miércoles, 14 de octubre de 2015

Si quieren indagar en la calamidad que aguarda a Venezuela revisen la historia de España

Mario Szichman



Hace algunos meses publiqué en la versión digital del periódico Tal Cual de Caracas una nota que tenía por título: “El drama de Petróleos de Venezuela: tras raspar el fondo de la olla, se roban las ollas de sus instalaciones”  
La información se basaba en un trabajo de investigación de Reuters. La agencia noticiosa británica señalaba que piratas y atracadores se dedicaban a desmantelar parte de la infraestructura de la empresa estatal, una de las pocas que todavía sigue aportando dinero a las arcas del estado venezolano. (Casi de inmediato, la embajada venezolana en Londres denunció que Reuters estaba participando en una campaña de difamación contra PDVSA).  
El argumento central del artículo era que “el desempeño y la productividad de la industria petrolera venezolana estarían siendo afectados por una ola de criminalidad”. La embajada venezolana en Londres negaba tal aseveración, y reclamó a la agencia noticiosa corregir “los defectos” de la nota, “en nombre del respeto debido a los valores profesionales del periodismo, y a la verdad y realidad de Venezuela”.
Reuters no corrigió los presuntos “defectos” de su información. Tal vez supone que la verdad y realidad de Venezuela se define por la destrucción de todo aquello sospechoso de lucro. Hasta apostaría que, pese al rotundo desmentido de los funcionarios venezolanos, la producción de PDVSA va palo abajo, el robo de equipos y materiales va palo arriba, y el ente petrolero estatal terminará como todos los elefantes blancos del chavismo, boqueando y en la lona.  
Según Reuters, en la península de Paraguaná, frente a la isla de Aruba, habitantes de barriadas “en ocasiones ingresan en la refinería más grande de Venezuela para robar maquinaria, herramientas para la construcción, y cables, que venden como chatarra”. Entre tanto, en el estado Monagas, “unos 26.000 barriles potenciales de petróleo se perdieron en marzo (de 2015) durante una clausura” de las operaciones, “luego que empleados de la empresa estatal y contratistas robaron cables de cobre y causaron derrame en un tanque”.
“Los atracos y robos en el sector han aumentado”, dijo la agencia noticiosa. La “escasez de repuestos o la posibilidad de ulteriores robos, obstaculizan el reemplazo de objetos sustraídos, forzando el funcionamiento parcial de algunos pozos”.
Un teniente de la Guardia Nacional, que la embajada venezolana en Londres calificó inmediatamente de “sospechoso”, dijo a Reuters que es imposible evitar la acción de los ladrones de chatarra. El teniente participa en tareas de seguridad en la refinería de Amuay, aunque posiblemente cesó de intervenir en esas tareas, tras formular sus declaraciones a Reuters. Según dijo el militar, a veces, entre 20 y 30 personas ingresan al mismo tiempo en la refinería para robar. (En fecha reciente, esa refinería sufrió algunos desperfectos. Obviamente, no por falta de manutención, sino, de acuerdo al gobierno, por la acción de etéreos grupos paramilitares vinculados a sectores derechistas que intentan destruir a la Revolución Bonita, y que nunca son capturados).
En el 2013, dijo The Wall Street Journal, la empresa petrolera exportó 550.000 barriles diarios de crudo a través del Pacífico, en buena parte a China. En abril de 2015, según información de las autoridades aduaneras chinas, el país importó apenas 296.000 barriles diarios de Venezuela. 


En cuanto a la falta de mantenimiento, se han multiplicado los accidentes en el sector petrolero. El último ocurrió el 26 de agosto de 2012, cuando por lo menos 39 personas murieron y docenas fueron heridas al registrarse una filtración de gas en tanques de almacenamiento de la refinería de Amuay.
Si a eso se suma la acción de “piratas” en refinerías y depósitos, podrá verificarse que Venezuela se está convirtiendo en un país donde la única industria que prospera es la del saqueo, ya sea de los fondos públicos, o del atraco a sectores privados.  
En mayo de este año, publiqué una nota en Tal Cual: “Las otras venas abiertas”, donde reseñaba declaraciones ofrecidas a The New York Times por Víctor Álvarez, un economista de izquierda y ex ministro durante el gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez Frías. Álvarez dijo al matutino que Venezuela había sido saqueada “como en la época de la conquista” española, “cuando el oro y la plata eran robados por toneladas”. El ex funcionario no estaba haciendo alusión a los gobiernos de la Cuarta República, sino al presidido por Chávez y ahora por Nicolás Maduro.
(http://www.talcualdigital.com/Nota/115680/Las-Otras-Venas-Abiertas)
Tras raspar el fondo de la olla y vaciar las arcas del país, tarea asignada a los funcionarios del régimen, ha llegado la etapa de desmantelar lo que queda en pie y si es posible llevarse las ollas, algo desorganizado, pero más democrático.

APENAS UN ESPACIO HABITADO

Cuando viví en Venezuela, (1967-1971, 1975-1980), los políticos y los economistas tenían muy claro que el principal problema del país era su casi total dependencia del petróleo, aunque inferior a la actualidad, cuando un 96 por ciento del dinero recaudado por el erario público proviene de la venta de crudo. 
Los más lúcidos, entre ellos el ex ministro de Hidrocarburos Juan Pablo Pérez Alfonso, decían que esa materia prima era “el excremento del diablo”,  y que Venezuela necesitaba diversificar su producción, si no deseaba quedar atrapada en sus redes. “El petróleo solo trae problemas”, decía Pérez Alfonso. “Basta ver esta locura: desperdicio, corrupción, y exceso de consumo. Nuestros servicios públicos se están cayendo a pedazos. Y aumenta la deuda. Estaremos endeudados durante años”.
El fundador de la OPEP formuló esas declaraciones en 1975. Lo único que ha cambiado es un rubro: “el exceso de consumo”. En líneas generales, no hay exceso sino escasez de consumo en Venezuela. Tengo amigos venezolanos –aquellos que aún pueden viajar al exterior– que al retornar al país traen de regalo a familiares y amigos una lata de atún o dos rollos de papel indispensable. En Venezuela, se trata de artículos suntuarios.
Hasta las interminables colas destinadas a adquirir alimentos se han convertido en un motivo de jolgorio para el chavismo. La ex Ministra de Comunicación e Información, Jacqueline Faría, consideró la escasez parte de la revolución.  
En fecha reciente dijo: “Es lo que nuestro presidente Maduro ha ordenado. Así que vamos a disfrutar de estas colas sabrosas para el vivir, viendo”. 
Ese incauto sentido del humor, que ha proliferado durante la Revolución Bonita, y que consiste en burlarse de la desgracia ajena, tiene sus riesgos. A veces es mal entendido; en otras ocasiones, peor interpretado. Cuando estaba escribiendo la novela Los papeles de Miranda descubrí que la famosa frase de María Antonieta en respuesta a la hambruna del pueblo parisino, nunca existió. Según la leyenda, alguien dijo a la reina de Francia que el pueblo no tenía pan, y ésta habría respondido: “Pues entonces, que coma tortas”.  
La realidad fue mucho más gráfica y siniestra. Foullon de Doué, ministro del reaccionario gobierno de Breteuil, quien había amasado una fortuna especulando en granos, dijo en las postrimerías del gobierno de Luis XVI que si el pueblo tenía hambre, podía alimentarse con heno. Un día, caminando por las calles de París, el ministro fue rodeado por una multitud. Un desafecto le colocó un collar de ortigas en torno a su cuello, y  uno de sus compañeros un ramito de cardos en su mano derecha, y un puñado de heno entre sus labios. Luego Foullon de Doué fue colgado de un poste de alumbrado. Minutos más tarde, su yerno, Bertier de Sauvigny, intendente de París, y acusado de haber proferido palabras similares, fue asesinado a garrotazos, y el corazón arrancado de su cuerpo. Las cabezas de ambos fueron clavadas en picas y llevadas en procesión hasta el Palais Royal. La cabeza de de Sauvigny era de a ratos empujada hacia la de su suegro, mientras los graciosos lanzaban gritos de “¡Bésalo a papá! ¡Bésalo a papá!” (Como podrá inferirse, también los enemigos de la monarquía tenían un incauto sentido del humor).
La ex ministra venezolana y actual candidata a diputada por el chavismo padece un problema muy conocido por los psicoanalistas: ignora cómo elaborar la agresión. Pero tampoco hay que echarle la culpa por sus exabruptos. En situaciones normales, los seres humanos suelen comportarse de manera racional. Cuando la anormalidad reina soberana, es casi imposible sublimar la agresión.   
El jefe de estado de Venezuela jura que el fallecido presidente  Hugo Chávez Frías, transmutado en ave canora, le gorjea al oído. Es difícil creer que Nicolás Maduro Moros pertenece al reino de este mundo. Si a eso se suma que el petróleo, que parecía en una época la panacea para todos los males, ha demostrado ser hambre para mañana, se entiende la tensión, el desencanto, y el pánico ante un futuro incierto, e inexorablemente calamitoso.
Tras quince años de despilfarro chavista, y con el precio del crudo cayendo en picada, apostar a la riqueza petrolera es tan saludable como apostar a la ruleta rusa. Y eso se agrava porque en Venezuela nada se produce, excepto ministerios y viceministerios destinados a garantizar la felicidad universal. Aquello que se echa a perder es abandonado. La idea del mantenimiento es una entelequia.
En fecha reciente, y en misteriosas circunstancias, cayó un avión de combate Sukhoi en alguna parte de Venezuela. El presidente Nicolás Maduro creyó que todavía estaba en la próspera época en que era más barato comprar por docena, y decidió comprar una docena de aviones Sukhoi, que cuestan alrededor de 47 millones de dólares la unidad. Su anuncio no fue bien recibido en un país donde los hospitales públicos devuelven a sus hogares a los enfermos graves porque faltan insumos básicos.   
Venezuela se ha convertido en una franquicia, como Adidas o Burger King. Todo se contrata o se adquiere en el exterior, en tanto cualquier venezolano que puede emigrar lo hace. Y se trata de personal calificado. Se estima que 1,6 millones de venezolanos han abandonado el país en los últimos años, entre ellos numerosos profesionales. (El sueldo de un profesor universitario en Venezuela no llega a 50 dólares mensuales).

