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sábado, 2 de septiembre de 2017

El agiotista del violín (Fragmento de la novela Los judíos del Mar Dulce)

Mario Szichman




N.B. Publiqué la primera versión de Los judíos del Mar Dulce en 1971. La profesora Carmen Virginia Carrillo editó la versión definitiva en el 2012. Y esa versión tiene la misma diferencia que entre la noche y el día. En la primera versión, estaba demasiado cerca de mi país de origen, y de mi infancia, una infancia peronista, donde se mezclaban los delirios de la Argentina Potencia con una economía que ya había comenzado a resquebrajarse.
     Mis padres tenían un pequeño comercio de joyería, y nunca pudieron levantar vuelo. Eran acosados por los temibles inspectores de impositiva, y atormentados por las huestes encargadas de combatir el agio y la especulación. Ya en esa época, mis progenitores descubrieron que un colchón era mejor que un banco para depositar el dinero. Faltaban décadas para que otro gobierno peronista impusiera a comienzos del siglo veintiuno el famoso “corralito”, que impedía retirar los depósitos de los bancos.
     En la versión original de Los judíos del Mar Dulce no había agiotistas, o campañas contra la especulación, ni pululaban los inspectores de impositiva. En la recreación, editada por la profesora Carrillo, esos elementos se transformaron en algo primordial. Nunca creí que poseyeran algo cómico. Pero a veces la desesperación observada desde gran distancia, adquiere tonalidades que no figuraban en el proyecto inicial.
     En cuanto a la mención a Gardel, espero que algún día me perdonen.
M.S.



Itzik, el menor de los hermanos Pechof, estuvo dos años en el hospital curándose a medias de la bronquitis que había contraído pelando huesos hirvientes cuando trabajaba en el frigorífico Smithfield. Al salir del hospital sintió deseos de hacerle toda clase de desprecios a su familia para vengarse del abandono que había comenzado cuando era todavía un bebé y los Pechof, en el apuro por escapar de las fuerzas de Kolchak, estuvieron a punto de olvidarlo dentro de su casa, en medio de la estepa rusa, donde los lobos aullaban de hambre.
***
Durante sus dos años de internación Itzik había estudiado diferentes formas de ultraje que pensaba usar con su familia una vez lo diesen de alta.
Por razones de lealtad étnica, y en buena parte debido al violín, un instrumento que anhelaba tocar, aunque nunca había aprendido cómo hacerlo, Itzik prefirió compartir el encono con los paisanos. Otras comunidades usaban el acordeón o la guitarra para acompañar sus juramentos de venganza. En cambio, los paisanos acudían al violín, un instrumento musical que combinaba su escaso volumen con su ductilidad para causar congoja.
Con el acompañamiento imaginario del violín, Itzik podía despreciar las ropas que le regalaban sus hermanos. Era cuestión de poner cara agria, evocar el arpegio de algún violín, y decirles luego, con ese defecto en el paladar que le bloqueaba el uso de la ché y la yé: “Mutsas gracias. Veo que el finado era más alto que szo”. Y luego, bastaba esconderse en el baño y llorar sintiendo lástima de ese Itzik más joven que solían embutir dentro del corsé.
Pero soplaban nuevos vientos en Buenos Aires. Estaba en pleno auge la campaña contra el agio y la especulación. Y esa campaña arrastró a Itzik en su estela.
Itzik tropezó con la tensión reinante cuando llevaba recorridas apenas dos cuadras desde la salida del hospital. Centenares de ciudadanos estaban realizando un acto de desagravio mientras saltaban sobre su pierna derecha. Algunos blandían carteles en que se denunciaba el agio y la especulación. En otros carteles se repudiaba a los contreras. Un cartel decía: “Debemos desagraviar lo mancillado”.
 El fenómeno de los actos de desagravio era contagioso. Bastaba que una persona comenzara a saltar sobre su pierna derecha blandiendo un cartel de desagravio, para que rápidamente, en los cuatro puntos cardinales de Buenos Aires, comenzaran a convocarse otros actos de reparación. Uno de los ciudadanos le preguntó a Itzik por qué no saltaba. ¿O acaso era un vendepatria? Itzik empezó a saltar.
Al rato, tan agobiado por el esfuerzo como por el atlético estado de los encargados del desagravio, Itzik empezó a perder el aliento y decidió descansar recostándose contra la vitrina de una casa de empeños.
Cuando se aprestaba a continuar la marcha, vio algo que lo aturdió: detrás de la vitrina había un violín. Itzik decidió que quería ese violín. Imaginó además distintos escenarios donde podría tocar el violín. Estaba seguro de que sus hermanos le ofrecerían cualquier cosa con tal de que cesara de tocar el violín. Y si bien Itzik ignoraba cómo tocar el instrumento, eso se debía a que nunca lo había tenido en sus manos.
***

