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sábado, 16 de diciembre de 2017

We, the Accused. Los contratiempos de una obra maestra


Mario Szichman



La equívoca fama de We, the Accused, una de las grandes novelas británicas del siglo veinte, puede atribuirse enteramente a George Orwell, el autor de 1984. En su famoso ensayo Good Bad Books, publicado en el diario londinense Tribune en noviembre de 1945, Orwell intentó explicar la diferencia entre “buenos” y “malos” libros, así como la discordancia con esa categoría intermedia de “buenos malos libros”.
La categoría es un invento del escritor Gilbert Keith Chesterton. Un “buen mal libro” es un libro “sin pretensiones literarias, pero que continúa siendo entretenido, en tanto producciones más serias han perecido”, decía Orwell. Por ejemplo, destacaba las historias de Sherlock Holmes, que nunca pasan de moda, en tanto novelas que denunciaban problemas sociales o discutían temas filosóficos, habían desaparecido de la estantería de librerías y bibliotecas, así como de la memoria de críticos y lectores.  
Y luego de mencionar autores populares en los géneros del policial, o del humor, Orwell se concentraba en We, the Accused, de Ernest Raymond. “Se trata”, decía Orwell, de una “sórdida y convincente historia de un asesinato, posiblemente basada en el caso Crippen”[i].
Para Orwell, la calidad de la novela se debía a que el autor “solo logra capturar en parte la patética vulgaridad de las personas que describe, y por lo tanto, no las desprecia. Tal vez, inclusive gana mucho por la manera prolija en la cual está escrita”, siguiendo un poco las huellas de Una Tragedia Americana, de Theodore Dreiser.
De esa manera, indicaba Orwell, “se van apilando los detalles, casi sin intentar selección alguna.  En el proceso, se construye, lentamente, un efecto de terrible, demoledora crueldad”.

REPUTACIONES REVISITADAS

En The Times Literary Supplement de enero de 1977, se preguntó a varios autores cuales consideraban los libros o escritores más sobrestimados o subestimados del siglo. John Betjeman dijo que We, the Accused  figuraba entre las novelas más subestimadas. Se trataba, señaló, de “una de las mejores narraciones que transcurren en Londres, y de una obra maestra del suspenso”.
La novela transcurre en 1932, en Islington, Londres. El triángulo amoroso está constituido por Paul Presset, de 50 años, un maestro de una escuela de segunda categoría, su esposa Elinor, varios años mayor que él, quien cuenta con una pequeña fortuna, obtenida durante su primer matrimonio, y Myra, una maestra de kindergarten en la misma escuela donde enseña Paul, y que se transfigura en su “resplandor”.

