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sábado, 20 de enero de 2018

Nazis y alpinistas

Mario Szichman


¿No se alimentará la complacencia
En el mundo de las imágenes
De una terquedad sombría en contra del saber?
Walter Benjamin

Discursos Interrumpidos
Todas las cosas hay que hallarlas entre líneas.
Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda nazi
Michael, novela




Ciertos deportes encarnan una filosofía de la vida que termina a veces convirtiéndose en una doctrina política. Stendhal decía que “En Inglaterra, los ricos, aburridos de su casa y con el pretexto de hacer ejercicio, recorren cuatro o cinco leguas cada día, como si el hombre hubiera venido al mundo para trotar. De este modo, gastan fluido nervioso por las piernas y no por el corazón”.
Si uno analiza esa genealogía de joggers que se inició con los tories británicos, descubrirá que la observación de Stendhal tiene cierta lógica. El trote extenuante es un ejercicio solitario, y una buena alternativa a los anhelos de escapada de un político o de un ejecutivo. Tiene la ventaja de impedir a una persona pensar en sus semejantes, que en su campo de visión se transforman en figuras difusas y temblorosas.
De la misma forma, durante la República de Weimar, en la década del XX del siglo pasado un deporte, el alpinismo, templó los corazones de los jóvenes ansiosos por extraer de la espalda de Alemania el puñal olvidado por los políticos y devolverle el papel que le correspondía en el concierto de las naciones.
Cada fin de semana, exaltados estudiantes de Munich abandonaban la capital y sus tentaciones y enfilaban hacia los frígidos Alpes bávaros para dar rienda suelta a sus encumbradas pasiones.
Tan popular era el deporte de los alpinistas que incluso se creó un género cinematográfico exclusivamente germano: el filme de escaladores. Y un realizador, el doctor Arnold Fanck, casi monopolizó el género, secundado por algunos colaboradores que, como Leni Riefenstahl, luego directora de El Triunfo de la Voluntad, terminarían creando una estética cinematográfica nazi.

                                               Propaganda del filme El triunfo de la voluntad

La técnica de Franck, decía Siegfried Kracauer, “combinaba precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles (…) picahielos centelleantes y sentimientos inflados”. De esa manera, “la idolatría de los glaciares y las rocas fue uno de los síntomas de un irracionalismo que los nazis se encargaron de capitalizar”.
Ese socialismo para alpinistas, que se transformó en alpinismo nacional-socialista, tuvo un correlato literario en la novela Michaelde Joseph Goebbels (3) escrita algunos años antes de que el cínico escalador trepara al cargo de ministro de Propaganda del Tercer Reich.

TREPANDO AL MÁS ALLÁ


Goebbels y Hitler

La novela, con su combinación de precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles, es interesante por tres razones: como ensayo general de los temas propagandísticos que Goebbels divulgaría posteriormente durante el Tercer Reich, pues confirma el daño que puede causar a la humanidad el artista fracasado -es difícil encontrar en otros elencos políticos fuera del nazismo una galería tan variada de seres tan ansiosos por exterminar a quienes no reconocían su talento- y porque muestra cómo el romanticismo no sólo coexiste con el cinismo, sino que parece ser su condición indispensable.
Escrita en 1923, Michael. Páginas de un destino germano, fue publicada en 1929, cuando Goebbels adquirió prominencia como director de la publicación nazi Volkische Freiheit.
En esos seis años, muchas cosas pasaron en Alemania y en la vida personal de Goebbels, que se reflejan en su novela. En 1923 murió Richard Flisges, un amigo de Goebbels a quien la novela está dedicada. En 1929, los nazis contaban ya con una organización política a nivel nacional.


