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miércoles, 7 de febrero de 2018

Esplendores y miserias de la vida literaria

Mario Szichman


Cada vez que tengo los blues, y pienso que el mundo es ancho, ajeno, y fuera de mis límites, acudo a Journalism in Tennessee, de Mark Twain, uno de mis textos favoritos. El protagonista de la historia es un periodista que padece una enfermedad nerviosa. Por lo tanto, decide viajar al sur de Estados Unidos para curarse en un clima sereno, rodeado de seres que observan la vida con una actitud filosófica.
Lamentablemente, el personaje es contratado como ayudante del editor de un periódico que se complace en destruir la reputación de sus rivales.  Ya en el primer día, el atribulado periodista, mientras trata de instalarse en la redacción, es testigo de ataques con explosivos. También se libran duelos con enormes revólveres. Cuando el editor del periódico abandona el sitio, le informa a su flamante asistente que algunos de sus enemigos visitarán el lugar, y le asigna tareas: “Jones llegará a las tres: le puede propinar unos cuantos latigazos. Gillespie vendrá tal vez un poco antes. Arrójelo por una ventana. Ferguson arribará a las cuatro. Usted está autorizado para asesinarlo”. También le pide al asistente que corrija un editorial titulado: “Cómo alentar el progreso moral e intelectual de la sociedad norteamericana”.

SALDANDO CUENTAS

La ferocidad que exhiben los protagonistas de Journalism in Tennessee suele reflejarse en el mundo literario. Hace algunos años, The Times Literary Supplement publicó una crítica de David Gallagher al libro “Borges”, editado por Daniel Martino. (Editorial Destino, Buenos Aires).
Se trata de una recopilación que hizo Martino del diario personal del escritor Adolfo Bioy Casares. Según indica Gallagher, Bioy conoció a Jorge Luis Borges en 1931 o 1932, cuando tenía alrededor de dieciocho y Borges ya había cumplido treinta y dos. A partir de ese momento, mantuvieron una intensa amistad literaria que se prolongó hasta la muerte de Borges, en 1986. (Bioy falleció en 1999).
En 1947, Bioy comenzó a escribir un diario, donde registró sus casi cotidianas conversaciones con Borges. El parcial resultado de ese diario es “Borges”, un libro de 1.664 páginas. Como señala Gallagher, “El diario claramente cubrió muchos otros tópicos”, a los cuales alude el editor Daniel Martino “en un corto y escasamente iluminador prefacio”.
Al parecer, Bioy asumió en esa prolongada amistad literaria un poco el rol de Boswell, y  Borges, el de Samuel Johnson. Pero a veces, al menos por lo que divulga Gallagher, ambos autores parecen haberse transmutado en Bouvard y Pecuchet, los copistas de la novela de Gustave Flaubert, que un día descubren la estupidez, y verifican que es imposible tolerarla.

ARRANCANDO EL CUERO

Borges iba al apartamento de Bioy, en Buenos Aires, varias veces a la semana. Y Bioy registraba en su diario las conversaciones. También, en ocasiones, componían historias policiales, con el seudónimo compartido de H. Bustos Domecq.
Gallagher dice que Bioy intentaba controlar la tendencia de Borges a recargar la narrativa con “chistes abstrusos y aderezos barrocos”.
A medida que pasaban los años, y se acentuaba la ceguera de Borges, Bioy leía textos, y luego ambos formulaban comentarios. Las observaciones solían ser generalmente “mordaces”. Para ambos autores, Flaubert tenía el estilo de un “burócrata”, Rabelais era “abominable”, y T. S. Eliot era “tan bajo, que ni siquiera merecía el desprecio”.
Borges sentía gran aversión por las novelas prolongadas. Decía que era un “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. Tolstoi le parecía tedioso. Señalaba que las partes más interesantes de La guerra y la paz eran las dedicadas a los combates entre las tropas del zar y las de Napoleón.
Por supuesto, con eso obliteraba la presencia de su principal personaje femenino, Natasha, y el romance que la convertía en una precursora de Anna Karenina.
Borges, a diferencia de Bioy, no le asignaba al erotismo gran jerarquía en la narrativa. En cuanto a Baudelaire, Borges decía que era una especie de metro patrón de los amantes de la poesía. “Cualquier persona que admira a Baudelaire”, señalaba, “es un imbécil”.
Silvina Ocampo, la esposa de Bioy, y una excelente poetisa y cuentista, brindó una explicación por el desdén que mostraba Borges hacia otros escritores. “Con cada día que pasa”, indicaba, Borges “es menos proclive a deleitarse con obras que no sean las suyas”.
Por supuesto, eso es solo parte de la historia. Borges admiraba a Kipling, Stevenson, Chesterton, Kafka, Ruben Darío, Verlaine, y a clásicos españoles como Cervantes, Lope de Vega, Gracián, Calderón, Góngora y Quevedo.

