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miércoles, 21 de octubre de 2015

Cómo estafar a la posteridad


Mario Szichman



El actual gobierno de Venezuela tiene tanto respeto por la posteridad como por los dineros públicos. Uno de sus hábitos es refundar lo ya instituido, especialmente cuando se trata de institutos educativas. Por ejemplo, en fecha reciente volvió a inaugurar el Liceo Fermín Toro. Una placa colocada en la puerta del liceo asigna la obra al fallecido presidente, Hugo Chávez Frías, aunque el Liceo Fermín Toro fue inaugurado el 12 de septiembre de 1936 por el presidente Eleazar López Contreras.

Si el gobierno de la Revolución Bonita estuviera emplazado en Atenas, ya se hubiera arrogado la construcción del Partenón. Por suerte, Grecia no es Venezuela. Sus ruinas milenarias están mejor cuidadas que la mejor arteria vial de Venezuela. Las bandas armadas no juegan a la ruleta rusa con la cabeza de indefensos ciudadanos. No hay máquinas captahuellas para detectar si algún osado quiere comprar más papel higiénico que lo regulado, ni ministros de Defensa que han ordenado reprimir manifestaciones a balazo limpio. La ley en Grecia no se estira como un chicle, para castigar a los díscolos y brindar impunidad a los compinches. El poder legislativo no vive en conchupancia con el poder ejecutivo y el judicial. El parlamento griego no es un sucedáneo del circo romano en que los gladiadores liderados por el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello enfrentan a los cristianos de la Mesa de Unidad Democrática averiando sus rostros.
Grecia, la cuna de la democracia, sigue siendo una democracia. Y aunque continúan las medidas de austeridad y las dificultades económicas, logrará finalmente salir de ellas, o abandonará el euro, que ha sido una especie de boa constrictor para todo proyecto de expansión de la economía. Además, esa nación no está maldecida por el petróleo sino bendecida por cientos de islas y por una poderosa industria turística.

Por muy buenas razones, los regímenes autoritarios necesitan alterar el pasado. La formidable maquinaria de propaganda nazi hizo un eficaz lavado en el cerebro de decenas de millones de alemanes. El régimen de Adolf Hitler necesitaba, en primer lugar, borrar la mancha de la derrota sufrida por el ejército en la primera guerra mundial. Para eso inventó la fantasía de que había sido apuñaleado por la espalda. El enemigo estaba adentro: pacifistas, judíos, homosexuales, gitanos, comunistas, socialistas, liberales, eran los culpables de la capitulación.
El nazismo reinventó la historia de Alemania. No tuvo problemas en mentirle al pueblo en la cara. Los libros de historia fueron reescritos, se cambió la actuación de los héroes, se les hizo decir cosas que nunca habían pronunciado en su vida. No hubo un solo aspecto de la cultura o de la tradición alemana que permanecieran intactos. Inclusive se corrigieron mapas a fin de poder reclamar regiones transmutadas en irredentas una vez se trastornó su trazado.

GLORIA Y LOOR  A UNA HEROÍNA INEXISTENTE

     Cuando visité Trujillo, en el estado venezolano del mismo nombre, para hablar sobre mi trilogía de la Patria Boba, me informaron que los trujillanos  contaban con una flamante heroína. Tan flamante que ni siquiera existió. Se trataba de la generala post-mortem Dolores Dionisia Santos Moreno, también conocida como “La Inmortal de Trujillo”.
    Si el lector explora Google.books, que tiene más libros que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, verá que hay exactamente una sola referencia a la fantaseada heroína. Y la referencia proviene de Huma José Rosario Tavera, cronista del Municipio Trujillo,  y perpetrador de la falacia. En cambio, Google.books dedica nutridas referencias a todos los héroes de la independencia latinoamericana, no sólo los más connotados, sino aquellos que apenas han merecido una escuálida referencia en una nota al pie.
Felizmente, otros chavistas cuestionaron la invención. Henry Martorelli, director del Movimiento Social y Poder Popular del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela, acusó a Rosario Tavera de tejer una patraña.
           Según Martorelli, el Centro de Historia de Trujillo fue tomado por el Comando Kuicas, uno de cuyos miembros era Rosario Tavera. Como parte de su labor revisionista, Rosario Tavera modificó algunos cuadros existentes en el Centro de Historia de Trujillo, y eliminó otros. Y luego, dijo Martorelli, creó “héroes y acontecimientos que sólo han existido en su imaginación”, entre ellos a la generala post-mortem. De acuerdo a Martorelli, Huma Rosario también habría urdido el cuadro de Dolores Dionisia Santos Moreno. “La imagen de esa figura”, indicó Martorelli, “tiene la cara de Angie Quintana y el cuerpo de José Antonio Páez”.
Tampoco debemos olvidar la cirugía estética que sufrió el Libertador Simón Bolívar. Durante dos siglos, el Libertador mantuvo el mismo rostro, perpetuado por excelentes artistas plásticos. Y de repente, recibió el face–lift que se le antojó a Chávez. Al parecer, las figuras autoritarias necesitan reinventar la historia. Además, les brinda una peculiar  omnipotencia. Existe cierto perverso placer en proveer al pueblo de falsa información y hacerlo dudar de su memoria, percepción e intelecto. 

