jueves, 16 de abril de 2015

Memorias de un venezolano previas a la decadencia. Don Pedro Vidal y sus 114 años de soledad

 Mario Szichman
(Primera parte)


Para la profesora Carmen Virginia Carrillo,
Un tardío homenaje a su saga de 
muertos ilustres


Entre mayo y fines de julio de 1978, en el curso de ocho semanas, don Pedro Vidal me narró algunos escasos incidentes de su voluminosa vida, y de sus tareas como policía para algunos regímenes bastante siniestros, como la dictadura de Juan Vicente Gómez, que se prolongó desde 1908 hasta su muerte, en 1935. (En ocasiones, algunos de los hombres de paja de Gómez ejercieron la presidencia, pero el caudillo no soltó el poder).

                           Entrevisté a don Pedro en un centro geriátrico situado en las afueras de Caracas cuando trabajaba para la revista Auténtico, que dirigían Sofía Imber y Carlos Rangel. Don Pedro aseguraba haber nacido el día de San Pedro de 1864. Por lo tanto, en 1978, contaba con 114 años de edad. ¿Era su edad verdadera, o un invento? Los médicos que lo atendían dudaban que tuviera más de ochenta años. Estaba muy lúcido, demasiado “entero”. Pero tal vez los médicos intentaban denigrarlo, bajarlo de su pedestal, porque el anciano era muy peleador y se la pasaba quejándose del trato que recibía. Inclusive me dijo, en el curso del reportaje, que nunca había sufrido problemas de salud, hasta que ingresó al centro geriátrico. Por culpa de los médicos, había quedado paralítico, y debía desplazarse en una silla de ruedas.  
Me fascinó su caso porque en esa época circulaba un libro, Biografía de un cimarrón, del cubano Miguel Barnet, una buena combinación de antropología y literatura. Barnet había entrevistado a un ex esclavo de 103 años de edad,  don Esteban Montejo, quien tras fugarse de una plantación terminó participando en la guerra por la independencia de Cuba, a fines del siglo diecinueve.  Y por supuesto, ya Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez había adquirido status inamovible como la mejor novela escrita en español después de Don Quijote de la Mancha. La idea de escribir trabajos sobre personajes centenarios se había empezado a diseminar como el fuego en una pradera. Estoy convencido de que cada ciclo histórico engendra sus propias épocas mitómanas, y tal vez don Pedro Vidal detectó que podía hacer pasar gato por liebre. Quizás sus odiados enemigos del centro geriátrico tenían razón, y era mucho más joven de lo que él aseguraba. Pero, por otra parte, ¿qué ganaba ese anciano de fabulosa memoria asegurando que había nacido 114 años antes? Sus recuerdos no eran los recopilados en periódicos o en libros de historia, y se remontaban a más de un siglo. Basta leer el asesinato de Juancho Gómez, hermano del dictador, para verificar que sus evocaciones muy difícilmente puedan ser encasilladas en páginas impresas.
Sigo apostando a la veracidad de don Pedro Vidal. Prefiero acatar este consejo del periodista que aparece en el filme The Man Who Shoot Liberty Valance: “Nosotros, en el Salvaje Oeste, cuando nos vemos obligados a elegir entre la verdad y la leyenda, elegimos la leyenda”.  

Desde el principio, don Pedro Vidal me indicó que su existencia había sido trajinada. “Si yo me pongo a contarle la vida mía desde la edad de doce años”, me advirtió, “entonces usté se va quedar dormido. Yo soy un señor que nació en el mil ochocientos sesenta y cuatro, el día de San Pedro, 29 de junio, a las 11 del día, y le sirvió al gobierno cincuenta y un años. Entré al servicio con el general Joaquín Crespo[i] cuando se alió al Mocho Hernández [ii]. De doce años me reclutaron. Porque antes, en Venezuela, no había hombres, no quedaba nada. Todos los hombres que eran machos habían muerto en las guerras. Solamente quedábamos con vida los muchachos. A mí me reclutaron cuando estaba jugando a las metras debajo de un cotoperí. Veo que se ríe. Pero fue así como me reclutaron”.
Entre las dos o tres de la tarde y el anochecer, a lo largo de unas ocho semanas en mayo, junio y agosto de 1978, enmarcado por colinas rojizas que se iban diluyendo hasta confluir con el cielo en un uniforme tono violáceo, a veces perfilado contra una ventana en el interior de una habitación que olía a desinfectante y a orina, don Pedro Vidal fue desplegando sus recuerdos de un siglo, como quien estira un mapa. Era una memoria de seres que no habían conocido la radio, una memoria que se acumula en cuartos infantiles, una memoria del analfabeto, del rencoroso, posiblemente del jugador de ajedrez, una memoria avariciosa, factible a veces de triunfar frente a la falsedad, porque otros seres, igualmente analfabetos, indistintamente rencorosos, habían tenido la precaución de atesorarlos y convertirlos en propiedad comunal, permitiendo su fácil presencia.  
Los recuerdos de don Pedro Vidal se concentraban en esos hombres convertidos en causas célebres gracias a la estampa de un libro o el odio o admiración de un pueblo. También, a ciertos intervalos, esos personajes se borraban de la memoria, y súbitamente retornaban en los objetos menos previsibles, especialmente en el rostro del Mocho Hernández. (Don Pedro Vidal me mostró, orgulloso la cara del famoso caudillo exhibiendo su perfil en un paquete de cigarrillos “Vuelta Abajo” que fabricaba la firma tabacalera Pérez y Díaz, de Caracas).

