miércoles, 13 de julio de 2016

Dos siglos de la muerte de Francisco de Miranda

 “Ese Quijote que no está loco, y tiene fuego sagrado en el alma” 
(Napoleón Bonaparte)




El 14 de julio de 2016 se cumplen dos siglos de la muerte de Francisco de Miranda  en el calabozo del penal de las Cuatro Torres del arsenal de la Carraca en San Fernando de Cádiz, España.
No existe otro héroe como Miranda en toda la historia de América Latina, o un personaje tan trágico. El Precursor luchó en tres revoluciones: la de Estados Unidos, la de Francia, y la de la Capitanía General de Venezuela. Su nombre está inscripto en el Arco de Triunfo de París, junto a grandes personajes de la Revolución Francesa. Partidario de los girondinos, enemigo de Robespierre, fue encarcelado y estuvo a punto de ser decapitado en la guillotina. Los más de 50 volúmenes de La Colombeia, son el testimonio de sus experiencias como político, diplomático, general, e ideólogo de la emancipación.
Miranda fue gobernante de la Primera República de Venezuela. Tras una serie de fracasos militares, sus camaradas de armas, entre ellos, Simón Bolívar, lo entregaron a los españoles.
El prócer pasó sus años finales en La Carraca, sin condolerse, o arrepentirse. Inclusive planeó su fuga del penal, rumbo a Gibraltar, pero sufrió un ataque cerebrovascular, y falleció a los 66 años de edad. Nunca fueron hallados sus restos. Tal vez los partidarios del culto a Bolívar, prefieren que así sea. De esa manera, el Libertador cuenta con el monopolio de mantener sus restos en el Panteón de Caracas, aunque no hay nada más ominoso que una tumba vacía.
Escribí la novela Los papeles de Miranda tratando de reflejar la magnitud de su obra por la emancipación. Considero al Precursor el mayor héroe imperfecto que ha dado América Latina.
La profesora Carmen Virginia Carrillo leyó inicialmente su trabajo El precursor de la independencia hispanoamericana a tres voces, en el XXII Colloque International du CRICCAL. Université de Paris III, que se llevó a cabo en la capital francesa entre el 14 y el 16 de octubre de 2010. El texto fue publicado en la revista América (Cahiers du CRICCAL Número 41, Presses Sorbonne Nouvelle, 2012). 
El trabajo consigue conjugar a través del ensayo histórico, el ensayo literario, y la ficción, inolvidables imágenes del Precursor. Y rescata también esa incomparable “Memoria del Mundo” que fue ese Archivo de viajes y estadías de La Colombeia.
Agradezco a la profesora Carmen Virginia Carrillo por haberme autorizado a compartir en este blog su iluminador trabajo.
Mario Szichman.





Carmen Virginia Carrillo

El precursor de la independencia hispanoamericana a tres voces



Todos los papeles y manuscritos se enviarán a la ciudad de  Caracas (…) para que colocados en los archivos de la ciudad, testifiquen a  mi patria el amor sincero de un fiel ciudadano y  los esfuerzos constantes que tengo practicados por el bien  público de mis amados compatriotas.
       (Francisco de Miranda “Disposición testamentaria”)  


En el presente trabajo se ponen en relación documentos históricos y de ficción sobre Francisco de Miranda, el precursor de la independencia hispanoamericana. La voz de Miranda, leída desde La Colombeia, gigantesco archivo  de sesenta y tres volúmenes organizados con particular celo por el Precursor[1];  los documentos  secretos e inéditos recopilados por Ángel Grisanti en el libro Miranda juzgado por los funcionarios españoles de su tiempo (1954), que recoge las injurias e improperios de los funcionarios españoles y las diatribas de sus enemigos (5)  y la novela del escritor argentino Mario Szichman Los papeles de Miranda (2000), texto que propone una  lectura del personaje desde la  ficción, permiten poner en relación diferentes miradas e interpretaciones, lo  que confiere al personaje y a su proyecto una nueva dimensión.    
Francisco de Miranda concibió  América como una gran Nación. Las  ideas de este visionario y revolucionario hombre de armas, de vasta cultura  y controversial  personalidad, quien dedicó la vida a concebir e intentar llevar a cabo la gran hazaña libertaria, ejercieron una influencia fundamental en el proceso de emancipación de Venezuela y  América. Miranda participó en las tres grandes revoluciones que, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, constituyeron eventos fundamentales en el proceso de  transformación de la estructura geopolítica de occidente: la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y la  Independencia de América Hispana.  Su pensamiento y su avasallante personalidad constituyen referentes historiográficos y ficcionales sin par.
            Sebastián Francisco de Miranda nació el 28 de marzo de 1750. A los veintiún años, partió hacia España con la intención de ingresar al ejército real. A partir de este momento, la necesidad de demostrar su calidad,  limpieza de sangre y nobleza del nombre; el deseo de formarse intelectual y militarmente y la obsesión por registrar meticulosamente todas sus vivencias, ideas e intercambios de información marcaron su itinerario.  Esta etapa de la vida de Miranda es puesta en escena por  Szichman en  la novela, en lo que el protagonista llama “primer borrón y cuenta nueva” (21).
En 1780 Miranda acompañó a Cagigal en una expedición  hacia América comandada por Victorio de Navia, con la misión de unirse a los franceses para apoyar a los angloamericanos contra Inglaterra. Llegan a La Habana y permanecen allí tres años; durante este tiempo una serie de acontecimientos cambió el rumbo de la carrera militar del joven capitán. Tras la toma de Pensacola, Estados Unidos, cuya participación activa en mayo 1781 le valió  el ascenso a teniente coronel,  fue injustamente acusado de un incidente provocado por la visita del general Campbell, quien en su escala en la Habana visitó la fortaleza; el año siguiente el intercambio de prisioneros con los ingleses en Jamaica y las circunstancias que rodearon la victoria de Cagigal en las Bahamas fueron usados para acusarlo de contrabando y traición. La orden se sumaba a otra anterior emitida por  la Inquisición.
En el argumento de la novela, el “segundo borrón y cuenta nueva” (Szichman, 84) ocurre en 1783. Miranda huía de la justicia española desde Cuba hacia los Estados  Unidos. Con 33 años el personaje inició un largo recorrido cuya naturaleza y propósitos permiten considerarlo un viaje de formación.  En 1785 llegó a Europa y tras escribir al rey Carlos III una carta en la que renunciaba al ejército y exigía el reembolso del dinero pagado por la patente de capitán, recorrió los países del viejo continente y algunos de Asia,   con la intención  de  informarse y adiestrarse para  organizar e instituir un nuevo  gobierno en América. A lo largo de sus recorridos dedicó tiempo a escribir impresiones, anécdotas, reflexiones, etc.; estos manuscritos conforman el Archivo de viajes y estadías de  La Colombeia, “Memoria del mundo” que puede leerse como una  bitácora de ese viaje de formación realizado por  Miranda.  
En 1789 regresó a Londres en busca de ayuda para llevar a cabo  una expedición libertadora contra el imperio español en América. En 1792, tras fallidos intentos por lograr el apoyo del gobierno inglés, Miranda se fue a Francia, donde le nombran general del ejército y participó en la Revolución Francesa. En 1798 volvió a Londres. El espíritu liberal e iconoclasta de Miranda le llevó a sintonizar con las ideas de los autores de la Ilustración francesa. Sus vivencias, observaciones y reflexiones sobre la forma de gobierno de los Estados Unidos, de las cortes europeas, la rusa, y en particular de la inglesa, le permitieron formular un proyecto político para el gran país que soñaba y al que denominaba la Colombeia en honor a Cristóbal Colón.
Con miras a llevar a término el proceso que emprendiera el estado español contra Miranda se organizó  un complot para perseguirlo y cercarlo. Desde su llegada a Londres y durante su largo periplo europeo y asiático, se le vigiló con el fin de encontrar la circunstancia adecuada para arrestarlo, apoderarse de sus papeles y llevarlo a España, donde sería juzgado y condenado. Tal tarea se encomendó  a Bernardo del Campo, ministro español en la capital inglesa, quien se fue ganando la confianza de Miranda y lo persuadió para que viajara a Francia, donde sería más fácil llevar a cabo el plan.  El conde de Floridablanca era el encargado de dar  las directrices y mantenerse en contacto con del Campo. La correspondencia sostenida entre estos dos personajes y otros representantes del gobierno español en los países que visitó Miranda durante los años de su viaje y recopilada por Grisanti,  demuestra el atractivo que el mismo ejerció sobre las cortes que visitó.   Si bien el genio, el desenfado y el conocimiento de Miranda lo hicieron acreedor de elogios y amabilidades –Napoleón Bonaparte dijo de él, “ese Quijote que no está loco, tiene fuego sagrado en el alma” (en línea) –, la insistencia del gobierno español en desacreditarlo y perseguirlo, paradójicamente contribuyó a forjar la imagen legendaria de este hombre como “símbolo de libertad, no solamente en Europa, sino también en América… modelo a imitar y el maestro a escuchar” (Bohorquez, 149).
Miranda se consideraba súbdito español y se negó a participar en ninguna empresa que fuera en contra de los intereses de la corona española hasta 1790 cuando, tras cuatro años de intentar obtener un desagravio,  ante el rechazo que sintió de parte del rey y sus personeros y convencido de la inutilidad de sus gestiones, renunció de manera definitiva al reino español. Rotos los vínculos con la madre patria, inició sus acciones en pro de la independencia de la América meridional, y la cimentación de esa nueva patria que soñaba.
En los documentos recopilados por Grisanti, que Szichman incorpora y re-escribe en la novela, se puede apreciar la valoración que los adversarios políticos de Miranda  tenían sobre él. Lo describen como traidor,  malvado, revoltoso y perverso. Sin embargo,  Del Campo en su informe comenta: “Parece mozo instruido, de grande actividad y de muchísimo fuego. Es feliz en la expresión y su trato personal son propios para agradar a las gentes.”  (En Grisanti, 67) Entre las cualidades que  le atribuye se encuentran “imaginación exaltada, luces y conocimientos más que medianos, fervor y vehemencia en su expresión, y sobre todo una actividad extraordinaria” y concluye: “con tal conjunto de calidades si este joven llegara a verse exasperado y rreducido a abrazar el partido de servicio estrangero, creo que preferirá siempre todo lo que sea acción, movimiento y singularidad, a seguir una vida quieta y indiferente” (106). A pesar de las recomendaciones hechas por Del Campo, así como también las del Conde de Aranda quien en carta a Floridablanca comenta acerca de Miranda:

No sé las causas de su desvío ó desgracia, que pueden ser de las que no admiten compostura; pero si fuesen suceptibles, el ser Criollo, el tener travesura, el poseer las lenguas principales de Europa, el haversela viajada como hace, y hecho conocimientos, serían consideraciones para ver de recogerlo a buenas no pudiendo a malas. (En Grisanti, 185)

José de Gálvez, Ministro de Indias, su implacable perseguidor, particularmente desde que conociera el proyecto emancipador de Miranda,  rechazó todos los intentos de reconsideración de su causa. Sin embargo, no será hasta 1812, año en que sus propios compatriotas lo traicionaron y lo entregaron,  que el generalísimo Francisco de Miranda pise una cárcel española.
Luego de recorrer Europa buscando ayuda infructuosamente, pasó a los Estados Unidos donde finalmente consiguió apoyo para emprender, en 1806  una expedición a las costas venezolanas. El 3 de agosto desembarcó en La Vela de Coro, tomó el fortín, izó la bandera y leyó la proclama de libertad. Nueve días más tarde, los participantes de este episodio  abandonaban la localidad tras su fracaso.  El Precursor regresó a Caracas en 1810 por solicitud  de los compatriotas que viajaron a Londres en busca de ayuda para la gesta independentista, entre los que se encontraba Simón Bolívar. A  su llegada le otorgaron el grado de Teniente General de los ejércitos de Venezuela. El  23 de abril 1812 fue nombrado General en Jefe de toda la Confederación Venezolana, con plenas facultades y se le confirieron poderes dictatoriales con la finalidad de que defienda al país del ataque del capitán general español Juan Domingo de Monteverde, las circunstancias no son favorables a los patriotas y el 12 de julio, Bolívar perdió Puerto Cabello y Miranda se vio obligado a capitular. La madrugada del  31 del mismo mes, Miranda fue hecho prisionero por un grupo de jóvenes oficiales del ejército venezolano y entregado a los españoles. Esta etapa de la vida del personaje constituye material de una interesante  interpretación ficcional en la novela de Mario Szichman.
El súbdito del rey de España, capitán Sebastián Francisco de Miranda, quien pasó de ser un soldado fiel  a desertor y luego a conspirador, muere a causa de una apoplejía a los sesenta y seis años en la prisión de la Carraca, en Cádiz, el 14 de julio de 1816.
Ya en la primera propuesta que Miranda hiciera al primer ministro inglés William Pitt[2], señalaba como las principales causas del descontento de los habitantes de la América hispana la discriminación que los españoles europeos hacen con los criollos, los controles de la Inquisición y las injusticias cometidas contra los nativos. Un mes más tarde presentaba al gobierno inglés el “Plan para la formación, organización y establecimiento de un gobierno libre e independiente en América meridional”[3].
   La lectura del pasado que el creador hace desde la ficción permite licencias mucho más amplias que las usadas por el historiador. Si bien la novela dialoga con los documentos, el autor re-elabora el discurso histórico sin estar limitado por las barreras de la fundamentación, la comprobación y la confrontación que se le exige a la Historia.   
En la novela Los papeles de Miranda, Mario Szichman  articula las voces que están en las fuentes historiográficas, la de Miranda y las de sus adversarios, y las actualiza. Así, el texto constituye un intento de interpretación del pasado desde ese surco que  se vislumbra en los testimonios históricos cuando se habla de las humillaciones y desprecios a  los que los mantuanos caraqueños expusieron al padre de Miranda, quien fuera acusado de mulato y despojado de su cargo de capitán del batallón unificado de voluntarios blancos de Caracas, y asoma la posibilidad de que la vida del hijo haya estado modelada por la necesidad de reivindicar el mancillado nombre del padre y salvar el honor de la familia.   De esta manera la novela, sin abandonar del todo los textos fundamentales de la historia, apuesta a una versión de los hechos que puede tomar orientaciones o rumbos distintos.
El personaje se configura desde la primera persona y la voz del protagonista se convierte en la expresión de su mundo interior. Gracias a la ficción, la aproximación a la verdad histórica se hace a partir de esos silencios y grietas que suele guardar  la historia. Los recursos de los que se vale la novela permiten al lector reconocer al personaje en su interioridad, en sus temores, descubrir su lado más humano, conflictivo, contradictorio y anti-heroico.
La acción de la novela comienza la noche del 31 de julio de 1812 en La Guaira y  concluye la madrugada del primero de agosto del mismo año.  En esta historia enunciada autodiégeticamente (G. Genette) Francisco de Miranda, desde la Casa de Aduana, en La Guaira, ordena sus papeles y, en función de los mismos, va recordando su vida y relatándola a su criado Pedro José en  flash-backs. El autor utiliza como eje del relato  los papeles  de Miranda, los cuales constituían el más preciado tesoro del Generalísimo. El protagonista se pasea entre sus “amados papeles” (14), elige documentos, expurga, ordena, pasa en limpio, borra; intenta limpiar la mancha de la humillación heredada del padre. Principio y fin de su trayectoria:

 “La humillación que empezó con mi padre está finalmente por alcanzarme. Y para que no me alcance debo frenarme. Frenarme y enfrentarla. Así las apuestas de una vida, de varias vidas inacabadas, podrán transformarse en el destino que acabo de fabricarme.  …De la Caracas que me vio nacer a la Caracas que me ha condenado a muerte. De la humillación primera a la humillación última. (18)

            El autor toma como punto de partida, para el recorrido de la vida del personaje, el momento en que Miranda, después de haber encontrado refugio en la fragata Sapphire tras la capitulación ante Monteverde, regresa al puerto de La Guaira.  Este hecho da un giro trágico al destino del personaje. La novela ofrece una posible explicación  de ese inesperado acontecimiento al ofrecer una versión del asunto, que no tiene ningún referente historiográfico: 

Cuando me disponía a huir en la Sapphire apareció el maldito papel. Una simple sentencia, … Ese insidioso trozo de papel escrito por alguien que me comprendía muy bien, sumado a esa gente que no comprendía en absoluto que se me había enfriado el guarapo –que seguía confiando en mí contra toda esperanza, contra toda evidencia– me hicieron desandar los pasos, reformular mis planes, asignarle un nuevo papel al general Miranda, algo que no figuraba en mis antecedentes, y crear un personaje que ha perdido toda coherencia y tiene muy poco que ver con su vida pasada.” (Szichman, 13-14)
           
En el último apartado de la segunda parte, Miranda dará nombre propio al autor del papel que se convertirá en su sentencia:

El único papel que no he podido conservar es un papel que debo asumir por cuenta de otros. La esquela que deslizó Bolívar por debajo de la puerta de mi camarote. Tres párrafos. Mi condena y mi salvación. ¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero? La puerta de escape de esta imposible situación, lo único que hace plausible mi retorno a tierra firme cuando La Sapphire estaba a punto de zarpar. No existe otra explanation. Yo mismo me siento tan intrigado como todos los que me rodean ante esta trama que no tenía prevista  y que es la única capaz de cortar el nudo gordiano. … Sin el papel que recibí de Bolívar, nothing makes sense. (169-170)

            Esta aclaración final del protagonista ratifica, desde la ficción,  la tesis sostenida por Miranda ante Pitt y más tarde ratificada por los historiadores, de que las pugnas entre los peninsulares y los criollos, aunado a las diferencias raciales y sociales, jugaron un papel fundamental en el desarrollo de los procesos independentistas en América Latina.
El tratamiento del tiempo es uno de los elementos fundamentales de la novela. Szichman explora el concepto de circularidad temporal:

¿Por qué no quise seguir huyendo? Tal vez en algún momento la rueda debía cesar de girar. Y en el punto en que la detuve le puedo dar a mi biografía el viso de lo inevitable. Si mi historia carece de principio, medio o fin, al menos puedo darle el aspecto de un incesante retorno a las fuentes. (18)

Ese  “incesante retorno a las fuentes” (18) puede  interpretarse como un intento de  reflexionar sobre el tiempo de la historia, que no se define en sí mismo como totalmente lineal, o totalmente imaginativo; a su vez, propone  una estructura  temporal que  ofrece mayores posibilidades al narrador, cuando éste trata de explorar la vida de un ser tan complejo como Miranda. En el texto se ponen en relación el tiempo mítico del eterno retorno  y el ficcional, cuyos movimientos no son ordenados, continuos, ni cronometrados, para así construir  otras posibilidades de sentido.
El texto propone una particular manera de concebir la relación entre pasado, presente y futuro, que oscila entre la inevitable consecución del destino trágico del personaje y la clara conciencia  que el protagonista  tiene de que a través de la escritura   se puede reconstruir la realidad:

 Mi vida es un libro abierto en muchas páginas a la vez. Y en cada una de ellas están marcados el promisorio comienzo y el deterioro final. Como las arañas, soy incapaz de remendar la tela y siempre debo hacer borrón y cuenta nueva. (21) 

Tanto en la novela, como en La Colombeia, Miranda intenta desesperadamente legar una versión de su historia que restituya el sentido a su existencia: “En unas horas necesito tener una historia que pueda legar a la posteridad” (18),  “inventar mi propio destino como inventé mis pasados, reconstruyéndome incesantemente, abominando de la cronología.” (147) Frente a las posibilidades de que la palabra dicha llegue a malinterpretarse o a desaparecer, la escritura luce  como una versión que ofrece la posibilidad de ser eterna. Es así como el personaje ve asegurado su destino en la permanencia de  esos papeles que, con tanto celo, ha llevado, traído y guardado a lo largo de su existencia real y novelesca:

siempre expresamos por escrito tanto nuestra pureza como nuestras buenas intenciones. Es nuestra malicia lo que sigue siendo oral. Mejor eliminarlas de nuestra historia y que nuestros documentos terminen convirtiéndose en nuestras leyendas. (56)