Una noche, los venezolanos se acuestan teniendo en su mente una imagen muy clara de Simón Bolívar. A la mañana siguiente, despiertan observando un rostro de Bolívar que ni el Libertador hubiera reconocido al mirarse en el espejo. Treinta millones de venezolanos, y posiblemente muchos miles de latinoamericanos, contemplan un Bolívar “digitalizado”, un rostro que parece de goma, superpuesto a la imagen icónica.

Chávez, quien siempre se proclamó heredero del Libertador, perpetró un acto de taumaturgia que ningún gobernante en el mundo osó realizar: imponerle al prócer máximo su ideal de belleza, y al mismo tiempo desautorizarlo, una tendencia muy enquistada en el gobierno bolivariano.
Si el fallecido líder se creyó original, es porque su conocimiento de la historia resultaba bastante precario. Ya antes que Chávez, más de un siglo antes que Hitler, Napoleón Bonaparte también quiso estafar a la posteridad. Por supuesto, al lado del fundador de la Revolución Bonita o del líder del Tercer Reich, Bonaparte era un gigante político y militar. Pero tenía un problema: no era francés. Había nacido en Córcega. (Es curioso, Hitler tampoco era alemán. Había nacido en Braunau, Austria) y necesitaba mostrar aún más credenciales que un nativo de Francia.  En su libro History and Historians in the Nineteenth Century, George Peabody Gooch decía que para los bonapartistas era más dañino culpar a su ídolo de ser foráneo, a que lo acusaran de haber causado la muerte de dos o tres millones de personas durante sus campañas de conquista, o que Francia hubiera sido despojada de quince departamentos adquiridos por la República durante las guerras de la Revolución Francesa. Napoleón requería superar ese hándicap no solo a través de hazañas guerreras, sino recreando la historia. Necesitaba que la posteridad lo creyera infalible.  
En 1867, el ensayista francés Pierre Lanfrey publicó el primer volumen de su Historia de Napoleón, y causó un enorme escándalo, porque destruyó la leyenda napoleónica de un solo plumazo. Por supuesto, quienes admiran a Napoleón siempre encontrarán excusas para las debilidades de su héroe. ¿Qué héroe es perfecto? Sin embargo, hay héroes que son superiores a sus defectos, como los casos de Bolívar o de Francisco de Miranda (Debemos amar a los héroes más por sus fallas que por sus virtudes, pues un héroe imperfecto puede ser emulado y superado, pero un héroe sin mácula entra en la categoría de semidios, y hace creer al resto de sus compatriotas que son seres inferiores, incapaces de disputar su gloria).
Pero Napoleón tenía un defecto muy desagradable: siempre le echaba la culpa a otro, a fin de eludir responsabilidades. El historiador Lanfrey, con la paciencia de un entomólogo, descubrió que Napoleón había falsificado una carta dirigida a Joachim Murat, su cuñado, con el exclusivo propósito de lavarse las manos de ese fenomenal fiasco que fue la invasión a España.
Murat ingresó a España en 1808 con el cargo de comandante del ejército y gobernador de Madrid, y lideró la represión del alzamiento popular del dos y el 3 de mayo de 1808, inmortalizado por Goya.  Pese a que prometió una amnistía, reprimió la insurrección a sangre y fuego. Sus soldados marcaron con bayonetas las casas en las cuales se habían escondido los insurrectos, y una vez sofocado el motín, retornaron en la noche, y se llevaron a los presuntos participantes. Como parte del escarmiento, los franceses obligaron a los españoles a iluminar sus viviendas con faroles para que vieran las montañas de muertos y agónicos en las ensangrentadas calles. Fue el comienzo de una guerra que se prolongó durante cinco años y en la cual se perpetraron toda clase de atrocidades. Soldados franceses eran crucificados en árboles, o serruchados tras ser emparedados entre dos puertas, o lanzados a calderos donde hervía aceite. Los franceses no eran mucho más humanitarios, y cometían horrendas mutilaciones.
Napoleón mencionó en varias ocasiones la “úlcera española” como una de las razones de su derrocamiento, aunque el puntillazo final se lo dio su fracasada invasión a Rusia, en junio de 1812. Ninguno de los pronósticos que formuló en sus despachos, previos al envío de soldados a la península ibérica, logró cumplirse. Estaba convencido de que los españoles le agradecerían haberlos librado de sus monarcas, y del odiado valido o príncipe de la Paz, Manuel Godoy.
La investigación de Lanfrey es una joya. Y su descubrimiento debe haberle insumido varios años, pues tuvo que revisar millares de páginas en las ocho colecciones de cartas de Napoleón.
La carta en cuestión, de Napoleón a Murat, está fechada el 29 de marzo de 1808. Fue publicada por primera vez por Las Cases en su Memorial de Santa Elena, las presuntas confesiones hechas por Napoleón a su famoso amanuense. Esa carta no figuraba en los archivos del emperador de los franceses, y Las Cases admitió que Napoleón se la comunicó de manera personal en una de sus conversaciones. Aunque la carta difiere notablemente de todas las escritas por Napoleón antes y después, muchos historiadores la aceptaron como auténtica. Los editores de la correspondencia del emperador, quienes contaron con todos los recursos puestos a su alcance por el estado francés, nunca pudieron encontrar el original, o el borrador de la carta, ni siquiera una copia auténtica del documento. De todas maneras, aceptaron su legitimidad.  
