sábado, 15 de julio de 2017

La Trilogía del Mar Dulce. Un extraño en un país extraño


Mario Szichman



En ocasiones, es bueno tomar distancias. Escribí mi Trilogía del Mar Dulce, la historia de tres generaciones de una familia judía radicada en Buenos Aires, cuando vivía en Caracas. La crónica falsa es de 1968, Los judíos del Mar Dulce de 1971, y A las 20:35 la señora pasó a la inmortalidad, de 1979.  

Mi Trilogía de la Patria Boba, sobre el proceso de independencia en la Gran Colombia, la escribí en Nueva York. Los Papeles de Miranda fue publicada en 1980, Las dos muertes del general Simón Bolívar en 1984, y Los años de la guerra a muerte, en 1987. Eros y la doncella, la novela sobre la Revolución Francesa, también la escribí en Nueva York.
En realidad, la única novela que transcurre en Nueva York  y que escribí en esta ciudad, es La región vacía/The Empty Grave, sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pero sigo pensando que también en esa ocasión pude tomar distancias. Observé la tragedia con lentes de periodista, mientras trabajaba en The Associated Press en el llamado Graveyard Shift, el turno del cementerio, entre las 11:30 de la noche y las 7:00 de la mañana, cuando la ciudad dormía.
Durante algunas semanas, The World Trade Center se convirtió en receptáculo de casi tres mil cadáveres incinerados, quizás una de las fosas comunes más grandes de la historia. Yo pasaba del graveyard de la oficina, al otro emplazado unos cincuenta bloques más abajo. Mi tarea era editar el material que enviaban los reporteros, o poner titulares a las fotos. (Hay bastantes alusiones en la novela a esa sala de prensa, y a las cosas extrañas que ocurrían en la redacción cuando los jefes dormían plácidamente sus sueños).


LAS IMPENSADAS ELECCIONES

Mi infancia estuvo marcada también por el antisemitismo. En la Argentina había dos poderosas instituciones que no veían a los judíos con buenos ojos: la iglesia, y el ejército. Y ocurre que esas instituciones tenían muchos sitios hacia dónde mirar, pues la colectividad judía argentina era la más grande de América Latina. Aunque las cifras reales de judíos eran difíciles de averiguar. Y por excelentes razones.
En mi novela A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad (https://www.barnesandnoble.com/w/a-las-20-mario-szichman/1112212820?ean=9781623093075) la versión corregida, editada y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo en 2012,  comenté la necesidad que había entre los judíos provenientes de Europa oriental de averiguar el porcentaje de sus congéneres en relación al resto de la población. Y por una simple razón: pasado un porcentaje, sobrevenía el genocidio.
Este es un diálogo entre dos de los personajes de la novela, Pinie y Motje:
“–Vos porque no sabés nada de geopolítica– alardeó Motje. –En geopolítica, podés matar judíos en Polonia, que no pasa nada. Pero anímate en geopolítica a matar judíos en Argentina. ¿Ves que resulta imposible?
– ¿Qué les cuesta alambrar el barrio de Once, que está lleno de paisanos, y entrar con tanques? – preguntó Pinie.
–Pueden, pero, ¿qué hacen con la geopolítica? No te olvides que es una ciencia. No se puede ir contra la ciencia. Ellos calculan así en geopolítica: cuando los judíos llegan al ocho por ciento de la población total: pogroms. Si suben al diez por ciento: guetos. Después del doce por ciento: genocidios. Ahora, ¿adivina en que porcentaje estamos?
–No lo sé– admitió Pinie.
–Yo tampoco. Eso no lo sabe ni el gran rabino. Es un secreto militar. Mientras manejemos las estadísticas, podremos dormir tranquilos”.
Por cierto, los judíos habían inventado estrategias a fin de pasar desapercibidos. El poeta Israel Zeitlin,  nacido en la ciudad ucraniana de Ekaterinoslav (actual Dnipropetrovsk) se transformó en César Tiempo años después de llegar a Buenos Aires. Alguien que se llamaba originalmente Socolinsky, circuncidó su apellido y empezó a llamarse Socol. Y el más egregio de los intelectuales judíos, el narrador y periodista Alberto Gerchunoff, de origen lituano, escribió su famoso relato Los gauchos judíos donde prolifera lo gauchesco, y está ausente lo judío. Esos judíos dialogan en un español más castizo que el utilizado por los habitantes de la Madre Patria durante la época de la Inquisición.
Gerchunoff fue como la versión judía de Enrique Larreta, el escritor argentino cuya obra más famosa, La gloria de Don Ramiro, transcurre en España, en la época del rey Felipe Segundo. Previo a escribirla, Larreta explicó su “ambicioso designio de expresar en un solo libro el apasionante claroscuro del alma épica y monacal de España”.  En realidad, la novela es espantosa. Como hubiera dicho Borges, “se trata de una de las formas más famosas del tedio”.
Es obvio que la hispanidad, para Gerchunoff, era una manera elegante de eludir el antisemitismo. En Los judíos del Mar Dulce traté de hacer, en parte, una parodia de Los gauchos judíos y tuve como recompensa que la crítica literaria norteamericana Naomi Lindstrom titulase uno de sus libros Jewish Issues in Argentine Literature, From Gerchunoff to Szichman.[i]

