Emory, en Atlanta, Georgia.
La primera persona con quien tropieza es Martin Bailey, “su amigo más cercano”. Pero Jeff recuerda algo más: “Martin se había suicidado en 1981, luego de su divorcio y de una subsecuente bancarrota”.
Los recuerdos del futuro que posee Jeff, le permiten apostar al ganador de la Serie Mundial de Béisbol, y al caballo que triunfará en el Derby de Kentucky, así como obtener una fortuna en Wall Street.
Grimwood traza una panorámica de la sociedad, las costumbres y la política de Estados Unidos con elegancia, ironía, e inmaculada precisión. Trata de evitar el asesinato de John Kennedy, así como encubrir su conocimiento de otros episodios importantes que aún no han ocurrido. Pero también su vida cotidiana se altera. Como cuando  intenta reanudar relaciones sentimentales con su novia de la adolescencia, época en que aún no se había puesto en circulación la píldora anticonceptiva.
La escena en que la novia trata de complacer a Jeff evitando los peligros del embarazo, deja una sensación muy incómoda. La sordidez reemplaza a la pasión, y el lector queda tan avergonzado como el protagonista.

CABALLEROS CON ARMADURAS

El yanqui de Mark Twain, tras recibir un providencial golpe en la cabeza, enfila hacia un pasado bastante remoto.
El escritor asumió el proyecto pensando que sería una buena burla del pasado anglosajón, y de las extrañas costumbres de los habitantes de la corte real a comienzos de la Edad Media.
Piensen los lectores en una novela moderna cuyos personajes hablan como un contemporáneo de Cervantes, y tendrán una idea del ridículo capaz de generar.

El lenguaje es una convención que se altera a toda velocidad. Y al envejecer, sus anacronismos se tiñen de ridículo. Pero eso no ocurre exclusivamente con el lenguaje. La vestimenta, el maquillaje, el calzado, nos informan de pasados diferentes: los zapatos o botas devienen símbolos fálicos, chaquetas o pantalones informan de alteraciones en la relación entre ambos sexos. El maquillaje es otro gran delator, al ser transferido del hombre a la mujer. En Barry Lyndon, el director Stanley Kubrick nos mostró cómo en el siglo dieciocho, el caballero galante, no la dama en edad de merecer, se encargaba de lucir lunares de amor, colorete en las mejillas, o rimmel en las pestañas.
En cuanto a Mark Twain, siempre tan práctico y realista, estaba obsesionado con las tribulaciones corporales de un guerrero medieval. ¿Cómo hacían esos personajes para despojarse de su metálica indumentaria, cuando la naturaleza planteaba sus urgencias? (Mark Twain ofrecía algunos ejemplos).
Pero el escritor, además de un gran humorista, era un trágico. A medida que avanzó en la narración, descubrió no solo los defectos del pasado, sino la desagradable realidad del presente. De esa manera, una simple travesura  del intelecto derivó en uno de sus libros más pesimistas y proféticos.
En el comienzo, Hank Morgan, un ingeniero de Connecticut que ha viajado desde el siglo XIX hacia la Edad Media, engaña a sus congéneres simulando ser un mago. ¿Cómo explicar de otra manera las extrañas tareas que logra concretar? En la época del rey Arturo, no existían fuegos de artificio. Y nadie demolía edificios usando dinamita.
Los intentos de Morgan por modernizar la vida en la Edad Media son al principio bien recibidos, pero luego, la iglesia católica, alarmada por su poder, dicta contra él un interdicto, y le hace la vida imposible, causando toda clase de tragedias.

MARCHANDO HACIA EL FUTURO

Describir un viajero del tiempo transitando el pasado, es mucho más sencillo que colocarlo en una nave espacial rumbo al futuro. Basta contrastar Un yanqui en la corte del rey Arturo con La máquina del tiempo, de H.G. Wells, donde un explorador descubre en el remoto futuro una civilización controlada por los Morlocks, trogloditas parecidos a simios, que viven en las entrañas de la tierra, en tanto la superficie se halla habitada por los Eloi, una sociedad de adultos elegantes y con la mentalidad de niños, carentes de toda disciplina o curiosidad. Por cierto, los Morlocks son una de las grandes pesadillas modernas de la literatura.
Wells exigía al lector que compartiera su copiosa imaginación, pero, para eso, necesitó crear una narrativa muy simple, concentrada en las dos principales sociedades visitadas por su máquina del tiempo.
La riqueza de una narrativa que visita el pasado es mucho más vasta que la del futuro, pues hay mayor proliferación de incidentes. Así como Grimwood, en Replay, nos permite compartir sus intromisiones en un tiempo ya transcurrido y exhibir sus cambios, ese mismo tránsito facilita ir a un futuro archivado en un pasado más reciente.

