domingo, 17 de abril de 2016

Una “epidemia de injusticia”


Mario Szichman





En I Confess, Alfred Hitchcock nos traslada a Quebec, para narrarnos la aterradora historia de un sacerdote católico (Montgomery Clift) que era acusado de un crimen, tras negarse a revelar un secreto de confesión formulado por el verdadero asesino. El homicida, un inmigrante alemán (interpretado por el magnífico actor O. E. Hasse), había cometido el crimen perfecto. Ningún sacerdote puede divulgar información obtenida en el confesionario.
Sin embargo, la realidad suele ser muy diferente. Hay muchos inocentes que han ido a la cárcel tras ser acusados de crímenes que no han cometido.  
Si el lector ingresa al sitio en Internet http://www.innocence- project.org/ observará en la parte superior The faces of exoneration, los rostros de aquellos que fueron injustamente acusados de asesinatos. El blog pertenece a The Innocence Project, una organización sin fines de lucro cuya intención es lograr la libertad de individuos falsamente acusados. La organización utiliza en sus tareas pruebas de ADN.  
David K. Shipler, quien ganó en 1987 un premio Pulitzer, señaló en The New York Times que falsas confesiones han figurado en más de un 20 por ciento de 275 sentencias que terminaron siendo anuladas tras obtenerse pruebas de ácido desoxirribonucleico demostrando que el acusado no era el perpetrador.  
Shipler dijo que para quien nunca ha sido torturado, o amenazado por la policía, resulta muy difícil creer que una persona inocente confiese un crimen. Pero hay poderosas razones para hacerlo. En primer lugar, permiten el cese de la tortura o de la intimidación. Además, un policía es una figura de autoridad. En ocasiones, personas falsamente acusadas presumen que si cooperan con la policía, lograrán que se descubra al verdadero criminal.  
Estudios de confesiones falsas hechos por psicoanalistas señalan que los más proclives a declarar algo que no hicieron son los niños, las personas enfermas, los retardados mentales, y aquellos que al ser detenidos estaban borrachos o drogados. Los menores de edad son los más vulnerables.  
Shipler mencionó, como caso paradigmático de una confesión falsa, la de Félix, un adolescente de 16 años de edad, acusado de asesinar en Oakland, California, a Antonio Ramírez.  Félix fue detenido en una redada, aislado en una sala de interrogación durante una noche, y hostigado por policías, hasta que lo persuadieron de que era mejor confesar el asesinato.
El adolescente le informó posteriormente a su abogado, Richard Foxall, que la tarea de obtener pruebas falsas estuvo exclusivamente a cargo de policías. En primer lugar, le ordenaron a Félix que hiciera un diagrama de la escena del crimen. Como Félix no había cometido el homicidio, tampoco podía diseñar la escena del crimen. Hizo varios intentos para aplacar a sus interrogadores, pero todos los diagramas fueron tan incorrectos que la policía no se animó a presentar uno solo de ellos en un tribunal.  
Después, se le ordenó al sospechoso que explicara hacia donde había huido tras el presunto asesinato. Félix indicó una dirección. Pero como era el rumbo equivocado, los policías lo corrigieron, y le dijeron que había escapado en la dirección contraria. Félix debió modificar su testimonio. El joven no mencionó que cerca de la escena del crimen había un callejón sin salida. Ignoraba ese dato pues no había estado en el sitio. Los policías le suministraron los detalles. Félix incorporó el callejón a su testimonio.
¿Y qué había ocurrido con el revólver usado en el asesinato de Ramírez? Félix dijo que él no poseía revólver alguno. “Y allí fue cuando los policías se descontrolaron, y empezaron a gritarle”, dijo el abogado Foxall.   
Para intentar aplacar a los policías, Félix mintió, diciendo que había dejado el revólver en casa de su abuelo. “Y eso fue realmente brillante”, señaló el abogado, pues contribuyó a desacreditar la confesión. “Ocurre que los dos abuelos de Félix estaban muertos”, dijo el letrado.
Pese a que la confesión de Félix estaba repleta de fallas, los policías la grabaron, y el adolescente fue llevado ante un tribunal. Recién cuando apareció ante un juez, Félix divulgó un informe que echó por tierra toda la confesión. El día en que Ramírez fue asesinado, Félix estaba preso en un centro de detención para menores de edad, tras violar su libertad condicional en un caso de hurto.  
La acusación contra Félix fue rechazada, y Foxall expresó sentirse muy aliviado, pues miembros de un jurado “se niegan a creer que una persona confiese un crimen que no cometió”.  
Inclusive el juez de la causa se mostró perplejo ante el giro que había dado el proceso.
“Realmente no entiendo”, dijo el magistrado a Félix. “¿Por qué confesó algo que no había hecho?” El juez debe vivir en perpetuo estado de inocencia.

INJUSTICIA TRAS LA INJUSTICIA

Otro caso que muestra cómo se puede manipular una falsa confesión es la de Martin Tankleff, un adolescente de 17 años. Una mañana, al despertar en su hogar de Long Island, en las afueras de Nueva York, Tankleff encontró a sus padres apuñaleados. Su madre estaba muerta, su padre, agonizando.
El adolescente llamó a la policía, y de inmediato se convirtió en el principal sospechoso, aunque no había evidencia alguna para inculparlo. Finalmente, en su intento por obtener su confesión, el detective K. James McCready armó una trampa. Salió de la sala de interrogatorios, se dirigió a un teléfono, discó un número, y urdió una conversación con un presunto policía que se hallaba de custodia en el hospital donde el padre de Marty agonizaba. Luego, McCready retornó a la sala donde estaba Tankleff, y le dijo que su padre, tras salir del coma, había dicho: “Marty, tú lo hiciste”. En realidad, Seymour Tankleff nunca salió del coma y falleció un mes más tarde.
Abrumado por la acusación de su padre, Marty confesó el crimen, y fue condenado a 50 años de cárcel. Pasó 17 años en prisión hasta que una corte de apelaciones decidió dejarlo en libertad al obtener evidencias de que el crimen había sido cometido por tres ex convictos.
Pero los verdaderos asesinos de la pareja Tankleff nunca fueron procesados. “Los homicidas siguen en libertad”, dijo Shipler, “como ha ocurrido con otros criminales que se han salvado” de terminar entre rejas “gracias a los ´inteligentes´ interrogatorios policiales”.
Shipler  dijo al diario que si bien las pruebas de ADN ayudan a redimir a inocentes, están sólo disponibles “en una fracción de todos los crímenes”, y seguramente existe “un universo mucho más grande de condenas erróneas”. Si una de cada cinco sentencias anuladas “involucra una falsa confesión”, dijo Shipler, es evidente que “los interrogatorios policiales están creando una epidemia de injusticia”.  Al parecer, solo en el cine la inocencia es reivindicada, y los malos resultan castigados.