VOLVER A LAS RAÍCES

Desde que tuve uso de razón, sentí que era un extraño en una tierra extraña llamada Argentina. Recuerdo que en la época de Perón daban clases de catecismo en la escuela primaria. A los judíos nos sacaban del aula, y nos llevaban a otra donde enseñaban creo que moral cívica. Yo me sentía muy diferente. Y además, excluido. Envidiaba a todos esos niños que se disfrazaban de galanes para asistir a la primera comunión.
Ya en mi adolescencia, aparecieron los grupos neofascistas y neonazis Tacuara y Guardia de Hierro. A la salida del Colegio Nacional Moreno, nos aguardaban pandilleros con el pelo engominado, y en ocasiones nos caían a golpes. Yo andaba provisto de una cachiporra. Luego, en el servicio militar, un sargento ayudante solía recordar con desprecio mi origen judío, especialmente cuando estaba de guardia y borracho. Recuerdo una frase que solía repetir en sus borracheras, y que incorporé a La verdadera crónica falsa.  “Durante mi vida hice de todo. Solo me falta viajar en un dirigible, montarme a una monja, y dejarme romper el c…”
Apenas pude huir de la Argentina, lo hice. Tras el servicio militar, a los 21 años de edad, me fui para Haití, aunque nunca llegué. Cuando hice escala en Colombia, el magnífico escritor Álvaro Cepeda Samudio, el novelista de La Casa Grande, me recomendó que me fuera para Venezuela. “Colombia es el pasado”, me dijo. “Venezuela es el futuro”. Eso fue en 1967, cuando Venezuela era la meca de América del Sur. Donde comprobé, además, que el Mar Caribe era absolutamente azul.
Si no sentí el antisemitismo en Venezuela, es porque había pocos judíos –muy por debajo del porcentaje que atizaba un genocidio—, y algunos en posiciones de importancia. Teodoro Petkoff era ya uno de los dirigentes del MAS; Margot Benacerraf cumplía una tarea cultural de gran importancia, e Isaac Chocrón era ya un famoso dramaturgo. Inclusive hubo un ministro que se encargó de la reconstrucción del cementerio judío de Coro.
Y como no me sentía perseguido, empecé a reflexionar acerca del tema judío en la Argentina. En Caracas escribí La Trilogía del Mar Dulce. Creo que la pujanza de esa espectacular ciudad alentó mi megalomanía. Tuve suerte. Ya mi primera novela, La Crónica Falsa, ganó Mención en el Concurso Casa de las Américas en 1968. Y eso demuestra que es imprescindible desconfiar de los concursos literarios. Cuando vi la novela impresa sentí grandes deseos de arrojarme por una ventana. Era caótica, incomprensible, aunque seguía los lineamientos de Operación Masacre, ese magnífico libro de non fiction de Rodolfo Walsh.
En la novela introducía a un personaje, Natalio Pechof, que era fusilado en los basurales de José León Suárez tras frustrarse una rebelión de militares y civiles adictos al peronismo, por orden de los líderes de la Revolución Libertadora. Natalio Pechof era una anomalía. Ningún judío fue fusilado en los basurales. Cuando le comenté a Walsh ese detalle, se mostró muy generoso. Me dijo que él había escrito un libro periodístico, y debía ceñirse a la verdad. Yo había escrito una novela, y podía permitirme toda clase de transgresiones.
De todas maneras, seguí sin estar convencido. En 1971, viviendo en Buenos Aires, el Centro Editor de América Latina, me propuso reeditar La Crónica Falsa. Tan avergonzado me sentí de la primera versión, que pedí permiso para corregir también el título. Así surgió La verdadera crónica falsa. Era una versión mejorada, aunque seguía sin convencerme.
Afortunadamente, la profesora Carmen Virginia, quien ha editado y mejorado todas mis novelas, se dedicó a corregir y mejorar ese patito feo, que es hoy realmente un cisne (https://www.barnesandnoble.com/w/la-verdadera-cr-nica-falsa-mario-szichman/1125985385?ean=9781483595634.)
En cuanto a la temática judía... En A las 20:25 puse como epígrafe: “La meta es el origen”. Y para mí ser judío es mucho más importante que haber nacido en la Argentina. Aunque es cierto, la Argentina me marcó.
Pero es ahora tiempo de enfilar hacia otros orígenes.
Hace poco terminé una novela. Es sobre la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann en la Argentina. Mi protagonista, Dani Aron, es un nokmim, un vengador judío. Una especie de Rambo. Aunque al final participa en el comando que captura a Eichmann, al principio se dedica a cazar nazis en Europa. Me gustan más ese tipo de personajes. Tal vez por algún púdico atavismo, prefiero el ojo por ojo, y el diente por diente, a la alternativa cristiana de ofrecer la otra mejilla. Se corre el riesgo de quedarse sin  mejilla.
El crítico Ilan Stavans señaló con mucha generosidad en su libro Borges the Jew  las manchas temáticas de mi narrativa centrada en la cuestión judía. “Alrededor de 1952”, dice Stavans, “los personajes (de Szichman) descubren su inaceptable status como judíos en Argentina y luchan de manera desesperada para asimilarse cambiando su apellido (de Pechof) por el de Gutiérrez Anselmi ... A diferencia de Gerchunoff, Berele o Bernando, (los alter egos de Szichman) buscan de manera permanente una respuesta a la extraña muerte política de su padre en un basural. ...
“Lo que resulta interesante acerca de la ficción de Szichman es la forma en que revisita la historia nacional. Al ubicar a sus personajes en distintos períodos, desde la Semana Trágica hasta los golpes militares en las décadas del cuarenta y en la derrotada revolución de 1956, (cuando muere el padre de Berele) Szichman formula una declaración incuestionable: ningún régimen, ninguna coyuntura en la historia argentina, es buena para los judíos debido a que su presencia histórica en el Río de la Plata es un error.
“Si Gerchunoff creyó en una época que Argentina era el paraíso, Szichman la considera el infierno”[ii]. No tengo mucho que cuestionar a esa apreciación.
En fecha reciente, dos intelectuales y entrañables amigos, Magdalena López, y Gerardo Barcia Palacios, ambos integrantes de la diáspora venezolana, escribieron reseñas sobre La verdadera crónica falsa. Ambas me encantan, no solo porque analizaron el contexto con sabiduría, sino porque un buen critico siempre enseña. Sus análisis de textos resultan indispensables para quien anhela dedicarse a la escritura. Y aquellos que rehúyen a los críticos y editores serios, se causan un daño. La escritura, una de las más solitarias de las profesiones, necesita la imaginación dialógica que todo editor y todo crítico proveen.
A continuación, algunos extractos de los textos de López y Barcia Palacios:

De la reseña de La verdadera crónica falsa por Magdalena López:
Quizá, la médula de eso que llaman la Historia con mayúscula, no radica sino en las miles de historias de personajes difíciles de encajar en grandes relatos épicos. Tal es el caso del padre de Bernardo, un socialista argentino y judío de origen polaco que, como mal héroe, es fusilado por equivocación después de ser detenido junto a un grupo de peronistas cuando miraba una pelea de boxeo por televisión la noche del 9 de junio de 1956. 
Los fusilamientos en José León Suárez de aquel año han llegado hasta nosotros a través de la pluma de Rodolfo Walsh, en su ya mítico libro de no ficción, Operación masacre (1957); sin embargo, lo que encontramos en la novela de La verdadera crónica falsa (BookBaby, tercera edición 2017) de Mario Szichman es otra cosa. Tal como se expresa en las últimas páginas, asistimos a muchos temas y muchos personajes que bajo la fabulación “verdadera” de esta crónica ficcionalizada, nos permiten acercarnos ya no sólo al retrato de la Argentina de los años cuarenta y cincuenta en torno a esta masacre histórica enmarcada en la llamada “Revolución Libertadora”, sino también a dramas personales que recogen en buena medida los de vidas invisibilizadas por la Historia y que no necesariamente están directamente relacionadas a los fusilamientos o a su documentación y denuncia.  El centro de la narración es el drama de Berele (niño)\Bernardo (adulto), un periodista que rastrea  la vida y las circunstancias de la muerte de su padre, mientras intenta hacerse cargo de una carga familiar judía plagada de mujeres fuertes, hombres torturados, perseguidos, exiliados y discriminados e incluso una adolescente suicida e incestuosa.
La verdadera crónica falsa es, por tanto, una novela sobre el fracaso, el desengaño y el extrañamiento que derivan de la imposibilidad de pertenencia a un país y de fe por una causa política o un líder que nos exima de tanta violencia acumulada. 
Sin embargo, como sucede también en otra obra de Szichman (La región vacía. Madrid: Verbum, 2014), perdura el amor como recurso inextinguible.  Bernardo sabe que sin su compañera Laura esta verdadera crónica falsa sería imposible de escribir.  Quizá,  en esta  obra, el amor no es sino el último recurso de los desarraigados de la historia.   
La verdadera crónica falsa es, así,  un fino mosaico de personajes y eventos que a ratos con sarcasmo, a ratos con ternura, nos siguen hablando de la dimensión humana de todos los horrores que nos habitan desde la memoria. 
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Del análisis de La Verdadera Crónica Falsa por Gerardo Barcia Palacios:
   Todo acontecimiento histórico esconde historias aledañas. Historias que, por un motivo u otro, perdieron protagonismo o se eclipsaron por otras de mayor trascendencia. Pero que no por ello son menos fascinantes, indignantes o perturbadoras. En muchos casos, además, una historia trascedente puede estar tan relacionada con su aledaña que ambas existen para justificarse mutuamente. Son un abanico holístico que visto en retrospectiva, se dan sentido y conviven de forma existencial.
En esta tercera edición o tercer intento (probablemente Mario leyó alguna vez a Miles Davis: “Si no te equivocas, te equivocas”) nos propone un rediseño que permite adivinar lo que vivieron muchas familias judías en la Argentina de aquellos años y permite además, conocer las matanzas sin sentido que muchos regímenes cometieron en nombre de nada. Cayeran quienes cayeran: culpables e inocentes.
Transitada por personajes que se van desarmando y rearmando a sí mismos, como la recomposición en cámara lenta de un jarrón que cae al suelo cuando se regresa el tiempo en un video, el relato plantea un enigma existencial de un personaje (Bernardo) que intenta descifrar los sucesos acontecidos aquella madrugada de junio de 1956, principalmente porque uno de ellos, que además resulto muerto, era su padre.
Para ello, junto con su compañera Laura, descubre de la mano de los protagonistas sobrevivientes qué sucedió realmente aquella noche y qué llevó a su padre a morir fusilado por error. En ese viaje, mediante una técnica narrativa que recuerda a una colección de puzles de flashbacks superpuestos, se va descubriendo no solo la historia real contada desde muchas perspectivas, sino que, curiosamente, Bernardo termina encontrándose consigo mismo y con su antepasado judío.
Ignoro las ediciones anteriores, pero esta última es sin duda una novela que recomendaría leer y que estoy seguro, como me ha pasado a mí, se devorará en menos de dos días.
Personalmente ha sido una fortuna para mí descubrir esta edición de la novela. Probablemente como venezolano que sabe que existen muchas historias aledañas que nunca serán contadas. O, quizá, simplemente por tener la oportunidad de leer nuevamente la magia que nos regala Mario con cada escrito.



[i] University of Missouri Press, Columbia, 1989.
[ii] Borges the Jew, State University of New York Press. 2016.

miércoles, 12 de julio de 2017

Reseñas de "La verdadera crónica falsa" por Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios




Agradezco a mis entrañables amigos Magdalena López y Gerardo Barcia Palacios, por estas reseñas de mi primera novela La verdadera crónica falsa, en su tercera reedición. He aprendido de esas críticas, de su honestidad.
 Como ha ocurrido con Los años de la guerra a muerte, una vez más, la edición de la profesora Carmen Virginia Carrillo convirtió un patito feo en un cisne. Las dos anteriores versiones de la novela puedo ya excluirlas de una especie de prontuario donde ubiqué varios textos escasamente redimibles. En la época en que las escribí no existían las computadoras, o esa maravillosa tecla que dice delete, borrar.
Creo que he enmendado mi falta. Al menos me queda el consuelo de que logré reparar. Y en materia de amistad, y de amor, esa es, quizás, la palabra más bella del diccionario. M.S.

Reseña de La verdadera crónica falsa de Mario Szichman
Por Magdalena López

           
Quizá, la médula de eso que llaman la Historia con mayúscula, no radica sino en las miles de historias de personajes difíciles de encajar en grandes relatos épicos. Tal es el caso del padre de Bernardo, un socialista argentino y judío de origen polaco que, como mal héroe, es fusilado por equivocación después de ser detenido junto a un grupo de peronistas cuando miraba una pelea de boxeo por televisión la noche del 9 de junio de 1956. 
Los fusilamientos en José León Suárez de aquel año han llegado hasta nosotros a través de la pluma de Rodolfo Walsh, en su ya mítico libro de no ficción, Operación masacre (1957); sin embargo, lo que encontramos en la novela de La verdadera crónica falsa (BookBaby, tercera edición 2017) de Mario Szichman es otra cosa. Tal como se expresa en las últimas páginas, asistimos a muchos temas y muchos personajes que bajo la fabulación “verdadera” de esta crónica ficcionalizada, nos permiten acercarnos ya no sólo al retrato de la Argentina de los años cuarenta y cincuenta en torno a esta masacre histórica enmarcada en la llamada “Revolución Libertadora”, sino también a dramas personales que recogen en buena medida los de vidas invisibilizadas por la Historia y que no necesariamente están directamente relacionadas a los fusilamientos o a su documentación y denuncia.  El centro de la narración es el drama de Berele (niño)\Bernardo (adulto), un periodista que rastrea  la vida y las circunstancias de la muerte de su padre, mientras intenta hacerse cargo de una carga familiar judía plagada de mujeres fuertes, hombres torturados, perseguidos, exiliados y discriminados e incluso una adolescente suicida e incestuosa.
A través de recuerdos, varios testimonios, caricaturas, fotografías y los textos de un diario, Bernardo atestigua el proceso “de toda esa generación, frustrada y liberal (….) que había formado comités de lucha antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, elegido a Braden en contra de Perón y que terminó decepcionándose con Stalin”.
La verdadera crónica falsa es, por tanto, una novela sobre el fracaso, el desengaño y el extrañamiento que derivan de la imposibilidad de pertenencia a un país y de fe por una causa política o un líder que nos exima de tanta violencia acumulada. 
Sin embargo, como sucede también en otra obra de Szichman (La región vacía. Madrid: Verbum, 2014), perdura el amor como recurso inextinguible.  Bernardo sabe que sin su compañera Laura esta verdadera crónica falsa sería imposible de escribir.  Quizá,  en esta  obra, el amor no es sino el último recurso de los desarraigados de la historia.   
La verdadera crónica falsa es, así,  un fino mosaico de personajes y eventos que a ratos con sarcasmo, a ratos con ternura, nos siguen hablando de la dimensión humana de todos los horrores que nos habitan desde la memoria. 