Un viajero del tiempo puede haber observado a un Napoleón obeso, en las postrimerías de su carrera, tal como lo mostró la dibujante Anne—Louis Girodet –Trioson en marzo de 1812, poco antes de la campaña en Rusia. (El emperador de los franceses había acopiado una perniciosa obesidad en pocos meses, quizás debido a un problema glandular). Pero ese mismo viajero del tiempo pudo haber visto a Napoleón delgado y maléfico, cuando era apenas un capitán de artillería.
Del mismo modo, ese viajero podría haber contemplado ancianas reposando en ataúdes, que luego recuperaban las carnes y hasta mostraban incipientes signos de embarazo.
Desde el punto de vista del narrador, un protagonista con una vida prolongada ahorra la necesidad de múltiples personajes. Del mismo modo, el infortunio amoroso, algo imposible de erradicar, se carga de mayor drama cuando le ocurre a una sola persona, en lugar de diseminarse entre varias.
Coexistir con sus efectos, aceptar de manera serena el sufrimiento, pues resulta imposible amputarlo, facilita el desarrollo psicológico del personaje. Y el efecto de una carne invariablemente joven en alguien cercano a la inmortalidad, exhibe otras recompensas. Ese inmortal está obligado a maquillarse al revés, simular su decadencia, no su lozanía, pues de lo contrario, se convierte en sospechoso ante sus amigos o conocidos. (Eso lo obliga a borrarse de vidas ajenas al cabo de escasos años, pues corre el riesgo de aparecer, en algún momento, inclusive más joven que sus hijos).
El viajero del tiempo que ha vivido reiteradas catástrofes políticas, puede, en teoría, anticipar otras, y evitarlas. O predecir la forma de pensar de quienes participan en los eventos, o los slogans de los propagandistas. Escasos episodios históricos generan nuevas corrientes de pensamiento. En la mayoría de los casos, como decía Carlos Marx en El dieciocho Brumario de Luis Napoleón, los líderes se limitan a repetir frases de los tribunos griegos o romanos.
Curiosamente, escasos tratados resultan útiles en las crisis. Generalmente suelen prever desastres que jamás ocurrirán, o felices, inalcanzables porvenires.
En esas ocasiones, impera la fantasía, o la mentira más desenfadada. Muchas efemérides transmutan batallas perdidas en victorias. Los próceres siguen participando en batallas de las cuales han brillado por su ausencia[i].

¿CÓMO MARCHAR CON EL VIAJERO DEL TIEMPO?