Itzik entró en la casa de empeños. En el centro del tétrico salón habían colocado un pendón con la consigna “En la Nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños”. Dos retratos ovalados de los líderes de la Nueva Argentina habían sido emplazados en los extremos de una jaula de metal. Detrás había un hombre sentado cerca de una caja registradora. Itzik le señaló el violín que había en la vidriera y le preguntó si podía verlo.
–No se atiende a menores de edad– dijo el hombre sin moverse de la jaula.
–No soy menor de edad. Tengo libreta de enrolamiento– le dijo Itzik.
–Si no te vas de aquí, te denuncio a la policía. Aquí luchamos contra el agio y la especulación– le dijo el hombre. Itzik ignoraba que en la comunidad de agiotistas circulaba el rumor de que inspectores de Impositiva disfrazados de enanos visitaban comercios para descubrir acaparadores.
– ¿Cuánto cuesta el violín?– insistió Itzik.
–No puedo venderlo. Ese es el único violín que tengo. Si lo vendo, me quedo sin estoc.  
– ¿Y no puede conseguir otro violín?– le preguntó Itzik.
– ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un solo violín?
–Impositiva es cada vez más estricta. Y con toda la razón del mundo.
–Soy el mejor cliente para ese violín– le explicó Itzik. –Mi hermano Salmen me enseñó a odiar a los de Impositiva.
–Yo no odio a los de Impositiva. Yo los admiro– dijo el comerciante. El hombre vivía aterrorizado por los violines que tenía acaparados en el sótano. Y eso sin contar los tres contrabajos. También acaparaba papel higiénico. Y rollos de papel periódico por si disminuían las cuotas de papel higiénico. –Debemos combatir el agio y la especulación– agregó.
–Tengo plata ahorrada– le dijo Itzik. –Si el violín no es muy caro, puedo comprarlo.
En ese momento se asomó en la trastienda una señora que llevaba en la mano izquierda una media de nailon y en la mano derecha una bolsa de harina.
–Querido—dijo la mujer. –Esta harina tiene demasiado afrecho. No puedo colarla en la media.
–No hay necesidad de colarla. Es pura como la nieve– le dijo el hombre y le hizo gestos con dos dedos de la mano derecha para que volviera a sus menesteres.
–La harina sza no viene como antes– dijo Itzik, quien en sus últimos meses en el hospital había trabajado en la cocina, ayudando a colar la harina de trigo que venía mezclada con mijo y centeno para que fuera más nutritiva y pesara más.
–La harina viene mejor que antes– dijo el hombre. –El pan sale tan blanco como la nieve de Los Andes.
Y luego, apuntando con el pulgar de la mano derecha hacia los retratos ovalados de la pareja presidencial colocados a ambos extremos de la jaula, añadió: –Él cumple y ella dignifica.
–Mi hermano Salmen tiene un retrato igual en su joyería– dijo Itzik. –Lo compró después que el jefe de la Unidad Básica amenazó con denunciarlo a Impositiva.
–Te doy treinta segundos para que te vayas de aquí– le ordenó el comerciante.
–Solamente dígame el precio del violín.
–Es el precio máximo fijado por las autoridades competentes. Eso, en caso de que quiera venderlo. Pero como no lo pienso vender…
–No me preocupa pagar de más porque todo está más caro. Como hay inflación…
–Vos querés tirarme de la lengua, querés. En este país la inflación es cero. Lo que pasa es que hay más demanda.
 –Dígame el precio del violín. Para hacerme una idea.
El dueño de la casa de empeños le ordenó a Itzik que fuera a hacer aguas mayores al puerto de Buenos Aires.
–Está bien– dijo Itzik tratando de zanjar la discusión. – ¿Dónde queda el puerto?
–El tranvía que pasa por la esquina te lleva– le dijo el hombre.
– ¿En qué dirección?
–En cualquiera– dijo el hombre señalando en diferentes direcciones para no comprometerse. –Todos los caminos conducen a Roma.
–¿A qué hora cierra el negocio?
–Antes que decirte eso me caigo muerto.
–Pero…
–Nada de peros. Al puerto, al puerto– lo incitó el dueño de la casa de empeños haciendo chasquear los dedos.
***