Análisis de La Verdadera Crónica Falsa
Gerardo Barcia Palacios

            Todo acontecimiento histórico esconde historias aledañas. Historias que, por un motivo u otro, perdieron protagonismo o se eclipsaron por otras de mayor trascendencia. Pero que no por ello son menos fascinantes, indignantes o perturbadoras. En muchos casos, además, una historia trascedente puede estar tan relacionada con su aledaña que ambas existen para justificarte mutuamente. Son un abanico holístico que visto en retrospectiva, se dan sentido y conviven de forma existencial.
            Y estas historias aledañas merecen ser contadas. Es el caso de la novela que nos regala Mario Szichman: La Verdadera Crónica Falsa. En esta novela, se narra las peripecias de un grupo de sobrevivientes de los fusilamientos registrados en el basural de José León Suárez, en las afueras de Buenos Aires, en 1956, tras una frustrada insurrección peronista contra el régimen militar liderado por el general Pedro Eugenio Aramburu, y los avatares de una familia judía, uno de cuyos integrantes muere en los fusilamientos.
            En esta tercera edición o tercer intento (probablemente Mario leyó alguna vez a Miles Davis: “Si no te equivocas, te equivocas”) nos propone un rediseño que permite adivinar lo que vivieron muchas familias judías en la Argentina de aquellos años y que permite, además, conocer las matanzas sin sentido que muchos regímenes cometieron en nombre de nada. Cayeran quienes cayeran: culpables e inocentes.
            Transitada por personajes que se van desarmando y rearmando a sí mismos, como la recomposición en cámara lenta de un jarrón que cae al suelo cuando se regresa el tiempo en un video, el relato plantea un enigma existencial de un personaje (Bernardo) que intenta descifrar los sucesos acontecidos aquella madrugada de junio de 1956, principalmente porque uno de ellos, que además resulto muerto, era su padre.
Para ello, junto con su compañera Laura, descubre de la mano de los protagonistas sobrevivientes qué sucedió realmente aquella noche y qué llevó a su padre a morir fusilado por error. En ese viaje, mediante una técnica narrativa que recuerda a una colección de puzles de flashbacks superpuestos, se va descubriendo no solo la historia real contada desde muchas perspectivas, sino que, curiosamente, Bernardo termina encontrándose consigo mismo y con su antepasado judío.
            Ignoro las ediciones anteriores, pero esta última es sin duda una novela que recomendaría leer y que estoy seguro, como me ha pasado a mí, se devorará en menos de dos días.
            Aunque el comienzo resulta un poco “flojo” y cuesta un poco seguirle la pista, en menos de veinte páginas engancha y enamora. Quizá por sus entrañables y elaborados personajes, siempre en conflicto bidireccional: con ellos mismos y con el entorno. Quizá por su contenido de constantes evaluaciones psíquicas de personajes que ven distintas realidades y que se yuxtaponen durante la obra a veces hasta con acciones o pensamientos absurdos. O quizá por la magia de simplemente enhebrar el final escabroso de algo que ya sucedió, pero que el lector espera cambiar leyéndolo.
            Personalmente ha sido una fortuna para mí descubrir esta edición de la novela. Probablemente como venezolano que sabe que existen muchas historias aledañas que nunca serán contadas. O, quizá, simplemente por tener la oportunidad de leer nuevamente la magia que nos regala Mario con cada escrito.

Gerardo Barcia Palacios
                                               En Madrid, 26 de Marzo de 2017


domingo, 9 de julio de 2017

Interpretando la banalidad del mal. Un testigo privilegiado del juicio a jerarcas nazis


Mario Szichman
Richard W. Sonnenfeldt

Richard W. Sonnenfeldt, quien huyó de la Alemania nazi cuando era un adolescente, fue el jefe de los intérpretes de la fiscalía de Estados Unidos en el juicio de Nuremberg contra varios jerarcas del régimen liderado por Adolfo Hitler.
En 1945, a los 22 años de edad, y tras una serie de peripecias,  debió confrontar a casi dos docenas de jerarcas nazis, entre ellos a Herman Goering, el segundo en la jerarquía del Tercer Reich después de Hitler, a Joachim von Ribbentrop, el ministro de Relaciones Exteriores del Führer, al industrial Albert Speer, encargado de la manufactura de material bélico, y a Rudolph Hoess[i] el comandante del campo de exterminio de Auschwitz.
Richard Sonnefeldt viajó con su hermano Helmut a Gran Bretaña en 1938, para estudiar en un colegio. La idea era fijar residencia, a fin de traer al resto de su familia, luego que las Leyes de Nuremberg de 1935 convirtieron a los judíos en parias, al abolir sus derechos como ciudadanos y excluirlos de toda clase de empleos. (Las leyes se aplicaron luego a alemanes de origen africano, y a gitanos).
Richard fue internado en un campamento, acusado de ser un “enemigo alemán”, y despachado a Australia. (Su hermano Helmut, entonces de 14 años, recibió permiso para quedarse).
Tras llegar a Australia, Richard Sonnenfeldt expresó su deseo de luchar contra los nazis, y fue puesto en libertad. Inició entonces un larguísimo viaje en que visitó cinco continentes y sobrevivió a un ataque con torpedos. En 1941 logró llegar a Estados Unidos, donde se reunió con su hermano y con sus padres, quienes lograron huir a Suecia, instalándose luego en Baltimore, Estados Unidos.
Tras obtener la ciudadanía norteamericana, Sonnenfeldt fue reclutado por el ejército. Luchó en la batalla de las Ardenas, una de las más sangrientas de la segunda guerra mundial, y participó luego en la liberación del campo de exterminio de Dachau.
Un mes más tarde, el general William J. Donovan, director de la Oficina de Servicios Estratégicos,  precursora de la CIA, escogió a Sonnenfeldt para que trabajara como intérprete en el proceso a los dirigentes nazis que se llevó a cabo en la ciudad de Nuremberg. 