La ciencia ficción moderna es tan vasta, tan imaginativa, y especialmente tan prolífica, que muchas veces sus mejores productos y autores desaparecen del recuerdo del público. Si Robert Heinlein, Isaac Asimov, Ray Bradbury, o Phillip Dick persisten, es porque sus obras más recordadas han sido llevadas al cine, o porque famosos discípulos impiden que caigan en el olvido. Pero se trata, muchas veces, de selecciones arbitrarias. Uno de los intermitentes olvidados es Alfred Bester, que tiene en su haber dos novelas y un cuento muy especiales, ligados al tema del viajero del tiempo.
Tal vez el problema que enfrenta la narrativa de Bester es su envoltorio. Aunque corresponde al género de la ciencia-ficción, combina elementos que discrepan con sus esenciales atributos: tiene un raro sentido del humor, y cierta predilección por lo siniestro.
Al lector de ciencia ficción no le gusta emerger de la aventura en que está sumergido para ser frenado por un sarcasmo, o por algo que puede desviarlo hacia el mundo del horror, como ocurre con las novelas de Bester The Demolished Man, o con The Stars My Destination, la segunda, una versión moderna de El conde de Montecristo.
(Ver The Stars my Destination, de Alfred Bester. El triunfo del cyberpunk
http://marioszichman.blogspot.com/2016/12/the-stars-my-destination-de-alfred.html)
El gran riesgo del escritor de ciencia ficción es crear un nuevo mundo, “con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica”, como decía Borges. Y Alfred Bester  siempre lo logró.     
La hazaña del escritor consistió en insertar los productos de una cultura avanzada en géneros no muy acreditados, y a un ritmo muy veloz. Además, eludió el error de muchos colegas, que primero construyen su mundo, y solo después lo hacen habitable. El cosmos de Bester no difiere mucho del nuestro. Solo muestra excentricidades que pertenecen a subculturas. Pero no se trata de monstruos de tres cabezas, sino de marginados: estafadores, adivinos, secundados por funcionarios que intentan activar o desactivar la acción de la justicia.
Bester también diseñó una de las mejores teorías sobre el viajero del tiempo en su relato The Men Who Murdered Mohammed , publicado por primera vez en la edición de octubre de 1958 de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y que ha sido antologizado decenas de veces por su premisa y por su sentido del humor.
El protagonista es Henry Hassel, un científico loco vaciado en el molde creado por el doctor Víctor Frankenstein. (Nunca olvidemos que el Frankenstein de Mary Shelley es el científico, no el monstruo).
Un día, Hassel retorna a su hogar, y sorprende a su esposa en los brazos de otro hombre. En lugar de asesinar a su cónyuge, o a ambos, el científico tiene una idea mejor: eliminar a su mujer como si nunca hubiera existido, pues de esa manera, será imposible procesarlo. Para eso crea una máquina del tiempo, en el laboratorio de su hogar. Todo el proceso dura apenas siete minutos y medio. A Bester le encantaba la suspensión de la incredulidad.
Hassel  viaja al pasado, y asesina al abuelo de la infiel. Cuando regresa al presente, su esposa continúa en los brazos de su amante. Luego, mata a la abuela. La infiel sigue besándose con su paramour.
Furioso y empecinado, Hassel inicia una masacre a través del tiempo. Entre sus víctimas figuran George Washington, Cristóbal Colón, Napoleón, Mahoma, y otros famosos personajes. Pero nada altera el encuentro amoroso de su esposa con un desconocido.
En una de sus escapadas, el científico tiene ocasión de visitar a Marie Curie, y le enseña el proceso de fisión nuclear. Es el único episodio en que tiene éxito, aunque no en relación con su esposa. Marie Curie experimenta con la fisión nuclear, y París desaparece en un hongo atómico. Sin embargo, cuando Hassel regresa a su hogar, los amantes siguen acariciándose.  
Desesperado ante sus fracasos, el científico consulta a Wiley Murphy, el experto más famoso en viajes a través del tiempo. Aunque también Murphy disfruta de las caricias de la señora Hassel, el científico decide por una vez olvidar la propensión de su esposa por el adulterio, e investigar el enigma. Así descubre la verdad. Una verdad bastante incómoda que puede acabar con todo el subgénero literario del viajero del tiempo: nadie puede cambiar la historia transcurrida. Cada persona transita en su propio tiempo, solo puede avanzar o retroceder, pero sin afectar la vida de otros. Cuando Hassel dio cacería a Washington, o a Napoleón, se desprendió de su propio tiempo, y apenas enfrentó irrelevantes fantasmas del pasado.
La filosofía de Bester tiene un cariz que lo emparenta con Theodore Sturgeon, el autor de More than human. En el territorio de la ciencia ficción, que tanto abunda en máquinas, telepatía, extrañas ocurrencias, investigación de galaxias, viajes a través del tiempo, Bester era muy especial. Siempre reivindicó el poder de la mente sobre las maravillas científicas, como puede verificarse en la novela The stars my destination. La mente obliga a su protagonista, Gully Foyle, a  controlar sus emociones, evitando así que lo destruyan sus deseos de venganza.
Tras numerosas peripecias, en que intenta la destrucción de sus enemigos y del universo entero, Foyle cede paso a la reflexión, a la necesidad de prolongarse en otros seres.
Moira, esposa, de Foyle, contempla su rostro. Alguien pregunta a Moira: “¿Está muriendo?” Y Moira responde con sabiduría: “No, recién está despertando”.