¿Qué hace tan sospechosa esa carta? Para Lanfrey, “la sobrenatural” perspicacia con que Napoleón pronosticó futuros acontecimientos. En las cartas que escribió a Murat antes y después de la fechada el 29 de marzo de 1808, Napoleón  auguró que la invasión a España sería un paseo militar. En las previas cartas al 29 de marzo, le ordenó a Murat entrar en Madrid. En la carta del 29 de marzo, dice que “desaprueba el ingreso” de Murat de manera tan precipitada. “Tendría que haberse detenido” con su ejército “a diez leguas de distancia”.  
Antes de esa fecha, todo iba bien con el ingreso de Murat en Madrid. Pero en la carta del 29 de marzo, Napoleón dice que Murat podría haberse engañado “sobre el estado de España. Murat “al imaginar que está atacando a una nación indefensa”. (Es la única carta en que Napoleón se dirige a Murat en segunda persona). La carta del 29 de marzo inclusive pronostica lo que ocurrirá una semana más tarde, el dos y el tres de mayo en Madrid. “Los españoles son un pueblo enérgico, joven, que tiene todo el entusiasmo y el coraje de seres no agotados por las pasiones políticas”, señala. “La aristocracia y el clero son los amos de España. Harán reclutamientos en masa, y eso perpetuará la guerra. España tiene 100.000 hombres en su ejército, distribuidos en sitios diferentes. Servirán como núcleo para un completo alzamiento de la monarquía”.
Antes de las jornadas del dos y del tres de mayo, era imposible pronosticar lo que ocurriría en España. Por el contrario, el pueblo saludó con júbilo la entrada de Murat en Madrid, creyendo que venía a respaldar al príncipe de Asturias como nuevo monarca, tras la renuncia de su padre Carlos Cuarto, y la defenestración del valido Godoy.  
Lanfrey dice que había motivos para esa creencia. Por ejemplo, Eugene de Beauharnais, embajador de Francia en Madrid, era “asesor y decidido partidario del príncipe de Asturias”, luego Fernando Séptimo de España. “Por lo tanto, el emperador debía estar a favor del príncipe”. Las tropas francesas, con Murat al frente, “seguramente ayudarían a consolidar el trono español. El pueblo no tuvo que mirar con más profundidad, y nuestros soldados”, dice el historiador, “fueron recibidos con los brazos abiertos por los habitantes de Madrid”.  
¿Cómo podía haber previsto Napoleón, con su sobrenatural percepción, lo que iba a ocurrir algunos días más tarde? Lanfrey señala que “de haber cruzado alguna de las predicciones de esa carta por la mente” del emperador, “hubiera sido suficiente para que alterara sus planes de principio a fin”.  
Si Napoleón no cambió sus designios era porque ignoraba la catástrofe que le aguardaba. No tenía el menor respeto por los monarcas españoles –con toda la razón del mundo– ni tampoco por el pueblo español –y en eso se equivocó enteramente.
Pero en la carta del 29 de marzo de 1808, Napoleón vio todo, el pasado y el futuro de España. Esa es una de las grandes ventajas de escribir a posteriori: la certeza de predecir acontecimientos futuros.  
Ninguna de las recomendaciones de esa carta reaparecieron en las cartas previas o posteriores, dice el historiador. Por lo tanto, la carta, “que carece de significado, propósito o motivo, solo puede ser considerada como una falsificación cuyo único propósito era engañar a la historia. Y el falsificador no pudo haber sido otro que Napoleón”.  
El problema con ese tipo de engaños es que en vez de hacernos avanzar hacia el futuro, nos retrotraen al pasado. Si Napoleón mintió en esa ocasión ¿no habrá mentido en otras? ¿Cuánto de cierto hubo en su correspondencia, en sus proclamas, en sus confesiones a Las Cases? Lanfrey dice que esa carta forma parte del sistema de pensamiento de Napoleón. “¿Acaso Napoleón no hizo lo mismo durante los catorce años de su reinado? Día tras día, falsificó los documentos diplomáticos en Le Moniteur, las noticias del exterior, los debates en las Cámaras Legislativas, inclusive los informes de su administración”.  
Napoleón “mintió a sus contemporáneos de manera audaz cada día y cada hora de su reinado. Eso no puede negarse”, dice Lanfrey. Pero “¿Cómo es posible que alguien, excepto un sistemático detractor de su gloria, haya pensado en mentirle a la posteridad?”
Fast forward, atravesemos a toda velocidad los años que separan a Napoleón de Hitler o de Chávez, y se verá la misma impudicia para engañar al pueblo. Hitler fue derrotado, y el juicio de la historia es bastante desfavorable. Pero Chávez ha dejado celosos herederos de su gloria, y mientras manejen el timón de Venezuela, seguirá proliferando la inauguración de institutos educacionales construidos por gobiernos anteriores, los héroes y heroínas inexistentes, o los rostros de Bolívar hechos a imagen y semejanza del comandante eterno.