–Necesito desprenderme de los violines– le dijo el dueño de la casa de empeños al agiotista de las balizas.
–Tenga paciencia– le dijo el agiotista, moviendo la mano derecha, de la cual emergía un lápiz de carpintero. –En cualquier momento se nos viene la tercera guerra mundial. Y créame, si los Moishes no pueden ir al campo de reeducación tocando el violín, les agarra un patatús.
–Hay un enano de Impositiva que se apareció hoy en el negocio. Quería comprarme un violín– le dijo el comerciante. –Nunca tendría que haberle hecho caso con esos instrumentos de cuerda.
–Es el tercer reporte de un enano de Impositiva que recibo esta semana– dijo preocupado el agiotista de las balizas. – ¿Lo mandó con viento fresco? Digo, al inspector.
–Sí, pero se puso muy insistente.
–Ya me lo habían advertido en una circular– dijo el agiotista. –Hay dos clases de inspectores de Impositiva. Está la categoría A, los que aceptan coimas, y la categoría B, los que preguntan cuánto cuesta un violín– le dijo el agiotista. –Los de la categoría B son como sanguijuelas. Nunca se conforman con la coima estipulada.
 – ¿Cómo puedo saber a qué categoría pertenece?
–Espere a la segunda vez y fíjese si el enano viene en taxi. Los que vienen en taxi son los más peligrosos. Están en combinación con el taxista. Hacen la pantomima que se odian a muerte con el taxista. Generalmente el taxista saca al inspector a empujones del taxi. O cuando el inspector amaga con pagar, el taxista le arranca los billetes, los hace picadillo, y se los tira a la cara. Puro camelo. Es para desconcertar. Así después, al hablar del incidente con el incauto, el inspector consigue un montón de información…
–Quiero desprenderme de los violines– dijo el dueño de la casa de empeños. –Se han convertido en mi cruz.
–Creo que se está perdiendo un gran negocio. Vea la estadística– dijo el agiotista tendiéndole una hoja. Luego extrajo el lápiz de carpintero del centro de la mano derecha, e hizo un circulito en una cifra impresa en el papel. –Como podrá comprobar, tenemos más de doscientos mil Moishes habitando este suelo generoso. Calcule que las potencias del Eje se llevan a un cinco por ciento de ellos a los campos de reeducación. Aclaro que es una cifra muy baja. Bueno: estamos hablando de diez mil Moishes que van a remover cielo y tierra para conseguir un violín. Y a sesenta violines por cada cien Moishes se va a convertir en millonario.
– ¿Piensa entonces que los violines son rentables?
–Claro que sí. Todo es cuestión de tener paciencia.
–Bueno, por ahora me quedo con los violines– dijo el comerciante. –Pero no sé qué hacer con los contrabajos.
– ¿Cuántos acaparó?
–Yo no acaparo contrabajos. Tengo tres.
– ¿A quién se le ocurre acaparar contrabajos?
–Es que son como violines grandes.
– ¡Qué equivocado está!
–Pensé que algún semita corpulento podría comprarlo.
El agiotista volvió a despegar el lápiz de carpintero del centro de su mano derecha, tomó otra vez el taco de papel, e hizo algunos cálculos.
 –Para que un Moishe use un contrabajo como si fuera un violín, necesita medir tres metros y medio de alto por dos de ancho. Y no se olvide del cuello. El cuello de la persona que quiere tocar el contrabajo como si fuera un violín debe tener por lo menos un metro veinte de ancho para acomodar la base del instrumento. Vea, aquí tiene las medidas– y le tendió el taco de papel. El dueño de la casa de empeños observó la cuenta, y decidió que los contrabajos eran pura pérdida.
–Hagamos una cosa– le dijo el agiotista. –Le acepto los contrabajos con la condición de que me reciba a cambio una partida de Manuales Estrada. En consignación.
–Ya tengo todos los que necesito– dijo el dueño de la casa de empeños.
– ¿De qué año?
–Del año pasado.
–Todos esos manuales están obsoletos y caducados. Tenemos en puerta la reforma educativa–le dijo el agiotista. –De un día para otro, todos sus manuales van a ser igual que papel mojado.
Los Manuales Estrada habían ocultado todo lo ocurrido en la historia argentina hasta el año 1945. Los nuevos manuales se proponían extender la veda hasta el año 1952.
 –Si le pido una remesa de Manuales Estrada, ¿me acepta que devuelva los que tengo en consignación? –le preguntó el comerciante.
–Está bien, pero sólo si me acepta en consignación una partida de medias de nailon para colar la harina.
–¿Qué necesidad hay de esas medias? la harina viene impoluta.
–Lo bueno de las medias de nailon es que son de uso dual– dijo el agiotista. –También sirven como medias de nailon.
***

Itzik decidió que tenía que comprar el violín a toda costa. Sintió una urgencia como nunca antes había experimentado, excepto el día anterior, cuando descubrió el violín en la vidriera. Una vez comprado el violín, sería fácil aprender a tocarlo. Y quizás ni fuese necesario. Bastaba apoyar la base contra el cuello, y alzar el arco, para que brotaran las melodías.
Con paso ágil Itzik se dirigió hacia el centro de la calle y chistó un taxi, que frenó salvajemente cuando estaba a punto de embestirlo. Itzik le dio al taxista la dirección de la casa de empeños y le pidió que por favor acelerara.
 – ¿Qué se cree, que está en una película de Hollywood? –le preguntó el taxista. –Me voy a poner contento si podemos avanzar a paso de tortuga.
–El paso que quiera– dijo Itzik hundiéndose en el asiento.
El interior del taxi era el tabernáculo del bronce que sonríe. Había calcomanías de Gardel pegadas en el techo. Excepto por dos chupetes y un par de zapatitos de bebé, el resto estaba dedicado a celebrar la gloria del cantante que se había inmolado en Medellín. El taxista observó a Itzik por el espejo retrovisor con mirada aprobatoria.
–El día que murió, con él murió el tango– dijo el taxista.
–Veo que también puso la foto donde está rodeado de mujeres– dijo Itzik.
–Él las tuvo todas– dijo el taxista. –Princesas, actrices de cine, millonarias. Greta Garbo se suicidó cuando el zorzal le negó su amor.
–No sabía lo del suicidio.
–Bueno, un suicidio moral– concedió el taxista. –Después de lo de Medellín, la divina dejó de hacer películas.
–Entonces es pura mentira lo que me dijo mi hermano.
– ¿Qué le dijo su hermano? –preguntó el taxista achicando los ojos en el espejo retrovisor.
–Le digo lo que me dijo mi hermano el periodista. Szo no estoy de acuerdo.
–Dígame lo que le dijo su hermano– dijo el taxista con voz perentoria. – No me importa si usted está o no está de acuerdo con su hermano.
–Que nunca nadie cantó mejor que Gardel.
–Un hecho indisputable. ¿Por qué no va a estar de acuerdo?…
–…Y que nadie fue más hermoso que él.
–Lo rubrico con mi firma…
–Que los hombres se derretían cuando lo oían cantar.
–Esa es la virtud de los ídolos. Mujeres y hombres los quieren porque saben trascender los géneros.
–No, mi hermano me dijo que solamente los hombres se derretían por Gardel porque era un martsatrás.
El taxi pegó una brusca frenada.
–Antes de hablar del mudo, se me limpia la boca con jabón– dijo el taxista.
–Es lo que me dijo mi hermano– dijo Itzik apocado. –Pero szo no lo creo.
–Hace bien. Seguro que el marchatrás es su hermano.
El taxista puso la palanca de cambios en primera y reanudó la travesía.
–No quería ofenderlo– dijo Itzik.
– ¿Cómo me va a ofender con esas viles calumnias? Todos saben que nunca hubo un hombre tan viril como Gardel. Nunca– dijo el taxista. – Sé de buena fuente que murió en un duelo en el avión donde iba a Medellín. Todo por el amor de una mujer. La bala de Gardel fue al pecho de su rival. La bala de su rival fue a la espalda del piloto. Y ahí el piloto perdió el control del avión y todos se hicieron moco.
–Mi hermano dice que el duelo fue por el secretario de Gardel. Creo que se szamaba José Corpas Moreno. Gardel estaba loco por él.
El taxi volvió a pegar otra brusca frenada. –Y ahora te me bajás– le dijo a Itzik. –No voy a aceptar una imprecación más contra mi ídolo.
El taxista se bajó del vehículo, abrió la puerta trasera, y ordenó a Itzik que saliera si era macho. Itzik bajó del taxi, y le tendió al chofer tres pesos. –Quédese con la propina– le dijo con voz quebrada.
El taxista tomó los billetes, los hizo papel picado y los roció sobre la cabeza de Itzik.
–Voy a hacer correr la voz– dijo el taxista. –Ya tengo tus señas. Ni un solo taxista va a querer llevarte. Sólo te van a salir a buscar para atropellarte. Como que hay Dios.
El taxista se subió al vehículo y partió raudamente del lugar. Cuando se sintió a salvo, Itzik le gritó al taxi que se alejaba: –Ah, y además Gardel se pintaba los labios.
***

