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domingo, 29 de noviembre de 2015

Mauricio Macri: setenta balcones y ninguna flor


Mario Szichman




Estaba escribiendo un artículo para el periódico digital Tal Cual de Caracas, que finalmente titulé: “Nadie quiere estar en los zapatos del próximo presidente de Argentina, ni siquiera Mauricio Macri”, cuando tropecé con un interesante informe del periódico Clarín de Buenos Aires. El diario hacía alusión a un “sospechoso incendio en el Ministerio de Economía de Argentina”. Según la publicación era “el cuarto edificio público del Gobierno argentino que se incendia en este año (2015)”.  
Los espontáneos incendios de archivos en importantes oficinas gubernamentales ayudaron al gobierno de la presidenta saliente, Cristina Fernández de Kirchner, a desechar datos factibles de comprometer su gestión. La señora Fernández se hizo célebre por su afán de maquillar las estadísticas económicas a fin de hacer creer que el país se encaminaba hacia un futuro de grandeza.

Uno de los incendios, dijo Clarín,  fue en el centro de cómputos de la Secretaría de Hacienda, donde “se asienta el detalle de los gastos del Ministerio”, acentuando la incertidumbre sobre la verdadera situación económica del país.
Como daños colaterales, en febrero de este año se quemaron computadoras en la Casa Rosada y en el Senado. En marzo, hubo otro incendio en el Edificio Libertador, sede de la jefatura del Ejército y del Ministerio de Defensa de la Nación. Según “Clarín”, por esos días, “El ministro de Defensa, Agustín Rossi, todavía intentaba reponerse del papelón que significó el robo de un misil y municiones de un regimiento en Córdoba”.
En el incendio ocurrido en la Casa Rosada, indicó el periódico bonaerense, “se perdió buena parte del historial de personas” que visitaron el sitio, “prueba clave para la investigación de la denuncia –entre otras– presentada por el fallecido fiscal Alberto Nisman contra la Presidenta y otros funcionarios por el presunto encubrimiento de los dirigentes iraníes acusados por el atentado contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina”. En el atentado del 18 de julio de 1994 murieron 85 personas y fueron heridas centenares. 
(Por suerte para el gobierno de la anterior presidenta, Nisman apareció primero suicidado, y luego presuntamente asesinado. En cuanto a la investigación sobre el extraño caso de su muerte fue postergada hasta el día siguiente de las calendas griegas).
Pero un detalle que unificó a los incendios fue la excusa, o digamos la explicación,  que justificaba esas conflagraciones.  En uno de los casos, el origen del incendio en uno de los ministerios, “podría haber sido un cortocircuito en el sistema de refrigeración de la sala”. El sindicato que representa a los empleados del ministerio denunció que no se habían actualizado los equipos e instalaciones eléctricas en el último año y medio. En el incendio acaecido en el Senado, la causa habría sido “un cortocircuito en las luces del techo”.
En otras ocasiones, el incendio, como el registrado en la Casa Rosada, fue resultado de “una sobrecarga de la tensión”, según explicó Aníbal Fernández, jefe de gabinete de ministros de la presidenta. Fernández añadió que “por supuesto ya ordenamos cambiar” los cables. Excelente medida, adoptada recién después de registrarse el fuego. Prevenir es mejor que lamentar.
Aunque las razones usadas por los portavoces de esas oficinas públicas pueden ser un total embuste, sin embargo no en todas partes se puede mentir de la misma manera. Cada época se presta a diferente clase de falsedades. Hay mentiras que son plausibles en una época, y suenan ridículas en otra. Cuando se registran tantos incendios en edificios del gobierno central, no en una casa de vecindad, y siempre la causa es la falla en el sistema eléctrico, no se puede culpar al gobierno de haberlos iniciado, sino al sistema eléctrico. Sigmund Freud, en su Psicopatología de la vida cotidiana, daba un ejemplo parecido. Un hombre salía a pasear una noche por una zona peligrosa de una gran ciudad. Era atacado por unos ladrones, quienes lo despojaban del dinero y de su reloj. El hombre se dirigía a una jefatura de policía, y hacía la denuncia con estas palabras: “En tal o cual calle, la soledad y la oscuridad me robaron el reloj y el dinero”.
Hay una verdad que se esconde tras cualquier patraña o coartada. En este caso, la verdad es la falta de mantenimiento. Las cosas, en Buenos Aires, simplemente se echan a perder. Y generalmente, cuando se las compone, es de manera provisoria. Como dice la canción, “Se arregla con alambre”.  Muchas cosas en la Argentina se arreglan con alambre.
Y eso me hizo recordar un libro muy, pero muy bueno de la escritora británica Miranda France: Bad Times in Buenos Aires. (1998). Cuando la autora, una periodista freelance, llegó a Buenos Aires en 1993 para vivir y trabajar, descubrió una ciudad sumergida en la crisis. “La gente dice que la ciudad se está hundiendo”, señaló en su libro. “De las 300 marcas de condones en circulación, apenas ocho son seguros. El tráfico está fuera de todo control… Se ha descubierto que más de 2.000 conductores de autobuses se hallan clínicamente deprimidos” (No olvidemos que Buenos Aires es la capital mundial del psicoanálisis). En cuanto al tango, “Si se lo baila de manera apropiada, puede ser tan apasionado y carente de amor como la encamada de una sola noche”. También menciona la proverbial “viveza criolla”.  Miranda renta un apartamento y el techo siempre gotea. Las cucarachas parecen salidas de la novela Almas Muertas, de Nikolai Gogol, escrita a mediados del siglo diecinueve. Los ascensores no funcionan. Las calles están repletas de huecos, y las baldosas de las aceras están siempre flojas. Por lo tanto, si un transeúnte desprevenido las pisa, ¡Splash! se moja hasta las cejas.
Pero hubo una escena del libro que me impresionó de manera muy particular. La escritora se dirigió a una oficina pública para realizar un trámite. La oficina estaba repleta de gente. Y detrás de un escritorio había una sola empleada, que escribía a máquina con exactamente un solo dedo.
No creo que Buenos Aires haya cambiado mucho en el último cuarto de siglo. Y si se tiene en cuenta que Buenos Aires es la Argentina –sumando el conurbano bonaerense tiene más de 15 millones de pobladores, en un país de 40 millones de habitantes–  puede señalarse que es como el pantógrafo que magnifica los problemas del resto del país.
Estoy convencido que a cada paso, la estadística me va a desmentir. Posiblemente la Argentina se enfile hacia un destino de grandeza. Está la gran historia, y la pequeña historia. La macro economía, y la micro economía. Pero hay algo más: un país está constituido por sus habitantes. Cuando la angustia predomina, cuando existe el convencimiento generalizado de que todo tiempo pasado fue mejor, cuando ya todos están de vuelta, cuando los seres humanos se acostumbran a apretarse los dedos varias veces en la misma puerta, o la ironía se hace tan corrosiva que resulta insoportable, los mejores planes fracasan.
Escribí una novela sobre la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann en la Argentina. Y lo que me más me sorprendió de su existencia como “refugiado” era lo mal que vivía (Eichmann nunca fue un refugiado. Como muchos criminales de guerra fue protegido por el primer gobierno de Perón. De no haber sido capturado por un comando judío, seguramente hubiera fallecido de muerte natural en la Argentina).