Ernest Raymond

Raymond fue eslabonando con gran sabiduría la cadena de incidentes que transformaron la amistad de Paul y de Myra en una gran pasión, y el matrimonio de Paul y Elinor en un infierno.
Quizás la sabiduría del relato consiste en la manera prolija en que Raymond fue creando el suspenso. De otra manera, sería imposible comprender cómo un hombre sin atributos se va convirtiendo en un asesino, o como una mujer como Myra, afectuosa, sencilla, honesta, va adquiriendo una nueva personalidad en su rol de protectora de Paul, y cómo lo sigue defendiendo, tras descubrir que su amante ha envenenado a su esposa con arsénico.
Raymond aplicó su lupa sobre la pareja, ofreciendo un patético retrato de dos seres humanos que van creciendo junto con la emoción de los lectores. No hay clishés, ni atajos, ni invenciones para sostener la trama: apenas una pareja que intenta eludir la acción de la justicia huyendo de Londres, soñando con algún lugar de Europa donde nadie los busque, y en el cual puedan ser felices.
Al principio, cuando su esposa aún vive, Paul Presset propone a Myra huir, e iniciar una nueva vida. Pero la moralidad de Myra impide esa solución. Ella no quiere ser la amante de Paul, sino su esposa. La ironía es que esa integridad de Myra hace que su amante acreciente el odio por su esposa, y la envenene.
En la narrativa policial de esos años, la manera de enfrentar a dos amantes complicados en un crimen consistía en el surgimiento del odio. Puede observarse en esas obras maestras de James Cain El cartero llama dos veces, y Double Indemnity, especialmente en la segunda. Pero Raymond no eligió esa solución. Y logró algo mejor.
Myra no ha participado en la muerte de Elinor. Y cree en la versión de Paul, de que su esposa murió como resultado de una enfermedad. Algunos diálogos son ejemplares. Cuando Paul le menciona a Myra su origen pobre, Myra le responde: “Me siento tan contenta de que ninguno de nosotros es una persona importante”.
Solo cuando prospera la fuga de ambos, es cuando comienza a desenredarse la madeja. En cierto momento, Myra le pregunta a Paul cual es la verdad sobre la muerte de Elinor. Tras algunas excusas y prolongadas explicaciones, Paul admite que ha envenenado a su esposa. Entonces Myra le dice: “Seguiré haciendo todo lo que pueda por ti”. Y luego, señala el autor: “Myra tuvo una gran piedad” por su amante. Al mismo tiempo, sentía que el amor había desaparecido.
No hay planificación alguna en el asesinato de Elinor por parte de su esposo. Como decía Mark Twain, “Si el deseo de asesinar se acopla a la oportunidad de hacerlo, ¿qué ser humano podría evitar ser ahorcado?”  Paul Presset mata a su esposa sin premeditación o alevosía. Su excusa para hacerlo es que Myra le está ofreciendo una nueva vida. Además, Elinor padece una enfermedad grave que puede disimular los síntomas causados por el arsénico.
Nadie sospecha al principio de la muerte de Elinor. Ni siquiera su médico de cabecera. Todo parece un regalo del cielo. Una mujer nagging, fastidiosa, puede ser reemplazada por una mujer joven, con sólidos principios morales. Myra es para Paul la inesperada tabla de salvación, aunque luego, su integridad será la causa de su ejecución.
El novelista tenía la capacidad de modificar las lealtades del espectador. Durante las jornadas en que Paul y Myra huyen de la policía, nadie duda de que serán finalmente capturados, mientras se acrecienta el deseo de que los amantes eludan la persecución policial e inicien una nueva vida en un lugar remoto donde no pueda alcanzarlos la justicia.
Finalmente, la justicia llega, el amor de Myra por Paul se desvanece, aunque no su lealtad, y el asesino enfrenta la ejecución en dos páginas finales memorables.
Un día, las agujas del reloj de la prisión donde está encerrado Paul, marcan las nueve de la mañana.  Y Paul rodeado de funcionarios, “concreta el último gran esfuerzo de su vida”. Instalado debajo de la horca, les dice a los presentes: “Bueno, adiós a todos, y gracias”. Y luego, murmura: “Adiós mi querida Myra; adiós querida mamá, querido papá”.
En ese momento, uno de los carceleros coloca una capucha blanca sobre la cabeza y el rostro de Paul, se abre una puerta trampa bajo los pies del condenado, y “Paul desapareció de la vista de todos. La soga se puso tensa, y comenzó a oscilar”.
Con materiales del caso Crippen que abundaron en los periódicos, Raymond transitó una ruta escasamente recorrida. Le quitó glamour al crimen, le añadió una profunda humanidad, y se concentró en personajes cuya máxima alegría consistía en saber que “ninguno de nosotros es importante”.





[i] El “caso” Crippen, uno de los más famosos en los anales del crimen británico. Tuvo como protagonista al  homeópata Hawley Harvey Crippen (1862 – 1910), quien fue ahorcado en la prisión de Pentonville, Londres, acusado de asesinar a su esposa Cora Henrietta Crippen. El presunto asesino mantenía una relación sentimental con una mujer mucho más joven que él.
El caso tuvo ribetes sensacionales porque la investigación policial se hizo en base al hallazgo de algunas partes de un cadáver en el sótano de la vivienda de Crippen. En el año 2007, evidencias obtenidas mediante el ADN de trozos del cuerpo, sugirieron que los restos pertenecían a un hombre. Las conclusiones han sido cuestionadas.

miércoles, 18 de enero de 2017

¿Es posible leer sin preaviso? George Orwell y su definición de “buenos” y “malos” libros


Mario Szichman

Robert Louis Stevenson
     
        Jorge Luis Borges solía decir que algunos libros clásicos eran “las formas más famosas del tedio”. Pertenecía a la vieja escuela. Solía leer por placer, aunque cada ser humano encuentra el placer de la lectura en distintos lugares. 
    Algunos de los libros mencionados por Borges no forman parte de la biblioteca de un intelectual. No hay nada cuestionable en ello. Después de todo Stendhal, antes de ponerse a escribir sus formidables novelas, buscaba inspiración en el Código Napoleón. Y Robert Louis Stevenson tuvo la audacia, realmente incomparable, de leer El vizconde de Bragelone, de Alejandro Dumas. 
        En un post anterior (Cómo residir en un libro. Robert Louis Stevenson y el arte de leer: https://marioszichman.blogspot.com/2016/11/como-residir-en-un-libro-robert-louis.html), dije que el narrador escocés confesó haber leído “en cinco o seis ocasiones” El Vizconde de Bragelonne,  la tercera parte de la saga de Los Tres Mosqueteros, que tiene 1.500 páginas. Los lectores más valerosos suelen eludir las primeras mil páginas, y solo se atreven a leer las últimas quinientas, que aluden al hombre de la máscara de hierro.
      Stevenson debió aceptar que era desconcertante su favoritismo por El Vizconde de Bragelonne. En primer lugar, reconoció las fallas de la novela: el vizconde es trivial, y la heroína comparte su debilidad. Pero, aún así… Stevenson dijo en una de sus cartas: “Una vez apartaba la novela de mis manos, me asomaba a la ventana, y observaba la nieve en el jardín, y la luz de la luna invernal ofreciendo brillo a las colinas blancas. Enseguida retornaba al campo soleado de la vida, donde podía olvidar mis tribulaciones y mi entorno.             Esa novela que estaba leyendo era un sitio tan habitado de personas como una ciudad, iluminado como un teatro, ocupado por rostros memorables, y colmado de conversaciones deliciosas… Ninguna parte del mundo parecía tan encantadora como esas páginas. Ni siquiera uno de mis amigos era tan real, tan querido, como d'Artagnan”.  
       Tal vez Stevenson, más que aludir al goce despertado por una novela en particular, exaltaba, exclusivamente, el simple placer de leer. Un goce tan omnímodo, que permitía ignorar la calidad de un texto. Stevenson era, realmente, un escritor muy generoso; podía hipnotizarse con la prosa de otros, creer en ella, derrochar elogios inmerecidos. ¿Y por qué no?,  después de todo, cada persona lee algo distinto en un texto. Se relaciona más con su personalidad y con sus recuerdos, que con la página impresa. Al fin y al cabo, Stendhal encontró erotismo, aventuras y toda clase de reflexiones en el Código Napoleón. Tal vez, hasta el reflejo de una mujer amada.