LA TRANSFIGURACIÓN ROMÁNTICA

Flisges, dice Adam Parfrey en su prefacio a Michael, “expresó puntos de vista anarquistas, pacifistas y socialistas, e introdujo a Goebbels en Marx, Engels, Lenin y Dostoievski”.
Michael es parte Flisges, y parte Goebbels. Es bueno tener en cuenta esa dicotomía. Uno no debe olvidar que en la doctrina nazi de comienzos de la década de los veinte, el socialismo era la mitad de su fórmula.
El Michael, confeccionado sobre la silueta de Flisges, expresa puntos de vista socialistas: “Todos nosotros somos soldados en la revolución del trabajo”, dice su protagonista. “Queremos el triunfo del trabajo sobre el dinero. Eso es socialismo”. Pero el otro yo del doctor Merengue aportado por Goebbels da rienda suelta a su antisemitismo y a su darwinismo social;  “Me siento físicamente disgustado por los judíos”, dice el hombre que cojea de un pie. “Los judíos han violado a nuestro pueblo… El judío es una úlcera en el cuerpo de nuestra enferma población… Hay sólo dos posibilidades: o permitirle que nos destruya, o impedirle que haga daño. Ninguna otra alternativa es concebible”.
Del mismo modo, todo el texto tiende a una exaltación de la violencia. “La guerra es la forma más simple de afirmación de la vida”, dice Michael.

Novela de iniciación y finalización, pues Goebbels, hasta su suicidio, junto con el de su esposa y seis de sus hijos nunca volvió a incurrir en el género, Michael muestra el germen del héroe nazi en sus múltiples facetas: soldado, trabajador, amante, filósofo y poeta, que divide el mundo entre el intelecto y la acción (“el intelecto es un peligro para el desarrollo del carácter… No estamos en la tierra para llenar nuestros cerebros con conocimiento. Todo es periférico si no tiene relación con la vida… El milagro de una nación nunca radica en el cerebro sino en la sangre… El corazón soluciona muy fácilmente todas las cosas con las cuales la mente se ha atormentado durante siglos”) y entre la ciudad, poblada de filisteos, y el campo con seres nobles, “un antiguo, silencioso cementerio” y casas antiguas arracimadas en torno a la vieja catedral como polluelos en torno a la gallina clueca.

BEBÉS DE INCUBADORA

Por supuesto, abundan las lágrimas. Cada vez que Michael lee Wilhelm Meister, de Goethe, “las lágrimas asoman a mis ojos”. También se emociona escuchando La Novena Sinfonía de Beethoven, la Oda a Safo, de Brahms, y los Impromptus de Schubert.
¿Y por qué se emociona Michael? Porque, como se lo explica su platónica novia Herta Holk, “tú eres un idealista, Michael, inclusive en tu actitud hacia las mujeres”.
El idealismo de Michael hacia las mujeres es curioso. Consiste en estas reflexiones: “la tarea de una mujer es ser hermosa y traer niños al mundo (…), odio a las mujeres vociferantes que se entrometen en todo y no entienden nada. Ellas habitualmente olvidan su verdadera misión: criar niños”.