miércoles, 13 de abril de 2016

Disclaimer[i]: un nuevo tipo de thriller. Cuando los suburbios se convierten en la escena de un crimen


Mario Szichman



Arthur Conan Doyle bien lo sabía, los suburbios, especialmente los más afluentes, ocultan inenarrables escenas de pasión y de crimen. En su relato The Adventure of the Copper Beeches, una de las más famosas aventuras de Sherlock Holmes, el protagonista ofrece a su ayudante, el doctor Watson, una aterradora visión de un suburbio elegante. “Tú observas esas casas diseminadas”, dice el detective, “y quedas impresionado por su belleza. Yo las observo, y el único pensamiento que me viene a la mente es la sensación de aislamiento. Goza de una gran impunidad quien intenta cometer un crimen en esas zonas”. Según Sherlock Holmes, “Los callejones más bajos y más viles de Londres no presentan un registro tan espantoso de pecados como las alegres y bellas áreas campestres”.
En los últimos cinco años ha comenzado a proliferar en la narrativa policial anglosajona algo que ha sido bautizado como suburban noir. ¿En qué consiste? Cathryn Grant, una autora de novelas de suspenso, quien por cierto tiene un blog titulado Suburban Noir, dice que el subgénero “retrata al suburbio como una femme fatale, ofreciendo la seducción de la seguridad, mientras susurra: ´Te ofreceré confort de todas las maneras posibles´, aunque, por supuesto, eso no ocurre”.
Gone Girl, de Gillian Flynn, rejuveneció el subgénero (ocho millones de copias vendidas) y fue llevada al cine. Luego vino The Girl on the Train, de Paula Hawkins, y en fecha más reciente Disclaimer, de Renée Knight.
En todos los casos, los narradores o narradoras no son confiables, y habitan un mundo de personajes muy perturbados. En Gone Girl, una pareja comienza a tener problemas en su relación. De repente, la mujer desaparece. La policía sospecha que el esposo la asesinó, e inicia una investigación. La novela está contada desde los personajes principales. Pero ambos demuestran ser mentirosos patológicos. Para el lector es más importante averiguar la verdad que descubrir qué ocurrió con la protagonista. Y ese es, quizás, el mayor encanto del suburban noir. El lector se suma a la búsqueda de claves, disputa una carrera de postas con el narrador.
The Girl on the Train tiene una premisa parecida. Está narrada por tres mujeres. Rachel, la principal, vive borracha la mayor parte de la historia; por lo tanto, nadie se fía de sus recuerdos. Ni siquiera ella está segura de lo que ha visto.
Luego está Megan, la segunda narradora de la novela, quien un día desaparece, y nunca más retorna. Rachel, la mujer en constante estado de embriaguez, quien ha visto a Megan con su amante, cree que Megan ha sido asesinada en un altercado, y denuncia el caso a la policía. El problema es que las credenciales de Rachel no se hallan muy bruñidas. Nadie le cree.
Lo único que redime a Rachel es que en su lucha por descubrir la verdad, abandona la bebida y empieza a investigar. Entonces aparece Anna, la tercera narradora, que odia a Rachel. Lo único que las une es que ambas conocieron a Megan, y la consideran una posible víctima.
La novela es, nuevamente, una investigación para descubrir la verdad en un mundo repleto de mentiras y de puñaladas por la espalda, y necesita el concurso del lector. Además, Hawkins conoce la filmografía de Alfred Hitchcock, y también aprovecha los elementos de ese clásico del cine llamado Gaslight, donde un marido, Charles Boyer, trata de enloquecer a su esposa, Ingrid Bergman, para quedarse con unas joyas. El unreliable narrator forma parte de la trama, ofreciendo pistas falsas.
Disclaimer tiene un atractivo extra. ¿Qué ocurre si una mujer, una profesional de status, con un esposo solidario y respetado, descubre, tras veinte años, que alguien está enterado de un vergonzoso episodio de su pasado? Peor aún, quien está enterado de ese episodio ha escrito una novela A Perfect Stranger, y la ha publicado por su cuenta. Inclusive ha distribuido ejemplares en librerías cercanas a la vivienda de la protagonista. Uno de los ejemplares llega a Catherine Ravenscroft, el personaje central, otro a su esposo, Robert. El tercero a su hijo, Nick. Y esa novela dentro de la novela empieza a destruir la vida familiar.
Catherine es una galardonada documentalista (al igual que la autora, que trabajó para la BBC, y ha escrito guiones para  Channel Four y Capital Films). Pero, a medida que comienza a ser hostigada por su pasado, todo se derrumba, primero su vida profesional y luego su vida personal.
¿Quién es el stalker, el hombre que la acecha con un vergonzoso recuerdo del pasado? Stephen Brigstocke, un profesor retirado, viudo. Brigstocke ha perdido a un hijo, luego que el joven intentó salvar a un niño a punto de ahogarse. Ese niño, Nick, es el hijo único de Catherine y Robert. Nick es un ser inmaduro, cargado de problemas, un underachiever, alguien de escaso rendimiento en un hogar de seres exitosos.
Pero hay algo más. Brigstocke, el hombre que acosa a Catherine, presunto autor de la novela – en realidad su coautor– cree que su hijo murió tratando de salvar al hijo de Catherine. Desde el punto de vista del perseguidor, Catherine tuvo un affaire con su hijo, Jonathan, durante unas vacaciones en España. La protagonista viajó con su esposo y su hijo de cinco años. El esposo tuvo que ausentarse por razones de trabajo, Catherine quedó sola con su hijo, y entabló una fulminante relación con el hijo del perseguidor, un adolescente de diecinueve años de edad.
Si Jonathan no se hubiera apasionado con Catherine, ni intentado salvar la vida de Nick, su hijo, todo habría sido diferente. De manera indirecta, Catherine ha sido la causante de la muerte de Jonathan. Hay inclusive evidencias gráficas del encuentro amoroso. Tras recuperar la cámara fotográfica que Jonathan portaba consigo, la esposa de Brigstocke encuentra un rollo de film con fotos donde Catherine aparece en poses provocativas.
La primera parte de la novela vuelca las cartas en favor del perseguidor. Todo incrimina a Catherine. Parece tratarse de un ser lascivo, ansiosa de conquistas, mala esposa y peor madre. Además, el hecho de que durante veinte años calló el episodio es otro clavo en su ataúd.
En cuanto a Stephen Brigstocke, el profesor retirado que acosa a Catherine, aparece como el personaje bueno, al punto de que logra hacer amistad con Robert, el marido de Catherine, y con Nick, su hijo. En el momento en que Robert lee la novela que tiene como protagonista a Catherine, toda su simpatía se vuelca hacia el perseguidor. (Afortunadamente, al final de la novela, Catherine decide mandar al demonio a Robert).
Aunque el antagonista de Catherine parece el genio del mal para los lectores, tampoco la cosa es tan sencilla. Stephen Brigstocke es un ser tan atormentado como Catherine. Busca respuestas a cosas inexplicables, y está dispuesto inclusive a aceptar la amarga verdad. Pues Jonathan, el hijo que murió tratando de salvar al hijo de Catherine, no era el personaje que sus padres idolatraron.
Knight es muy buena narradora, y sabe cómo sorprender al lector mostrando que las cosas no son como parecen. Inclusive el affaire del que se acusa a Catherine –y que por cierto ocurrió– no ha tenido los rasgos esbozados al principio. Ni siquiera las explícitas fotografías que la muestran como un ser consumido por la pasión, revelan la verdad de lo ocurrido en su encuentro con Jonathan.
Tal vez el acierto mayor de Knight es la manera en que va demoliendo las certezas del lector. ¿Acaso una fotografía, inclusive la más irrefutable, puede ser aceptada como testimonio de la verdad? Sí, existió una relación sexual entre Catherine y Jonathan pero ¿ocurrió tal como se narra en The Perfect Stranger?
La historia de Catherine es narrada por Knight en tercera persona. La del profesor retirado en primera. Poco a poco, se disuelven las identidades. Ni Stephen Brigstocke es el perseguidor que uno supone, ni Catherine la víctima perfecta. Son seres humanos aquejados por eventos que menguan su capacidad de alcanzar no ya la felicidad, sino la comprensión de aquello que ha funcionado mal en sus vidas. ¿Hasta qué punto Stephen es el depredador y Catherine el ave de presa?
Otras novelas del suburban noir trabajan muy bien el suspenso, la duda sobre los motivos que animan a sus personajes, la desconfianza en el mundo que se describe. Pero tal vez el vigor de Disclaimer radica en su premisa inicial. Una de las críticas de la novela expresó lo que muchos narradores sienten tras leerla: “Envidia, una tremenda envidia porque no se me ocurrió antes a mí”. (Clair Woodward en The Sunday Express de Londres).
Imagine el lector que un día toma una novela y descubre que es el protagonista, y que un terrible secreto se revela en todos sus detalles. ¿Qué hace? Especialmente cuando la persona encargada de redactar la novela intenta vengarse de usted.
Sí, Conan Doyle tenía razón, “Los callejones más bajos y más viles de Londres no presentan un registro tan espantoso de pecados como las alegres y bellas zonas campestres”.