            La selección que hace el autor de los episodios de la vida de Miranda y la forma en que se organizan estos eventos dentro del texto permiten establecer  cierta distancia entre lo que tradicionalmente ha dicho la historia y lo que la novela propone, y diseñar un personaje signado por la fatalidad de su origen. Una última conjetura se asoma, la rivalidad de Bolívar y Miranda, representantes de los dos grupos sociales con mayores aspiraciones y derechos políticos en la colonia.
En las páginas finales, el protagonista imagina al lector virtual  en su intento por reconstruir el pasado y justifica la imposibilidad de comprobar el porqué de su fatal decisión, ya que la posible evidencia ha desaparecido:

Un futuro historiador se rascará la cabeza pensando que no había justificación alguna para el abandono de la Sapphire. (Aunque estoy seguro que encontrará una explicación plausible. Es la misión de todo historiador poner orden en el desatino).  Pero si el abandono parece caprichoso, lo que está por ocurrir le dará el sello de lo inevitable. ¿Se le ocurrirá a alguien resolver este misterio? ¿Por qué el general Miranda decidió abandonar la protección de la bandera inglesa para aceptar retornar a una fortaleza que se permutó en prisión? ¿Desandará algún historiador los pasos que me llevaron de la fortaleza de la Sapphire, y de la Sapphire nuevamente  a tierra firme? Es imposible, pues la única prueba ha sido quemada. Por supuesto, Bolívar sabía en qué terreno arar. (170)


Miranda  produjo  y organizó  ese inmenso archivo llamado La Colombeia, para que diera cuenta de su vida, con la clara consciencia de que la palabra escrita era su pasaporte a la trascendencia. Los documentos históricos que Grisanti recopiló, en diálogo alterno con ese primer texto,  permiten reconstruir y completar el perfil de este hombre legendario  y controversial para quien la producción de la evidencia escrita llegó a ser una manía u obsesión; del lado de la ficción, la novela de Szichman  se apropia de las memorias del otro y de los otros para ofrecer una interpretación distinta de la historia, con la intención de construir una verdad posible desde ese espacio de la libertad y de la subjetividad que es la literatura.

Referencias Bibliohemerográficas:
Bohórquez, Carmen L. 2006. Francisco de Miranda. Precursor de las independencias                                                 
     de la América Latina. Caracas: El perro y la rana.
 “Francisco de Miranda”, en Historia de Venezuela para todos, Fundación polar,
        http://www.fundacionempresaspolar.org/nosotros/historia/mirandafrnc.html
Grisanti, Ángel, 1954, Miranda juzgado por los funcionarios españoles de su tiempo,       
     Caracas, Jesús E. Grisanti.
Kadir, Djelal, 1984, “Historia y novela: tramatización de la palabra”, en Roberto
     González Echeverría (compilador), Historia y ficción en la narrativa Hispano-     
      americana, Caracas, Monteávila, pp. 297-307.
Miranda de, Francisco, Colombeia, (en línea),
      http://franciscodemiranda.org/colombeia/
_______________, Diario de Moscú y San Petersburgo
Szichman, Mario, 2000, Los papeles de Miranda, Caracas, El Centauro.









[1] Los archivos de Miranda contienen reflexiones, certificados personales, proclamas, proyectos, planes de gobierno, propuestas de constituciones, documentos para  negociaciones, estrategias de guerra, registro de traiciones e intrigas, diarios de viajes, crónicas de guerra, correspondencias, mapas, entre otros papeles. En 1812 se extraviaron después de que Miranda fuera hecho prisionero en La Guaira, más tarde fueron embarcados por Antoine Leleux en un navío inglés. Después de haber estado dos años en Curaçao  finalmente fueron enviados a Inglaterra,  allí permanecieron en manos de la familia del Precursor hasta 1926 (Bohorquez, 2006, 17); desde 1927 estuvieron bajo la custodia de la Academia Nacional de la Historia hasta  el 5 de junio de 2010, fecha en que fueron trasladados al Archivo General de la Nación, por decreto presidencial del 13 de abril del mismo año. Del total de los sesenta y tres volúmenes, han sido publicados veinticuatro. 

[2] Archivada como la N° VIII, correspondiente al N° 3, en consecuencia de la Conferencia tenida en Hollwood el 14 de febrero de 1790 en la Colombeia (versión en línea).
[3] Para Carmen Bohorquez, el problema de la identidad americana comienza a precisarse y a tomar dimensiones políticas con Miranda, quien se ve “obligado a definirse a sí mismo respecto a la realidad que quiere construir y que a su vez lo construye” (16) En este sentido, cabe destacar el peso que, sobre los procesos independentistas de los países hispanoamericanos, tuvo el maltrato al que eran sometidos los criollos y las diferencias sociales y raciales, elementos que crearon el ambiente propicio  para que germinaran las ideas emancipadoras. 