Pero por sobre todas las cosas, Michael es un alpinista. Cuando Michael se pone en contacto con precipicios y pasiones, acantilados inaccesibles y conflictos humanos insolubles, su prosa tiene la elaborada ornamentación de un reloj cucú.
“Esto es lo que anhelaba”, dice Michael cuando finalmente vuelve a las alturas, “toda esta divina soledad y calma de las montañas, esta nieve blanca, virginal”. (Goebbels tenía un problema con la pasión sexual).
“Estaba harto de la gran ciudad. En las montañas siento que he vuelto al hogar. Paso muchas horas en su blancura inmaculada y me vuelvo a encontrar a mí mismo”.
Es posible que pocos meses antes de la publicación de Michael, en 1929, tal vez cuando corregía las galeras para la publicación de la novela, Goebbels percibiera otra buena ocasión de trepar e incluyera la que históricamente es ahora la parte más famosa del libro, su visión del líder:
“Me siento en un cuarto que nunca antes había visto.
“Apenas advierto la presencia de una persona que de repente se para en el cuarto y comienza a hablar. Tímido y vacilante al principio, quizás buscando palabras para cosas demasiado grandes como para ser comprimidas en formas estrechas.
“Entonces, súbitamente, el flujo de su discurso se desata. Quedo cautivo, presto atención. El hombre gana ímpetu. Parece iluminado.
(…)
“No es un orador. Es un profeta.
(…)
“El hombre en el podio me observa por un momento. Esos ojos azules me golpean como flamígeros rayos. ¡Es una orden!
“En ese momento me siento renacer”.
Para algunos, resulta difícil compaginar este exaltado romanticismo con Goebbels el ministro de Propaganda, conocido por estudiar durante horas frente al espejo la manera más espontánea de expresar sus emociones.
El historiador Hugh Trevor-Roper dice que el 18 de febrero de 1945, en las postrimerías del nazismo, Goebbels organizó una gran manifestación en el Palacio de los Deportes de Berlín. Durante su discurso, Goebbels apeló a su “habitual radicalismo histérico. Albert Speer, que se hallaba en el lugar, dijo luego que nunca había visto una audiencia tan eficazmente exaltada al fanatismo”.
Pero luego del discurso, y “ante el asombro de Speer, Goebbels con tranquilidad y complacencia analizó, como un ejercicio puramente técnico, el discurso que en ese momento parecía una espontánea explosión emocional. Inclusive en su momento de mayor fanatismo, Goebbels fue siempre el realista desapasionado, que observaba con desprendida, profesional experiencia, el efecto de su oratoria cuidadosamente estudiada”.
La coexistencia de idealismo y cinismo, esa conjunción de Flisges y Goebbels que dio origen a Michael, fue un conflicto que el líder nazi nunca pudo resolver.

Es curioso que Michael brinde al menos dos claves personales del hombre detrás de la máscara. Una es el nombre de su amante, Herta Holk. La hache inicial fue reiterada en el nombre de cada uno de sus seis hijos. La otra es aún más significativa: Michael comienza el dos de mayo, un día después de la fecha del suicidio de Goebbels y de toda su familia, que ocurrió el primero de mayo de 1945. Finalmente, el romántico y el cínico volvieron a estrecharse las manos al cerrarse el circuito iniciado con la novela Michael.

domingo, 1 de enero de 2017

Stefan Zweig y el mundo clausurado

Mario Szichman

Emil Ludwig
En la década del veinte del siglo pasado, dos grandes biógrafos y novelistas, Emil Ludwig y Stefan Zweig, alcanzaron vasta fama a nivel mundial. Ambos eran de origen judío. Ludwig se llamaba en realidad Emil Cohn. Había nacido en Breslau, en la actualidad, una ciudad polaca. Fue criado como un gentil, posiblemente porque su familia se resistía a vivir en un gueto. En cierta ocasión, Ludwig señaló: “Muchas personas han vuelto al judaísmo desde el surgimiento de Adolf Hitler. Pero yo he sido un judío desde el asesinato de Walther Rathenau” en 1922. “A partir de esa fecha, he puesto siempre énfasis en mi condición de judío”.

