domingo, 8 de mayo de 2016

Tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos


Mario Szichman

Para Gisela Salomón
Ana María Carrano
Marcos Salas
Y Douglas Berrueta




Edna Buchanan ha escrito muy buenos trabajos sobre el crimen en el Sur de la Florida. Cubrió durante  dieciséis años en The Miami Herald lo que llaman the police beat, la información policial. Sus libros se devoran de una sola sentada.   
Tal vez su texto más famoso es The Corpse Had a Familiar Face, pues no solo narra la infinita capacidad del ser humano para estropearle la vida al prójimo, sino también su experiencia como newcomer. Buchanan es oriunda de Paterson, New Jersey. En julio de 1961 visitó Miami, para unas vacaciones de dos semanas, y se quedó de por vida.
Todo es exagerado en Miami, nos informa la cronista. “las nubes, los colores demasiado brillantes para ser reales, el calor, la violencia. Las cosas feas son más feas en Miami, pero la belleza quita el aliento, enamora de por vida”.   
Durante su permanencia en The Miami Herald, Edna Buchanan cubrió más de cinco mil homicidios. Algunos de los muertos tenían caras conocidas. Varios habían sido sus amigos. La narradora es un poco como la visitante del más allá. La mayor parte de su vida transitó entre seres que habían enmudecido para siempre. Es un inquietante oficio el de cubrir the police beat, no es recomendable.
En noviembre de 2009, con mi esposa, Laura Corbalán, decidimos probar en ese lugar que, de acuerdo a los cínicos, es sensacional, porque está muy cerca de los Estados Unidos. Nos mudamos de Guttenberg, New Jersey, a Sunny Isles, al norte de Miami. Abandonamos la primera tormenta de nieve, y tropezamos con un sitio junto al mar breathtaking, para cortar el aliento. Luego nos mudamos en otras dos ocasiones, acercándonos cada vez más a Miami Beach. Un sitio era más espectacular que otro. Y sin embargo, y sin embargo… Sigmund Freud decía que sólo un demente intenta darle explicación a la vida. Y que la búsqueda de la felicidad es tan absurda como desear esclarecer los secretos de nuestra existencia. En Miami no estaba la felicidad.
Exactamente un año después, en noviembre de 2010, abandonamos el sur de La Florida y regresamos a Guttenberg, New Jersey. Al mismo lugar de donde habíamos partido. Nuevamente nos aguardaba la nieve, calles encharcadas de fango, días grises y –río Hudson de por medio– el panorama íntegro de Manhattan, desde el Verrazano Bridge, al sur, hasta el George Washington Bridge, al norte.   
Durante el año en Miami, mientras Laura trabajaba con sus pacientes por teléfono y por Skype, y se encargaba de Clinical Studies, la revista de psicoanálisis que dirigía, me dediqué a escribir crónicas para el diario Tal Cual de Caracas, y seguí trabajando en mis novelas. O, en lo que un ensayista francés (¿sería Jacques Derrida?) consideraba la diseminación de textos. La idea es que después del primer libro, durante el resto de nuestras vidas, nos dedicamos a ampliar las ideas de la producción inicial. Proliferan los intentos, y algunos de ellos, fructifican.
Consideré plausible hacer fructificar, en esa etapa, un libro de ensayos ampliando las crónicas mayameras. Es una pena que Juan Carlos Onetti me haya ganado de mano con su cuento El infierno tan temido. Me hubiera gustado titular el libro Miami: el infierno tan temido. También podría haber usado la frase de Jean Paul Sartre, creo que figura en una de sus obras de teatro: “El infierno son los demás”.
¿Y por qué no escribir una novela, con un setting similar al de El poder y la gloria? Después pensé que la novela de Graham Greene podía ayudar solo en la parte del calor. El calor ayuda a un escritor. Provee a sus personajes con una serie de props. En esos climas son inagotables las botellas de cerveza, el gesto de acariciar la frente con la botella de cerveza, los sombreros Panamá. Pero el calor no ayuda a escribir sobre Miami. Uno se refugia en un mall y de inmediato teme contraer una neumonía. ¿Qué tal Miami: pesadilla de aire acondicionado? Pero el título le pertenece a Henry Miller, así que es mejor descartarlo.
Creo que el territorio más fecundo que ofrece Miami a un narrador es el del policial. Cuando más noir, mejor. Aunque también hay un obstáculo: las magníficas vallas narrativas erigidas por Carl Hiassen y Charles Willeford. Quizás otros narradores estimulan nuestra inspiración, pero Hiassen y Willeford solo espolean el plagio. ¿Cómo se hace para imitarlos? ¿Quién es capaz de superarlos?  
Hiassen es desopilante cuando describe las infinitas trácalas de muchos mayameros para engañar al fisco. (Me gustan Skinny Dip y Tourist Season, pero todas sus novelas son de primera). Willeford observaba buena parte de su mundo a través del policía Hoke Moseley (humano, excesivamente humano). Miami Blues es una novela perfecta, favorecida con la presencia de Freddy “Junior” Frenger, uno de los grandes psicópatas en la historia de la literatura norteamericana, y posiblemente mundial. Como en el caso de Hiassen, no ha escrito una sola novela mediocre. Me gusta esta frase de una reseña de Miami Blues aparecida en The New Yorker: “El señor Willeford nunca da un paso en falso”.
¿Dónde descubren esos autores la trama de sus novelas? Supongo que leyendo The Miami Herald. Inclusive Hiassen es columnista del periódico, aunque sus crónicas no son muy  brillantes. En sus novelas, Hiassen ni comenta ni critica, deja simplemente que sus personajes, especialmente los villanos, desplieguen su talento para desfalcar o asesinar. Pero en sus crónicas Hiassen abandona la ironía y prefiere expresar su indignación.
Willeford  (1919–1988), tenía una ventaja sobre Hiassen: era un transplantado. Había nacido en Little Rock, Arkansas. Para él, como para Edna Buchanan, el sur de la Florida era un sitio para confrontar con su lugar de origen. Por cierto, la mayor parte de la carrera literaria de Willeford se concretó fuera de la Florida. Y aunque todas sus ficciones policiales, cortas y largas, son muy buenas, su fama proviene de sus cuatro novelas sobre Miami: Miami Blues (1984); New Hope for the Dead (1985); Sideswipe (1987) y The Way We Die Now ( 1988). Todas están protagonizadas por el funcionario policial Hoke Moseley. Gracias a su producción final, logró que reeditaran sus olvidadas narraciones anteriores.
Con cada nueva novela sobre Miami, el autor disminuyó la investigación policial, y acrecentó la indagación psicológica. El escritor estaba fascinado con los personajes que proliferaban en el sur de la Florida en una época de violenta transición. Previamente, el policial de Miami había tenido como protagonista a Travis Mcgee, un personaje creado por John D. Macdonald.  Eran otras épocas, el protagonista vivía en una lancha atracada en un muelle, sin que a nadie se le ocurriera asesinarlo.
Willeford logró reseñar la enorme transición de Miami, una sleepy southern town, el sitio predilecto de turistas y jubilados, transmutada en el paraíso de los narcos, las fortunas suntuosas y chillonas, y los crímenes más raros del mundo.  
(Como un aparte: En una ocasión, un periodista entrevistó al escritor, y le pidió que le explicara el secreto de su abundante producción. “Es muy sencillo”, le respondió Willeford: “Nunca vaya al baño en la mañana, hasta haber escrito la primera página. De esa manera, tendrá garantizada una página por día. Al cabo de un año, contará con una novela”).  