[i] Desmentido. To issue a disclaimer:  Declarar descargo o limitación de responsabilidad. Se aplica generalmente en publicaciones para evitar juicios por libelo.

domingo, 10 de abril de 2016

El premio “Bad Sex Award”: celebra las peores escenas eróticas de la ficción moderna


Mario Szichman






Quizás el premio más temido por los escritores anglosajones es el Bad Sex Award concedido anualmente por la revista The Literary Review de Londres.
¿Cómo traducir Bad Sex? es arduo hacerlo de manera literal, aunque resulta posible con circunloquios. La intención del jurado de la publicación es galardonar frases de novelas que reseñan labores no siempre reproductivas y se caracterizan por sus ridículas descripciones. Un ejemplo, y no el peor, es de la novela To Love, Honour and Betray, de Kathy Lette, que recibió una nominación en 2008:
“El miembro erecto de Sebastián era tan grande, que lo confundí con una especie de monumento en el centro de una población”, dice la protagonista. “Sentí la tentación de dirigir el tráfico en torno a él”.
En el curso de los años, famosos autores han sido galardonados o recibido menciones de The Literary Review, por sus descripciones de encuentros íntimos, generalmente entre un hombre y una mujer, aunque no han faltado los triángulos amorosos, las orgías, o los juegos sicalípticos entre seres del mismo sexo.
Si bien los novelistas son retribuidos por sus grotescas descripciones de encuentros sexuales, el premio, de 250 libras esterlinas es para el lector que envió la descripción erótica ganadora. El escritor o escritora reciben una escultura, tan burda como sus frases sensuales, y se los invita a la ceremonia donde son gratificados con las risotadas de una enorme concurrencia. Para completar el agravio, deben subir a un escenario y pronunciar un discurso aceptando el tributo.
No todos los premiados asisten a la ceremonia, al punto que Waugh amenazó en una ocasión con contratar actores y hacerlos pasar por los ausentes autores.
Quienes aceptan acudir deben someterse a ciertos requisitos. Sus discursos no pueden ser agresivos, o aburridos. Como desquite, pueden leer a la audiencia fragmentos de las escenas sexuales pergeñadas por sus competidores.
Uno de los escritores que estuvo a la altura de las circunstancias fue Nicholas Royle, premiado por su novela The Matter of the Heart quien explicó que el texto había sido censurado por su esposa. “Ella me prohibió escribir escenas eróticas que pudiesen ser interpretadas como acaecidas en nuestra alcoba”, advirtió. Fue buena la aclaración, pues en  The Matter of the Heart aparece un personaje femenino llamado Yasmin quien, “en el paroxismo del placer, hacía un ruido que oscilaba entre el de una ballena varada en una playa, y una sirena policial”.
El premio a la peor descripción en materia sexual fue instituido en 1993 por Auberon Waugh, hijo del novelista Evelyn Waugh. El propósito, señaló en esa ocasión el editor de The Literary Review, era “llamar la atención a descripciones de encuentros sexuales consideradas redundantes o superficiales, y desalentar” su inclusión en textos de ficción. 
Jonathan Littell, un excelente novelista, autor de The Kindly Ones, las memorias de un criminal de guerra nazi confeso pero no convicto, que ganó el Premio Goncourt en el 2006,  tuvo la desdichada suerte de ser nominado para el Bad Sex Award, por algunos sensuales pasajes donde usó la mitología griega para explicar un orgasmo.  El protagonista dice que el sexo de una mujer “me estaba observando, me estaba espiando, como la cabeza de la Gorgona, como un Cíclope cuyo único ojo nunca parpadea”. 