Stefan Zweig

Zweig nació en Viena, Austria. Su fama lo llevó a recorrer toda Europa entre el fin de la primera guerra y la llegada de Hitler al poder en 1933. Se codeó con las celebridades de su tiempo, y fue amigo personal de Sigmund Freud, Romain Rolland y Arthur Schnitzler. Escribió el libreto de la ópera La mujer silenciosa, con el famoso compositor Richard Strauss. Su biografía de la reina de Francia María Antonieta, guillotinada durante la Revolución Francesa, fue llevada al cine por Metro-Goldwyn-Mayer teniendo como actriz principal a Norma Shearer.
En tanto el background de Ludwig lo obligó a trabajar desde joven como periodista –fue corresponsal extranjero del Berliner Tageblatt en Viena y en Estambul durante la primera guerra mundial- Zweig, proveniente de una familia muy rica, pudo dedicarse desde joven a su tarea de escritor.
La celebridad mayor de Ludwig proviene de la biografía de Napoleón, aunque también escribió biografías de Simón Bolívar, Abraham Lincoln, y Bismarck. Pero por alguna extraña razón, el libro sobre Bonaparte tocó en muchos lectores una vena muy romántica. Ludwig convirtió al emperador de los franceses en una especie de superhombre, pese a su menguada estatura. Recuerdo a un amigo mío, que en su adolescencia solía usar chaleco debajo de su chaqueta, con el exclusivo propósito de apoyar su mano izquierda en un bolsillo de la prenda, imitando la pose favorita de Napoleón. 
Ludwig tenía una actitud más populista que Zweig en sus biografías y novelas, y una mayor claridad mental en relación al fascismo y al nazismo, movimientos políticos que repudió desde el comienzo. Entrevistó a Benito Mussolini, a Mustafá Kemal Atatürk, el fundador de la República de Turquía, y a José Stalin, entre otros temibles líderes. Existe un interesante detalle en la entrevista  a Stalin. El dictador soviético la censuró, y eliminó varios párrafos. Recién décadas más tarde, Grover Furr, profesor de la universidad de Montclair, en Canadá, logró restaurar el texto completo, en el cual Stalin decía: "No voy a intentar cambiar las mentes de aquellos que me consideran ´un zar cruel´ o ´un noble bandido´”. Por si las moscas, Stalin capitán decidió prescindir de esas posibles alusiones a su personalidad.
Ludwig nunca llegó en sus textos al nivel de Zweig. Carecía de esos matices que convertían a una celebridad en un ser humano. Basta leer Fouché de Zweig para comprobar la diferencia. Al trazar el épico y deleznable retrato del jefe de policía de Napoleón, uno de los seres más indignos de esa “resplandeciente galaxia de canallas”  que integraban el estado mayor de Bonaparte, según la sabia expresión de William Faulkner, el autor mostró su conocimiento del psicoanálisis, y de las personalidades escindidas. Fouché era un marido devoto, un padre ejemplar. Al mismo tiempo, era un homicida en serie, que ordenó durante la Revolución Francesa los “bautizos” y “casamientos” republicanos. (Consistían en transportar en barcazas a bebés o a cónyuges, y ahogarlos en un río). 
Otra diferencia entre Ludwidg y Zweig es que Ludwig fue siempre claro en su desafío al nazismo. En una carta abierta a The New York Times publicada el 21 de febrero de 1944, sugirió a los aliados explotar la propaganda antisemita de Hitler a fin de alentar la disensión entre los nazis y otros grupos en Alemania. “El fanatismo de Hitler contra los judíos puede ser explotado por los aliados”, escribió Ludwig. “Las tres potencias (Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) pueden enviar una proclamación al pueblo alemán y al gobierno, amenazando que la ulterior matanza de judíos podría involucrar terribles represalias tras la victoria”.
Zweig fue muy cauteloso al lidiar con el Tercer Reich. Escribiendo en la revista New Yorker, Leo Carey recordó que el escritor rehusó hacer declaraciones contra el nazismo, o enfavor de causas judías. El escritor Klaus Mann, hijo de Thomas Mann, no logró que Zweigcolaborara en la publicación de emigrados que dirigía. En cierta oportunidad lo criticó por su decisión de “mantenerse objetivo, comprensivo, y justo, contra nuestro letal enemigo”. 