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE DON JUANCHO GÓMEZ

Si Funes el Memorioso del cuento de Jorge Luis Borges se acordaba “de las muchas caras de un muerto en un largo velorio”, don Pedro Vidal tenía la destreza de convocar los muchos rostros que asumió el general Juan Vicente Gómez a lo largo de su vida, desde el rostro inestable, con bigote ralo y ojos de su juventud excesivamente ostensibles, hasta el último, el que transportó a su ataúd, un rostro además de viejo, aquejado por la senilidad. Muchos venezolanos de la época se conmovieron al despedir al dictador en su velorio. Nada quedaba de ese ser formidable. Parecía irse encogiendo progresivamente en su ataúd en las muchas horas del largo velorio. Si, el ataúd le había quedado grande, como Venezuela le había quedado grande, cuando empezó a ignorar su desarrollo, aferrado como estaba a esos mansos súbditos que no se animaron a desafiar su poder, si se descuentan escasas excepciones.
Don Pedro Vidal seguía recordando el olor de algunos muertos en su trajinada vida. Por ejemplo, el olor a muerto que persistía en la habitación donde vivía don Juan Crisóstomo Gómez, más conocido como Juancho Gómez, hermano del dictador Juan Vicente Gómez y, hasta su asesinato, primer vicepresidente de Venezuela.
El 30 de junio de 1923 Juancho Gómez fue asesinado a puñaladas, en su habitación del Palacio de Miraflores, a pocos metros de la habitación del dictador. 
Aunque se acusó a la oposición del asesinato, persiste la teoría de que fue en realidad un “crimen dinástico”. En 1922, Gómez pidió al Congreso aprobar una reforma constitucional destinada a restablecer la primera y segunda Vicepresidencia de la República. Poco después, el manso Congreso eligió para el período 1922-1929 como presidente al general Juan Vicente Gómez, como primer vicepresidente a su hermano Juancho, y  como segundo vicepresidente, a su hijo, el general José Vicente Gómez. El asesinato de Juancho solo favorecía al hijo mayor del dictador, José Vicente Gómez.
“Cuando mataron a don Juancho”,  me dijo Pedro Vidal, “yo era el oficial que estaba ahí. Eso es interesante para usted, que es tan joven y no lo conoció. Le voy a echar el cuento. Había una fiesta en el teatro Capitol, y otra fiesta en el Olimpia. A don Juancho lo invitaron al Olimpia. Pero primero le voy a contar algo interesante. Había una mesa redonda donde estaban los hijos de Juan Vicente Gómez, y además, mi general. Pero el puesto de don Juancho estaba vacío. Y me dice el general: ´Pedro, dile a Juancho que se venga para acá´. Entonces yo me voy para Miraflores, a la pieza donde luego lo mataron, y le digo a Juancho, ´Don Juancho, manda decir el general que vaya para la fiesta´. Entonces, él me dice: ´Mmm, Pedro. ¿Y para qué será?´ Yo me sonrío y le digo: ´No sé, don Juancho. Solo sé que lo mandó a llamar´.  Y él me responde, ´Mmm, entonces dile que ya voy´.    
“Juancho llegó a la reunión, caminando con su santa calma, como lo hacía siempre. Y cuando llegó a una baranda que había a la entrada del teatro, se recostó y se puso a mirar una casita que había ahí en la punta, antes de llegar al asta de la bandera. Don Juancho tenía ahí una presa, un cebo, para divertirse esa noche. Pero después se arrepintió, como si algo sospechara, y me dijo, ´Se resolvió, no voy para allá, me voy para la casa de mi hermano´. Porque el general Juan Vicente Gómez le había ofrecido a Juancho que se fuese a vivir a su casa. Cuando se encontraron en la reunión, el general le dijo a su hermano: ´Mira, Juancho, en mi casa te estoy arreglando una pieza. Quiero que vengas a vivir conmigo. No quiero que sigas con esa gentuza jugando al póquer hasta las tres de la mañana. Alguien te puede causar daño´. Y Juancho le contesta: ´Mmm, ¿y quién va a querer hacerme daño a mí, si yo no le hago mal a nadie?´ Entonces el general le responde: ´Sí, pero tú sabes que cargamos con el enemigo pa arriba y pa abajo, y no sabemos quién es´. Y es que mi general, aunque no era un hombre instruido, tenía una cosa que siempre lo amparó: la astucia. Y Juancho le dice: ´Yo estoy muy bien con Regina´. Regina era la esposa. Y el general le dice: ´Mira, yo quiero que te vengas pa mi casa, porque tengo ganas de irme a Suiza´. El general sufría de la próstata. ´Quiero irme a Suiza para operarme y que tú te encargues de la presidencia hasta que regrese´.  En ese momento veo a José Vicente, el hijo mayor del general, así, diagonal con él, y carajo, se pone como papel de estraza. Vea, él siempre tenía la cara roja como un tomate, pero luego de escuchar lo que dijo el general se puso pálido. Porque José Vicente quería para él la presidencia. Bueno, ahora verá. Las cosas parecieron quedar tranquilas. José Vicente no se movió. Y Juancho dijo, es lo único que dijo: ´Yo estoy bien con mi Regina, yo no hago mal a nadie, a mí nadie me quiere hacer mal´. Don Juancho no sabía que José Vicente, el hijo mayor del general, lo quería mal. José Vicente se valió de Barrientos, del capitán Isidro Barrientos, que era el ecónomo de la Guardia de Miraflores, la guardia de honor del general. Barrientos era un asesino. Ya había matado a un hombre por unos tres mil bolívares,  que era mucho dinero en ese tiempo. Barrientos mató a un hombre en Barquisimeto, no perdón, en San Cristóbal. Y José Vicente sabía que si había matado una vez, podía volver a matar. Después de esa muerte en San Cristóbal, Barrientos le escribió a Juancho, porque lo conocía de antes. En esa carta le decía que deseaba venirse para Caracas, para estar con él. Don Juancho le dijo que se viniera y al llegar a Caracas lo nombró ecónomo de la guardia de honor, encargado de hacer las compras de todo. Entonces José Vicente, el hijo mayor del general, se enfureció. No quería ser gobernado por Juancho, que era su tío. José Vicente era inspector general del ejército, pero don Juancho iba a ser su jefe, porque era vicepresidente primero. Por eso lo mandó a matar usando a Barrientos como el  móvil. José Vicente le ofreció a Barrientos una montonera de bolívares. Cuando Barrientos escuchó la oferta, se esponjó como un gallo de riña. Y José Vicente le dice: ´Además de los bolívares que te voy a dar, te voy a dar otro dinero para que organices el complot en Miraflores´.  
“Bueno, así fue, pero solo un ofrecimiento nada más, en efectivo, nada. Ahora verá la cosa como viene. Organizan el complot. Había un sargento primero de caballería que habían dado de baja. Entonces, el sargento se busca de padrino a Encarnación Pérez, que era asistente de don Juancho. Encarnación se encargaba de lavar los corotos de la mesa en que comía don Juancho. Además, a la hora de comer le llevaba la comida. Viene Barrientos y le ofrece a Encarnación un bojote de bolívares y le propone a Rafael Andrade para que lo mate. Fue Andrade quien asesinó a Juancho. A todos esos que participaron en el complot se les llenó la cabeza de cucarachas porque eran muchos los bolívares ofrecidos, imagínese.  Una noche viene Rafael Andrade con un alicate y toca una línea de teléfono, pues quería inutilizarlas. Pero la línea que tocó no fue la de don Juancho, sino la de la señorita Regina, la esposa de Juancho. Entonces se levanta Encarnación Pérez y va para allá, para ver por qué lo llamaba la señorita. Le sale Juana la lavandera y le pregunta Encarnación ´ ¿La señorita llamó?´ y Juana le dice: ´No, la señorita no llamó´.  Y Encarnación dice: ´ ¡Qué raro, porque el timbre sonó!´ Entonces se devuelve. Cuando se devolvió,  ya bajando los escalones, rumbo al sótano, dijo: ´El timbre sí sonó. Si vuelve a sonar no me despierte, porque yo estoy levantado´. Todo quedó así. Entre tanto Rafael Andrade envolvió el alicate en un pañuelo y no sé si cortó la línea telefónica de don Juancho, pero ya Encarnación había comprado un narcótico, no sé en qué parte lo compró. Lo cierto del caso es que ahora verá las cosas cómo eran.  Se aparece don Juancho. Él acostumbraba a tomarse un guarapo de canela porque sufría de várices en la nariz.  Pero Encarnación, en lugar de darle el guarapo puro, le echó el narcótico. Don Juancho se lo tomó.  Encarnación se fue a la cocina, trajo una tacita igual, llena de guarapo, y la puso en una mesa, para hacer creer que don Juancho no se había tomado el guarapo. Fíjese la picardía, todo por esos bolívares que le habían prometido y que nunca se los dieron.  Cuando llegó Rafael Andrade para matarlo, don Juancho  no tenía acción alguna.  Bueno, eran las seis de la mañana. Ese día yo había recibido la orden de don Juancho de reconocer la zona de Los Sauces y de Caño Amarillo. Esa zona era conocida como la perrera. Cada día, a las seis de la mañana, me tenía que reportar a don Juancho , e informarle de las trifulcas en la perrera. Y él se lo comunicaba al general.  Bueno, eran las seis de la mañana. Yo llegué ignorando todo y fui a darle a don Juancho la novedad. Don Juancho acostumbraba a dormir con la puerta entrejuntada. Nunca la cerraba del todo. Cuando llegué para darle la novedad, no me respondió.  ´Don Juancho ¿se puede entrar?´ le pregunto. No me contesta. Entonces yo me asomo y carajo, veo una laguna de sangre. Le partieron el corazón en seco de dos tajos. Don Juancho se vació de sangre por ahí.  Bueno, yo me pregunto ´ ¿Cómo hago para darle al general la novedad de esta lavativa?´ A la casa del general Gómez no se puede llegar tocando como uno llega a su casa tocando taquitaqui. No señor. Allá se hace así: se toca suave, con el filo de las uñas. Es un toque que usan los masones. Al último toque me sale el edecán y me pregunta: ´ ¿Qué pasa?´ Yo le digo: ´Es que don Juancho amaneció muerto´.  ´ ¿Está seguro?´ Le digo: ´Estoy seguro, porque lo acabo de ver´. Él me dice: ´Tendrá que esperar. Ahora el general está firmando órdenes en el corredor.´ Es cierto, el general está firmando órdenes, pero me está espiando con el rabo del ojo porque la ventana queda en arco con la mesa, y él me está mirando. Cuando le estoy dando la novedad al edecán, el general para la pluma y me pregunta: ´ ¿Qué quiere? ´ Ese no era el modo habitual de preguntar del general. Su modo de preguntar era como el de Juancho: ´ ¿Mmm?´ El edecán le dice: ´Dice el oficial´ por mí, ´que estaba de guardia y que don Juancho amaneció muerto´. Y dice el general: ´Mmm, no era a Juancho a quien iban a matar. Era a mí a quien querían matar, pero no pudieron´.  Y ya José Vicente, el hijo, se aparece en Palacio con sus siete edecanes. Sí, porque cargaba siete edecanes. José Vicente se aparece y yo le abro la puerta al general.  El general sale y se para en todo el quicio de la puerta y empieza a darle al suelo con el báculo de su bastón, toc, toc, toc. Se aparece José Vicente y dice: ´Su bendición, papá´.  El general no le contesta la bendición. Como al minuto llegan el edecán de guardia, que era Ulises Sánchez, me acuerdo como si fuera hoy,  Ulises Sánchez, Eloy Tarrazona  y el jefe de los edecanes que no me acuerdo de su nombre, pero que sí conocí bastante.  Vamos al sitio donde mataron a don Juancho. Vemos la laguna de sangre. Yo estoy al lado del general. El general pregunta: ´ ¿Y Ulises? ´ Dice Ulises: ´Aquí estoy, mi general´ porque era a Ulises a quien le tocaba guardia. ´Ulises, vete allá, a casa de Gracilano´, le dice el general, ´y dile que venga cuando quiera´.  Ah, me olvidé de decirle, Gracilano era el jefe de los edecanes.  Entonces viene Gracilano y dice estas palabras: ´ ¿Cómo es posible, general, que habiendo ocurrido un crimen tan horroroso como el sucedido en el Palacio de Miraflores los sirvientes sigan cruzando los corredores?´ Entonces el general dice: ´Mmm, pues que manden a los sirvientes hacia sus casas´. No dijo que los mandasen para la policía sino para sus casas. Pero las casas eran los cuarteles de la policía. Bueno, antes de llegar a la puerta de la policía un sirviente cayó muerto. Y cuando llegó al calabozo, otro sirviente cayó muerto. Me imagino que se murieron del susto, porque hasta ese momento no se sabía nada.  Enseguida llegó el doctor Bueno, con sus hierros, le hizo la autopsia a don Juancho y  pasaron el cadáver para el Salón Elíptico.  En eso veo a Barrientos, el cómplice de los asesinos, saliendo por la puerta del centro del Palacio de Miraflores para el Salón Elíptico. Empezaron a llegar las coronas, y Barrientos se encargó de recoger las tarjetas de condolencia. Y Barrientos decía a cada rato: ´ ¡Ay, bendito sea Dios, mataron a mi padre!´ y se ponía la mano en la cabeza.
“Como a la semana del asesinato,  Barrientos le pidió a Eloy Tarrazona, al que llamaba su compadre de voluntá, que le hiciera una diligencia con el general Gómez. Barrientos tenía una casita del lado de debajo de Miraflores y quería vendérsela al general por 25 mil bolívares. Tarrazona fue a ver al general, para hacerle la oferta, y el general, muy astuto, dice, ´Mmm, ordene que se lleven a Barrientos para la policía´. El general Gómez entró enseguida en sospechas. ¿Por qué Barrientos necesitaba tanto dinero? Se llevan a Barrientos para la policía. Allá le pegan una cadena aquí,  y otra cadena en las patas. Los policías habían preparado una caldera de trapiche, llena de carbón, y la encendieron. Cuando ya del carbón quedaban brasas, alzaron a Barrientos de una viga por medio de un motón, y lo sentaron en las brasas, para que confesara quien mandó matar a Juancho. Ya para ese momento Encarnación Pérez, otro de los conspiradores, había muerto. Rafael Andrade, el asesino, también fue pasado por el filo. Solo quedaba Barrientos por confesar. El general me llama a su casa. ´Vidal, ven´, me dice el general al entrar en su casa. ´Mmm, ¿Y qué dice Barrientos?´  Le digo: ´Barrientos no dice nada, mi general. Lo han castigado´.  No le expliqué al general cómo había sido el castigo, porque al general no le gustaba escuchar esas cosas. No crea, el general Gómez no tenía nada de malo. ´Vete para el calabozo´, me dice, ´y le preguntas a Barrientos quien mandó matar a Juancho´. Voy para allá, y le digo a Barrientos: ´Barrientos, me manda a preguntar el general que quien mandó a matar a Juancho´. Entonces, Barrientos dice: ´Pues oye, carajo, yo de todos modos me voy a joder´, estaba llorando cuando lo decía. ´No se lo pienso decir a nadie, al único que se lo pienso decir es al general Gómez, al mismito general´.  Voy y le cuento al general. Y el general responde: ´Mmm, dile que confiese si se le da la gana. Y si no se le da la gana, que no lo diga. De todas formas, ya Barrientos se murió´. Esa fue la respuesta que dio el general Gómez. Y como ese episodio, hay tantas y tantas cosas que podría contarle. Eso sí, siempre y cuando quiera entrevistarme”.  
Al culminar la entrevista, dejé solo a don Pedro Vidal en la habitación, recordando el olor de la muerte que reinaba en la habitación donde habían asesinado a don Juancho Gómez y la extraña suerte corrida por sus presuntos asesinos. Los acusados por el crimen  fueron condenados por un juez a 20 años de presidio, pero tiempo después algunos policías los sacaron de la cárcel y los asesinaron.