EL RETORNO DEL EUFEMISMO

Como señaló Montaigne, mientras el ser humano no tiene recato alguno en presenciar escenas de batalla, siempre se esconde para hacer el amor.
El director cinematográfico Frank Capra, uno de los grandes del cine de Hollywood, dijo en sus memorias que “las escenas eróticas entre personas jóvenes son tan incómodas, que causan hilaridad. Y entre personas de más edad, son tan absurdas, que resultan insultantes… La clave es el deseo, no la satisfacción del deseo. Es por eso que las escenas voluptuosas son tan difíciles de escribir o de escenificar”.
Si uno observa una obra maestra del cine como Some Like it Hot (Una Eva y dos Adanes), protagonizada por Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis, podrá ver que el erotismo se expresa en chistes de doble sentido, o en mujeres vestidas con escasas ropas, nunca en escenas crudamente sensuales. Aparte de que el código Hayes del cine impedía las acciones tórridas, había otro factor de gran importancia: la sugerencia, pues llega más lejos que el exhibicionismo.
Inclusive, Hollywood tenía su propia taquigrafía del erotismo, especialmente en los filmes policiales.  Out of the Past, una de las mejores películas de gangsters en toda la historia del cine, mostraba a Robert Mitchum y Jane Greer furiosamente enamorados. En determinado momento, ingresaban a un motel. Ambos se abrazaban en un sillón. La escena siguiente mostraba la puerta de la habitación abriéndose con violencia, y mostrando una noche tormentosa, repleta de relámpagos. Todos los espectadores sabían que eso, en shorthand, significaba la consumación del abrazo. (Shakespeare usaba otro eufemismo. Decía que una pareja había hecho la bestia de dos espaldas).
Describir escenas sexuales no es fácil. Y se ha hecho más difícil en el último medio siglo, pues el narrador debe competir con la pornografía y con requisitos de algunas editoriales. Las relaciones sexuales se prestan más a la farsa y a la comedia, que a la narrativa dramática. Pero su crudeza conspira siempre contra las mejores intenciones del narrador. En mi novela La región vacía, que tiene como tema el ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas por parte de agentes de al-Qaida, mencioné algo que aprendí siendo reportero de sucesos. Toda nueva relación sentimental, decía, suele “comenzar con sórdidos detalles. Cuando se investigaban casos de violencia doméstica los detectives se concentraban en adquisiciones recientes en lencerías y en farmacias. Apenas una mujer se conseguía un amante renovaba su ajuar de sostenes y bikinis, y cambiaba la marca de su desodorante vaginal”.
Todavía me hacen sentir incómodo esos detalles. El amor, el enamoramiento, necesitan siempre estar envueltos en gasa. Tal vez el romanticismo está pasado de moda en la narrativa, pero es obvio que la cruda descripción de la cópula amorosa causa disgusto. Aunque el concurso convocado por The Literary Review excluye a la literatura pornográfica de toda consideración, el hecho de que famosas figuras: Norman Mailer, Tom Wolfe, o Philip Roth, hayan sido a veces mencionados  como aspirantes al galardón, muestra el escabroso territorio que deben recorrer los narradores.
La escritora Brenda Maddox dijo en The New York Times que algunos críticos cuestionan el premio porque al ridiculizar una parte primordial de la experiencia humana daña la creación literaria. Eso es cuestionable. No hay explícitas escenas eróticas en las novelas de Balzac, de Dostoievski o de Tolstoi, y nadie cree que eso haya afectado la trascendencia de sus obras maestras. Por el contrario, algunas descripciones de actos sexuales o de sus preliminares pueden acabar con la fama de más de un escritor. Cuando Paulo Coelho, en su novela Brida, describe un acoplamiento como “el momento en que Eva fue reabsorbida en el cuerpo de Adán, y las dos mitades se transformaron en la Creación” (con mayúsculas), es difícil ponerse solemne.
Y si Coelho prosigue diciendo que Eva pareció “ser alcanzada por un sagrado rayo de luz … y el mundo, las gaviotas, el sabor de la sal, la dura tierra, el aroma del mar, las nuevas estrellas, todo desapareció, y en su lugar surgió una vasta luz dorada, que creció y creció hasta que tocó la estrella más distante en la galaxia”, la tentación de reír es difícil de controlar.
En 1972, Alfred Hitchcock filmó en Londres Frenzy. En esa ocasión, se permitió una escena que nunca le hubieran autorizado en Estados Unidos. Comenzaba con una seducción y concluía con una violación.
Fue la única vez en que su hija, Patricia, repudió en público uno de los filmes del padre. La escena es muy desagradable. Y nada aporta.
Es posible que Frank Capra y otros famosos directores cinematográficos hayan estado más acertados que los novelistas, a la hora de reseñar la pasión. El ser humano necesita disfraces y veladuras. Y los creadores, cierto nivel de censura.




miércoles, 6 de abril de 2016

El retorno del anciano fantasma (relato)