¿Cuáles eran las verdaderas razones de la actitud de Zweig? Recuerdo que en mi infancia judía, un sector de mis familiares, proveniente de Europa oriental, especialmente de Rusia, Ucrania y Besarabia, exhibía un genuino odio por todo lo que representaba el nazismo y el fascismo. También había dos o tres familias de origen judío, provenientes de Alemania y de Austria, que se negaban a juntarse con la chusma. Sus valores eran de la alta sociedad. Se negaban a hablar el idisch (un crítico dijo que en mis novelas de La trilogía del Mar Dulce, el idisch funcionaba “como el idioma de la culpa”). El interés de esos familiares lejanos era la Europa culta. Podían citar en francés, y leían a escritores franceses e ingleses.
La política nunca marcha al ritmo de la historia. Y el caso de Zweig lo refleja. Tanto él como la capa de judíos que lo rodeaba, consideraban el nazismo apenas un fenómeno. Pronto pasaría de moda, se ilusionaban, y ellos podrían volver a vivir como antes de la guerra. Argumentaban que Hitler era un advenedizo, como su elenco estable. Se negaban a aceptar que el nazismo reflejaba aspectos muy desagradables del pueblo alemán. (Es un poco como la barbarie chavista. Muchos creen que está muy lejos de representar a los venezolanos en su conjunto). Apenas el pueblo alemán reaccionara ante tanta depredación y mal gusto, indicaban,los judíos podrían retornar a sus hogares y a sus costumbres. La Alemania del Tercer Reich era una anomalía. Nada tenía que ver con el pueblo de Beethoven o de Rathenau. 
No trato de disculpar a Zweig, pero sí entender a un ser honesto, atribulado, que en su vida personal brindó toda clase de beneficios a otros intelectuales. A algunos los ayudó inclusive con dinero, y promovió las obras de otros con incansable generosidad.
Siempre me fascinó la autobiografía de Zweig The World of Yesterday, posiblemente su obra más reveladora. La terminó de escribir en 1942, exactamente un día antes de suicidarse con su esposa, en Petrópolis, Brasil. En ese libro, Zweig explicaba que había crecido en un mundo pretérito, donde los seres humanos nacían y morían en un reducido espacio. Eran bautizados en una iglesia o en una sinagoga, y enterrados en un cementerio situado a una distancia de no más de dos kilómetros de esos centros de oración. Era un mundo de nutridos ancestros. Y algunas familias, por supuesto de personas pudientes, solían exhibir sus árboles genealógicos. 
En esa aterradora década que incluyó la segunda guerra mundial (y que culminaría en 1945 con la devastación de Hiroshima y Nagasaki, en Japón) toda forma razonable de vida y muerte fue anulada. Los cementerios fueron reemplazados por fosas comunes, el cuerpo de los seres humanos fue utilizado en la producción de jabón, y la religión secular de las multitudes enardecidas sustituyó a las viejas formas de culto.
Zweig pudo transitar en la llamada “paz de veinte años”, entre la primera y la segunda guerra mundial, disfrutando de gran fama y de mucha admiración y a veces de maledicencia. Pero en un momento dado, el equilibrio se rompió. Abandonó el Viejo Mundo, se fue a vivir a Nueva York, y finalmente recaló en Brasil, con su segunda esposa, Lotte Altmann. 
El 22 de febrero de 1942, la pareja se dirigió al dormitorio de su vivienda en Petrópolis. Ambos se acostaron en la cama. Lotte se había puesto un quimono, Stefan hasta se había anudado una corbata en torno al cuello de su almidonada camisa. Murieron pocos minutos después, tras tomar una enorme dosis de barbitúricos.
En su nota de suicidio, Zweig lamentó que “mi propio lenguaje haya desaparecido de mi persona, en tanto mi casa espiritual, Europa, ha logrado destruirse por su cuenta”. 
Todos sus libros publicados en Alemania fueron destruidos en las hogueras alzadas por la juventud nazi. En el párrafo final de su nota, Zweig escribió: “¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá que puedan ver el amanecer, tras esta noche prolongada!  Soy demasiado impaciente, y he decidido anticipar mi partida”. 
Uno no puede imaginar un final similar para Ludwig. Creía que había que enfrentar al nazismo de manera directa. Nunca intentó atemperar sus convicciones. 