PERLAS

Para Gallagher, el mejor Borges es aquel que en vez de juzgar a otros escritores “formulaba asombrosas, irreverentes asociaciones que constituyen una parte central de sus ficciones”. Por ejemplo, en cierta ocasión, sugirió a Bioy que Kafka y Jesús tenían una manera similar de examinar el mundo, a través de imágenes y parábolas.
En otra oportunidad, indicó que los dos temas más interesantes en toda la historia de la literatura fueron la caída de Troya, y la pasión de Cristo. Cuestionaba, sin embargo, la muerte de Jesús. Decía que le faltaba la grandeza de la muerte de Sócrates, pues “Sócrates era un caballero, y Cristo era un político que deseaba ser compadecido”.
Y luego, viene la parte del comadreo. “En los treinta y nueve años de conversaciones” registradas en el libro, Borges y Bioy hablaron pestes de fastidiosos escritores, de damas de sociedad “bellas pero idiotas”, de políticos petulantes, y de sus agentes literarios, editores y traductores.

CON UN HACHA DE SÍLEX


Al parecer, ese aspecto de los diarios causó bastante escándalo en algunos círculos de la sociedad argentina, “no sólo porque algunas de las víctimas estaban vivas”, dice Gallagher, sino por la terquedad de Borges y Bioy en hablar mal de otros.
Por ejemplo, decían que Victoria Ocampo, hermana de Silvina y quien a través de la revista Sur se convirtió en la gran dama de la sociedad literaria de Buenos Aires, era una “snob ridícula”, sólo ansiosa por cortejar a cuanta celebridad visitaba la Argentina. En varias ocasiones, Borges y Bioy rehusaron sus invitaciones. Decían que el té que ofrecía parecía medicina y el pan de sus sandwiches tenía el sabor del DDT. Para Borges, Victoria Ocampo “confunde hospitalidad con arresto domiciliario”.
De acuerdo a Gallagher, Borges podía ser cruel inclusive con personas que se habían mostrado amables y admiraban su obra.
El poeta norteamericano Robert Lowell hizo enormes esfuerzos para promover a Borges en Estados Unidos. Sin embargo, Borges lo consideraba “un completo idiota”. El pecado de Lowell fue que cuando visitó Buenos Aires, en 1962, expresó a la madre de Borges su deseo de conocer a la mujer más bella de la ciudad, “porque deseo acostarme con ella”. Borges consideró imperdonable que Lowell expresara tanta rudeza delante de su madre.  
Y luego, está la misoginia. Aunque Bioy era un legendario mujeriego, y Borges tuvo una buena cuota de admiradoras, en sus conversaciones exhibieron un enorme desdén por las damas. “Nada más concreto, más burgués, más limitado que una mujer”, enunciaba Borges.
En otra ocasión, Borges y Bioy intentaron elucidar la esencia femenina, y decidieron que el principal problema de las mujeres es que carecen de capacidad de abstracción. Eso les impide entender los principios morales. Gallagher comenta que ese tipo de “desagradables puntos de vista” contribuyó a que le negaran a Borges el premio Nobel.