Mario Szichman



     
      Faltaban veinte días para las elecciones municipales en Puerto Wilde y todas las encuestas nos ubicaban en segundo lugar. La Acción Popular oscilaba entre un treinta y dos y un treinta y cuatro coma cinco por ciento del total de votos y nosotros, los de la Unión Vecinal, apenas si podíamos trepar al veintinueve por ciento. Como en Puerto Wilde votan unas ocho mil personas, necesitábamos que se pasaran a nuestras filas unos quinientos electores,
     Yo, Jaime Nogaró, era el jefe de la campaña de Unión Vecinal. En la mañana de ese veintinueve de mayo andaba un poco desesperado. Habíamos agotado todos los recursos del poder, y nuestro porcentaje no crecía. La reelección del intendente Ezequiel Rosales era cuestión de vida o muerte. Habíamos reclutado demasiados enemigos. La pérdida de la Intendencia significaba perder a los veintitrés policías del destacamento de Villa Concepción que nos cuidaban las espaldas. Además, era previsible que un nuevo gobierno municipal echase a los jueces y a los empleados del catastro, como preludio a ciertas investigaciones.       No es que hubiéramos hecho cosas malas. O por lo menos, no demasiadas cosas malas. Por ejemplo, nadie había robado de manera ostentosa. Pero cuando se empieza a escarbar, siempre algo se encuentra. Y el eslogan de visionario que le habíamos adjudicado al intendente Rosales podía volverse en contra nuestra. Ya algo de eso había insinuado el diario opositor El Sol al decir en un editorial que las profecías de nuestro intendente incluían la compra de terrenos en Las Charquitas exactamente dos meses antes de iniciarse la construcción de un ramal ferroviario entre Villa Concepción y Puerto Wilde. El ramal atravesaba las tierras de Rosales, y las había valorizado antes de tenderse el primer riel.
    Y también estaba, la explosión de la fábrica de pirotecnia, el mismo día en que se apareció el fantasma.
     El dueño de la fábrica era don Crisóstomo de Luca, presidente del Consejo Municipal. En el incendio había fallecido Gabriela Venanzi y el liquidador de seguros descubrió que la muerta no tenía anhídrido carbónico en los pulmones y que el permiso municipal de la fábrica estaba vencido.
    Tuvimos que esperar a las primeras lluvias para  votar una partida extraordinaria de socorro a las víctimas de lo inundación. En el ínterin, unas dos semanas, el liquidador de seguros se encargó de informar en los tres bares de Puerto Wilde que si a un cadáver encontrado en un incendio le falta anhídrido carbónico en los pulmones, es porque estaba ya muerto antes del incendio.
     Respiramos tranquilos cuando el liquidador de seguros canjeó el veinte por ciento de la partida extraordinaria por un informe caracterizando como accidental el incendio de la fábrica.  En cuanto al restante ochenta por ciento de la partida, nos brindó tres puntos más en las encuestas. Las ciento cuarenta familias de Villa Concepción afectadas por las inundaciones estaban muy agradecidas con el subsidio otorgado por el gobierno comunal. La inundación no alcanzó siquiera los dos centímetros de agua, y contribuyó a la mejor  cosecha en casi una década.
     Pero todos eran paliativos. Lo esencial era ganar la reelección. Y aquel que descubriera alguna manera de hacerlo, tenía el porvenir asegurado. Al menos así lo había prometido el intendente Rosales.
      Ese veintinueve de mayo, como lo venía haciendo todas las mañanas de los últimos seis meses, recorrí el pueblo para “presionar la carne”, como dicen los políticos norteamericanos. Salí de la plaza en dirección a la playa y recorrí las ocho cuadras a tranco lento, subiendo y bajando las tarimas de madera de un metro de alto que servían de base a los negocios. Fui por la vereda izquierda y regresé por la derecha. Me detuve en cada negocio un rato largo. Exageré la vitalidad de nuestro partido, prometí el asfalto y la corriente eléctrica en menos de un año, pregunté por la salud de la patrona y de los hijos, y ofrecí cigarrillos y pastillas de goma.
      Presentí en la nuca las miradas de los potenciales votantes, el grado de amistad o encono que albergaban sus saludos. Sentí fastidio por esa necesidad de amplificar mi amistad con la gente, amistad que por otra parte era real. Me causaba aprensión su recibimiento que era falso por partida doble. Ellos sabían que yo sólo buscaba sus votos, y yo sabía que ellos sabían eso.
      Terminé frente al restaurante de los griegos. En la mesa había una botella de vermut, una de bitter, un sifón, y una bandeja de acrílico veteada de azul con divisiones. Las papas fritas enroscadas se doblaban entre los dientes como hule, los caracoles tenían algunos granos de arena, y los trozos de pescado frito eran del día anterior. Una mala señal. Filipidis, el dueño del restaurant, siempre me reservaba los mejores manjares. Debía pensar que pronto me perdería como cliente.
       Y de repente, quizás algo atontado por el segundo vaso del vino Caballero de la Cepa, tuve la tentación de pinchar un pedazo de pescado con un escarbadientes y trazar en el aire un cuadrado para encerrar el edificio del hotel Escorial. Filipidis me miró con desconcierto. Yo lo miré y sonreí. Y por alguna razón, me vino la inspiración. A medida que imaginaba variantes, el plan se iba enriqueciendo. Hay planes que empiezan a fallar apenas se les aprieta las clavijas, pero éste resistía todas las pruebas y cualquier idea nueva servía para simplificarlo.
      Todo el malestar se fue escurriendo por la garganta como un llavero por un bolsillo roto. Pedí que me trajeran el menú. En ese momento vi caminar por la vereda de enfrente al abogado Reimundes, el director de “El Sol”, un tipo amargado que se aprovechaba de los lentes bifocales para mirar can desprecio las manos de sus interlocutores.  Lo invité a mi mesa. Las venitas rojas en la nariz de Reimundes hacían presumir que era un excelente bebedor. Pedí otra botella de Caballero de la Cepa. Obligué al vino a  soltarme le lengua. Comencé a hacer pronósticos sobre nuestra  inevitable derrota.
      Reimundes estaba tan sorprendido que bajó la guardia y se quitó los lentes antes de disminuir los votos probables de nuestros rivales. Quería ser ecuánime, aunque su campaña de “saneamiento político” estaba dirigida exclusivamente contra nuestro partido.
        Llegó un momento en que había tres botellas de Caballero de las Cepas sobre la mesa y nos peleábamos para ver quién era más condescendiente al opinar sobre el adversario.
      Al final hice como que escribía en el aire con la mano derecha para avisarle a Filipidis que anotara el almuerzo en mi cuenta. Filipidis tuvo un gesto que me llamó la atención. Colocó en una fuente un trozo de Balaclava.
       –Acabo de sacarlo del horno– me dijo.
      Bastante mareado por el vino y desconcertado por la gentileza del griego, me puse los lentes oscuros y enfilé hacia el local del partido. Caminé más erecto que de costumbre.
       Adentro estaba vacío. Me senté en mi escritorio, trencé les manos y dejé que sostuvieran la barbilla.  “A ver”, pensé, “tenemos tres datos. Uno, o primero y principal: el hotel”. Era una gigantesca mole de una cuadra de largo con trescientas veinte habitaciones. Nunca había sido puesto en funcionamiento.          Construirlo en Puerto Wilde carecía de todo sentido. El hotel parecía pensado por un idiota que imaginaba poder convocar la misma gente que iba a Mar del Plata, solamente porque instalaba un edificio del tamaño del hotel Provincial. “Segundo: tenemos la historia del fantasma”. La única leyenda del pueblo. Pese a lo reciente del caso, los habitantes se habían encargado de envejecer la historia espolvoreándola con ese humo bajo de incensario que emplean en las películas de terror. Y por último, estaba la curiosidad de la gente de Puerto Wilde. Nadie querría perderse el retorno del fantasma.
     Saqué una hoja membretada del cajón central del escritorio y fui diagramando el plan. Después me entretuve haciendo filigranas en la hoja hasta que vino Atanasio Wilde, nuestro apoderado. 
        — ¿Y qué tal ese ánimo? ¿Tan caído como siempre? —me saludó.
       — ¿Dónde estabas la vez que se apareció el fantasma? – le pregunté.
      Atanasio despegó el traste de la silla, y apoyando sus manos en el escritorio fue olfateando el ambiente,
      —Esnif, esnif, aquí se huele a bebidas alcohólicas. No sé si de alta graduación.  
      –Acepto la excesiva ingestión etílica– reconocí. –Pero fue para celebrar una idea que puede salvarnos la vida.
      – Y tiene que ver con el fantasma.
      –Sí. ¿Dónde estabas cuando se apareció el fantasma?