Cuando un mundo se derrumba, no todos reaccionan de la misma manera. Ludwig y Zweig podrían representar las dos caras de una misma moneda

miércoles, 12 de octubre de 2016

“Night Trains” El ejército de las sombras


Mario Szichman



Night Trains, de Arthur Chrenkoff, es una novela muy peculiar, muy bien escrita, con un tema de gran interés: el rescate de perseguidos por el nazismo durante la segunda guerra mundial. Pero, posee un señuelo peculiar: el encargado de algunos rescates es Martin, un viajero del tiempo.
El relato transcurre en nuestra época, quizás a comienzos del siglo veintiuno.  Martin es un australiano en su veintena, sin demasiadas ambiciones, casi próspero, “well adjusted,” amante de las mujeres. Hasta que un día –en realidad, una noche– comienza a ver y escuchar cosas extrañas cerca de un abandonado cobertizo ferroviario: aparecen fugaces luces azules, locomotoras que ya han pasado de servicio. Seres humanos surgen y se desvanecen en la noche. Hay coros de voces en idiomas incomprensibles.
Un día, Martin conoce a Franz Bartok, el pasajero de un tren local, que es, en realidad, un ujier del tiempo perdido. Bartok, quien durante la segunda guerra mundial fue jefe de una estación en Austria, y ahora está jubilado, asigna una tarea al protagonista:  “realizar algunas labores en el futuro cercano”, aunque necesitan concretarse en el remoto pasado. Martin tiene que colaborar en el rescate de algunos judíos antes que los lleven a las cámaras de gases.
Chrenkoff no pierde tiempo revelando al lector algunas incongruencias. Él mismo las explica. En el presente, Martin solo conoce el idioma inglés. En el pasado, transita en lenguajes usados por seres a quienes necesita rescatar. Tampoco requiere reacondicionar los objetos que usa para cubrir su cuerpo. “Ya no estaba vistiendo un par de jeanes y una camiseta”, dice el protagonista. “En cambio, tenía puesto un traje marrón, de tela pesada, y debajo un chaleco. Una corbata ancha, a rayas, estaba ajustada a mi cuello. Aunque seguía usando anteojos, el marco era diferente,  redondeado. Mi cabello estaba peinado hacia atrás, y lucía un fijador que consideraba ridículo”.
Los atuendos de otras personas informan a Martin del lugar y la factible época. A veces obtiene validación al aproximarse a un sitio plagado de jóvenes que lucen camisas pardas, tienen cabellos cortados al rape, “y están atosigados de perversos pensamientos en cerebros mal desarrollados”.


El surgimiento del nazismo en Alemania permite al autor recorrer no solo sus incidencias trágicas, sino analizar el mecanismo de reflexión que permitía a muchos habitantes aceptar el horror.
Uno de los personajes recita las frases que asaltan con tanta regularidad las mentes sanas en una sociedad enferma. “Esto no puede durar”, dice uno. “Somos seres inteligentes. Seguramente quemarán algunos libros más, escupirán a algunos seres humanos, pero al final, todos advertirán quienes son” los nazis. Y luego, el corolario: “Después de todo, esto es Europa”. El narrador añade: “Sus palabras no sonaron como una pregunta, sino como un ruego”.
Las nuevas afrentas de los pistoleros del régimen son recibidas por los agredidos con pasividad. Existe la esperanza de que “Cada desprecio, cada disturbio, cada ley flamante, cada nuevo acto de discriminación” en algún momento cesarán. La razón, y la decencia, deben prevalecer.
Pero Martin, que conoce el futuro, sabe dónde encallarán esas ilusiones. “Su negocio sería destruido hasta los cimientos durante La Noche de los Cristales”, dice el protagonista al aludir a uno de los personajes. “Jóvenes con uniformes marrones, blandiendo antorchas, le prenderían fuego”.
En escasas, precisas frases, el autor reseña la vida de familias enteras acosadas por el nazismo, y ofrece esperanzas en algunos de sus herederos, que tras conocer la persecución, pasan a la actividad clandestina, y luchan por un porvenir mejor.
Martin no es partidario de ofrecer al enemigo la otra mejilla. Piensa que la autodefensa ofrece más recompensas que la autoflagelación. 