POISONVILLE

En una crónica anterior señalaba que el innominado detective de Red Harvest, una novela de Dashiell Hammett, designaba como “Poisonville”, ciudad venenosa, al lugar donde iba a desfacer entuertos, aunque su verdadero nombre era mucho más neutral: Personville.
La primera vez que hacía una recorrida por la ciudad, el detective descubría que uno de los policías necesitaba una buena afeitada, el segundo tenía desabrochados dos botones de su raído uniforme, y el tercero dirigía el tráfico con un cigarro encendido en un costado de la boca. “Luego de eso”, decía el detective, “dejé de contemplarlos”. 
Podría comenzar una novela sobre Miami de esta manera: “Le informo al lector: ´En ciertos meses, usted no necesita paraguas en Miami´. Me pregunta el lector: ´¿Es que no necesito paraguas en esos meses por la ausencia de lluvias?´”
Por supuesto que llueve en Miami, y de manera abundante en cualquier parte del año. Si usted revisa el pronóstico meteorológico, descubrirá que siempre amenaza una isolated thunderstorm, a veces reemplazada por una scattered thundestorm. El hecho de que en Miami deba prescindir de paraguas en ciertos meses del año, es porque llegó la temporada en que por alguna extraña razón, escasean los paraguas.  
Digamos que usted lee en un aviso de una agencia turística de Key West: “¡Olvídese de su vehículo y disfrute de las dos ruedas!” Es la forma elegante de informarle que las calles de Key West son tan estrechas y están tan congestionadas de tráfico, que es mejor alquilar una bicicleta y abandonar el automóvil en la carretera o en un estacionamiento o en un valet parking, donde le cobrarán un ojo de la cara.
            Si por ejemplo le dicen en alguna zona turística: “Son las 11 de la mañana, es ya hora de disfrutar de un buen café”, el mensaje subliminal es el siguiente: “No se levante temprano. Antes de las 11 de la mañana no conseguirá un solo sitio donde le sirvan café, ni aunque se arrastre de rodillas”.
Miami y sus aledaños es el reino del make believe. Nada es lo que parece. Se trata de un brillante espejismo. Desde hace varios años es considerada la capital del fraude a Medicare y a otros servicios nacionales de salud, Emprendedores ciudadanos han desarrollado con orgullo una serie de estrategias para defraudar al estado y al público. Pero en la parlance mayamera, lo que han hecho es revolucionar la medicina y la psicoterapia contemporánea.
Algunos casos que recopilé:
            Edward Davis, un juez jubilado, descubrió en una de sus cuentas enviadas por Medicare (programa estatal de asistencia sanitaria a personas mayores de 65 años) que le habían cobrado 3.400 dólares por insertarle dos brazos artificiales. “He revisado mis brazos, y todavía cargo conmigo los obtenidos al nacer", declaró a la carta noticiosa de la AARP, la principal organización de jubilados de Estados Unidos.
            Si bien el fraude contra Medicare se practica en numerosos estados norteamericanos, la Florida es la punta del iceberg, y además se lleva un buen trozo de la parte sumergida. Por ejemplo, durante el 2009, Medicare pagó 2,4 millones de dólares a empresas que proveen equipos para activar la erección. Pues bien, un 90 por ciento de ese dinero fue a parar a empresas residenciadas en la Florida, no precisamente uno de los estados más prolíficos del país.
            Las autoridades federales estiman que anualmente, el condado Miami-Dade presenta falsos reclamos médicos por sumas de entre 3.500 y 4.500 millones de dólares. Eso incluye inexistentes o superfluos tratamientos del Sida, de la diabetes, o de enfermedades mentales. En mayo de 2010, David Marrero, propietario de una clínica en Miami, fue acusado de fraude luego de que entregó facturas a Medicare por 5,8 millones de dólares para que lo reembolsaran los gastos de no ofrecer terapia alguna a enfermos del Sida, entre los años 2005 y 2007. Más sofisticado fue el proceder de los hermanos Martín Jesús Tasis y Joaquín de Jesús Tasis, de la urbanización de Hialeah, acusados de crear clínicas para tratar a enfermos del Sida. Los pacientes tratados por los Tasis se dividían en dos categorías: aquellos que no recibían terapia, o aquellos que no la necesitaban.
            De acuerdo al FBI, la tendencia más flamante entre los estafadores médicos es cargar por servicios inexistentes en el área de la salud mental. Clínicas de Florida reclamaron a Medicare 421 millones de dólares en honorarios por atención a enfermos mentales durante el 2009. Esa cifra fue cuatro veces superior a la reclamada en el mismo período por clínicas de Texas --un estado mucho más poblado que la Florida-- y 635 veces más que en Michigan, que cuenta entre sus ciudades a Detroit, una de las más importantes de Estados Unidos.
            Wilfredo Ferrer, quien en el 2010 era fiscal federal de Miami, dijo que le avergonzaba “la dudosa reputación” de Miami como el Ground Zero de la estafa a los servicios de salud.
           
LA POLÍTICA DE LAS ZONAS ERÓGENAS

            Emilio Fernández López, de 47 años de edad, presidente de la empresa Charlie RX, y Orlando Hernández Estévez, de 25 años, presidente de Happy Trips, fueron arrestados en el 2009 por agentes del FBI en el condado de Hialeah, acusados de robar datos a pacientes y a médicos afiliados al sistema de Medicare con el propósito de presentar pedidos de reembolso de falsos honorarios por una cifra cercana a los dos millones de dólares.
            Charlie RX, la empresa de López, entregó a Medicare facturas por 689.853 dólares en reclamaciones dolosas. Eso incluía 41.000 dólares por penis pumps, una especie de diminutos infladores para causar erecciones, según informó The Miami Herald.
            Lo interesante del caso es que algunos de los beneficiarios eran mujeres. La fiscalía de Miami dijo que una de esas mujeres había reclamado cuatro sistemas de erección, demostrando que al menos en esa ciudad del sur de la Florida, el falo centrismo ha muerto.

Hay ciudades de leyenda, ciudades ficticias, ciudades que nos abruman con su presencia, otras que nos deprimen, pero ninguna de ellas obedece a nuestras expectativas, sino a las leyes de nuestra imaginación. Recorrimos con Laura los sitios que nos aconsejaron visitar, y descubrimos que hay algo peor que la indiferencia de la gran ciudad. (Sinclair Lewis prefería hablar de la “cálida indiferencia de la gran ciudad”). Las pequeñas ciudades suelen estar pobladas de habitantes con una inmediata hostilidad y abundantes sospechas hacia el recién llegado.
Si quieren saber por qué un pueblo chico es un infierno grande, deben leer Gone Girl, de Gillian Flynn. (Como diría Leonard Cohen, no es una sugerencia, es una orden). Se trata de una extraordinaria novela que puede pasar por una narración policial, aunque es, en realidad, la descripción de cómo un matrimonio se deteriora y desciende en la locura luego que la pareja abandona New York y se muda a North Carthage, Misurí. Se trata de una zona muy pintoresca donde transcurren las aventuras de Tom Sawyer, aunque parece habitada por los habitantes de The Silence of the Lambs.
Miami tenía playas en abundancia. Y gigantescos malls. Y más playas.
Todo era muy excesivo. Por lo tanto, decidimos con Laura recrear el mundo que habíamos armado en New Jersey, y volvimos a los meses de nieve, y nos cansamos de escuchar el viento aullando en las noches. Pero nunca se nos ocurrió retornar a ese sitio tan cercano a los Estados Unidos.  
Cuentan que un gran autor de novelas del Salvaje Oeste se negaba a visitar el área que describía en sus libros; prefería vivir en New York. Desdeñaba el mundo del Salvaje Oeste. Le gustaba la literatura griega y romana. Leía a Aristófanes y a Tácito en griego y latín. Un día, su editor neoyorquino le dijo que su público estaba muy desconcertado porque nunca había hecho una gira por esos lugares tan bien especificados en sus libros, y le organizó una estadía de una semana en algún lugar de Wyoming. El autor se aposentó en el hotel elegido por el editor, y durante esa semana se dedicó exclusivamente a leer sus autores griegos y latinos en el original. Nunca asomó las narices para observar el decorado o a los potenciales habitantes de sus novelas.
Los únicos lugares que habitamos están diseñados por nuestra imaginación. Cuando la realidad irrumpe de manera traumática, es mejor abandonarlos.