El taxi había dejado a Itzik a escasos metros de la casa de empeños. El dueño estaba en la puerta. Por su rostro cerúleo parecían transitar el miedo y la furia en oleadas. Sus peores temores se habían hecho realidad. El enano de Impositiva pertenecía a la categoría B. Lo corroboraba la farsa de la pelea con el taxista y los billetes convertidos en papel picado y rociados sobre la cabeza del inspector.
De manera disimulada, el comerciante se tocó los bolsillos de su pantalón, donde había insertado gruesos fajos de billetes. Se preguntó si la coima sería suficiente.
– ¿Se fijó lo que me hizo el taxista? –le preguntó Itzik al dueño de la casa de empeños mientras se quitaba pedacitos de billetes de la cabeza y de las solapas de su traje.
–No pienso caer en el lazo e iniciar una conversación amena– le dijo el comerciante.
–Antes que venderle el violín me cerceno las venas. ¿Para que me acusen de agiotista?
– ¿Por un violín? ¿Quién lo va a acusar de agiotista por un violín?– le preguntó Itzik.
–Nadie. Y tampoco de acaparador. Solamente tengo un violín…
–…Porque si usted tuviese mutsos violines sería otra cosa– concedió Itzik. –Sería distinto si por ejemplo tuviese veinte violines. Con veinte violines podrían acusarlo de agiotista. Ahora, no le cuento si llega a tener qué se szo, treinta violines. Ahí va a parar deretso a Ushuaia. Y con cuarenta violines, puede pasar la mitad del invierno en Ushuaia, y la otra mitad en La Quiaca. Un solo violín es la cifra adecuada.
El dueño de la casa de empeños vio sobrevolar mariposas amarillas delante de sus ojos. Debería alquilar un camión para desprenderse de todos los violines acaparados. Recordó al agiotista arrepentido que había confesado por el Canal 7 su participación en una inexistente campaña de desabastecimiento. Al concluir su confesión, el agiotista arrepentido había dicho: “Mi propósito era incitar a la canalla a celebrar con champán”. Lo habían mandado a la puna del Atacama por acaparar treinta botellas de anís Ocho Hermanos.
–Es necesario mantener una estricta vigilancia– musitó el dueño de la casa de empeños.
– ¿Y sabe por qué ese señor acaparaba violines?– le preguntó Itzik al comerciante.
–Porque creía que se venía la tercera guerra mundial. Eso sí que no lo entiendo.
– ¿Eso qué es, una reflexión o una amenaza?
–Es una reflexión– concedió Itzik. Pero el comerciante no se dejó engañar. Esa era una amenaza. Volvió a toquetearse los bolsillos y decidió que necesitaba más dinero.
 –Señor– dijo el comerciante mascullando –Si me acompaña al interior del negocio se lo voy a agradecer.
Tras ser encandilado por el violento atardecer porteño, Itzik experimentó una especie de ceguera en el interior del local. Al rato sus ojos se acostumbraron a la mortecina luz. La arqueología de las cosas prendadas parecía acechar en los rincones. Una dentadura sonreía dentro de un vaso de vidrio. Relojes de pie sin las agujas se alineaban a lo largo de una pared. En una vitrina había papagayos y gatos embalsamados. En otra, instrumentos de cirujano, facones y látigos de siete colas.
Itzik alzó la vista y observó numerosos estantes cubiertos de cajas de cartón o de madera. El comerciante se dirigió a la jaula, abrió la caja registradora, y se llevó todo lo que había adentro. Luego se aproximó a Itzik, y empezó a meterle billetes de veinte pesos en todos los bolsillos. –Ahí tenés. Hasta el último centavo de mis ahorros– le dijo a Itzik. –No creas que te vas a salir con la tuya. Hay un fotógrafo tomándote fotos. Te agarraron in fraganti. No vas a ver fogonazos porque el fotógrafo tiene luz ultravioleta.
Enseguida agarró a Itzik por el fundillo de los pantalones y lo arrojó a la calle.
–Y no te me aparezcas más por aquí, atorrante. Soy un honesto ciudadano. Solamente tengo un violín–. Y dándose media vuelta, el hombre volvió a la jaula.
Itzik se levantó del suelo todo magullado, se sacudió las ropas, y fue distribuyendo los billetes en los bolsillos de su pantalón. Nunca antes había visto tanto dinero junto. Luego, retornó a la puerta de la casa de empeños, chistó al dueño, y le preguntó: –Dígame, señor ¿Podría decirme si conoce otro negocio donde vendan esa clase de violines?– y sin esperar la respuesta se largó a correr.
***