LOS LIBROS COMO ELECCIÓN DE OBJETO

         

       
         En noviembre de 1945, George Orwell, el autor de “1984”, publicó en el periódico Tribune, de Londres, su ensayo “Good Bad Books,” buenos libros malos, que es una especie de puesta al día de un ensayo previo de G. K. Chesterton donde el creador del Padre Brown  se concentraba en los “good bad book.”
       En realidad, cada generación de lectores cuenta con su cuota de buenos libros malos. A diferencia de los clásicos de la narrativa, que suelen eternizarse (Somerset Maugham calculaba ese eternidad en unos 300 años. No todos los días se escribe Don Quijote o Gargantúa y Pantagruel, o Pilgrim´s Progress), los buenos libros malos suelen pasar rápidamente al basurero de la historia. Aunque no siempre, y tampoco en todos los países.
        Pero primero, la definición de qué constituye realmente un libro malo. Hay muchos libros malos que han desaparecido de las bibliotecas y luego, se transfiguraron en buenos hasta convertirse, en fecha posterior, en parte de nuestra herencia cultural. 
       ¿Es La cabaña del tío Tom un buen libro malo? Al menos en Estados Unidos, es un clásico. ¿Merece ese calificativo? Según la opinión de Orwell, la novela de Harriet Beecher Stowe es “quizás el supremo ejemplo de un ´buen mal’ libro. Es un libro involuntariamente ridículo, repleto de absurdos, y de melodramáticos incidentes”… 
         Durante el siglo diecinueve, La cabaña del tío Tom fue la novela más vendida en Estados Unidos, y el segundo libro más vendido en esa época, solo superado por la Biblia. Se dice que ayudó a alimentar la causa de la abolición de la esclavitud. Existe una famosa, y apócrifa anécdota, según la cual, Abraham Lincoln, tras encontrarse con la novelista, al comienzo de la guerra civil, preguntó “¿Así que ésta es la pequeña dama que inició la gran guerra”?
           ¿Qué propulsó al público de habla inglesa a comprar ejemplares de la novela? Orwell tuvo un buen presentimiento. Sí, era cierto, la novela podía ser ridícula, absurda, llena de melodramáticos incidentes. Pero, al mismo tiempo, “Es profundamente emotiva, y esencialmente verdadera. Es muy difícil precisar cuál de esas cualidades supera a la otra”.  Posiblemente, la segunda.
          Inclusive el criterio de Orwell sobre los buenos malos libros, ha sido superado por la crítica moderna. Al analizar a escritores “francamente escapistas”,  el escritor británico tropieza con algunos narradores que cada día parecen más grandes, en tanto en su época eran, aunque admirados, observados con displicencia en el Parnaso de los creadores. Es el caso de Arthur Conan Doyle, Bram Stoker, o H. Rider Haggard. Los autores de Sherlock Holmes, Drácula, o Las minas del Rey Salomón, crecen en fama con cada día que pasa, además de proponer acertijos que afectan a diversas disciplinas intelectuales.
         Es posible que parte de su popularidad se deba al cine; aunque no siempre. Las aventuras de Sherlock Holmes, y eso incluye las parodias, no han tenido la fama, o la calidad de Drácula, especialmente la versión de 1931. Todos los monstruos sagrados de Hollywood se congregaron en la versión de 1931 dirigida por Tod Browning, con Bela Lugosi como el conde Drácula, Karl Freund a cargo de la cinematografía, y Bram Stoker, Hamilton Deane y John L. Balderston en las diferentes partes del guión.  
           En el caso de Las minas del rey Salomón, aunque se han hecho varias versiones para la pantalla grande, solo la primera, de 1950, con Stewart Granger en el rol del aventurero Allan Quartermain, y Deborah Kerr, como su enamorada, es perdurable.  
           Orwell no pudo anticipar los caminos que recorrerían esas novelas de aventuras o de horror, cuando las calificó de “libros absurdos, libros que hacen al lector más propenso a reírse de ellos, que con ellos”. La revisión de los críticos alteró la perspectiva. 
          En el caso de Conan Doyle o de Rider Haggard, los críticos celebran ahora la calidad de la prosa. Ambos autores parecen escribir cada día mejor. Con respecto a Stoker, su creación del vampiro es en estos momentos coto de caza privado de los psicoanalistas o de autores de ciencia ficción. (También como pura novela, Drácula es excepcional).
           Es posible que ni siquiera los autores de esas obras tomaran muy en serio sus creaciones. Llegó un momento en que Conan Doyle asesinó literalmente a su protagonista, pues deseaba dedicarse a escribir novelas “serias”. Y las escribió, como es el caso de The White Company, o The Lost World, por cierto, un muy buen relato que transcurre en una Sudamérica aún poblada por dinosaurios. (Unos ubican la acción en Bolivia, otros, en el monte Roraima, una región fronteriza entre Venezuela, Guyana y Brasil).  Tras ese homicidio, y debido al clamor popular, Conan Doyle se vio obligado a resucitar a Sherlock Holmes.