CUENTAS SALDADAS

El corolario de la crítica de Gallagher al libro Borges llegó al Times Literary Supplement algunas semanas más tarde
En una carta del lector, el ensayista Daniel Waissbein dijo que el libro “mediocre, y editado de manera incompetente”, no mostraba al verdadero Borges, sino a un Borges “disminuido, malevolente, repetitivo, tonto y arrogante”, examinado “a través de la caprichosa percepción que tenía Bioy Casares de la humanidad en general, y en esta instancia, de Borges en particular”.
Al parecer, se trataría del mismo defecto exhibido en las novelas de Bioy, “un disgusto por sus personajes que refleja su disgusto por la humanidad”.
Según el ensayista, tampoco puede considerarse “como una amistad” la casi cotidiana relación entre Borges y Bioy. ¿Qué era entonces?  Según Waissbein, se trataba de “una especie de matrimonio de conveniencia. Borges obtenía comidas, acceso a casas palaciegas en Buenos Aires, junto al mar y en el campo, y era llevado ida y vuelta al apartamento de su madre en los costosos automóviles de Bioy. También se benefició de la atención de los muchos sirvientes de Bioy, del uso de la biblioteca de Bioy en las noches, y del servicio de Bioy como su amanuense”.
Del Parnaso literario pasamos a un sórdido mundo donde uno de los mejores escritores argentinos se convierte en prisionero de las atenciones de un mediocre bon vivant.
Me imagino que Borges, desde su tumba, debe musitar: “¡Por favor, no me defienda, compadre”!




miércoles, 25 de enero de 2017

Jorge Luis Borges no dejaba títere con cabeza


Mario Szichman



Jorge Luis Borges era muy entrevistable. Han sido publicados numerosos trabajos sobre sus diálogos con periodistas y académicos. Uno de ellos, “Entrevistas con Jorge Luis Borges”, de Jean de Milleret, causó bastante escozor en círculos literarios de Buenos Aires cuando fue publicado en la década del setenta. Tal vez porque Borges dedicó parte de la conversación a demoler el mundo de la revista Sur y de su propietaria, Victoria Ocampo, además de embestir contra parte de la cultura española como un toro al que le agitan un manto.

Por cierto si alguien desea conocer un poco más el mundo de Sur, es indispensable leer el ensayo de Amy K. Kaminsky Argentina, Stories for a Nation (University of Minnesota Press, Minneapolis, 2008). El libro es una especie de gabinete de las maravillas. La autora observa a la Argentina y a los argentinos como un viajero del tiempo sometido a constantes sorpresas. Confronta el rutilante o inventado pasado de esa nación con su magro presente, y nos recuerda, con persistencia, con fresca mirada, desde el extremo norte del mundo habitado, a una nación que, como Brasil, siempre aguarda un promisorio futuro que jamás logra concretar. Ya en el primer capítulo del libro de Kaminsky titulado Bartered Butterflies, surge la extrañeza que nos obliga a observar a la Argentina con nuevos ojos, a través de esa confrontación/ sumisión, entre Virginia Woolf, la gran dama de las letras inglesas, y esa gran dama de las letras argentinas llamada Victoria Ocampo.
¿Qué veía Victoria Ocampo en Virginia Woolf? ¿Qué veía la intelectual argentina en la escritora inglesa? Al menos, sugiere Kaminsky, no era una relación entre iguales. Woolf nunca ocultó su desdeñosa superioridad. En cierta ocasión, la autora de Mrs. Dalloway, le preguntó a su colega argentina cómo eran las azules mariposas de las Pampas. La fundadora de la revista Sur se encargó de narrar en sus memorias que para complacer a Woolf, “a quien idolizaba”, le regaló un set de mariposas ensambladas y enmarcadas, alimentando de esa manera “la fantasía que le permitiría ingresar” en el mundo de Woolf.