¿Cómo es posible que un hombre que dispuso de la vida de más de seis millones de judíos, además de centenares de miles de personas de numerosas etnias, haya vivido una existencia miserable en un suburbio de Buenos Aires? Eichmann era un hombre de gustos caros. Tuvo numerosas, bellas amantes, también con gustos caros. Disfrutó de fortunas enteras. Y de repente, terminó alojado en un miserable bunker en la calle Garibaldi de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires. Tan deplorable era el sitio donde vivía con su esposa y sus hijos, que el baño estaba fuera de la vivienda.  
Ignoro si la casa contaba con luz eléctrica, o si estaba iluminada con los famosos faroles “Luz de noche”. Inclusive agentes israelíes que exploraron la zona, estaban convencidos que allí no podía vivir Eichmann, pues suponían que contaba con vastos recursos financieros. Estoy convencido de que de haberse escondido en cualquier otra parte del hemisferio, o en alguna nación del Medio Oriente, la suerte de Eichmann hubiera sido distinta. Hay una expresión que usan los porteños para caracterizar el ánimo depresivo: “La pálida”. Eichmann debe haber sido gravemente afectado por La pálida.
Y ahora pienso también que hay algo que siempre me desconcertó de los porteños: la ausencia de flores en sus viviendas. Tras haber vivido en la lujuria tropical de Venezuela, cada retorno a Buenos Aires me causaba un shock debido a la ausencia de flores. Enseguida me sentía afectado por La pálida. Una de las (numerosas) razones por las cuales me enamoré de Laura Corbalán, mi esposa durante 34 años, fue que amaba las flores. Me resultaba algo insólito y muy entrañable. No era típico del ambiente bonaerense. Gracias a ella aprendí a amar las plantas. (También a confundir las naturales con las artificiales. Si quieren adentrarse más en el equívoco, lean esa maravilla de cuento corto que es El viudo, de Carmen Virginia Carrillo. http://lapalabreradecv.blogspot.com/)
La vida no es solo con la gente. La vida es todo aquello que florece a nuestro alrededor. Tal vez es efímero. Pero no mucho más efímero que la vida. Es cuestión de abandonar la solemnidad, no tomarse excesivamente en serio.

LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN

Según los guarismos brindados por el gobierno de Cristina Fernández, desde la imposición de controles cambiarios en el 2011 hasta la fecha, las reservas del Banco Central de Argentina bajaron de 52.000 millones de dólares a 26.000 millones. Pero no todo el mundo cree en esos números. “Muchos economistas locales”, dijo The Wall Street Journal, “señalan que el balance neto es negativo”.  Al menos un economista, Nicolás Dujovne, dijo que las reservas líquidas son de apenas 2.700 millones de dólares, y siguen cayendo. Solo en noviembre, se redujeron en más de mil millones de dólares.
Es decir, que repitiendo la leyenda negra circulante tras el derrocamiento del primer gobierno de Juan Perón, en 1955, lo único que ha quedado en las bóvedas del Banco Central es el plumero con que desempolvan las vacías estanterías.
El mismo Macri confesó que “ignoramos el monto de las reservas” existentes en la principal institución financiera de Argentina. Añadió que las estadísticas son tan poco fiables, y que su equipo económico deberá asumir sus funciones y evaluar la situación antes de anunciar medidas.
Al igual que en Venezuela, la moneda real de la Argentina es el dólar. La tasa oficial es de 9,6 pesos por dólar. Pero si los argentinos quieren comprar dólares, deben comprarlos en el mercado negro, donde se cotizan 15 dólares la unidad. Con el propósito de mantener la tasa oficial, señaló The Financial Times, el Banco Central necesita canjear dólares por pesos. “Sin embargo, “carece de los dólares suficientes para hacerlo de manera indefinida”.
Como en la película The Producers, las autoridades del Banco Central han acudido a lo que el empresario teatral Max Bialystock consideraba creative accounting, una contabilidad innovadora, que consistía en estafar a medio mundo. Escasos días antes de la segunda ronda electoral, y con el propósito de apuntalar, aunque de manera precaria, las reservas monetarias, la institución financiera ordenó a los bancos argentinos vender la mitad de sus existencias en dólares a una tasa desfavorable.
El 21 de noviembre, el Banco Central ordenó a la banca comercial vender la mitad de sus dólares a la tasa oficial de 9,6 pesos. Dujovne calculó que la acción, similar a la adoptada por el gobierno en el 2008 y destinada a la nacionalización de los fondos de pensiones –otra manera de esquilmar a los ahorristas– podría añadir apenas 1.200 millones de dólares a las reservas.
Otra maniobra del Banco Central para apuntalar el peso fue vender unos 17.000 millones de dólares de contratos a término.
The Financial Times dijo que se trataba de una maniobra puramente especulativa. “El esquema, según el cual los inversionistas pueden comprar dólares con seis meses de anticipación  por alrededor de 11 pesos la unidad, garantiza esencialmente saludables ganancias si se concreta una devaluación antes de ese plazo”. Obviamente, los beneficiarios son quienes están enterados del juego. No es aventurado suponer que se trata de personas allegadas al gobierno saliente.
Pero el perdedor es el Banco Central. El equipo económico de Macri de inmediato entabló una demanda contra el presidente de la institución, Alejandro Vanoli, y exigió su destitución, señalando que “dañó el patrimonio nacional” al vender dólares a término “a una tasa artificialmente baja”.
De todas maneras, la maniobra del Banco Central tendrá efectos muy negativos en la gestión de Macri desde el comienzo. Varios economistas han señalado que la escasez de reservas en dólares impide al nuevo gobierno desmantelar el control de capitales. Si el peso se devalúa bruscamente, la inflación, actualmente del 20 por ciento anual –de creer a las cifras oficiales– se acrecentará drásticamente.
Macri hizo una serie de promesas que muy difícilmente pueda concretar en el corto plazo.  “La posibilidad de otras bombas de tiempo financieras”, dijo el periódico londinense, explican que el nuevo presidente de Argentina haya pedido por “paciencia” cuando le consultaron acerca de sus planes económicos. “Realmente no tenemos buena información”, confesó a los periodistas. “Ignoramos la exacta situación que hemos heredado”, añadió.
The Economist señaló por su parte que, sin importar las buenas intenciones de Macri, las reformas económicas que requiere hacer para reducir el déficit fiscal y colocar al país en un plano más competitivo, “causará dolor en el corto plazo”. La banca Barclay estima que habrá una contracción económica  del 1,1 por ciento en el año 2016, antes de una recuperación en el año 2017. El experto Miguel Kiguel dijo a The Economist que “el gran peligro es el malestar social”. Macri ha obtenido una magra victoria, y además, el peronismo controla el Senado, y es la Cámara Alta quien debe ser persuadida de acatar medidas como las de negociar con deudores externos, como los llamados “fondos buitres”.
Realmente, ni Mauricio Macri desea estar en estos momentos en los zapatos de Mauricio Macri. Jean Dehn, encargado del equipo de investigaciones de la consultora Ashmore, dijo al Financial Times que le preocupa la posibilidad de que Macri termine como otros bien intencionados presidentes de la región, incapaces de superar difíciles circunstancias. “El riesgo”, dijo Dehn, “es que Macri sea en la Argentina lo que Vicente Fox fue para México: un ineficaz soplo de aire fresco”.

¿FINALES FELICES?

Cuando imagino lo que le depara el destino al nuevo presidente de Argentina, vislumbro algo bastante lúgubre. Lo veo interpretando el rol de algún famoso médico de la televisión como Ben Casey, o el doctor Kildare.  Está vestido con bata de tonos verde claro, con una cofia de plástico transparente en su cabeza, como la que solía lucir Hugo Chávez Frías cuando le practicaba la autopsia al Libertador. Macri tiende sus manos a un ayudante, para que le inserte los guantes de tenue goma. Luego vira el cuerpo, y observa el personaje tendido en la camilla,  encargado de interpretar el rol de la economía argentina, y que exhibe sus vísceras al aire. El flamante mandatario solo necesita echar una ojeada al paciente para emitir su diagnóstico: “Pueden volver a coser al enfermo”, enuncia. “Nada podamos hacer. Este señor padece un cáncer inoperable”.
Así parece funcionar la Argentina desde que tengo uso de memoria. No sé si algún día los argentinos volverán a cantar a la vida. No sé si algún día reinará la justicia. Pero pienso que una buena manera de empezar es con el poema de Baldomero Fernández Moreno:
“Setenta balcones hay en esta casa,
Setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?”