miércoles, 1 de abril de 2015

¿Puede el libro de un líder cambiar la historia de un país, o es una fantasía populista?

 Mario Szichman


En la segunda guerra mundial se enfrentaron no solo dos filosofías políticas: la democracia liberal con Estados Unidos y Gran Bretaña a la cabeza,  y la autocrática, representada por el nazismo de Adolf Hitler, el fascismo de Benito Mussolini y la absolutismo del emperador japonés Hirohito, sino dos ideas diferentes de la cultura. Como señaló George Bornstein en su comentario al libro de Molly Guptill Manning When Books went to War (Houghton Mifflin Harcourt, 2015) la idea de Hitler y de sus secuaces no difería mucho de la propiciada por Torquemada. La única función que cumplían los libros era como aceleradores de la combustión. Al comenzar la guerra, en 1939, el gobierno de Berlín ya había prohibido dieciocho categorías de libros escritos por 565 autores, en total, 4.175 títulos. La mayoría de los libros habían sido redactados por judíos. El ministro del Interior de Alemania, Wilhelm Frick, dijo en cierta ocasión a un grupo de directivos de colegios que debía alertarse de manera constante a los educandos sobre “la infiltración que podía padecer el pueblo alemán” de seres “con sangre foránea, especialmente judíos y negros”. 
Si bien libros de judíos como Sigmund Freud, Carlos Marx, Franz Werfel y Stefan Zweig fueron quemados desde el comienzo del nazismo, más tarde le tocó el turno a gentiles, como Upton Sinclair, Thomas Mann, la famosa escritora ciega Helen Keller, y muchos otros cuyos puntos de vista divergían de los filósofos nazis. Eso sí, los alemanes eran recompensados con Mein Kampf, Mi lucha, la autobiografía política de Hitler.  
Me pregunto si tanta incineración de libros ordenada por los jerarcas alemanes no fue, en realidad, un intento de Hitler para acabar con todo autor que pudiera hacerle sombra.
La costumbre de caudillos políticos de perpetuar su obra en páginas encuadernadas es casi tan prolongada como la historia. Algunos produjeron monumentos literarios, como Julio César, con su Guerra de las Galias, una autobiografía en tercera persona que recibió en el siglo diecinueve el interesante añadido de los comentarios formulados por Napoleón Bonaparte, en un ejemplar que formaba parte de su biblioteca portátil. 
Las memorias del general Ulises Grant, que derrotó a los ejércitos sureños en la guerra de secesión de 1861-1865, son asombrosamente interesantes y bien escritas. Es como si Mark Twain hubiera decidido narrar episodios militares.        Y Winston Churchill, tras concluir la segunda guerra mundial, escribió sus Memorias en seis volúmenes, que fueron la principal razón para que obtuviera el Premio Nóbel de Literatura en 1953, precedido por François Mauriac, y seguido por Ernest Hemingway.  
Pero en todos los casos mencionados se trata de libros polémicos, muy discutidos. Ocurre algo diferente cuando el autor es un líder populista o un autócrata. En esos casos el volumen pergeñado es un objeto de culto, solo apto para ser emplazado en un altar.