Por supuesto, dice Kaminsky, tras ese dificultoso ingreso en el jet set comandado por la escritora británica, Ocampo quiso mostrar el rostro oculto de la intelectualidad bonaerense. La Argentina inventada por la revista Sur, era un país de intelectuales con sensibilidad europea, civilizados, y agrega Kaminsky, “blancos”.
(Ver: Argentina: la carga del hombre blanco

Si bien Borges ingresó en el mundo de Sur, nunca se sintió cómodo en ese cenáculo literario. Y en las conversaciones con Milleret surgen algunas de las razones. La principal de ellas era el status monetario. Victoria Ocampo era una oligarca, de esas que cuando viajaban a Europa a comienzos del siglo veinte, transportaban una vaca en el barco, a fin de tomar leche fresca. Y Borges pertenecía a una familia de alcurnia, aunque venida a menos.
Su vínculo con Sur, y su vida modesta, le dijo Borges a Milleret, lo ponían en una posición falsa. Inclusive “me sentía algo humillado”.  Por un lado, “iba a lo de Victoria Ocampo y cuando llegaban escritores de renombre compartía sus charlas, les hablaba; veía mi nombre citado con cierta frecuencia; publicaba en periódicos y revistas”. Pero en la vida real, “ganaba 240 pesos mensuales en un empleo subalterno (como bibliotecario). Era una situación  penosa y ambigua”.
Un recuerdo de Borges retrata muy bien ese universo. “Una vez dos mujeres de mundo, dos amigas, fueron a visitarme a la Biblioteca… Dos días después, me telefoneó una de ellas para pedirme un favor. Había pensado, de común acuerdo con su amiga, que yo hacía un trabajo un poco ridículo, y que debía prometerle encontrar otro sitio donde pudiese ganar mil pesos por mes. Trabajar en un barrio suburbano por 240 pesos le parecía una manera de hacerme notar, de hacerme el excéntrico y el interesante, de pretender espantar a la gente. No podían pensar que yo no hubiese podido encontrar otra cosa. La gente demasiado rica no puede imaginarse la pobreza: acaso solo se forme una imagen de la miseria. Pero como yo estaba pulcramente vestido, usaba corbata, sombrero… bueno… como tenía el aspecto de un burgués, entonces debía ganar mil pesos por mes”.

EL DERBY DE DEMOLICIÓN

Milleret permitió a Borges explayarse en su feroz ironía contra colegas, y también desmantelar algunas de las premisas que convertían a Sur en una de esas “famosas obras del tedio” como calificaba Borges a ciertos textos clásicos. (Reveló que si bien releía la poesía de Víctor Hugo, “cuando traté de leer Los Miserables, nunca pude”. Todos aquellos que intentamos en vano la lectura de esa novela, le estaremos a Borges eternamente agradecidos por esas palabras de consuelo).
Borges sentía aversión por buena parte de España (“Desde hace tres siglos España no conoce más que fracasos, aunque los españoles son muy valientes personalmente”) y de la literatura española. Decía que “nunca había encontrado nada notable” en Juan Ramón Jiménez. Un poeta como Valle Inclán “me parece bastante malo. Es un farsante, y ni siquiera muy maligno”. Miguel de Unamuno “me hizo mucho mal. Traté de imitar su prosa, es decir, escribir cuidadosamente cosas que debían tener un tono espontáneo, haciendo expresamente frases desdichadas, haraganeando con ser torpe”.
Tampoco su opinión de Ortega y Gasset era piadosa. “Tengo de él un recuerdo tan vago como de sus libros. Es cierto que no los frecuenté mucho. Hay allí algunas ideas interesantes, pero el estilo es intolerable. Ortega, que era muy inteligente, tendría que haberse dado cuenta que necesitaba un negro que le redactara los libros”.
Y en un dardo contra Ortega y Gasset que también alcanzó a Victoria Ocampo, señaló Borges: “Victoria posee una gran cultura francesa: piensa y escribe todo en francés. No siente en español. Por ejemplo, no puede juzgar la poesía en lengua española. Muchas veces me preguntó si un poema era malo o bueno. Incluso me confesó una vez que le estaba muy agradecida a Ortega y Gasset por haberle demostrado que la lengua española era capaz de literatura, algo que ella nunca hubiese sospechado”.