          Hay una pregunta inquietante de Orwell: “¿Quién ha envejecido mejor, Arthur Conan Doyle o George Meredith?”. En su época, Meredith era un autor muy admirado por autores como Stevenson, Algernon Charles Swinburne, Leslie Stephen. Y Conan Doyle le rindió homenaje en un cuento, The Boscombe Valley Mystery. En determinado momento, durante la discusión de un caso, Sherlock Holmes le dice al doctor Watson: “Mejor hablemos ahora acerca de George Meredith, si le complace, y dejemos temas menores para mañana”. Y Oscar Wilde sugirió que sus novelistas favoritos eran Balzac y Meredith. “¿Quién puede definir a Meredith?” se preguntaba Wilde. “Su estilo es el caos iluminado por relámpagos”. 
         Hoy, muy pocos recuerdan a Meredith. 
         Otra propuesta de Orwell: los libros que suelen subsistir son aquellos que, aunque carecen de toda pretensión literaria, siguen siendo muy legibles o devorables.  Uno de ellos, que acabo de comprar exclusivamente por recomendación de Orwell, es We, the Accused, de Ernest Raymond, que ha resucitado en fama, y ha tenido varias ediciones tras la crítica del autor inglés. 
¿Cuáles son las razones de la segunda vida de We, the Accused?  Se trata, dice Orwell, de “la historia de un homicidio, peculiarmente sórdida y convincente”. Una de sus virtudes es que el autor “no desprecia a sus personajes por su patética vulgaridad”.  Al igual que Una tragedia americana de Theodore Dreiser, añade el crítico, la novela hasta prospera por la manera en que fue escrita. “Los detalles se suman a los detalles, sin selección alguna”. En el proceso, “se registra el efecto de una crueldad terrible, demoledora, construida con lentitud”.  
      Una de las conclusiones del texto de Orwell: las grandes novelas se escriben con el corazón, no con el cerebro. El gran narrador siempre parece más preocupado con la tragedia de sus personajes, que con la amabilidad de los críticos.  
    Dice Orwell: “Existe una indefinible cualidad,  una especie de vitamina literaria” en las grandes novelas, que falta en otras, escritas quizás con más calidad, pero desnutridas de emociones. Y Orwell rubrica su afirmación, con esta espléndida frase: “Hay poemas más bellos en las canciones de los teatros de variedades, que tres cuartas partes de los poemas que meten en las antologías”. 
       Y en ese sentido, señalaba el escritor, existe algo en La cabaña del Tío Tom, “que sobrevivirá a las obras completas de Virginia Woolf o de George Moore”.