domingo, 10 de julio de 2016

El gran mitómano que escribió La condición humana


Mario Szichman

“Cada aventurero es un mitómano”
André Malraux, La Vía Regia



La primera novela que leí de André Malraux no fue La condición humana, su obra más famosa,  sino El tiempo del desprecio. La leí cuando vivía en Caracas, hace unos cuarenta años, y sigo recordando una de sus frases. Kassner, el héroe de la novela, un intelectual comunista que vive en la Alemania nazi, está caminando por la calle cuando de repente siente un impreciso dolor en el rostro, y se pregunta si será “una neuralgia o un diente infectado”.  Luego añade que el dolor, asociado con el olfato, le recuerda “el aroma de cartón de las máscaras de carnaval”.  Malraux nunca olvidaba que sus personajes acarreaban un cuerpo.
Kassner termina prisionero en un campo de concentración nazi. (La novela fue publicada en 1935, mucho antes que el mundo occidental aceptara la existencia de esos campos). La lucha del protagonista por sobrevivir a la tortura, y seguir siendo un ser humano, forma parte de la épica malrauxiana.
El tiempo del desprecio es una novela corta, repleta de episodios inolvidables, y de una gran fe en el ser humano. Una fe basada no solo en el heroísmo, sino también en la aceptación de las carencias. Además de combatir el terror de la tortura, tanto física como mental, Kassner debe lidiar con su posible locura. Tras un  milagroso escape, afronta la irrealidad de su odisea, la alucinación de un mundo que ha dejado de ser normal.
La narración recuerda mucho al primer Hemingway. Malraux sabía controlar sus emociones. No hay lástima por la tragedia del prisionero, pero sí comprensión. Eso convierte la lectura de El tiempo del desprecio en una experiencia tan difícil de olvidar como el aroma de cartón de las máscaras de carnaval.
Luego está La condición humana. También la leí hace ya muchos años –he disfrutado aún más su relectura– y recordé otras imágenes y secuencias inolvidables.
El background de la novela es la fracasada insurrección comunista de 1927 en Shanghai, China. Desde la primera escena, cuando el terrorista chino Ch´en Ta Erh asesina a un traficante de armas en un cuarto de hotel, hasta la última, en que dirigentes comunistas de la rebelión son arrojados a las calderas de las locomotoras por miembros del Kuomintang liderado por Chiang Kai-shek, la novela combina una vasta panorámica de la insurrección, con íntimos retratos de los protagonistas. Cuando Ch´en se dispone a matar al traficante de armas, quien descansa en un amplio lecho, el asesino se obsesiona con uno de sus pies, que gira “como una llave en una cerradura”. La descripción del crimen tiene ingredientes alucinatorios. Después, Ch´en reflexiona sobre el mundo que le aguarda fuera del cuarto de hotel, “plagado con la vida de los hombres que no asesinan”.
Otro de los protagonistas, Kyo Gisors, mitad francés, mitad japonés, y uno de los organizadores de la insurrección de Shanghai, se halla escindido entre la modernidad y sus ancestros. Está casado con May Gisors, una enfermera. Ambos han decidido mantener un matrimonio abierto, alejado de las hipocresías del matrimonio burgués. Pero cuando May le confiesa a Kyo: “Finalmente cedí a los pedidos de Langlen, y fui a la cama con él, esta tarde”. La relación cambia de manera drástica.
Al principio, Kyo comenta con simulada indiferencia: “Te dije que eres libre”. Pero se trata de una mentira. Está atormentado por la vasta gama de los celos. Más adelante, Kyo le reprocha a su esposa: “Podrías haber elegido otro día”. Y May le responde: “Pero, Kyo, es precisamente hoy cuando no tiene importancia alguna... Tal vez mañana puedo estar muerta”. La mujer está convencida de que enfrenta una muerte cercana, tal vez intuye el fracaso de la rebelión. Kyo, en cambio, se siente humillado. Cree que ha sido traicionado porque es un mestizo. Piensa que May no hubiera cometido esa infidelidad, de haber estado casada con un hombre blanco.
Malraux era capaz de forjar arquetipos, pero sabía que eran además seres humanos, aquejados con las mismas aflicciones que el resto de sus congéneres.
La condición humana cuenta al menos con media docena de grandes personajes, entre ellos el viejo Gisors, padre de Kyo, ex profesor de sociología en la universidad de Pekin, y un hombre que ha alcanzado una serena fatalidad como opiómano, o Katov, un ruso, también participante en los preparativos de la rebelión. Pero Malraux consiguió mostrar además la otra cara de la moneda a través de Ferral, presidente de un consorcio francoasiático, uno de los cerebros grises de la contrainsurgencia, o del barón de Clappique, un francés que trafica con antigüedades y con opio.
Ferral considera Shanghai el escalón necesario para retornar a París, y obtener algún puesto en el gabinete ministerial de Francia. Es amable, implacable, y desprecia a todo el mundo. En cierto momento, tropieza con una rusa “de soberbias, inmóviles facciones”, que es la amante ocasional de Martial, el jefe de la policía de Shanghai. Su única reflexión es ésta: “Me gustaría ver la expresión de tu rostro cuando estás haciendo el amor”. El novelista siempre lograba combinar en un personaje sus propósitos declarados y sus más íntimos deseos.
Quizás una de las grandes creaciones de Malraux es el barón de Clappique, un siniestro bufón carente de escrúpulos. En cierto momento, Clappique tiene entre sus dedos el destino de la rebelión. Los insurrectos le entregan dinero para que pague un embarque de armas. Clappique despilfarra el dinero en el casino, en una escena que podría haber sido llevada intacta al cine. Por un lado, vemos a los insurrectos aprestándose a iniciar una de sus acciones más arriesgadas, mientras aguardan la llegada de las armas. Hay un corte, y la escena se traslada al casino donde Clappique apuesta el dinero de los rebeldes. Por supuesto, su declarada intención es ganar una suma de dinero superior a la ambicionada por los revolucionarios para que puedan adquirir un gran arsenal. En la mesa de ruleta se esfuma el dinero de los rebeldes.
Finalmente, la insurrección fracasa, los cabecillas son apresados, y conducidos a una estación de tren, para ser calcinados en las calderas de las locomotoras. Y es entonces cuando Katov, el ruso, hace su sacrificio final. Tiene una pastilla de cianuro que piensa ingerir para sumirse en el sueño eterno antes que su cuerpo se consuma en la hoguera. En cambio, entrega el cianuro a otros prisioneros “con una profunda alegría”, según acota el novelista.
“El gran misterio de la vida”, dice Malraux en El tiempo del desprecio, “no es haber sido arrojados a la buena de Dios entre la profusión de la materia y de las estrellas. No, el gran misterio es comprobar que dentro de esta prisión, podemos crear imágenes lo bastante poderosas para negar el vacío de nuestra existencia”.
Ese mensaje de trágico optimismo es similar al que divulga en La condición humana.

