Mario Szichman
Arthur Conan Doyle bien lo sabía, los suburbios, especialmente los más
afluentes, ocultan inenarrables escenas de pasión y de crimen. En su relato The Adventure of the Copper Beeches, una
de las más famosas aventuras de Sherlock Holmes, el protagonista ofrece a su
ayudante, el doctor Watson, una aterradora visión de un suburbio elegante. “Tú
observas esas casas diseminadas”, dice el detective, “y quedas impresionado por
su belleza. Yo las observo, y el único pensamiento que me viene a la mente es
la sensación de aislamiento. Goza de una gran impunidad quien intenta cometer
un crimen en esas zonas”. Según Sherlock Holmes, “Los callejones más bajos y
más viles de Londres no presentan un registro tan espantoso de pecados como las
alegres y bellas áreas campestres”.
En los últimos cinco años ha comenzado a proliferar en la narrativa
policial anglosajona algo que ha sido bautizado como suburban noir. ¿En qué consiste? Cathryn Grant, una autora de
novelas de suspenso, quien por cierto tiene un blog titulado Suburban Noir, dice que el subgénero
“retrata al suburbio como una femme
fatale, ofreciendo la seducción de la seguridad, mientras susurra: ´Te
ofreceré confort de todas las maneras posibles´, aunque, por supuesto, eso no
ocurre”.
Gone Girl, de
Gillian Flynn, rejuveneció el subgénero (ocho millones de copias vendidas) y
fue llevada al cine. Luego vino The Girl
on the Train, de Paula Hawkins, y en fecha más reciente Disclaimer, de Renée Knight.
En todos los casos, los narradores o narradoras no son confiables, y
habitan un mundo de personajes muy perturbados. En Gone Girl, una pareja comienza a tener problemas en su relación. De
repente, la mujer desaparece. La policía sospecha que el esposo la asesinó, e
inicia una investigación. La novela está contada desde los personajes
principales. Pero ambos demuestran ser mentirosos patológicos. Para el lector
es más importante averiguar la verdad que descubrir qué ocurrió con la
protagonista. Y ese es, quizás, el mayor encanto del suburban noir. El lector se suma a la búsqueda de claves, disputa
una carrera de postas con el narrador.
The Girl on the Train
tiene una premisa parecida. Está narrada por tres mujeres. Rachel,
la principal, vive borracha la mayor parte de la historia; por lo tanto, nadie
se fía de sus recuerdos. Ni siquiera ella está segura de lo que ha visto.
Luego está Megan, la segunda narradora de la novela, quien un día
desaparece, y nunca más retorna. Rachel, la mujer en constante estado de
embriaguez, quien ha visto a Megan con su amante, cree que Megan ha sido
asesinada en un altercado, y denuncia el caso a la policía. El problema es que
las credenciales de Rachel no se hallan muy bruñidas. Nadie le cree.
Lo único que redime a Rachel es que en su lucha por descubrir la verdad,
abandona la bebida y empieza a investigar. Entonces aparece Anna, la tercera
narradora, que odia a Rachel. Lo único que las une es que ambas conocieron a
Megan, y la consideran una posible víctima.
La novela es, nuevamente, una investigación para descubrir la verdad en un
mundo repleto de mentiras y de puñaladas por la espalda, y necesita el concurso
del lector. Además, Hawkins conoce la filmografía de Alfred Hitchcock, y
también aprovecha los elementos de ese clásico del cine llamado Gaslight, donde un marido, Charles
Boyer, trata de enloquecer a su esposa, Ingrid Bergman, para quedarse con unas
joyas. El unreliable narrator forma
parte de la trama, ofreciendo pistas falsas.
Disclaimer tiene un
atractivo extra. ¿Qué ocurre si una mujer, una profesional de status, con un
esposo solidario y respetado, descubre, tras veinte años, que alguien está
enterado de un vergonzoso episodio de su pasado? Peor aún, quien está enterado
de ese episodio ha escrito una novela A
Perfect Stranger, y la ha publicado por su cuenta. Inclusive ha distribuido
ejemplares en librerías cercanas a la vivienda de la protagonista. Uno de los
ejemplares llega a Catherine Ravenscroft, el personaje central, otro a su
esposo, Robert. El tercero a su hijo, Nick. Y esa novela dentro de la novela
empieza a destruir la vida familiar.
Catherine es una galardonada documentalista (al igual que la autora, que
trabajó para la BBC, y ha escrito
guiones para Channel Four y Capital Films).
Pero, a medida que comienza a ser hostigada por su pasado, todo se derrumba,
primero su vida profesional y luego su vida personal.