      Atanasio había estado en el mangrullo. Junto al restaurant de los griegos. El mejor atalaya del pueblo.
       –Y viste a la hija de De Luca.
      –La vi cuando salía corriendo del Escorial. También vi cuando se empezaba a incendiar la fábrica. Lástima no haber tenido una cámara para filmarlo.
      – ¿Será cierto lo del fantasma?
      –La chica parece centrada.
      –Una chica que ve a un fantasma no puede estar muy centrada.
      –Tendrías que hablar con ella.
      – Ya hablé con ella. Demasiado.
      –Sí, hay amores que matan.
      – ¿Qué pasaría si retorna el fantasma?
      – Yo pensaría que hay gato encerrado.
      – ¿Te quedarías en tu casa?
      – Me estaría peleando con todo el pueblo para estar en primera fila.
       – ¿Sabes guardar un secreto?
      – Viejo, si no supiera, ya todos estaríamos entre rejas.
      – Bueno, un ratoncito me contó que el fantasma piensa retornar.

      Al rato apareció nuestro intendente con cara larga y tristona. Otra vez tuvimos que hacer la comedia de festejarle los chistes con que matizaba las conversaciones sobre la campaña electoral. Ese día Rosales estaba más deprimido que nunca. Cuando nos quedamos solos, comenzó con sus reproches.
      —No te gustaron mis chistes– me dijo. –Te reíste por lástima.
      –Le juro que no, Rosales.
      –Antes festejabas mejor mis chistes.
      –Son muy buenos. Créame.
      –El del marinero tartamudo. Ese chiste es una joya. “Prefiero que el bote zozobre a que fa-falte”. Eso de zozobrar y de so–sobrar es una pegada. Juega con el sonido parecido de las dos palabras.
      –Son los chistes más difíciles de apreciar porque apelan a nuestro intelecto.
      –Coincido totalmente contigo. Tú sabes que me gustan los chistes refinados. La grosería está al alcance de cualquiera.

      Le dije al intendente que la gente de Villa Concepción estaba muy agradecida por el subsidio.
       –Es la primera buena noticia que escucho hoy– me dijo
        Me dirigí a la relojería de Venanzi.
       Al principio, no quiso aceptar mi oferta. Descolgó un cuadro de la pared y me lo mostró.  Aparecía en una foto usando gorra de visera, tenía las mejillas pintadas con redondeles negros y las comisuras de los labios marcadas violentamente con un pincel. Era de su época en que era actor cómico. En la foto ofrecía una cadena al gran cómico argentino Luis Arata.
      – ¿Te parece que puedo olvidarme de esto? – preguntó.  Tampoco podía olvidarse de su hija muerta. Luego me señaló una foto que tenía en su mesa de trabajo, aplastada por un vidrio. Vi la foto del revés, pero la conocía de memoria. Era el retrato de una nena gorda con dientes separados y peinada con raya al medio. La nena apretaba un conejo de trapo con el brazo derecho. Era el único recuerdo de la muerta. De Venanzi se aferraba a esa foto como su hija se había aferrado al conejo. Esa imagen de la perfecta inocencia le taponaba las orejas para eludir los chismes y los chistes verdes que circulaban sobre la hija cuando se hizo señorita.
      – ¿Qué hubiera dicho ella de esto? ¿Cómo puedo ofenderla con ese disfraz?  
      Apenas se hizo el dramático pensé que se abría una posibilidad. La relojería iba de mal en peor y en cualquier momento tendría que cerrar. Le firmé dos pagarés que lo librarían de solventar el alquiler del local durante seis meses, y aceptó.  
      La última semana de campaña recorrí las casas de nuestros afiliadas y les pedí que fueran a votar apenas abrieran las mesas.
      –Eso me lo enseñaron en el cuartel– les decía a nuestros afiliados. –Cuando se trata de cosas inútiles, hay que hacerlas muy temprano.
      Jaske el rematador contrató a una troupe de luchadores que debutaría el domingo en la tarde. El intendente consiguió por su parte que el horario de votación fuera de cuatro de la tarde a ocho de la noche. 
      De las cuatro a las cinco de la tarde del domingo, la mayoría de nuestros  afiliados depositaron su voto. Hice una recorrida por las mesas. Los fiscales se quejaban por el pequeño porcentaje de electores.
      —Hasta que no termine la lucha libre, esto va a andar muy tranquilo– les decía. 
      – Los apurones van a ser después de las seis y media.
      Terminé de chequear la última mesa que habían montado en un garaje y me fui al club. Alcancé a ver la lucha entre el comisario Bill y el cacique Ojo de Águila. El comisario usaba un antifaz como el del Llanero Solitario y luchaba con el sombrero puesta. Ojo de Águila tenía la cabeza rapada. Una coleta emergía de su coronilla. Ya había peleado previamente como Fu–Kien, el mandarín chino.       Estaba disfrazado con una bata de baño con caracteres chinos que simulaba un quimono y el antifaz que usaba ahora el comisario Bill. Gracias a los antifaces y caretas, me explicó Jaske, una troupe de seis personas podía organizar un espectáculo de diez peleas.
      En el momento en que Ojo de Águila le hacía al comisario Bill un piquete de ojos y gesticulaba su maldad mirando como un demente a los espectadores que lo insultaban, hubo una aglomeración frente a la salida y un movimiento nervioso que abrió un surco hasta las primeras filas de la platea.
      –Otra vez apareció el fantasma —me gritó Wilde ahuecando la voz entre las manos. Las conversaciones empezaron a subir de volumen, y la maldad de Ojo de Águila fue languideciendo, hasta que alineó las manos a la altura de las caderas y se quedó contemplando el desbande de la gente.
Frente al hotel Escorial, había una multitud. El fantasma podía congregar más espectadores que muchos actos públicos.
      —Está adentro– me dijo la hija de De Luca. Ella había presenciado la primera incursión del fantasma, la noche en que la chica Venanzi murió en la fábrica de pirotecnia.
      La joven tenía los ojos brillantes y una risita de resignación, la misma cara que debía ponerles a los muchachos del pueblo cuando le ofrecían ir a charlar a un lugar “Qué sé yo, más tranquilo”.
      – ¿Es el mismo fantasma de la otra vez? – le pregunté.
      — No, este fantasma tiene cara conocida–. Le apreté el brazo con la mano derecha y la llevé para el lado de la playa.
      — ¿No puedes callarte? —Le pregunté.
      — Vi bastantes cosas feas, pero esta le gana a todas– me dijo.
        — Por favor, esto es cuestión de vida o muerte.
     — Tampoco es cuestión de ponerse dramático. ¿Qué pasó, te contagió Venanzi?
      — ¿Por qué no te vas a dar una vuelta y vuelves después de las ocho?
      – A los tipos hay que conocerlos cuando están con la soga al cuello. Cuando están encima tuyo, todos se parecen a Sandokan.
      – Mientras las cosas funcionan, funcionan. Lo nuestro se acabó.
      – Estás verde de miedo.
    — No pienso llevarte la corriente. Podemos hablar mañana.  —Se mc acercó, me pellizcó con rabia en la tetilla izquierdo y se fue.
Imaginé que veía todo rojo, pensé que tenía delante de mí una pared de ladrillos. Dejé que el dolor se evaporara por las sienes, y volví para el hotel.             Como el rumor había salido de seis personas al mismo tiempo, cada uno preguntaba al de al lado por el fantasma. Todo amenazaba con diluirse. Una vez la multitud se dispersara, muchos se irían a votar, la mayoría por la Acción Popular.
      Y de repente, se hizo la luz. O mejor dicho, el relámpago.  Mientras el cielo se oscurecía junto con los edificios y los contornos del hotel empezaban a ser más imaginados que vistos, un fogonazo se encendió en el tercer piso. Fue como si alguien hubiera hecho shhh colocándose un dedo delante de la boca. Primero se apagaron las conversaciones y después, varios corearon: “¡Ahí!” Me imaginé que estaban apuntando a algún lugar con la mano.
      Unos dos minutos después, otro fogonazo se encendió en el cuarto piso. A través de uno de los ventanales se pudo ver una tela flotando. Muchos retornaron al lugar del Escorial. La mayoría se colocó en la vereda de enfrente, donde podía ver mejor.
      Revisé el reloj con disimulo. Eran las siete y quince. Cuarenta y cinco minutos más con esa muchedumbre frente al hotel, y sería posible ganar las elecciones.  
      Cuando volví a mirar el reloj eran las siete y veinticinco, y Rosales, el intendente, estaba temblando a mi lado.
      —Está bien, me embromaste–reconoció– pero te voy a reventar. Como que hay Dios que te voy a reventar.
      —Oiga Rosales, ¿qué le pasa? –Le pregunté. Empecé a asustarme.
      —Te voy a reventar– insistió. –Como que hay Dios.
     Rosales pidió permiso a los policías que estorbaban la entrada al hotel y entró por la puerta principal, Al rato reapareció en el balcón del primer piso arrastrando de la mano al viejo Verianzi. El viejo había usado las técnicas de maquillaje de la vieja escuela, cuando el ídolo del sainete era Florencio Parravicini. Había grandes manchas de lápiz labial en las mejillas. Las comisuras y las cejas estaban pintadas con corcho quemado. Lo cubría una sábana tornasolada con pintura.
      Rosales se puso frente al viejo como para retarlo, y de repente se arrodilló, y dijo:
      – Perdóneme, Venanzi. Perdóneme por lo que le hice a su hija.
      – Yo no quería hacer esto… – dijo Venanzi. Soplaba viento y nadie pudo oír las palabras siguientes.
      –Más fuerte– gritaron desde la calle.
     –Yo no quería hacer esto. Yo no quería entrar en esta farsa– gritó Venanzi mientras miraba a nuestro intendente. –Yo no quería hacer esto– repitió, dirigiéndose al público. –Nogaró fue el que me obligó.
     –Ese señor está loco– grité a los que me apretujaban contra una verja de hierro, cerca de la entrada al hotel.
      –Perdóneme Venanzi – gritó Rosales, también dirigiéndose hacia nosotros. –Yo la quería mucho a su hija. Me enloquecí. Créame, Venanzi, me enloquecí.
      Y entonces confesó.
      Rosales dijo que había matado a la hija de Venanzi. Se había citado con la chica en el hotel, como lo hacían desde enero, y ella le dijo que se había enamorado de Wilde, nuestro apoderado, y que lo pensaba abandonar.
–Me enloquecí– volvió a gritar Rosales al público. –Por esa la maté.
      Cuando iba a sacar el cadáver de la chica, se apareció la hija de De Luca, que también esperaba a alguien en el hotel. Así que el intendente aulló como un lobo, y agitó su campera. La muchacha huyó, y Rosales llevó el cadáver a la fábrica de pirotecnia, prendiéndole fuego.