En su autobiografía Witness to Nuremberg (2006, Arcade Publishing), Sonnenfeldt dijo que su primer interrogatorio fue el de Goering, a quien Hitler había designado como sucesor, aunque luego ordenó su ejecución, por desobedecer órdenes en los días finales de su régimen.
Durante el encuentro, señaló Sonnenfeldt, sintió como si “el refugiado judío que yo había sido en una época, me estaba tironeando de la manga de la camisa”.  
Pese a su nerviosismo, el joven de 22 años decidió enfrentarse al que fuera uno de los hombres más poderosos y crueles de Alemania, fijándole las reglas que debería seguir. “Cuando yo hable, usted no me va a interrumpir”, le dijo a Goering. “Usted espera hasta que yo concluya. Y cuando usted quiera decir algo, lo escucharé, y decidiré si es necesario traducir sus palabras”.
Eso se lo dijo Sonnenfeldt a quien había sido el primer comandante de las SA, las milicias nazis, el organizador de la Gestapo, como una fuerza nacional de terrorismo, presidente del Reichstag cuando se proclamaron las leyes raciales de Nuremberg, y el organizador de los bombardeos a Roterdam. Pero el intérprete tenía también una cuenta que saldar a nivel personal. “Goering ordenó que mi padre fuese puesto en un campo de concentración, aunque después ordenó su liberación, pues mi padre había sido condecorado con la Cruz de Hierro en la primera guerra mundial”.
La  audacia de Sonnenfeldt para enfrentarse a un preso con las credenciales de Goering provenía de una frase de Churchill, y de la captura de un general alemán en la que había participado. La frase de Churchill era la siguiente: “los alemanes suelen arrojarse a la garganta, o tenderse a los pies del enemigo”. En cuanto al general capturado, exigió a Sonnenfeldt que no lo obligara a viajar en la parte trasera de un camión donde iban sus subordinados. Sonnenfeldt aceptó el pedido y obligó al general a caminar delante del camión, rumbo al campamento de prisioneros, situado a gran distancia.

LIDIANDO CON LOS SEÑORES ASESINOS


Juicio de Nuremberg

La táctica con Goering fue no solo establecer las reglas del juego, sino burlarse de su apellido. Sonnenfeldt se dirigió en cierta ocasión al que había sido Reich Marshall de Alemania como “Herr Gering”, que en alemán significa “don nadie”.  Goering miró al intérprete con odio y le aclaró que ese no era su apellido.
Sin embargo, pronto se estableció una empatía entre ambos. Inclusive Goering insistió en que Sonnenfeldt siguiera siendo su intérprete cuando uno de sus jefes quiso trasladarlo a otra sección.
Una de las primeras tareas de los carceleros de Goering fue acabar con su drogadicción. Solía consumir unas cuarenta píldoras diarias de un derivado de la morfina. Pese a que la desintoxicación afectó su salud, no alteró su agudeza mental. Goering prometió decir toda la verdad, y nada más que la verdad, pero negó sistemáticamente las acusaciones de la fiscalía. Dijo estar dispuesto a asumir toda la responsabilidad por todo lo que había sido hecho en su nombre, aunque, según dijo el intérprete, “negó conocimiento de virtualmente todo lo que había sido hecho en su nombre”.
En realidad, para Goering, la culpa de todas las fechorías del régimen debía atribuirse a otros. Entre quienes habían presuntamente engañado a Goering u ofrecido falsa información figuraban de manera prominente Heinrich Himmler, líder de las SS, un grupo paramilitar encargado del control de los campos de concentración, o Martin Bormann, uno de los más estrechos colaboradores de Hitler. La ventaja era que Himmler se había suicidado, y Bormann figuraba como desaparecido.
 Una de las tareas de Sonnenfeldt era mostrarle al prisionero alguno de los documentos capturados en que aparecían sus órdenes, firmadas de su puño y letra. Goering lo miraba fijo sin abrir la boca, o se encogía de hombros.

Incendio del Reichstag

En cierta ocasión, el general Franz Halder, quien fue testigo contra los nazis en el juicio de Nuremberg, dijo que había cenado con Hitler y Goering en la sede del Führer en Prusia oriental. Ante una docena de invitados, Goering dijo que él había ordenado incendiar el Reichstag, la sede del parlamento alemán. Los nazis habían acusado del incendio a los comunistas. El episodio sirvió a Hitler para suspender la mayoría de las libertades civiles en Alemania, incluyendo el habeas corpus, la libertad de expresión, la libertad de prensa, el derecho de libre asociación  y el secreto en las comunicaciones por correo y telefónicas.
Cuando Sonnenfeldt le mostró a Goering la declaración de Halder, el ex dirigente nazi respondió: “Oh, esa fue una broma que le hice a Hitler”. Y el intérprete le respondió: “¿Podría decirme otra de las bromas que le hizo a Hitler”?
Por una vez, señaló Sonnenfeldt, “Goering se quedó sin saber qué decir”.

LA CONDICIÓN HUMANA

Algunos de los jefes nazis eran de un sadismo increíble. Sonnenfeldt conversó en cierta ocasión con el hijo de Franz Ziereis, comandante del campo de exterminio de Mauthausen. El joven le dijo que su padre era bueno, pero se quejó de que al cumplir diez años, Franz Ziereis le regaló un rifle, y luego trajo a seis prisioneros, los puso contra una pared, y lo obligó a disparar contra ellos.
“Demoré mucho tiempo en hacerlo”, dijo el joven. “Fue muy difícil, y no me gustó la tarea”.
El intérprete descubrió luego que el rifle era de un pequeño calibre. “El comandante Ziereis había inventado ese particular pasatiempo pues de esa manera se necesitaban docenas de balazos para matar prisioneros”.
En otra oportunidad, Sonnenfeldt interrogó a Rudolf Hoess, comandante del campo de concentración de Auschwitz. Cuando le preguntó si era cierto que había ordenado el exterminio de tres millones y medio de seres humanos, Hoess se enfureció. “No, no es cierto”, dijo. “Solo fueron dos millones y medio. El resto fallecieron por otras causas”. ¿Y cuáles eran esas causas? “Enfermedades, epidemias imposibles de frenar, y hambrunas que causaban el colapso físico, cuando no podíamos alimentar a los reclusos”.
Durante mucho tiempo, Hoess intentó ocultar a su esposa las tareas en que estaba involucrado. Finalmente, decidió sincerarse. “Entonces”, dijo Hoess, “ella abandonó la cama y nunca más permitió que la tocara. Pero yo encontré una joven prisionera. Ella nunca me hizo preguntas”.
Sonnenfeldt expresó su asombro por la personalidad de los dirigentes nazis juzgados en Nuremberg. A excepción de Goering, del exministro de armamentos Albert Speer, o de Hjalmar Schacht, considerado el zar de las finanzas en la primera época del nazismo, el resto se caracterizaban “por la mediocridad, la falta de distinción en materia de intelecto, conocimiento o perspicacia”. La carencia de educación estaba acompañada por la ausencia de carácter. “No tenían integridad alguna. Eran serviles con sus superiores y arrogantes con el resto”.
Esas fueron las figuras que dirigieron los destinos de Alemania entre 1933 y 1945, hasta el colapso final del Reich. Doce años se prolongó la cruel aventura nazi, aunque el sueño de Hitler había sido crear un Reich capaz de durar mil años.