[i] Presidente de Venezuela, 1884-1886, 1892-1898) 
[ii] Caudillo venezolano (1853-1921). En 1897 fue candidato presidencial. Se enfrentó al oficialista Ignacio Andrade y perdió en los comicios más fraudulentos de toda la historia de Venezuela.

domingo, 12 de abril de 2015

Miss Lonelyhearts, o La señorita corazones solitarios. ¿Quién puede igualar a Nathanael West?


Mario Szichman



Las novelas de Nathanael West, cuatro en total, nunca ingresaron a la categoría de “out of print.” Su magra producción, que consta de The Dream Life of Balso Snell, Miss Lonelyhearts, A Cool Million y The Day of the Locust, se reimprime con persistente frecuencia.
Mark Twain es el primero de los grandes American originals en un panteón donde brillan personajes como Ambrose Bierce, H.L. Mencken, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald o Jim Thompson. Pero se trata de americanos originales con ancestros también americanos; sus raíces son profundas y de difícil remoción. En esa pléyade, Nathanael West otro de los grandes American originals, sobresale por su precariedad y su falta de raíces. Todo en West es fugaz, sus orígenes, aunque de larga data, son brumosos, y su entorno parece haber sido diseñado por un escenógrafo de Hollywood.  
West se llamó originalmente Nathan Weinstein. Era hijo de Anna y Max, judíos rusos que huyeron de Europa a fines del siglo diecinueve. Nació en 1903 en Nueva York, y murió en diciembre de 1940, a los 37 años de edad. Tenía fama de “conductor homicida”, algo que confirmó el día de su muerte. Cuando regresaba con su flamante esposa Eileen McKenney de un viaje a México, ignoró una señal de tráfico en una intersección en El Centro, California, y estrelló su vehículo contra un automóvil en que viajaba una familia. West y su esposa murieron en el accidente. Los restos de West se hallan enterrados en Mount Zion, un bello cementerio de Queens, Nueva York. Las cenizas de su esposa fueron colocadas en su ataúd.
Si destaco ese detalle es porque había una premonición de catástrofe y un terrible deseo de muerte en toda la producción literaria de West. El narrador no solo se interesó en el cristianismo, sino que se apasionó por las experiencias místicas. Nunca le interesó la narrativa de sus contemporáneos, posiblemente con la excepción de Scott Fitzgerald, y sentía un profundo desprecio por las excelentes narradoras norteamericanas de su época, como Willa Cather o Dorothy Parker. Prefería a los surrealistas franceses y a los poetas y narradores británicos e irlandeses de fines del siglo diecinueve, especialmente a Oscar Wilde, aunque es evidente que leyó en profundidad a satíricos como Juvenal, y a Luciano de Samosata, seguramente su Viaje del mundo.
Su obra maestra Miss Lonelyhearts combina la sátira con una visión del mundo terriblemente pesimista. Es una amalgama perfecta, posiblemente aprendida en algunos de los doctores de la iglesia, que combinaban la obscenidad con las amenazas del infierno.
La señorita corazones solitarios de la novela es un cínico periodista del diario neoyorquino Post Dispatch cuya tarea es responder a cartas de seres afligidos que tratan de encontrar algún tipo de salvación en sus torpes vidas. Tal vez el tema central de la novela se halla en esta frase: El periodista “recibía diariamente más de treinta cartas, todas ellas similares, estampadas en la masa del sufrimiento con un molde en forma de corazón, de esos utilizados para hacer galletas”.  
West descubrió temprano la manera de convertir lo efímero en perdurable usando los mecanismos de una sociedad como la norteamericana, basada justamente en una constante reinvención cuyo único propósito es mover las ruedas del comercio. El periódico donde trabaja Miss Lonelyhearts aprovecha las columnas del correo del corazón para acrecentar su circulación, del mismo modo en que el Hollywood de The Day of the Locust es una inmensa fábrica de sueños, que obtiene inmensas sumas de dinero en base a una fórmula indestructible: finales felices basados en el triunfo del amor y de la justicia. 
En Miss Lonelyhearts (qué golpe de genio que el protagonista, un hombre, sea conocido en toda la novela como la señorita corazones solitarios) los únicos personajes de carne y hueso son aquellos que envían cartas a la redacción del diario. Miss Lonelyhearts no es un ser humano, es apenas una postura histriónica. Adopta modales que lo van transformando en el individuo que siempre anheló ser: Jesús. Su jefe, Shrike, (en español alcaudón, un ave similar al halcón) le impone al encargado del correo sentimental una serie de normas para que consuele a sus lectores. Un día, el tema es el arte. “El arte es la manera de lograr una salida”, le dice Shrike a la señorita corazones solitarios cuando éste se halla paralizado por la falta de inspiración. “No aceptemos que la vida nos abrume”,  le dicta Shrike a su empleado. “Cuando los viejos senderos están atosigados con el detritus del fracaso, busque senderos nuevos y frescos. El arte es ese sendero. El arte es un destilado del sufrimiento”.
¿Cómo explicarle esas sencillas verdades a una señora que firma su carta: “Harta de todo”? La señora tiene buenas razones para estar harta, sufre terriblemente de los riñones. “Pero mi marido cree que ninguna mujer puede ser una buena católica si se niega a tener niños, aunque padezca terribles dolores”. La señora harta de todo ha tenido ya siete niños en 12 años. Los médicos le han dicho que no puede seguir procreando debido a sus afecciones renales. “Y mi marido prometió que no habría más niños”. Pero apenas la señora retornó del hospital “mi esposo rompió la promesa y ahora voy a tener otro bebé. No puedo soportar el dolor en los riñones, y estoy enferma y asustada pues no puedo someterme a un aborto, ya que soy católica y mi marido es muy religioso”. ¿Podrá la señorita corazones solitarios darle un buen consejo a esa señora harta de todo?
Después está una joven que firma sencillamente “Desesperada”. Tiene 16 años, “y aunque bailo bien, y tengo una buena figura, y mi padre me compra bellos vestidos”, ningún adolescente la invita a salir, pues carece de nariz. “Tengo un gran agujero en la mitad de mi rostro que asusta a todo el mundo. Inclusive yo me asusto”. La señorita desesperada no sabe qué hacer con su vida. ¿Tal vez cometer suicidio? 
En esta ocasión, el señor Shrike señala la necesidad de disuadir a la remitente de la carta, y le indica a su reportero: “Recuerda, por favor, que tu tarea es acrecentar la circulación del diario. Es razonable suponer que el suicidio afecte ese propósito”.
Y también está el adolescente que firma Harold S. Él no tiene problema alguno, pero sí su hermana Gracie, de 13 años de edad, “pues algo muy feo le ocurrió y tengo miedo de contarle a mi madre”.  Gracie es sordomuda y se la pasa jugando en el techo de su casa. Pero “la semana pasada un hombre se subió al techo y le hizo algo sucio… Temo que Gracie vaya a tener un bebé. Puse mi oído en su estómago durante mucho tiempo para ver si podía oír al bebé, pero no pude. Si le cuento a mi mamá lo ocurrido golpeará a Gracie sin misericordia, pues yo soy el único que quiere a Gracie”.
¿Ayudará el arte preconizado por el señor Shrike a curar tanto sufrimiento?
Miss Lonelyhearts es una novela corta, y perfecta, donde el trasfondo pasa al primer plano, en tanto los personajes en primer plano, aunque muy reales, parecen caricaturas al cotejarlos con esos seres de papel que cuentan sus tribulaciones en cartas. (El protagonista dice de una de sus amigas que “parece hablar en titulares”).
A medida que avanza la narración, esas voces incorpóreas van apoderándose de la trama, y los seres reales suenan apenas como ecos de esas desventuras.
Es difícil imaginar textos de tanta belleza y de tanta aflicción. Una de las peculiaridades de esas cartas es la elaborada manera en que distintas personas nos cuentan sus avatares en distintos estilos.  (Uno de los pocos narradores norteamericanos que logró hazaña similar fue Jim Thompson en The Criminal).
Al acercarse al final, las figuras centrales van perdiendo su carnalidad y se convierten en portavoces de una tragedia americana. Una tragedia donde Miss Lonelyhearts acepta con gratitud convertirse en el cordero del sacrificio. Su muerte es tan siniestra, tan torpe como la que acabó con la vida de West y de su esposa. La corta vida del narrador parece también estampada, de manera indeleble, en la masa del sufrimiento, con un molde en forma de corazón, de esos utilizados para hacer galletas.