LO QUE VENDRÁ, YA PASÓ

No hay que ser un exaltado o un demente para advertir que Venezuela es una bomba de tiempo. O que su reconstrucción demorará varias décadas, o quizás siglos; o que posiblemente nunca llegue. Y hay un ejemplo muy claro: el de la decadencia de España tras la expulsión de moros y judíos, que comenzó en 1492 y se consolidó a comienzos del siglo diecisiete. La fecha es muy precisa: 1602, cuando el arzobispo de Valencia presentó al rey Felipe Tercero una petición para que expulsara a todos los moros. El arzobispo le explicó al monarca que “todos los desastres que han afectado al reino fueron causados por la presencia de esos infieles”.  (Los moros eran los proto escuálidos, o los proto paramilitares de la España chupacirios).
El historiador Henry Thomas Buckle dijo que la petición para librarse de los moros fue respaldada con entusiasmo por el arzobispo de Toledo, aunque el prelado difería de su colega de Valencia en un solo tópico. El arzobispo de Valencia creía que los moros menores de siete años podían ser separados de sus padres y quedarse en España. En cambio, el arzobispo de Toledo señalaba que cualquier hereje, sin importar la edad, iba a contaminar la pura sangre cristiana; era preferible librarse de todos ellos. Tanto el arzobispo de Valencia como el de Toledo no estaban casados, e ignoraban que los niños necesitan a sus padres, y viceversa. En ese caso, la posición del arzobispo de Toledo –de echar a patadas a todos los moros, sin importar su edad– fue más humanitaria. Hubiera sido aún peor separar a los padres de sus hijos pequeños Solo hubiera contribuido a crear varios millares más de niños expósitos.
Según Buckle, “alrededor de un millón de los habitantes más industriosos de España fueron cazados como bestias salvajes, muchos asesinados, otros golpeados y robados. En cuanto a la mayoría, debieron huir al África”[i]. Otros historiadores como Clarke, en su Internal State of Spain, (Londres, 1818), calculan en dos millones los moros que fueron desalojados de España. (Como simple comentario, hace algunas semanas, varios miles de colombianos fueron desalojados de Venezuela, y obligados a retornar a su país de origen. No se ha hablado más de esa violación de los derechos humanos. Después de todo, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, decidió olvidarse del asunto. Pero no hay que ser un augur para señalar que ese éxodo afectará de manera adversa las actividades económicas).
Si bien la iglesia de España logró expulsar a los herejes radicados entre los Pirineos y el Estrecho de Gibraltar, y purificó la raza española en casi un cien por ciento, los vilipendiados apóstatas tuvieron su dulce venganza. En primer lugar, transportaron con ellos sus vastos conocimientos. Muchos eran comerciantes, otros profesionales en distintas labores. Sabían cultivar el campo, eran diestros en arquitectura, en orfebrería, y en las múltiples faenas destinadas a ganar dinero. En cambio, los frailes y los militares españoles solo creían en la cruz y en la espada, como sustituto del trabajo. Todo consistía en hacer procesiones y agitar los estandartes en las celebraciones patrias, aunque cada vez hubo menos que celebrar. (John Carr, en su libro Descriptive Travels in the Southern and Eastern Parts of Spain, publicado en 1811, decía que “Una tercera parte del trabajo del pueblo español se dilapida en festividades religiosas”).
Al igual que los chavistas venezolanos, esos seres ungidos por Dios creían en la pureza. Pero tanto la pureza religiosa como la ideológica, no multiplican los panes y los peces. Únicamente la tarea dura, opaca y cotidiana hace funcionar una economía.  
Es cierto que el saqueo permite obtener ganancias durante cierto tiempo,  pero, como demuestra el naufragio de PDVSA, una vez se raspa el fondo de la olla, y se roban las ollas, el país colapsa. Por supuesto, siempre existe el contrabando, una de las pocas industrias que nunca decayó en España, al menos hasta fines del siglo diecinueve. Pero inclusive el  contrabando –o el bachaqueo– disminuyen si nada queda por ofrecer. Y es en ese momento cuando un país se va por el despeñadero.  
Tras echar a los herejes, los príncipes de la iglesia española creyeron que vendría para el reino una época de prosperidad y grandeza. Después de todo, los moros no habían podido llevarse todo con ellos. Ignoraban que se habían llevado lo más importante: la capacidad de reproducir la riqueza.  
Y de repente, los defensores de la pureza de sangre española descubrieron que delante de ellos solo asomaba el páramo.   
Buckle resume así la situación: con la expulsión de los moros, prácticamente cada parte del reino de España “fue privada de muchos y laboriosos agricultores, y de expertos artesanos”. Los mejores sistemas de agricultura y ganadería de la época eran practicados por los moros. Esos herejes tenían el monopolio de los cultivos de arroz, de algodón y de azúcar, y de la manufactura de seda y de papel. “Con su expulsión, todo eso fue destruido de un golpe, y la mayor parte, para siempre, pues los cristianos españoles consideraban tales tareas por debajo de su dignidad”.  
Jovellanos, uno de los grandes ministros del rey Carlos Tercero, reconoció que “excepto en las zonas ocupadas por los moros, los españoles prácticamente ignoraban el arte de la irrigación”.  
Las únicas profesiones honorables en España eran arrojar agua bendita y morir por el rey; todo lo demás era sórdido, deshonesto.  Pero Dios –pues también los moros tienen un Dios– castiga sin palo ni piedra. Con la expulsión de los moros, dice Buckle, “no hubo nadie que ocupara su lugar. Las manufacturas y las artes degeneraron, o se perdieron en su totalidad. Inmensas regiones de tierra cultivable se convirtieron en eriales”.  Algunas de las partes más ricas de Valencia y de Granada, donde habían vivido muchos moros, fueron abandonadas, y no había recursos siquiera para alimentar a la escasa población de puros cristianos. Quienes reemplazaron a los laboriosos pobladores fueron malvivientes, los proto colectivos de la España arruinada.  De esa época, dice el historiador, “data la existencia de bandas organizadas de ladrones, que se transformaron en el azote del país”.  
Por suerte, la fe triunfó. Nunca fue tan poderosa la iglesia española como tras la expulsión de los moros. “Todas las consideraciones temporales”, dice Buckle, “fueron repudiadas. Nadie osaba preguntar. Nadie osaba dudar. Nadie se atrevía a inquirir si lo que estaba ocurriendo era justo”.  
Durante un período de casi ochenta años, entre los reinos de Felipe Tercero, Felipe Cuarto y Carlos Segundo, España se fue despoblando, y el crimen fue creciendo de manera desaforada. Al comienzo del siglo diecisiete, se calculaba la población de Madrid en 400.000 personas. Al comienzo del siglo dieciocho, había quedado reducida a menos de 200.000.  
Sevilla, una de las ciudades más ricas de España, también marcada por la presencia y la cultura de los moros, contaba en el siglo dieciséis con unos 16.000 telares, que daban empleo a unos 100.000 operarios. Para el reinado de Felipe Quinto, esos 16.000 telares habían quedado reducidos a menos de 300. Un informe presentado al rey Felipe Cuarto en 1662 decía que Sevilla tenía apenas una cuarta parte de los habitantes que habían vivido antes de la expulsión de los moros. Los viñedos y olivares que se cultivaban en las zonas rurales, y constituían buena parte de su riqueza, estaban abandonados.
A mediados del siglo dieciséis, Toledo tenía cincuenta manufacturas de tejidos de lana. En 1665, la cifra había quedado reducida a trece.
Antes de la expulsión de los moros, las bellas provincias del sur de España habían sido tan prósperas, que con sus rentas podían abastecer todas las necesidades del tesoro imperial. Luego de la expulsión de los moros, el deterioro fue tan rápido, que para el año 1640 era imposible recaudar impuestos.   
En la segunda mitad del siglo diecisiete, en las aldeas cercanas a Madrid, los habitantes se morían literalmente de hambre. Los campesinos se negaban a vender sus productos, no para especular, sino porque necesitaban alimentar a sus familias. 
La monarquía, como ahora el chavismo, decidió que era víctima de una guerra económica, que todo era culpa de los especuladores, y cada día inventó nuevas medidas para confiscar productos o sancionar a sus poseedores. Ejércitos de inspectores hicieron la vida imposible a los comerciantes, pero la escasez se acentuó.  
El paso siguiente fue ordenar a los inspectores que se apropiaran de las camas y los muebles de los supuestos especuladores. Buckle dice que los inspectores llegaron a robar el tejado de las viviendas para venderlo al mejor postor, con tal de obtener algo de dinero. Y en esa ocasión, no fueron los moros sino los cristianos habitantes de España quienes se vieron obligados a huir. “Vastas multitudes murieron de hambre o de exposición a los elementos. Aldeas completas quedaron desiertas. Y en muchas ciudades, alrededor de una tercera parte de las viviendas quedaron totalmente destruidas para fines del siglo diecisiete”.
En Madrid, muchas personas morían en las calles. Y gran cantidad de habitantes, desesperados, optaron por la delincuencia. En 1680, trabajadores y comerciantes organizaron bandas en la capital española, entraron en viviendas privadas, y robaron y asesinaron a sus ocupantes “a plena luz del día”.   
Luego, la policía imitó a los habitantes, y se dedicó a la rapiña. En 1693, se suspendió el pago de las pensiones a los ancianos. Y el salario de todos los funcionarios públicos fue reducido a una tercera parte. Hubo asesinatos de personas que peleaban por una hogaza de pan.  
España se salvó de pura casualidad porque en 1700 falleció Carlos Segundo, el rey idiota de la casa de Austria. El reino de España pasó a la dinastía de los borbones de Francia. Y de esa manera, la nación se convirtió en una franquicia administrada desde París, y con ministros reclutados en distintas capitales europeas.   
España nunca superó su decadencia. El duque de Saint Simon, cuyas memorias sirvieron de plantilla a Marcel Proust para escribir A la búsqueda del tiempo perdido, resumió muy bien la situación del reino. Siendo embajador en Madrid, entre 1721 y 1722, dijo que “en España, la ciencia es considerada un crimen, y la ignorancia, una virtud”.  
Si los venezolanos examinan lo que está ocurriendo actualmente en su país, verán que muchos de sus problemas surgen de una banda de iluminados que nunca han puesto los pies en la tierra. Y el futuro que les aguarda no luce nada promisorio. Siempre es grato vivir de ilusiones, creer que la historia no se repite. Claro está, Venezuela no es España. Y España no era Holanda, y ningún país se puede comparar con otro país. Pero hay maneras de que la historia se repita. Dos gobiernos, el de Venezuela ahora, el de España antes, incurrieron en la deplorable costumbre de matar las fuentes de producción, que llevó a raspar el fondo de la olla, y finalmente, a robarse las ollas. Si alguien desea saber qué ocurrirá en los próximos meses o años en Venezuela, puede revisar la historia de España. La respuesta que obtendrá, muy difícilmente le devolverá el optimismo.




[i]Henry Thomas Buckle: History of Civilization in England, Nueva York, 1857. Es muy difícil encontrar otro libro similar al de Buckle, a la hora de entender la civilización europea. Aunque el historiador quiso usar a Inglaterra como modelo político, era un racionalista y un escéptico. El tomo que dedica a España es excepcional. Todavía no conozco un historiador español que se le pueda comparar. Y por una razón muy simple. Los historiadores españoles de la época de Buckle estaban demasiado ansiosos por mostrar la grandeza de un país en completa decadencia, antes que revelar sus males. Buckle tuvo que perder varios años chequeando fuentes, a fin de mostrar, y de manera apenas aproximada, las razones por las cuales España se transformó, de primera potencia de Europa con Carlos Quinto, en “La Verduga” durante el siglo diecinueve. Muy pocas de las fuentes eran españolas. Las autoridades se cuidaban muy bien de ocultar en sitios inaccesibles todo documento que mostrara sus barrabasadas.