Una versión de este capítulo apareció en el número 136 de la revista Hispamérica. (Abril de 2017). La novela se puede comprar en versión digital en Amazon 

miércoles, 9 de agosto de 2017

Hansel y Gretel en la segunda guerra mundial. Escribiendo desde la prohibición


Mario Szichman



El  novelista argentino David Viñas me galardonó en cierta ocasión diciendo que mi narrativa se apoyaba “en un rasgo mayor: su insolencia”. Con esas palabras de uno de mis dos mentores, el otro fue el novelista colombiano Álvaro Cepeda Samudio, inicié mi carrera de escribidor. (Como nota al margen: lean La Casa Grande, de Cepeda Samudio. Revisen una y otra vez su primera parte, el diálogo de dos soldados que se dirigen a fusilar huelguistas. No conozco nada similar en la ficción latinoamericana).
Mis comienzos estuvieron repletos de altibajos. La influencia de Roberto Arlt fue buena en un nivel. Arlt era un gran creador de personajes. Los personajes de su novela Los siete locos son ya clásicos de la narrativa argentina. Pero la escritura de Arlt no era prolija. Él mismo lo reconoció: “Se dice de mí que escribo mal”, indicó en su prólogo a Los lanzallamas. “Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias”.
Yo tenía otro problema: durante algunas décadas viví muy exasperado. No precisamente con mi condición de judío, pues nunca me avergoncé de serlo. Mi exasperación era con los judíos que recordaban exclusivamente su pasado de víctimas.
Siempre me negué a bautizar como Holocausto la matanza de seis millones de judíos por parte de los nazis. No fue un holocausto —la entrega de corderos para el sacrificio, como ofrenda a la humanidad—. No, fue pura y simplemente una masacre. Y los judíos no estuvieron solos. También fueron asesinados gitanos, rusos, polacos, además de toda clase de undermenschn,  enfermos o psicóticos que no cuadraban con el ideal de los arios, miembros de una supuesta raza superior anhelosos por conquistar el mundo.
Hace poco concluí una novela, otra vez a cuatro manos, otra vez con la profesora Carmen Virginia Carrillo del otro lado de la pantalla. Es una novela de la cual me siento muy orgulloso porque pude trascender el campo de la víctima y me concentré en los nokmim, los vengadores judíos que a fines de la segunda guerra mundial decidieron escarmentar a algunos nazis, forjando asesinatos que simulaban ser accidentes.
En un momento de la novela, mi protagonista, que trabaja en un servicio de inteligencia, le dice a su jefe, “Estoy harto de retorcerme las manos de sufrimiento. Hace tres mil años que nos estamos retorciendo las manos de sufrimiento”.
Crecí en una familia de judíos polacos que llegaron a la Argentina entre 1930 y 1933. En 1933, el ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Carlos Saavedra Lamas, ordenó cerrar las puertas de la inmigración, diciendo que el país “necesita inmigrantes, no refugiados”. Muchas familias como la mía no pudieron sacar a otros miembros radicados en Europa oriental. Eso cambió la ecuación en nutridas comunidades. Ninguno de aquellos a quienes bloquearon la posibilidad de huir a la Argentina sobrevivieron a la ocupación nazi de Polonia.
Muchos de los familiares de esos seres varados para siempre en sus países, y que terminaron en hornos crematorios, o en gigantescas fosas comunes, tendieron un manto de silencio sobre lo ocurrido. Al menos eso ocurrió en el seno de mi extendida familia. Sus miembros se negaban a ofrecer su opinión sobre lo ocurrido. No deseaban recordar su vida en Europa. No se trataba siquiera de un borrón y cuenta nueva. Era la absoluta imposibilidad de evocar el pasado. El único recuerdo que me ofreció mi padre fue éste: Un día fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. Su padre se limitó a comentar: “Fue una suerte que no te ahogaras. Yo no tenía plata para comprarte el ataúd”.

¿DESDE DONDE SE ESCRIBE?

Creo que escribimos desde la prohibición. Basta que alguien nos impida una búsqueda, para que de manera irresistible intentemos descubrir el secreto. Sin nuestra indagación sobre qué clase de fruta del bien y del mal consumieron Adán y Eva, ayudados por la inestimable colaboración de la serpiente, no existiría historia. Y todas mis novelas sobre tema judío tienen como origen la prohibición. Puede ser la del incesto, o la de acceder a algún tipo de conocimiento vedado. En mi caso, averiguar qué ocurrió con los familiares que murieron en Europa.
Afortunadamente, en las dos o tres últimas décadas, excelentes novelistas han alzado la cortina sobre el genocidio nazi. Y entre ellos figura Louise Murphy, autora de The True Story of Hansel And Gretel.

Louise Murphy   

Murphy conoce bien la terrible crueldad de los cuentos para niños. Creo que la mayoría deberían ser prohibidos no solo para menores, sino también para adultos de todas las edades. Recuerdo cómo me aterrorizó siendo niño el filme “Si muriese antes de despertar”, (If I Should Die Before I Wake), basado en un relato de Cornell Woolrich. Es la historia de un alumno de primaria, muy imaginativo. Una de sus compañeras de aula desaparece un día, luego que un extraño le ofrece golosinas, y le propone ir a su casa. Leí el cuento hace poco. Y el terror regresó, intacto.
La novelista emplaza a los hermanos Hansel y Gretel en Polonia, en los meses más álgidos de la segunda guerra mundial. Los niños han sido abandonados por sus padres, pues dificultaban su escape.