miércoles, 8 de abril de 2015

La saga del millonario Robert Durst, sospechoso en tres asesinatos, demuestra que los ricos son diferentes

Mario Szichman


En 1989, los hermanos Joseph Lyle Menéndez y Erik Galen Menéndez asesinaron a balazos a sus padres,  el empresario José Menéndez y su esposa, Mary Menéndez, en Beverly Hills, California. Fueron condenados a cadena perpetua en 1994. El abogado de uno de los asesinos dijo en su declaración final ante el jurado que los jóvenes debían ser perdonados porque habían quedado huérfanos. (No usó exactamente esas palabras, pero esa era la idea general).
Es difícil vivir en los Estados Unidos sin tropezar con crímenes famosos. Todavía está presente en el recuerdo de muchos el asesinato de Nicole Brown Simpson, y del mozo de restaurante Ronald Lyle Goldman en junio de 1994. El astro de fútbol americano Orenthal James Simpson fue acusado de ambos homicidios y absuelto algunos meses más tarde.  Los abogados de la defensa nunca mencionaron la inocencia de su cliente. Señalaron solo la existencia de “dudas razonables” sobre su participación en los homicidios.  
O. J. Simpson, quien tuvo otros tropiezos con la justicia,  publicó en el 2007 un libro, If I Did It: Confessions of the Killer (Si lo hubiera hecho, confesiones de un asesino) donde ofrecía una descripción “hipotética” de los homicidios de Nicole Brown y de Ronald Goldman. En ese incierto escenario, el asesino contaba con un cómplice, “Charlie”, quien le rogaba no matar a sus víctimas, pero Simpson, o su alter ego, ignoraba esas súplicas. El abogado de Simpson desestimó la supuesta confesión señalando que se trataba de una “completa ficción”.  
Pero tanto en los asesinatos de los Menéndez, o de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, los perpetradores o el perpetrador no prosiguieron su faena homicida, por razones externas, es difícil escapar de una prisión, o internas, que varían de acuerdo al grado de compulsión del asesino. En cambio, en el caso del millonario Robert M. Durst podemos hablar de un (presunto) homicida en serie. Se supone que asesinó a su esposa Kathy, en 1982, a su amiga Susan Berman en el 2000, y está confirmado que mató en el 2001 en Galveston, Texas, a su vecino Morris Black desmembrándolo más tarde. Este último caso fue el más espectacular, pues Dick DeGuerin, abogado de Durst, reconoció ante un tribunal que su cliente había matado a Black (en defensa propia) en el curso de una pelea y lo había descuartizado, aterrado ante las secuelas de su acto. El jurado aceptó las excusas. Fue el único caso en Estados Unidos, hasta donde alcanza mi memoria, en que un asesino mata y descuartiza a su víctima en “defensa propia”. Uno de los atributos más interesantes de ese proceso es que durante la época en que Durst era buscado por la policía, se desplazaba sin problemas por Galveston, vestido de mujer, y simulando ser una sordomuda.  
Pero Durst, como O.J. Simpson, temía más al anonimato que a la prisión. Varios psicoanalistas dicen que muchos homicidas se entregan a la justicia por un sentimiento de culpa. Ese no es siempre el motivo. En ocasiones, el sentimiento de esos personajes es de triunfo, pues han logrado burlarse de la ley.
El pasado 14 de marzo Durst fue detenido por la policía en un hotel de New Orleans, y llevado a un centro psiquiátrico pues mostraba tendencias suicidas. De inmediato, la policía de Los Ángeles informó que deseaba interrogarlo en relación a la muerte de Susan Berman, ocurrida hacía 15 años. La señora Berman fue asesinada de un balazo en la nuca el 23 de diciembre del 2000. Según dijo Durst, Berman, una de sus principales confidentes, lo llamó por teléfono poco antes de su muerte y le informó que la policía “deseaba hablar acerca de la desaparición de Kathie Durst”, su primera esposa. Una de las conjeturas es que Durst confesó a Berman detalles de la desaparición de Kathie.
La resurrección de Durst como causa célebre se debe a un documental propalado hace algunas semanas en HBO: “The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst.”  
En el curso del documental, filmado por Andrew Jarecki y Marc Smerling, se le preguntó a Durst si realmente había asesinado a tres personas, a su mejor amiga, a su primera esposa, y a un vecino. El sospechoso se las arregló para responder a las acusaciones de manera tranquila y razonada.  Reconoció que había mentido a la policía en el caso de su primera esposa. Estaba asustado por el episodio pues temía ser incriminado por las autoridades. Por lo tanto, falseó datos. Toda persona en su lugar hubiera hecho lo mismo. Pero él nada tenía que ver con la desaparición de su cónyuge.  Luego fue interrogado por la muerte de su vecino Morris Black y la disposición del cadáver. Durst dijo que había matado a Black en defensa propia y lo había despedazado para eludir la acción de la justicia. ¿Había sido honesto en el curso del proceso? No, concedió Durst. No había dicho toda la verdad. “Nadie dice toda la verdad en un juicio”, añadió. Pero insistió en su inocencia.
Con sus sencillos modales, su sonrisa cómplice, y sus respuestas escasamente convencionales, Durst se ganó la simpatía del público. No era un asesino privilegiado, sino uno más del montón. ¿Cuántas veces nos vemos obligados a mentir para salir de una situación difícil? Preguntó a sus interrogadores. Esa fue su principal coartada. Muchos espectadores le dieron la razón. Pero, en el último episodio de The Jinx algo ocurrió que podría haber desbaratado sus pretextos. En los segundos finales, se observa a Durst hablando consigo mismo en un baño, mientras el micrófono inalámbrico sigue funcionando. “Has sido atrapado”, murmura Durst.  “¿Qué diablos hiciste? Por supuesto, asesinar a todos ellos”.
Sin embargo, se ignora si esa declaración tendrá excesivo peso en un tribunal. En primer lugar, en el video es difícil descifrar todas las palabras. En segundo lugar, se ignora el contexto en que esa frase fue formulada. De todas maneras, la difusión de The Jinx puso en alerta a las autoridades (Algunos presumen que los productores del programa contribuyeron a difundir el alerta). Y como se trata de tres muertes (nadie cree que la esposa de Durst reaparezca con vida), cometidas a lo largo de muchos años, y el magnate figura como el principal sospechoso, quizás en esta ocasión el veredicto sea diferente.