[i]  No confundir con Rudolph Hess, quien fue designado segundo de Hitler en 1933. En 1941, Hess huyó a Escocia en un intento por negociar la paz con el Reino Unido durante la segunda guerra mundial. Fue tomado prisionero, acusado en el juicio de Nuremberg de crímenes contra la paz, y condenado a cadena perpetua. Se suicidó en la cárcel, a los 93 años de edad.

miércoles, 5 de julio de 2017

¿Cuantas vidas debemos vivir antes de morir? Las primeras quince vidas de Harry August


Mario Szichman





“Will I survive?
Can I remember?
Do I want to remember?”[i]
The First Fifteen Lives of Harry August

En Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift nos enseñó que la inmortalidad es una maldición, y que morir al ritmo de nuestros semejantes es un requisito indispensable.
Las guerras, las revoluciones, acortan drásticamente las vidas. En mi novela Eros y la doncella señalé las discrepancias de las muertes registradas durante la Revolución Francesa. Gatos y perros sobrevivían a sus dueños. Los hijos sobrevivían a sus padres. En escasas ocasiones, caritativos extraños los integraban a sus familiares. Las mujeres peleaban por conquistar hombres, que mermaban súbitamente tras las primeras batallas o depositaban su cabeza en el cesto de la guillotina.
¿Cuál sería la contrapartida? Según Swift, el surgimiento de inmortales, cuya única razón de vida era prolongar el displacer. Una vez superada la longevidad prevista —en la época de Swift era de unos setenta años— los inmortales se convertían en seres despreciables. El precio de la sobrevivencia era una feroz apatía en su trato con los mortales.


El tema de los inmortales, o de los seres capaces de morir y resucitar en varias ocasiones, es un subgénero de la literatura bastante antiguo. En el último medio siglo, el subgénero amenaza convertirse en un género, especialmente en el mundo de habla inglesa. Están los clásicos del siglo diecinueve y comienzos del veinte, como Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, o La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Y tenemos luego Time After Time, de Jack Finney, Bid Time Return, de Richard Matheson, y Breakthrough y Replay de Ken Grimwood, la segunda, una novela excepcional.

Claire North

Más que la inmortalidad, los narradores se muestran seducidos por las múltiples vidas. Como en el caso de The First Fifteen Lives of Harry August, de Claire North, seudónimo de la narradora inglesa Catherine Webb.
Las primeras quince vidas permiten a Harry August transitar la mayor parte del siglo veinte, y hasta observar la destrucción de las Torres Gemelas del World Trade Center registrada el 11 de septiembre de 2001.
La reiterada concepción de Harry ocurre en 1918. Su padre biológico, Rory Edmond Hulne, furioso por la infidelidad de su esposa, viola a una criada “en veinticinco minutos de ignominiosa pasión”, y la deja embarazada. Rory Hulne pertenece a una familia rica. Para ocultar el escándalo, se entrega al niño en adopción a Patrick y Harriet August.
Harry crece, se convierte en un adolescente brillante, luego en adulto, y en anciano, y empieza a morir sus múltiples vidas. Cada resurrección tiene el mismo punto de partida. La concepción en la cocina de los Hulne, el nacimiento de Harry en un baño de mujeres de una estación ferroviaria, la infancia en el hogar de los August, la vigilancia del niño por parte de los Hulne para que no cometa indiscreciones, o descubra quien es su padre.
La narradora aprovecha el background europeo para narrar las aventuras de Harry en distintas capitales. En sus diferentes vidas Harry estudia biología, química, física. Aunque su concepción y nacimiento nunca cambian, su conocimiento se profundiza, y comienza a circular en las altas esferas del intelecto.
En una de esas vidas es designado profesor de física en la universidad de Cambridge, donde conoce a un brillante joven, Vincent Rankis. Se hacen amigos, y al cabo de un tiempo, ambos descubren que son ouroboranes, seres destinados a varias resurrecciones.
La raza de los ouroboranes se va extinguiendo. Además, hay maneras de borrar sus memorias, y hacerlos renacer sin recuerdos. Los ouroboranes han creado clubes exclusivos, pero guerras y epidemias han disminuido su número. Vincent Rankis es además mnemónico, y tiene prácticamente en sus manos el destino del mundo. Su único rival es Harry August, quien es capaz de recordar y acrecentar sus conocimientos en el transcurso de sus variadas vidas.
De esa manera, la novelista nos transporta al mundo del doctor Jekyll y del señor Hyde. La amistad de Harry con Vincent se convierte en una dilatada pelea a muerte. La única forma de salvación para Harry es conservar los recuerdos. La tarea de Vincent es eliminarlos y crear “el espejo de quantum”, donde “cuando alguien contempla en profundidad, descubre que Dios lo está contemplando”, reiterando la metáfora de Nietzche de que cuando observamos el abismo, el abismo nos devuelve la mirada.
El Quantum Mirror tiene como función crear un simulacro del universo en cualquier época. Y, como explica el némesis de Harry, permitirá al usuario observar el universo como si fuera un dios.
North hace juegos de malabarismo con la historia y con las peripecias de Harry. En una de sus vidas, Harry descubre una aceleración de la historia. Las computadoras aparecen diez, quince años antes de lo previsto, así como las bombas atómicas, los teléfonos celulares, la televisión en color, los misiles transcontinentales. Y esa aceleración trastorna el mundo en su totalidad.
Es obvio que los ouroburanes que circulan en las distintas vidas de Harry August son un recurso de la novelista para enfrentar el tedio. Ya eso había preocupado previamente a Jonathan Swift cuando abominó de los inmortales. Son, en cierta medida, como esos personajes de Samuel Beckett, que surgen en el escenario para articular una réplica. Aunque, en este caso,  exhiben las estériles, inagotables formas de una vida sin final.
La vida es desafío y el Creador, o algún otro ente similar, nos ofrece alternativas para enfrentar el conflicto en un lapso determinado, generalmente en tres actos. Pero ¿qué clase de reto existe cuando nuestras necesidades básicas son satisfechas, y ni siquiera debemos preocuparnos por el más allá, pues siempre podemos retornar al más acá?
Al cabo de varias vidas, inclusive los sucesos futuros carecen de impacto, pues ya los hemos contemplado antes. No es lo mismo avanzar hacia un futuro desconocido, que siempre nos brinda esperanzas, que transitarlo nuevamente enterados de lo que ocurrirá. Basta recordar lo acaecido con la destrucción de las Torres Gemelas del World Trade Center. Durante toda la jornada del 11 de septiembre de 2001, los noticieros de televisión entraron en un macabro loop, reiterando las imágenes de las torres cayendo, hasta que se hizo imposible su contemplación, además de aburrida.
Como un respiro, muchas historias se han escrito acerca del día previo a los ataques, no solo las vidas perdidas por alguna cita inesperada, sino las que se salvaron de pura casualidad. (Por ejemplo, una mujer se encaprichó con un vestido rojo que deseaba lucir en su cumpleaños y decidió esperar a la apertura de la tienda a las 9:00 de la mañana, en lugar de llegar puntualmente a su oficina situada en la Torre Norte a las 8:30. El primer avión comercial se estrelló en la torre a las 8:46 de la mañana. La mujer nunca se libró del vestido. Tampoco lo usó una sola vez).
Uno de los aspectos fascinantes de The First Fifteen Lives of Harry August es la manera en que la narradora nos permite recorrer lugares previo a eventos que ocuparon las primeras planas de los diarios. Harry August visita los impresionantes Budas de Afganistán antes que los talibanes los destruyan, combate en la segunda guerra mundial, y pasa parte del tiempo en Beijing previo al Gran Salto hacia Adelante, que causó la muerte por hambre de entre 18 y 45 millones de chinos. Harry sabe que va a ocurrir, y circula entre seres humanos ignorantes de lo que se avecina.
El recorrido del protagonista hacia el futuro es sometido a una constante indagación del pasado, permitiendo confrontar el recuerdo, hacerlo más luminoso.
Quizás algo que escasea en la novela es el romance. Circulan parejas, Harry se enamora de algunas mujeres, se casa, pero la pasión no figura entre sus intereses principales. ¿Tal vez su violenta concepción ha marcado sus múltiples vidas? ¿Es el tedio el precio que debe pagar por su reiterada resurrección.
Jonathan Swift nos ofreció una sabia lección. Cuando se trata de abandonar este mundo, es preferible no discrepar del resto. Debemos ceder el paso a las siguientes generaciones, y rogar que su longevidad no sea excesiva, ni los achaques se conviertan en un sucedáneo del infierno en la tierra.