¿Ninguno desea ver tras los cristales
Una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
En los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
No sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!

Esperemos que los argentinos recuperen la esperanza, y la sed de justicia, y olviden los pronósticos desdichados, los vaticinios atroces. Tal vez existen otras alternativas, además de ajustarse el cinturón, reducir el número de hijos que se traen al mundo, o achicarse, siempre achicarse.
Además de Baldomero Fernández Moreno, cuentan con otro grande entre los grandes, Roberto Arlt. Y Arlt siempre estuvo convencido que “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”.
Ojalá que los argentinos puedan abandonar la tristeza, la solemnidad, el oscuro pasado, el sombrío presente, y empiecen a apostar al peligroso futuro. Pero eso sí, sin olvidar las trastadas de indecentes gobiernos. No es cuestión de vengarse. Simplemente de hacer justicia.






domingo, 22 de febrero de 2015

El gobierno del hazmerreír. En el país del hazmellorar


Mario Szichman



(Una versión resumida de este trabajo fue publicada en la última edición del suplemento “Fin de semana” del periódico Tal Cual de Caracas, con el seudónimo de Harry Blackmouth)

Hay ciudades que son alegres, como Caracas, y otras que son lúgubres, como Bogotá y Buenos Aires. Permítanme ser arbitrario con el clima. Hace muchos años viví casi un mes en Bogotá. Todos los días, al atardecer, se largaba a llover. Quizás era un fenómeno climático que me reservaron de manera exclusiva para que nunca más intentara pisar la capital de Colombia. (En cambio, siempre tuve nostalgia de retornar a Barranquilla, con su lustroso Mar Caribe). Quizás tras mi partida de Bogotá, todos sus días han sido de sol radiante y me he perdido la oportunidad de vivir en una gran ciudad.
Buenos Aires es otra ciudad llorosa. Llueve a cada rato. O por lo menos, llueve en ocasiones importantes. De esa manera, todo adquiere un tono trágico que alienta el morbo de la muerte, especialmente entre los verdugos.
La Revolución de Mayo, que inauguró la lucha por la independencia en el Virreinato del Río de la Plata, ocurrió en medio de un copioso aguacero. Lo primero que enseñaban a los inmaculados niños de la escuela primaria –inmaculados gracias a los tableados guardapolvos blancos– era que el 25 de mayo de 1810, cuando el sector más pudiente de Buenos Aires pidió ante el Cabildo una serie de informaciones (el pueblo quería saber “de qué se trata”), cayó un memorable palo de agua. Ahí los escolares descubrimos que ya en esa época existían los paraguas. En las estampas de época mostraban a un montón de personajes muy elegantes, rivales del hermoso Brumell, protegidos por esos adminículos. En otras partes del mundo, a los paraguas los llaman parasoles. Eso ofrece esperanzas a sus habitantes. Pero no en Buenos Aires.
Y en Buenos Aires, centro del poder, siguió lloviendo en todas las ocasiones importantes. Tenía 10 años cuando falleció Eva Perón. Ignoro si todos los días, pero al menos buena parte de las jornadas dedicadas a llorar por la Jefa Espiritual de la Nación, el cielo porteño derramó lágrimas a mares.   
Cuando unas 400.000 personas (la cifra es de The Economist) salieron a la calle el 18 de febrero de 2015 para protestar por la extraña muerte del fiscal Alberto Nisman en la llamada “Marcha del Silencio”, los cielos de la Pampa húmeda volvieron a humedecerse.  
Nisman fue hallado muerto el 18 de enero pasado, en su apartamento del centro de Buenos Aires. Encontraron una pistola calibre .22 cerca de su cadáver.  La primera hipótesis, enunciada por Cristina Fernández de Kirchner, quien de jefa de estado se transmutó en la Sherlock Holmes de la política argentina, fue que se trataba de un suicidio.  
Días antes de su muerte el fiscal había acusado a la presidenta y a varios funcionarios de su gobierno de intentar encubrir un acuerdo con el gobierno de Teherán por el cual se protegería a funcionarios iraníes de toda responsabilidad en el ataque de 1994 a un centro comunitario judío en Buenos Aires donde murieron 85 personas. 
El fiscal también había redactado una solicitud para que fuera arrestada Fernández y su canciller,  Héctor Timerman.  
Nisman no parecía precisamente el prototipo del suicida,  pero sí del profeta. Un día antes de su muerte declaró a un periodista que a raíz de sus investigaciones “Podría terminar muerto”.  
Horas después del hallazgo del cadáver de Nisman, la presidenta escribió una nota en Facebook lamentando el suicidio del fiscal. Varios medios de la prensa internacional insistieron en una palabra para conceptuar la nota: era rambling,  repleta de desvaríos.
La ilusión del suicidio de Nisman solo provocó bromas macabras. Los porteños resucitaron un viejo chiste de la primera época del gobierno de Juan Domingo Perón: “Todos saben que el fiscal se suicidó, pero nadie sabe quién lo hizo”.  
Como señalé en un post anterior, el chiste fue aplicado por primera vez el 9 de abril de 1953 cuando Juan Duarte, hermano de Eva Duarte de Perón, y ex secretario privado del presidente, apareció suicidado en su apartamento, aunque la nota de su suicidio no parecía escrita de su puño y letra. “Juancito” había sido acusado de malversación de fondos públicos, y estaba tan apenado por las calumnias que decidió quitarse la vida. O tal vez alguien decidió que debía quitarse la vida, sin consultarle.
En el caso de Nisman, uno de quienes creen que el gobierno es el sitio lógico para buscar a los sospechosos habituales es el nuevo fiscal de la causa, Gerardo Pollicita. El magistrado decidió seguir la senda hollada por Nisman e imputó a todos los que el fallecido fiscal incriminó previamente: a la presidenta argentina, al canciller, al diputado Andrés Larroque y al dirigente Luis D’Elía, entre otros. Todos ellos habían sido acusados previamente por Nisman de encubrir a los presuntos autores del atentado de 1994.

EL JOLGORIO MACABRO

No estoy formulando una crítica a la meteorología. Sólo estoy haciendo un recordatorio de que a veces el clima influye en el ánimo de las personas. La “marcha del silencio” en que se rindió homenaje a Nisman era una lúgubre ocasión, pues el pueblo, o al menos 400.000 personas de ese pueblo, intentaba saber de qué se trataba, por qué se había cometido lo que parecía un homicidio, no un suicidio. Resultaba medio raro que el fiscal se hubiera convertido en un profeta de sí mismo y un día antes de su presunta autoinmolación  le hubiera comunicado a un periodista su temor a ser asesinado.   
Pero el clima tiene sus bemoles, especialmente el clima lluvioso. Pone a la gente de un humor de perros. Y si en medio de la depre generalizada (los porteños no sufren depresión, solo sufren de la depre, que los psicoanalistas demoran en curar porque están tan depres como ellos) es necesario lidiar con una contrincante como la jefa de estado, cuyo sentido del humor es algo extraño. La depre, por alguna razón, suele combinarse con malos deseos y toda clase de maldiciones. Especialmente contra la presidenta. El 11 de febrero, una semana antes de la marcha, la jacarandosa Cristina Fernández de Kirchner dijo a sus partidarios: “Nosotros seguimos con nuestras canciones, con nuestra alegría y con nuestros gritos de ´Viva la Patria´. Y dejamos que ellos (los potenciales manifestantes que se aprestaban a protestar por la súbita muerte de Nisman) se queden con el silencio”.  
Para echar más leña al fuego, que ni un buen aguacero puede apagar, su secretario de prensa dijo que la marcha del silencio formaba parte de un “golpe judicial”. Otro asesor de la presidenta dijo que algunos de los fiscales estaban vinculados con el narcotráfico, y un tercero que los organizadores de la marcha eran “antisemitas”, cuya intención era obstaculizar la investigación  del atentado contra la AMIA.  Debe recordarse que la investigación se inició en 1994, y veinte años después, no hay un solo imputado.
The World Economic Forum divulga, creo que una vez al año, una evaluación de la independencia judicial en distintos países. Argentina figura ahora en el puesto 127º de un total de 144 países. (Esperemos que delante de Venezuela, Zimbabue y Corea del Norte).  
Es una suerte que los asesores de Cristina Fernández no acusaran al fiscal muerto de haber participado en el complot destinado a echar por la borda las pesquisas sobre el asesinato de 85 personas. Quien se encargó de eso al principio de la pesquisa fue la presidenta, cuando sugirió que el suicidio del fiscal tenía como único propósito hacerla quedar mal. En ese momento el gobierno manejaba la hipótesis del suicidio con la secreta esperanza de que alguien la creyera.