Más allá de la famosa treta de Hansel y Gretel: distribuir mendrugos de pan a lo largo de su ruta, a fin de encontrar el camino de regreso, y del hallazgo de Magda, una bruja transfigurada, que protege a los niños y los integra como parte de su familia, hay escasos elementos vinculados con el cuento de los hermanos Grimm. La aptitud de Murphy ha sido adaptarlo y expandirlo a la dimensión de una aldea y de varios de sus habitantes.

Los protagonistas son judíos polacos, que tienen como enemigos centrales a los nazis, y como enemigos secundarios a los polacos. El padre de los niños, un intelectual rebautizado El Mecánico, pues sabe reparar vehículos y también armas, decide, con su segunda esposa, “rebautizar” a sus hijos con los nombres de Hansel y Gretel. Luego les ordena que olviden su identidad, y los envía al bosque, para que esquiven simultáneamente a sus perseguidores alemanes, y a los soldados rusos que avanzan en el crudo invierno de 1943.
Los niños son adoptados por la “bruja” Magda, en realidad, una bruja buena, y la novela comienza a ampliarse con una serie de personajes. Entre ellos figura Nelka, una mujer embarazada, Telek, un partisano que está rendidamente enamorado de ella, el hermano de Magda, un sacerdote pecador acuñado en el molde del protagonista de El poder y la gloria, y que se redime con su sacrificio, y el alcalde alemán Frankel. Las principales tareas del alcalde consisten en vigorizarse con la transfusión de sangre de mujeres polacas, y en organizar la inspección de niños para “asimilarlos en el seno del pueblo alemán”.
Conociendo el trasfondo de esa asimilación, organizada por el médico nazi Josef Mengele para crear una nueva raza de superhombres, la resistencia polaca decide causar mutilaciones en los niños polacos más rubios y más bellos, a fin de impedir que se conviertan en objetos de experimentación.
La tarea de Murphy es combinar la insoportable realidad de una nación invadida por los nazis con la superstición, y la literatura comunal, que abreva en la tradición y en los rumores.  Hay una persistente leyenda, que aflora entre guerras. En un pueblo, las mujeres comienzan a quedarse sin maridos. Los hombres desaparecen sin dejar huellas. ¿Qué ha ocurrido? Se barajan toda clase de hipótesis. Pero hay al menos una certeza: a partir de ese momento, las mujeres, lejos de sufrir con esas ausencias, parecen muy felices.
Algunos críticos han cuestionado el consolador final de la novela. Discrepo de ello.
De todas maneras, para llegar a ese final, los protagonistas han debido arrostrar terribles peripecias, descriptas por Murphy con precisión, y sin retorcerse las manos de sufrimiento.
Después de todo, como decía Ansen Dibell, la autora de Plot ¿por qué los finales trágicos son superiores a los finales felices? ¿Acaso la desventura es superior a la esperanza?




miércoles, 1 de marzo de 2017

Venir de otra parte: Recuerdos familiares, lectura comunal


Mario Szichman
Poster de propaganda izquierdista contra los Blancos durante la guerra civil en Rusia