PELIGROSO A CUALQUIER VELOCIDAD

Las primeras personas que suspiraron aliviadas tras el arresto de Robert Durst en New Orleans fueron sus familiares directos. Su hermano menor Douglas, de 70 años de edad, está convencido que Robert, actualmente de 71 años, siempre lo quiso asesinar. Inclusive en varias ocasiones lo siguió hasta escasos metros de su casa, y a veces portando armas de fuego.
La muerte ha escoltado a Robert Durst desde su infancia. Su madre, Bernice Durst, falleció cuando éste tenía siete años de edad, tras caer desde el techo de su vivienda en el condado de Westchester, en los suburbios de Nueva York. Muchos creen que se suicidó. Robert dijo en varias ocasiones que vio cómo su madre subía al techo de su casa, y se lanzaba al vacío.
En el tema específico de Douglas, Robert tiene motivos para odiarlo. En 1994, y luego de extraños episodios que hablaban de una grave enfermedad mental, su padre, Seymour Durst, un millonario constructor, lo desheredó, entregando a Douglas el control de su empresa inmobiliaria.   
Robert rompió con su familia, inclusive no asistió al funeral de su padre, pero siempre hizo alarmantes reapariciones.  Douglas dijo que Robert no solo lo estuvo hostigando a él, sino también a su hija mayor, Anita, quien preside una organización dedicada a promover las artes. “Parece que Robert tiene algún tipo de fijación con ella”, dijo Douglas a The New York Times. “Ella organizaba eventos en Manhattan, y en ciertas ocasiones Robert aparecía”.
¿Podrá Robert Durst volver a eludir la acción de la justicia?  
Harland Braun, un abogado de Los Ángeles que representó al actor Robert Blake (famoso por interpretar al detective Baretta en una serie de televisión) acusado de asesinar a su esposa, duda que esta vez el sospechoso salga en libertad. Analizando el caso de Robert Durst como un simple lego, dijo Braun, “no existen muchas personas que en el curso de sus vidas hayan tropezado con tantos episodios violentos. Su esposa desapareció para siempre, otra persona apareció muerta y él mató a un vecino y lo desmembró”.
Pero una de las cosas que hacen diferentes a los ricos es que tienen mucho dinero. Durst fue declarado libre de culpa y cargo en la muerte y descuartizamiento de Morris Black tras pagar dos millones de dólares a un equipo de abogados encargados de su defensa. Ahora, ese mismo equipo volverá a defenderlo luego de que el condado de Los Ángeles decidió procesarlo por la muerte de Susan Berman. Tal vez el costo del nuevo proceso sea superior al de Galveston, Texas. Pero Durst puede permitirse esos gastos. Su fortuna está calculada en 100 millones de dólares.


domingo, 5 de abril de 2015

Howard Fast: La lectura como método de salvación


Mario Szichman



Es curioso descubrir cómo cada época crea sus autores favoritos. En mis años mozos los libros de los cuales se hablaba en la Argentina eran las novelas de Vicki Baum (la favorita era Gran Hotel), de Aldous Huxley, especialmente Un mundo feliz, y Contrapunto, y aquellas cuyo tema se podía vincular de manera directa o remota con las actividades procreativas. Un bestseller perenne era Cuerpos y almas, de Maxence Van der Meersch. Narraba la vida de un grupo de médicos y enfermeras, y El país de las sombras largas, de Hans Ruesch, en cuya contraportada aparecía esta frase de Thomas Mann: “Hay muchas novelas buenas, pero la novela de Ruesch es una novela buena entre diez mil obras buenas”.  
Cuerpos y almas tenía atributos rabelesianos. Abundaban toda clase de actividades corporales, aunque escaseaban las espirituales.  En cuanto a El país de las sombras largas narraba la historia de una familia de esquimales. Las descripciones eran sensacionales. Por ejemplo, cómo se cazaba un oso, cómo se evitaba la muerte por congelamiento, o cómo se construía un iglú, la vivienda erigida con bloques de hielo, para que fuera cómoda y abrigada, y el viento no hiciera de las suyas. Uno de los protagonistas de la novela era justamente el hielo, que constituía para los esquimales el pan de cada día.  
Y la trama de la novela era cautivante también a nivel sexual, además de transformarse en una historia policial cuando Inuk, el jefe de una familia aborigen Inuit, invitaba a un misionero a su iglú, y como parte de la cortesía de su tribu le proponía que durmiera con su esposa. El misionario rehusaba la oferta alarmado,  Inuk se sentía herido en su orgullo, y mataba al misionero de manera accidental. Eso desataba la persecución del protagonista, y aguzaba el interés de los lectores por un mundo donde los celos conyugales estaban ausentes de las mentes de sus personajes. (Un detalle más: los Inuit ignoraban la frase “hacer el amor”. Para ellos, hacer el amor consistía en “sonreír” al otro. Es difícil superar en otro idioma la ternura que inspira esa palabra).
Otro autor que ha pasado a un segundo plano, pese a que algunas de sus novelas son de primera, era Howard Fast. En realidad, Fast tuvo dos etapas. En la primera, cuando como comunista convencido produjo Citizen Tom Paine (1943), Freedom Road (1944), que si no me equivoco fue traducida como Los caminos de la libertad, y, especialmente Mis gloriosos hermanos (1948).   

Creo que esta última novela tuvo como trasfondo el surgimiento del estado de Israel. Aunque Fast era comunista, nunca renegó de su herencia judía, y al narrar la historia de los Macabeos, que proclamaron la independencia tras derrotar a las huestes del rey Antíoco  Epífanes, estaba rindiendo homenaje a la refundación de la nación judía luego de tres milenios.  
Mis gloriosos hermanos fue uno de los libros de mi adolescencia que más me impresionó. Los libros históricos suelen envejecer muy rápido. ¿Cuántas novelas históricas recordamos aparte de La guerra y la paz? Tal vez Salambó, de Gustavo Flaubert, pero aunque está muy bien escrita, exige excesivas explicaciones, ya se trate de costumbres o de ropajes.
En cambio, Mis gloriosos hermanos se lee como una novela de aventuras, la acción es vertiginosa, los personajes difíciles de olvidar, y el tema, más interesante inclusive que Ben Hur ó Quo Vadis. En cierta parte, uno de los Macabeos se enfrenta a un enemigo y tras desarmarlo le corta los jarretes, según el diccionario, la parte posterior donde la pierna se junta al muslo, convirtiéndolo en un inválido. Y abundan las escenas donde un mundo extinguido resucita con todas las pasiones de la época actual.  
Fast rompió con el partido Comunista a fines de la década del cincuenta, o mejor dicho, rompió con el estalinismo y con sus atrocidades,  pues siempre fue un escritor progresista, y contó con una enorme popularidad en Estados Unidos hasta el fin de sus días, especialmente por su novela Espartaco (1951) llevada al cine años más tarde gracias a la obstinación del actor Kirk Douglas, como personaje principal.   
Hace algunos años entrevisté a Fast en las oficinas de su editorial, Houghton Mifflin, y el autor recordó los problemas que tuvo a comienzos de la década del cincuenta, al ser incluido  en la lista negra del Comité de Actividades Anti-norteamericanas liderado por el senador Joseph McCarthy. Fast tuvo una actitud muy digna ante el mccarthismo. Se negó a revelar los nombres de personas que habían contribuido a un fondo para brindar hogar a huérfanos de veteranos estadounidenses de la guerra civil española, y recibió una condena de tres meses en prisión por “desacato al Congreso”.  Una de las personas que habían colaborado con ese fondo, me dijo Fast, era Eleanor Roosevelt, la esposa del presidente Franklin D. Roosevelt.
Mientras cumplía su condena en la penitenciaría federal de Mill Point, Fast empezó a escribir Espartaco, cuyo tema era la rebelión de esclavos en la Roma imperial. Ofreció el manuscrito a varias empresas, y nadie se lo aceptó, debido a su inclusión en la lista negra de McCarthy. Por lo tanto, una vez salió de la cárcel, Fast publicó Espartaco por su cuenta. Fue, quizás, el mayor éxito editorial en el territorio del self publishing, la publicación a cargo del autor. En los primeros cuatro meses desde el lanzamiento de la novela, dijo Fast, se hicieron siete reimpresiones. De las 50.000 copias impresas, fueron vendidas 48.000.  
Alentado por su éxito, Fast creó la editorial Blue Heron Press, y publicó varias novelas durante todo el período que figuró en la lista negra. Recién en 1958 consiguió que Crown Publishers reeditara Espartaco. Fast siguió produciendo ensayos, cuentos, novelas policiales, y novelas tradicionales, hasta que en la década del setenta, con su serie The Immigrants, en seis volúmenes, volvió a la categoría de bestseller.