JUNTACADÁVERES

A veces, el territorio que transitan los funcionarios argentinos parece haber sido previamente hollado por The Joker, ese sádico bromista de las aventuras de Batman. Recuerdo que durante la dictadura militar de 1976-1983, los integrantes de los “grupos de tareas” encargados de hacer “desaparecer” a presos políticos, acuñaron un término para aludir a esas religiosas empeñadas en la defensa de los derechos humanos. Varias de ellas fueron arrojadas desde un avión de transporte militar a las aguas del río de la Plata. Los jokers de esos operativos bautizaron a las monjas “las novicias voladoras”.
Existe en la Argentina, en realidad en Buenos Aires, una extraña fascinación con la muerte depravada. Después de todo, una de las obras fundacionales de la literatura argentina es El Matadero, de Esteban Echeverría, donde se alude, en parte, a las prácticas empleadas para sacrificar las reses. No olvidemos que uno de los grandes inventos de los torturadores argentinos es la picana eléctrica, usada previamente para azuzar al ganado, me imagino que con la intención de introducirlo en un corral.   
El 29 de mayo de 1970, presuntos miembros del grupo guerrillero peronista Montoneros secuestraron al ex gobernante militar Pedro Eugenio Aramburu. Tres días después de su secuestro, lo asesinaron, tras una especie de juicio. Aramburu recibió dos balazos en el pecho provenientes de dos pistolas diferentes. El ex jefe militar fue acusado del fusilamiento de 27 peronistas en los basurales de José León Suárez, tras la frustrada rebelión peronista de junio de 1956. (El mejor relato sobre esa matanza está en Operación Masacre, escrito por Rodolfo Walsh, luego asesinado por la dictadura militar encabezada por el general Jorge Rafael Videla).
La dirigencia montonera mostró una especial fascinación por el cadáver de Aramburu. En 1974, los restos del asesinado gobernante fueron robados por el grupo guerrillero para realizar un canje simbólico. Recién restituyeron los restos a sus deudos luego que la entonces presidenta Isabel Martínez de Perón aceptó traer a la Argentina el cadáver de Eva Perón.
Tras la muerte de Juan Perón, el 1º de julio de 1974, su cuerpo fue embalsamado y enterrado en un ataúd en el Cementerio de la Chacarita,  en Buenos Aires.
En julio de 1987, 13 años después de su fallecimiento, las manos de Perón fueron robadas de su tumba, junto con su gorra militar y su espada. En una carta al Partido Justicialista los presuntos profanadores de la tumba reclamaron un rescate de ocho millones de dólares.
Se inició una investigación, varios hombres fueron arrestados y cinco procesados, pero ningún sospechoso fue acusado de manera formal.  
El periodista Gustavo Carbajal hizo una investigación sobre el macabro episodio.  (“El enigma de la profanación” diario La Nación, 27 de junio de 2004). De acuerdo a los investigadores, dijo Carbajal, “el macabro hecho fue obra de agentes de inteligencia de una fuerza militar”.  Según el periodista, “Muchos de los que participaron en la investigación de la desaparición de las manos de Perón (incluyendo el propio juez Jaime Far Suau) han muerto desde entonces, en muchos casos asesinados”.  
Far Suau murió en noviembre de 1989, “cuando el Ford Sierra que manejaba de regreso a Buenos Aires volcó en plena recta a pocos kilómetros de Coronel Dorrego. Para el juez de Bahía Blanca que investigó el episodio, no fue un accidente”. El juez Far Suau trabajó en la investigación junto con el comisario Carlos Zunino que tenía jurisdicción en el cementerio de la Chacarita, donde estaban los restos de Perón. El periodista de La Nación dijo que Zunino “salvó su vida de milagro cuando el balazo que le dispararon a la cabeza se partió en dos”. Pero las muertes misteriosas continuaron. “El cuidador del cementerio Paulino Lavagna falleció poco después de haber denunciado que lo querían matar. En el certificado de defunción, se dejó constancia de que la muerte había sido causada por un paro cardiorrespiratorio no traumático. La autopsia ordenada por (el juez) Far Suau determinó que Lavagna había muerto a causa de una golpiza”.
Y María del Carmen Melo, una mujer que llevaba flores a la tumba de Perón, “murió de una hemorragia cerebral causada por una golpiza, días después de intentar hablar con uno de los investigadores para tratar de aportar la descripción de un sospechoso que vio cerca de la bóveda”.
Carbajal mencionó la existencia de pruebas indicando que “el robo pudo haber tenido algún tipo de apoyo de los servicios secretos argentinos, ya que los ladrones utilizaron una llave para entrar en la tumba”.  
Cito este caso como un simple ejemplo, aunque los suicidios que no son suicidios, y las muertes accidentales que no son accidentales, abundan en el panorama político de la Argentina moderna. Es como con Drácula, una vez se prueba la sangre, es muy difícil abandonar su degustación.
Y sin ponerse paranoico: si la profanación de un cadáver ha dejado tantos muertos en el camino, y existe la sospecha de que “los servicios” estuvieron involucrados en el episodio, el caso de Nisman debe haber hecho sonar numerosas alarmas entre los memoriosos especialmente aquellos interesados en permanecer vivos.
Cuando trabajaba como periodista en Buenos Aires, siempre existía la sospecha de que alguno de mis colegas trabajaba para los servicios de inteligencia. Quizás era producto de la paranoia, como la que sufrió Ernest Hemingway, quien creía que agentes del FBI lo estaban persiguiendo. Cuando falleció el escritor, se divulgó un legajo del tamaño de la guía telefónica donde se ofrecían datos de la vigilancia que le habían montado a Hemingway, ya desde la época de la guerra civil española.  
            Los hombres de los servicios de inteligencia argentinos  parecían estar infiltrados en todas partes. Algunos, inclusive, estaban infiltrados en los servicios.
Como en la Rusia de los zares, donde los censores de libros eran más numerosos que los libros publicados, es posible que hubiese más empleados de los servicios de espionaje en las distintas oficinas públicas y en los medios de comunicación que aquellos dedicados a cumplir con sus tareas específicas.