      –Haga de mí lo que quiera, don Venanzi– dijo finalmente Rosales abriendo los brazos en cruz. Venanzi lo tomó de uno de los brazos, y se alejaron del balcón. Los dos reaparecieron en la azotea.
      –Don Venanzi quiere que me suicide– anunció Rosales a los espectadores. –       Lo que hice no tiene perdón de Dios– y se lanzó a la calle.

      Entre el viento y las interrupciones del público a Venanzi, y el pedido de repeticiones, pasó la hora de cierre de las mesas electorales.

      Al día siguiente, de madrugada, subí al tren que me llevaría a Bahía Blanca. El diario El Sol dedicó la mitad de la primera plana a reseñar el suicidio de Rosales. En su editorial, Reimundes, su director, decía que “la tragedia que había estremecido a Puerto Wilde redacta,  con indelebles titulares, el certificado de defunción de todo un estilo de hacer política en nuestra progresista localidad”. En la última página, en tipografía tamaño ocho, casi imposible de descifrar se anunciaba el triunfo de nuestro partido, la Unión Vecinal, sobre la Acción Popular, por 432 votos contra 241. Había seis votos impugnados, y dos en blanco.

(La primera versión de este relato fue publicada en la revista Crisis de Buenos Aires, dirigida por Eduardo Galeano, en febrero de 1974).




domingo, 3 de abril de 2016

El recolector de basura que se convirtió en millonario


Mario Szichman



El hombre estaba muerto desde hacía diez días. El olor en su apartamento era insoportable. Su cadáver estaba boca abajo, atrapado por pilas de cuadros, esculturas y dibujos. Sólo eran visibles sus tobillos y sus pies, enfundados en medias.  
Así fue como encontró a Harry Shunk el recolector de basura Darryl Kelly, en junio de 2006. Y en el apartamento del artista situado en Manhattan, Kelly descubrió una mina de oro.
En Harry Shunk se cruzan imposturas y logros. Su autobiografía está plagada de datos inciertos, o totalmente inventados. Pero sus fotografías han sido exhibidas en The Metropolitan Museum of Art de Nueva York, y en el Centro Pompidou de París. También trabajó con algunos famosos artistas del siglo veinte. Aunque su colección de obras de arte valía millones de dólares, siempre tuvo problemas financieros y su final fue triste y solitario. Ni siquiera dejó dinero para financiar su entierro.  
Shunk, cuyo apellido original era Schunke, nació en Alemania en 1924. Se mudó a París en la década del cincuenta, y con su amante, János Kender, fue uno de los más celebrados fotógrafos del movimiento Nuevo Realismo, que incluía a Yves Klein, a Christo, a Claes Oldenburg y a Niki de Saint Phalle.  
Su fotografía más famosa es un collage de 1960 titulado Leap Into the Void, salto al vacío, en el que Klein parece lanzarse desde la ventana de un segundo piso de apartamentos. El collage integra la colección permanente del Metropolitan.  