[i] En su trabajo Introducción a la historia, Marc Bloch nos muestra que la falsificación de la historia es tan prolífica como los libros que se escriben sobre ella. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Las múltiples vidas de personajes y narradores

Mario Szichman

Para Sofía Imber,
Un monumento de la cultura venezolana


Cada vez que Harry August muere, revive exactamente el mismo día y en el mismo lugar, aunque mantiene una discrepancia con el resto de los mortales: está al corriente de una existencia que ha vivido en reiteradas ocasiones.
The First Fifteen Lives of Harry August, novela escrita por Catherine Webb,  con el seudónimo de Claire North, ha causado sensación por el tema. Y de paso, ha revivido el interés por Ken Grimwood,  un narrador norteamericano que anticipó la trama de Harry August, y cuya vida personal pareció calcar Replay, su extraordinaria pieza de ficción.
La novela de Grimwood se inicia con la muerte de su protagonista, Jeff Winston, director del noticiero de una emisora de Nueva York, en 1988, a los 43 años de edad, tras sufrir un ataque al corazón. Poco después resucita, mucho más joven, en 1963. Tras recuperar su adolescencia, vuelve a estudiar en la universidad de Emory, en Atlanta, y trata de adaptarse a un cuerpo más flamante, y a varias amistades y romances anteriores. Por supuesto, surgen las dificultades: Winston está enterado de aquello que ocurrirá posteriormente. Tanto los errores que comete, como los triunfos que obtiene, forman parte del saber adquirido en años sucesivos.
En una ocasión, topa con un amigo de la universidad. El encuentro es doloroso para Winston; sabe que pocos años más tarde, ese robusto amigo que vende salud, morirá de cáncer. También el romance con su novia es afectado por las costumbres de la época. En 1963, la píldora anticonceptiva es una entelequia, y Winston debe aceptar una práctica sexual muy humillante para no dejar a su amante embarazada.
Hay, sin embargo, compensaciones. El protagonista sabe que con su noción del futuro puede ganar en el juego, y se hace millonario apostando a las carreras de caballos y a esas series mundiales de béisbol casi siempre disputadas entre equipos norteamericanos.
Posteriormente, Winston vuelve a morir de otro ataque al corazón. Y tras cada experiencia de resurrección, su vida cambia de manera drástica.
Grimwood falleció el 6 de junio de 2003 en Santa Barbara, California, y su obituario es casi tan siniestro como Replay. Dice así: “Kenneth Milton Grimwood, un narrador especializado en el género fantástico, y famoso por su libro ´Replay´, cuyo protagonista muere en varias oportunidades de un ataque al corazón y revive de manera reiterada el período entre 1963 y 1988, ha muerto. Tenía 59 años. La causa del fallecimiento habría sido un ataque al corazón”. 
Breakthrough, otra narración de Grimwood, transita un tema similar. Abarca más años que Replay, y posee elementos de horror. Además, usa el tema de la reencarnación, y tiene un final sorpresivo que me encanta.
Tras ser curada de epilepsia gracias a los avances de la tecnología médica, Elizabeth Austin, de 26 años, recibe en su cerebro electrodos en miniatura. Puede controlar sus ataques presionando los electrodos con ayuda de un aparato de control remoto. Pero entre los electrodos implantados hay algunos que cumplen tareas experimentales ignoradas por la ciencia. Cuando estimula uno de esos electrodos, Elizabeth tiene recuerdos de un remoto pasado que no le pertenece. La previa existencia, en el siglo diecinueve, es muchísimo más rica, a nivel espiritual y material. Elizabeth pasa a ocupar el cuerpo de una mujer muy atractiva, casada con un millonario. Finalmente, descubre que la mujer es una asesina cuyo propósito es viajar al futuro para matar a su esposo del presente.   
La fascinación con el viaje a través del tiempo, además de la necesidad de “vivir” literalmente otras épocas, se relaciona con nuestros deseos de alterar el pasado. Un cuento de Roald Dahl narra la historia de una mujer que, tras dar a luz, descubre que su bebé está muy débil, y puede morir en cualquier momento. La madre le ruega al médico que salve a su hijo. El médico concreta el milagro, y rescata de la muerte al bebé, Adolf Hitler.   