domingo, 10 de agosto de 2014

Buenos libros malos



 Mario Szichman


La idea de los “buenos libros malos” es de George Orwell. En su trabajo Inside the Whale, Dentro de la ballena,  Orwell analizó la novela de Henry Miller  Trópico de Cáncer, y la emparentó con el Ulises, de James Joyce. Es increíble cómo el material que podríamos calificar de pornográfico (Orwell hablaba de novelas Full of unprintable words, repletas de palabras impublicables) envejece con el tiempo, y al mismo tiempo, es apartado de las discusiones literarias. Ahora que Joyce ha ingresado en el canon académico, muy pocos recuerdan el escándalo que causó la aparición del Ulises. Y desde que los códigos de lo impublicable han perdido su filosa navaja, Miller sigue siendo leído porque era realmente un gran escritor.
Orwell, que tenía un buen olfato, señalaba que autores como Joyce y Miller dejan una cierta estela a su paso, y más allá de los detalles, parecen persistir en la memoria de una manera especial. Es como si “crearan un mundo propio”. Y es ahí donde inserta Orwell su idea de los good bad books, los buenos libros malos, y menciona a Raffles y a los relatos de Sherlock Holmes, así como textos “perversos y morbosos”, del estilo de Cumbres Borrascosas o The House with the Green Shutters. No estoy de acuerdo con Orwell en los libros elegidos. Creo que son excelente literatura. Inclusive Sherlock Holmes, más allá de sus aptitudes detectivescas, y de su maravillosa prosa –nadie que aprenda a narrar como Arthur Conan Doyle pasará vergüenza ante el lector–  es un ser pluridimensional, y en sus reflexiones descubre que cuando contemplamos el abismo, el abismo nos devuelve la mirada.
Gilbert Keith Chesterton dijo en cierta ocasión que Dickens era tan popular porque “no escribía lo que el pueblo quería. Dickens quería lo que el pueblo quería”. 
Hay obviamente en Joyce o en Miller una aproximación al lector que si bien no puede compararse con la de Dickens, habla de alguien que puede recitarle al oído palabras y experiencias familiares. Orwell sugería que en ambos escritores hay una cuota de sinceridad, de conocimiento de la vida, que los convierte en narradores muy exclusivos. Como ocurre con Louis-Ferdinand Céline. Uno podrá discrepar con la política o con los prejuicios de Céline, pero nadie puede dudar de su honestidad, de su ausencia de artificio para expresar sus verdades.
En un reciente trabajo de Lindsay Duguid publicado en The Times Literary Supplement se comenta el libro de Michael Schmidt The Novel: a biography. (Harvard University Press). El libro tiene 1.172 páginas, pero el resumen de Duguid habla bien del volumen. Se titula, creo que con justicia, Good books and good bad books, Buenos libros, y buenos libros malos.  
Según indica Duguid, la intención de Schmidt no fue escribir una cronología anotada o una teoría de la novela, sino “un detallado recuento del desarrollo de una forma innovadora”.  Schmidt ofrece más opiniones a los escritores que a los críticos, y analiza, junto con la paulatina mengua de la risa en la escritura y en su discusión (algo que detalla Mijail Bajtkin en sus libros sobre Rabelais y Dostoievski), el progresivo avance del análisis sobre las diatribas. No sé si eso es bueno o malo, si esclarece u ofusca la comprensión de un texto.
En fecha reciente he leído en The New York Review of Books varios intentos por ennoblecer los decibeles de la invectiva. Pero, por alguna razón, me suena a falso. Me recuerda una moderna corriente de la comedia romántica. En la década del treinta, en películas como His Girl Friday, Holiday, o en esas maravillas que creaba Preston Sturges (The Palm Beach Story, o Sullivan Travels) sus protagonistas propagaban a gran velocidad sus frases más memorables. Algunos adictos al cine solían ir a ver algunos de esos filmes dos o tres veces, no solo porque les habían resultado muy divertidos, sino para entender buena parte del diálogo. En la pasada década Hollywood intentó repetir la experiencia y los resultados no fueron buenos. Los actores y actrices hablaban a gran velocidad, pero no decían nada memorable. La técnica era perfecta, pero no el contenido, y lo mismo ocurre con algunos ensayos donde se intenta demoler la fama de algunos escritores. Está la imprecación, pero no la ironía. Está la furia, pero sin matices. Varios de esos críticos han estudiado la técnica del fenomenal ensayista y novelista Gore Vidal, o de Dwight McDonald, pero no el tono, sino la capacidad para evitar tomarse en serio. Y al parecer, Schmidt prefiere aferrarse a ese tipo de críticos, antes que a los académicos, a la hora de emitir su dictamen. (Creo que existe una gran diferencia entre el académico y el crítico. El crítico usa las herramientas de la academia. El académico las transforma en armas para ahuyentar discrepancias).
Como señala Duguid, el autor del libro no se preocupa por la muerte de la novela, aunque menciona “la preocupación de Gore Vidal por la muerte del lector de novelas”.
En el medio, famosos u olvidados escritores comentan en breves y desdeñosas frases los logros o fracasos de sus colegas.
Schmidt da énfasis a la popularidad de ciertos textos, y al fanatismo que despertó en sus lectores. En realidad, la novela que alcanza celebridad pese a su ausencia de lectores, o precisamente gracias a ese acontecimiento, es un invento bastante moderno. Existen, por supuesto, diferentes grados de popularidad de un texto. A la búsqueda del tiempo perdido tiene menos lectores que Las minas del rey Salomón o El código Da Vinci, cuya impopularidad con los críticos se da de cabeza con la fama entre los lectores. Es posible que A la búsqueda del tiempo perdido siga cosechando lectores cuando pocos recuerden la existencia de El código Da Vinci. Tal vez a la popularidad del texto haya que añadirle la categoría de permanencia. Nadie puede creer que Drácula esté a la altura de Ilusiones Perdidas, pero es obvio que el tema seguirá vigente inclusive si se acaban las transfusiones sanguíneas.
En otras ocasiones, aquello que surgió sin llamar la atención se disemina por los lugares más inesperados gracias a los autores. Esa novela extraordinaria que es Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist, no existiría de no ser por sus devotos discípulos. Una de las dos conferencias que ofreció Franz Kafka en su vida la dedicó a leer fragmentos de Michael Kohlhaas, que, según decía, “le causaban lágrimas y entusiasmo”. La trama tuvo una enorme influencia en Ragtime, la mejor novela de E. L. Doctorow, y en Perfume, de Patrick Süskind, y seguramente será retomado por otros creadores, pues el argumento es una de las mejores defensas del ser humano ante el estado, y del individuo frente a la burocracia.
Al mismo tiempo, Schmidt proporciona al lector una especie de cuaderno de bitácora con las opiniones de famosos autores sobre obras que han ingresado al panteón de la fama. Graham Greene no dice mucho sobre Lawrence Sterne. Se limita a considerarlo “insoportable”.  Stephen King despacha a Thomas Hardy con esta frase: “Ninguna vida puede ser tan mala como él la describe. Por favor, déjenme en paz”. Y el mismo Schmidt ofrece algunos juicios a tener en cuenta. Dice de la novela de Thomas Pynchon  Against the Day: “Es un libro para estudiar, no para leer”, y acusa a la narradora Sylvia Townsend Warner de poseer “una inventiva excesivamente encantadora”. Ese tipo de comentarios permite al lector dar un suspiro de alivio. Ocurre que sus aburrimientos, sus frustraciones, sus aflicciones con textos que reciben excesivos elogios y los estima de escasa importancia no son resultado de una mente ociosa: intelectuales que respeta piensan de manera similar.  
Hay tantos críticos como libros de crítica, y millares de propuestas diferentes sobre un género que tiene al menos setecientos años de antigüedad. (Schmidt considera la primera novela Los viajes, de Mandeville, publicada a mediados del siglo catorce).
Pero la idea de los “buenos libros malos” está cargada de posibilidades. Muchas veces nos avergonzamos de engullir libros que no son exactamente literatura clásica. Cervantes se burlaba de los libros de caballería, aunque era evidente que se los devoraba. Tal vez en el siglo diecinueve, con el surgimiento del folletín y la posibilidad de ampliar el público lector, los autores sintieron menos vergüenza de apelar al melodrama. Dostoievski, Eugenio Sue, Dickens, Balzac,  Edgar Allan Poe, Alejandro Dumas, no mostraron rubor alguno en recrear un género y llevarlo a la estratósfera. Con ellos es difícil determinar en qué momento se alcanzó la sublimidad, y cuando llenaron páginas calculando el centimetraje y los ingresos monetarios por capítulo.
El crítico James Russell Lowell resumió mejor que nadie la combinación de profundidad y de insipidez que caracterizaba a muchas obras de genios como Poe y Dickens en un poema que decía:

Here comes Poe with his Raven, like Barnaby Rudge,
Three fifths of him genius, two fifths sheer fudge.
(Aquí viene Poe con su cuervo, como Barnaby Rudge/ un genio en tres quintas partes, puro disparate en las otras dos).

Pero Poe perdura, Dickens perdura, y hay algo en ellos, y en otros creadores que los distingue del resto. Tal vez crearon un mundo propio. Tal vez dejaron una estela a su paso. Los lectores los vienen pregonando y distinguiendo en cada generación. Y se sienten agradecidos.

sábado, 3 de mayo de 2014

La Pista de Aterrizaje Número Uno (Versión 2014)



Mario Szichman

La guerra es paz,

La libertad es esclavitud

La ignorancia es fortaleza

George Orwell, 1984




     La novela 1984, del británico George Orwell, comparte con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, un sitio muy especial entre las fantasías apocalípticas. Hay una diferencia: Fahrenheit 451, que describe un mundo donde la quema de libros garantiza la felicidad de los habitantes de un país, tiene un final feliz. En cambio 1984 es absolutamente devastadora en su pesimismo.

     Hay otras novelas distópicas, pero ninguna de ellas arremete, como 1984, contra los peligros del totalitarismo. Orwell usó como modelo la Unión Soviética liderada por José Stalin.

     Es curioso verificar cómo en épocas de gran turbulencia social, no son los científicos sociales sino los novelistas quienes se aproximan más a la verdad. Y cuando leo 1984 y veo lo que está ocurriendo en Venezuela, tengo la sensación de ingresar en la distopia urdida por Orwell. En primer lugar está El Hermano Grande que vigila. Por supuesto, los jefes políticos de la novela de Orwell son más astutos que los gobernantes venezolanos, que vigilan desde la eternidad. Pues El Hermano Grande de Orwell trasciende la misma eternidad. Como sabemos, la eternidad sólo se puede otorgar a seres mortales. Pero El Hermano Grande no puede ser eterno porque nadie sabe si está vivo o muerto. Inclusive se ignora si alguna vez existió, o si es un invento del Partido Único. Y si es una creación del Partido, su divinidad está garantizada, como la del mismo Dios. Nadie le pide a Dios que presente sus documentos de identidad, o el sello de la parroquia donde se verificó su nacimiento.