LA BENDICIÓN DE UNA BIBLIOTECA PÚBLICA

La niñez de Fast estuvo marcada por la muerte de su madre —aquejada de anemia— cuando él tenía ocho años. Fue entonces cuando sufrió “el primer quiebre”. Y los recuerdos de “esa bella dama, cuyo lenguaje era tan diferente del lenguaje de otros seres que me rodeaban, quedaron borrados en el momento de su muerte”. Logró retomarlos “después de mi trigésimo año de vida", escribió Fast en su autobiografía Being Red.  
En el momento del fallecimiento de su madre, dijo, “mi mente debió elegir entre el recuerdo y la locura o el olvido y la salud mental. Mi mente eligió el olvido, a fin de que pudiera mantenerme sano”. (Durante el funeral de su madre, Fast advirtió que “la mujer de cabello oscuro que yacía en el abierto ataúd en nuestro pequeño living —repleto de familiares y vecinos  curiosos— era un ser totalmente desconocido para mí”.)           
A partir de ese momento, Fast y sus hermanos tuvieron la difícil tarea de aprender a vivir teniendo como progenitor a un ser cuya principal característica era “tener ambos pies firmemente asentados en el aire”.
Aquello que salvó a Fast y a sus hermanos de la miseria total o de la cárcel fue el mundo de los libros. “Nos hicimos fuertes permaneciendo juntos”, señaló el escritor. “Y cada noche, tras una hora de trabajo en nuestros deberes escolares, leíamos libros de la bendita biblioteca. Los libros eran nuestra religión, nuestra brillante esperanza, nuestros sueños y nuestro futuro”.
Tras una breve adolescencia marcada por la poderosa influencia de Jack London —incluyendo un viaje al Deep South durante la época de la Gran Depresión— Fast decidió convertirse en un literato. Cuando tenía 16 años de edad escribió su primera novela. Tres años y cuatro novelas más tarde “vastamente difíciles de recordar”, logró finalmente que le publicaran Twin Valleys. En ese momento, dijo Fast, “Hubo mucho escándalo por el hecho de que el autor tuviese apenas 18 años”.    
Pero es evidente que el narrador quedó marcado hasta el fin de sus días por la Segunda Guerra Mundial y por la era de McCarthy, donde se combinaron la tragedia, el terror, la comedia y la irredimible estupidez.
Para Fast, “el ridículo, la necedad, son cortejos necesarios del terror, aunque falta un ingrediente: el sentido del humor. El poder, el terror y el humor no conforman un trío aceptable; de otra forma, Hitler y Mussolini hubieran desaparecido del mapa entre las carcajadas del público antes de embarcarse en sus criminales carreras”.  
Fast me dijo que intentó en Being Red narrar la ordalía sufrida por él y por muchos escritores y cineastas durante la era de McCarthy,  la angustia de vivir en un “mundo fragmentado” donde la maldad engendrada por la cacería de brujas fue mejorada por la maldad del estalinismo.
Fast recordó que en cierta ocasión intentó hablar con el hijo del gran jefe apache Gerónimo, quien estaba pintando un mural en uno de los edificios públicos de Washington. “Un ejemplo”, dijo, “de nuestro método de destruir a aquellos que nos enfrentan, para luego homenajearlos”.   
Le pregunté si él también se sentía como el hijo de Gerónimo.
“¡Qué curiosa pregunta!”, me dijo sorprendido. “No, no realmente. Mis enemigos intentaron destruir mi carrera pero no pudieron hacerlo. Pudieron arruinar con más facilidad la vida de personas que trabajaban en el cine porque formaban parte de una industria. Pero con un escritor resulta más difícil. Uno sólo necesita papel y lápiz. Por lo tanto, seguí escribiendo, alguna vez usando seudónimos (uno de ellos, el de E.V. Cunningham, lo empleó para escribir muy buenas novelas policiales) y nunca me rendí. No, el gobierno no pudo silenciar mi voz. No, yo no soy el hijo de Gerónimo”.    
Fast tuvo la dicha de completar una carrera de escritor como muy pocos otros la lograron. Sus últimos libros son tan buenos como los primeros. Y en su autobiografía se advierte que en su experiencia quedaron escasos casilleros vacíos, gracias a que siempre tuvo lápiz y papel a mano.
Durante la conversación retornó, en varias ocasiones, a la lectura como método de salvación. Cuando narró sus vicisitudes como corresponsal en la segunda guerra mundial, persiguiendo “batallas que concluían antes de que las alcanzara”, un personaje pasó a primer plano, Charles Treston, un aviador que conoció durante esa época. Treston siempre estaba leyendo libros, inclusive durante las misiones más peligrosas.     
“Antes de que Treston descubriera la editorial del ejército, nunca había leído un libro”, dijo Fast al mencionar los libros de autores clásicos distribuidos por las fuerzas armadas norteamericanas entre los reclutas durante la Segunda Guerra Mundial. “Treston había leído previamente revistas de historietas y libros de texto, pero nunca una novela. Sin embargo, una vez descubrió la narrativa, su vida entera quedó marcada. Para él la guerra había dejado de ser importante, lo único importante eran los libros. Los libros eran su vida, que se deslizaba de un libro a otro. Cada libro que abría le permitía comenzar a vivir en otra dimensión. Todos los escritores formaban parte de su maravilloso nuevo mundo que, pese a sus extraños personajes y lugares, estaba dentro de su capacidad de comprensión”.
A partir del momento en que Treston descubrió los libros, indicó Fast, “el mundo de la guerra, en el cual vivía de manera cotidiana, perdió toda realidad y desafió totalmente todos sus intentos de comprensión”.            
Fast conocía el fascinante mundo de los libros. Lo había descubierto muy temprano, cuando los recuerdos de la muerte de “esa bella dama” que fue su madre, fueron reemplazados por páginas impresas. Había otro mundo al alcance de sus manos, y representaba la salvación.




miércoles, 1 de abril de 2015

¿Puede el libro de un líder cambiar la historia de un país, o es una fantasía populista?

 Mario Szichman


En la segunda guerra mundial se enfrentaron no solo dos filosofías políticas: la democracia liberal con Estados Unidos y Gran Bretaña a la cabeza,  y la autocrática, representada por el nazismo de Adolf Hitler, el fascismo de Benito Mussolini y la absolutismo del emperador japonés Hirohito, sino dos ideas diferentes de la cultura. Como señaló George Bornstein en su comentario al libro de Molly Guptill Manning When Books went to War (Houghton Mifflin Harcourt, 2015) la idea de Hitler y de sus secuaces no difería mucho de la propiciada por Torquemada. La única función que cumplían los libros era como aceleradores de la combustión. Al comenzar la guerra, en 1939, el gobierno de Berlín ya había prohibido dieciocho categorías de libros escritos por 565 autores, en total, 4.175 títulos. La mayoría de los libros habían sido redactados por judíos. El ministro del Interior de Alemania, Wilhelm Frick, dijo en cierta ocasión a un grupo de directivos de colegios que debía alertarse de manera constante a los educandos sobre “la infiltración que podía padecer el pueblo alemán” de seres “con sangre foránea, especialmente judíos y negros”. 
Si bien libros de judíos como Sigmund Freud, Carlos Marx, Franz Werfel y Stefan Zweig fueron quemados desde el comienzo del nazismo, más tarde le tocó el turno a gentiles, como Upton Sinclair, Thomas Mann, la famosa escritora ciega Helen Keller, y muchos otros cuyos puntos de vista divergían de los filósofos nazis. Eso sí, los alemanes eran recompensados con Mein Kampf, Mi lucha, la autobiografía política de Hitler.  
Me pregunto si tanta incineración de libros ordenada por los jerarcas alemanes no fue, en realidad, un intento de Hitler para acabar con todo autor que pudiera hacerle sombra.
La costumbre de caudillos políticos de perpetuar su obra en páginas encuadernadas es casi tan prolongada como la historia. Algunos produjeron monumentos literarios, como Julio César, con su Guerra de las Galias, una autobiografía en tercera persona que recibió en el siglo diecinueve el interesante añadido de los comentarios formulados por Napoleón Bonaparte, en un ejemplar que formaba parte de su biblioteca portátil. 
Las memorias del general Ulises Grant, que derrotó a los ejércitos sureños en la guerra de secesión de 1861-1865, son asombrosamente interesantes y bien escritas. Es como si Mark Twain hubiera decidido narrar episodios militares.        Y Winston Churchill, tras concluir la segunda guerra mundial, escribió sus Memorias en seis volúmenes, que fueron la principal razón para que obtuviera el Premio Nóbel de Literatura en 1953, precedido por François Mauriac, y seguido por Ernest Hemingway.  
Pero en todos los casos mencionados se trata de libros polémicos, muy discutidos. Ocurre algo diferente cuando el autor es un líder populista o un autócrata. En esos casos el volumen pergeñado es un objeto de culto, solo apto para ser emplazado en un altar.
Cuando estaba tomando apuntes para una novela sobre la captura de Adolf Eichmann en la Argentina, encontré datos fascinantes acerca de la relación entre Hitler y la editorial que publicó Mein Kampf. Como suelen decir en estas tieras, It was a match made in heaven. El mismo Führer  comentó en una ocasión la angustia sufrida cuando envió la primera versión de su libro a la empresa Surkampf Verlag, algunos años antes de convertirse en canciller alemán.
“Estaba más nervioso que cuando anunciamos el Tercer Reich en la cervecería de Munich”, dijo a varios de sus allegados. La inquietud en la jerarquía nacional socialista era compartida. Todos temían el lápiz rojo del crítico. El ministro de Propaganda Joseph Goebbels, un veterano de la escritura, que  redactó una novela sobre el despertar de su patriotismo tras escuchar un discurso de Hitler, trataba a los ejecutivos de las editoriales con guantes de seda. La primera edición de Mein Kampf apenas alcanzó a cubrir los costos, pero una vez Hitler asumió el liderazgo de Alemania, el texto se convirtió en un fenomenal éxito de librería. Por cierto, Surkampf Verlag era célebre porque solía devolver el noventa y cinco por ciento de los manuscritos enviados. Hitler  quedó perplejo cuando tras remitir la edición corregida y aumentada, el gerente de la empresa le solicitó una audiencia. El funcionario deseaba pedirle permiso para encargarse de la divulgación del libro. Además, se negaba a cobrar un céntimo por la publicación o la distribución, no porque fuera un felpudo, como señalaron algunos críticos que luego abandonaron presurosamente el país, sino porque tenía un olfato infalible para detectar promisorios autores.  
El Führer recibió no el habitual diez por ciento por ejemplar vendido, sino el sesenta por ciento, que de inmediato donó a un fondo de ayuda a los veteranos de la Gran Guerra. Las reseñas del libro fueron unánimemente elogiosas, y la distribución, impecable. Cada hogar alemán se engalanó con una copia del libro, que solía ser colocado como centro de mesa. En las bodas, uno de los regalos más estimados era Mein Kampf.
Algo similar ocurrió en la Argentina con La razón de mi vida, la autobiografía de Eva Perón escrita presuntamente por el periodista español Manuel Penella en colaboración con otros profesionales. El volumen fue un enorme bestseller que benefició a la editorial Peuser. Nadie estaba obligado a comprar el libro. Recuerdo que mis padres tenían un negocio de relojería, en el barrio porteño de Liniers. En cada barrio los peronistas habían creado una “Unidad básica”, una especie de comité político que no estaba formado en absoluto por patriotas cooperantes, sapos, o alguna de esas aberraciones que los gobiernos populistas suelen diseminar en cada parroquia. El peronismo creía exclusivamente en la persuasión. Solo cuando la persuasión fallaba enviaba a los comercios de los recalcitrantes a dos inspectores de la Dirección General Impositiva que siempre detectaban problemas en los libros de contabilidad.