Por supuesto, cualquier otro bebé hubiera podido ser como Hitler, o todavía peor. Si un régimen permite ejercer el sadismo con toda impunidad, hay que tener un corazón de hierro y una moral muy fuerte para resistir los cantos de sirena de quienes alientan el maltrato al prójimo.  
Excepto por circunstancias excepcionales, todo narrador, aunque nunca lo refleje en sus escritos, termina siendo un viajero del pasado. Si ha conocido algunas ciudades, y las ha revisitado, desenmascara sus bruscos cambios. La historia suele cambiar fachadas y rostros, inclusive la idea que se hacen los seres humanos de sus semejantes. Un héroe cultural en una época puede transformarse en un monstruo en otra, y recuperar luego el favor popular. Basta ver las mutaciones que ha sufrido la imagen de Napoleón Bonaparte a partir de su exilio en Santa Elena.
Hay una gran historiadora norteamericana, Barbara Tuchman. Su libro más famoso es The Guns of August, sobre los comienzos de la primera guerra mundial. Uno de sus últimos trabajos fue una verdadera hazaña. Durante siete años se dedicó a explorar el aciago siglo catorce en bibliotecas de todo el mundo. El resultado es A Distant Mirror.
El siglo catorce fue el de La peste negra (1348-1350) Se estima que diezmó una tercera parte de la población radicada entre la India e Islandia. Pero además, hubo otras plagas concomitantes: guerras interminables, impuestos que eran en realidad confiscaciones, y bloquearon todo progreso de la industria y el comercio en ese siglo, pésimos gobiernos, bandolerismo, y feroces divisiones en el seno de la iglesia. Lo único que cesó en el siglo catorce fue la peste negra. El resto de las calamidades persistieron varios siglos. Algunas llegaron para quedarse.
Tuchman decía que cuando se describía el siglo catorce, solo se podía narrar una clase de historia: la de las elites. Hasta la llegada de la Revolución Francesa, los historiadores únicamente se interesaban en la genealogía de los poderosos. Nobleza, noble, son palabras con cierta alcurnia. Los aristócratas eran considerados superiores al resto de los mortales. (Aunque no siempre. El historiador Anselmo mencionó a un noble gascón que dejó en su testamento una donación de cien libras destinada a las dotes de las muchachas que se había encargado de desflorar).
Una vez las masas irrumpieron en la historia, lideradas por Marat, Danton y Robespierre, se produjo un curioso fenómeno: el hombre de la multitud se convirtió en un héroe, el pobre en virtuoso, y los nobles y los monarcas, "en monstruos de iniquidad", dijo Tuchman. Eso no duró mucho. También los revolucionarios franceses pasaron por una revisión, generalmente desfavorable. Stendhal, que había luchado en los ejércitos de Napoleón, y se consideraba un heredero de la Revolución Francesa, fue uno de los primeros en cuestionar a uno de sus líderes. Julian Sorel, protagonista de Rojo y Negro, se preguntaba: “¿Qué hubiera sido Danton en esta época…? ¿Se hubiera vendido a los curas, se hubiera convertido en ministro? Después de todo, el gran Danton solía robar... ¿Hay que robar? ¿Hay que venderse?”
Algo similar ocurrió con el proletariado. “Clases laboriosas, clases peligrosas”, un ensayo escrito por el gran historiador francés Louis Chevalier, muestra cómo con la Revolución de Julio de 1830 que tuvo como epicentro París, el auge del crimen en la capital francesa fue atribuido en buena parte al proletariado, en tanto el hombre de la multitud volvió a transformarse en un villano. Prácticamente la mayoría de los novelistas que escribieron sobre ese período –la época de oro de la literatura francesa, con genios como Balzac, Stendhal, Alejandro Dumas, Gustavo Flaubert, y con maravillosos folletinistas como Eugenio Sue, o Emile Gaboriau– no discriminaron entre la clase trabajadora y los criminales, o aquello que los marxistas describían como el lumpen proletariado.
Los también denominados bajos fondos de París obligaban a la coexistencia de pobres y criminales, simplemente por una cuestión de alojamiento. Los alquileres de viviendas o el pago de hospedaje en pensiones eran mucho más baratos en esos lugares, como lo serían luego las favelas brasileñas, las villas miserias de Buenos Aires, o los barrios de Caracas. Por supuesto, en las razzias caían justos y pecadores, aunque nadie se preocupaba mucho por investigar la celosa acción policial.