     El nombre del país donde transcurre 1984 es Pista de Aterrizaje Número Uno (previamente conocido como Gran Bretaña). El Partido Único ha tenido que refundar todo, en base a un lavado de cerebro, y crear una entidad totalmente desconectada de la previa nación. El país sufre una guerra perpetua, su gobierno se especializa en la vigilancia constante de todos sus habitantes y ha convertido la manipulación pública en un arte. El Partido Único persigue el individualismo y el pensamiento independiente. Las cadenas de radio y televisión agobian al pueblo de manera cotidiana, constante. El partido justifica las medidas de opresión a cada persona en nombre del bienestar colectivo.

     En la novela Orwell inventó el Newspeak, o lenguaje de la indoctrinación. Todo lo blanco es negro, y viceversa. De esa manera, el Ministerio del Amor se encarga de supervisar la tortura, el Ministerio de la Abundancia administra las hambrunas y la escasez, el Ministerio de la Paz lidia con la guerra y con la comisión de atrocidades, y el Ministerio de la Verdad controla la propaganda y el revisionismo histórico.

     Así como hay un Hermano Grande que vigila, está también el súper villano, Emmanuel Goldstein, inspirado en el líder revolucionario Leon Trotsky, el supremo traidor para Stalin y sus acólitos. Goldstein es acusado de haber escrito el ensayo La Teoría y Práctica del Colectivismo Oligárquico. Todos los días hay un programa de televisión, “Los dos minutos de odio”, donde se muestra una imagen de Goldstein, al que se denigra por sus teorías, un burdo intento por devolver el poder a los plutócratas. El propósito del traidor ha sido abrir las puertas a las fuerzas apátridas y al imperio enemigo. 

     Uno de los grandes aciertos de Orwell es mostrar todas las variantes que usa el Partido Único para fomentar el odio contra quien piensa diferente. Todo comienza en la infancia. Se amaestra a los niños para que confíen en las mentiras del partido, sean sus incondicionales voceros y gocen denunciando a sus padres cuando muestren actitudes sospechosas.

    Existe en el gobierno de la Pista de Aterrizaje Número Uno la necesidad de un perpetuo enemigo, y de alterar el pasado de manera constante. De esa manera puede encubrir sus desastres y monopolizar sus logros. Cuando Winston Smith, el protagonista de 1984, empieza a revelarse contra las mentiras oficiales, le enfurece que en los libros de historia se atribuya la invención de los aviones al Partido Único. Él recuerda que cuando era niño, antes que el Partido tomara el poder, ya existían los aviones. Pero es imposible señalarlo pues el partido ha destruido todas las evidencias. Y con ayuda del Newspeak, es capaz de mentir al pueblo en la cara sin necesidad de inventar subterfugios. 


LA MARCA DEL POPULISMO


   Tolstoi decía que todas las familias felices se parecen entre ellas, pero cada familia infeliz lo es a su manera. Y creo que algo similar ocurre con el populismo. En las buenas épocas, todos los populismos tienen algunos atributos comunes. Pero en los momentos de crisis, cada populismo tiene todos los vicios de una familia infeliz, y sufre de una manera muy peculiar.

     En la Pista de Aterrizaje Número Uno de 2014 (previamente conocida como Venezuela) los indicadores económicos hablan de una posible bancarrota. No hay dinero suficiente para pagar las importaciones, especialmente de alimentos y de medicinas. Hay carestía crónica de productos esenciales, en tanto el gobierno se obstina en ocultar datos. Por ejemplo, el presidente del Banco Central ha decidido cancelar la divulgación del índice de escasez, pues se ha “politizado”. El último índice de escasez divulgado en la flamante Pista de Aterrizaje Número Uno, correspondiente a enero de 2014, alcanzó el 28 por ciento. Para un pesimista, eso significa que más de una cuarta parte de los productos incorporados al índice han desaparecido de los estantes. Pero un funcionario optimista dijo que la inflación y la escasez son parte de una situación coyuntural que vive el país, consecuencia del mayor poder adquisitivo de sus habitantes. En realidad, en vez de hablar de escasez del 28 por ciento, sería más sensato hablar de una abundancia del otro 72 por ciento. (Por cierto, todas, absolutamente todas las situaciones coyunturales de la Pista de Aterrizaje Número Uno, devienen crónicas).

      En el 1984 convertido en el 2014, la culpa siempre la tiene el otro. El gobierno es la eterna víctima y la oposición, la eterna victimaria. Aunque el gobierno cuenta con la suma del poder público y la oposición es escuálida, es imposible prodigar la felicidad por culpa de esas fuerzas oscuras que frustran susdesignios a cada paso.

     Cada día, exactamente cada día, el presidente de la Pista de Aterrizaje Número Uno anuncia una nueva conspiración por parte de las fuerzas de la antipatria aliadas al imperio. Es el golpe de estado más lento de la historia.