EL OTRO ANDRÉ MALRAUX

Es curioso que un personaje con tanto talento y tanta perspicacia para descubrir el corazón humano, haya sido un mitómano de marca mayor. He conocido varios mitómanos a lo largo de mi vida. Aunque fingían talento, carecían de él. Eran filósofos entre los novelistas, y novelistas entre los psicólogos. Siempre estaban con un libro en la mano, o debajo de la axila. En Buenos Aires solían decir que esos seres tenían cultura de sobaco.
Un mitómano suele carecer de lucidez para advertir su diferencia con otros seres humanos, qué inquietudes, distintas a las suyas, hacen actuar a sus congéneres. Existe en el mitómano un enorme vacío emocional. Ignora la empatía, pues compromete su desdén por la debilidad de otras personas. Generalmente es muy feroz para descubrir defectos en los demás,  y muy complaciente consigo mismo.  Carece de sensibilidad y especialmente de piedad. Nadie puede ser al mismo tiempo Doctor Jekyll y Míster Hyde.
Y sin embargo, ese gran mitómano que era André Malraux, rompió con los habituales clichés. Poseía talento, una enorme sensibilidad, sabía ponerse en el lugar del otro, se condolía de sus desventuras, admiraba su lucha contra la adversidad… pero seguía siendo un gran mitómano.
Quizás su fortuna consistió en participar en grandes episodios históricos y en conocer a grandes personajes. Tuvo, además la genialidad de construir su mitología en base a incidentes reales.
En Malraux, a Life, una biografía narrada con pasión, admiración, y también mucho escepticismo, Olivier Todd reseña un personaje que aseguraba contar con títulos universitarios de los que carecía, o que pasaba por políglota, aunque mostraba escasa aptitud para conversar en lenguajes que decía conocer. En cuanto a sus filosóficas conversaciones con Stalin, eran una quimera. Nunca dialogó con él.
Todavía se ignora cuantos días, o escasas horas, pasó realmente en China, antes de escribir La condición humana. Pero eso no es tan importante. Edgar Rice Burroughs creó una excelente saga sobre Marte sin haber visitado jamás el planeta rojo.
Por supuesto, Malraux estuvo en España durante la guerra civil. También lideró una pequeña fuerza aérea de los republicanos. Esa vivencia le permitió escribir otra gran novela, L'Espoir, que algunos críticos consideran inclusive superior a  La condición humana. Por cierto, el biógrafo Todd, en ocasiones abandona la crítica y elige la admiración cuando se trata de analizar al personaje.  Quizás las hazañas de esa fuerza aérea no fueron tan espectaculares como Malraux quiso hacer creer. Inclusive circularon rumores de que su uniforme de combate fue diseñado especialmente para él por la casa de haute couture Lanvin, de París.
            Aunque la empresa de proteger a Madrid desde el aire fue absurda, al mismo tiempo resultó heroica. Los aviones obtenidos por Malraux, dice Todd, eran una especie de ataúdes volantes, piloteados por mercenarios inescrupulosos o por idealistas dementes.
Malraux dijo haber sufrido una honorable herida durante la guerra civil. Todd descubrió que la herida fue causada cuando el avión que piloteaba el novelista se estrelló poco después del despegue.
¿Estuvo Malraux en la Resistencia? Claro que sí. Pero recién al final. La mayor parte de la guerra la pasó de manera muy cómoda con su amante en el sur de Francia. Poco le interesaron las peripecias sufridas por su esposa judía y por su hija.
Solo en 1944, luego de que sus dos hermanastros, activos participantes en la resistencia antinazi, fueron asesinados, Malraux decidió pasar a la acción. Se autodesignó comandante de una región con el seudónimo de coronel Berger, fue arrestado por los alemanes, logró huir, y se hizo cargo nuevamente de un grupo de partisanos en la región de Alsacia Lorena.
Tras la guerra, Malraux inició una amistad con el general Charles de Gaulle que perduró un cuarto de siglo. Durante sus diez años como ministro de Cultura de Francia –un cargo creado especialmente para él– inició una amistad con Jacqueline Bouvier Kennedy, y organizó un golpe de relaciones públicas enviando la Mona Lisa a los Estados Unidos.  
Si bien De Gaulle creó un ministerio para Malraux, el intelectual se sintió decepcionado. Anhelaba un ministerio realmente importante. Pero, como dijo Todd, “El general sabía que no se puede permitir a los intelectuales jugar con fósforos”.
El filósofo Raymond Aron dijo que Malraux estaba dividido en tres partes. Una parte correspondía a un genio, otra parte a un personaje falso, y la última, a un ser profundamente enigmático.
Nadie duda de su grandeza, pero es difícil entender por qué contaba tantas mentiras, o estaba tan obsesionado con transmutarse en una figura mítica. No era cobarde, por el contrario, algunas de sus aventuras lo muestran como un ser valiente  y muy audaz. Su mente podía combinar la racionalidad, la pasión, y la compasión. Tuvo, como hubieran dicho en la Argentina, algunas “agachadas”. Defendió, por ejemplo los burdos juicios ordenados por Stalin contra sus excamaradas y contra la crema de la intelligentsia soviética. Pero supo rectificar, y su récord sigue siendo memorable. Defendió muchas más causas justas que injustas.
Según Todd, su biografiado comenzó inventando historias, y terminó creyendo en ellas. “Cuando retornó de Rusia en 1934 y dijo que había conversado con Stalin”, señaló el biógrafo en una entrevista, “sabía que estaba diciendo una mentira. Pero en 1975, al ser convocado por una comisión parlamentaria, aseguró haber discutido con Stalin cuestiones metafísicas. En ese momento, ya creía en esa falsedad. Los mitómanos siempre terminan creyendo en sus propias historias”.
Con cierta piedad, Todd dice que “la mente de André Malraux solía mantener una gran autonomía en relación a los hechos reales”.
Christopher Hitchens recordó que el símbolo favorito de Malraux era el gato. Inclusive muchas de sus cartas personales concluían con un dibujo del felino. “El hombre”, dijo el ensayista, “realmente tenía nueve vidas, y casi siempre aterrizaba sobre sus pies”.
Malraux murió en noviembre de 1976, luego de sufrir varios años de intensos episodios de depresión, agravados por el alcoholismo y la dependencia de fármacos. En su mesa de noche, dejó anotada en un borrador la siguiente frase: “Tendría que haber sido diferente”.  ¿Tal vez para que fuera grabada en su tumba? Hitchens dijo que un epitafio mejor hubiera sido otra frase que puede localizarse en La condición humana: “No es verdadero o falso, es apenas todo aquello de lo cual me he percatado”.


miércoles, 6 de julio de 2016

The Sun Also Rises: Los ricos son diferentes


Mario Szichman




The Sun Also Rises (1926), que en español suele ser titulada Fiesta, es la primera novela que publicó Ernest Hemingway, y posiblemente la más popular, aunque carece de la panorámica de Adiós a las armas (1929).Las dos novelas están narradas desde una perspectiva periodística –Hemingway comenzó como reportero del diario The Kansas City Star– y recogen parte de su experiencia como conductor de ambulancias en el frente italiano durante la primera guerra mundial.
En tanto The Sun Also Rises tiene como background las estadías del Hemingway joven en Francia y España, y hace alusiones a la Gran Guerra, Adiós a las armas es una espléndida crónica del hombre en combate. Tiene un defecto: la protagonista, una enfermera, es de dos dimensiones, y una virtud, la descripción de las incidencias bélicas, y especialmente la batalla o catástrofe de Caporetto (24 de octubre a 19 de noviembre de 1917), donde fuerzas del imperio austrohúngaro, respaldadas por unidades alemanas, causaron el colapso del Segundo Cuerpo del ejército italiano. Los alemanes usaron en esa ocasión gas mostaza, y las bajas fueron enormes. Hubo once mil italianos muertos, veinte mil heridos, y doscientos sesenta y cinco mil capturados. Las dimensiones de la batalla y el colapso del ejército italiano fueron exhibidos por Hemingway en un estilo muy sucinto –más periodístico que narrativo– y de enorme fuerza.
En 1918, Hemingway fue herido de gravedad en otro frente de combate, y regresó a Estados Unidos. Se casó en 1921 con Hadley Richardson, la primera de sus cuatro esposas, y la pareja se mudó a París. Allí trabajó como corresponsal extranjero, y conoció a varios escritores y artistas de la llamada  Lost Generation, la generación perdida.  En esa primera etapa, el escritor rivalizó con Francis Scott Fitzgerald. Un crítico dijo que ambos construyeron una amistad basada en la admiración y en la hostilidad.