Arthur Chrenkoff
Chrenkoff, de origen judío, nació en Cracovia, Polonia, y ahora vive en Brisbane, Australia, donde publicó, hasta hace poco tiempo, un blog de enorme popularidad y gran influencia (chrenkoff.blogspot.com).
Él también ha sido un viajero del tiempo, y es obvio que en su narrativa ha mezclado sus experiencias de la guerra fría en Polonia, con su vida en la Australia moderna. Cada sitio de residencia le ha servido para reflejar acerca del lugar que abandonó.

¿VIAJAR HACIA DONDE?

El viaje al pasado que emprende Martin desde su futuro combina el horror real del nazismo, con una pátina de filme de Hollywood. Hay un nazi que se redime, el capitán Hans Bernd von Schellendorff. Hay una baronesa que usa sus encantos y su dinero para salvar vidas, la baronesa Molody.
Lejos de hacer irreal la narración, ese barniz de los grandes filmes de la década del cuarenta le da una vivacidad, y un tempo casi frenético.¿Podría haberse escrito Night Trains sin contar como trasfondo con aquello que el pionero de la fotografía Eadweard Muybridge calificó de “galloping images,” precursoras del cine? Sin la captura del movimiento humano, y su perpetuación en el celuloide –o ahora en el proceso digital– la vida acontecería infatigable hacia la muerte, sin posibilidad de revisitarla. 
En nuestro mundo, seres muertos desde hace décadas coexisten de manera reiterada con seres vivos. Conocemos hasta el último gesto de cuanto prócer o criminal de guerra ha recorrido la tierra en el último siglo, gracias a canales de televisión dedicados a recopilar la historia previamente registrada en noticieros y documentales. Y esa coexistencia impide pintar el pasado reciente con una pátina de tonalidades ocres, o concederle romanticismo.
No es lo mismo recordar personajes muertos emplazados en fotografías o en cuadros, que cuando están vivos, en movimiento, ignorantes del destino que les aguarda.
Algunas de las mejores páginas de Night Trains están reservadas a esa confrontación entre el pasado que evoca Martin, cuyas semejanzas con el mundo real son escasas,  y el único presente que le es permitido vivir. En el pasado que Martin frecuenta, conoce por anticipado qué ocurrirá. En el presente, solo puede presumir de variados destinos.
En un mundo habitado por colosos con pies de barro, adictos a las frases estruendosas, a los golpes en el pecho, y a una incansable necesidad de obtener más poder y saquear mejor el erario público, ¿cuáles son las posibilidades de un ser humano para enfrentar el mal? ¿Sirven acaso las actividades marginales?
Es la principal pregunta que formula el novelista. Y también la responde en su texto.
Martin piensa en la insensatez de su viaje al pasado. “Tengo que salvar a personas ya muertas”, le dice a su guía. “Ellas han estado muertas desde hace décadas”.
Bartok, su mentor, le responde: “A usted le atañe elegir. Una posibilidad es seguir subiendo a esos trenes nocturnos, y contribuir a salvar esas personas. Una, diez, un centenar, mil vidas, quien sabe. La otra posibilidad es no hacer nada. Haga de cuenta que todas ellas son fantasmas, y déjelas morir”.
Martin acepta la propuesta y decide “ayudar a los muertos a escapar del pasado, usando trenes fantasmas”. Es un riesgo más grande, aunque más gratificante, que no hacer nada.