LA RISA, REMEDIO INFALIBLE

Solo conozco tres gobernantes en el mundo que creen o creían que el humor consiste en tomarles el pelo a los demás: Hugo Chávez Frías, Adolf Hitler, y ahora Cristina Fernández de Kirchner. Hasta Josef Stalin condescendía al humor que los sajones han bautizado como self–deprecating, en el cual el emisor de la broma se burla de sí mismo. En cierta ocasión, cuando estaba reunido con Winston Churchill, Stalin formuló un chiste macabro sobre Hitler, y al observar el gesto de disgusto del primer ministro británico le pidió disculpas por ser tan soez y tan maleducado.
Tomar el pelo está siempre ligado con el sadismo, y es además prueba de inferioridad mental. (En cambio nadie supera en grandeza a quien admite su propia pequeñez).  
En su reciente viaje a China para promover inversiones y vínculos de comercio con el gobierno de Beijing, la presidenta argentina usó su cuenta oficial en Twitter con el propósito de burlarse de la forma de hablar de los chinos. En uno de los tweets escribió “Más de 1.000 asistentes al evento… ¿Vinieron sólo por el aloz y el petlóleo?”
Segundos más tarde, Cristina Fernández recibió esta respuesta de un tuitero que se identificó como: @fernanjos:
“@CFKArgentina ignorante, estúpida y racista, una joya vamos. Y esta es la representante de un país, pobrecitos argentinos”.
Impertérrita, la jefa de estado argentina envió otro tweet:
“@CFKArgentina
Sorry. ¿Sabes qué? Es que es tanto el exceso del ridículo y el absurdo, que sólo se digiere con humor. Sino son muy, pero muy tóxicos”.
Pero la presidenta argentina no detenta el monopolio del humor. Otro tuitero, @AriGarciaBA, envió este mensaje repleto de hashtags:
“#Aloz #Petlóleo #Clistina #Colupta”
Los tweets, que recibieron gran atención en la prensa mundial, volvieron a poner en el tapete el tema del estado mental de Cristina Fernández. The New York Times dijo que algunos críticos “sugieren que podría estar desmoronándose bajo las presiones del escándalo causado por la muerte del fiscal Alberto Nisman”.

LA DEMENCIA DEL PODER

En noviembre de 2010, el sitio en internet WikiLeaks citó memorandos secretos enviados por la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton a la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires en diciembre de 2009. En esos cables, Clinton preguntaba a funcionarios sobre las “dinámicas interpersonales” entre Fernández y su fallecido esposo, Néstor Kirchner.
“¿Bajo qué circunstancias maneja mejor las tensiones? ¿Cómo afectan las emociones de Cristina Fernández de Kircher su toma de decisiones y cómo se calma cuando está bajo estrés?", preguntó Clinton de acuerdo el contenido de un cable divulgado por el periódico londinense The Guardian.
 El único que comentó la noticia fue Hugo Chávez, quien expresó su “solidaridad con la presidenta de Argentina”. Chávez, que además de ser el proctólogo mayor de Venezuela decía contar con gran intuición en el terreno de la psicología, señaló en esa ocasión: “Alguien tendría que estudiar el equilibrio mental de la señora Clinton”.  
El cable filtrado por WikiLeaks parecía haber sido “en respuesta a roces diplomáticos que mostraron que el gobierno de Fernández ´era extremadamente susceptible e intolerante de la crítica´”, dijo The Guardian.  
Se habla tanto del realismo mágico, que se olvidan otros géneros mágicos. Quizás en la Argentina, sin que se haya hecho mucha alharaca, haya surgido la variedad narrativa del macabro chic, muy cultivado en la superficie, muy espeluznante en su interior. Algo así como el espectáculo nocturno observado por Young Goodman Brown en el cuento de Hawthorne. Durante el día, la buena gente del pueblo muestra su cordialidad. En el curso de la noche, participa en aquelarres.  
Y al frente de ese mundo hay una mujer muy proclive a burlarse de los demás, aunque terriblemente susceptible e intolerante a la crítica. Esa dama vive el momento más difícil de su carrera política. Nunca fue fácil tomarla en serio, en un país donde impera la “cachada”, la tomadura de pelo. Pero ahora, resulta imposible. Ella quiere reírse de los demás y su gobierno ha terminado por convertirse en el hazmerreír de un continente donde proliferan las ocasiones para la risa sardónica. El problema es que ha contribuido, de manera decisiva, a convertir a la Argentina en la nación del hazmellorar.


domingo, 15 de febrero de 2015

La etapa proustiana de la decadencia argentina

Mario Szichman



A partir de enero de este año, el gobierno de Buenos Aires ha ingresado en otra de esas crisis terminales, registradas aproximadamente cada década. En este caso un episodio policial abre varias posibilidades a un narrador. Puede limitarse a escribir un relato de misterio, o directamente una moderna versión de A la búsqueda del tiempo perdido.
Pero primero, vamos a los hechos. El 18 de enero pasado, el fiscal argentino Alberto Nisman fue hallado muerto en su apartamento del centro de Buenos Aires. Encontraron una pistola calibre 22 cerca de su cadáver.  La primera hipótesis, enunciada por la jefa de estado, transformada en la Sherlock Holmes de la política argentina, fue que se trataba de un suicidio.
Días antes de su muerte el fiscal había acusado a la presidenta y a varios funcionarios de su gobierno de intentar encubrir un acuerdo con el gobierno de Teherán por el cual se protegería a funcionarios iraníes de toda responsabilidad en el ataque de 1994 a un centro comunitario judío en Buenos Aires donde murieron 85 personas.   
El fiscal también había redactado una solicitud para que fuera arrestada Fernández y su canciller,  Héctor Timerman.   
Nisman no parecía precisamente el prototipo del suicida,  pero sí del profeta. Un día antes de su muerte declaró a un periodista que a raíz de sus investigaciones “Podría terminar muerto”.
Horas después del hallazgo del cadáver de Nisman, la presidenta escribió una nota en Facebook lamentando el suicidio del fiscal. Varios medios de la prensa internacional insistieron en una palabra para conceptuar la nota: era rambling. Los sinónimos de rambling son, si se los usa como adjetivos: incoherente, farragoso, inconexo. Cuando pasan al territorio del nombre, se transforman en divagaciones o en desvaríos.  
La ilusión del suicidio de Nisman solo provocó bromas macabras. Los porteños resucitaron un viejo chiste de la primera época del gobierno de Juan Domingo Perón: “Todos saben que el fiscal se suicidó, pero nadie sabe quién lo hizo”.
El chiste fue aplicado por primera vez el 9 de abril de 1953 cuando Juan Duarte, hermano de Eva Duarte de Perón, y ex secretario privado del presidente apareció suicidado en su apartamento.
“Juancito”, como era conocido de manera inevitable por todos aquellos que nunca lo vieron en su vida, había sido acusado de toda clase de peculados, obviamente imposibles de verificar durante la presidencia de Perón. Al parecer, el  simpático calavera tenía metida la mano en numerosas latas. Debió renunciar al cargo que le proporcionó su cuñado, y recibió numerosas advertencias de que estaba siendo investigado por presunta corrupción administrativa. En una alocución radial Perón anunció las medidas que pensaba adoptar contra los corruptos. Al parecer Juancito se sintió aludido cuando su cuñado dijo que no pensaba perdonar a nadie. “Aunque sea mi propio padre irá preso, porque robar al pueblo es traicionar a la patria”, dijo Perón en esa ocasión.
Tan aludido se sintió Juancito, que decidió abandonar este mundo, tras redactar una nota que muchos dudan hayan sido de su puño y letra, expresando su total honestidad, y rogando que no se culpara a nadie de su muerte. La fementida oposición dijo que las últimas palabras del mártir fueron: “¡Muchachos, no disparen!”