Es clara la influencia de The Great Gatsby (1925) en The Sun Also Rises. Hemingway, que había comenzado su carrera como cuentista, se sintió fascinado con la historia del gángster Gatsby y su amor imposible. Decidió que él también podía escribir una novela en esa vena.
La diferencia entre ambas narraciones es la distancia que va de la tragedia al drama. Gatsby es un personaje trágico, que construye una enorme mansión para alojar un amor imposible, y muere en el intento. Pero Jake Barnes, el protagonista de The Sun Also Rises es dramático debido a su impotencia, sin llegar a ser perdurable. (El único personaje perdurable es Lady Brett Ashley, el amor imposible de Barnes).
La novela es un claro roman à clef, donde personas o eventos reales aparecen con un tenue disfraz. Eso fue reiterado por Hemingway en su memoria póstuma A Moveable Feast, publicada después de su muerte, donde arremetió nuevamente contra el Smart Set angloamericano que residió en París tras la primera guerra mundial. Allí aparecían los famosos pasajes en que Gertrude Stein mantenía una disputa con su amante Alice Toklas usando palabras “que habrían ruborizado a un estibador”, o en que Scott Fitzgerald hablaba de la necesidad de mercantilizar su obra para ganar más dinero. La técnica, decía Scott Fitzgerald a Hemingway, consistía en escribir lo mejor posible, y luego degradar el texto para que lo compraran editoriales y revistas.
Hace algunos meses, al cumplirse el 90º aniversario de la publicación de The Sun Also Rises, la escritora Lesley M.M. Blume publicó el libro Everybody Behaves Badly (Todos se comportan muy mal)  mencionando los seres de la vida real que encarnaban a los personajes literarios en la narración de Hemingway.
El germen de la novela surgió de un viaje en 1925 a la Fiesta de San Fermín, en Pamplona, por parte de un grupo de amigos del escritor. El centro de atención era Lady Duff Twysden, “una inglesa alta, delgada, recientemente divorciada, que lucía un sombrero Fedora, y bebía como un pez”.
Varios hombres del grupo empezaron a librar batallas para ganarse la atención de la dama mientras Hemingway se limitaba a tomar notas. De esa manera surgió el quimérico amor entre Lady Brett Ashley (Lady Duff Twysden), y Jake Barnes (Hemingway). El autor transfiguró la herida padecida en el frente italiano, con otra sufrida en los genitales. A mitad de la novela, uno de los excursionistas de Pamplona le dice a Barnes: “Tú no trabajas. Algunos dicen que las mujeres te mantienen. Otro grupo asegura que eres impotente”.
“No”, dice Barnes. “Es que sufrí un accidente”.
La novela es como una guía turística poblada de personajes intrascendentes. El viaje de Jake Barnes por Francia y España hasta llegar a Pamplona, está poblado de concisas, excelentes descripciones del paisaje rural. Luego, vienen los encuentros con los amigos. Y solo dos alcanzan a destacarse, el judío Robert Cohn, y la inglesa Brett Ashley.
Cohn es un escritor, y un excelente boxeador. Y Lady Brett Ashley es una implacable destructora de corazones. La pasión que despierta la mujer en Cohn, es el principal conflicto de la novela. Tras una fugaz aventura con la mujer, Cohn decide hacerla suya, y la persigue mientras la dama se enamora de Michael, y después de Romero, un joven torero, mientras Jake Barnes, amante de Brett Ashley previo a su accidente, es un imparcial testigo de sus aventuras amorosas. Lesley M.M. Blume dice en su libro que la batalla de los amigos de Hemingway por el corazón de Lady Duff, se convirtió “en un cenagal de celos sexuales y de espectáculos sangrientos”. Buena parte de la narración se concentra en la Feria de San Fermín, donde abundan los espectadores agredidos por los toros.
Los diálogos de los personajes que merodean en torno a Brett Ashley suelen ser en ocasiones, muy prolongados, repetitivos, bastante aburridos. The Sun Also Rises se salva gracias a Brett Ashley. Es, quizás, el mejor personaje femenino creado por Hemingway. La mujer carece de toda idea del bien y del mal. Se arrepiente de sus constantes infidelidades, pero persiste en ellas. No es Emma Bovary, no es Ana Karenina, es una mujer seductora, amable, leal amiga, incapaz de controlar sus impulsos. Sus amantes son a veces muy ricos, y en otras ocasiones se ganan apenas la vida. Es sobreprotectora, pero carece de frenos. (Un psicólogo amigo me dijo que la dama carecía de súper yo).
Si alguien puede representar a The Lost Generation, es Lady Brett Ashley.
La lucha por la existencia sigue teniendo más atractivo en materia narrativa, que la escasez de ella. El desafío sigue siendo superior a la escasez de desafío. Seres que no deben preocuparse por el mañana, desarrollan extrañas tendencias hacia el despilfarro, la falta de sobriedad, las fugaces liaisons.
En cierta ocasión, la crítica literaria Mary Colum tuvo un encuentro con Hemingway, en el cual, el escritor le dijo: “Necesito enterarme cómo piensan los ricos. Pues son diferentes”.
Colum le respondió: “La única diferencia entre los ricos y el resto de la gente, es que los ricos tienen mucho más dinero”.




