Mario Szichman
"La verdad es más extraña que la ficción.
Eso se debe a que la ficción debe
atenerse a las posibilidades; la verdad, no”.
Mark Twain
Al cabo de un tiempo, cuando alguien se dedica al oficio de escribir, buena
parte de sus lecturas consisten en la relectura de buenos textos. (William Faulkner leía Don Quijote por lo menos una vez al año).
Es difícil que una primera lectura nos convenza, ni siquiera cuando es
fervorosamente recomendada. Necesitamos primero conocer la temática y los
manierismos del escritor antes de asimilar algunos de sus personajes,
situaciones o premisas. Quizás aquello que al principio parece torpe,
incongruente, o innecesario, es el método usado por el autor para emplazar su
utilería. Es comprensible nuestra suspicacia ante lo desconocido. Especialmente
cuando el autor desea innovar.
Claro está, algunos autores son más sabios que otros para hacernos caer por
la puerta trampa y aprisionarnos, sin salida, hasta que hemos concluido la
novela o el relato. Kafka es un buen ejemplo: con cada día que pasa, es menos
kafkiano. Su escritura es tradicional, sus personajes inteligibles, el
escenario evidente. El único problema es que usa palabras emblemáticas, como
castillo, proceso, colonia penitenciaria, o ley, y trastorna su acepción. Las
peripecias de cada uno de sus protagonistas transcurren en ámbitos que nada
tienen que ver con la imagen ofrecida. El castillo no coincide con los
castillos de nuestra fantasía, con sus torres y contrafuertes, con sus puentes
levadizos, o con los seres que suelen habitarlos. El castillo es un grupo de
casas en una aldea, y acomodarlo a sus atributos emblemáticos solo cohíbe nuestra
comprensión. Del mismo modo, cuando Kafka habla de proceso, lo asociamos con un
tribunal, un juez, un fiscal, un abogado defensor, en ocasiones un jurado. Y
esos seres suelen congregarse en un salón dotado de solemnes atributos.
Predomina la madera de caoba, reina el silencio, solo se autoriza el arrastrar
de pasos. Pero en El Proceso, nadie
sabe exactamente donde queda el tribunal, o es capaz de señalarlo. A veces, el
tribunal consta de varias oficinas entreveradas con casas de vecindad. Algunas
personas suelen tender ropa de cuerdas que sobrevuelan la sala de algo que quizás
sea un juzgado.
En Don Quijote, Sancho Panza es
un fiel escudero de su amo. Pero el Sancho de Kafka es, en realidad, quien ha
extraído a Don Quijote de la botella, del mismo modo en que Aladino ha surgido
de la lámpara.
En uno de sus relatos más cortos –y para mí aterradores–, Kafka nos informa: “Sin hacer alarde alguno,
Sancho Panza logró en el curso de los años, mediante un abundante suministro de
novelas de caballería y de aventuras en las horas vespertinas y nocturnas
desviar de sí mismo a su demonio, al que luego denominó Don Quijote. Y ese
demonio se lanzó entonces, sin inhibiciones, a intentar llevar a cabo
las hazañas más desatinadas que, debido a la ausencia de un objeto predeterminado, que hubiese sido el propio Sancho Panza, a
nadie causaron daño. Sancho Panza, un hombre libre, escoltó de manera
filosófica a Don Quijote en sus cruzadas, quizás por un sentido de la
responsabilidad, y ambos consiguieron un grande y edificante entretenimiento
hasta el fin de sus días”.
El plácido, jerárquico mundo de Kafka, está repleto de sorpresas. En la colonia penitenciaria se limita a
darle carnalidad a una metáfora, al demostrar que la letra, con sangre entra.
Un ingenioso técnico ha diseñado una máquina que acuña la sentencia en la piel
del acusado. En Ante la ley, el escritor verifica la imposibilidad de acceder a la
ley.
Un campesino aguarda con paciencia el día en que pueda acceder a la Ley.
Pero eso nunca ocurre. Ya en su agonía, le dice al insobornable guardián:
“Todos se esfuerzan por llegar a la Ley ¿cómo es posible entonces que
durante tantos años nadie más que yo quisiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus
desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz
atronadora:
–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora
voy a cerrarla”.
El campesino muere en su paciente espera, frustrado en su anhelo de que la
ley resulte finalmente accesible.