El líder de esa Unidad básica era un hombre asombrosamente parecido a Juan Perón, aunque usaba unos anteojos de luneta sin aumento, pues eso le daba una distinción muy especial. El hombre, abrumadoramente amable, siempre sonriente, le preguntó una vez a mi padre por qué en su negocio no había colocado los retratos de la abanderada de los humildes y del líder de los trabajadores. Los consideraba un aditamento indispensable para celebrar los logros de la Nueva Argentina. Ya todos estaban enterados de que Perón cumplía y Evita dignificaba. Al otro día mi padre colocó en su negocio, en sitio muy destacado, los retratos de ambos, tanto de aquel que cumplía, como de aquella que dignificaba.  Además, instaló junto a la caja registradora, por si las moscas, La razón de mi vida. El líder de la Unidad básica suspiró emocionado y agradeció el gesto a mi padre. Por cierto, quería darle la buena noticia de que pronto saldrían a la venta varios tomos con el pensamiento filosófico de Perón. Había una larguísima lista de espera, pero él haría todo lo posible para reservarle algunos ejemplares.  
No dudo que pronto, en la Venezuela actual, saldrán las obras completas del líder de la Revolución Bonita. Al menos ya fue creado el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez. Como informó el canal de televisión Telesur, el Instituto se halla ubicado en el estado Barinas y “se encarga de difundir el pensamiento y la acción del líder de la Revolución Bolivariana, lo que permitirá defender su legado”.  

En diciembre pasado, el presidente de la institución, Adán Chávez, que por cierto es hermano del fallecido líder, indicó: “Estamos iniciando un camino para esa difusión y defensa del legado del comandante Chávez”. Durante el “Encuentro de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad”, realizado en Caracas,  el exministro de Cultura de Venezuela Francisco Sesto dijo que el instituto buscará “conformar un pensamiento integral (...) la tarea del instituto es un pensamiento que no está congelado: está vivo en todos los lugares que haya lucha de los pueblos”.  
La creación de esa alta casa de estudios fue anunciada el 28 de julio de 2013 por el presidente Nicolás Maduro, durante la conmemoración de los 59 años del nacimiento de Hugo Chávez. A mí me cuesta imaginar el legado político/filosófico que transmitirá Chávez a las futuras generaciones venezolanas. Solo los discursos pronunciados durante su monólogo semanal por televisión “Aló, presidente”, deben abarcar unas 50.000 páginas a un espacio. Es realmente tela para cortar.  
Y la inevitable pregunta es: ¿Puede el libro de un líder cambiar la historia de un país, o es una fantasía populista? Creo que sí, que cambiará decisivamente el futuro de los venezolanos.
Supongamos que se imprimen 50 volúmenes, de mil páginas cada uno, del pensamiento de Hugo Chávez. O 100 volúmenes, de quinientas páginas cada uno. No vamos a mencionar la escasez de papel en Venezuela, que hace improbable, pero no imposible, la inmediata publicación de la serie completa. Y una vez puestos esos libros en el mercado ¿se conformarán los ávidos lectores con adquirir apenas uno o dos volúmenes de la colección? ¿Qué ocurre si la hipotética piedra filosofal del pensamiento de Hugo Chávez está en el volumen cuadragésimo quinto? ¿No se sentirá el lector defraudado por no poder acceder a esa verdad revelada?  
¿Cuántos ejemplares serán impresos de cada volumen? El populismo piensa siempre en grande. Ahora quiere conseguir que 10 millones de venezolanos en el país y en el exterior firmen una protesta por la decisión del presidente de Estados Unidos Barack Obama de sancionar a siete funcionarios venezolanos sospechosos de cometer presuntas violaciones a los derechos humanos. Diez millones es también una buena cifra a la hora de pensar en los ejemplares que deben circular en Venezuela con la intención de divulgar el pensamiento de Hugo Chávez. Por supuesto, estamos hablando de diez millones de ejemplares de cada uno de los 50 o 100 volúmenes donde se sintetiza el pensamiento del fallecido líder.
¿Cuántas horas hombre se necesitan para devorarse esas páginas? Más o menos las mismas que los chinos tardaron en erigir la Gran Muralla. Varias generaciones, lo más parecido a la eternidad. La tarea parece surgida del cerebro de Franz Kafka, recuerda el cuento Ante la ley. Pero así funciona el populismo, con verdades eternas que cesan de aplicarse cuando un líder pierde el poder. Ya Mein Kampf no es el bestseller que alegraba el hogar de cada buen alemán. Y La razón de mi vida se ha convertido en un artefacto. Algunos pagan un dineral para usarlo como pieza de conversación.
Todavía ignoramos qué ocurrirá con el pensamiento de Hugo Chávez. Pero si prospera la iniciativa, generaciones de venezolanos deberán dedicarse de manera exclusiva a buscar al hombre nuevo en los nutridos volúmenes. Y es posible que algunos desafectos se limiten a buscar una vía de escape.







domingo, 29 de marzo de 2015

La Sonata a Kreutzer: El deseo y la perversión

Mario Szichman

“– ¿Cree que la relación sexual es algo sucio?”
“–Solo si se consuma de manera apropiada”.
Woody Allen



Hace algunas décadas, Hollywood produjo la mejor película de propaganda sobre los daños causados por las bebidas fuertes: Días de vino y rosas. Era la historia de una pareja de clase media que se iba alcoholizando a medida que aumentaban las presiones familiares y las obligaciones laborales. La película, dirigida por Billy Wilder, tuvo mucho impacto, y recuerdo que al salir del cine, decidí dejar de fumar. No era un bebedor, pero necesitaba poner punto final a un hábito pernicioso.  
Creo que de haber descubierto por esos mismos años la novela de León Tolstoi La sonata a Kreutzer, hubiera hecho votos de abstinencia y castidad.  