lunes, 12 de octubre de 2015

Una cosa es ser maestro, y otra rodearse de discípulos


Mario Szichman


El periodista Robert Cox, editor de The Buenos Aires Herald, y uno de los pocos que durante la dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla se atrevió a denunciar la represión y las desapariciones (debió abandonar la Argentina tras amenazas de muerte) decía que era imposible entender a Juan Perón o al peronismo, sin la noción de “chanta”.  
¿Qué es exactamente un chanta?  En un foro de internet se brindan tantas definiciones, que es imposible resumir la proteica personalidad de ese personaje. Puede ser un estafador, un mentiroso, alguien escasamente confiable, un caradura, un ventajista, un tramposo.
Recuerdo un chiste que contaban en Caracas y que podría tipificar muy bien al chanta argentino. Un perro callejero tropezaba con otro, y le decía: “Bueno, en realidad, en Buenos Aires, yo era un dálmata”.
Imagino que la persona obligada a emigrar, y desesperada por reconocimiento, puede rápidamente caer en la categoría de chanta, si no se cuida un poco. Recuerdo que hace algunos años conocí en Nueva York a un poeta, quien me aseguró que había llegado a Estados Unidos procedente de Cuba sin conocer una palabra de inglés, y ya a las dos semanas hablaba el idioma como un nativo. También había conseguido un empleo importante en Wall Street, y seguramente su sueldo era en las seis cifras. 
Siempre me maravilló –y me causó mucha envidia– ese poeta que había absorbido el  inglés con tanta facilidad. En mi caso, el nuevo idioma me resultó bastante difícil de aprender. Bastaba ver los enigmáticos titulares de los diarios sensacionalistas como The New York Post o The Daily News, y que eran escritos realmente por genios[i].   
¿Era ese poeta cubano un chanta o un mitómano? Creo que era más mitómano que chanta. Y lo digo porque recordé otro ejemplo. Un periodista argentino, muy simpático, y muy chanta, me explicó que la manera de lidiar con el inglés en Nueva York era hablar muy rápido y farfullando. “Aquellos que no te entiendan lo van a atribuir al farfulleo, no a tu ignorancia del inglés”, me explicó. En general, los neoyorquinos son muy amables con quienes farfullan.
Siempre me fascinó el personaje del chanta, sus infinitas variedades. Inclusive había un personaje de historieta,  Lalo Garramendia, que era el epítome del chanta. Se presentaba ante los desconocidos como “El doctor Lalo Garramendia, brrrrrrbromm! De la nación”. Seguramente se trataba de un gestor, alguien que arreglaba chanchullos, en la aduana, o en alguna oficina pública, a cambio de cuantiosos honorarios.  
Pero es en el terreno intelectual donde la tradición del chanta es más robusta, especialmente, cuando el chanta se rodea de discípulos. En la segunda versión de mi novela Los judíos del Mar Dulce (2012) editada y corregida por la profesora Carmen Virginia Carrillo, incorporé mi rendida admiración por el chanta intelectual, pues habían pasado 40 años de la primera versión, y en ese lapso, se robusteció mi visión de ese ubicuo personaje.
La versión original de Los judíos del Mar Dulce la escribí en Caracas, entre 1970 y 1971. En 1971 volví a Buenos Aires, y fue como pasar de la tierra a la luna. En Venezuela la guerrilla estaba cediendo el paso a organizaciones de izquierda que ingresaban en la legalidad política, y quedaban escasos núcleos, creo que en las montañas de Falcón. En Argentina gobernaban los militares y crecía la guerrilla de los Montoneros (peronista) y del Ejército Revolucionario del Pueblo, trotskista. Faltaban aún dos años para el retorno de Perón a la Argentina, y el clima político era muy denso y peligroso. Pero la actividad intelectual no había cesado. Se publicaban numerosas revistas literarias y políticas, que se caracterizaban por su lenguaje esotérico. Como simple dato al margen: visité en 1969 Buenos Aires por algunos días. Las revistas aprovechaban el lenguaje esotérico para no explicar el estructuralismo. Cuando retorné en 1971, ese mismo lenguaje esotérico era usado para no explicar el lacanismo. Recuerdo que un buen amigo, autor de una divertida novela, y realmente un chanta, escribió una generosa crítica de mis dos primeras narraciones. Supongo que era generosa, porque mi amigo era una buena persona, y dudo que hubiera hecho la crítica para destruir mis ambiciones de narrador. Pero no entendí una sola palabra de su reseña. Cuando le pregunté qué le habían parecido mis novelas, me respondió: “No pretenderás que te haga una crítica del gusto”. (A mí sí me gusta la crítica del gusto. Quiero saber si mis novelas son entretenidas o aburridas. Escribo para que me lean).
Poco después, ese amigo empezó a publicar una revista de psicoanálisis, aunque él no era psicoanalista. La revista estaba dedicada a divulgar el pensamiento de Jacques Lacan, y a publicar sueños. Pero con una variante: no se ofrecía interpretación alguna de esos sueños. Al parecer, Sigmund Freud estaba demodé, y ya los sueños no necesitaban explicación alguna. (Después de varias décadas sigo ignorando si mi amigo, o ex amigo, es psicoanalista, pero en fecha reciente leí su curriculum, y es impresionante. Se ha convertido en un gurú. Lamento que tantas condecoraciones lo hayan convertido en un ser solemne. Me gustaba más cuando era simpático, chanta, y disfrutaba, realmente disfrutaba, comiendo helados).  
Si algo no entiendo, pregunto. Tal vez se debe a mi deformación profesional. Si uno le lleva al jefe de redacción un artículo, y el caballero –o la dama– no entiende alguna frase, exige una aclaración. Pero en el ambiente cultural de Buenos Aires, al menos en esa época, era imposible pedirle a un entrevistado una aclaración: se sentía insultado. Y quien le formulaba la pregunta se sentía como un idiota. Eso permitía que el discurso se hiciera cada vez más enigmático, y creciera la fama del enunciante y/o sujeto del supuesto saber.