Siempre me encantó el comienzo de Piedra de Mar, de Francisco Massiani. El protagonista, un adolescente, quería escribir una novela, pero no tenía idea cómo organizar la trama, o poner en contacto o en conflicto a los personajes. Por lo tanto, empezaba a llamar por teléfono a sus amistades, a fin de que le narraran sus historias. Y tenía la suerte de que sus amigos y amigas, aceptaran el pedido.
Crecí en Buenos Aires en un hogar judío. Pero nadie quería contar historias de su previa vida en Rusia o en Polonia. Numerosos familiares de la rama materna llegaron a la Argentina entre 1928 y 1932. Luego, el canciller Carlos Saavedra Lamas ordenó en 1933 cerrar las puertas de la inmigración, usando el lema: “Queremos inmigrantes, no refugiados”, pues en todas partes se cuecen Donald Trumps. La mayor parte de la rama paterna quedó varada en Polonia. Nunca más se supo de ellos, donde se les acortó la vida.
A veces mi padre me brindaba fragmentarios recuentos de su estadía en Polonia, de la primera guerra mundial, de las fenomenales repercusiones que tuvo en Europa la Revolución Rusa, de la cual se cumple su primer centenario.
Un recuento personal: en cierta ocasión mi padre, cuando tenía ocho o nueve años, fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. El lacónico comentario de su padre fue: “Es una suerte que no te ahogaste, porque no tengo dinero para pagar un ataúd”.
El antisemitismo era rampante. Uno de los chistes que se contaba era el siguiente: El zar Nicolás de Rusia amenazaba al jefe de gobierno polaco diciéndole: “Si me tocas a uno solo de mis judíos, acabaré con todos los tuyos”.
Proliferaban los judíos al comienzo de la Revolución Rusa. Decían que el judío Trotksy (Lev Davidovich Bronstein), jefe del Ejército Rojo, les comentaba a líderes del gobierno bolchevique: “Solo necesitamos  un judío más, y hacemos un minyen”[i].
El ser humano suele avanzar contra la corriente. Tanta prohibición de recuerdos contribuyeron poderosamente a que intentara descubrirlos y comentarlos. De ahí a narrarlos, existía un corto trecho.
Cuando tenía veintiún años, recién salido del servicio militar, intenté escribir una novela relacionada con unos fusilamientos registrados en los basurales de José León Suárez, en los suburbios de Buenos Aires, en junio de 1956, tras el derrocamiento de Juan Perón en 1955. La idea me la sugirió la lectura de Operación Masacre, un espléndido trabajo de non fiction escrito por Rodolfo Walsh.
Algunos peronistas, varios militares, y también unos civiles, participaron en la insurrección rápidamente sofocada. Los fusilamientos fueron sancionados por las autoridades militares lideradas por el general Pedro Eugenio Aramburu, líder de la llamada Revolución Libertadora. Walsh descubrió que en el momento de ordenarse los fusilamientos, aún no se había decretado la ley marcial. Por lo tanto, esas ejecuciones eran ilegales. Para sumar el insulto al agravio, algunos de los fusilados lograron sobrevivir, e informaron a Walsh de sus entretelones.
La historia me fascinó, pero existía un problema: no sabía cómo trabajar a los personajes. Yo provenía de una familia judía, y los seres que poblaban la narrativa de Walsh eran argentinos. Mi familia era antiperonista,  pertenecía a la clase media, y los personajes de Walsh eran peronistas hasta la médula, algunos obreros o sindicalistas.
Mi única ventaja era que conocía a los militares por dentro. Hice el servicio militar en el Regimiento 3 de Infantería, en La Tablada, una zona de la provincia de Buenos Aires. No hay mal que por bien no venga. Pude conocer un cuartel por dentro, a los oficiales y suboficiales, sus absurdas jerarquías, el desprecio que sentían por los soldados o “colimbas”. Media docena de los personajes de mi primera novela[ii] retratan a esos seres de uniforme.
Tras ser dado de baja del ejército, escribí el primer, horrendo borrador de ese proyecto de novela, y se lo llevé a un periodista quien me lo destruyó en un santiamén mediante una serie de sarcásticos comentarios.  Luego sacó de una de las gavetas de su escritorio un manuscrito, insinuándome que si quería aprender a escribir, lo leyera. Por cierto, el manuscrito llevaba la firma del periodista. Me informó que era el núcleo de un libro que tendría 1.600 páginas. Falleció antes de superar la docena de páginas.
Luego, contacté al escritor David Viñas, que se convirtió en uno de mis mentores intelectuales. Viñas reconoció que mi manuscrito era insalvable, pero me dijo algo que cambió mi vida. “Mira, Marito”, me dijo, “el texto no se sostiene. Pero hay un personaje, Bernardo, que es muy interesante ¿Por qué no lo trabajas más?”
Algunas semanas después, en febrero de 1967, tomé un avión en el aeropuerto de Ezeiza, rumbo a Haití. Había leído El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, y quería conocer la fortaleza que el emperador Henri Cristophe ordenó erigir en Cabo Haitiano. Según Carpentier, en la argamasa empleada para cimentar los muros habían mezclado sangre de toro.
Nunca llegué a Haití. La primera escala del avión fue en Bogotá. Allí conocí a la escritora Marta Traba, quien me puso en contacto con Álvaro Cepeda Samudio, periodista y autor de La Casa Grande, otro intelectual que me cambió la vida. Álvaro era director del Diario del Caribe, en Barranquilla, y me ofreció trabajo. Creo que no duré ni dos semanas en esa ciudad. Pues un día Álvaro me preguntó qué diablos estaba haciendo en Colombia. “Vete a Caracas”, me propuso, “Colombia es el pasado. Venezuela es el futuro”. (Eso, no olvidemos, fue en 1967. Ahora, toda Venezuela es un pasado con magras posibilidades de recuperar su futuro).
Seguí el consejo de Álvaro, viajé a Caracas, y eso me cambió la vida. Tanto como la lectura de La Casa Grande, una novela extraordinaria que merece la más amplia difusión. El primer capítulo, el diálogo de dos soldados que van a reprimir una huelga de trabajadores, es una joya.
Parodiando a Jorge Luis Borges y a su relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, reconozco que si bien no debo “a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”, si atribuyo mi incursión por la literatura a la conjunción del consejo de David Viñas, y a la novela de Álvaro Cepeda Samudio.
Nunca las coincidencias son exactas,  nada surge intacto de la cabeza de Minerva, y en líneas generales, el inconsciente trabaja por aproximación. Sus desvaríos son más prolíferos que sus aciertos. Recordé el consejo de Viñas: “Hay un personaje, Bernardo, que es muy interesante ¿Por qué no lo trabajas más?”, recordé a los dos soldados aterrados que viajaban en una embarcación para sembrar el terror entre los huelguistas de las bananeras, recordé mi paso por el ejército y también Operación Masacre, de Walsh. (Me impresionó especialmente la ferocidad de una mujer que cuando observó a uno de los ensangrentados sobrevivientes del fusilamiento escapando por los fondos de su casa, comenzó a gritar: “¡Agárrenlo, agárrenlo. Mátenlo que se salvó!” )
Y esa conjunción tuvo un inesperado resultado: a través del personaje de Bernardo, miembro de una familia judía, recuperé un pasado que formaba parte de los vergonzosos, entrecortados cuchicheos de mi familia.

¿QUÉ SE CUENTA?