SUICIDA NO, PROFETA SÍ

Algunos días después de la muerte de Nisman, Cristina Fernández cambió su hipótesis de trabajo.  En otra nota en Facebook casi tan rambling como la anterior, decía que el fiscal no se había suicidado para hacerla quedar mal. No: había muerto de mano aleve. Era evidente que alguien más deseaba hacerla quedar mal.  
Y ahora, sesenta años después del presunto suicidio de Juan Duarte, y dos décadas después del atentado contra el centro judío de la Amia, la sociedad argentina ha llegado a ese punto donde todos son culpables,  y todos son simultáneamente inocentes.
Simón Romero, jefe de la oficina de The New York Times en Río de Janeiro, dio una lista de los sospechosos habituales, mencionando los rumores que circulan: “La presidenta lo hizo. No, no fue la presidenta. Fue un jefe del servicio de inteligencia que está complotando contra ella. Tal vez fue realmente un suicidio, la trágica caída de un hombre cuyo caso se estaba desplomando. O fue Irán, o el Mossad de Israel. O la CIA”. Y eso, sin olvidar la perdurable influencia de los nazis que encontraron refugio en la Argentina tras la caída del Tercer Reich, gracias a los buenos oficios de Perón.  
Una persona entrevistada por Romero le ofreció la siguiente lista de sospechosos: “Puede tratarse de una facción armada del terrorismo internacional constituida por narcotraficantes, nazis, y yihadistas, o una mafia de judíos y marxistas que involucra a la CIA, a Israel y al Mossad”, el servicio de inteligencia israelí.  
En una reciente encuesta realizada en la Argentina, un 48 por ciento de los entrevistados dijeron que Nisman fue asesinado por el gobierno, otro 20 por ciento que el fiscal fue víctima de una conspiración contra el gobierno, en tanto un 33 por ciento, admitieron ignorar quien apretó el gatillo que acabó con la vida de Nisman.  
Por cierto, dice el corresponsal del New York Times, si Nisman había presentado un informe de 289 páginas acusando a la presidenta de colusión con el gobierno de Teherán para proteger a los presuntos responsables del atentado de 1994, “muchos argentinos dicen que el gobierno es el sitio lógico para buscar a los sospechosos”.  
Uno de los que lo creen es el nuevo fiscal de la causa, Gerardo Pollicita, quien decidió seguir la senda hollada por Nisman.  Esta semana imputó a todos los que Nisman incriminó hace un mes: a la presidenta de Argentina, al canciller, al diputado Andrés Larroque y al dirigente Luis D’Elía, entre otros. Todos ellos habían sido acusados por Nisman de encubrir a los presuntos autores del atentado de 1994.

CUESTA ABAJO EN LA RODADA

Hace un año, la revista The Economist publicó un interesante trabajo: “The Tragedy of Argentina, A century of decline.” (La tragedia de Argentina, un siglo de decadencia). Algo me llamó la atención del artículo, aparte de que estaba muy bien escrito: antes de mencionar la decadencia argentina se hacía alusión a esa angustia cotidiana que padece la clase media para cambiar pesos por dólares. Ahora existen “cuevas” donde se canjean pesos fuertes por dólares débiles. Por alguna razón, la compraventa se orienta siempre hacia los dólares débiles.
La esquizofrenia de vivir en pesos y soñar en dólares no es de ahora. Al menos, en mi infancia ya se hablaba de la necesidad de comprar dólares, u oro, o propiedades, o neveras, cualquier cosa que ayudara a enfrentar el tóxico avance de la inflación. Lo mismo que está ocurriendo ahora en Venezuela, pero a lo bestia.  
Por cierto, una vez que una enfermedad mental se afinca en la economía, va extendiendo sus tentáculos en todas direcciones. Por ejemplo, en la idea que el ciudadano tiene de su país. Existe la Argentina que llegó rica al centenario de su independencia, y la Argentina hundida en la crisis económica permanente que ha saludado su bicentenario. El ensayo de The Economist ofrece buenas cifras para comparar. En 1908 fue inaugurado el Teatro Colón de Buenos Aires, uno de los grandes centros de la música clásica universal. Muchos lo comparan con la Scala de Milán, o la Ópera de París. En 1915, fue finalizada la construcción de la estación ferroviaria de Retiro, también, un monumento arquitectónico en su momento.
A comienzos del siglo veinte, Argentina era uno de los diez países más ricos del mundo. Se cotejaba con Gran Bretaña, Australia, Estados Unidos, y tenía mejor situación económica que Francia, Alemania e Italia.  
En los 43 años previos a la primera guerra mundial, el Producto Bruto Interno de Argentina subió a una tasa anual del seis por ciento. Cientos de miles de inmigrantes llegaron a la tierra prometida. En 1914, la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en Europa.
Y luego, a partir de 1930, los salvadores de la patria empezaron a prodigar sus golpes de estado. En las elecciones de 1989, por primera vez en más de 60 años, un presidente civil pudo transferir el poder a otro presidente electo.  
Y tras la dictadura más feroz que se padeció en América Latina, donde entre 9.000 y 30.000 personas desaparecieron de la faz de la tierra, surgieron gobiernos civiles, pero el fiel de la balanza se inclinó hacia el populismo peronista, luego de algunos desastrosos gobiernos liderados por el partido Radical. Desde comienzos de este siglo gobiernan los peronistas, aunque la hegemonía corresponde a la pareja de Néstor Kirchner y su esposa Cristina Fernández de Kirchner.  
En ese lapso, tras algunos años de vacas gordas –favorecidos por el hecho de que parte de los ahorros de los argentinos fueron enclaustrados en el secuestro de fondos bancarios denominado “el corralito”– cambió el viento, se agudizaron los problemas económicos y la Argentina incurrió en otro default técnico en el 2014, tras sufrir un default de verdad verdad a comienzos de 2002. 
EL FANTASMA DE PROUST