SUR, PAREDÓN Y DESPUÉS…


Quizás la revista Sur pase a la historia de la cultura argentina como otra famosa forma del tedio. Para Borges, era también sinónimo de mezquindad. “Formé parte del grupo fundador. Pero no se nos pagaba. Durante diez años, Sur no pagaba a sus colaboradores, puesto que su propósito era difundir la cultura”.
Por otra parte, decía Borges, “Victoria Ocampo tenía una concepción bastante curiosa de lo que constituía una revista literaria. No quería publicar más que textos de colaboradores ilustres, y no le interesaban las notas sobre teatro, cine, conciertos, libros… Y todo eso constituye la vida de una revista. Es decir, lo que quiere encontrar el lector. Mientras que si se encuentra un artículo de cuarenta páginas firmado Homero, y otro de cincuenta, firmado Víctor Hugo, no hace más que fatigarse. Eso no es para él una revista”.
Para Borges, “la única manera de hacer una revista es contar con un grupo de personas que compartan las mismas convicciones, los mismos odios, en tanto que la colección de textos de escritores ilustres no constituye una revista. Eso no es más que una antología mensual con un texto de Valéry junto a otro de Huxley, que por cierto tienen valor, pero no tiene demasiado importancia para una revista”.
Y como trasfondo, Sur parecía un barco sin timonel.
“Aunque Victoria Ocampo se interesaba infinitamente por Sur, creo que la secretaria era la que finalmente publicaba lo que quería”.
De todas maneras, añadía Borges con galantería, “Sur fue y sigue siendo un elemento capital  en la evolución de la cultura argentina, y el mérito esencial le corresponde a Victoria Ocampo”.
En el medio, estaba la fascinación de Borges por el cine. Y eso, aún después de perder la vista. Cuando Milleret le preguntó cómo hacía para “ver un filme”, Borges admitió que siempre era escoltado (en general, “por hermosas mujeres”, añadió Milleret). La acompañante se encargaba de añadir comentarios sobre la fotografía, permitiendo que esa película “escuchada”, pudiese, además, ser imaginada. Aunque, añadía Borges, “cuando me decían que la fotografía era excelente, eso, para mí, constituía un acto de fe”.
Borges “vio” Lawrence de Arabia, y Kartum. Su veredicto es muy iluminador. “Vi tres veces Kartum”, dijo a su entrevistador. “Lo creo infinitamente superior a Lawrence de Arabia. Es que la derrota resulta estéticamente muy superior a la victoria. Es la idea de la antigua tragedia. Se siente desde el principio que el héroe va a morir y que va a la derrota. Esto le da una dignidad que un vencedor no puede alcanzar, la del hombre que va hacia la muerte más o menos de manera voluntaria, y que lo sabe de antemano”.
En las entrevistas con Milleret, el escritor no tuvo pudor en hablar de su ceguera, y le quitó todo halo romántico.
El entrevistador le elogió a Borges una frase que el escritor había dicho a un periodista del New York Times: “Ahora que el mundo está todo dentro mío, veo mejor, porque puedo ver además todas las cosas que sueño”. Milleret comentó: “Es un pensamiento muy bello, más conmovedor para quien lo conoce a usted”.
La respuesta de Borges fue implacable: “Dije eso simplemente para consolarme”, indicó. “Para engañarme a mí mismo. Nadie puede decir una cosa como esa, y creérsela. ¿No está de acuerdo?”
No creo que el libro de Milleret integre el canon de los adoradores y adoratrices de Borges. Es demasiado insolente, down to earth, y peor, mucho peor aún, inmensamente divertido.