domingo, 3 de julio de 2016

Zonas erógenas y cambios políticos


Mario Szichman





Para algunos venezolanos de clase media, y para su clase gobernante, Miami es la sucursal del cielo. Y es inevitable que cualquier novedad registrada en esa ciudad del estado de la Florida sea trend en Venezuela.
Como ya conté en un post anterior, viví en Miami con mi esposa, Laura, exactamente un año. Llegamos un 9 de noviembre de 2009, y huimos despavoridos un 9 de noviembre de 2010. Partimos hacia La Florida evadiendo una tormenta de nieve en Guttenberg, New Jersey, y estuvimos a punto de besar el suelo cuando retornamos a Guttenberg, New Jersey, en medio de otra tormenta de nieve –creo que acompañada de granizo. Hay que vivir en Miami, para creer que existe realmente ese lugar. Disipa la idea de que es apenas una alucinación.
The Miami Herald no es The New York Times o The Wall Street Journal, pero es un buen periódico. Y cuando se trata de informar sobre el crimen local, resulta insuperable. Siempre ha contado con excelentes reporteros y columnistas. Edna Buchanan es, realmente, The Queen of Crime, según dijo USA Today. Y Carl Hiaasen, uno de los mejores cultores de la novela policial emplazada en Miami, fue, o sigue siendo, un columnista del diario. Ellos nada inventan, aunque todo parece muy surrealista, especialmente cuando se trata de describir las malandanzas de la delincuencia mayamera.
Recuerdo que paseando por Miami Beach, quedé sorprendido al ver en varios comercios de venta de trajes de baño, o de ropa de mujer, maniquíes exhibiendo unas formas descomunales, como si hubieran sido sometidos a cirugía reconstructiva. Me acordé de Skin Tight una novela de Hiaasen, donde le hacían juicio a un cirujano plástico porque moldeaba senos tan duros que solían vaciar los ojos de amantes poco precavidos.
La decisión de Hiaasen de lidiar con el tema surgió a raíz de una serie de artículos periodísticos en que se denunciaban las chapuceras operaciones de muchos cirujanos, así como los daños que causaban.
Otro caza de coto de los cirujanos plásticos de Miami es la parte posterior de las mujeres. Muchas damas son perseguidas hasta en la vía pública a fin de que acepten someterse a rutinas presuntamente destinadas a embellecerlas. En agosto de 2010, The Miami Herald informó del arresto de una mujer, quien durante una conversación con una dama en la calle la convenció que debía mejorar la apariencia de su behind. La mujer detenida se hacía pasar por una doctora. Al parecer, el único propósito en la vida consistía en hacer felices a mujeres insatisfechas con su apariencia exterior.  
La cirugía de los buttocks es muy peligrosa. Un investigador del Departamento de Salud de Florida dijo al periódico que las substancias inyectadas para mejorar la forma de las nalgas incluyen no solo siliconas o Botox, sino también líquidos industriales, entre ellos Super glue y un aerosol cuyo propósito original es inflar neumáticos.  Las consecuencias pueden ser fatales. En el 2001, una mujer de Carol City murió debido a una de esas inyecciones. El hombre que la convenció de someterse a la operación fue a parar a una prisión en Carolina del Sur.
Como era inevitable, la práctica se trasladó a Caracas.
Hace tres años, cuando ya la crisis económica social y política de Venezuela era grave –empezaba a asomar la plaga del desabastecimiento que en la actualidad suele ocupar la primera plana de los diarios– The New York Times dedicó un extenso artículo, y parte de su primera plana, a reseñar la popularidad alcanzada por el embellecimiento de las zonas erógenas entre venezolanas de clase media.  
La crónica me interesó porque revelaba el costado de frivolidad que anima a una clase media en vías de extinción. En realidad, era una manifestación más de un fenómeno que aquejaba a la nación rebautizada en una época como Venezuela Saudita.
Cuando viví en Caracas durante la década del setenta, el diario El Nacional dedicaba algunas páginas de sociales a reseñar cumpleaños de perros. Y la clase media se endeudaba hasta las cejas para pagar religiosamente sus viajes a Miami. Algunos eran anuales y otros trimestrales, pero había también viajes mensuales y semanales. Ya conté en un post anterior que una de mis alumnas en una clase de literatura fue en cierta ocasión a Miami con su esposo a fin de comprar toallas para el baño. Cuando descubrió que las toallas no combinaban con el color de los azulejos, retornó a Miami y compró azulejos factibles de combinar con el color de las toallas.
Nadie pensaba en el ahorro o en el mañana. Venezuela era una especie de casino gigantesco donde no había perdedores –estoy hablando de la clase media y de la clase política, pues el setenta por ciento de la población estaba compuesta por gente pobre, con vastas dificultades para ganarse la vida.
Algunos visionarios, entre ellos Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien fue ministro de Minas y uno de los fundadores de la OPEP, siempre alertaron que el petróleo era el excremento del diablo. Algún día, señalaban los pesimistas, los venezolanos descubrirían que el único juego aceptado en el casino sería la ruleta rusa.

UN CURIOSO IDEAL DE BELLEZA

En el artículo antes mencionado, el corresponsal trataba de explicar la obsesión por magnificar el cuerpo de la mujer venezolana. ¿Cuál era la necesidad de exaltarlo de manera casi obscena en un país famoso por sus reinas de belleza, que son la antítesis de las mujeres abultadas? Quizás en los gobiernos de la Cuarta República eso parecía normal. Pero en la Quinta República del primer comandante y luego comandante eterno, resultaba una anomalía. ¿Era posible tolerar ese despliegue de curvas en un régimen donde abundaban las primeras combatientes y las mujeres ministras que parecían sargentos de caballería? Un humorista dijo que era tal vez una consecuencia de la crisis. A medida que Venezuela se deslizaba por el despeñadero, algunos seres necesitaban sólidos trozos de carne a los cuales aferrarse.

UN FENÓMENO QUE SE RETROALIMENTA

Lejana está la época en que el ideal de belleza femenina para las venezolanas era un seno que podía abarcarse en la palma de la mano, según un decadente poeta francés del siglo diecinueve. En fecha más reciente, todo se ha hecho descomunal.
Es interesante comprobar cómo la exaltación de las zonas erógenas reconfigura la moda. La cola ha comenzado a mover al perro. No es que las mujeres observen un maniquí en una vidriera, descubran sus generosas formas, y reclamen similares medidas. No, los maniquíes, que en una época lucían escuetos y esbeltos, han comenzado a aggiornarse a las formas alcanzadas por las venezolanas en el quirófano.  
The New York Times citaba el ejemplo de Eliézer Álvarez, propietario de una fábrica de maniquíes en la ciudad de Valencia. Álvarez descubrió que sus ventas eran tan modestas como sus delgados maniquíes. Luego verificó la causa. Los maniquíes no seguían la artificial evolución corporal de muchas damas, por lo tanto, el artesano decidió acatar la tendencia inflacionaria –todo es inflación en Venezuela– y creó maniquíes siguiendo las formas diseñadas por los cirujanos plásticos.  
El resultado fue la creación de maniquíes con The New Look, caracterizados, dijo el diario, por “Pechos abultados y nalgas como vigas voladizas”, a los cuales se sumaba una cintura de avispa y largas piernas. (Esta última parte no la entiendo. ¿Existe una cirugía capaz de alargar las piernas?)
En definitiva, concluía el redactor, se trata de “una fantasía de fiberglass al estilo venezolano”.
Pero la fantasía funcionó para Álvarez y para varios de sus colegas. Las formas de los maniquíes adquirieron opulencia y las ventas se incrementaron. Curiosamente, al menos en la reseña periodística, no son los hombres quienes hablan maravillas de la nueva moda, sino las mujeres  ansiosas por imitarla.
Reina Parada, quien trabajaba en el taller de Álvarez, resumió el tipo de fantasías que despiertan esos maniquíes en las damas. “Cuando una mujer observa a otra con esas formas, dice: ´Guau, yo quiero ser como ella ´”.  
Tres años son mucho tiempo. En ese lapso no he vuelto a leer más crónicas sobre el negocio de las operaciones de cirugía reconstructiva en Caracas. Los periódicos de Estados Unidos o de Europa se concentran en el paulatino hundimiento de Venezuela, su constante caos, las protestas, la represión, el incremento en los asesinatos. ¿Siguen exhibiendo en tiendas de Caracas los maniquíes con The New Look? ¿Continúan almacenando los cirujanos plásticos crecidas sumas de dinero, en un país donde el internet se ha convertido en la farmacia virtual de personas desesperadas por obtener medicinas evaporadas de los estantes?   

Sería cuestión de indagar. Tal vez quienes todavía cuentan con dinero para mejorar su aspecto físico, lo hacen en Miami. Además, con una ventaja: si las intervenciones quirúrgicas traen complicaciones, siempre es posible entablar un litigio a los cirujanos que causan daños a los pacientes. En Venezuela, eso es imposible, pues se trata de un estado anómalo. “La ley es como el cuchillo”, decía el protagonista del poema Martín Fierro. “No ofende a quien la maneja”.  Por lo tanto, quien desee ver formas femeninas extravagantes, tal vez se vea obligado a viajar a Miami. Además, puede aprovechar y visitar las playas.