[i] ¿Podré sobrevivir? ¿Podré recordar? ¿Deseo recordar?

domingo, 2 de julio de 2017

Los vengadores judíos


Mario Szichman



Concluí hace poco la escritura de una novela, que fue luego revisada y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo, editora de todas mis obras de ficción. Alude a un capítulo poco conocido de la resistencia judía.
Se ha escrito bastante sobre esa resistencia que peleó en Polonia y en otras partes de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. El libro Treblinka, de Jean Francois Steiner, es uno de los mejores en relación al tema.
Sin embargo, poco se menciona la otra resistencia judía que creó comandos de Nokmim, vengadores, tras cesar el conflicto. Pues esa resistencia ofrece una versión menos agradable.
Casi un millón de judíos murieron en los hornos crematorios de Treblinka antes del 2 de agosto de 1943. Ese día, 600 prisioneros, portando revólveres y granadas que habían robado o comprado de manera clandestina a traficantes de armas, atacaron a los guardias nazis, quemaron el campo y huyeron a los bosques de Polonia. De esos luchadores, sobrevivieron apenas cuarenta, tras dejar un testimonio de gran coraje.


Por cierto, la tasa de bajas cuenta con escasos precedentes. Esa lucha hasta el último combatiente se repitió luego en el gueto de Varsovia. La desigual lucha se transmutó muchas veces en suicidio. Mujeres judías solían arrojarse sobre los soldados alemanes desde las ventanas de apartamentos tras activar granadas que portaban en su ropa interior.
Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Adolf Hitler, rindió el mejor, involuntario homenaje a los combatientes, cuando dijo al Führer: “Ahora sabemos de qué son capaces los judíos cuando consiguen armas”.
En cuanto a la resistencia judía que continuó tras la derrota alemana, ha sido siempre un tema incómodo, en ocasiones tabú. Los Nokmim —vengadores— eran cazadores de nazis. Y sus métodos, raramente convencionales.
Un día, un enfermero ingresó en un hospital donde un exjerarca nazi se estaba recuperando de una operación de apendicitis. El paciente tendió el brazo al enfermero para que le hiciera una transfusión de sangre. Segundos después, sintió un aroma extraño en la habitación. Entró en convulsiones, y murió. El falso enfermero le había inyectado cuatrocientos centímetros cúbicos de querosén. 
Y después estaban las muertes misteriosas de exnazis, o los asesinatos que pasaban por percances. También hubo secuestros. La mayoría de los capturados se resignaba a su suerte. No cuestionaban a sus captores, o examinaban las acusaciones que les tendían. Varios nazis que participaron en grupos de exterminio aparecieron muertos en zanjas al costado de los caminos, atropellados por automóviles que terminaban con abolladuras y con sangre en el guardabarros delantero. Sus perpetradores solían abandonar sus vehículos a la buena de Dios.
Hubo  decenas de ajusticiados. Había escasas evidencias de juego sucio, eso hacía dificil unir los puntos, revelar un plan. ¿Por qué los cadáveres de tantos miembros de las SS afloraban en cunetas? Un exmiembro de la SS que se había encargado de asuntos judíos –deportaciones y asesinatos de prisioneros— murió incinerado en su automóvil cuando su columna de dirección quedó atascada, mientras manejaba en una carretera repleta de vehículos. Un mecánico Nokmim se había encargado de quitarle una pieza a la columna de dirección.