Cuando estaba tomando apuntes para una novela sobre la captura de Adolf Eichmann en la Argentina, encontré datos fascinantes acerca de la relación entre Hitler y la editorial que publicó Mein Kampf. Como suelen decir en estas tieras, It was a match made in heaven. El mismo Führer  comentó en una ocasión la angustia sufrida cuando envió la primera versión de su libro a la empresa Surkampf Verlag, algunos años antes de convertirse en canciller alemán.
“Estaba más nervioso que cuando anunciamos el Tercer Reich en la cervecería de Munich”, dijo a varios de sus allegados. La inquietud en la jerarquía nacional socialista era compartida. Todos temían el lápiz rojo del crítico. El ministro de Propaganda Joseph Goebbels, un veterano de la escritura, que  redactó una novela sobre el despertar de su patriotismo tras escuchar un discurso de Hitler, trataba a los ejecutivos de las editoriales con guantes de seda. La primera edición de Mein Kampf apenas alcanzó a cubrir los costos, pero una vez Hitler asumió el liderazgo de Alemania, el texto se convirtió en un fenomenal éxito de librería. Por cierto, Surkampf Verlag era célebre porque solía devolver el noventa y cinco por ciento de los manuscritos enviados. Hitler  quedó perplejo cuando tras remitir la edición corregida y aumentada, el gerente de la empresa le solicitó una audiencia. El funcionario deseaba pedirle permiso para encargarse de la divulgación del libro. Además, se negaba a cobrar un céntimo por la publicación o la distribución, no porque fuera un felpudo, como señalaron algunos críticos que luego abandonaron presurosamente el país, sino porque tenía un olfato infalible para detectar promisorios autores.  
El Führer recibió no el habitual diez por ciento por ejemplar vendido, sino el sesenta por ciento, que de inmediato donó a un fondo de ayuda a los veteranos de la Gran Guerra. Las reseñas del libro fueron unánimemente elogiosas, y la distribución, impecable. Cada hogar alemán se engalanó con una copia del libro, que solía ser colocado como centro de mesa. En las bodas, uno de los regalos más estimados era Mein Kampf.
Algo similar ocurrió en la Argentina con La razón de mi vida, la autobiografía de Eva Perón escrita presuntamente por el periodista español Manuel Penella en colaboración con otros profesionales. El volumen fue un enorme bestseller que benefició a la editorial Peuser. Nadie estaba obligado a comprar el libro. Recuerdo que mis padres tenían un negocio de relojería, en el barrio porteño de Liniers. En cada barrio los peronistas habían creado una “Unidad básica”, una especie de comité político que no estaba formado en absoluto por patriotas cooperantes, sapos, o alguna de esas aberraciones que los gobiernos populistas suelen diseminar en cada parroquia. El peronismo creía exclusivamente en la persuasión. Solo cuando la persuasión fallaba enviaba a los comercios de los recalcitrantes a dos inspectores de la Dirección General Impositiva que siempre detectaban problemas en los libros de contabilidad.