miércoles, 4 de mayo de 2016

La imposibilidad del compromiso


Mario Szichman



¿Cuántas personas desean recrear su primera boda, especialmente si concluyó en divorcio? No muchas. Pero Todd J. Remis creía que era una buena idea.  
Remis, un analista de valores de renta variable, residente de Manhattan, entabló una demanda contra el estudio H & H Photographers, señalando que las fotos de su boda lo habían decepcionado. El demandante exigió a H & H Photographers la devolución de los 4.100 dólares que había pagado por las fotos. Además, reclamó un desembolso de otros 48.000 dólares con el propósito de transportar a Nueva York a los asistentes al casamiento, y alquilar el salón de fiestas. De esa manera, otro fotógrafo podría recrear el feliz y fugaz acontecimiento.
En noviembre de 2003, Remis y su novia, Milena Grzibovska, oriunda de Letonia, ingresaron al estudio fotográfico H & H, y explicaron a Curt Fried, uno de los dueños, que deseaban contar con fotografías y un video de su boda, a celebrarse el 28 de diciembre del mismo año. El costo de plasmar las incidencias de las nupcias ascendió a 4.100 dólares.  
No fue una celebración muy grande. Asistieron unos 40 invitados a un salón de recepción en Tarrytown, una bella ciudad de las afueras de Nueva York, a orillas del río Hudson.
Las fotografías mostraban a los novios desbordando de felicidad, rodeados por encantados familiares, entre ellos Irina, la madre de la novia, y Alina, su hermana, que viajaron especialmente desde Letonia. Pero, un mes después de la boda, Remis regresó al estudio para informar que había quedado decepcionado con las imágenes, y acusó al equipo de fotógrafos de H & H de esfumarse en los últimos 15 minutos de la recepción. De esa manera, no hubo registro de dos eventos muy importantes: la última danza, y el lanzamiento del bouquet de flores por parte de la novia. Además, según Remis, fue tratado de manera descortés cuando presentó su reclamo ante los empleados de H & H.
“Nunca había sido tan insultado en mi vida”, informó el demandante.
Lo interesante del caso es que Remis demoró cierto tiempo en indignarse. La demanda fue presentada seis años después del casamiento, en el 2009, tras separarse de su esposa, y cuando ya había iniciado los trámites de divorcio.   
El litigante exigió la recreación de la ceremonia pues, según dijo, las fotografías eran “inaceptables debido al color, la luz, las poses y el emplazamiento” de los invitados. En cuanto al video, indicó Remis, aunque en el contrato se estipulaban seis horas de grabación, únicamente fueron registradas dos horas.
“La boda debe ser recreada exactamente como fue, para que aparezca el 15 por ciento que no figura” en las fotografías o en el video, dijo el demandante en un tribunal, según informó The New York Times.
Pese a los extraños aspectos de la demanda, la jueza Doris Ling-Cohan, de la Corte Suprema del estado de Nueva York, permitió la continuación del caso, a fin de determinar si H & H había violado el contrato firmado por Remis. En un dictamen, la jueza dijo: “Los recuerdos de la boda son considerados (por el demandante) más importantes que el evento real. Si bien el matrimonio no duró, parece perdurar la indignación del litigante por la calidad de la fotografía y del video”.

A LA BÚSQUEDA DE LA DICHA PERDIDA

Hay muchas maneras de analizar el caso de Remis, pero es obvio que la trama daría para una excelente comedia. En primer lugar, ¿cómo se hace para localizar a todos los asistentes a la boda en un país donde mudarse de apartamento, o de estado, es tan frecuente como divorciarse? Cuando Remis presentó su demanda ni siquiera estaba enterado del paradero de su exesposa. Algunos de sus conocidos presumían que había retornado a Letonia. Por supuesto, un guionista de Hollywood incorporaría de inmediato a un investigador con el propósito de encontrar a Milena Grzibovska, y encargaría al protagonista contratar a una agencia de detectives para localizar a los 40 invitados. Cuarenta personas representan un mundo, y es vasto el tipo de relaciones sentimentales o de amistad que podrían entretejerse en ese singular encuentro.
Una vez detectados todos los asistentes a la boda original ¿quién podía garantizar que reinara el mismo jolgorio en una boda simulada? Por otra parte, los seis años transcurridos entre la ceremonia original y la recreada seguramente alterarían los rostros, los cuerpos y las personalidades de los participantes. ¿Quedaría satisfecho Remis, o intentaría otra demanda?
Del otro lado de la moneda estaba H & H, una firma respetable. Durante más de siete décadas registró millares de bodas, comuniones y bar mitzvas (fiesta de confirmación de un niño judío, cuando cumple 13 años de edad).  Hasta la demanda de Remis, a nadie se le ocurrió reclamar por las fotos tomadas en bodas.
Toda trama necesita un protagonista y un antagonista. Por lo tanto, podemos elegir a Curt Fried como antagonista de Remis.  Fried, uno de los fundadores de la firma, huyó de la Viena ocupada por los nazis en septiembre de 1939, cuando tenía 15 años. Pese a su minoría de edad, fue reclutado por el ejército norteamericano. Posteriormente, aprendió el arte de la fotografía como asistente de camarógrafos. Algunas figuran ya en los libros de historia, entre ellas numerosas que tomó durante la Segunda Guerra Mundial en la famosa Ruta de Birmania, una línea de abastecimientos a China.
Fried se mostró desconcertado ante la demanda. Dijo que Remis, “quiere traer a su excónyuge en avión para recrear la boda, y ni siquiera sabe dónde vive”. Al mismo tiempo expresó sospechas por los motivos del demandante.  
La parte de Fried parece pertenecer más bien a las comedias de la década del cuarenta, como The Shop Around the Corner, o esas delicias creadas por Ernest Lubitsch o Frank Capra. Es obvio que Fried puede representar a un caballero de la vieja escuela, y Remis tendría atributos del buscavidas. En su declaración ante la jueza reconoció que carecía de empleo fijo desde hacía más de un año. No parecía descartable que su propósito al presentar su demanda fuese conseguir un acuerdo fuera de Corte y embolsarse algo de dinero.
Por cierto, Dan Fried, el hijo de Curtis, dijo que los costos de defender a H & H en la demanda habían superado con creces la cantidad de dinero reclamada por Remis. Pero las apariencias engañan. La vida suele dar más sorpresas que las tramas cinematográficas. En el curso de su demanda, Remis insistió en que solo quería tener en un álbum las fotografías de su boda, aun cuando había concluido en un divorcio.  
 “Las circunstancias fueron desafortunadas”, reconoció, “pero la boda me hizo sentir muy feliz. Quiero tenerla documentada para la eternidad, para mí y para nuestras familias”. Por lo tanto, continuó con su demanda, y la perdió. Su porfía en reclamar la restitución de todas las imágenes de esa jornada inolvidable, lo coloca en otra categoría.  De repente, hay que alterar la trama. Quizás escribir un nuevo guión.
En Stranger than Fiction, una deliciosa película que no ha recibido toda la atención que se merece, su protagonista, Harold Crick (Will Ferrell), comienza a oír extrañas voces anticipándole un desagradable destino. Ocurre que una narradora lo ha incorporado como protagonista de su novela. Aterrado por esas voces, Harold va a visitar a un profesor de literatura (el incomparable Dustin Hoffman),  pues necesita averiguar si está inmerso en una tragedia o en una comedia. Por suerte, triunfa la comedia.
El modelo de Remis parece ser otro. Recuerda la novela corta Michael Kohlaas, de Heinrich von Kleist, un poeta y narrador alemán. Kohlaas era un comerciante de caballos. A comienzos del siglo XVI, una patrulla detuvo su marcha  cerca de un castillo en Dresde, Alemania, y le exigió que costease el peaje si deseaba continuar su marcha. Kohlaas había pasado en ocasiones anteriores por el mismo sitio, sin que le exigieran pago alguno. Por lo tanto, dejó en prenda a dos de sus caballos y decidió hacer un reclamo ante la justicia. El demandante retornó al lugar al cabo de un tiempo, y descubrió que sus caballos habían sido maltratados. Furioso por la  injusticia, inició una rebelión en la cual murieron muchos de sus partidarios, y finalmente Kohlaas. La trama de von Kleist reivindicó básicamente la causa que hizo detonar la rebelión: el maltrato de los caballos. Los caballos fueron devueltos en buen estado.
 Remis, por su parte, solo quería recrear la boda original, en toda su belleza y su ilusión.
Michael Kohlaas es uno de los grandes monumentos de la literatura alemana. La búsqueda de justicia por parte del protagonista tiene una trágica resonancia, pues está imbuida de un orgullo casi satánico. Al mismo tiempo, Kohlaas estaba baldado por la fragilidad que aflige a tantas justicieros, ineptos para reconocer el momento en que es necesario detenerse.                                                               Tampoco Remis supo frenarse a tiempo.
En Stranger than Fiction,  el profesor le explica al protagonista que toda historia tiene solo dos opciones: o afirma una muerte inevitable, o asegura la continuidad de la vida, generalmente, a través del matrimonio.  Hasta el final, Harold está convencido de su cercana muerte. Por suerte, se salva a través del amor.
Ese no parece el caso de Remis, quien peleó la demanda buscando justicia, y aceptó un resultado desfavorable. Para él, lo más importante era el honor. Y recuperar un efímero momento de felicidad.