Existía  la enseñanza oficial, y estaba luego la enseñanza de los gurúes, o “tapados”, que organizaban grupos de estudio. Conocí a varios de ellos. Se rodeaban de discípulos que realmente bebían de sus palabras. Uno de esos maestros me pareció escasamente brillante. Quizás porque hablaba de manera constante de las visitas que hacía a dos de sus tías. Posiblemente cuando daba seminarios a sus alumnos se abstenía de mencionar a las tías. Además, tenía dificultades para escribir, aunque eso, lejos de ser un defecto, era considerado una virtud. Sus discípulos hablaban maravillas de la parquedad de sus textos. Cuando falleció, dejó exactamente un prólogo de una página y tres cuartos, donde reseñaba el ensayo de un filósofo vietnamita. Sus discípulos recitaban frases del prólogo con asidua constancia. Espero que lo hayan esculpido en piedra.
En la segunda versión de Los judíos del Mar Dulce, puse a Natalio Pechof, el intelectual de la familia, a enfrentar nuevos desafíos. Natalio decidía que si quería progresar en la vida, debía ser como El Tapado, un intelectual que se había convertido en el secreto mejor guardado de Buenos Aires. La fama del gurú consistía en que nadie había oído hablar de él, excepto un selecto círculo de íntimos que pugnaban por ser aún todavía más ignorados que el maestro. Todo en El Tapado convocaba a la admiración. Había empezado a soñar en japonés inclusive antes de aprender la lengua en dos cortas lecciones. Estantes enteros de bibliotecas podían llenarse con los volúmenes que había desdeñado redactar. Su propósito era usar un seudónimo distinto para cada una de sus futuras obras, a fin de refutar las teorías elaboradas por los nombres de sus alter egos.  
Pero para poder acceder al círculo íntimo de El Tapado, que muchos consideraban superior a Kierkegaard, era necesario producir un ensayo capaz de convertir la filosofía en algo redundante. Mi protagonista no lo consideraba tan difícil. Bastaba ponerse a la altura de Kierkegaard, a quien nunca había leído en su vida. (Ni siquiera sabía si el nombre del filósofo danés se escribía con una a, o con dos). Lo único que sabía era que todos los trabajos de Kierkegaard habían sido seminales. Por lo tanto, era suficiente que Natalio escribiera un ensayo seminal para desbancar a Kierkegaard y hacerse acreedor a la estima de El Tapado.
Por cierto, el personaje de El Tapado se basa en otro de los grandes intelectuales desconocidos surgidos en la década del sesenta en Buenos Aires. Fue uno de los principales importadores de Lacan. Según cuentan, Lacan le enseñó a ser despectivo. En cierta ocasión, luego de muchos meses de intentos, tuvo más éxito que el personaje kafkiano de Ante la ley, y logró acceder al recinto del maestro. Lacan lo recibió desde lo alto de una escalera, me imagino que de caracol. Cuando El Tapado quiso subir la escalera, el maestro le ordenó que se quedara allí donde estaba, lo miró, tal vez intercambió algunas palabras, y le ordenó que se fuera. Nada obtuvo El Tapado de esa visita, pero corroboró que para ser maestro había que ser despectivo, y eso confirmó la adoración de sus discípulos.
Ese tipo de enseñanza extraoficial, o marginal, generó una cultura bastante singular. Es como si el psicoanálisis hubiera sido trasvasado a los odres de la novela gótica.  
En The Literature of Terror, David Punter dice que las novelas de Maturin o  Lewis, prosperan “como parásitos en estructuras cuya ruina es la fuente de su vida”. La confrontación y la ruptura “no constituyen solamente temas de ficción, sino estructurales y estilísticos”.  Y Chris Baldick, en su introducción a Melmoth the Wanderer, dice que luego de las novelas de Ann Radcliffe, que atenúan el terror “con la reconfortante presencia de un narrador omnisciente, piadoso y racional”, el género gótico sufrió una transmutación, a través del testimonio en primera persona, los “flashbacks”, y los relatos dentro de los relatos.
Freud era un racionalista, y además de ser un gran ensayista, nunca confundió los campos en que actuaba. Quizás el bochinche y la confusión que ha traído el psicoanálisis de los lacanianos argentinos, sea tan fructífero como la novela gótica, y permita la construcción de una nueva ciencia. Por ahora, debe recorrer un largo camino. Pero, entre tanto, el criterio que prevalece es el autoritarismo y el escaso cuestionamiento. La tarea de los discípulos parece consistir en obedecer sin discusión alguna las palabras del maestro. ¿Estamos acaso en los umbrales de una nueva religión? Ni siquiera Osma bin Laden o Jesús exigían tanto acatamiento.
Mientras escribía La región vacía, sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas del Trade World Center, leí un libro muy bueno de Lawrence Wright, The Looming Tower, donde se describía el ascenso de bin Laden en las filas jihadistas. El líder de Al–Qaida nunca rehusó la discusión. Y existe una anécdota muy interesante.
Tras separarse de una de sus esposas –bin Laden tenía cuatro– decidió casarse con una princesa yemení de quince años de edad llamada Amal al-Sada. Para concretar la transacción, envió a uno de sus guardaespaldas, Abu Jandal, entregándole cinco mil dólares. La familia de bin Laden se enfureció. Cuando bin Laden explicó a sus esposas que el casamiento con la princesa yemení podría aumentar el reclutamiento de milicianos en el Yemen, lo miraron con sorna. Su madre lo llenó de improperios.
Mohamed y Othman, dos de los hijos de bin Laden, increparon al guardaespaldas. “¿Por qué le conseguiste a nuestro padre una muchacha de esa edad?” le preguntó uno de los hijos. Abu Jandal alegó que ignoraba el destino de esos cinco mil dólares; creía que estaba destinado a financiar un operativo suicida. “¡Claro que es un operativo suicida!”, comentó uno de los hijos de bin Laden. “Mi padre no podrá sobrevivir a la noche de bodas”.  
Y en cuanto a Jesús, de acuerdo a The Gnostic Gospels, de Elaine Pagels, tuvo que lidiar con fuertes discusiones en el curso de sus tertulias. Varios discípulos lo regañaron por su aparente relación amorosa con María Magdalena. (Pagels dice que uno de ellos le reprochó que besara a la mujer en la boca, como si hubiera sido su esposa). Ignoro las razones que ofreció Jesús para justificar su conducta, pero el hecho de que fuera sometida a discusión indica un saludable intercambio de opiniones.
No parece existir algo similar en sectores del lacanismo argentino. ¿Tal vez secuelas de una herencia autoritaria? ¿Quizás el temor a una saludable discusión? Creo que es un error. El pensamiento nunca prospera en círculos de adoradores y adoratrices. Por el contrario, se estanca, languidece y muere, como todo fruto de cosechas extrañas.