 MICHAEL ELKINS

LA DOBLE VIDA DE MICHAEL ELKINS

El 12 de marzo de 2001 apareció en muchos periódicos de Estados Unidos y de Gran Bretaña el obituario de Michael Elkins, quien, para toda una generación de oyentes de la BBC de Londres, era “la voz de Jerusalén”. Elkins falleció a los 84 años, tras una vida bastante aventurera. En realidad, tuvo dos vidas. La más sedentaria fue la de corresponsal de la BBC en Israel. La otra está resumida entre la portada y la contraportada de su libro Forged in Fury. Inclusive Elkins se escuda en un seudónimo para narrar sus actividades como vengador judío. El descubrimiento de ese libro fue esencial para la confección de mi novela. En realidad, toda la trama se basa en una página del libro.
En sus tareas como corresponsal de la BBC, Elkins tuvo algunos scoops, primicias, que lo hicieron famoso.
Durante “La guerra de los seis días” de junio de 1967 entre Israel y varias naciones árabes, Elkins trabajaba como stringer en Jerusalén de la BBC, de la cadena radial CBS y de la revista Newsweek. Un stringer trabaja a medio tiempo, su sueldo es bajo. De ahí la necesidad de contar con más de un empleo. Además, no es una figura muy cotizada. Pero Elkins valía sus quilates. Y además, tenía contactos en las altas esferas del gobierno israelí.
Varios de los funcionarios habían sido camaradas de la resistencia durante la segunda guerra mundial. Y uno de ellos le informó de una importante victoria de la fuerza aérea israelí contra la coalición de Egipto, Siria y Jordania. En escasas horas, los israelíes habían destruido en tierra la fuerza aérea de las tres naciones árabes.
La censura militar israelí leyó el informe de Elkins, y lo engavetó, pues había otros operativos en marcha que podían ser puestos en peligro si se divulgaba la noticia. Elkins propuso un acuerdo a los censores. Una vez permitiesen la circulación de la historia, solicitaba prioridad.
Los censores aceptaron el compromiso. Elkins pasó la información a la BBC y a CBS. La BBC transmitió de inmediato la primicia, y cuando pasaron las horas y no había confirmación alguna del episodio, varios ejecutivos empezaron a sacar resumés de los cajones de su escritorio tratando de evaluar qué otro medio periodístico los contrataría una vez fuesen despedidos.
En cuanto a la CBS, más cautelosa, guardó la copia de Elkins mientras revisaba los cables de las agencias noticiosas. No había información alguna sobre la presunta victoria israelí. Finalmente, un ejecutivo de la CBS le envió a Elkins este mensaje: “Solo usted habla de la victoria israelí. Esperemos que tenga razón”, y difundió la primicia.
Elkins nunca perdonó la afrenta de CBS. Semanas después, viajó a Nueva York. La plana mayor de CBS lo recibió en sus oficinas, y lo aplaudió por su scoop. La respuesta de Elkins a los directivos de CBS fue “Váyanse al demonio. Vine a presentar la renuncia”.
Los ejecutivos de CBS le ofrecieron toda clase de beneficios para que continuara como corresponsal. Elkins rechazó la oferta. Cuando uno de sus colegas lo elogió por su probidad, el corresponsal le dijo: “Debo confesarte que estuve muy tentado de aceptar la oferta de la CBS. Por suerte ya había obtenido una propuesta mejor de la revista Newsweek”. Elkins tenía una gran virtud: no se mentía a sí mismo.
La doble personalidad de Elkins, como la de Superman y Clark Kent, se revela en el libro Forged in Fury, que publicó en 1971. Allí menciona una organización de vengadores judíos, integrada por unos 50 miembros, y cuyo acrónimo era DIN, palabra en hebreo que significa “juicio”. El grupo fue formado en Europa, en 1945. Según el autor, la tarea de DIN era matar “a los asesinos de judíos”: exnazis, hombres de las SS, personal superior en los campos de exterminio, así como homicidas que lograron retornar a la vida civil y nunca recibieron castigo.
Tras la guerra, funcionarios de Estados Unidos y Gran Bretaña identificaron a más de trece millones de alemanes que formaban parte del aparato de exterminio del Tercer Reich. Sin embargo, todo quedó reducido a veinticuatro individuos que fueron ejecutados tras el juicio de Nuremberg.
La tarea de los 50 vengadores judíos parecía absurda. ¿Cómo imponer la justicia contra esa gigantesca maquinaria de moler carne que fue el Tercer Reich? Se ejecutaron algunas venganzas, y sus perpetradores nunca fueron encontrados. En su libro Forged in Fury, Elkins cambió los nombres, sitios de operaciones y fechas, para proteger a sus compañeros. Pero uno de los miembros del DIN, Arnie Berg, un norteamericano, se parece demasiado a Elkins.
El periodista tuvo una vida muy aventurera, que explica su otra personalidad. A comienzos de la guerra, trabajó en Europa para la OSS, precursora de la CIA. Se sabe que fue despachado a varios puntos del continente, a fin de trabajar detrás de las líneas enemigas. También presenció la liberación del campo de exterminio de Dachau, por parte de tropas norteamericanas. Tras observar las pilas de cadáveres y los esqueléticos sobrevivientes, redescubrió sus raíces judías, y planeó la venganza.

LA PERSISTENCIA DE LA VENGANZA

En 1947, dos años después de concluir la guerra, Elkins conoció en Nueva York a Teddy Kollek, quien luego sería alcalde de Jerusalén. Kollek estaba encargado del envío de armas a la Haganah, una organización paramilitar judía durante el Mandato Británico de Palestina (1921—1948). La Haganah se convirtió luego en el núcleo de las Fuerzas de Defensa de Israel.
Elkins pasó a ser uno de los lugartenientes de Kollek. El FBI empezó a seguirle la pista a Elkins, descubrió sus tareas clandestinas, y el periodista tuvo que huir a Israel con su esposa Martha, en 1948.
Como señalé antes, en su libro Forged in Fury, Elkins cometió un pequeño desliz. Uno de los vengadores que describe, Arnie Berg, se parece demasiado a él.
Y Arnie Berg es protagonista de una historia que creció en mi novela hasta convertirse en el núcleo central.
En su libro, Elkins brinda un testimonio que causó gran sensación en Canadá, en la década del setenta. Un ciudadano pidió a las autoridades policiales que investigaran el alegato del autor.
Hacia el final de Forged in Fury, se describe un asesinato cometido por Arnie Berg contra un ciudadano de origen estonio en Winnipeg.
Esto es lo que dice el texto: "Arnie Berg viajó de Sudamérica a Canadá y de allí a Winnipeg, para llegar antes que Alexander Laak pudiese huir, temiendo las represalias por los cien mil judíos que ordenó asesinar cuando era comandante del campo de exterminio de Jagala, en Estonia.
“Berg llevó a Laak a su garaje en su vivienda suburbana, y le informó cómo lo asesinaría. Y también a su esposa, cuando ésta regresara del cine. Luego de unos quince minutos de conversación, Laak rogó que le permitiera suicidarse ´de manera decente´. Entonces Berg le tendió una soga, y lo dejó colgando” de una viga de su garaje… “Un claro caso de suicidio”.
La investigación policial sobre “el asesinato” de Alexander Laak fue abandonada tras algún tiempo. Periodistas y fanáticos de las novelas policiales determinaron que se trataba de un invento de Elkins. Uno de ellos dijo que era “una fantasía de Nintendo”. Tal vez Michael Elkins soñaba con transformarse en un autor de novelas policiales y para eso practicó sus dotes en ese libro de non fiction.  
El episodio sobre el presunto asesinato de Laak despertó mi interés. Y el final de mi novela hice viajar al protagonista a Winnipeg, para matar a quien fuera “kapo” del campo de concentración de Jagala. También el personaje se “suicidaba” luego que el protagonista lo amenazaba con asesinar a su esposa. En realidad, no se trataba de un suicidio…
En mi novela, la muerte del verdugo del campo de concentración servía para reunir a dos amantes. Sin embargo, todo el episodio me sigue causando gran malestar.

… Veinte años después de que la policía canadiense desestimó las revelaciones de Elkins, vi esta “Nota del Editor” en un blog; “Alexander Laak was indeed murdered, according to police and media reports.” Alexander Laak fue en realidad asesinado, según informes de la policía y de la prensa.
Sigo pensando que la venganza puede satisfacer a sus perpetradores, pero no es justicia.