domingo, 1 de mayo de 2016

Obesidad y corpulencia política


Mario Szichman


William Howard Taft, presidente de EE.UU

En Ragtime, una de las grandes novelas norteamericanas del siglo veinte, Edgar Lawrence Doctorow muestra la consolidación imperial de Estados Unidos a través de algunas figuras paradigmáticas, como el mago Harry Houdini, el financista J.P. Morgan, el fabricante de automóviles Henry Ford, o la dirigente anarquista Emma Goldman. (Hay también una desopilante escena en que, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, navega El Túnel del Amor, en Coney Island, acompañado de Carl Jung).
Pero en una escena, de apenas una página, Doctorow inserta la figura del presidente William Howard Taft, para destacar la carga política de su obesidad. Según el narrador, Taft llegó a la Casa Blanca “pesando 332 libras”, 151 kilos. El nuevo presidente era el representante de una nación de obesos. “Los hombres solían devorar rebanadas de pan, y comían prodigiosas cantidades de salchichas”. El “augusto Pierpont Morgan consumía de manera rutinaria cenas de siete y ocho platos”. Sus desayunos consistían en bistecs y chuletas de cerdo, huevos, panqueques, pescado hervido, panecillos y manteca, fruta fresca y crema. “La absorción de comida era el sacramento del éxito. Se suponía que un hombre que transportaba delante suyo un enorme estómago, se hallaba en la flor de la vida”. 
El ingreso de Taft a la Casa Blanca “expresó la apoteosis de un estilo de hombre”, dijo Doctorow. Luego, “la moda enfiló en dirección inversa, y solo los pobres fueron autorizados a ser robustos”.
No vemos en nuestra época muchos regímenes donde la obesidad sea una marca de pujanza, o de éxito. Por alguna razón, consideramos que el gobernante rechoncho ostenta la obscenidad del poder.
Benito Mussolini era un gobernante obeso. Inclusive requería cierta cantidad extra de grasa para acompañar sus enfáticos gestos. La manera en que se desplazaba por el estrado antes de pronunciar un discurso divulga su admiración por la ópera, su sabiduría frente a las cámaras. Los cientos de miles de simpatizantes que contemplaban su imprecisa figura en las concentraciones públicas tenían al menos la esperanza de recuperar su primer plano en noticiosos oficiales. Mussolini era excesivo a nivel corporal, un poco la contrafigura de ese sensacional discípulo de Maquiavelo llamado Giulio Andreotti. Ambos marcan el cenit y el nadir de una experiencia política. Mussolini se exponía, Andreotti, siete veces primer ministro, vivía en el perpetuo encubrimiento. (En esa obra maestra que es el filme Il Divo, dirigido por Paolo Sorrentino y protagonizado por Toni Servillo, puede cotejarse la taquigrafía de sus medidos gestos).
Hay épocas que convocan la obesidad política. En ocasiones se trata de un líder, en otras, de una clase social. Cuando se encarna en una clase es menos vulnerable que la del caudillo; elude avatares personales.
Ciertos sistemas, más que otros, requieren del monolitismo. En ese sentido, Mussolini era una anomalía. En ocasiones, es imprudente sobresalir. Nadie duda de que Adolf Hitler fuera dueño y señor del pueblo alemán. Pero tuvo la astucia, quizás obligado por las fuerzas políticas y armadas que lo secundaban, de no emerger del entorno. Además, era vegetariano, no un omnisciente carnívoro como Mussolini. (Es iluminador dar jerarquía a los hábitos digestivos. Y un grave error ignorarlos).
El elenco estable de Hitler: su ministro de Propaganda Joseph Goebbels, el comandante en jefe de la fuerza aérea, Hermann Göring, el jefe de la Gestapo Heinrich Himmler, y otros miembros de su entourage, parecen formar parte de un friso. Excepto por Göring la obesidad, o la drogadicción, no predominaba en sus filas. En los meses finales del nazismo, la estructura del poder ofreció parcas señales de que el andamiaje se derrumbaba. Los cuerpos no habían sufrido teatrales alteraciones, aunque ya había avanzado el mal de Parkinson en Hitler. A los 56 años, no solo era un anciano; mostraba también claros síntomas de decrepitud. Pero la aventura nazi, pese al liderazgo del Führer, fue una aventura colectiva, y pareja su declinación. Ni siquiera las pantagruélicas dosis de morfina de Göring lograron convertirse en comadreo de las cancillerías, o trascender los pasillos del poder.
Con Mussolini fue muy diferente. Pese a que estaba flanqueado por asesores, trascendía su entorno, irrumpía de manera inevitable. Sin importar la pléyade de sicofantes, siempre estaba solo. Su caída tiene la fascinación de que nunca afectó a otras personalidades del bando aliado o del Eje. Fue la empresa  personal de un hombre acostumbrado a todos los placeres, un bufón transfigurado luego en asceta.  Su cuerpo reveló la mutación.
¿Habría sido Mussolini un líder diferente sin ese apetito? A veces, la voracidad es un síntoma. Al menos indica falta de previsión, la urgencia de atropellar. Basta analizar sus desventuras en África, la invasión a Etiopía, su ayuda a Francisco Franco durante la guerra civil española, la ocupación de Albania. Al principio, esas acciones fueron muestras de su irresistible poder. Luego, formaron parte de los clavos que ayudaron a sellar su ataúd.  Esa necesidad de sobresalir contribuyó a que lo dejaran solo. En julio de 1943, el Gran Concejo Fascista se negó a seguir respaldando sus decisiones. Entre los “traidores” figuraba su yerno, el conde Galeazzo Ciano, a quien mandó a fusilar, causando una tragedia en el seno de su familia. (Winston Churchill, quien tenía particular inquina a su yerno, Duncan Sandys, casado con su hija Diana, señaló en cierta ocasión que el fusilamiento de Ciano había sido la única acción meritoria por parte de Mussolini). 
De allí en más, la vida de Mussolini fue barranca abajo. El rey de Italia lo destituyó de su cargo, y ordenó arrestarlo, fue liberado en un audaz operativo que llevó a cabo un capitán de las SS nazis, y se convirtió en jefe del gobierno fascista establecido en Salo, en el norte de Italia.
Finalmente, partisanos italianos lo capturaron junto con su amante, Claretta Petacci, y lo ejecutaron.  (Los frecuentes robos de su ataúd forman ya parte del folklore italiano).


LA GRAN COMILONA


En América Latina, solo el chavismo ha mostrado figuras muy robustas en puestos claves, comenzando por su fallecido líder, Hugo Chávez Frías. Fotos de su época como oficial del ejército, muestran a un hombre esbelto. Su obesidad llegó con el acceso a la presidencia. Otros –y otras– figuras públicas de su entorno lo siguieron. Cuando la obesidad no es majestuosa, suele ser prepotente. Hay una necesidad de imponerse al otro a través del sobrepeso. Son formas distintas de exhibir el monopolio de la fuerza a través del vasto consumo de calorías. Al mismo tiempo, la corpulencia es la mejor expresión física de la falta de voluntad.
Algunos pueden alegar que tienen problemas glandulares para perder peso, que intentan toda clase de dietas o de ejercicios y les resulta imposible perder un gramo. Eso es una falacia. (Un médico amigo me dijo que no había obesos entre los presos de los campos de concentración). 