[i] Hace algunos meses, falleció en Nueva York el periodista Vincent A. Musetto. En el obituario fue recordado exclusivamente por un “headline,” que escribió el 15 de abril de 1983 para la portada del New York Post. Decía: “Headless Body in Topless Bar.” La traducción literal sería: hallan un cuerpo sin cabeza en un bar donde las bailarinas muestran sus pechos al aire. Pero la traducción no tiene gracia. El talento de Mussetto consistió en combinar dos palabras que terminan en less: “headless”, sin cabeza, y “topless,” monokini. De esa manera creó un perfecto titular.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Y ahora ¿a quién le echamos la culpa? Infantilismo político en sociedades de irresponsabilidad ilimitada


 Mario Szichman



Harry S. Truman (la inicial del medio nada significa) fue el trigésimo tercer presidente de Estados Unidos. La historia lo recordará como el hombre que ordenó lanzar bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima (6 de agosto de 1945)  y Nagasaki, tres días más tarde. El resultado inmediato de esos ataques fue la rendición de Japón.  
Cada uno habla de la feria de acuerdo a como le fue en ella. El uso de la bomba atómica en esas ciudades niponas fue considerado por muchos gobiernos y ciudadanos del mundo como sustancialmente inmoral. Truman alegó que esas bombas habían salvado entre 250.000 y medio millón de vidas en ambos bandos, pues Japón podría haber resistido varios años las ofensivas aliadas.  



