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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Los inmortales necesitan más tiempo para gobernar


Mario Szichman


Según informó el 21 de noviembre de 2011 la agencia noticiosa Reuters, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, comunicó su propósito de gobernar hasta el año 2031. Chávez añadió a continuación: “Nunca nos iremos”.
Según explicó, “al principio tenía previsto irme en el 2021, pero tengo ahora el plan de gobernar aquí hasta el 2031, es decir, 20 años más”.
“Más nunca (la oposición) volverá a gobernar, vístase como se vista” informó el jefe de estado venezolano.
Por su parte, la agencia alemana DPA, citó otra frase de Chávez: “Nos llevará 10 más y 10 más y 10 más construir las nuevas virtudes sociales”.
Ya en esos días, Chávez estaba sometido a un tratamiento contra el cáncer. El tratamiento debía ser muy eficaz. El primer mandatario estaba seguro de una prolongada longevidad.
Muchos venezolanos creyeron en su afirmación. En octubre de 2012, quizás inspirado por su autodiagnóstico, el PSUV y sus acólitos derrotaron en los comicios presidenciales al candidato opositor Henrique Capriles Radonski, por un vasto margen de un 54 por ciento a un 45 por ciento.
Como el Chapulín Colorado, Chávez tenía todo rigurosamente calculado. El mandato de 2013-2019 se encargaría de “profundizar el socialismo”. En cuanto al siguiente, que debía prolongarse hasta el 2031, el presidente ofreció escasos indicios sobre los logros a alcanzar.
El Libertador –al menos el que inventé en Las dos muertes del general Simón Bolívar–, era mucho más modesto. “No es la muerte lo que me preocupa”, señalaba a uno de sus acólitos, “sino la inmortalidad, que impide a una persona descansar tranquila en su tumba”.


El fundador de la Quinta República no poseía el recato de Simón Bolívar. “Yo tenía previsto irme en 2021” indicó Chávez, según DPA. “Pero ahora como los escuálidos (la oposición) andan diciendo que me estoy muriendo, que estoy listo para la parrilla, que ya no puedo más... Yo estoy recuperándome y tengo el plan de gobernar aquí hasta 2031, 20 años más”, aseguró.
Meses después de su reelección, Chávez pasó a la mortalidad, posiblemente en La Habana, o quizás en un hospital de Caracas. Or in between. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta la fecha exacta de su muerte. Es un secreto que nunca será revelado mientras su reemplazante o reemplazantes conserven el poder. Está relacionado, presuntamente, con leyes sancionadas de su propio puño y letra varios días o semanas después que pasó a mejor vida.
Chávez contaba con la facultad de estar de manera simultánea en el más acá, y en el más allá.

OTRA INMORTAL


En el populismo proliferan más inmortales que mortales. Otra de mis novelas se titula A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad. En ese caso, la trama se concentraba en el fallecimiento de Eva Perón, esposa del presidente argentino Juan Domingo Perón. Recuerdo que durante parte de mi infancia, exactamente a las 20:25 de cada noche, las radios argentinas interrumpían su programación habitual para anunciar que a esa hora, la señora había pasado a la inmortalidad. Mi novela no es realista. Decidí que, tras el fallecimiento de Evita, el 26 de julio de 1952, se suspendían ipso facto todos los velorios y entierros, hasta que la primera dama fuese sepultada. La idea era que ninguna muerte privada podía interferir en ese duelo a escala casi mundial.
El velorio de Eva Perón se prolongó varios días. En el ínterin, había larguísimas colas en las cercanías de la capilla ardiente. Cientos de miles de personas querían despedirse de La Abanderada de los Humildes.
Eso traía problemas a los Pechof, mi familia judía, protagonista de La Trilogía del Mar Dulce. Rifque, una de sus integrantes, fallecía por esos mismos días, y era imposible obtener su certificado de defunción, hasta que concluyera el velorio mayor. ¿Cómo se podía hacer para enterrarla? Especialmente teniendo en cuenta el antisemitismo de las autoridades. La solución que se le ocurría a uno de los Pechof era conseguir el certificado de un médico antisemita, con cierta “palanca” ante las autoridades. Pero como un médico antisemita nunca otorgaría un certificado de defunción a una familia judía, obligué a los Pechof a transfigurarse en una familia católica de alcurnia. La familia fue rebautizada Gutiérrez Anselmi. Allí se iniciaban absurdas peripecias.
Si recuerdo esos eventos es porque la realidad siempre supera a la imaginación más desbocada. Mi absurdo se confinó a una familia carente de toda trascendencia histórica. En nada afectó el destino de Eva Perón. ¿Qué tal si como parte de su tránsito a la inmortalidad, se la proclamaba compañera de fórmula presidencial de Juan Perón? Resultaba impensable. Y sin embargo, eso es lo que se proponen hacer en Zimbabue con otro cuasi inmortal, el líder de la independencia Robert Mugabe, por cierto, un buen amigo de Hugo Chávez.