          Según Ray Moseley en su libro Mussolini: The Last 600 Days of Il Duce, a raíz de la guerra “el pueblo italiano se vio obligado a comer  magras raciones alimenticias”. El Duce hizo lo mismo. En una ocasión, un prefecto le envió a Mussolini un paquete con suculentas viandas. Furioso, Mussolini envió de inmediato las raciones a un hospital en Gardona, “y escribió una carta regañando al prefecto”.
Un libro de Chiara Ferrari, The Rethoric of Violence and Sacrifice en Fascist Italy, señala que la abnegación, la pena, el sufrimiento, formaron parte del discurso fascista.
Mussolini no solo se postulaba como ejemplo de paladín, sino también como un cordero para el sacrificio. Es evidente que detrás de la retórica urgiendo la creación de un hombre nuevo, estaban los oligarcas fascistas consolidando sus ganancias, reteniendo su poder económico, desmintiendo con sus vientres cada vez más voluminosos la idea de martirio que le inyectaban al pueblo. Pero no fue el caso de Mussolini.
Il Duce se convirtió en un trágico, impotente, lúcido espectador. A diferencia del voluminoso comandante eterno de Venezuela, se reservó un modesto lugar en el escenario político de su patria, pese a ocuparlo durante dos décadas. Al final de su vida, éste fue su lema: “Aunque trabajo, y hago intentos, estoy convencido que todo es una gran farsa”.      



miércoles, 27 de abril de 2016

El discreto desencanto de la pornografía


Mario Szichman






Cuando estaba escribiendo la novela Los Papeles de Miranda, encontré en Colombeia, el archivo del Precursor Francisco de Miranda, numerosos datos sobre las costumbres sexuales de la época en que vivió. Miranda, un gran seductor, tenía la pasión del entomólogo a la hora de analizar esas costumbres. En alguno de sus volúmenes narraba una visita a un café, creo que en Amsterdam. Mientras comía, Miranda observó que una pareja subía a la parte superior del café, se sentaba en un sofá, comenzaba a acariciarse, y hacía el amor a la vista del público. Era obvia la actividad de los amantes aunque, al mismo tiempo, muy pudorosa. Tal como señaló David Stevenson en The Times Literary Supplement, la desnudez en las parejas es un invento bastante reciente. “Existen evidencias”, dijo Stevenson, “que en el siglo dieciocho, llevarse a una mujer a la cama era mucho más fácil que verla desnuda. Era muy común estar casado e ignorar detalles íntimos de la anatomía femenina”.  Se ignora qué es más natural o más perverso, pero es obvio que en la época de Miranda, era posible dar más rienda suelta a la imaginación erótica que en el siglo veintiuno, donde todo es explícito, y la pornografía, gracias al internet, ha invadido espacios públicos y privados.
También el siglo XVIII permitió el florecimiento de otra pornografía: la política. Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, más famoso por sus vicios que por sus virtudes, comenzó a hacerse famoso mucho antes de ingresar a la Asamblea Nacional de Francia. Su Erotika biblion, un manual que enseñaba a las doncellas cómo satisfacer a su galán, fue un best seller en su época. 


Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau. 
De Joseph Boze http://www.europeana.eu/portal

Pero ni Mirabeau ni otras docenas de escritores se limitaban a describir encuentros eróticos entre un hombre y una mujer. París estaba repleto de estanquillos junto al río Sena donde vendían folletos en que se describían orgías y se denigraba a miembros de la realeza por sus escasos atributos viriles. La mayoría de esos folletos tenían explícitas ilustraciones donde solía mostrarse a una reina disoluta y a un monarca impotente desesperado por no poder cumplir con sus deberes conyugales.
Mirabeau no fue el único de los protagonistas de la Revolución Francesa en dedicarse a la pornografía. En mi novela Eros y la doncella, decía que varios de los representantes de los Estados Generales convocados por el rey Luis XVI en 1789 habían “abandonado sus oficios principales: la medicina, el derecho, la narrativa, el teatro, la pornografía, para discutir, por escasas semanas o meses, los agudos problemas de Francia, y encontrarles una solución”. Entre ellos descollaba uno de los futuros jefes de la Gironda, Jacques Pierre Brissot, “un exitoso panfletista, primero pornográfico, luego político”, que fundaría un grupo antiesclavista denominado La Sociedad de Amigos de los Negros, abriendo las compuertas para la rebelión en Haití, y para la primera república independiente en América latina.

¿QUÉ PODEMOS HACER CON LA PORNOGRAFÍA?