La excusa del mal menor usada por Truman es casi tan antigua como la humanidad. Uno comete una atrocidad para evitar una atrocidad mayor. Por el revés de la trama, es un poco el pretexto que usó Danton, uno de los líderes de la Revolución Francesa, cuando lamentó que por no haber guilllotinado en las primeras semanas a quinientos de sus enemigos, sus secuaces se vieron obligados poco después a ejecutar a varias decenas de miles. (Danton terminó decapitado en la guillotina, igual que Maximiliano Robespierre, el hombre que ordenó su ejecución. La doncella, como todo artilugio mecánico, siempre fue imparcial).  
Como nota al margen, Kurt Vonnegut, un escritor que es uno de mis ídolos,  consecuente pacifista, y duro crítico de todas las administraciones norteamericanas, compartía el criterio de Truman. Vonnegut fue tomado como prisionero por los alemanes, en las postrimerías de la guerra, y se salvó de morir calcinado en Dresde, cuando los aliados lanzaron bombas incendiarias sobre la ciudad, matando aproximadamente a 135.000 personas. Los muertos en Hiroshima y Nagasaki suman 129.000 personas. Por supuesto, las secuelas de la radiación atómica afectaron a generaciones de japoneses, y miles de ellos fallecieron con el transcurso de los años, o décadas.  
Pero Vonnegut, que participó en la guerra, me dijo que sin la bomba atómica, el conflicto se hubiera prolongado muchos años más, con resultados aún peores. De todas maneras, si Truman tiene reservado en la historia mundial un lugar incómodo, a nivel nacional es recordado con respeto por exactamente una frase: The buck stops here. Es una expresión del slang de Estados Unidos y deriva de otra frase: pass the buck, que se empleaba en el juego de póquer, en la época del Lejano Oeste. Los partícipes en el juego usaban como señalador un cuchillo cuyo mango había sido hecho con buckhorn, el cuerno de un venado. Buck es el venado o ciervo macho. Cuando al jugador le señalaban el turno de actuar, colocando a su lado el cuchillo, y éste deseaba transferir la tarea a la persona siguiente, librándose de toda responsabilidad, su acción consistía en To pass the buck.
Truman colocó en su escritorio una tableta de madera con la inscripción the buck stops here, esto es, la responsabilidad por sus acciones no sería transferida a otros funcionarios, generalmente de menor categoría, y quienes siempre terminan cargando con el muerto. Si tomamos en cuenta el grado de embustes en que han incurrido en los últimos años varios presidentes norteamericanos, Truman parece pertenecer definitivamente a otra era. (Entre ellos figura George W. Bush, quien nunca asumió responsabilidad alguna por ordenar la invasión a Irak –cuyo gobierno nada tuvo que ver con los ataques a las torres gemelas–, o por las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, o en la prisión de Guantánamo).
Aparte de incorporar los bombardeos atómicos a la excusa del mal menor, Truman asumió sus responsabilidades, y seguramente aceptó que la historia no lo recordaría de manera benigna.
En fecha reciente, Latinobarómetro, una encuestadora que tiene su sede en Santiago de Chile, publicó su survey anual, analizando la opinión que tienen sobre sus gobernantes los habitantes de 17 países de América Latina. En la versión digital del periódico Tal Cual, de Caracas, publiqué algunas de las conclusiones de la encuestadora, bajo el piadoso título de “Gobiernos de Latinoamérica (incluido Maduro) inspiran náuseas a sus ciudadanos”. Y digo que el título fue piadoso, pues los comentarios de los lectores a la nota fueron más exasperados. Al parecer, varios presidentes y presidentas del subcontinente generan altos decibeles de repugnancia física en sus ciudadanos.
Ocurre que América Latina no está pasando por un buen momento. El “boom” de las materias primas durante la primera década de este siglo, favoreció a gobiernos derechistas e izquierdistas. El promedio de aprobación de los jefes de estado fue de un 60 por ciento a través de la región, señaló Latinobarómetro. Tanto el conservador Álvaro Uribe, en Colombia, como los izquierdistas Hugo Chávez Frías, en Venezuela, e Inacio Lula da Silva, en Brasil, fueron ídolos del pueblo. Ahora, el ranking de aprobación de los mandatarios de la región no supera en promedio el 47 por ciento, y hay una gran escasez de ídolos.
La Comisión para América Latina y el Caribe dependiente de las Naciones Unidas pronosticó para este año un crecimiento regional de apenas 0,5 por ciento. Entre el 2003 y el 2008, el promedio de expansión en América Latina fue de un robusto 4,6 por ciento.
Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, auguró que esta segunda década del siglo será para América Latina, “La década negra de la corrupción, los escándalos, el bajo crecimiento, y la falta de representación”.
De acuerdo a la encuesta, los habitantes de la región están empachados con la corrupción y la incompetencia de sus autoridades, y han perdido fe en sus instituciones cívicas, en los partidos políticos, en sus fuerzas armadas, en la justicia y en el parlamento.
Como en las sociedades tribales, los grupos que despiertan más confianza son la familia y los vecinos. Y la única institución que sigue contando con bastante respaldo es la iglesia.
Al parecer, el grito de batalla que empieza a resonar en toda América Latina es “Moderación o muerte”. Quienes se autocalifican de “centristas” han pasado del 42 por ciento en el 2008, al 33 por ciento en la actualidad. Y los “izquierdistas” y “derechistas” han empezado a ganar terreno. El problema es que los “derechistas” pasan a engrosar con enorme rapidez las filas de los partidarios de una solución militar. Y que los “izquierdistas” no suelen quedarse de brazos cruzados.
En épocas de prosperidad, los buenos precios que obtienen las materias primas permiten atemperar o disimular el saqueo al erario público. Los ladrones y atorrantes suelen pasar por estadistas. Cuando viene la época de las vacas flacas, es imposible aplacar la indignación popular y surge la necesidad de echarle a alguien la culpa por el alza en el costo de la vida, por la mala administración de los fondos, por el pésimo funcionamiento de los servicios públicos, por la rampante criminalidad. Es inevitable que la indignación enfile directamente hacia quienes previamente eran estadistas, y ahora han recuperado mágicamente su condición de malvivientes.
Pero tanto o más interesante que la reacción popular es la respuesta de los gobernantes. En el filme de Peter Sellers Doctor Strangelove, el actor británico interpretaba a un científico alemán contratado por las autoridades estadounidenses para desarrollar armas de destrucción masiva. El doctor Strangelove tenía un tic especial. Cuando algo lo ponía nervioso, solía alzar la mano derecha haciendo el saludo nazi. Era una reacción puramente mecánica. Similar reacción afecta a la mayoría de los gobernantes latinoamericanos. Ni uno solo de ellos asume responsabilidad alguna, inclusive cuando jura y perjura que lo hace. De creerles a ellos, son más inocentes que un recién nacido.
América Latina se ha distinguido, entre otras cosas, por dos tipos de industrias extractivas, aquellas que arrancan del subsuelo petróleo, hierro, cobre, bauxita, y piedras y metales preciosos, y la industria de extracción que practican sus autoridades en las bóvedas de sus bancos centrales. Pese a ello, como decía Marco Antonio en su oración fúnebre, tratando de disculpar a Bruto, quien contribuyó al asesinato de Julio César “Brutus es un hombre honorable.”  Y seguramente, todos aquellos que han desvalijado el erario público son tan honorables como Bruto. Siempre proliferan las razones para cometer desaguisados, que nunca son tales, sino actos destinados a propulsar la grandeza del país.