    La escasez de productos esenciales, la aterradora ola de delincuencia, que se lleva de este mundo más de 24.000 habitantes al año, es, según el gobierno, parte de la campaña de la oposición para acabar con los logros de la revolución. Las refinerías petroleras de la Pista de Aterrizaje Número Uno en su versión 2014 tienen a cada rato accidentes y en ocasiones se registran decenas de muertos. Se trata, dice la fementida oposición, de la falta de mantenimiento. Se trata, dice el presidente, de actos de sabotaje.

     Los apagones se suceden en todas partes del país, y el ministro encargado de la red eléctrica denuncia que son el resultado del sabotaje. El país está repleto de saboteadores. En ocasiones uno piensa que si se crea un partido de saboteadores, barrería en los comicios.

     Si se ha dicho una mentira, y se ha comprobado que es una mentira, nadie sale a pedir disculpas. Vendrán otras mentiras a tapar viejos dislates. Es el mundo del aquí y el ahora.

     En una época, un ex vicepresidente anunciaba en su programa de televisión que las fuerzas oscuras preparaban una invasión al país. Inclusive ofreció las coordenadas, al minuto y al segundo, de la base desde donde se lanzaría la invasión. También el día, la hora, el minuto y el segundo en que se iniciaría la invasión. La oposición había comprado 18 aviones de guerra para perpetrar la invasión. Y aunque la cifra de aviones invasores fue variando con el transcurso del tiempo, nunca cesó la amenaza de avasallar el suelo sagrado de la patria ni se alteró la fecha donde se consumaría la perfidia: noviembre de 2013. Ahora, ese ex vicepresidente ha cesado de anunciar la amenaza de invasión, aunque no la descarta en una fecha posterior. Su discurso ha cambiado. Dice que las actuales manifestaciones en las calles son financiadas por el imperio. Seguramente ya el dinero había sido distribuido entre las filas opositoras dispuestas a estampar la suela insolente del extranjero, y en algo había que emplearlo. Los aviones se trasmutaron en estudiantes financiados por Washington.

     El gobierno es un curioso tipo de víctima que trabaja con naipes marcados y con dados cargados. Su sueño es crear torneos de fútbol donde sólo haya un arco: el del rival. 

     En un país donde las autoridades parecen estar proclamando a cada momento: “Usted tiene razón, pero marche preso”, es obvio que la justicia siempre falla en favor del mandamás.

     Por otra parte, no hay otro país del gerrymandering que pueda imitar a la actual Pista de Aterrizaje Número Uno. La oposición ganó las últimas elecciones legislativas, pero eso no se refleja en la Asamblea Nacional. En algunos distritos opositores se requerían en ocasiones hasta 400.000 votantes para llevar un legislador a la AN. En los distritos oficialistas bastaban a veces 20.000 votantes para conseguir un representante.

     En los comicios presidenciales de abril de 2013, el actual presidente ganó por mínimo margen. El candidato presidencial opositor pidió un recuento de votos. El Tribunal Supremo Electoral desestimó el pedido. Todavía hoy nadie sabe con certeza cual fue el resultado final. De esa manera se consagró el dictum del ministro del Interior de una pasada dictadura, quien señaló: “Las elecciones son como el juego del dominó. Gana quien obtiene menos puntos”.

Y si algún funcionario electo no le gusta al gobierno, pues se lo despoja del cargo. Ha ocurrido con alcaldes opositores, y con al menos una legisladora. Todos ellos son traidores, y cosas peores. Los funcionarios oficialistas los denigran en cadena de radio y televisión, y no se trata de escasos dos minutos de odio.

     En la versión 2014 de la Pista de Aterrizaje Número Uno existe una cambiante realidad. Lo que ayer era inconcebible , hoy es la nueva normalidad. Lo que en el pasado era ridículo, hoy es sublime. La pretérita escasez se ha transmutado en el frugal suministro de los productos esenciales de hoy. Los productos esenciales de ayer que han desaparecido de las estanterías han cesado de ser productos esenciales, y pasan a la categoría de productos de lujo. El fallecido fundador de esa nueva versión de la Pista de Aterrizaje Número Uno se ha trasformado en el comandante eterno, aunque nunca libró una guerra. Su nuevo título es “Libertador del siglo veintiuno”, aunque nadie explicá qué es lo que ha liberado.

     Lo fascinante es que todo eso está transcurriendo delante de nuestros ojos, una y otra vez, de manera incansable, como en el reiterativo loop de las películas pornográficas. Y aunque muchos de los atributos de ese régimen parecen una mala copia de 1984, a otros les parece perfectamente plausible.

Chico Marx solía decir: “¿A quien va a creerle, a mí, o a lo que ven ustedes delante de sus ojos?” muchos prefieren creerle a Chico Marx. Los muertos siempre pertenecen a otros, y no ha habido torturados en la familia, o atracados por malandros. Eso les ocurre a los demás, eternamente a los demás. Al fin y al cabo, La guerra es paz, la libertad es esclavitud, y la ignorancia es fortaleza. Y todo eso transcurre día tras día, y peor aún, delante de nuestros propios ojos.