AFERRADO AL PODER



Robert Gabriel Mugabe, nacido en febrero de 1924, fue primer ministro de Zimbabue entre 1980 y 1987, y a partir de esa fecha su presidente. Ha gobernado su país durante 37 años, y realiza una campaña para ser reelecto en 2018, cuando cumplirá 94 años. Pues, cuando se trata de inmortales, siempre se necesita un período más para perpetuar una gestión.
En su análisis de dos libros sobre la dictadura de Mugabe: Kingdom, Power, Glory, Mugabe, Zanu and the quest for supremacy, de Stuart Doran. y The Struggle Continues, de David Coltart, el crítico Martin Meredith hizo mención en The Times Literary Supplement  del 20 de septiembre de 2017, a una carta pastoral escrita hace una década por un grupo de obispos católicos.
La carta de los obispos fue devastadora. El pueblo de Zimbabue, denunciaban los clérigos, enfrentaba un desempleo masivo, una inflación descomunal, hambre y desnutrición. Por esa época, según The Economist, el billete de 50.000 millones de dólares zimbabuenses (el de mayor denominación)  equivalía a 70 centavos de dólares norteamericanos en el mercado negro.
Los obispos dijeron que el sistema de salud se había desintegrado. Las escuelas estaban en la lona, los servicios públicos habían colapsado. La respuesta de Mugabe a esa catástrofe, según la pastoral, había consistido en “incrementar la represión a través de arrestos, detenciones, y torturas”.
Mugabe nunca ocultó su sadismo, o su necesidad de aplastar al adversario. En los libros de Stuart Doran y de David Coltart, hay numerosos ejemplos de su pasión por hacer el mal. En una ocasión, alardeó de que, además de haber obtenido títulos universitarios, “se había doctorado en violencia”.
Ya en 1983, tres años después de obtener el cargo de primer ministro, Mugabe organizó con el apoyo de Corea del Norte una brigada juvenil para aplastar a sus rivales negros liderados por Joshua Nkomo, y emplazados en el bastión de Matabelelandia.
La campaña, dijo Doran, incluyó asesinatos masivos, torturas, incendios intencionales, violaciones y vapuleos, especialmente, contra la población civil. Buena parte de las atrocidades ocurrieron en zonas rurales. Eso permitió encubrir los atropellos.
Fue entonces cuando un joven abogado blanco, David Coltart, autor de The Struggle Continues, ayudado por activistas católicos, comenzó a recopilar evidencias de los sobrevivientes. Los testimonios eran de pesadilla.  Familias enteras habían sido apresadas y confinadas en chozas: hombres, mujeres, niños, inclusive bebés. Luego, las chozas fueron incendiadas. Mujeres embarazadas fueron asesinadas con bayonetas, muchas otras, violadas. 
La campaña de Mugabe en el área, duró cuatro años. Unos 20.000 civiles fueron asesinados, varios miles, golpeados y torturados. Para evitar ulterior violencia, Nkomo capituló, y desmanteló su partido.
El abogado Coltart continuó con las investigaciones y publicó en 1997 Breaking the Silence, un libro sobre las atrocidades en Matabelelandia. Mugabe lo acusó de ser un enemigo público, y Coltart debió enfrentar amenazas de muerte, intimidación, hostigamiento y persecución por parte de los tribunales.