¿Quién es el stalker, el hombre
que la acecha con un vergonzoso recuerdo del pasado? Stephen Brigstocke, un
profesor retirado, viudo. Brigstocke ha perdido a un hijo, luego que el joven
intentó salvar a un niño a punto de ahogarse. Ese niño, Nick, es el hijo único
de Catherine y Robert. Nick es un ser inmaduro, cargado de problemas, un underachiever, alguien de escaso
rendimiento en un hogar de seres exitosos.
Pero hay algo más. Brigstocke, el hombre que acosa a Catherine, presunto
autor de la novela – en realidad su coautor– cree que su hijo murió tratando de
salvar al hijo de Catherine. Desde el punto de vista del perseguidor, Catherine
tuvo un affaire con su hijo,
Jonathan, durante unas vacaciones en España. La protagonista viajó con su
esposo y su hijo de cinco años. El esposo tuvo que ausentarse por razones de
trabajo, Catherine quedó sola con su hijo, y entabló una fulminante relación
con el hijo del perseguidor, un adolescente de diecinueve años de edad.
Si Jonathan no se hubiera apasionado con Catherine, ni intentado salvar la
vida de Nick, su hijo, todo habría sido diferente. De manera indirecta,
Catherine ha sido la causante de la muerte de Jonathan. Hay inclusive
evidencias gráficas del encuentro amoroso. Tras recuperar la cámara fotográfica
que Jonathan portaba consigo, la esposa de Brigstocke encuentra un rollo de
film con fotos donde Catherine aparece en poses provocativas.
La primera parte de la novela vuelca las cartas en favor del perseguidor.
Todo incrimina a Catherine. Parece tratarse de un ser lascivo, ansiosa de
conquistas, mala esposa y peor madre. Además, el hecho de que durante veinte
años calló el episodio es otro clavo en su ataúd.
En cuanto a Stephen Brigstocke, el profesor retirado que acosa a Catherine,
aparece como el personaje bueno, al punto de que logra hacer amistad con
Robert, el marido de Catherine, y con Nick, su hijo. En el momento en que
Robert lee la novela que tiene como protagonista a Catherine, toda su simpatía
se vuelca hacia el perseguidor. (Afortunadamente, al final de la novela,
Catherine decide mandar al demonio a Robert).
Aunque el antagonista de Catherine parece el genio del mal para los
lectores, tampoco la cosa es tan sencilla. Stephen Brigstocke es un ser tan
atormentado como Catherine. Busca respuestas a cosas inexplicables, y está
dispuesto inclusive a aceptar la amarga verdad. Pues Jonathan, el hijo que
murió tratando de salvar al hijo de Catherine, no era el personaje que sus
padres idolatraron.
Knight es muy buena narradora, y sabe cómo sorprender al lector mostrando
que las cosas no son como parecen. Inclusive el affaire del que se acusa a Catherine –y que por cierto ocurrió– no
ha tenido los rasgos esbozados al principio. Ni siquiera las explícitas
fotografías que la muestran como un ser consumido por la pasión, revelan la
verdad de lo ocurrido en su encuentro con Jonathan.
Tal vez el acierto mayor de Knight es la manera en que va demoliendo las
certezas del lector. ¿Acaso una fotografía, inclusive la más irrefutable, puede
ser aceptada como testimonio de la verdad? Sí, existió una relación sexual
entre Catherine y Jonathan pero ¿ocurrió tal como se narra en The Perfect Stranger?
La historia de Catherine es narrada por Knight en tercera persona. La del
profesor retirado en primera. Poco a poco, se disuelven las identidades. Ni
Stephen Brigstocke es el perseguidor que uno supone, ni Catherine la víctima
perfecta. Son seres humanos aquejados por eventos que menguan su capacidad de
alcanzar no ya la felicidad, sino la comprensión de aquello que ha funcionado
mal en sus vidas. ¿Hasta qué punto Stephen es el depredador y Catherine el ave
de presa?
Otras novelas del suburban noir
trabajan muy bien el suspenso, la duda sobre los motivos que animan a sus
personajes, la desconfianza en el mundo que se describe. Pero tal vez el vigor
de Disclaimer radica en su premisa
inicial. Una de las críticas de la novela expresó lo que muchos narradores
sienten tras leerla: “Envidia, una tremenda envidia porque no se me ocurrió
antes a mí”. (Clair Woodward en The
Sunday Express de Londres).
Imagine el lector que un día toma una novela y descubre que es el
protagonista, y que un terrible secreto se revela en todos sus detalles. ¿Qué
hace? Especialmente cuando la persona encargada de redactar la novela intenta
vengarse de usted.
Sí, Conan Doyle tenía razón, “Los callejones más bajos y más viles de
Londres no presentan un registro tan espantoso de pecados como las alegres y
bellas zonas campestres”.
[i] Desmentido. To issue a
disclaimer: Declarar descargo o
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evitar juicios por libelo.
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