A la búsqueda del tiempo perdido puede considerarse la novela de un judío que tiene como trasfondo la injusticia cometida contra otro judío. Pero antes de que los críticos franceses me crucifiquen, diré que es la obra maestra de la narrativa francesa del siglo veinte. Proust provenía de una familia judía, y el background de su novela es la ola de antisemitismo que envolvió a Francia a partir del juicio al capitán del ejército Alfred Dreyfus, de origen judío. El caso Dreyfus afectó a toda la sociedad francesa, aunque tuvo un final feliz. Dreyfus fue exonerado de todos los cargos de espionaje formulados por el alto mando militar tras revelarse que el verdadero traidor era el mayor Major Ferdinand Walsin Esterhazy.  
En el centro del caso Nisman está de nuevo el antisemitismo, un judío en el centro del escándalo y una comunidad judía, una de las más importantes del mundo, que se siente acosada por los fantasmas del pasado e insegura de su futuro.  
Cada país tiene sus mitos, sus alegorías, sus frases hechas. Por alguna extraña razón, el presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento, autor de Facundo, Civilización o Barbarie,  una magnífica novela disfrazada de libro histórico, pasó a la historia como el epítome del buen alumno. Dicen que iba todos los días a la escuela, y aquellas jornadas en que había terremotos, u otras catástrofes naturales, iba a la escuela en dos ocasiones.  
Después están los mitos que aluden a las fuerzas telúricas o a su población, que podrían explicar por qué la Argentina está siempre marchando al abismo. Puede ser la extensión: “El drama del país es la extensión”, dicen los argentinos afligidos  –más o menos el 99 por ciento de la población. No, contradicen otros, “El drama de la Argentina es la ausencia de brazos” –me imagino que adheridos al cuerpo. Pero, de acuerdo a la opinión de los economistas conservadores, el drama de la Argentina es que sobra gente.  
La cifra ideal de argentinos, según enunció en cierta ocasión el ministro de Economía de la dictadura militar José Martínez de Hoz, oscilaría en los catorce millones de habitantes, más o menos la población existente hace más de un siglo.  
La Argentina es al mismo tiempo un país infrapoblado y superpoblado. Aproximadamente la tercera parte de la población reside en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Toda esa zona está superpoblada. No cabe un alfiler. El resto del país está definitivamente infrapoblado, pero ¿quién va a querer colonizarlo, cuando todas las comodidades de la vida están emplazadas en la Capital Federal y en el Gran Buenos Aires?  
El ensayista Ezequiel Martínez Estrada dijo que la Argentina era como la cabeza de Goliat. Debajo de una cabeza inmensa habitaba un cuerpo raquítico, que se extendía desde Tierra del Fuego, en el extremo sur, hasta territorios colindantes con Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay.
Pero después de los mitos, las alegorías y las explicaciones, está el núcleo de tóxica fantasía: nada es lo que parece. La fantasía se resume en esta anécdota: Un día, una señora va al almacén y pide que le vendan queso. El almacenero le entrega a la señora una ración del presunto queso a la señora, quien lo huele, prueba un trozo, y enseguida dice: “No entiendo, este queso tiene la consistencia del jabón y gusto a jabón”. El almacenero toma el trozo de queso, lo huele, muerde un pedazo, y concluye: “Señora, tiene razón: este queso tiene la consistencia del jabón y gusto a jabón, pero es queso”. Se lo envuelve, y la señora tiene que pagar e irse del local antes que la insulten.  
La Argentina del dólar débil frente al peso fuerte, de La belle époque y de su horrendo presente, se debate en esas dicotomías tan frustrantes para un ciudadano, tan ricas para un escritor. El affair Dreyfus obligó a los mejores intelectuales franceses a revisar su pasado, a confrontar a sus compatriotas. El grande entre los grandes Emilio Zola mostró en su Yo acuso el verdadero heroísmo intelectual al revelar la cobardía del estamento militar francés.
Quizás el affair Nisman permita a algunos intelectuales abandonar cierta parálisis reflejada en la incapacidad de pensar más allá de Borges o de Lacan.  (Frases favoritas: “Como dijo Borges”, “Lacan dice”.) Es un buen momento para revisar los fantasmas, pensar más allá del cinismo, de la resignación, del refugio en las glorias pasadas y avizorar el futuro.
Marcel Proust decía que “a medida que la sociedad se corrompe, las nociones de moralidad se van depurando”. Eso va acompañado por un fortalecimiento de la política del avestruz, ese ave estrutioniforme de la familia struthionidae, que no vuela, pero se la pasa corriendo, y suele meter la cabeza en un agujero tolerando así que otros le picoteen la parte más delicada de su anatomía.





miércoles, 21 de enero de 2015

¿Fue suicidio? Cuando la realidad supera a la ficción

Mario Szichman



Mallarmé decía que toda vida termina en un libro. Al menos un ejemplo demostraría lo contrario, el “suicidio” o “asesinato” del fiscal argentino Alberto Nisman. Creo que solo un relato anticipó sus extraordinarios vericuetos. Pero la realidad fue más rica que toda ficción.
            El 14 de enero de este año, Nisman acusó al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de obstruir la acción de la justicia en la investigación del peor atentado terrorista registrado en el país. En 1994, una camioneta cargada con explosivos se estacionó frente a la sede de la Amia, un centro comunitario judío, en el centro de Buenos Aires. Su conductor detonó la carga, muriendo con otras 85 personas, en tanto 300 fueron heridas, algunas de gravedad. Hasta el momento, nadie ha sido acusado por la matanza, pero fiscales argentinos, grupos de defensa de los judíos, el estado de Israel y la Interpol acusaron a Irán de orquestar el ataque, y al grupo islámico libanés Jezbolá, de llevarlo a cabo.
Diecinueve años más tarde, en el 2013, la presidenta Fernández anunció en su cuenta en Twitter que participaría en una comisión conjunta con el gobierno de Teherán para “avanzar en el conocimiento de la verdad acerca del ataque a la AMIA”. 
Poco después, Nisman dijo que el acuerdo se había alcanzado en pactos de trastienda iniciados por la presidenta con el gobierno iraní. Según el fiscal, la jefa de estado argentina propuso ocultar la actuación de funcionarios iraníes en el ataque a cambio de un aumento en las relaciones comerciales entre ambos países. Argentina podría exportar cereales a Irán, en tanto el gobierno de Teherán vendería petróleo a la Argentina, un país que padece un grave déficit de energía.
Finalmente, por razones que se ignoran, el acuerdo no se concretó. Pero Nisman habría obtenido evidencias de las transacciones, y entregó a un tribunal de Buenos Aires un documento de 300 páginas detallando conversaciones entre ambos gobiernos. Luego, informó el fiscal a la prensa: “Ellos decidieron, negociaron y aseguraron la impunidad de iraníes prófugos de la justicia por el caso de la Amia”. Nisman agregó que el objetivo era  ocultar la acción del gobierno de Irán en el ataque “con el propósito de servir intereses comerciales y geopolíticos”.  Las acusaciones contra Fernández, contra su canciller, Héctor Timerman, y contra otros funcionarios, se basaban, dijo el fiscal “en pruebas irrefutables” tras dos años de investigaciones y numerosas grabaciones secretas.
Nisman decía que era un hombre marcado. En una entrevista con el diario Clarín de Buenos Aires, dijo: “Yo puedo salir muerto” si continuaba la investigación. También informó a la prensa su temor de que el gobierno de Buenos Aires se dispusiera a iniciar una campaña de calumnias contra él. “Le dije a mi hija de 15 años que se aprestara a oír cosas terribles de su padre”, señaló a periodistas.
De acuerdo a la diputada argentina Patricia Bullrich, que dirige la Comisión de Legislación Penal donde debía exponer Nisman, el funcionario “Me dijo que estaba amenazado, que estaba estudiando la causa para darnos información muy fuerte”.
Exactamente cuatro días después de enunciar cargos contra la presidenta argentina, y de anticipar que podría ser víctima de la maledicencia alentada por el gobierno, o de un asesinato, Nisman apareció muerto en el baño de su apartamento de Buenos Aires. El ministerio de Seguridad de Argentina dijo que junto a su cuerpo había sido hallado un revólver calibre 22, y un casquillo de bala.
Nisman estaba custodiado por 10 guardaespaldas, pero los guardaespaldas solo se limitan a cuidar las espaldas de las personas que deben proteger. Entre sus tareas no figura evitar que se suiciden.
De todas maneras, en medio del fárrago de información y desinformación, algo queda claro: el extraordinario entusiasmo del fiscal Nisman por presentar pruebas que podrían haber puesto a la presidenta argentina y a varios de sus funcionarios ante los estrados de la justicia.  Bueno, es una figura del discurso. Como en el cuento de Kafka Ante la ley, las puertas de la ley están protegidas en la Argentina por guardianes, uno más poderoso que otro. Solo se puede acceder a ella en los momentos finales de la agonía.
Antes de su malogrado final, el fiscal Nisman se puso en contacto con Joaquín Morales Solá, un influyente columnista del periódico La Nación, para fijar una reunión.  Según dijo Morales, “El tono entusiasmado de su voz, y la promesa de una reunión en el futuro inmediato” sugerían que entre los planes de Nisman no figuraban meterse un balazo en la cabeza.
Una nota en The Financial Times insistía en el feroz entusiasmo del fiscal. Muchos argentinos, decía el periódico londinense, “tratan de entender por qué un fiscal, en el momento culminante de su carrera, tras pasar dos años reuniendo evidencia de manera esmerada, y cuando se disponía a explicar sus explosivos hallazgos ante el Congreso, decidió súbitamente cometer suicidio”. 