EL PODER Y LA GLORIA

Como es habitual en los regímenes populistas, la agricultura comercial colapsó durante el gobierno de Mugabe. La manera de evitar una hambruna generalizada fue apelar a la ayuda del exterior.
En el 2005, Mugabe debió enfrentar el repudio de centenares de miles de sus compatriotas que vivían en villas miserias. Fue entonces que, en una campaña denominada murambatsvina (“eliminen la basura”), escuadrones de la policía destruyeron villas miseria, una tras otra, usando topadoras. Según una investigación de las Naciones Unidas, unas 700.000 personas perdieron sus viviendas, sus fuentes de trabajo, o ambas cosas a la vez. Otros 2,4 millones de personas fueron afectadas de manera indirecta.
Mugabe aseguró que el propósito era acabar con las villas miserias y reemplazarlas por viviendas dignas. Pero, como dice Meredith, “No se hizo virtualmente nada. El propósito real era explicar la suerte que corría cualquier persona que votase contra Mugabe”.
El daño causado por el dictador de Zimbabue es casi imposible de evaluar. El país está empobrecido, en bancarrota. Todas las instituciones, la administración pública, el poder judicial, la policía, el ejército, se hallan a disposición del dictador. Una cuarta parte de la población de Zimbabue vive fuera del país, intentando subsistir por todos los medios posibles. Cuatro millones de personas aguantan gracias a la ayuda del exterior. Muchos niños están atrofiados por la desnutrición. Las expectativas de vida son de 55 años, una de las más bajas en el mundo.
En contraste, Mugabe sigue viviendo, y con grandes perspectivas de inmortalidad o, al menos de burlar su propia muerte.

El presidente de Zimbabue anunció que piensa vivir por lo menos hasta los 100 años. Su esposa, Grace, quien anhela establecer la dinastía Mugabe, dijo a comienzos de año que si su marido fallece antes de los comicios presidenciales de 2018, será postulado “como un cadáver”. Eso facilitaría el propio ascenso de la señora Grace al poder. Se presume que las mayores decisiones serán adoptadas luego que la primera dama consulte con su inmortal cónyuge.

miércoles, 8 de julio de 2015

Populismo, ridículo, impunidad y realismo mágico


Mario Szichman



El más famoso sketch del comediante español Miguel Gila Cuesta consistía en un monólogo telefónico donde consultaba a diferentes empleados sobre artículos de uso cotidiano. En cierta ocasión, la esposa (ficticia) del comediante le pedía que le comprara un brassiere. Gila formulaba el pedido a un empleado, quien no entendía la naturaleza del encargo. Entonces Gila le explicaba que un brassiere era similar a unas antiparras, “pero a lo bestia”. 
Siempre pensé que el chavismo era una especie de populismo, pero a lo bestia, y que la mayoría de nuestros regímenes autocráticos abreva gozosamente en todo aquello que se remonta a las primeras épocas del santoral cristiano, o a esas festividades paganas donde se celebran ritos de fertilidad. A eso se suma una generosa cuota de “chanterío”,  ridículo, y realismo mágico.
(“Chanterío” no es una palabra muy popular fuera del cono sur. Proviene de “chanta”, y describe a personas que abundan en mentiras, y suelen atribuirse inexistentes títulos universitarios o de nobleza).  
En fecha reciente, el periódico digital Tal Cual de Caracas informó que el gobierno venezolano comenzó a atribuirse la construcción de obras públicas concretadas durante administraciones anteriores.  Por ejemplo, “En el liceo Fermín Toro de Caracas, una institución fundada en 1936 y cuya sede actual en El Silencio data de 1946”, señaló el diario, hay una placa en la entrada, “fechada en 2006, que afirma que tal obra fue ´ejecutada´ por el gobierno de Hugo Chávez Frías”. La publicación dijo que “No hay aclaratoria de que tal placa se puso con motivo de una remodelación o rehabilitación”. Y dudamos que el gobierno aclare algún día el malentendido. En poco tiempo más,  el liceo Fermín Toro de Caracas formará parte de la herencia cultural legada por el comandante eterno. 
La mentira pasa desapercibida en el populismo, una sociedad de irresponsabilidad ilimitada entre cuyos atributos principales figura la impunidad.
Supongamos que una persona visita una repartición pública y cuestiona lo afirmado en la placa que adorna el frente del liceo Fermín Toro. ¿Acaso un empleado se dignará recibir la queja; querrá un superior investigar la denuncia? ¿A cuenta de qué? Si en Venezuela actuasen las instituciones, ningún funcionario se atrevería a inscribir en el bronce un embuste tan flagrante.  Pero el populismo opera bajo el radar, y con la infalible presunción de que si se miente de manera constante, algo siempre queda. 
La propaganda antisemita se difundió en Alemania como el fuego en una pradera porque nunca intentó usar los habituales canales de transmisión. Utilizó la pornografía, la prensa sensacionalista, documentales improbables, para diseminar su prédica. 
Si se desea entender la eficacia de la propaganda chavista, y de otros regímenes autocráticos, basta hacer un análisis de la prensa chabacana, de los burdos programas de televisión, de los constantes insultos y calumnias contra el adversario. No se trata de enfrentar al antagonista con ideas superiores, sino de colocarlo en una situación de humillación, o en la categoría inventada por los nazis, la de los undermenschn, los seres inferiores.