En fecha reciente, el Miami Herald  publicó una nota sobre la dificultad de obtener datos en la República Bolivariana de Venezuela, cualquier clase de datos, hasta los más inocuos. Por una parte, los funcionarios en condiciones de ofrecer cifras están siempre encerrados en sus despachos, o escondidos en el baño. El periódico citó el ejemplo de Deivis Ramírez, un reportero policial venezolano que debe ir de manera cotidiana a la morgue para descubrir cuantas personas han sido asesinadas en Caracas en el curso de una semana o de un mes. Las autoridades chavistas se niegan a mostrar cifras.
 “Es como un parto cotidiano”, dijo Ramírez al diario. “Las estadísticas de crímenes son las más difíciles de obtener”. En ocasiones, los malabaristas encargados de negar las cifras oficiales ni siquiera requieren mentir para desalentar la verdad. Ramírez dijo al Miami Herald que cada vez que una persona es baleada por la policía, el episodio no es clasificado como un “homicidio”, sino simplemente como “resistencia a la autoridad”.
(Ver nota en Tal Cual 
La mirada del narrador siempre marcha en busca de la confrontación, el antes y el después. Viví en Caracas entre 1967 y 1971, y entre 1975 y 1980. La volví a visitar en el 2001 y en el 2004. Me sentí en las dos últimas ocasiones como un viajero del pasado. El paisaje urbano había cambiado de manera drástica. Y por supuesto, los temores, y la devastación, también se habían alterado. No voy a pintar un paisaje idílico de la Caracas de la década del setenta. Los cerros que rodeaban la ciudad, y en los cuales vivían los pobres, una vasta mayoría, eran invisibles para la clase media y para muchos políticos. Los alquileres de apartamentos eran monstruosos, se devoraban la mitad de mi salario. La inseguridad obligaba a esquivar ciertas calles, a buscar refugio en otras. Pero todavía se podía ahorrar algo de dinero, había nutridas fuentes de trabajo, y una vida cultural muy vigorosa, con una serie de editoriales respetables. Y por supuesto, se podía hablar con el adversario, inclusive con el enemigo. No eran esos diálogos de la actualidad, tan próximos al incesto, donde solo se conversa con aquellos que piensan como uno, y en que la mejor muestra de amabilidad es olvidar la política si se acerca alguien del bando contrario.
Cuando trabajé en el programa de televisión Buenos Días, dirigido por Sofía Imber y Carlos Rangel, entre 1968 y 1971, tuve ocasión de conocer a todos los dirigentes políticos de esa época, del presidente de la República para abajo. Recuerdo que en una ocasión, escuché a Carlos Andrés Pérez, en esa época presidente de la facción parlamentaria de Acción Democrática, decir: “Nosotros, los políticos, nos agarramos de las mechas en el Congreso, pero siempre nos arreglamos en la trastienda”. 
Por cierto, podría escribir una interesante novela de un viajero del pasado centrada en esa época, donde había buenos dirigentes políticos, algunos brillantes, varios honestos –no todos– y una vigorosa vida política y cultural.  Y luego, propulsar al viajero del pasado en el presente de la realidad chavista. Sería avanzar, en vez de retroceder, de una época civilizada, a una era controlada por dinosaurios políticos, donde la disidencia es severamente castigada, y toda crítica es considerada un ataque a la patria, o lo que queda de ella.
En realidad, si me pongo a pensar un poco, el material es excesivamente rico. Hasta serviría para una saga. Quizás influye la rapidez con que Venezuela, más que transformarse, se ha ido mutando. Es un poco como el comienzo y el final de la película Cabaret. Al principio, un gigantesco espejo refleja en el cabaret a mujeres, ostensiblemente de vida alegre, acompañadas de hombres que exhiben su opulencia en la vestimenta. Al final, en el espejo siguen reflejándose las mujeres de vida alegre, pero sus acompañantes son ahora militares, que muestran el brazalete nazi en la manga izquierda de su chaqueta. Y si antes, al comienzo del filme, se veía a seres humanos disfrutar de la buena vida, al final, aunque sigue disfrutándose de la buena vida, existe una enorme exasperación. En vez de sonrisas, comienzan a imperar las muecas, en vez de la certidumbre y la decadencia del pasado, asoma la imprevisible, caótica, decadencia del futuro. Entre tanto, en alguna parte, sobrevuela la maldad. Pues el mal, en todas sus encarnaciones, no es nunca una esencia, sino una manera, más exitosa, de prosperar en la vida. Es uno de los primeros hallazgos con que tropieza un viajero del tiempo.