Hay interesantes discusiones sobre el lugar que ocupa la pornografía en nuestra sociedad y su factible influencia en las costumbres. Kate Manne, al comentar en The Times Literary Supplement el libro de Nancy Bauer How To Do Things With Pornography (Harvard University Press) compara la pornografía sexual con la pornografía alimenticia (food porn) en la televisión. ¿Cuántos de quienes observan food porn están dispuestos a copiar las recetas y las infinitas tareas de los chefs? Hacer una buena comida es una tarea ciclópea. “Tal vez observamos” esos programas, dice Manne, “porque hacer una cena en serio es algo agotador y exige mucho” de nuestro tiempo. Quizás mientras el espectador presta atención al cocinero, está masticando de manera distraída un trozo de pizza, o comida china encargada por teléfono. Y lo mismo podría aplicarse a la pornografía. ¿Está dispuesto el espectador de esas acrobacias sexuales a repetirlas con su partner? Vivimos en un mundo de voyeuristas, pero del dicho al hecho, hay un enorme trecho. 
Además, tanto la comida como el sexo se concentran en buena parte en la degustación, no en el hartazgo. Y en ese sentido, la pornografía es, al amor, lo que una gran comilona es en relación al placer de saborear un buen plato, mientras se disfruta de una buena conversación.
¿En qué momento una comida comienza a “caernos mal”? ¿En qué momento el intenso placer sexual se convierte en algo repulsivo?
Bauer, la autora de How To Do Things With Pornography señala que el problema con la pornografía, como con cualquier otra exageración, es que infunde falsas expectativas. En primer lugar, impide la seducción. Se trata de una utopía –ella habla de pornoutopía– donde todo es posible y realizable. “Los deseos de cada persona, son siempre compatibles con los de su amante”. Como no hay límites, tampoco existe la ley. De esa manera, el incesto y la violación son abolidos de la ecuación. La pornografía no sirve siquiera como educación sexual.
Y aparte de los riesgos de usar al ser humano como un objeto –especialmente a la mujer– es muy aburrida. La sensualidad es búsqueda, suspenso, interacción. Es inclusive pudor. Involucra a dos personas intentando descubrir el placer de amar. Pero, si todo está permitido, si el deseo de cada uno no respeta el deseo del otro, incita a la degradación. Y algo de similar gravedad: el ser que padece la impudicia del otro ignora sus derechos. Su cuerpo puede ser profanado sin problema alguno. Cuando todo es tolerado, se cancela la dignidad.
Desde los comienzos de la humanidad, la mujer ha sido considerada inferior al hombre. Y la pornografía es una poderosa herramienta para mantenerla en su lugar. Inclusive a través de la violencia física.
Otro de los problemas con la pornografía es que acaba con la individualidad. Necesita exhibir cierto arquetipo de mujer o de hombre para complacer a la mayor cantidad de voyeuristas. Y en esa tarea, requiere apelar a rasgos muy convencionales. Si observamos a las grandes diosas del cine, veremos que no solían ser “bimbos” como dicen por estas tierras. Alfred Hitchcock detestaba las actrices que exhibían su sexualidad. Las prefería en el sobrio estilo de Tippi Hedren, o de Teresa Wright.
La gran mayoría de las estrellas de Hollywood eran atractivas, pero no pinups. Ahí están los ejemplos de Barbara Stanwyck, Ida Lupino, o Joanne Crawford. Y cuando lo eran, como en los casos de Rita Hayworth o de Jane Greer, no resultaban convencionales, o fáciles. La pornografía necesita que la mujer sea fácil, dispuesta a toda afrenta.
Es curioso que ya en la Biblia, el acto sexual sea considerado “conocimiento”. Amar es conocer al otro, descubrirlo en cada encuentro. El amor puede progresar o decepcionar, pero es siempre un proceso, A work in progress. La pornografía funciona en un eterno presente. Ignora las diferencias que pueden conducir a un gran ardor, o a un total desencanto. Elimina la pasión. Y la ilusión, especialmente la ilusión. El enamorado suele encontrar en el objeto de su amor cualidades que escapan al común de los mortales. Su tarea es aportar fantasías y ausencias.
Y creo que cuento con un buen ejemplo para demostrar la importancia de la ilusión en todo vínculo erótico. Entre los personajes que intenté recrear en Eros y la doncella, uno de los más conocidos a nivel literario, pero menos famoso como político –aunque participó como convencional en la Asamblea Nacional de Francia– fue Jean Baptiste Louvet de Couvray. Además de escribir las archipornográficas “Aventuras del caballero Faublas”, publicadas en la misma imprenta que Beaumarchais, Louvet fue un ser muy honesto, de extraordinario coraje personal y de gran sensatez política.
Si lo convertí en uno de los protagonistas de Eros y la doncella fue no solo porque sus arriesgadas peripecias políticas eran más interesantes que las aventuras del caballero Faublas, sino porque no creía en la pornografía, sino en el amor más romántico y casto. Louvet se enamoró perdidamente de una mujer casada, Marguerite Denuelle, y huyó con ella a París. Luego la transformó en Lodoiska, la eterna amante del caballero de Faublas. Tal era la fijación con el personaje de novela, que Louvet nunca llamó a su compañera Marguerite, sino Lodoiska.
Tras la caída de Robespierre, a comienzos de 1795, Louvet reconquistó su puesto en la Convención Nacional y con su compañera abrió una librería en el 24 de la Galerie Neuve, en el Palais Royale. Me encanta una anécdota que cuentan de la pareja. La actriz Louise Fusil quiso conocer a los amantes, pues, como dijo en sus memorias Souvenirs d’une actrice, imaginaba a un  Louvet como la reencarnación del caballero de Faublas, y a una Lodoiska, “siempre bella, siempre adorable”. Le pidió a una amiga que le presentara a los Louvet. “Y me quedé bastante sorprendida”, dijo la actriz, “al encontrar en lugar del apuesto Faublas a un hombre delgado, pequeño, de aspecto bilioso, de escasa elegancia, y vestido con ropas raídas. ¡Y la bella Lodoiska! Ella era fea, de piel oscura, con el rostro marcado de viruelas. El personaje más vulgar que uno se puede imaginar”.
El amor, nunca la pornografía, permite reformular el aspecto del ser querido. El caballero Faublas nunca habría puesto los ojos en la verdadera Lodoiska, la hubiera rechazado con disgusto. En cambio Louvet, murió perdidamente enamorado de su inmortal Lodoiska.



domingo, 24 de abril de 2016

La ética de Sam Spade


Mario Szichman





El innominado detective de Red Harvest (Cosecha Roja), la novela de Dashiell Hammett, designaba como “Poisonville”, ciudad venenosa, al lugar donde iba a desfacer entuertos, aunque su verdadero nombre era mucho más neutral: Personville.
La primera vez que hacía una recorrida por la ciudad, el detective descubría que uno de sus policías necesitaba una buena afeitada, el segundo tenía desabrochados dos botones de su raído uniforme, y el tercero dirigía el tráfico con un cigarro encendido en un costado de la boca. “Luego de eso”, decía el detective, “dejé de contemplarlos”. 
De las novelas de Hammett me gustan más Red Harvest  y The Glass Key (La llave de cristal) que El halcón maltés, su texto más famoso. Es la novela más recordada de Hammett gracias a la interpretación que hizo Humphrey Bogart de su protagonista, Sam Spade. Nunca entendí su ostensible comienzo. Hammett siempre permitía que la narración, y especialmente el diálogo, dibujaran el rostro y los gestos del personaje. ¿Qué sabemos del detective sin nombre de Red Harvest? Que es brillante en sus diálogos. ¿Y de los protagonistas de The Glass Key? Básicamente, que un jugador y racketeer Ned Beaumont, siente una gran devoción, casi homoerótica, por su jefe, un corrupto político llamado Paul Madvig, y se propone investigar el asesinato del hijo de un senador en un intento por frenar una guerra entre pandillas.
En ambos casos, no interesa el aspecto de los personajes. Cada lector puede asignarles el rostro o los manierismos que se le antoje. Eso es imposible en El halcón maltés. Hammett le impone a Spade un rostro, y algunos gestos. He aquí el comienzo de la novela: “La mandíbula de Samuel Spade era prolongada y huesuda, su mentón formaba una sobresaliente ´V´  bajo la ´V´ más flexible de su boca. Sus orificios nasales se curvaban para formar otra ´V´ más pequeña... Parecía un solícito satán rubio”.
Hammett, sin duda alguna, era un maestro. Es posible que pensara en sus novelas como un anticipo de su transferencia al cine, algo que hizo con mucho éxito. Y esa descripción del rostro de Sam Spade no parece dirigida al lector, sino al director de un filme, o a sus guionistas. Por supuesto, el intento falló. Humphrey Bogart no era un satán rubio. No había ´Ves´destacadas en su semblante. Existe otra posibilidad: tal vez Hammett quiso exhibir a través de Sam Spade una persona que contrastara con los huidizos personajes de sus previas obras, y alejarse, además, de sus incómodos comienzos.
La profesión inicial de Hammett fue la de detective en la Pinkerton National Detective Agency. Si bien Pinkerton diseñó su fama cuando anunció haber desmantelado un complot para asesinar al presidente electo Abraham Lincoln, en febrero de 1861, en Baltimore, su tarea principal fue romper huelgas y perseguir a sindicalistas entre fines del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte. Muchos empresarios e industriales contrataron a Pinkerton para infiltrar sindicatos, proveer guardias de seguridad, e intimidar a trabajadores. Y uno de los más brillantes, e implacables operativos de Pinkerton, fue justamente Hammett.
En un excelente artículo en The Times Literary Supplement, Oliver Harris analiza varios libros sobre el private eye en la ficción y en la realidad, y dice que Hammett alcanzó en Pinkerton “una envidiable reputación como rompehuelgas y encargado de vigilar” a sindicalistas”. Ya en su primera novela, Red Harvest (1929), se destacaba “su excepcional riqueza de detalles en la presentación de conflictos laborales y corrupción local en Poisonville”. Y con buenas razones. El novelista participó en la lucha contra un sindicato de mineros que declaró una huelga en 1920. Hammett basó el plot de Red Harvest  en esa huelga. En cuanto a El halcón maltés, muestra la experiencia de Hammett en materia de corrupción política, violencia en el sector industrial, y la rutina cotidiana de un agente.  
Uno de los libros comentados por Harris es The Lost Detective, de Nathan Ward. Se concentra en los primeros años de la vida adulta de Hammett, cuando el narrador emergió de la crisálida de la tarea detectivesca y se dedicó al oficio de escritor. Hammett empezó en Pinkerton muy joven, en 1915, a los 21 años de edad. Abandonó la agencia en 1922, a los 28 años, cuando publicó su primera novela. Ya para ese momento, nada más podía aprender en materia de investigación.
En ese lapso, dice Harris, “Pinkerton le brindó el conocimiento de calle necesario para destacarse entre varios competidores menos creíbles”.  Y algo más, que pocos han tomado en cuenta: un estilo de narrar.