LOS SOSPECHOSOS HABITUALES

El relato al que aludí al comienzo de esta nota es The Orderly World of Mr. Appleby, de Stanley Ellin, el genio del cuento de horror urbano, célebre por La especialidad de la casa, donde se exalta el canibalismo como una de las bellas artes.
La vida del señor Appleby consiste en coleccionar objetos, hasta que se endeuda de manera irreparable. Cuando su esposa se niega a sacar dinero de su póliza de seguro de vida para seguir financiando su costoso hobby, el señor Appleby comienza a estudiar métodos para hacer pasar el asesinato de su cónyuge por una muerte accidental. El método perfecto es aguardar a que su esposa ponga los pies sobre una alfombra, y en el momento en que intente tomar un vaso con agua de una alacena, tirar bruscamente de la alfombra. La mujer muere de la caída. Tras enviudar, el señor Appleby se casa con una viuda rica. Sus deudas siguen creciendo, y piensa en el recurso salvador de librarse de su segunda esposa usando el procedimiento de la alfombra. Hay un solo inconveniente: la mujer está enterada del método usado por el señor Appleby para enviudar, y ha escrito una carta a su abogado, detallando las tendencias homicidas del esposo, y la manera en que podría asesinarla. Un día, le informa al señor Appleby de su plan para mantenerse ilesa por el resto de su vida. El señor Appleby se convierte en celoso custodio de la salud de su esposa, hasta que llega el fatídico día en que la mujer, que se halla de manera casual encima de la alfombra, le pide un vaso de agua, tropieza con el tapiz, y sufre un accidente mortal. La carta de la difunta es el pasaporte del señor Appleby a la silla eléctrica.

En un filme, en una novela, en un cuento, el espectador o el lector tienen la mente adiestrada en una dirección inspirada por la lógica. Las reglas de la ficción harían presumir que el fiscal Nisman no murió de muerte propia. Sabía que corría peligro, “Yo puedo salir muerto”, anunció a la prensa. No es el tipo de afirmaciones que hace un suicida en potencia. Por otra parte, Nisman formulaba cargos muy graves contra la presidenta de Argentina y contra algunos de sus principales asesores, quienes debían albergar temores de ser procesados. (Lo pienso exclusivamente desde el territorio de una trama policíaca, no de la realidad política).
Si un enemigo del gobierno arremete de frente contra la principal autoridad del país, y horas antes de prestar testimonio ante una comisión parlamentaria se pega un tiro en la sien, muchos espectadores o lectores podrán verificar que pasaron escasos minutos desde el inicio de la película, o que leyeron no más de una docena de páginas de la novela. Luego, empieza la investigación, hasta que al final, se descubre inevitablemente al autor o autores del asesinato. Es inevitable, la ficción transcurre por ciertos andariveles, desdeñando otros. ¿Quién va a pagar una entrada para ir al cine o comprar una novela con el propósito de enterarse que la persona perseguida no era una víctima sino un ser humano con graves problemas psicológicos que decidía pegarse un tiro para despedirse de este mundo cruel?
Hay, además, un problema adicional. Así como en el caso del señor Appleby nadie podía tolerar una segunda muerte accidental, en Argentina el recurso de suicidar a un personaje inconveniente ha sido utilizado en numerosas ocasiones. Es, como solían decir mis amigos de la infancia, una “figurita repetida”.

QUE NO SE CULPE
 A NADIE DE MI MUERTE
En la Argentina es imposible hacer creer en el suicidio de un personaje público por culpa de Juan Duarte, hermano de Eva Duarte de Perón, cuñado de Juan Domingo Perón, y el suicida menos convincente de la historia argentina, pese a que tenía más motivos que el fiscal Nisman para quitarse la vida.
Juan Duarte, o “Juancito”, como era conocido familiarmente por aquellos que nunca lo vieron o saludaron en su vida, era el hermano preferido de Eva Perón, y un bon vivant. La antipatria lo acusó de toda clase de chanchullos, aunque su cuñado, que era además el primer magistrado de la Nación, siempre lo consideró un modelo de conducta, al punto de nombrarlo su secretario privado.
De todas maneras, hubo varios actos de corrupción durante la segunda presidencia de Perón, y algunos de ellos tenían como epicentro a Juancito. Finalmente, el 6 de abril de 1953, Perón declaró en cadena de radio que adoptaría una serie de enérgicas medidas a fin de acabar con ese flagelo (supuestamente aludía al enriquecimiento ilícito). Y aunque no mencionó específicamente a Juancito, éste debe haberse sentido aludido. Las palabras de Perón fueron las siguientes: “Aunque sea mi propio padre irá preso, porque robar al pueblo es traicionar a la Patria”.
El 9 de abril de 1953, tres días después de la declaración radiofónica de Perón, Juan Duarte apareció muerto de un balazo en la cabeza. Oficialmente se anunció que fue un suicidio. La oposición sostuvo que se trató de un asesinato, y que las palabras finales de Juancito fueron: “Muchachos, no disparen”.
A raíz del suicidio del fiscal Nisman, los rencorosos habituales empezaron a recordar otros extraños episodios de suicidas que parecían haber sido obligados a quitarse la vida.
La agencia noticiosa EFE citó algunos casos. Por ejemplo, el del brigadier Rodolfo Echegoyen, fallecido en 1990, poco después de renunciar a la administración de la Aduana, donde investigaba casos de lavado de dinero, de drogas y de contrabando. Después de su muerte, dijo EFE, “la familia pidió una autopsia que finalmente reveló que, antes de recibir un disparo, Echegoyen también había sufrido golpes en la cara y tenía los huesos de la nariz rotos”. Otro caso fue el del ex oficial de la Armada argentina Jorge Estrada, implicado en la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia. Estrada, “supuestamente se suicidó en agosto de 1994”, dijo la agencia noticiosa, “pero antes le habían robado importantes documentos vinculados a la causa”. Hubo otros episodios en que los suicidas sufrieron extraños accidentes, ya sea cayendo desde gran altura en el patio interior de un edificio donde habían fijado residencia, o ahorcándose. Previo a esos suicidios, los personajes habían denunciado a importantes funcionarios por coimas y sobresueldos a ministros y funcionarios públicos, así como por distintos casos que podrían ser considerados actos ilícitos.

Y SIN EMBARGO…

Es muy absurda la idea de que el fiscal Nisman fue obligado a autoinmolarse en un país donde las autoridades se han librado de algunos seres humanos incómodos mediante el suicidio. Y de tan absurda, no resulta descartable.
Por cierto, The Financial Times aventura una hipótesis que podría acercarse a la verdad.
La presidenta de Argentina puso en su página de Facebook una nota “rambling” (sinónimos de rambling: desvarío, carente de conexión, digresión, divagación). Además de respaldar la hipótesis del suicidio del fiscal, la señora Fernández “insinuó que Nisman había quedado atrapado en una disputa interna” de los servicios de inteligencia argentinos. De paso sugirió que el periódico opositor Clarín “de alguna manera estaba vinculado con el enigma”.
Posiblemente, detrás de las abundantes sonrisas de triunfo del fiscal días antes de quitarse la vida había un hombre profundamente atribulado, y con enormes deseos de causar daño a la figura de la jefa de estado. Conociendo, además, la parsimonia con que funciona la justicia en Argentina, Nisman podría temer que de nada sirvieran sus testimonios ante una comisión del Congreso.
El fiscal habría pensado: si se demoró 20 años en no llegar a conclusión alguna o encontrar un solo responsable del atentado en la AMIA ¿Quién garantiza que este caso se resolverá a la brevedad? Y entonces, en un acto de gran astucia, decidió suicidarse, y causar a la respetada figura de la jefa de estado mayor daño que mil comparecencias en el Congreso.

Nada debe descartarse en la dimensión desconocida de la política argentina. La nota de la presidenta Fernández en Facebook sugiere algo todavía más ominoso. Quizás Nisman se suicidó con el exclusivo propósito de hacerla quedar mal.