Si se echa un vistazo al survey de Latinobarómetro se verá un salto gigante en la impopularidad de varios jefes de estado y jefas de estada, como seguramente diría el presidente de Venezuela Nicolás Maduro, que ha sexualizado la política en sus discursos. Tal vez el caso más increíble es el de Brasil, donde la presidenta Dilma Rousseff tiene una aprobación del siete por ciento en las encuestas. Ocurre que Rousseff fue reelecta el 26 de octubre de 2014 derrotando por estrecho margen a Aécio Neves. Para ganarle a Neves, la mandataria brasileña requirió un 51,6 por ciento de los sufragios. ¿Cómo es posible que en menos de un año haya perdido un 45 por ciento del apoyo de la ciudadanía? ¿Cuán ciego podía estar el pueblo brasileño para reelegirla en el 2014 y repudiarla en el 2015? Es una pregunta interesante, porque ese tipo de colapso en la popularidad generalmente precede a estallidos sociales, o a juicios políticos.
Según la misma encuesta, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, cuenta con un 24 por ciento del respaldo de los electores. Y aun así, está mucho mejor que el presidente de Perú, Ollanta Humala, cuyo rating de aprobación es de un 13 por ciento.
Con respecto al presidente de Venezuela Nicolás Maduro, alrededor de un 25 por ciento de sus compatriotas aprueba su gestión. Latinobarómetro dijo que en los dos años desde que asumió el cargo, Maduro bajó un 30 por ciento en la preferencia popular. Las principales quejas de los venezolanos son la escasez de alimentos y de otros productos básicos. En doce de los 17 países en que se realizó la encuesta, el crimen y la acción de bandas armadas es considerado el problema más importante.  Bueno, en Venezuela se ignora cuál es el problema más importante. El chavismo ha logrado al menos democratizar las quejas porque nada, absolutamente nada funciona. Los cortes de luz son casi cotidianos, las refinerías petroleras regenteadas por Petróleos de Venezuela, uno de los escasos entes que aún recauda dinero para el estado, parecen fábricas de fuegos artificiales, el Metro se inunda, nada llega a tiempo, el correo funciona ahora peor que cuando la correspondencia era traída por mensajeros a caballo,  y es imposible distinguir entre productos esenciales y productos suntuarios, porque ahora hasta el papel higiénico es un producto suntuario.
Pero hay algo que distingue al gobierno de la República Bolivariana del resto de las administraciones de América Latina: aunque ignora cómo resolver problemas básicos, es sabio a la hora de echarle la culpa a alguien. Pienso que parte de su genio consiste en que la mentira es siempre tosca. No lo digo con desprecio, sino con profunda admiración. Tomarle el pelo a un pueblo en su totalidad no es fácil. Arrojar la verosimilitud a los vientos requiere paciencia, coraje, un rostro pétreo. Inclusive cierto idealismo. Lo interesante es que la mentira funciona en relación inversa a su autenticidad. La sutileza nunca llega muy lejos.
Voy a dar un ejemplo de cómo la sagacidad está condenada al fracaso.
A mediados de 2013, el ex vicepresidente de Venezuela, José Vicente Rangel, denunció en su programa de televisión un complot de sectores opositores para invadir el país.
No se puede acusar al doctor Rangel de ser sloppy, desordenado, incompetente. Por el contrario, su peor defecto –al menos para la Nomenklatura chavista– es que posee una mente sagaz, excesivamente meticulosa. Rangel, un veterano periodista, dio tal vez el mejor tubazo de su carrera al asegurar que la oposición venezolana “compró 18 aviones de guerra” para usarlos como parte de una fuerza invasora. Los detalles que brindó son demasiado precisos como para sospechar una burda patraña. Hay además fechas, hay coordenadas con minutos y segundos, hay ciudades que se mencionan. Gracias a Rangel sabemos que “Los aviones fueron negociados el pasado 27 de mayo (de 2013) en la ciudad de San Antonio, Texas” entre “ejecutivos de la industria de aviones de guerra y venezolanos de la oposición”.  Los aviones, dijo Rangel, serían traslados a una base militar estadounidense ubicada en Colombia “y la cual tiene las coordenadas siguientes: P 11 grados, 25 minutos 31 segundos. M 72 grados, 7 minutos, 46 segundos”.
Fue quizás el único error del doctor Rangel. Nunca hay que ser meticuloso en ese tipo de informes. Según el blog de Gustavo Coronel “Resulta que esas coordenadas corresponden al pueblo de Guarero en los límites entre Colombia y Venezuela, y específicamente las citadas coordenadas se localizan en territorio venezolano”.
Un lector del blog, que puso esas coordenadas en Google, descubrió que señalaban “un punto en el Océano Índico, cerca de la India”, y si eran puestas del revés, salía “un punto en el océano Ártico, cerca de Noruega”.  
Por lo demás, Rangel estaba tan seguro de su primicia periodística que también recomendó a los organismos de seguridad de Venezuela “chequear esta información que no vacilo en calificar de extremadamente grave y recabar información de las autoridades norteamericanas y colombianas”.  
Rangel reiteró en varias ocasiones esa denuncia, y los venezolanos pudieron dormir tranquilos gracias a sus revelaciones, aunque debido a su acendrado patriotismo  suele recibir más bofetadas del gobierno que de la oposición.   
Resulta muy curiosa la apatía exhibida por el gobierno de Venezuela ante falacias que respaldan sus embustes. Aunque son constantes las denuncias sobre planes para derrocar al gobierno o asesinar a importantes funcionarios, nunca hay un follow up, un seguimiento. No dudo que se trata de otra maniobra genial, y consiste en afirmar y negar al mismo tiempo la información, y en ocasiones, darle un contenido tal, para indicarle al receptor que no debe tomarla en serio. Y las consecuencias pueden ser devastadoras para la salud mental de un pueblo, que queda a merced de la incertidumbre.
            Generalmente, en sociedades mejor constituidas que la Venezuela chavista, donde hay humo, fuego queda. Hay numerosos libros, escritos por ensayistas y periodistas norteamericanos, revelando los intentos de la CIA por asesinar a Fidel Castro. Si mal no recuerdo, Castro hizo alusiones muy esporádicas a esos conatos. Con mucha dignidad, y sin alharacas. Tal vez está maldecido por la herencia gallega, que valora mucho el honor.
Pero no pasa semana sin que el presidente de Venezuela haga mención a algún complot contra él, o contra su gobierno. Si algo funciona mal, es porque el imperio del mal está saboteando su administración. Y si no, es el genio del mal, encarnado en Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia, o los paramilitares colombianos. Cuando más descabellada es la conexión, más se insiste en ella.
El ex presidente Hugo Chávez Frías murió de cáncer. Fue atendido por médicos cubanos en Cuba, hasta el día de su fallecimiento. Pero Maduro insiste en que fue asesinado por órdenes del gobierno de Washington. ¿Cómo? ¿Por ondas hertzianas?  Nunca se han explicado bien los detalles del complot, que necesariamente debería haberse consumado en Cuba.
El gobierno de Venezuela se ha convertido en una víctima perpetua. Sus antics, han conseguido popularidad internacional. Varios portales noticiosos muy influyentes, como The Daily Beast, han mencionado que, según Maduro, el ex presidente Chávez, transmutado en ave canora, le gorjea al oído. Pregunten a un psiquiatra cómo reaccionaría si un paciente le formula la misma confesión. Su respuesta es que lo llevaría a una celda con paredes acolchadas, la cerraría con llave, y arrojaría la llave por la poceta.  Pero, la jerarquía presidencial está exenta del tratamiento reservado al común de los mortales.  
Entre tanto, Maduro, aunque cae en los niveles de impopularidad de varios gobernantes latinoamericanos, tiene garantizada su permanencia en el cargo gracias a que administra un régimen de irresponsabilidad ilimitada. Por supuesto, hay otros factores que influyen. No hay sector que escape de las manos o de la vigilancia del gobierno de Caracas. Pero no se debe descartar el rol que desempeña la víctima en nuestra sociedad, aunque parte del tiempo la dedique a insultar a media humanidad. La dignidad, el decoro, el orgullo, la responsabilidad, no prosperan en sociedades rentistas donde el estado es el gran proveedor. Especialmente, cuando ha tomado precauciones para convertirse en el único abastecedor de bienes materiales.