En Franz Kafka. The Office Writings (editado por Stanley Corngold, Jack Greenberg y Benno Wagner), se esboza la tesis de que, lejos de desdeñar y odiar sus tareas profesionales, Kafka se nutrió de ellas. Sin esas labores, tal vez hubiera existido Franz Kafka el escritor, pero no el Kafka que conocemos, ni el término “kafkiano”. El autor de La metamorfosis no parece haber sido un escritor atormentado, sino el amanuense de un importante funcionario de una aseguradora de Praga. La compilación de estos trabajos de oficina —disertaciones, petitorios, reportes— es en sí misma kafkiana porque la burocracia moderna es kafkiana. Un artículo del abogado Franz Kafka titulado “Medidas para evitar accidentes de trabajo en máquinas de aserrar madera” fue aprovechado por el escritor Franz Kafka para redactar uno de sus mejores relatos: “En la colonia penitenciaria”. El estilo impersonal que muestra el escritor en sus mejores creaciones es una transcripción fiel de sus textos burocráticos. “El Instituto presenta con todo respeto las siguientes conjeturas sobre las actividades delineadas en el informe del año pasado en relación a la introducción de ejes de seguridad cilíndricos y con respecto al equipamiento de ejes cuadrados con solapas metálicas en máquinas aserradoras de madera”, dice el primer párrafo del texto. ¿Cuántas de esas introducciones formales no preceden a cuentos como La construcción de la Muralla China, o el Informe para una academia, o Un artista del hambre?
Revisando esos trabajos que Franz Kafka escribió en sus horas de oficina, aflora de inmediato la veta kafkiana. Cualquiera de ellos, con apenas una breve edición, parecen escritos no por el abogado Kafka, sino por su demonio. Y como el genio parece ser la concreción de muchas faenas previamente a medio hacer, podemos presumir que Kafka no fue el único que usó ese estilo kafkiano, sino quien logró darle una mejor manufactura. Borges no estaba descaminado al decir que Kafka había engendrado textos previos, legalizado esos precedentes.
Del mismo modo en que la escritura de Kafka es, en parte, resultado de su trabajo en una aseguradora,  Pinkerton no solo dio a Hammett los conocimientos “de calle” para concretar su tarea, también lo entrenó en su escritura. “Los informes para los clientes tenían que satisfacer las expectativas de laconismo y ´objetividad´ alejada de lo sensiblero”, dice Harris. El novelista abandonó el colegio cuando tenía catorce años de edad. Su verdadera escuela fue la redacción de esos informes. Y al parecer, se sentía orgulloso de su destreza en la escritura, pues su reputación creció en base a esos resúmenes.
Ward, el autor de The Lost Detective, compara los comienzos de Hammett con los de Ernest Hemingway, señalando la influencia que tuvo el periódico The Kansas City Star en su formación.
No hay nada como el periodismo para aprender a escribir y, especialmente, a ejercitarse en la tarea observando al resto de los seres humanos y sus curiosos avatares personales. Un jefe de redacción arrojará a la basura toda crónica donde se sospeche la mínima intromisión del periodista en el episodio.  (Es también, un ejercicio en humildad).
Raymond Chandler no fue periodista ni empleado en una aseguradora, pero tuvo también un background que le permitió escribir prodigiosas novelas policiales. Como alto ejecutivo de una empresa petrolera, debió escribir informes escuetos, precisos, carentes de todo sentimentalismo. Y cuando en El simple arte de matar, mencionó a Hammett, lo ubicó junto al poeta Walt Whitman en la persistente lucha librada contra el artificio. Dijo que ambos habían participado en una “revolucionaria demolición, tanto del lenguaje como del material de ficción”. 

LA TRANSFIGURACIÓN DE HAMMETT

Una anécdota que Hammett solía repetir a sus familiares era que en cierta ocasión, mientras trabajaba para Pinkerton, le ofrecieron cinco mil dólares por asesinar a un agitador izquierdista. La escindida personalidad de Hammett, la misma que luego asignó a sus detectives, especialmente a Sam Spade, se enorgullecía de haber sido considerado apto para cometer un homicidio. Al mismo tiempo, se sentía avergonzado y culpable. ¿Tan bajo había caído? En vez de fusionar esa contradicción, la transformó en uno de los elementos de sus novelas.
En cuanto a su vida personal, el vuelco fue drástico. Hammett abandonó Pinkerton, y además de ponerse a escribir, se hizo comunista. John Walton señala en The Legendary Detective que esa combinación de amoralidad en la lucha por la vida, y el anhelo de justicia, crearon al moderno Private Investigator, un caballero andante en constante búsqueda de expiación.
Doctor Jekyll and Mr. Hyde es una divisoria de aguas, porque después de la narración de Robert Louis Stevenson es muy difícil separar el bien del mal de un personaje. Quien mejor pueda trabajar la ambigüedad de la naturaleza humana, creará personajes más perdurables. Hammett dio al Private Investigator indelebles atributos gracias a sus comienzos como detective. En muchas ocasiones, es un ídolo con pies de barro. Ese perdurable cinismo, fraguado en diálogos perfectos, es una coraza que suele encubrir un pasado deshonesto. Inclusive el hecho de que Hammett haya permitido a su héroe transformarse de anónimo agente en un ser con nombre, apellido y un rostro demasiado explícito, es otra coraza más. Las partes entre un agente rompehuelgas, que consigue buena parte de su información gracias a delatores, y un detective privado que se enfrenta solo a los presuntos defensores y violadores de la ley, nunca logran fusionarse.
Spade trata de evitar toda complicidad en una sociedad donde nadie se salva de la corrupción.  Superman, Batman, son seres de una pieza, convencidos de la diferencia entre el bien y el mal. La mayoría de los detectives del noir, se ven obligados a defender sus valores en un mundo sin valores. En ocasiones, necesitan aprender cuales son los valores que es inevitable defender. La única coartada que les queda es defender su honor.  Ni siquiera las damiselas en desgracia, como ese incomparable monstruo de codicia y de seducción que es Brigid O’Shaughnessy, merecen ser rescatadas de la silla eléctrica. La indiferencia de Sam Spade ante la suerte de la mujer, es el clímax de un género que sólo encontró el esplendor identificando las fallas de un ídolo caído.




miércoles, 20 de abril de 2016

En Rusia todavía juzgan a los muertos


Mario Szichman


    