Cuando Kender rompió su relación sentimental con Shunk, en la década del setenta, el artista comenzó a hundirse en la depresión y en la locura. Cortó todo lazo con viejos amigos, y rechazó ofertas de trabajo que podrían haberlo ayudado, dijo Christo en una entrevista que le hizo The New York Times.
Shunk “se convirtió en un ser muy solitario, muy extraño”, señaló el artista. “Había una veta de demencia. Se sentía muy furioso porque no habíamos logrado convencer a Kender de que siguiera a su lado”.  
Shunk se mudó a comienzos de la década del ochenta a Westbeth, en el West Village, un área de Manhattan donde pululan los artistas. Siempre rehuyó el contacto con sus colegas o con sus vecinos. A veces salía a pasear con su bicicleta, pero nunca acompañado. Sus ingresos eran magros. Nadie sabía que su apartamento estaba repleto de obras de arte cotizadas en millones de dólares. Quien lo descubrió fue Kelly, el recolector de basura.

UNA MINA DE ORO

Matthew Russas, gerente del edificio donde vivía Shunk, fue el primero en ser alertado en junio de 2006 que algo olía mal en el apartamento del artista. Cuando envió a una cuadrilla de su equipo de intendencia para que inspeccionara el sitio, hubo que quitar las bisagras de la puerta de entrada, pues era imposible abrirla.
El apartamento estaba repleto de objetos de arte, documentos, fotografías y manuscritos. Debido a que Shunk no dejó herederos, el administrador público de Manhattan tomó control de su herencia.
Durante una semana, un equipo de investigadores sacó todo lo que consideraba de valor. Dos años más tarde, en una subasta, la Fundación Roy Lichtenstein adquirió la mayor parte del archivo de Shunk, unas 200.000 fotografías y otros objetos, por unos dos millones de dólares.   
El resto, al parecer, fue considerado sin valor alguno por el equipo de investigadores. Russas, el gerente del edificio donde vivía Shunk, pidió a Kelly, el recolector de basura, hacerse cargo del resto.
“Era casi como una excavación geológica”, dijo Russas a The New York Times. Kelly y su equipo demoraron varios días sacando objetos del apartamento de Shunk, a través de una ventana del primer piso. Así llenaron siete grandes contenedores de acero. Entre los objetos había papeles, portafolios, libros, periódicos y cajas.
Kelly advirtió que no todo era desechable. Muchas personas se aglomeraban en torno a los contenedores y se llevaban buena parte del contenido.  
Durante su último día de recolección, Kelly pensó que si tantas personas mostraban interés en los objetos abandonados por Shunk, algún valor debían tener. Sería “estúpido” no alzarse con alguno de ellos. Por lo tanto, trasladó a su apartamento alrededor de 2.000 artefactos, y los almacenó en un vasto armario de su apartamento.  
Cada vez que la esposa de Kelly observaba ese armario clausurado, recriminaba a su esposo, y le exigía que se librara de tanto desperdicio.   
En el 2010. Kelly estaba observando un programa de televisión donde exhibían aparatos y artefactos, algunos bastante comunes, que se cotizaban a alto precio. Recordó entonces algunos de los objetos almacenados. “Algo me indicó que en el armario había algunas piezas de valor”, declaró al periódico.
El recolector de basura no conocía a comerciantes de arte, pero sí al gerente del edificio donde había muerto Shunk. Russas sabía de arte, y era amigo de muchos merchantes. Cuando vio algunos de los objetos que le mostró Kelly se quedó con la boca abierta. “Mattew”, le preguntó a Kelly, “¿estás preparado para jubilarte?” Estaba seguro de que los objetos valían una fortuna.  Entre las piezas en poder de Kelly había esbozos y maquetas tridimensionales hechas por Christo, enormes fotografías de Yves Klein dando órdenes a mujeres desnudas cubiertas de pintura, litografías de Andy Warhol y Paul Jenkins; un menú escrito a mano por el artista Larry Rivers; posters de museos, y hasta un paquete con hojas de oro, que había pertenecido a Klein.
Jane Borthwick, una asesora de arte contratada por el abogado del recolector de basura, dijo que Kelly estaba en posesión de una fortuna. Maquetas de Christo, varias de las cuales estaban en su armario, se habían vendido en más de 50.000 dólares cada una. Y cualquier litografía de Warhol, y poseía varias, superaba en mucho esa cifra.  
Borthwick dijo que “todo este tesoro se hubiese perdido de no ser por este coleccionista accidental”. Kelly fue, básicamente, “el curador de esta colección durante algunos años”.  
El recolector de basura no es el único que se ha beneficiado con el material desechado por Shunk. La colección completa de fotografías del artista (1958-1973) es compartida por museos en Estados Unidos y en Europa. Incluye imágenes de más de 400 pintores, músicos y coreógrafos, entre ellos Vito Acconci, Arman, Joseph Beuys, Lee Bontecou, Trisha Brown, Alexander Calder, Christo, Merce Cunningham, Lucio Fontana, Jasper Johns, Joan Miró, Michelangelo Pistoletto, Man Ray, Andy Warhol, y Lawrence Weiner.
Kender, el compañero de Shunk, murió en diciembre de 2009, en peores condiciones que su ex partner, en una residencia para artistas indigentes.   
En cuanto al recolector de basura, ha ingresado al mundo de los millonarios. Solo en una subasta, le pagaron 226.224 dólares por 24 obras. Una de ellas, la imagen de Marilyn Monroe creada por Andy Warhol, redituó 50.000 dólares.  En otro ocasión, vendió a la Fundación Roy Lichtenstein, 1.701 objetos de arte. Se ignora la cifra obtenida. Kelly se limitó a decir que era “de seis ceros”.  

El ex recolector de basura lamentó que Shunk hubiera fallecido tan pobre. Ni siquiera recibió un entierro decente. “Le hice una promesa a Harry”, dijo, “conseguirle una lápida”.