A nadie le gustan las sorpresas, y las sorpresas –metafísicas– de Kafka
suelen dejarnos sin aliento. Quizás porque tienen una dosis de lo real, que
suele ser atributo de los psicóticos. El ser humano vive por lo general en el
mundo que imagina o anhela, o teme, pero nunca en el aquí y el ahora. Ese
territorio pertenece exclusivamente a la pesadilla.
Me fascina el cine, y desde hace algún tiempo, sus entretelones, casi tan
mágicos como los bastidores de un teatro. Y con el añadido de los comentarios a
los DVD –la gran ventaja en relación a la pantalla cinematográfica– crece mi
atracción por ese medio. Si se revisa cualquier blurb, esos comentarios que reseñan libros o filmes, aparece la
utilería en todo su esplendor. En uno o dos párrafos se narra la trama y se describen
los personajes. Abundan los héroes mujeriegos, y los antihéroes sádicos. Suelen
proliferar las mujeres como cebo sentimental, generalmente una adolescente, una
madre no muy maternal, y una vampiresa over
the hill, pasada en años –la dama más interesante de la constelación. Con
esos personajes se pueden crear cientos
de tramas, aunque sin el elemento romántico, acompañado del deseo, la
transgresión y en ocasiones la perversión, no hay historia.
Hace poco volví a ver The Getaway,
La fuga, una película de la década del setenta con Steve McQueen y Ali Mac
Graw, dirigida por el gran Sam Peckinpah. Está basada en una novela de Jim
Thompson, una de sus mejores, la más alucinante y alegórica. Tiene un final único en la narrativa
norteamericana. La pareja, Carter Doc
McCoy, un ladrón profesional, y su esposa, Carol, una bibliotecaria, roba un
banco, y huye con el botín. Cada uno de los tramos de su huida es otro descenso
a los abismos, que culmina cuando ambos llegan con su botín al santuario de El
Rey, en la frontera entre Estados Unidos y México. El Rey es el infierno tan
temido, del cual es imposible escapar. Sus ocupantes pueden vivir en medio del
lujo, mientras posean dinero. Luego, deben acudir a todos los medios posibles
para sobrevivir, inclusive el canibalismo. El sahumerio más persistente en el
dominio es the odor of peppery roasting
flesh, el aroma de carne asada picante. En las escenas finales, “Doc” y
Carol planean su mutuo asesinato, y terminan brindando por el éxito de su fuga,
de la cual, solo uno emergerá vivo.
Ese final alucinante fue desechado por Peckinpah. Además de amar al cine
como arte, el director quería ganar dinero. ¿Qué persona en su sano juicio iría
a ver una película de gángsters protagonizada por una pareja tan glamorosa como
MacGraw y McQueen, que termina planificando el homicidio del otro en un sitio
habitado por caníbales?
Thompson quería narrar una verdad que seguramente disgustaría al público.
Peckinpah deseaba atenerse a las posibilidades de la ficción. Aplicó la
utilería que conocía, que manejaba como nadie. Ya desde la primera escena se
descubre que The Getaway es un gran
filme. Se observa un grupo de ciervos en medio de un bosque. Es un idílico
escenario. La cámara se va desplazando hacia atrás, y se descubre que los
ciervos merodean en torno a una prisión de máxima seguridad. Parece más una
fábrica destinada a construir naves espaciales que una cárcel para veteranos
delincuentes. Todos los penados visten de un blanco inmaculado. Sus celdas relumbran
por su limpieza y su ascetismo. Y luego que Doc
McCoy y Carol participan en el robo de un banco junto con varios compinches
–algo que no figura en la novela– The
Getaway es simplemente un bello filme que se sintetiza en una prolongada
cacería y culmina con un final feliz.
Es interesante descubrir que cuando se trata de la creación artística,
resulta imposible partir de cero. Se trabaja en lo que Harold Bloom calificó
como “La angustia de las influencias”.
Pese a su modernismo, Kafka nunca se aventuró a narrar la verdad. Siempre
apeló a la ficción. Cuando se analizan sus textos, es fácil percibir que
pertenecen a un repertorio muy antiguo, el de la tragedia y la comedia griega,
y a los relatos bíblicos, aunque trasvasados a odres nuevos.
Es factible que la verdad sea más extraña o más rica que la ficción. Pero
prefiero la verdad de la ficción, atenerme a sus posibilidades, algo que la
verdad impide.
Existen una serie de artefactos encargados de brindar los elementos a
partir de los cuales es posible escribir una novela, una obra de teatro, un
poema, o un guion cinematográfico. Cada medio necesita su propia utilería. Y
manufactura sus obras de arte acatando sus formas. Los límites de esas formas
son su verdad.
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