domingo, 4 de octubre de 2015

El deseo y la transgresión: la utilería del espacio artístico


Mario Szichman

"La verdad es más extraña que la ficción.
Eso se debe a que la ficción debe
atenerse a las posibilidades; la verdad, no”.
Mark Twain





Al cabo de un tiempo, cuando alguien se dedica al oficio de escribir, buena parte de sus lecturas consisten en la relectura de buenos textos.  (William Faulkner leía Don Quijote por lo menos una vez al año).  
Es difícil que una primera lectura nos convenza, ni siquiera cuando es fervorosamente recomendada. Necesitamos primero conocer la temática y los manierismos del escritor antes de asimilar algunos de sus personajes, situaciones o premisas. Quizás aquello que al principio parece torpe, incongruente, o innecesario, es el método usado por el autor para emplazar su utilería. Es comprensible nuestra suspicacia ante lo desconocido. Especialmente cuando el autor desea innovar.
Claro está, algunos autores son más sabios que otros para hacernos caer por la puerta trampa y aprisionarnos, sin salida, hasta que hemos concluido la novela o el relato. Kafka es un buen ejemplo: con cada día que pasa, es menos kafkiano. Su escritura es tradicional, sus personajes inteligibles, el escenario evidente. El único problema es que usa palabras emblemáticas, como castillo, proceso, colonia penitenciaria, o ley, y trastorna su acepción. Las peripecias de cada uno de sus protagonistas transcurren en ámbitos que nada tienen que ver con la imagen ofrecida. El castillo no coincide con los castillos de nuestra fantasía, con sus torres y contrafuertes, con sus puentes levadizos, o con los seres que suelen habitarlos. El castillo es un grupo de casas en una aldea, y acomodarlo a sus atributos emblemáticos solo cohíbe nuestra comprensión. Del mismo modo, cuando Kafka habla de proceso, lo asociamos con un tribunal, un juez, un fiscal, un abogado defensor, en ocasiones un jurado. Y esos seres suelen congregarse en un salón dotado de solemnes atributos. Predomina la madera de caoba, reina el silencio, solo se autoriza el arrastrar de pasos. Pero en El Proceso, nadie sabe exactamente donde queda el tribunal, o es capaz de señalarlo. A veces, el tribunal consta de varias oficinas entreveradas con casas de vecindad. Algunas personas suelen tender ropa de cuerdas que sobrevuelan la sala de algo que quizás sea un juzgado.
En Don Quijote, Sancho Panza es un fiel escudero de su amo. Pero el Sancho de Kafka es, en realidad, quien ha extraído a Don Quijote de la botella, del mismo modo en que Aladino ha surgido de la lámpara.
En uno de sus relatos más cortos –y para mí aterradores–,  Kafka nos informa: “Sin hacer alarde alguno, Sancho Panza logró en el curso de los años, mediante un abundante suministro de novelas de caballería y de aventuras en las horas vespertinas y nocturnas desviar de sí mismo a su demonio, al que luego denominó Don Quijote. Y ese demonio  se lanzó entonces,  sin inhibiciones, a intentar llevar a cabo las hazañas más desatinadas que, debido a la ausencia de un objeto predeterminado,  que hubiese sido el propio Sancho Panza, a nadie causaron daño. Sancho Panza, un hombre libre, escoltó de manera filosófica a Don Quijote en sus cruzadas, quizás por un sentido de la responsabilidad, y ambos consiguieron un grande y edificante entretenimiento hasta el fin de sus días”.  

El plácido, jerárquico mundo de Kafka, está repleto de sorpresas. En la colonia penitenciaria se limita a darle carnalidad a una metáfora, al demostrar que la letra, con sangre entra. Un ingenioso técnico ha diseñado una máquina que acuña la sentencia en la piel del acusado.  En Ante la ley, el escritor verifica la imposibilidad de acceder a la ley.
Un campesino aguarda con paciencia el día en que pueda acceder a la Ley. Pero eso nunca ocurre. Ya en su agonía, le dice al insobornable guardián:
“Todos se esfuerzan por llegar a la Ley ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo quisiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.
El campesino muere en su paciente espera, frustrado en su anhelo de que la ley resulte finalmente accesible.
A nadie le gustan las sorpresas, y las sorpresas –metafísicas– de Kafka suelen dejarnos sin aliento. Quizás porque tienen una dosis de lo real, que suele ser atributo de los psicóticos. El ser humano vive por lo general en el mundo que imagina o anhela, o teme, pero nunca en el aquí y el ahora. Ese territorio pertenece exclusivamente a la pesadilla.
Me fascina el cine, y desde hace algún tiempo, sus entretelones, casi tan mágicos como los bastidores de un teatro. Y con el añadido de los comentarios a los DVD –la gran ventaja en relación a la pantalla cinematográfica– crece mi atracción por ese medio. Si se revisa cualquier blurb, esos comentarios que reseñan libros o filmes, aparece la utilería en todo su esplendor. En uno o dos párrafos se narra la trama y se describen los personajes. Abundan los héroes mujeriegos, y los antihéroes sádicos. Suelen proliferar las mujeres como cebo sentimental, generalmente una adolescente, una madre no muy maternal, y una vampiresa over the hill, pasada en años –la dama más interesante de la constelación. Con esos personajes se  pueden crear cientos de tramas, aunque sin el elemento romántico, acompañado del deseo, la transgresión y en ocasiones la perversión, no hay historia.
Hace poco volví a ver The Getaway, La fuga, una película de la década del setenta con Steve McQueen y Ali Mac Graw, dirigida por el gran Sam Peckinpah. Está basada en una novela de Jim Thompson, una de sus mejores, la más alucinante y alegórica.  Tiene un final único en la narrativa norteamericana. La pareja, Carter Doc McCoy, un ladrón profesional, y su esposa, Carol, una bibliotecaria, roba un banco, y huye con el botín. Cada uno de los tramos de su huida es otro descenso a los abismos, que culmina cuando ambos llegan con su botín al santuario de El Rey, en la frontera entre Estados Unidos y México. El Rey es el infierno tan temido, del cual es imposible escapar. Sus ocupantes pueden vivir en medio del lujo, mientras posean dinero. Luego, deben acudir a todos los medios posibles para sobrevivir, inclusive el canibalismo. El sahumerio más persistente en el dominio es the odor of peppery roasting flesh, el aroma de carne asada picante. En las escenas finales, “Doc” y Carol planean su mutuo asesinato, y terminan brindando por el éxito de su fuga, de la cual, solo uno emergerá vivo.
Ese final alucinante fue desechado por Peckinpah. Además de amar al cine como arte, el director quería ganar dinero. ¿Qué persona en su sano juicio iría a ver una película de gángsters protagonizada por una pareja tan glamorosa como MacGraw y McQueen, que termina planificando el homicidio del otro en un sitio habitado por caníbales?
Thompson quería narrar una verdad que seguramente disgustaría al público. Peckinpah deseaba atenerse a las posibilidades de la ficción. Aplicó la utilería que conocía, que manejaba como nadie. Ya desde la primera escena se descubre que The Getaway es un gran filme. Se observa un grupo de ciervos en medio de un bosque. Es un idílico escenario. La cámara se va desplazando hacia atrás, y se descubre que los ciervos merodean en torno a una prisión de máxima seguridad. Parece más una fábrica destinada a construir naves espaciales que una cárcel para veteranos delincuentes. Todos los penados visten de un blanco inmaculado. Sus celdas relumbran por su limpieza y su ascetismo. Y luego que Doc McCoy y Carol participan en el robo de un banco junto con varios compinches –algo que no figura en la novela– The Getaway es simplemente un bello filme que se sintetiza en una prolongada cacería y culmina con un final feliz.
Es interesante descubrir que cuando se trata de la creación artística, resulta imposible partir de cero. Se trabaja en lo que Harold Bloom calificó como “La angustia de las influencias”.
Pese a su modernismo, Kafka nunca se aventuró a narrar la verdad. Siempre apeló a la ficción. Cuando se analizan sus textos, es fácil percibir que pertenecen a un repertorio muy antiguo, el de la tragedia y la comedia griega, y a los relatos bíblicos, aunque trasvasados a odres nuevos.
Es factible que la verdad sea más extraña o más rica que la ficción. Pero prefiero la verdad de la ficción, atenerme a sus posibilidades, algo que la verdad impide.   
Existen una serie de artefactos encargados de brindar los elementos a partir de los cuales es posible escribir una novela, una obra de teatro, un poema, o un guion cinematográfico. Cada medio necesita su propia utilería. Y manufactura sus obras de arte acatando sus formas. Los límites de esas formas son su verdad.