BUSCANDO MODELOS

            Mallarmé decía que toda vida concluye en un libro. Creo que la cosa es al revés: cada libro (y cada guión) concluye en una vida. No podríamos entender los excesos de Stalin sin Memorias de una princesa rusa, a Cromwell sin Ricardo Tercero de Shakespeare, a la operática visión de Benito Mussolini sin la música de Giussepe Verdi, a Hitler sin las novelas de aventuras de Karl May.
Cada vez que pienso en la actual coyuntura de Venezuela me resulta imposible imaginar al presidente de Venezuela sin su precursor teatral, Ubu rey, una obra de Alfred Jarry estrenada a fines del siglo diecinueve en París. Ubu irrumpe en el escenario gritando “¡MIERDRA!” (Sí, con dos erres) y encarna, según algunos críticos, “todo lo grotesco e innoble del poder político y del gobierno”. Se trata de un capitán del ejército que por instigación de su esposa decide derrocar al rey de Polonia e instalar una feroz dictadura. Para eso sube los impuestos a la estratósfera, saquea las arcas del gobierno, y maneja el poder de la manera más corrupta posible.
El usurpador tiene grandes dimensiones físicas, y en su enorme panza muestra una espiral, pues dedica buena parte de sus jornadas a observarse el ombligo.
La agudeza de Jarry consistió en mostrar una nueva clase de tirano. Ubu no le teme al ridículo, desdeña el asco que inspira en sus súbditos. Y eso lo hace invencible. Al menos en el corto plazo.
Por esas extrañas disyuntivas de la historia, el chavismo persiste más de la cuenta porque Chávez ya no está. Es un fenómeno que trasciende el liderazgo de su figura emblemática, y como tal, resulta inédito en la política latinoamericana. 
El peronismo logró sobrevivir a Perón. Pese a sus tendencias autoritarias, no incurrió en años recientes en algunas prácticas del primer gobierno peronista (1946-1955). Por ejemplo,  se abstuvo, tras su primer intento, de reacomodar circunscripciones electorales para que una cantidad similar de votos del gobierno y de la oposición redituasen pingües ganancias exclusivamente al oficialismo.
La prensa ha sido hostigada en los gobiernos peronistas, especialmente durante la época de Néstor Kirchner, y de Cristina Fernández, pero no han existido clausuras o incendios de periódicos, o el uso de bandas armadas para apalear a la oposición. (Tampoco las fuerzas armadas pasaron a formar parte de la nomenclatura oficialista). 
El único propósito de un partido político o de un gobernante es perpetuarse en el poder. Y en ese sentido, el chavismo es más exitoso que cualquiera de sus presuntos aliados. Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, han sufrido contrastes electorales, o fuertes desafíos de sus adversarios. Es posible que prolonguen su mandato, pero difícil que consigan perpetuarse. El chavismo, en cambio, llegó para quedarse. La ausencia de liderazgo, lejos de crear un vacío de poder, ha fortalecido a su casual sucesor. 
Nicolás Maduro nunca pensó que era el hombre para el cargo. “Yo jamás en mi vida, nunca he aspirado a ningún cargo en la vida de nada. Junto al comandante Chávez, siempre soñé llegar a viejito al lado de él”, expresó en una ocasión. Y es arduo poner en duda esas palabras. 