 Cuando estaba escribiendo  Los Papeles de Miranda,  mi novela talismán, pues me permitió conocer a un ser excepcional, tuve que explorar parte de la historia de Rusia. Francisco de Miranda visitó Rusia, y conoció a la emperatriz Catalina –no, ella no fue su amante, aunque sí una excelente amiga que lo ayudó con sus contactos en varias capitales europeas– así como a sus principales funcionarios. El Precursor narró en su Colombeia algunos episodios de su viaje a uno de los santuarios del despotismo oriental en Europa. (El otro fue el Imperio Otomano, ahora reducido a Turquía).
      Uno de los personajes que más le fascinó a Miranda fue Scherbatovsky, el jefe de la Tercera Administración, la policía secreta de Catalina. Scherbatovsky iniciaba sus interrogatorios propinando un formidable golpe a la mandíbula al sospechoso. La silla donde se sentaban los interrogados estaba ubicada sobre una puerta trampa. Si a Scherbatovsky no le gustaban las respuestas, apretaba un dispositivo y la silla caía a un foso lleno de ratas.
      Para los intrépidos viajeros que visitaron Rusia en los siglos dieciocho y diecinueve –por ahí circulan las memorias del marqués de Custine[i], que nunca han estado out of print– esa inmensa nación era, básicamente el reino del knut. El knut era un látigo constituido por anudadas tiras de cuero usado para castigar a criminales, aunque para las autoridades rusas la concepción de criminal era muy vasta, e incluía a la mayoría de los muyiks, los campesinos (en realidad siervos de la gleba, hasta su emancipación a mediados del siglo diecinueve).
      Cuando la Revolución Bolchevique acabó con la dinastía de los Romanoff, la mayoría de los rusos pensó que se abría una nueva época, y que el sol de la civilización calentaría los huesos de sus antepasados. Pero el nuevo zar de todas las Rusias pronto impuso su knut de hierro. Josef Vissarianovich Dzhugashvilli, más conocido como Stalin, impuso un reino de paranoia y terror que está indeleblemente retratado en 1984 de George Orwell. Recuerdo siempre un chiste que me decía mi padre. Cuando le preguntaban a un campesino ruso quien era mejor, si el zar o Stalin, respondía: “El zar. Él también nos pegaba, pero al menos nos permitía llorar”.
      Tras la caída de la Unión Soviética, muchos pensaron que en esa ocasión, sí se inauguraba una nueva época. Volvieron a equivocarse. Los viejos hábitos son difíciles de desterrar. En Dr. Strangelove, Stanley Kubrick presentaba a un personaje, un científico nazi interpretado por Peter Sellers, ansioso por adoptar los modales y la ideología de la Gran Democracia del Norte. Pero a veces fallaba en sus intentos, y de manera totalmente instintiva, hacía el saludo nazi.
      Hace más de una década que Rusia es gobernada por Vladimir Putin. Cuando no es presidente, es primer ministro, pero nunca suelta el coroto, como dirían en Venezuela, otro país donde los gobernantes se eternizan en el poder. Y Putin, que fue funcionario de la KGB durante 16 años, tiene sus instintos zaristas muy desarrollados. Sus enemigos no sufren el castigo del knut, pero a veces, padecen muertes mucho más horribles, como ocurrió con Alexander Litvinenko, un ex funcionario de la KGB y luego del Servicio de Seguridad Federal de Rusia, quien pidió asilo político en el Reino Unido a comienzos de la pasada década. 
      El primero de noviembre de 2006, Litvinenko enfermó súbitamente y fue hospitalizado. Falleció tres semanas más tarde. Había sufrido envenenamiento con polonium-210. En su lecho de muerte, el ex funcionario acusó directamente a Putin del envenenamiento, señalando que era en represalia por sus denuncias contra el aparato de inteligencia ruso. Durante un proceso que se realizó en Londres en el curso de los años 2014–2015, un funcionario de Scotland Yard dijo que “el estado ruso se encuentra involucrado de una u otra forma” en el asesinato de Litvinenko.

JUZGANDO A LOS MUERTOS

      Pero la furia de Putin contra sus enemigos ya trasciende las fronteras de la existencia. En al menos una ocasión, su gobierno decidió procesar un cadáver en un intento por encubrir su asesinato.
     En enero de 2013, la justicia rusa ordenó procesar a un muerto, Sergei L. Magnitsky, un contador que había formulado varias denuncias contra las autoridades acusándolas de fraude.
      Según dijo The Financial Times, el caso Magnitsky "es egregio, bien documentado, y encapsula el lado oscuro del putinismo". Funcionarios del sistema de Rentas Internas de Rusia aprovecharon la estructura del fondo de inversiones Hermitage Capital, para robar 230 millones de dólares del Estado. Cuando Magnitsky, el contador de Hermitage Capital, descubrió el fraude y presentó evidencias, revelando los nombres de varios funcionarios que habían participado en la estafa, el gobierno de Moscú actuó como lo hacen los gobiernos de nuestras repúblicas bananeras: mandó a la cárcel al encargado de formular la denuncia tras acusar a Magnitsky de orquestar el dolo. Una vez en la cárcel, las autoridades rusas, dijo The Financial Times, negaron al preso “tratamiento para un grave problema estomacal y eventualmente lo golpearon hasta matarlo”.
      A fines de 2010, el caso Magnitsky tuvo grandes repercusiones en Europa y América del Norte. El Parlamento Europeo exigió que se prohibiera el ingreso de 60 funcionarios rusos a naciones de la Comunidad Europea. Se supone que estarían vinculados al asesinato de Magnitsky. El Parlamento de Canadá ordenó que no se otorgaran visas y se congelaran las cuentas de los funcionarios presuntamente involucrados. A su vez, el Congreso de Estados Unidos sancionó la Ley Magnitsky, también bloqueando la entrada de esos funcionarios. El gobierno de Moscú reaccionó vedando el ingreso al país de personas acusadas de violación de los derechos humanos, y canceló el permiso a parejas estadounidenses que deseaban adoptar a niños rusos.
      La decisión de un tribunal ruso de juzgar al abogado asesinado tendría como propósito demostrar que Magnitsky era culpable de fraude, y que se hizo justicia. Pero los críticos del gobierno de Putin dicen que en realidad, el juicio post-mortem intenta intimidar a la familia de Magnitsky a fin de evitar que siga reclamando una investigación sobre las circunstancias de su muerte.
      En enero de 2014, el periódico británico The Independent, dijo que las autoridades de Moscú habían añadido otro insulto a la memoria de Sergei Magnitsky. “Primero fue apresado”, señaló el diario, “luego falleció, tras serle negado tratamiento médico. Más tarde le hicieron un proceso póstumo. Ahora (Magnitsky), el abogado ruso que osó divulgar un fraude de 140 millones de libras esterlinas, es acusado de haber perpetrado el crimen”. 
      Magnitsky fue sometido a una segunda, póstuma investigación aún más absurda que la primera. Las autoridades rusas querellaron al muerto diciendo que había cometido fraude. Esto es, el mismo fraude que el contador se había encargado de revelar. También limpiaron el prontuario de los funcionarios acusados por Magnitsky de corrupción administrativa.
      En Estados Unidos, el Congreso aprobó la “Ley Magnitsky”, en parte un homenaje al contador de 37 años de edad, asesinado en la cárcel, y en parte una investigación con el propósito de averiguar todo lo relacionado con su muerte. Cerca de 20 funcionarios rusos implicados en la muerte de Magnitsky tienen prohibida la entrada a Estados Unidos.
      Bill Browder, el financista británico–estadounidense propietario de Hermitage Capital que contrató a Magnitsky para revisar las cuentas de sus subsidiarias en Rusia, ha liderado una campaña con el propósito, dijo, de divulgar la vasta corrupción en el país gobernado por Putin.  
      Browder dijo a The Independent  que “el proceso de las autoridades rusas a un muerto, años después de asesinarlo, muestra la cínica basura representada” por el gobierno de Putin. “En tanto los asesinos de Magnitsky se hallan en libertad, el estado sigue profanando su memoria, y aterrorizando a su familia”.
El caso de Magnitsky, como antes el de Litvinenko, ha sido una pesada carga para Putin, ansioso por lucir como un demócrata amante de las libertades civiles. Además, siempre merodea el fantasma de la mafia rusa. Según la prensa internacional, el dinero del fraude descubierto por Magnitsky fue usado por un cartel del crimen organizado para apoderarse en el 2007 de las subsidiarias de Hermitage Capital. Luego, el cartel presentó un reclamo fraudulento y obtuvo el mayor reembolso de impuestos de toda la historia rusa.
      En vez de seguir las investigaciones abiertas por Magnitsky, el contador fue arrestado en el 2008 por los mismos funcionarios impositivos a los cuales había acusado de complicidad en el fraude. Durante 11 meses, Magnitsky permaneció encarcelado sin que se le iniciara un proceso. Murió en noviembre de 2009 en la prisión moscovita de Matrosskaya Tishina. Había recibido una formidable paliza de sus guardias, y nunca recibió tratamiento.
      En la práctica judicial internacional son escasos los juicios póstumos. Y cuando ocurren, es porque familiares del sospechoso desean limpiar su nombre. Es muy difícil que esos casos se reabran a solicitud de la policía, dijeron a The New York Times expertos en leyes.

      Browder dijo al diario que el caso tiene como propósito amedrentar a miembros de la familia Magnitsky a fin de que no sigan reclamando la pesquisa del asesinato.
      Es muy fácil descubrir cuando un gobierno es autocrático: siempre inventa nuevos métodos de castigo contra los opositores. Y Rusia, con su larga tradición oscurantista, está ahora reviviendo el juicio a los muertos como una novedosa manera de mantener en ascuas a los vivos.




[i] Empire of the Czar, A Journey Through Eternal Russia, Doubleday, New York, 1989.