El líder de esa Unidad básica era un hombre asombrosamente parecido a Juan Perón, aunque usaba unos anteojos de luneta sin aumento, pues eso le daba una distinción muy especial. El hombre, abrumadoramente amable, siempre sonriente, le preguntó una vez a mi padre por qué en su negocio no había colocado los retratos de la abanderada de los humildes y del líder de los trabajadores. Los consideraba un aditamento indispensable para celebrar los logros de la Nueva Argentina. Ya todos estaban enterados de que Perón cumplía y Evita dignificaba. Al otro día mi padre colocó en su negocio, en sitio muy destacado, los retratos de ambos, tanto de aquel que cumplía, como de aquella que dignificaba.  Además, instaló junto a la caja registradora, por si las moscas, La razón de mi vida. El líder de la Unidad básica suspiró emocionado y agradeció el gesto a mi padre. Por cierto, quería darle la buena noticia de que pronto saldrían a la venta varios tomos con el pensamiento filosófico de Perón. Había una larguísima lista de espera, pero él haría todo lo posible para reservarle algunos ejemplares.  
No dudo que pronto, en la Venezuela actual, saldrán las obras completas del líder de la Revolución Bonita. Al menos ya fue creado el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez. Como informó el canal de televisión Telesur, el Instituto se halla ubicado en el estado Barinas y “se encarga de difundir el pensamiento y la acción del líder de la Revolución Bolivariana, lo que permitirá defender su legado”.  

En diciembre pasado, el presidente de la institución, Adán Chávez, que por cierto es hermano del fallecido líder, indicó: “Estamos iniciando un camino para esa difusión y defensa del legado del comandante Chávez”. Durante el “Encuentro de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad”, realizado en Caracas,  el exministro de Cultura de Venezuela Francisco Sesto dijo que el instituto buscará “conformar un pensamiento integral (...) la tarea del instituto es un pensamiento que no está congelado: está vivo en todos los lugares que haya lucha de los pueblos”.  
La creación de esa alta casa de estudios fue anunciada el 28 de julio de 2013 por el presidente Nicolás Maduro, durante la conmemoración de los 59 años del nacimiento de Hugo Chávez. A mí me cuesta imaginar el legado político/filosófico que transmitirá Chávez a las futuras generaciones venezolanas. Solo los discursos pronunciados durante su monólogo semanal por televisión “Aló, presidente”, deben abarcar unas 50.000 páginas a un espacio. Es realmente tela para cortar.  
Y la inevitable pregunta es: ¿Puede el libro de un líder cambiar la historia de un país, o es una fantasía populista? Creo que sí, que cambiará decisivamente el futuro de los venezolanos.
Supongamos que se imprimen 50 volúmenes, de mil páginas cada uno, del pensamiento de Hugo Chávez. O 100 volúmenes, de quinientas páginas cada uno. No vamos a mencionar la escasez de papel en Venezuela, que hace improbable, pero no imposible, la inmediata publicación de la serie completa. Y una vez puestos esos libros en el mercado ¿se conformarán los ávidos lectores con adquirir apenas uno o dos volúmenes de la colección? ¿Qué ocurre si la hipotética piedra filosofal del pensamiento de Hugo Chávez está en el volumen cuadragésimo quinto? ¿No se sentirá el lector defraudado por no poder acceder a esa verdad revelada?  
¿Cuántos ejemplares serán impresos de cada volumen? El populismo piensa siempre en grande. Ahora quiere conseguir que 10 millones de venezolanos en el país y en el exterior firmen una protesta por la decisión del presidente de Estados Unidos Barack Obama de sancionar a siete funcionarios venezolanos sospechosos de cometer presuntas violaciones a los derechos humanos. Diez millones es también una buena cifra a la hora de pensar en los ejemplares que deben circular en Venezuela con la intención de divulgar el pensamiento de Hugo Chávez. Por supuesto, estamos hablando de diez millones de ejemplares de cada uno de los 50 o 100 volúmenes donde se sintetiza el pensamiento del fallecido líder.
¿Cuántas horas hombre se necesitan para devorarse esas páginas? Más o menos las mismas que los chinos tardaron en erigir la Gran Muralla. Varias generaciones, lo más parecido a la eternidad. La tarea parece surgida del cerebro de Franz Kafka, recuerda el cuento Ante la ley. Pero así funciona el populismo, con verdades eternas que cesan de aplicarse cuando un líder pierde el poder. Ya Mein Kampf no es el bestseller que alegraba el hogar de cada buen alemán. Y La razón de mi vida se ha convertido en un artefacto. Algunos pagan un dineral para usarlo como pieza de conversación.
Todavía ignoramos qué ocurrirá con el pensamiento de Hugo Chávez. Pero si prospera la iniciativa, generaciones de venezolanos deberán dedicarse de manera exclusiva a buscar al hombre nuevo en los nutridos volúmenes. Y es posible que algunos desafectos se limiten a buscar una vía de escape.