Los políticos suelen ser bastante cínicos, al igual que los generales o los vicarios de Cristo. Y no lo digo de manera peyorativa. Personas que detentan cierta cuota de poder merodean de manera excesiva en torno a la miseria humana como para comer cuentos, o poseer un blando corazón. Maduro no es un cínico, y tiene una virtud casi alucinatoria: su gran ingenuidad.
No puedo imaginar un solo dirigente, ni siquiera el más ardiente de los populistas, que enuncie estas palabras: “De repente entró un pajarito, chiquitico, y me dio tres vueltas acá arriba (…) Silbó un ratico, me dio una vuelta y se fue. Yo sentí el espíritu de él (de Chávez)”. Esas palabras fueron proferidas por Maduro. Y con total convicción. ¿Alguien imagina que otro jefe de estado o de gobierno diga algo similar y continúe un día más en el poder? Es cierto que frases similares suelen ser oídas, pero no en una transmisión en cadena nacional de radio y televisión, sino en ciertos establecimientos  donde muchos desdichados intentan apaciguar sus problemas mentales con ayuda de especialistas. Algunos afortunados, tras una serie de tratamientos, consiguen abandonar esos lugares. Pero apenas incurren en otra conversación con el pajarito, vuelven al sitio de reclusión y visten nuevamente una especie de manto talar cuyas mangas son cruzadas sobre el estómago, y se prolongan en lazos que ciñen el cuerpo humano como si fuese un matambre.

LAS ILUSIONES PERDIDAS

Para muchos resulta incomprensible la presencia de Maduro en el Palacio de Miraflores. Pero la explicación es lógica. Maduro no necesita gobernar. En realidad, si se revisan los periódicos venezolanos o el material difundido por las agencias noticiosas, la conclusión es que nadie gobierna en Venezuela. Dictar leyes a troche y moche no es gobernar. En cambio hundir un país es un juego de niños. Cualquiera puede hacerlo. Pero, si la única intención, además de hundirlo, es conservar el poder, las autoridades de Caracas no tienen otra alternativa.
Basta revisar los últimos siglos de historia venezolana para verificar que sabios conocedores de la especie humana, a partir de Simón Bolívar, perdieron el poder de manera ignominiosa. En cambio Maduro persiste, y se afianza en su cargo. Por lo tanto, no es atinado menospreciarlo. Muchos se preguntan si Chávez hubiera podido enfrentar el colapso de Venezuela mostrando el aplomo exhibido por Maduro. Es improbable. En una situación similar hubiera optado entre dos vías: negociar algún tipo de arreglo con la oposición, a fin de que todos se hundieran en el mismo bote, o convertirse en dictador y echar la culpa a la oposición por el hundimiento del bote.
Maduro es el genio político del populismo latinoamericano porque todo le resbala. Inclusive le cuesta ofenderse. Solo se ofende si alguien se lo ordena.  Los críticos aluden a esas coquetas ojeras que ya le están llegando al pecho. Pero ¿son acaso producto de su preocupación o del maquillaje? Maduro vive en su propia realidad y está blindado contra el mundo exterior.
Hugo Chávez era mucho más avezado que Maduro, y ni una sola de sus medidas económicas le sirvió para conducir a Venezuela por un destino de grandeza. Tuvo un tesoro a su disposición, y lo dilapidó a la buena de Dios. Necesitaba hacer regalos a todo el mundo para ser amado.
Maduro ha cesado de hacer regalos, los pedigüeños de ayer lo observan ahora como si vieran llover, y sin embargo, continúa en su tarea, que consiste en retener a toda costa la banda presidencial. Esa fe casi psicótica en su gestión, no de líder, sino de heredero, lo hace avanzar imperturbable, sin mirar ni a derecha ni a izquierda.

Si mañana el ave canora que habita el espíritu de Chávez le sopla al oído que debe caminar sobre las aguas, Maduro caminará sobre las aguas, sin dudar un momento de la pureza de su misión y, más transcendental aún, sin ahogarse.