Anna Karenina y La guerra y la paz, son las obras maestras de Tolstoi, y en ambas, destacan dos personajes femeninos: la adúltera, Anna Karenina, y la mujer apasionada, Natasha, que se fuga con un galán. El costado digamos femenino de Tolstoi le permitió crear dos de las damas más inolvidables que habitan las páginas de la literatura universal.
Pero detrás del frontispicio del conde León Tolstoi acechaba una aberración. Su Míster Hyde tenía la ideología de un mujik, un campesino ruso.  Tal como dice A.N. Wilson en The Times Literary Suplement, es probable que les resulte plausible a los partidarios del Talibán, sin embargo es difícil que sea recomendada en las universidades de ambos lados del Atlántico.   
La trama de la novela es el monólogo de un asesino, interrumpido en escasas ocasiones por un alarmado interlocutor. En el curso de un viaje en tren, un noble ruso, Pozdnyshev, narra cómo asesinó a su esposa en un ataque de celos, tras sospechar que la mujer lo engañaba con un músico. La escena en que Pozdnyshev ataca a su esposa con un puñal en presencia de su hipotético amante es descripta de esta manera: “Sabía que estaba acuchillándola debajo de las costillas, y que el puñal la penetraría. Mientras estaba haciendo eso, sabía también que estaba haciendo algo horrible”.
Anton Chejov expresó dos opiniones sobre el texto. En la primera ocasión dijo que “en relación con la mayoría de lo que se escribe en la actualidad tanto aquí como en el extranjero, es difícil encontrar algo que pueda compararse, tanto en la importancia del tema o como en la belleza de su ejecución”. Tras una segunda lectura, Chejov tuvo una opinión muy diferente. Dijo que era difícil perdonar “la arrogancia” de Tolstoi al “discutir asuntos de los cuales no entiende absolutamente nada”. Eso incluía las opiniones del escritor “sobre sífilis,  hospitales para niños expósitos, el disgusto de las mujeres por las relaciones sexuales, etcétera”.  Chejov agregaba que no solo las tesis discutidas eran muy conflictivas,  “sino que demuestran lo ignorante que es (Tolstoi) con respecto a ciertas cuestiones”.  Chejov era médico, y es posible que algunas de las acusaciones del protagonista de la novela hayan atentado no solo contra su sentido común, sino contra su orgullo profesional. Porque Pozdnyshev, en el curso de su desvarío, también arremete contra los ginecólogos, a quienes trata apenas mejor que a violadores. Pozdnyshev habla con desprecio de “esos doctores que desnudaban a mi esposa de una manera cínica, y la tocaban por todas partes”.  
Como Dostoievski, como William Blake, como Balzac, Tolstoi era realmente un monstruo de la naturaleza. Es difícil encontrar durante el siglo veinte seres de esa sobrenatural capacidad para evaluar al ser humano, y al mismo tiempo, nutridos de tanta audacia para ignorar las convenciones sociales. Si hay algo que puede compararse a ese fenomenal exabrupto que es La sonata a Kreutzer, es, tal vez, el capítulo de El gran inquisidor que aparece en Los hermanos Karamazov. En realidad, podrían colocarse ambos textos, uno seguido del otro, para demostrar que es necesario abolir la religión y la sexualidad de un solo plumazo. Por cierto, cuando el interlocutor de Pozdnyshev le formula esta pregunta para impugnar su teoría: ¿Acaso la eliminación de la pasión amorosa no significa la destrucción de la especie humana? Pozdnyshev responde con otra pregunta: “¿Y por qué debe continuar esa raza humana a la cual usted pertenece?”
Una sociedad tan sofocada, tan reprimida, tan censurada como la rusa, tanto en la época de los zares como luego durante el estalinismo, tiene que haber engendrado muchos locos razonantes, con una lógica perfecta –al menos mientras transitan siempre por el mismo carril— La ventaja de los dementes sobre los seres aparentemente normales es que no tienen dudas ni objeciones, pues poseen la verdad absoluta. Pozdnyshev parte de esta premisa: la pasión sexual es un pecado, y quienes la aceptan son depravados y libertinos.  Las mujeres, no importa si son damas honorables o prostitutas, tienen un solo objetivo en la vida: seducir y corromper al hombre. La hipótesis, por cierto, no es novedosa. Ya Boecio, considerado uno de los padres fundadores de la filosofía cristiana, dijo en el siglo sexto que “La mujer es un templo levantado sobre una cloaca”.  
La sonata a Kreutzer es de una ferocidad y de una vulgaridad que todavía causa asombro. Ya en su época despertó la pasión del censor.   
Cuando fue publicada en 1890 en los Estados Unidos, un fiscal en la oficina postal de Nueva York declaró que era “indecente”, y prohibió que fuera distribuida por correo. Como resultado, varios libreros llenaron carretillas con La sonata a Kreutzer, colocaron grandes carteles en su interior con la frase “Prohibido”, y ofrecieron la mercancía en las calles de Nueva York. Algunos de los buhoneros fueron arrestados y llevados ante un juez, quien leyó los capítulos más controversiales, y decidió que “no hay nada en la trama que afecte la moral pública”. Posteriormente, un librero de Filadelfia fue acusado de obscenidad, por ofrecer la novela. Pero el juez que intervino en el caso emitió este fallo: “Quizás La sonata a Kreutzer del conde Tolstoi contenga muchos puntos de vista absurdos y desatinados sobre el matrimonio. Algunos lectores podrían sentirse afectados pues perturba nuestras ideas sobre la santidad  y la nobleza de esa relación, pero no por eso se puede considerar un texto obsceno”.
También en Rusia La sonata a Kreutzer tuvo problemas con la censura. Su primera edición fue prohibida, y Sophia, la esposa de Tolstoi, tuvo que hacer de tripas corazón, y luchar, como su agente literario, para lograr su circulación.   
Tal vez la secuela más interesante es que Sophia, además de ser la agente de su esposo, era su amanuense. Tolstoi pasó el año 1887 escribiendo la novela, cuando la pareja cumplía sus bodas de plata y Sophia estaba embarazada de su décimo hijo. Era evidente que la novela había sido concebida también como un acto de venganza contra Sophia, pues el escritor era muy celoso, y creía que su mujer lo engañaba. Pero ésta, lejos de sentirse ofendida por los velados ataques de su marido, solo se preocupó de que en cada nueva revisión Tolstoi apaciguara las violentas ideas del protagonista contra la mujer. Tolstoi quería demostrar de manera fehaciente la infidelidad de la esposa de Pozdnyshev. Sophia, en cambio, creía que La sonata a Kreutzer  mejoraría si la relación entre la mujer y el músico era al menos ambigua. Finalmente Tolstoi accedió a la sugerencia de Sophia, y como señaló el crítico A.N. Wilson, “eso mejoró la historia de manera notable”.    
En su lucha por conseguir que se permitiera la publicación de La sonata a Kreutzer, Sophia pidió una audiencia al zar de Rusia, Alejandro Tercero. El zar leyó el texto y luego dijo a la mujer: “No creo que sea una historia para ser leída por sus hijos. Aquí el conde muestra claramente que es enemigo del matrimonio”. Y Sophia le respondió: “¿Cómo puede mi esposo estar en contra del matrimonio, cuando ha demostrado durante toda su vida que está a favor? Tenemos nueve hijos. Es desafortunado que la novela haya sido escrita de una forma tan tajante, pero creo que la idea subyacente es que todo ideal resulta imposible de conseguir”.
El zar aceptó que la novela fuera publicada, y de paso le hizo un favor inmenso a Tolstoi, pues ordenó que figurase disimulada, como el decimotercer volumen de sus obras escogidas. Por lo tanto, para poder regodearse con La sonata a Kreutzer, los lectores tenían que comprar la colección completa.  
Un comentario al margen: el zar de todas las Rusias tenía una sensibilidad realmente asombrosa para la literatura. Como también la tenía el feroz José Stalin, quien censuraba personalmente a los escritores que admiraba, y en ocasiones, hasta les permitía publicar sus obras, generalmente, antes de ordenar su fusilamiento. A su vez, los veredictos de magistrados en Pensilvania y en Nueva York sobre La sonata a Kreutzer, muestran a seres cultivados, no a obstinados burócratas que se dejan guiar por la letra de la ley, en lugar de acatar su espíritu.  
Por último Sophia, la esposa de Tolstoi, es un carácter tan multifacético como los mejores personajes creados por su marido. Sabía deslindar muy bien entre sus odios personales –sus diarios están cargados de invectivas contra el tirano que tenía como cónyuge– y la admiración que sentía por su narrativa. Sophia nunca permitió que sus conflictos maritales afectaran la narrativa de su esposo. En realidad, ella es la mejor desmentida a las filípicas lanzadas por Tolstoi contra la mujer en general. En su rol de amanuense, correctora y agente literaria, podría haber destruido tranquilamente la carrera de Tolstoi. Pero algo se lo impidió, siempre ligado al amor. En primer lugar, su amor propio, en segundo lugar, el afecto subyacente por su esposo, la enorme admiración que sentía por su obra. Y en tercer lugar, su amor por la literatura. Todos los pecados que convertían a la mujer, según Tolstoi, en el epítome de la ramera de Babilonia, están ausentes de su esposa. Tal vez el juez de Filadelfia acertó cuando dijo que la novela contenía muchos puntos de vista absurdos y desatinados sobre el matrimonio. Sophia es la mejor muestra de que Tolstoi se hallaba equivocado. Pero fue la misma Sophia quien cuestionó ese punto de vista, al señalar la moraleja final de La sonata a Kreutzer: todo ideal resulta imposible de alcanzar.