La Argentina cuenta con la comunidad judía más grande de América Latina. El antisemitismo ha sido siempre una presencia muy poderosa. Recuerdo una famosa revista de historietas,  Patoruzú. Entre los personajes que divulgaba todas las semanas figuraba Popoff, un sastre judío, que parecía salido del periódico nazi Der Stürmer publicado por Julius Streicher. Muchos intelectuales judíos hacían malabarismos para disimular su origen. Algunos circuncidaban su apellido para que no sonara “semita”.
Comencé a escribir sobre una familia judía, a la cual rebauticé Pechof, y los mutilados recuerdos comenzaron a aflorar, así como el pasado de mis ancestros, especialmente la rama materna. Arrancar información a mis familiares era una tarea bastante difícil. Además, ¿cuánto de lo que contaban era verdad, cuánto era fantasía? Pero, siempre hay maneras de hurgar en el pasado.
Y hasta descubrí que contábamos con un pasado en cierto modo marcial. Mi abuelo fue “reclutado” en el ejército zarista cuando tenía cinco años de edad. En realidad, ese reclutamiento consistía en secuestrar niños, ignoro si de distintas etnias, o solamente judíos, y convertirlos en soldados. Revistaban en el ejército durante un cuarto de siglo, y cuando los daban de baja, obtenían ciertos beneficios, como instalar negocios en zonas alejadas de enclaves judíos. Mi abuelo tenía un estanco de tabaco que le permitía vivir de manera holgada. En una ocasión se enamoró de una viuda, que tenía cuatro o cinco hijos. Le propuso matrimonio, y la dama aceptó. La familia se expandió. Luego estalló la primera guerra mundial. Mi familia debió escapar de una zona en conflicto. Huyeron en un carromato mi abuelo, mi abuela y de acuerdo al recuento inicial, sus ocho hijos e hijastros. Cuando ya estaban a muchas verstas de distancia de la casa, mi abuelo hizo un recuento de la prole, y recordó que entre niños y adolescentes debían sumar nueve, no ocho. ¿Qué se había hecho de Mendele, el benjamín de la familia? No aparecía por ninguna parte. Por lo tanto, mi abuelo tuvo que frenar el carromato, dar la vuelta, y regresar a la casa. (No olvidemos que estaban en un área de guerra, donde abundaban los cañonazos). Mendele, el bebé, había sido olvidado junto a una chimenea apagada. Estaba envuelto en una sábana bien ceñida. En esa época se consideraba saludable envolver a los bebés como a un matambre. De acuerdo a la evocación familiar, Mendele dormía como un bendito. Siempre fue una persona prueba de cañonazos.

Nicolas II último zar de Rusia

En el medio se cruzó otro recuerdo persistente. En 1915, o 1916, el ejército zarista decidió reincorporar a sus filas a mi abuelo. Debía temer que sin su presencia, la guerra se perdería. En cierta ocasión un sargento, furioso porque mi abuelo no marchaba con la adecuada celeridad, lo golpeó con la culata de su máuser en el oído derecho, y lo dejó sordo. Mi abuelo, o zeide, siempre consideró ese evento una desgracia con suerte. Mi abuela era una mujer de un carácter muy fuerte, y a veces llenaba a su esposo de reproches. En esas ocasiones, mi abuelo torcía la cabeza, y escuchaba a su esposa acercando el oído derecho. Las palabras se deslizaban amortiguadas en su afortunada sordera, y mi abuelo podía dedicarse a reflexionar sin ser perturbado.
Muchos de los recuerdos tal vez no corresponden a una historia familiar, sino a una literatura comunal. Son recuerdos compartidos por multitudes. Las tragedias eran indescriptibles, a veces absurdas, otras imposibles de digerir.
En los gélidos lugares de la Rusia zarista, una parte indispensable del uniforme de los soldados eran pantalones cuya parte superior trasera tenía un cuadrado de tela fijado con botones. De esa manera, cuando un soldado necesitaba hacer aguas mayores, solo requería desabrochar esa tela. (Estamos hablando de áreas donde en el invierno la temperatura superaba los 50 grados bajo cero). En cierta ocasión, mi abuelo participó en una patrulla de reconocimiento.  De repente, la patrulla fue víctima de una emboscada. Los captores se limitaron a despojar a los miembros de la patrulla de los botones de la tela ubicada en la parte trasera de los pantalones, y los alejaron a patadas del lugar, convencidos que sin esa prenda, morirían congelados en pocos minutos. Por un milagro, todos los miembros de la patrulla se salvaron, aunque ignoro las consecuencias de ese congelamiento.
Es obvio que las personas que sufrieron la primera guerra mundial, y sus secuelas, estaban hechas de otra madera. Dos parientes lejanos, un hombre y una mujer, quedaron huérfanos de niños. Toda su familia murió de la “gripe española” que asoló en 1918 a Estados Unidos, a buena parte de Europa, y a Asia, especialmente China.  (La gripe causó entre 40 y 50 millones de muertos. La guerra en sí, acabó con 31 millones de personas). Esos dos niños deambularon por media Rusia, con ropas livianas, en pleno invierno, hasta ser rescatados por enfermeros de una ambulancia militar, y alojados en un hospicio. Ignoro qué traumas les causó la guerra, pues figuraban entre las personas más amables y generosas que conocí en mi vida.
Proust decía que cuando nada subsiste de un remoto pasado, el aroma, el sabor de las cosas persiste durante mucho tiempo, haciendo emerger “el edificio enorme del recuerdo”. La vida es una carrera de obstáculos. Cualquiera que revise su pasado podrá descubrir las docenas de instancias en que se trata de apostar a cara o cruz. Los caminos más transitados suelen terminar en callejones sin salida, aunque tampoco las empresas arriesgadas son garantía de victoria. Pero todavía la constancia es superior a la resignación. Un intelectual me señaló el camino fácil de olvidarme de un proyecto literario,  otro me impulsó a concretarlo, aunque sin garantizarme éxito alguno. Un tercero me presentó el desafío de visitar Caracas, en lugar de apoltronarme en un cómodo escritorio en Barranquilla.
En definitiva, todo es cuestión de no resignarse. Y cuando se trata de apostar, es preferible apostar a la obstinación.







[i] Quórum de diez hombres requerido para una plegaria en una sinagoga.
[ii] El título original de la novela fue Crónica Falsa. Obtuvo Mención en el Concurso Casa de las Américas de 1969. En 1971 rebauticé la segunda versión La verdadera crónica falsa. La tercera versión, editada por la profesora Carmen Virginia Carrillo, aparecerá como libro digital esta primavera.